[Capítulo 8 ─ Sentimientos en balanza]
Sabo salió de la cocina, fue a la estancia casi arrastrando los pies y, con un suspiro, se derrumbó todo lo largo que era en el sofá. Perona se había ido rato atrás, al final después de que Ace se encerrara en su habitación y él saliera de su desconcierto inicial había decidido que era mejor dejarlo solo por el momento (su hermano era de los que necesitaban descargar sus frustraciones antes de poder pararse a pensar las cosas) así que siguió con lo que tenían planeado y se sentó a ver películas con su amiga, aunque la verdad estuvo la mayor parte del tiempo divagando en su mente, tratando de encontrar una explicación lógica al hecho de que su hermano llegara de esa manera y con tal noticia. No era la primera vez que él sabía que Marco y Ace discutían, pero llegar al punto de terminar era… bueno, simplemente no lo podía creer. Ya habían pasado unas cuantas horas desde entonces, tal vez si iba ahora encontraría al pecoso un poco más calmado y podrían hablar sobre lo que pasó.
Antes de que pudiera decidir si subir o no escuchó cómo la puerta principal se abría, así que se levantó del sofá y fue a la entrada para recibir a su hermano menor.
—¡Luffy! ¿Qué te pasó? ¿Estás bien? —preguntó apresuradamente, preocupado al ver a su hermanito sosteniéndose del brazo de su mejor amigo para mantener el equilibrio por no poder apoyar el pie izquierdo en el suelo.
—Em… me doblé el tobillo en el trabajo.
—¿Qué? ¿Cómo? ¿Por qué no me llamaste?
—Estoy bien Sabo, el doctor dijo que sólo necesitaba reposar un par de días para recuperarme —contestó para tratar de tranquilizarlo un poco, cuando se trataba de heridas o lesiones el rubio podía llegar a ser tan atosigante y sobreprotector como el mismo Ace.
El mayor se acercó al azabache y le indicó que se apoyara en él para sostenerse—. Gracias por traerlo, Zoro, ya me encargo yo.
El aludido asintió en respuesta—. Bien, igual debo irme ya. Nos vemos después. —Se despidió de ambos y salió de la casa cerrando la puerta tras de sí. Luffy se preguntó si aún estaría pensando en la plática que habían mantenido rato atrás.
Sabo ayudó a su hermanito a llegar hasta el comedor para sentarse en una de las sillas, donde, después de asegurarse de que en realidad no tenía nada grave, le indicó que esperara ahí en lo que él iba por Ace para que cenaran los tres juntos. El menor hizo un puchero, no conforme con el hecho de tener que esperar, pero accedió a ello.
El rubio subió las escaleras y atravesó el pasillo hasta la habitación de su hermano. Se paró frente a la puerta y, después de tomarse unos segundos de duda, tocó un par de veces—. ¿Ace? —preguntó, pero al no obtener respuesta alguna abrió la puerta para asomarse al interior.
El azabache estaba tumbado en su cama, con los brazos reposando en la almohada por sobre su cabeza y la mirada clavada en el techo. Sabo no quiso siquiera intentar preguntar sobre las piezas de celular que estaban en el suelo junto a la pared contraria a la cama, ya se imaginaba lo que había pasado con él.
—Oye, la cena está lista.
—No tengo hambre ahora, Sabo. Bajaré más tarde —contestó el pecoso sin cambiar su posición en absoluto.
—Claro, entiendo. —Sabo dio un paso atrás, pero antes de salir por completo observó a su hermano por un momento—. Ace. —El nombrado giró la cabeza hacia él, y Sabo se mordió el interior de la mejilla al verlo. No recordaba haber visto tal expresión decaída en su rostro alguna vez—. Sabes… que puedes confiar en mí, para lo que sea.
El chico esbozó una débil sonrisa en respuesta—. Lo sé, y te lo agradezco hermano, pero ahora lo único que quiero es estar solo.
El rubio asintió—. Igual, si me necesitas estaré en mi habitación —indicó una última vez antes de salir.
Ace escuchó la puerta cerrarse, en realidad su habitación en ése momento estaba tan silenciosa que podría escucharse hasta un clavo cayendo al suelo. Desvió su mirada un poco más allá de la pared, y entonces se encontró con el desastre que terminó siendo su teléfono después de arrojarlo sin importarle dónde fuera a parar, hacía ya un par de horas atrás. Bueno, tal vez el pobre aparato no tenía toda la culpa de estar lleno de fotos, canciones, mensajes de texto y un millón de cosas más que no paraban de recordarle a él. Fue por eso que decidió que aventarlo lo más lejos posible era una buena idea. Ahora pensaba que tal vez no lo era tanto. En fin.
En lugar de ir a recoger las partes del celular e intentar volver a armarlo (no parecía que eso en realidad fuera posible, con el corto vistazo que le había echado se veía en bastante mal estado, ¿con cuánta fuerza lo habría lanzado?) se dio la vuelta en la cama y hundió la cara en la almohada. En ése momento lo único que le apetecía era dormir, quizá, con algo de suerte, todo se habría arreglado cuando despertara. Pero pasaron los segundos, los minutos, y era hora que no podía quedarse dormido.
De repente la cama le pareció inmensa, sintió como si en cualquier momento pudiera terminar perdiéndose en medio de las cobijas y quedar enterrado ahí. Le hacía falta un cuerpo a su lado, uno que lo abrazara con suavidad y firmeza a la vez, que lo hiciera sentir seguro y libre al mismo tiempo. Le faltaba sentir una ligera respiración junto a su cuello, y unos labios paseándose por su hombro con lentitud. "No Ace, deja de pensar en eso, no te hace ningún bien" pero era imposible, la cama, la habitación entera estaba inundada de la esencia de Marco, tantas veces había estado ahí con él, en tantas ocasiones se habían recostado tan sólo a descansar un rato, abrazados y repartiéndose uno que otro beso inocente, y otras tantas veces se habían entregado mutuamente a los brazos del otro, se habían amado intensamente sin nada que pudiera separarlos.
Ace estrujo la almohada entre sus brazos, como si eso pudiera ayudarlo a disipar un poco de su dolor. Pero eso no funcionó, y no sabía qué hacer para arrancarse ese doloroso vacío de su pecho. Las palabras que Bascud le había dicho esa tarde ahora le perforaban la cabeza como si fueran un taladro perforando una pared. En el silencio del lugar casi pudo escuchar el eco de su voz, que después fue transformándose en la voz de Marco. Oh, cielos, eso de verdad no le estaba ayudando. ¿Cuántas veces no había escuchado un Te amo salir de sus labios sólo para que él lo recibiera? Ahora esas palabras, que unas cuantas horas atrás lo hacían feliz, se repetían en su cabeza como una melodía fúnebre, esparciendo dolor y agonía por su cuerpo, junto a la imagen del rubio mirándolo serio, sin pizca de duda en sus ojos o en su voz, al momento de decirle un directo «Quiero terminar contigo» que aún podía escuchar claramente. ¿Cómo era posible que unas simples palabras causaran tanto daño en su interior?
—¿Qué fue lo que pasó, Marco? ¿Qué te alejó de mí?
Ace no sabía la respuesta, y eso sólo lo hacía sentir peor.
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Makino sonrió al salir de la cocina después de haber entregado una orden y ver a cierto oficial de policía rubio sentado en la misma mesa junto a la ventana de siempre. Tomó su libreta de pedidos de su mandil y se aproximó a él.
—Buenas noches, oficial —saludó con una sonrisa, obteniendo la atención del hombre—. Me alegra verlo de nuevo por aquí.
—Lo mismo digo, Makino —contestó él regresándole la sonrisa.
—¿Cómo ha estado Ace?
Y como si hubiera despertado de un golpe la sonrisa de Marco se borró casi por completo, y aunque dos segundos después intentó disimularlo la camarera ya se había dado cuenta de ello.
—Él está bien, gracias.
—Me alegro. ¿Lo de siempre entonces? —preguntó en un intento de aligerar el pesado ambiente que se había formado.
—No hoy, Makino. Me conformaré con un café, si no es mucha molestia.
—Por supuesto, se lo traeré enseguida. —Le sonrió una última vez antes de darse la vuelta y comenzar a alejarse, pero cuando ya iba a entrar en la cocina volvió a girarse hacia su mesa y lo observó por un par de segundos. Marco veía por la ventana que tenía a su lado, con la mirada más bien pérdida y un aura débil emanando de él. En definitiva algo le pasaba, y a juzgar por su reacción anterior ese algo tenía que ver con Ace.
Para cuando Makino regresó con el café Marco se encontraba acompañando. Ella reconoció a ese hombre pelirrojo, que si mal no recordaba su nombre era Shanks, ya lo había visto en algunas otras ocasiones junto a otro castaño que en ese momento no los acompañaba. Shanks, al igual que Marco, sólo pidió un café.
Makino los observó durante un rato, la atmósfera ahí era extraña. Ella recordaba al pelirrojo como alguien alegre y carismático, al que siempre veías con una sonrisa en el rostro, pero esa noche era diferente, se limitaba a escuchar lo que fuera que Marco le decía sin interrumpir, con una expresión seria e indescifrable. Ella estaba algo preocupada. Tal vez Marco sólo fuera un cliente habitual del restaurante, pero ella lo consideraba una buena persona y esperaba que nada malo le estuviera pasando, no se lo merecía.
En la mesa Shanks no dijo ni media palabra cuando su amigo terminó de contarle todo, se encontraba en uno de esos momentos en los que tienes que repetir en tu cabeza una y otra vez lo que has escuchado, para procesarlo y apenas considerar la posibilidad de que sea verdad.
—Es… ¿no me estás tomando el pelo, compañero?
—¿Te parece que bromearía con algo así? —preguntó Marco entre irritado, cansado y estresado.
—Vale, lo siento. Es sólo que… es algo difícil de creer.
—Dímelo a mí. —Marco suspiró y se dejó caer contra el respaldo de su silla—. Creí que este tipo de cosas no pasaban en la vida real.
—Bueno, tampoco es que sea tan difícil, digo sólo tienes que…
—Shanks, cállate —interrumpió el rubio, masajeándose los parpados con su dedo medio y pulgar, como si estuviera tratando de disipar un dolor de cabeza. Sentía que en cualquier momento el cerebro le explotaría dentro del cráneo.
—Aún después de lo que me has contado sigo sin comprender por qué tenías que terminar con Ace, me parece algo demasiado drástico.
Marco soltó lo que podría llegar a considerarse como un gruñido mal contenido—. No quiero terminar arrastrándolo en esto, él no tiene por qué cargar con las consecuencias de mis actos, sobre todo cuando son cosas del pasado en las que él no está involucrado.
—¿Al menos le contaste la verdad? —Marco hizo una mueca y se limitó a responder con una débil negación de cabeza—. ¿Por qué no? Yo creo que tiene derecho a saberlo.
—Lo conozco, no habría aceptado mis razones. Querría quedarse a pesar de la situación y yo no puedo permitir que haga eso por mí. Creí… que sería más fácil para él superar nuestra ruptura si es que me odia, si cree que yo ya no lo amo.
—Por favor Marco, Ace no podría odiarte y tú no quieres que lo haga.
—Tampoco quiero alejarme de él, pero tengo que hacerlo —replicó con un dejo de frustración en la voz mal combinado con resignación—. Mantenerlo a mi lado sería demasiado egoísta.
—¿Y lo que estás haciendo no lo es? —preguntó en un tono acusador. Él no estaba de acuerdo con la forma de actuar de su amigo, parecía que el estrés del momento lo orillaba a tomar decisiones un tanto precipitadas de las que era probable que se arrepintiera en un futuro, futuro donde tal vez ya no pudiera remediarlo.
—¡No lo sé, Shanks! —exclamó el rubio, derrumbándose contra la mesa—. No lo sé, ¿de acuerdo? Lo único que quiero es lo mejor para él. Es demasiado joven para tener que batallar con esto.
—Lo dices como si tú tuvieras cuarenta años —ironizó Shanks.
—Pero éste asunto es mío, no de él. Y quieras o no la poca diferencia de edad que tenemos se nota en estas situaciones. Yo puedo y además debo lidiar con esto, pero Ace no.
—Tal vez esa decisión deberías dejársela a él, a fin de cuentas también estás decidiendo acerca de su posible futuro.
Marco enterró las manos en su cabello y tiró de él. Estaba indeciso. Ya no sabía si de verdad había hecho lo correcto, o si sólo estaba cometiendo el peor error de su vida. Le había costado horrores mantenerse firme en su posición cuando Ace le había pedido una explicación, ver cómo su rostro pasaba de incredulidad a dolor disfrazado de rabia. Deseó poder mandar todo a la mierda y estrecharlo entre sus brazos, susurrándole promesas de amor al oído con tal de que él volviera a sonreír. Pero él no podía hacer eso, porque no sabía si esas promesas de verdad serían cumplidas. Ace estaría bien, le tomaría tiempo pero al final lo superaría y seguiría adelante, tal vez conocería a algún chico, uno que pudiera hacerlo feliz sin comprometer su futuro demasiado pronto. El problema era que no sabía si él podría superarlo, y no soportaba la idea de que alguien más lo tuviera, no soportaba pensar en que Ace algún día podría amar a alguien más. Él debía seguir adelante ahora, sin el pecoso a su lado, pero ¿cómo diablos se suponía que hiciera eso?
Shanks observó a su amigo, imaginando su lucha mental gracias a sus gestos y expresiones, y se compadeció un poco de él. Marco estaba sufriendo también, después de todo, aunque así lo había decidido él—. Díselo, compañero, explícale la situación y deja que él reflexione al respecto, por su propia cuenta. Se lo merece, y tal vez así tú podrías dejar de atormentarte tanto.
Marco cruzó sus brazos sobre la mesa y enterró el rostro ahí, guardando silencio por unos muy largos segundos—. Lo pensaré. Pero no por ahora, si voy a decirle la verdad necesito arreglar un poco las cosas porque en éste momento mi vida es un completo desastre, y si yo no puedo con ello menos lo hará él.
—Vale, eso me parece mejor que nada. —Shanks esbozó una ligera sonrisa y se permitió relajarse un poco mientras terminaba de beber su café, aunque ya estaba algo frío—. ¿Y podrías explicarme ya por qué me pediste que no trajera a Thatch?
—Porque si le cuento esto a él seguro me molerá a golpes.
—Bueno, un poco merecido lo tienes, ¿no?
El rubio gruñó en respuesta y él soltó una pequeña risa. Si el pelirrojo se ponía a pensarlo la situación no era tan mala en realidad, dejando de lado todos los problemas sentimentales entre Marco y Ace, las cosas siempre podrían haber sido peores y esto no era algo de lo que debería lamentarse. Shanks estaba convencido de que en cuanto al rubio se le pasara la inquietud, el estrés y el miedo inicial lo pensaría de esa forma también. Lo sabía, porque él podía ver ese algo en su mirada, podía notar ese nuevo brillo especial en sus pupilas, ese pequeño signo de emoción y alegría que estaba oculto casi por completo en medio de todas sus frustraciones, pero que con el tiempo florecería y se convertiría en algo muy fuerte. Después de todo, un hijo siempre es algo que agradecer.
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Para cuando Luffy llegó a su habitación, después de haber cenado y tomado una ducha (nunca creyó que fuera tan complicado sin poder apoyarse bien de ambos pies, al final terminó sentado en el suelo) ya había comenzado a llover. Aunque no era una lluvia muy fuerte sí podía escuchar las gotas de agua cayendo contra el techo y golpeando la ventana, repiqueteando mientras él estaba tumbado en su cama, sin nada más qué hacer que perderse en ése sonido. Antes de que se diera cuenta ya estaba recordando aquella noche de tormenta en diciembre. En realidad nunca lo había pensado pero, de no haber sido por la lluvia quizá él no habría terminado por entregarse a Law esa vez. Es decir, ellos ni siquiera habían planeado ir a su casa, pensaban ir al cine o a un centro de video juegos, pero poco después de que salieran del Baratie la lluvia azotó casi con furia contra la ciudad y decidieron mejor llegar a refugiarse a casa del mayor.
Luffy se dio vuelta en la cama, enredando la cobija en su pierna sana mientras observaba las gotas de agua deslizándose por el cristal de la ventana. Más allá de ella la oscuridad dominaba la noche desde lo alto del cielo. ¿Qué habría pasado ése día, si la tormenta no hubiera llegado? Probablemente sólo habría regresado a su casa como cualquier otra noche, mientras que aún intentaba ignorar las cicatrices que marcaban su cuerpo. En ése caso, ¿se habría entregado a Law en un momento cercano, o habría tardado mucho más tiempo en superar su trauma? ¿Su relación habría llegado al final por la falta de interacción física, o Law habría esperado todo el tiempo que él necesitara para recuperarse?
"Seguro habría hecho eso, sí" pensó Luffy formando una sonrisa. Su novio lo había apoyado desde el principio, haciéndolo sentir seguro y tranquilo, sin dejarlo solo durante la batalla en ningún momento. Le había ayudado a salir de la cárcel en que sus recuerdos terminaron atrapándolo, le había hecho sentir completo, feliz y vivo una vez más. Luffy estaba más que agradecido con la madre naturaleza por dejar caer la tormenta esa noche, empujándolo a los protectores y cálidos brazos de ese chico de ojos grises que le había robado el corazón sin reparo alguno.
En ése momento su línea de pensamiento se vio interrumpida por la melodía que anunciaba una llamada entrante en su celular. Tomó el aparato del buró junto a la cama y se sentó antes de ver el contacto.
«Llamando: Law»
Aunque su primer impulso fue contestar de inmediato no lo hizo hasta pasados unos segundos, respirando profundo al momento de colocar el teléfono junto a su oído y presionar el botón—. ¿Sí?
—¿Podemos hablar? —preguntó la suave y masculina voz de su novio al otro lado de la línea.
—Ahora no Law, quiero descansar.
—Por favor, no quiero que las cosas queden así entre nosotros —insistió el mayor, algo angustiado por la situación en que habían terminado varados.
"Yo tampoco" pensó para sus adentros. En realidad, él ya no estaba enojado, desde un principio no lo estuvo, sólo algo afectado, y aunque ahora comprendía algo mejor el actuar de Law (gracias a su conversación con Zoro) seguía doliendo un poco. Él quería hablar y arreglar las cosas, quería darle la oportunidad de decir lo que fuera que quisiera decirle, pero no ahora, no por teléfono, él necesitaba ver a Law a los ojos mientras lo escuchaba, necesitaba tenerlo en frente para poder decirle también lo que pasaba por su mente con respecto a la conversación que tuvieron en la tarde. De otra forma, nada quedaría arreglado en realidad, sería sólo un parche temporal que en cualquier momento volvería a desprenderse, y quizá esa vez el resultado sería más dañino que la primera vez.
—Mañana, ¿de acuerdo? Iré a tu casa —propuso al fin.
—¿No prefieres que vaya yo a la tuya?
¿Y darle a sus hermanos una razón más para preocuparse?—. No, está bien así. Te veré allá.
—De acuerdo, te espero mañana entonces.
—Sí. Buenas noches Law.
—Buenas noches… te amo —agregó al final con cierto matiz de duda en su voz, como si temiera estar tentando demasiado a su suerte y no recibir la respuesta que esperaba escuchar.
—Y yo a ti —contestó antes de colgar. Después de todo, darle un poco de seguridad al mayor no estaba de más en ésta situación.
Luffy dejó el celular en el buró otra vez. Ahí, justo a un lado del aparato, se encontraba una muñequera de tela negra con el grabado de una Jolly Roger blanca de un lado y el ancla de un barco por el otro. La tomó y repasó los dibujos con sus dedos, para después cerrar su mano en un ligero agarre a su alrededor. Se acomodó para dormir y apagó la lámpara, dejando que la escasa luz que entraba desde el pasillo por la rendija de la puerta fuera lo único que iluminara su habitación.
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«Sábado, Mayo 24»
Ace salió de su cuarto por fin. No había dormido mucho durante la noche, tenía un dolor de cabeza fatal que no parecía querer dejarlo en paz y estaba en uno de esos días en los que deseaba desaparecer de la faz de la tierra. Pero aun así decidió salir de su cuarto, porque no quería quedarse ahí, pues ahí volteara a donde volteara todo le recordaba a Marco. No, mejor salir de ahí e ir a la cocina, un café en ese momento no le sentaría mal, o al menos eso esperaba.
Pero ni siquiera llegó hasta la escalera, pues mientras atravesaba el pasillo se detuvo junto a la puerta de la habitación de su hermano menor. Podía escuchar un gran desastre ahí dentro, casi como si un torbellino estuviera atrapado en el interior. Con algo de duda tomó la perilla y abrió la puerta, agachándose justo a tiempo para esquivar un zapato que volaba directo a su cabeza.
—Pero qué rayos…
Luffy se movía de un lado al otro en la habitación, revolviendo cosas, arrojándolas al suelo o a la cama o a donde se les ocurriera aterrizar, mientras murmuraba cosas ininteligibles para el pecoso. El lugar ya era un desastre de ropa, libros, papeles, cobijas y cualquier otra cosa que el chico pudiera tener guardado en su cuarto.
—¡¿Dónde está?! —gritó de repente el menor, desesperado.
—¡Luffy, ¿qué diablos pasa aquí?!
—¡No está! —exclamó volviendo a su armario, arrojando fuera las pocas prendas que todavía estaban guardadas.
—¿Qué no está? —preguntó el pecoso, confundido.
—¡Mi sombrero!
Oh, claro, debió haberlo adivinado. Sólo había una cosa por la que Luffy perdía la cabeza si llegaba a perderlo de vista. Idiota.
—¿Cómo que no está?
—¡No lo encuentro por ningún lado! ¡Estoy seguro de que lo dejé en mi escritorio anoche!
En ése momento Sabo cruzó la puerta.
—¿Qué está pasando? —preguntó al ver el desastre en que se había convertido la habitación de su hermano. El suelo estaba por completo cubierto de cosas, no era posible caminar por ahí sin arriesgarse a clavarse algo en el pie.
—¡Sabo! ¡Ayúdame a buscar mi sombrero! —imploró Luffy, al borde de la locura.
—¿Tu sombrero? Pero, ¿dónde lo dejaste?
—¡Estaba aquí, lo juro!
—Pues no parece que esté aquí —comentó Ace, paseando su mirada por el revoltijo de objetos que habían sido desplazados a segundo plano con tal de encontrar el sombrero.
—¡Alguien me lo ha robado! —exclamó el menor, convencido de ello.
Y entonces Garp apareció en el umbral de la puerta.
—¡¿Qué diablos es todo este alboroto?!
—¡Me han robado mi sombrero!
—Vamos, Luffy, no es posible que alguien entrara a la casa anoche y sólo se llevara tu sombrero —comentó Sabo, pensando con racionalidad.
—¡Pero no está! ¡Alguien tuvo que robarlo! —insistió el chico.
—¿Te refieres a éste sombrero? —preguntó Garp, alzando su mano para mostrar el sombrero de paja que llevaba desde que había entrado en la habitación y en el cual ninguno de los chicos había reparado.
—¡Mi sombrero! —Luffy se abalanzó hacia su abuelo, pero antes de que pudiera recuperar su posesión más valiosa el mayor le asestó un buen puñetazo en la cabeza, mandando al chico al suelo en un instante—. ¡Mierda, eso duele abuelo!
—¡Has estado corriendo por todos lados como un torbellino, ¿verdad?! —preguntó en un tono acusador, haciendo caso omiso a las quejas de su nieto.
—…Puede ser…
—¡Eres idiota! —Y le plantó otro puñetazo. En ese punto ya se podía apreciar el humo saliendo de la cabeza del pequeño desde el lugar donde le quedaría un chichón—. ¡Así nunca vas a recuperarte de tu tobillo!
—¡Quería encontrar mi sombrero! —reclamó el chico mientras se sobaba el lugar golpeado.
—¡Toma tu bendito sombrero! —Garp prácticamente le clavó el objeto en la cabeza antes de salir de la habitación con pesadas zancadas.
—Ahora me duele más la cabeza que el tobillo —se quejó Luffy haciendo un puchero.
—Bueno, el abuelo tiene razón, no puedes andar corriendo por todos lados Luffy, te lastimarás —dijo Sabo mientras le tendía una mano a su hermanito para ayudarlo a ponerse de pie.
—Pero ya no me duele tan-¡Ay! —El menor dejó escapar un quejido cuando intentó pararse apoyando ambos pies, interrumpiendo su comentario.
—¿Decías?
Luffy miró al rubio con un pucherito de reproche, sosteniéndose de él para no terminar cayendo al suelo de nuevo. La verdad era que había olvidado su lesión, de nuevo, al darse cuenta de que su sombrero no estaba en el lugar en el que recordaba haberlo dejado, y había saltado de la cama para buscarlo por su habitación. Y hablando de eso… Miró a su alrededor e hizo una mueca al darse cuenta del estado en que se encontraba su cuarto. Genial, ahora tendría que arreglar todo ese desastre antes de ir a ver a Law.
Mientras tanto, Ace observaba a sus hermanos un poco desubicado con la situación. ¿Luffy tenía el tobillo lastimado? ¿Desde cuándo? ¿Por qué él no sabía nada al respecto? "Será porque te encerraste en tu habitación desde ayer en la tarde, lamentándote porque Marco terminó contigo" le recordó una maliciosa voz en su cabeza. Ace trató de apartarla, antes de que le dieran ganas de regresar a su cueva y hacerse bolita en la cama, y bajó hacia al primer piso junto con sus hermanos cuando su abuelo los llamó para que desayunaran.
Ace y Sabo, como buenos hermanos que eran, ayudaron a Luffy a arreglar un poco su habitación después del desayuno, con tal de que el pequeño no forzara más su tobillo de lo que ya había hecho. Al pecoso ese tiempo de calidad con sus hermanos le ayudó para distraerse aunque fuera por un momento, porque los chicos no paraban de hacer bromas sobre cualquier cosa mientras limpiaban, hasta que llegaron al punto en que empezaron a aventarse ropa todos contra todos, sacándole un par de sinceras sonrisas de esas que tanto le hacían falta.
Cuando por fin terminaron, cerca de las 2:30 p.m., Garp volvió a entra en la habitación. Sin decir nada le arrojó las llaves del coche a Sabo, que estaba sentado en la cama junto a sus hermanos y las atrapó al vuelo.
—¿Y esto? —preguntó un poco confundido.
—Necesito que me lleves al aeropuerto, debo salir por asuntos de trabajo y mientras regreso puedes quedarte con el coche. Estarás a cargo.
Y sin decir más volvió a salir. Los chicos compartieron miradas sorprendidas y confundidas por un momento.
—¿Asuntos de trabajo? ¿Será algo importante? —preguntó Ace.
—Debe de ser, sino no se iría, ¿cierto?
—¡Oye! ¿Por qué te ha dejado el coche a ti? —intervino Luffy, un tanto ofendido.
—Porque soy el responsable aquí y tú ni siquiera sabes conducir, no sé de qué te quejas.
El menor pareció querer replicar aquel comentario, pero al no tener idea de qué decir se limitó a sacarle la lengua a su hermano infantilmente. Sabo sólo rió un poco y le revolvió el cabello antes de ponerse de pie.
—Bueno, supongo que debo llevarlo ahora.
—¿Puedo ir contigo? Quedé de ir a casa de Law esta tarde, tal vez podrías dejarme en el camino de regreso —pidió Luffy con una de sus miradas de cachorrito abandonado bajo la lluvia, de esas que el rubio nunca había podido resistir.
—Está bien, vamos. —El chico sonrió satisfecho y se levantó de su cama. Después de reposar gran parte del día el tobillo ya no le molestaba tanto y podía caminar si no apoyaba demasiado en él, por lo que hacía un leve cojeo mientras se movía, pero insistió en que él podía hacerlo así que sus hermanos lo dejaron ser.
—¿También vienes tú? —le preguntó al pecoso una vez que Luffy había salido de la habitación también.
—Pues, supongo que un poco de aire no me hará mal.
Sabo asintió y ambos salieron al pasillo, pero antes de bajar las escaleras el rubio detuvo a su hermano halando un poco de su brazo—. Ace, ¿estás bien? —preguntó preocupado.
El chico no respondió en seguida, silencioso y desanimado se mantuvo mirando hacia ningún lugar en concreto sobre su hombro—. ¿Quieres que te diga la verdad, o lo que te haga estar más tranquilo? —preguntó al fin.
—La verdad.
—¿La verdad?... No, no lo estoy hermano, ni sé si lo estaré. —Entonces bajó la escalera, con la cabeza caída hacia adelante, una mano en el bolsillo de su pantalón y otra deslizándose por el barandal, siguiendo sus pasos.
Ahí, Sabo supo que su hermano estaba peor de lo que había creído la noche anterior. Marco lo había dejado, y él se había quedado solo y abandonado. Le había dejado a su suerte en este mundo cruel, sin más de su cariño y amor, se los había arrebatado y a su hermano sólo le quedaban las manos vacías y un presente acompañado de incertidumbre y angustia. Lo había dejado con un aura apagada, un espíritu agrietado, una esperanza perdida y un corazón destrozado.
Continuará...
