[Capítulo 6 ─ Hundirse o flotar]
«Viernes, Mayo 23»
«Instituto Impel Down ─ Cafetería»
Zoro tomó un poco de la comida en su plato con el tenedor y se lo llevó a la boca, sin poder evitar levantar su mirada hacia el frente, aunque dos segundos después se reprochara a sí mismo por hacerlo. Sanji estaba ahí, hablando con Nami de sabría dios qué cosa ya que no alcanzaba a escuchar con todo el alboroto que había al rededor, pero sí podía ver la manera en que el rubio mantenía formada una pequeña sonrisa en los labios mientras se dirigía a su amiga, pero le dolía darse cuenta de que era falsa y que el brillo natural que antes podía apreciar en el único ojo que el chico no se cubría se había escondido. Le dolía aún más pensar en que eso tal vez no era algo nuevo, que el cocinero ya llevaba algún tiempo con ese semblante y él no se había percatado de ello, ¿qué clase de novio había sido?
Esos últimos días habían sido un verdadero infierno, Sanji no le hablaba más allá de lo estrictamente necesario y evitaba mirarlo tanto como le fuera posible, mientras que él por su parte no podía sacarle los ojos de encima, estudiando su comportamiento a cada momento. Los demás del grupo ya se habían percatado de su ruptura, aun cuando ninguno de los dos lo divulgara, pero sus amigos los conocían lo suficiente como para saber lo que significaba ese nuevo cambio de ambiente entre los dos. Luffy solía mandarle miradas entristecidas a ambos para después agachar la cabeza… ah, justo acababa de hacerlo de nuevo, ya había terminado con su almuerzo y no estaba tratando de robarle comida a los demás, seña de que de verdad debía estar algo deprimido por la situación, un gesto tierno de su parte el preocuparse por el estado de sus amigos, pero la verdad era que Zoro no tenía cabeza para intentar hacerlo sentir bien, si no podía siquiera aminorar un poco su propio dolor ni el peso en su pecho.
—Ah, esta semana sí que ha estado pesada ¿no? Menos mal que ya es viernes al fin —comentó Usopp con un suspiro.
Viernes…
Sanji acostumbraba quedarse a dormir en su casa desde los viernes, para así pasar todo el fin de semana juntos, haciendo cualquier cosa, saliendo al cine o a pasear por la ciudad, viendo películas en la sala de su casa, o simplemente quedándose encerrados en su habitación, sólo ellos dos y todos los besos y caricias que quisieran compartir. ¿Cuándo, con exactitud, había terminado eso? Porque no podía recordar el último fin de semana que pasara al lado de su nov… exnovio. ¿De verdad había pasado tanto tiempo desde eso? ¿En qué momento su relación comenzó a decaer de esa manera? ¿Cuándo había sido la última vez que viera una sonrisa en el rostro de Sanji mientras tomaba su mano o abrazaba su cintura, o que le diera un beso sólo porque se le había antojado hacerlo? ¿Por qué, con un demonio, había dejado que las cosas terminaran de esta forma? Él quería ver de nuevo esa deslumbrante sonrisa, quería escuchar cómo se reía a carcajadas de cualquier tontería que dijera o que se burlara de él, presenciar cómo su rostro se encendía de felicidad, quería sentir sus labios de nuevo y estrecharlo entre sus brazos hasta que estos se le cayeran porque esa sería la única forma de soltarlo.
Había pensado tanto en ello, incluso lo había soñado, la manera en la que podría recuperar a Sanji, qué era lo que tendría que hacer para poder verlo sonreír nuevamente a su lado, para que ese aroma tan dulce que poseía inundara sus fosas nasales, embriagándolo como ningún licor podría, pero ¿valía la pena intentarlo? Él daría lo que fuera por volver a tenerlo, pero, ¿y si lo hacía sufrir de nuevo? ¿Y si las cosas terminaban igual, o incluso peor? Ya no quería seguir viendo esa falsa sonrisa en su rostro, ni la soledad en sus ojos, ni escuchar el vacío de su risa forzada. No quería volver a provocar este desenlace. Habían ocurrido un par de ocasiones hasta el momento en las que Sanji parecía estar realmente feliz, o por lo menos algo más vital, y había sido gracias a la compañía de Nami, quien no se había separado de su lado desde aquél fatídico día. Gracias a ella la sonrisa del cocinero había logrado brillar un poco durante unos segundos. Tal vez su rubio pudiera en verdad llegar a ser feliz de nuevo, si él se apartaba del camino y lo dejaba avanzar. Aun cuando el sólo pensar en eso lo estuviera matando por dentro.
Del otro lado de la mesa que ocupaba el grupo Law observó a Perona levantarse en silencio de su lugar y retirarse sin volver a cruzar palabra con nadie, con una mirada seria. El chico ya se imaginaba que iría en busca del rubio que no se había reunido con ellos en esa ocasión, aunque él no tenía ni idea de dónde podría encontrarlo, pero seguramente ella sí. Si era sincero hasta él se había dado cuenta de que los ánimos dentro del grupo estaban topando en el suelo, tanto por el lado de Zoro y Sanji y su reciente ruptura, como por el de Sabo y los problemas en su propia relación, porque vamos, aunque el chico no les hubiera dicho lo que pasaba a ninguno de ellos ─a excepción de la peli rosa, por lo que él podía notar─ no encontraban otra razón para que llevara días deprimido. Y luego estaba Luffy, quien parecía ser el más afectado con la situación, Law podía comprenderlo, su hermano y su mejor amigo estaban en una mala etapa y él no lograba encontrar forma para ayudarlos, pero no le gustaba para nada ver que estuviera tan afectado, y que el chico ni siquiera buscara su ayuda aun cuando él mismo llegaba a ofrecérsela. Que era su novio, maldición, se supone que debería tenerle la confianza de contarle todas las preocupaciones que pasaban por su mente y así poder inter ayudarlo. Pero no, Luffy no lo había hecho, ni lo haría, al parecer, y Law no sabía cómo demonios debería de tomarse el hecho. Aunque, por el momento, lo tenía de bastante mal humor.
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Cuando la hora del almuerzo ya iba por un poco más de la mitad y Sabo aún no había puesto ni un pie en la cafetería, Perona supo que el chico no se aparecería y decidió ir a buscarlo al único lugar en el que llevaba refugiándose el último par de días.
Cuando abrió la puerta una ligera y fresca brisa corrió contra ella, agitando un poco el volado de su blusa y su coleta. El cielo ese día estaba algo nublado, por lo que el sol no daba directo en el lugar. Cerró la puerta después de identificar a quien estaba buscando parado dándole la espalda a unos cuantos metros frente a ella, justo donde la alta y negra reja limitaba el área de la azotea.
—¿Por qué no has ido a almorzar? —preguntó una vez se colocó detrás del chico, sin intentar hacer que volteara hacia ella. Su acompañante no contestó, algo que en realidad ella ya había anticipado, y se quedó en silencio por unos cuantos largos minutos.
—Ayer fui a su casa. —Perona levantó una ceja, un tanto confundida por el repentino comentario, por lo que tardó un poco en entender de qué estaba hablando su amigo.
—¿Para qué?
—No lo sé, para nada, creo. Sólo estaba caminando y para cuando me di cuenta ya había llegado allí. Estaba bastante oscura y silenciosa.
—Bueno, es normal, ¿no? No hay nadie viviendo ahí ahora, habría sido bastante espeluznante que escucharas algo. Para ti, claro, para mí habría sido interesante… —Sabo giró el rostro sólo para mirar con su expresión abatida a la chica que lo acompañaba—. Vale, mal chiste, lo siento.
El rubio suspiró y se dio la vuelta por completo, apoyando la espalda contra la reja y metiendo las manos en los bolsillos de su pantalón—. He estado pensando mucho en lo que Ace me dijo, ¿sabes?
Perona dejó salir el aire y se colocó a su lado, imitando la posición del otro—. ¿Y? ¿Qué ha salido de ello?
—En el fondo, sé que tiene razón, que ésta situación no me hace ningún bien pero… quiero aferrarme, Perona, no quiero soltar la única esperanza que me queda. Mientras Killer y yo aún consideremos que estamos juntos, entonces yo puedo pensar que las cosas se van a remediar, que arreglaremos todo y nuestra relación volverá a ser la de antes, que aún podemos lograrlo.
—Sabo, perdóname que te lo diga pero, ¿no estás sólo haciéndote ilusiones?
—Tal vez. Pero, con todas las cosas que han pasado estos días… Kurohige muerto; Zoro y Sanji separados; Sacchi y todo este embrollo que se está formando entre nosotros… durante todo este tiempo lo único que he deseado es que Killer me abrace, que me diga que todo estará bien. Lo amo Perona, no quiero perderlo definitivamente. Tengo tanto miedo de ello que… que en realidad no me importa romperme ahora, si él podrá volver a armarme después.
Y entonces, pasó lo último que Sabo habría podido imaginar. Casi podría haber jurado que la cachetada que su amiga le propició en ese momento resonó por los alrededores, aun cuando se encontraban en el exterior. Llevándose una mano hacia la mejilla golpeada volvió a mirar a Perona, un tanto desubicado por lo que acababa de pasar. La chica lo veía con seriedad, pero él bien podía notar la furia rugiendo en el interior de sus ojos.
—¿Qué…?
—Estás siendo demasiado egoísta con esto, Sabo. ¿Dices que no te importa romperte? ¿Dices que todo estará bien después? Pues dime, ¿acaso en medio de todo eso te has parado a pensar siquiera un minuto en las personas que estamos a tu alrededor ahora? ¿Has visto a Luffy hoy? Está deprimido porque su hermano lo está, él es tan susceptible a lo que pasa a su alrededor, ¿y qué hay de mí? Mi mejor amigo está mal y yo no puedo hacer que eso cambie por más que lo intento. ¿Y los demás? ¿Qué hay de ellos? Si tú te hundes, nosotros lo hacemos contigo, así funciona esto.
—Perona…
—Me he quedado a tu lado todo este tiempo porque eres mi amigo pero no voy a estar aquí sólo para ver cómo dejas que esto te destruya. —La chica se dio la vuelta, ondeando su coleta detrás de ella mientras caminaba hacia la puerta, la cual abrió al momento en que se giraba nuevamente hacia el otro—. Creí que eras más fuerte. No quiero pensar que me equivoqué contigo pero tal vez en ésta ocasión tenga que darle la razón a Beth; si te dejas hundir por esto, entonces no vales la pena.
Después de que la chica volviera al interior, cerrando la puerta tras de sí, Sabo se quedó ahí parado, bastante shockeado por las palabras que la peli rosa acababa de soltarle en plena cara. Aún con la mano en la mejilla hizo una mueca y trató de sobarse, el ardor ya comenzaba a esparcirse y ahora que estaba un poco más despejado de mente podía sentirlo con mayor intensidad. "Vaya que Perona es buena para las cachetadas" pensó por un momento antes de volver a apoyar su peso contra la reja, formando una pequeña y ladeada sonrisa.
Sí, definitivamente Perona era buena para los golpes fuertes. Sobre todo si se trataba de hacerlo despertar.
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«Academia para Policías Grand Line»
—Entonces, ¿salimos mañana? —preguntó Bascud cerrando su casillero y colgándose su mochila marrón en el hombro izquierdo.
—Hmm… supongo que no habrá problema, Marco ha tenido mucho trabajo estos días así que no creo que vayamos a salir. Si apenas y pude convencerlo de vernos ahora —contestó Ace con un ligero suspiro de resignación, imitando las acciones de su amigo y comenzando a caminar a su lado fuera de los vestidores con dirección a la salida principal—. De igual forma, te llamaré más tarde para confirmar.
—Vale. —El castaño asintió y metió las manos en los bolsillos de su pantalón, caminando un poco encorvado y con la mirada al frente—. ¿Sabes? A veces, cuando los veo a ti y a Marco juntos… me dan un poco de celos.
El azabache se detuvo de golpe y miró a su amigo con nerviosismo—. Aah… Bascud, me siento alagado pero…
—¡No de ese tipo de celos, idiota! —exclamó asestándole un golpe en la cabeza a su acompañante—. Carajo, que sigo siendo heterosexual, con una mierda.
Ace emitió un quejido mientras se sobaba la cabeza, reanudando su camino junto al otro—. Bueno, si no era eso, ¿a qué te referías?
—Bueno, es algo como… no sé, se ven tan felices juntos. Tal vez no lo notes, pero siempre que lo mencionas tienes unas sonrisa en el rostro, incluso parece que te brillaran los ojos —comentó con una pequeña risa—, y cuando están juntos… pareciera que el resto del mundo no importa mientras se tengan el uno al otro. Tal vez en ocasiones parezca algo molesto pero, de verdad es agradable verlos, te hace pensar que todo eso del amor verdadero sí existe. Me pongo celoso porque, supongo que me gustaría tener algo así con alguien. Algo tan fuerte y especial. —Bascud se masajeó el cuello, como si estuviera tratando de restarle importancia a sus palabras—. Digo, admito que el sexo no está nada mal, pero en realidad una aventura no es lo que estoy buscando en este momento, y parece ser lo único que quieren las chicas con las que me topo.
El pecoso sonrió, un tanto avergonzado por las palabras de su amigo, si hasta se le habían colorado un poco las mejillas, y le palmeó el hombro a su compañero—. Alguna chica con la que salgas no será tan idiota como las demás y sabrá valorarte, amigo, sólo es cuestión de tener paciencia.
El castaño se encogió de hombros, y al llegar al exterior y observar el día por completo nublado y fresco deseó internamente que no fuera a llover antes de que llegara a su departamento—. Oh, y hablando del rey de Roma.
Ace elevó una ceja con curiosidad y se giró hacia donde su acompañante estaba mirando, sonriendo al encontrar a su oficial de policía favorito recargado en la puerta del copiloto de su coche azul—. Nos vemos después —se despidió de Bascud y se dirigió hacia su novio, sorprendiéndose un poco al darse cuenta que tenía los ojos cerrados. Sus brazos cruzados sobre el pecho los había notado desde el primer vistazo, algo que también le parecía un tanto extraño, usualmente lo esperaba con las manos en los bolsillos de su pantalón y atento al momento en que atravesara las puertas de la academia, no de una forma que parecía tan desinteresada como en ese momento—. Hey, ya estoy aquí —dijo a modo de saludo, permitiéndose plantarle un ligero y rápido beso en los labios.
Marco sólo se limitó a asentir—. Vamos, entonces. —Rodeó el coche y se metió en el lugar del piloto.
El pecoso se quedó por un par de segundos parado donde estaba, casi sin poder reaccionar, antes de ocupar su lugar y cerrar la puerta. Miró hacia su pareja, pero el rubio no despegaba la vista del camino ni por un segundo. Pero, ¿qué demonios estaba pasando? ¿Por qué Marco no le había abrazado de la cintura y regresado el beso, como siempre hacía? ¿Por qué no le sonreía ni lo miraba? Ace se mordió el labio inferior, hundiéndose en su asiento. Estaba comenzando a sentir un peso asfixiante en el pecho.
"Sólo está estresado por el trabajo, tal vez tenga un caso difícil. Sí, seguro es eso". Asintió para sí, aunque en el fondo, esa molesta inquietud no parecía querer desaparecer.
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«Impel Down ─ Facultad de Psicología»
En cuanto el último profesor del día abandonó el aula los alumnos se pusieron de pie y comenzaron a salir, algunos ansiosos por disfrutar su fin de semana que, aunque corto, los ayudaría un poco a relajarse antes de que comenzaran a bombardearlos con trabajos y estudio para los próximos exámenes.
Sabo alcanzó a ver cómo la peli rosa lograba escabullirse fuera del salón antes de que se amontonaran todos alrededor de la puerta y se apresuró a terminar de guardar sus cosas, colgándose su mochila al hombro y dirigiéndose a la salida con algo de urgencia, terminando por empujar a uno que otro mientras lanzaba disculpas con tal de lograr salir de ahí cuanto antes. Una vez fuera apresuró el paso en dirección al estacionamiento, creyendo que tendría que llegar hasta allá y que sería mejor que se diera prisa si no quería que la chica se fuera antes de que lograra alcanzarla, pero para su suerte la encontró después de haber recorrido unos cuantos pasillos.
—¡Perona!
La nombrada se volteó, colocando una máscara inexpresiva en su rostro mientras el rubio se acercaba a ella, disminuyendo el paso y regulando su respiración ligeramente acelerada.
—¿Qué se te ofrece, Sabo?
El chico hizo una ligera mueca ante el tono indiferente en la voz de ella, pero era de suponer después de lo que había pasado. Suspiró por lo bajo y la miró a los ojos—. Lo siento, tenías razón. Tienes razón. He estado comportándome todo este tiempo como si fuera una especie de víctima de las circunstancias que no tiene más opción que observar cómo todo se vuelve en su contra, y la verdad es que ni siquiera he intentado ayudarme a mí mismo, no realmente, y tampoco he dejado que otros me ayuden. De verdad lamento mucho mi lamentable comportamiento de los últimos días, lamento no haberme dado cuenta del daño que yo estoy causándome a mí mismo y a los que me rodean, pero por sobre todo lamento haberme dejado caer de esa manera sin aceptar la mano que los demás me tendían.
Perona asintió como señal de que había comprendido sus palabras, pero sin cambiar en nada la expresión de su rostro, y dio un paso al frente para acercarse a él, clavándole un dedo en medio del pecho—. Ahora que has comprendido todo eso, ¿qué piensas hacer al respecto?
—Yo… no voy a romper con Killer, porque de verdad lo amo y en definitiva no quiero terminar de perderlo, pero tampoco voy a dejar que la situación me destruya. Si voy a seguir adelante con esto debo ser capaz de enfrentarlo, no más estar dispuesto a hundirme, sé que puedo levantarme más alto que esta barrera. Sólo que, voy a necesitar un poco de ayuda para escalar y quería saber… si aún está esa mano dispuesta a sostenerme durante el camino.
La peli rosa miró, un tanto vacilante, la mano que el chico le extendía. Podía notar un poco la inseguridad de Sabo, tal vez no estaba seguro de que aquello fuera suficiente para convencerla, pero la verdad le había gustado bastante la manera en que su voz sonaba ahora, segura y decidida, sin algún tipo de temblor. Su amigo era alguien muy distante del chico con el que había hablado unas horas atrás, el que sólo parecía estar esperando a tocar fondo. No, éste que tenía enfrente era todo lo contrario, estaba dispuesto a flotar hacia la superficie.
Con una ligera sonrisa ladeada tomó su mano y la estrechó, para un segundo después propinarle un golpe en el brazo.
—Auch —se quejó el rubio, sobándose el lugar donde la chica le había plantado un puñetazo y mirándola interrogativo.
—No quiero volver a escucharte hablar como lo hiciste en la azotea, ¿entendido?
Sabo sonrió, olvidando la molestia en su brazo, y asintió—. No te preocupes, no volverá a pasar.
—Más te vale. Ahora, para que puedas compensarme por esto, ¿qué tal adelantar un poco el maratón de películas que teníamos programado para mañana?
—Es una gran idea, pero justo ahora tengo algo importante que hacer. ¿Te parece en mi casa, dentro de una hora?
—Vale, me parece bien. —Perona asintió y el chico se despidió, un tanto apresurado, y giró hacia el pasillo a su izquierda. Entonces la chica comprendió qué era lo que su amigo tenía que hacer en las aulas de Instituto. Sólo podía ser eso dado que, según ella sabía, Luffy y los demás habían acabado sus clases hacía cosa de una hora—. Hey, Sabo.
El nombrado, que ya estaba a unos cuantos metros de distancia, se dio la vuelta hacia la peli rosa de nuevo—. ¿Sí?
—No vayas a dejarte llevar demasiado.
Sabo borró todo atisbo de sonrisa de su rostro, colocando así una expresión seria. Debía admitir que, aunque no sabía cómo lo había hecho, no le sorprendía mucho que ella comprendiera a dónde se dirigía—. Estaré bien.
Perona asintió y él retomó su curso anterior, caminando a prisa pues hacía ya varios minutos desde que la hora había acabado. Mientras se acercaba a las aulas de cuarto semestre respiró con profundidad, tratando de aclarar las ideas y palabras en su mente, y de paso también el retumbante latido de su corazón dentro de su pecho. Y es que, la verdad era que nunca antes había rechazado a nadie, y eso lo ponía un poco nervioso.
Para su suerte, o al menos eso quería pensar él, cuando llegó a su destino cruzó por la puerta del aula justo la persona a la que estaba buscando—. Shachi.
El castaño desvió su atención de la plática que mantenía con su amigo hacia el lugar donde había escuchado que pronunciaban su nombre, y estaría mintiendo si decía que no se sorprendió al encontrar al rubio parado a unos cuantos pasos de distancia.
—¿Podemos hablar un momento?
—Seguro —contestó con una ligera y ladeada sonrisa, para después girarse de nuevo hacia su primer acompañante—. Vete adelantando, Pen, nos vemos después.
Penguin observó a Shachi darse la vuelta y caminar detrás de aquél chico rubio que había acaparado la atención de su mejor amigo y que ya lo tenía hasta la coronilla, y apretó con fuerza la correa de su mochila en su mano.
Sabo caminó por los pasillos del Instituto hasta dar con un aula que estuviera vacía, donde le indicó a su acompañante que entrara, siguiéndole él después y cerrando la puerta tras de sí. Cuando se giró con la intención de enfrentar al chico se topó con su rostro a escasos centímetros de distancia y acercándose más.
—Wow, ¿qué crees que haces? —preguntó retrocediendo unos cuantos pasos con rapidez, quedando con la espalda pegada a la puerta, y extendiendo un brazo frente a él para mantener las distancias. Su mochila había caído al suelo por el retroceso impulsivo.
—Emm, ¿besarte? —Shachi sonrió ante la obvia respuesta y trató de acercarse otra vez, pero el mayor mantuvo su brazo firme para alejarlo aunque fuera un poco.
—No, si ya sé que esa era tu intención, pero no puedes hacerlo.
—¿Por qué no? Me gustas, ¿cuál es el problema entonces?
—Justo de eso quería hablarte, Shachi. —El rubio suspiró, retomando su postura seria y por consiguiente bajando el brazo—. Escucha, lo siento mucho pero no puedo corresponderte.
El castaño exhaló el aire y bajó la cabeza por un par de segundos para después volver a levantarla con una sonrisa un tanto resignada—. No soy idiota, Sabo. Eso ya lo sabía desde el principio.
—¿Qué? Pero, tú… si lo sabías, ¿entonces por qué…?
—No puedes corresponderme ahora pero, quizá con un poco de tiempo puedas hacerlo, sólo tienes que darme una oportunidad, verás que puedo ser capaz de enamorarte. —Mientras hablaba el menor fue acercándose de nueva cuenta, aprovechando un poco la confusión del otro, hasta que Sabo se dio cuenta de que estaba a poco de terminar acorralado entre su cuerpo y la puerta.
—Hay un problema con eso —dijo apresurándose a escabullirse por un costado del castaño y alejándose unos cuantos pasos sin atreverse a darle la espalda, estaba comenzando a ponerse un poco nervioso de nuevo—. Verás, no puedo darte esa oportunidad. Ya tengo novio, Shachi.
—¿Ah, sí? —Sabo casi dio un respingo al notar el cambio en el semblante del otro, su rostro y su voz se habían vuelto serios, su tono tan calmado que le daba mala espina, y su caminado en un nuevo intento de acercarse parecía el de un depredador acechando a su presa—. Si es así, ¿por qué nunca te he visto con él? Llevo conociéndote todo un semestre, bastante tiempo como para no verlo ni una sola vez, aun si no asiste a este Instituto.
El rubio retrocedió hasta topar con un escritorio tras él. Ahora sí que estaba nervioso, ¿qué acaso Shachi no iba a darse por vencido con nada de lo que dijera?—. Eso no es asunto tuyo.
—¿No? A mí me parece que me estás mintiendo.
—¡Por supuesto que no! —contestó a la defensiva, olvidando por un momento que el otro seguía acercándose—. Escucha, comenzamos a salir el semestre pasado, pero en diciembre él tuvo que irse a otra ciudad con su padre por un tiempo. Por eso no está aquí, pero no hemos terminado.
—Hmm… Bueno, si es así entonces no hay ningún problema, ¿no?
—¿Eh? —Sabo no comprendió aquello hasta que el castaño lo acorraló contra el escritorio, colocando sus manos en la superficie a los lados de su cuerpo para evitar que escapara como antes lo hizo y acercándose a su rostro. El rubio se inclinó hacia atrás e interpuso sus manos de nuevo—. ¡Hey! Acabo de decirte que…
—Oh, por favor Sabo, no seas ingenuo.
El mayor parpadeó incrédulo por unos segundos—. ¿Perdón?
—Ya sabes lo que dicen por ahí, «relación de lejos, felices los cuatro»
—¿Qué? ¡No! —Sabo empujó al chico lo suficiente para alejarlo un par de metros y se irguió todo lo alto que era—. Yo lo amo y no voy a serle infiel contigo, ni con nadie más.
Shachi bufó con sorna y Sabo no pudo evitar sentirse un poco desubicado con su acompañante. ¿Quién diablos era ese chico que tenía enfrente? Ése no era el castaño con el que él llevaba conviviendo todos esos meses. Shachi era amable, simpático y alegre, pero en ese momento no podía reconocerlo.
—Tal vez tú no, ¿pero y él? ¿Quién te asegura que no ha sucumbido ante la necesidad? Vamos, que todos podemos llegar a sentirnos solos y necesitados de compañía, de unas cuantas caricias… o algo más. ¿De verdad crees que ha pasado todos estos meses aguantándose la tentación sólo por tu recuerdo? ¿Piensas que sería capaz de soportar tanto tiempo si tú no puedes satisfacerlo? Te estás engañando, Sabo, si de verdad confías en que él…
—¡Cierra tu maldita boca de una vez! —Enfurecido y sin pensarlo mucho en realidad el mayor se abalanzó sobre el otro y le propinó un puñetazo en la mandíbula, tan fuerte que lo mandó de sentón al suelo con el labio inferior partido y sus lentes oscuros a unos centímetros lejos de él. Shachi lo miró con los ojos como platos al limpiarse el hilo de sangre que le brotaba de la herida, pero el rubio lo miró desde arriba con los puños apretados a los costados. Si las miradas mataran el menor ya estaría varios metros enterrado bajo tierra—. ¡Tú no lo conoces, no tienes derecho a opinar sobre esto y mucho menos de hacer todas esas insinuaciones acerca de MI novio! Si vuelvo a escucharte hablar así de él te aseguro que no dudaré ni un segundo en romperte toda tu linda carita, ¿entendiste? —No le dio tiempo a contestar, se dirigió hacia la salida del aula con grandes y pesadas zancadas y tomó su mochila del suelo, colgándosela al hombro y abriendo la puerta con brusquedad—. Y será mejor que te olvides del tema si quieres que sigamos siendo amigos, Shachi, porque hay un solo chico al que yo amo, y ese no eres tú.
Sabo abandonó el aula y el castaño se quedó ahí, tumbado en el suelo con la mano sobre el golpe, que punzaba dolorosamente, y la mirada sombría bajo la visera de su gorro.
—¡Shachi! —exclamó Penguin con preocupación, apresurándose en acercarse a su amigo y tratar de revisar la herida de su labio.
—¿No te dije que te fueras adelantando, Pen? —dijo el chico en voz baja, separándose del agarre de su amigo y estirando la mano para tomar sus lentes oscuros y colocárselos. Se puso de pie sin aceptar la ayuda del otro y tomó su mochila para comenzar a caminar hacia la puerta.
—¡Oye! ¿Qué fue eso? ¿Por qué demonios no le regresaste el golpe?
—No es tu asunto —contestó con voz fría, dándole la espalda antes de salir del lugar.
Penguin apretó los puños y chasqueó la lengua con molestia. Había escuchado toda la conversación, o al menos lo que pudo captar desde fuera del aula, y no le había gustado para nada. Pero no iba a dejar las cosas así.
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—Bienvenido al Baratie, ¿qué desea ordenar? —preguntó Luffy con un por demás inusual tono monótono, sin siquiera despegar la mirada de la libretita en su mano para atender al cliente.
—Hey, ¿por qué esa cara tan larga?
Se sorprendió al escuchar esa voz tan conocida y levantó la cabeza casi de golpe—. ¡Kid!
El pelirrojo levantó su mano como gesto de saludo, y terminó revolviendo los cabellos del menor para ver si así lograba sacarle una sonrisa. No lo consiguió—. ¿Qué te sucede, peque?
—No, no es nada, sólo que… el día está muy triste.
—Oh… ya veo.
—Bueno, ¿vas a ordenar? —preguntó para cambiar el tema, tratando de forzar una sonrisa en sus labios.
Después de que le dijera su pedido el chico volvió a sonreírle y se alejó de su mesa, prometiendo volver en unos minutos con la comida. Kid lo observó todo el tiempo que estuvo ahí sentado, lo vio ir de aquí para allá, atendiendo a los clientes y llevando pedidos de un lado a otro, algunas veces tratando de sonreírles a los demás, pero dichas sonrisas desaparecían en cuanto se daba la vuelta o se alejaba de la mesa correspondiente. Se dio cuenta de que le faltaba esa aura animada que siempre lo rodeaba, ese brillo tan especial en sus ojos que le daban ese toque alegre a todo lo que hacía, o el timbre avivado en su voz al hablar.
—Con que el día está muy triste, eh —comentó para sí mismo.
Al momento de irse pasó a pagar la cuenta en el cajero cercano a la entrada, pero justo cuando ya iba a retirarse el ruido de vajilla chocando contra el suelo y quebrándose llamó su atención.
—¡Luffy-san!
Kid se aproximó al lugar en dos grandes y rápidas zancadas. El pelinegro estaba tumbado en el suelo, con la bandeja negra que llevaba a todos lados junto a él y los restos de vasos y platos alrededor.
—Oh por dios, ¿estás bien? —preguntó una chica de cabello celeste acercándose para tratar de ayudarlo, tomando su brazo con cuidado—. ¿No te cortaste?
—No, estoy bien. Perdón chicos, sólo fue un descuido —dijo Luffy, tratando de tranquilizar el ambiente pues sus compañeros se habían acercado preocupados. Aceptó la ayuda de Vivi para ponerse de pie, pero al apoyar en su lado izquierdo no pudo evitar soltar un quejido y casi caer de nuevo, de no ser porque la chica alcanzó a sostenerlo.
—¿Qué pasa, Luffy-san?
—Mi pie, me duele.
Coby se acercó, hincándose en el suelo y tomando con cuidado el pie del mayor, quitándole el zapato y la calceta tratando de no moverlo demasiado y disculpándose cada vez que alcanzaba a escuchar un quejido del otro, aunque parecía estar tratando de contenerlos.
—Está inflamado. Deberíamos llevarlo con un doctor para que lo revise, ¿qué tal que es grave? ¡Tal vez se rompió el tobillo! —exclamó el de pelo rosado, alarmándose.
—Tranquilo, Coby, no creo que eso haya pasado. Sólo me duele un poco, algo de hielo y estaré como nuevo.
—Pero Luffy-san, debería dejar que alguien lo revise —insistió la chica.
—De verdad estoy bien, no necesitan preocuparse chicos. —Luffy le sonrió a sus amigos tratando de tranquilizarlos. Uno de los meseros se acercó con una bolsa de hielo, mientras que otro se encargaba de recoger el desastre que se había causado al caerse la bandeja. Los demás habían vuelto al trabajo, pues aún había que atender a los clientes. Coby le acercó una silla y Luffy tomó asiento mientras Vivi se encargaba de colocar el hielo sobre su tobillo lastimado.
—No creo que se baje sólo con esto, al menos no del todo. Insisto en que vayas con un médico.
—Pero…
—Yo lo llevaré.
Ambos levantaron la mirada, sorprendidos, al escuchar la intervención de alguien más. Vivi levantó una ceja con curiosidad al ver al alto pelirrojo que estaba parado ahí, se había mantenido algo alejado de la escena hasta el momento. Ella no lo conocía, por lo que miró al pelinegro como si le preguntara si él sabía quién era.
—Kid, de verdad no…
—No puedes ni dar un maldito paso sin caer al suelo. Cierra la boca de una vez y admite que necesitas que alguien te revise, ¿no ves que todos están preocupados por ti?
El chico lo miró sorprendido por un momento, para después soltar un suspiro resignado y formar un puchero—. Está bien, vamos.
El mayor asintió—. Así está mejor.
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Perona suspiró—. Te digo que no te dejes llevar demasiado, y tú vas y le plantas un puñetazo en el rostro. Lo bueno es que sigues mis consejos.
—Es que no paraba de decir todas esas cosas sobre Killer —replicó Sabo, sentándose a su lado en el sofá de la estancia de su casa con un recipiente lleno de palomitas en mano—. Aunque, si te soy sincero, sí me siento un poco mal por él, creo que al final fui algo cruel, ¿tú qué piensas?
—Bueno, primero lo golpeaste y después le echaste en cara que aunque él te quiera tú ya amas a alguien más y que no puede hacer nada para cambiarlo. —Sabo hizo una mueca al escucharlo de esa forma salir de los labios de su amiga—. Pero, oye, así es mejor, directo y conciso para que lo comprenda de una vez.
El rubio suspiró—. Eso espero, en realidad no quería herirlo.
—Bueno ya, eso ya pasó y no puedes cambiar lo que hiciste, después sabrás qué resulta de eso. Ahora, ¿qué te parece si comenzamos de una vez?
—Sí, tienes razón. —Sonrió y tomó el control de la televisión frente a ellos para encenderla y comenzar con el dichoso maratón de películas. Pero justo antes de que le diera play al vídeo se escuchó un estridente portazo en la entrada que los hizo a ambos pegar un brinco. Sabo no perdió tiempo y se puso de pie, dirigiéndose hacia el lugar.
Encontró a Ace aventando su mochila con brusquedad contra el mueble de las escaleras, que se tambaleó un poco por el golpe, y refunfuñando quién sabe qué cosas, aunque no parecían ser nada bonitas, antes de que comenzara a subir la escalera con fuertes pisadas.
—Ace, ¿qué demonios tienes? ¿Y Marco? —preguntó colocándose al pie de la escalera. Según él recordaba, su hermano iba a ir al departamento de su novio a pasar toda la tarde con él, pero no eran ni las cuatro y ya había regresado, además que de un humor de perros.
—No lo sé ni me importa —gruñó el pecoso en respuesta.
Sabo abrió los ojos como platos, incluso su mandíbula cayó un poco al escuchar las palabras frías del pecoso, y giró su rostro hacia la sala. Perona, quien se había dado la vuelta para poder presenciar la escena, parecía estar tan sorprendida como él. Volvió a girarse hacia su hermano y subió los peldaños que los separaban, tomándolo de la muñeca para impedir que continuara subiendo—. Oye, ¿pero qué pasó?
Ace se tensó por completo y sin dejar de darle la espalda al chico le escupió la respuesta con ira, soltándose después del agarre y terminando su recorrido hasta su habitación, cerrando la puerta con otro sonoro golpe.
El rubio se había quedado paralizado en su lugar, aún más shockeado que antes, sin dejar de observar con confusión el lugar por donde su hermano había desaparecido segundos atrás. Eso… él… ¿qué había dicho? ¿Eso era posible?
—Terminamos, eso pasó.
Continuará...
