[Capítulo 12 ─ Una esperanza perdida]
«Y me percaté que en vez de una, mi cuerpo tenía dos sombras: la mía y la de tus recuerdos» ─Víctor De la Hoz
Se removió un poco en su lugar, aún en un ligero estado de ensoñación que se disipaba con lentitud mientras pestañeaba, y en un intento por acomodarse mejor en la mullida superficie en que se encontraba fue que lo sintió. Caía débilmente sobre su costado, rodeando así un poco de su cintura hasta su abdomen y descansando ahí, lo que parecía ser el brazo de algún chico. Sorprendida y un tanto desconcertada por ello ─pues su cerebro seguía algo adormilado y con ello sus recuerdos también─ levantó esa extremidad con todo el cuidado que pudo para evitar advertir a quien fuera que estuviera recostado a su lado y se deslizó con suavidad sobre las sábanas ─aliviada, debía admitir, al notar que estaba por completo vestida─ hasta darse la vuelta sobre su espalda y girar la cabeza a su lado. Y entonces lo vio, y la lucidez regresó a su cabeza, colocando una sutil sonrisa en sus labios mientras apreciaba la imagen de su acompañante.
Eustass Kid presentaba en ese momento la expresión más tranquila y serena que ella le hubiera visto en todo el tiempo que llevaba de conocerlo, mientras su cabeza reposaba sobre la almohada enmarcada por su alborotado y rojizo cabello, que también llegaba a caer un poco sobre su rostro, y el aire escapando de vez en vez por sus labios entre abiertos. Llevaba aún puesta la ropa del día anterior, al igual que ella misma.
Le había dicho a Sabo que había salido con el pelirrojo tan solo un par de veces, pero la verdad era que ya llevaban cosa de unos meses viéndose con cada vez más frecuencia, pero ella no había querido decírselo a su amigo para evitar que el rubio se alborotara con algo que en realidad no era nada certero, y que de paso la alborotara a ella también. Todo comenzó en diciembre con la fiesta de despedida para Killer, se pasaron toda la tarde bailando, haciéndose bromas o incluso burlándose un poco del otro, todo con tal de poder pasar un buen rato y olvidar por un momento la presión de sus corazones. Después de eso se toparon un par de veces por casualidad, ya fuera en una cafetería o en el centro comercial, y en medio de insultos o saludos sarcásticos al encontrarse terminaban conversando y acompañándose hasta al anochecer o hasta que alguno de los dos tuviera que irse. Entonces todo se volvió más premeditado, Kid la buscaba para invitarla a salir a algún lugar, o ella misma le mandaba algún mensaje casual sólo para conseguir su respuesta y comenzar así con una conversación que podría durar horas, dejando de lado los espacios de tiempo en los que el chico no podía contestarle por estar trabajando. Y así era como habían llegado hasta ahí.
La tarde anterior la habían pasado juntos desde que el chico terminara su turno en el taller. Perona le había pedido algo que la alejara un poco de pensar en los malditos exámenes, y entonces Kid la había sacado a pasear en su moto recién adquirida. Estuvieron un buen rato zigzagueando entre coches por las calles de la ciudad hasta ir a las afueras, donde prácticamente no había autos y hubo más oportunidad de subir la velocidad, con el viento golpeando sus cuerpos y la adrenalina corriendo por sus venas, disfrutando de la sensación de libertad que el momento les otorgaba. Más tarde, cuando ya estaba oscuro y las estrellas comenzaban a mostrarse en el cielo, Eustass la había llevado a su departamento, donde demostró ser un maestro en el arte de preparar pizza, y después de una entretenida cena ella misma había sugerido ver algunas películas ─de entre su top 5 de películas de terror favoritas─ por lo que se dirigieron a la habitación del chico a cumplir con la petición.
Ya que lo recordaba, al parecer se había quedado dormida a la mitad de la tercera película, pues hasta ahí llegaban en su cabeza las memorias de la velada. Quizá Kid no haya querido despertarla, por lo que terminaron durmiendo juntos en el cuarto, aunque ella dudaba que el pelirrojo también se hubiera quedado dormido pero no era como si le molestara la presencia a su lado. Éste era uno de esos momentos en que se alegraba de que sus padres no se molestaran si ella no llegaba a casa algún viernes o sábado en la noche, mientras no tuviera clase al día siguiente parecía no haber problema para ellos, con tal de que regresara temprano en la mañana o llamara para avisar de su ubicación.
La poca luz que iluminaba el cuarto llegaba atravesando las pálidas cortinas de la ventana, pero no se acercaba a golpear en la cama y no sería suficiente para despertar a alguien. Con cuidado de no moverse demasiado, pues había vuelto a colocar el brazo de Kid por sobre su cintura, estiró el brazo hacia el buró a su lado donde la noche anterior dejara su celular, con la intención de tomar el aparato y verificar la hora. Se sorprendió al encender la pantalla y notar que tenía una llamada perdida de su amigo recibida unos minutos atrás, y además un mensaje suyo que seguramente habría enviado al no responderle en su primer intento de contactarla. Tal vez eso había sido en realidad lo que la había despertado, pues considerando la hora a la que se durmiera aún era bastante temprano para que se despertara por sí sola. Esto la preocupó un poco, pues el rubio no solía buscarla a temprana hora durante los fines de semana, sabía que la ponía de mal humor que la despertaran antes de tiempo.
"Vamos Perona, seguro que sólo es un mensaje suyo recordando los temas que tienes que estudiar para el examen, ya sabes cómo es Sabo." Al leer el mensaje, ella deseó que hubiera sido eso y no lo que en verdad decía.
«(8:20 a.m) De: Sabo
Amiga, lamento molestarte tan temprano cuando seguro tienes muchas cosas que hacer, pero de verdad te necesito en éste momento.
Ace está en el hospital, herido de gravedad. Por favor, si puedes venir, estaría muy agradecido contigo.»
—¡Pero qué demonios! —Perona se levantó de un salto de la cama, sobresaltando al chico que hasta ese momento dormía con tranquilidad a su lado.
—Diablos, ¿qué sucede? —preguntó enfurruñado y con el ceño fruncido al haber sido despertado de forma tan brusca, y de esta forma observó a la chica batallando por colocarse los zapatos mientras llevaba el celular metido entre el hombro y el costado izquierdo de la cabeza.
—Kid, necesito que me lleves al hospital —dijo como toda respuesta, y antes de que el chico pudiera hacer más preguntas se reincorporó derecha, ya con los zapatos puestos, y dijo hacia la persona que acababa de contestarle el teléfono—: Sabo, ya voy para allá, ¿están en el Hospital General?...
Al escuchar el nombre del novio de su mejor amigo, Kid no dijo más y se levantó también, apresurándose a ponerse sus propios zapatos en lo que la chica salía de la habitación aun hablando por teléfono, supuso él que estaba consiguiendo un informe de la situación. Se planteó por un momento llamar a Killer, pero decidió que esperaría hasta saber bien qué era lo que estaba pasando, pues él no tenía ni puta idea aún de por qué Sabo estaba en el hospital, aunque por los trozos de la conversación que alcanzaba a escuchar parecía ser algo grave, y tampoco sabía si el chico ya habría buscado por su propia cuenta a su novio. Si lo había hecho, más le valía a Killer dejar de lado esa estupidez sobre protegerlo y haber contestado el jodido celular.
En menos de dos minutos ya estaban ambos subiendo a la motocicleta y arrancando fuera del estacionamiento del edificio.
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«Hospital General Sabaody ─ 8:33 a.m. (2 horas después de la operación)»
Bascud esperó a que se cerraran las puertas del elevador para dejar caer su peso contra una de las paredes del cubículo y soltar un suspiro cansado. Había llevado a Nojiko a su casa, pues no quería que la chica tuviera problemas y además, aunque ella no lo dijera, necesitaba descansar un rato, debía estar exhausta. Aprovechó el viaje para ir a su departamento a tomar una ducha y cambiarse de ropa. Él tampoco había dormido nada en toda la noche, pero la verdad era que en ése momento no se sentía capaz de hacerlo. No tenía mucha cabeza para nada, en realidad, no desde lo que había sucedido.
Poco después de que la Doctora Kureha les informara acerca del estado actual del pecoso se habían acercado a él un par de oficiales, los que habían acudido al callejón junto con la ambulancia, para hablar con él. Le hicieron algunas preguntas acerca de Ace, si acaso el chico solía meterse en peleas callejeras, si había tomado demasiado, si no había estado con alguien que pudiera parecer sospechoso durante la noche ─él les comentó del chico con el que había bailado, pero no sabía ni su nombre y en realidad dudaba que él pudiera causar tal daño en su amigo, ni que Ace fuera tan débil─, y si acaso no tendría algún enemigo o alguien que no estuviera en buenos términos con él y que fuera capaz de intentar quitarlo del camino. Por un segundo pensó que no, pero entonces se le iluminó la cabeza. ¡Cómo no lo había pensado antes! Williams. El maldito, envidioso y homofóbico Williams. Ace jamás le había caído bien, tanto por su estatus de gay como por su parentesco con Garp, y su odio había aumentado considerablemente desde aquella pelea que había perdido, a la cual le siguieron algunas otras, y aumentándole el hecho de que Portgas era uno de los mejores reclutas, mientras que él no había ganado muchos méritos propios, Bascud creía tener su respuesta. Les comentó de esto a los oficiales, no sin dejar ver su convicción acerca de la culpabilidad del tipo, así como el hecho de que debía haberle pagado a alguien para que lo ayudaran o hicieran el trabajo sucio por él, pues ni en un millón de años el chico habría sido capaz de causar tal daño en su amigo. Si no agarraban a Williams pronto, él mismo se encargaría del asunto.
Las puertas del ascensor se abrieron de nuevo en el cuarto piso y él salió del estrecho lugar, sólo para detenerse al haber dado tan sólo un par de pasos fuera. En la pequeña banca que se encontraba frente a la habitación de Ace, donde rato atrás había dejado a Sabo y Luffy cuando salió del hospital, ahora se encontraba sentado un hombre rubio bastante conocido, inclinado sobre su cuerpo con los codos apoyados sobre las rodillas. Frunció el ceño y se acercó con grandes zancadas hasta él.
—¿Qué se supone que estás haciendo aquí? —siseó entre dientes.
Marco llevaba ya algunos minutos sentado ahí, pues él no era el único que quería pasar a ver al pecoso y había decidido darles un momento de privacidad a los hermanos. Levantó la mirada al escuchar la irritada voz a su lado, apretando los labios en una fina línea al ver a quien le había hablado. Trafalgar ─que estaba sentado a su lado y en quien al parecer Bascud no había reparado— también observó al chico, no presagiando que sucediera nada bueno a continuación.
El hombre se puso de pie para estar a la altura del castaño, viéndolo frente a frente con una expresión seria—. Vine a ver a Ace —contestó con un tono de voz que rayaba en lo desafiante.
—¿Ahora te crees con el derecho de verlo, después de que tú mismo decidiste hacerlo a un lado? —Bascud estaba furioso y eso se notaba a kilómetros de distancia, sus manos empuñadas, rostro tenso y ceño fruncido lo demostraban, al igual que sus ojos, que parecían querer encenderlo en fuego de un momento a otro.
Pero Marco no estaba mucho más tranquilo tampoco—. No me creo con el derecho a nada, he venido aquí para saber cómo se encuentra, estoy tan o más preocupado que tú por su estado.
—Oh, ¿de verdad? ¿Sabes siquiera por qué es que está así? ¿Puede tu cerebro imaginar qué era lo que Ace hacía en ese maldito bar anoche? —El rubio apretó la mandíbula, ciertamente Sabo ya le había contado todos los detalles acerca de lo sucedido, incluyendo el lugar en el que el pecoso se encontraba, y aunque el simple hecho de haber estado ahí no significaba nada concreto no le gustaba para nada el rumbo que iban tomando las palabras del chico frente a él—. Por tu cara, parece que ya te diste cuenta, pero igual podría decírtelo para que lo compruebes. Él estaba tratando de olvidarte, estaba buscando algo, o debería decir alguien, que le ayudara a disminuir un poco el dolor que tú le causaste al dejarlo —en éste punto Bascud casi le entierra el dedo índice en el pecho, como para hacer más énfasis en su acusación—. Tú lo mandaste a ese lugar, y es por eso que está aquí ahora. Así que, podríamos concluir que todo es culpa tuya, ¿no?
Marco frunció el ceño y fue su turno de dar un amenazante paso al frente. Él lo sabía, sabía que era su culpa aunque muy dentro de él quisiera creer que no, pero no necesitaba que justamente él se lo recordara—. Hasta donde tengo entendido estaba acompañado, así que ¿cómo pudo haber pasado esto? ¿Dónde estaba su mejor amigo mientras a él lo apaleaban y golpeaban hasta casi matarlo, eh? ¿Divirtiéndose con alguna linda chica, quizá?
El castaño lo tomó con fuerza desde el cuello de su camiseta, pensando en dónde sería mejor que recibiera el primer golpe.
—¿La verdad duele demasiado? —picó el mayor, sin intimidarse ni un poco por su actitud.
—Maldito hijo de puta.
—Están en un hospital, por favor no sean tan inconscientes como para comenzar una pelea aquí —amonestó Law, y aunque ninguno pareció haberlo escuchado Bascud emitió un gruñido y soltó la prenda del otro con brusquedad, dando un paso atrás pero sin relajar su expresión.
—Quizá Ace no te importa tanto como aparentas. —Bien, Marco sabía que estaba escupiendo puras tonterías que ni siquiera él mismo se creía, pero la verdad era que lo necesitaba, el peso de su consciencia ya era demasiado y necesitaba liberarse de él, y no había alguien que se mereciera o a quien pudiera llegar a hacer sentir culpable aparte del castaño. Estaba seguro de que Bascud hacía lo mismo en realidad, cada uno tratando de deshacerse de su propio peso de culpabilidad.
—No te atrevas, maldita sea. No te atrevas a insinuar eso de nuevo. Tú no estuviste ahí, no fuiste quien perdió el suelo al encontrar a Ace en su estado, no fue tu mente la que pensó en primer lugar que estaba muerto, no suspiraste de alivio al encontrar su pulso. No fuiste quien vino en la ambulancia con él ni el que tuvo que darles la noticia a sus hermanos. No estuviste aquí sentado por horas con la incertidumbre atorada en la garganta porque nadie venía a dar noticia acerca de él. Tú no sabes nada de lo que yo siento hacia mi amigo, no te atrevas a insinuar que no me importa. Si hay alguien aquí que no lo quiere como alguna vez dijo y que por eso mismo lo ha hecho sufrir, ese eres tú.
Marco respiró profundo. Por alguna razón las palabras del chico le habían ayudado a bajar un poco la furia e incluso la culpabilidad, más de lo que él mismo había logrado al intentar echársela a otro. Todos ahí estaban sufriendo en realidad, cada uno a su manera, pero sufriendo al fin y al cabo.
—Tal vez no me creas o no te importe, pero estoy más que arrepentido de mis actos, y es por eso que estoy aquí.
—Ace no necesita tu lástima —siseó el castaño, sin dejarse convencer por sus palabras.
—Él no tendrá mi lástima, tendrá mi amor.
—Oh, así que ahora lo amas —bufó el menor con sarcasmo.
—Nunca he dejado de hacerlo —declaró el rubio con serenidad.
Sin embargo la expresión del chico mostraba que no creía mucho en él o sus palabras, y abrió la boca en un ademan de decir algo más.
—Bascud —intervino Sabo ─quien no tenían ni idea en qué momento había salido de la habitación del pecoso— acercándose al aludido para colocarle una mano sobre el brazo—, ya déjalo así, ¿de acuerdo? Ambos —agregó dirigiéndose ahora al policía—, éste no es el momento de discusiones ni de andar buscando culpables, ¿entienden? Ace nos necesita a todos, juntos. Arreglen sus problemas cuando esto haya terminado, por lo menos.
Marco le sostuvo la mirada por un par de segundos y asintió en acuerdo, entonces Sabo se giró con la misma expresión seria pintada en el rostro hacia Bascud, quien a regañadientes también estuvo de acuerdo en dejar el asunto para después. Sabo exhaló con un dejo de alivio ante la tregua a la que habían accedido, pues en ese momento no tenía cabeza para además estar vigilando que ninguno de esos dos cometiera alguna imprudencia que sólo traería más problemas.
Entonces las puertas del elevador se abrieron de nuevo, dejando ver a una chica de cabello rosa y un joven pelirrojo demasiado alto para el gusto ─orgullo─ de algunos. Perona se acercó al pequeño grupo con rapidez pero sin dejar denotar la preocupación que en realidad sentía, y el rubio la abrazó en cuanto la tuvo al alcance, pero no con fuerza ni por mucho tiempo como en realidad le habría gustado, para eso ya habría tiempo después, cuando estuvieran solos. En ése momento, frente a todos los demás, debía mantener la calma. Kid sólo se colocó a un lado de Bascud, saludándolo con un asentimiento. Si Sabo consideró extraño el que ambos llegaran juntos, no comentó nada.
Luffy salió del cuarto de su hermano tallándose los ojos con el dorso de la mano en un intento por borrar cualquier clase de evidencia en su contra, y antes de que Law pudiera siquiera hacer el intento de levantarse de su asiento e ir hacia él, el pequeño se aproximó a su novio, se sentó sobre su regazo con ambas piernas hacia un solo lado y enterró el rostro en el hueco de su cuello. No siguió llorando, pero más que nada porque ya no tenía lágrimas para derramar. En cambio, su cuerpo sí que tuvo unos pequeños temblores.
Era horrible, ruin, desalmado y le estrujaba el corazón hasta dejarlo seco por completo. Ahora entendía un poco el que Sabo no hubiera querido que entrara a ver a su hermano, ése ni siquiera parecía Ace. El pecoso que le gritaba casi todos los días por cualquier idiotez que hubiera hecho, o que lo correteaba por toda la casa, o que estallaba de celos cada vez que Law le hacía alguna insinuación en su presencia… que le abrazaba en la noche cuando tenía pesadillas, que en la mañana le servía el desayuno con una sonrisa y le revolvía el cabello, que le decía idiota cuando le pedía ayuda con algo que no podía comprender para alguna tarea pero que aun así le ayudaba a hacerla. Ése era Ace, no el chico que estaba postrado en esa cama, sin moverse, sin hablar, sin abrir los ojos… sin vivir.
Law besó su frente y apretó su cuerpo en un abrazo silencioso, como diciéndole que podía llorar, gritar, quejarse o quedarse callado, que podía dejar salir su dolor de la forma que mejor le pareciera, porque él estaba ahí y no iba a permitir que se dejara llevar por toda esa ola de destrucción. El pequeño le respondió abrazándose a su torso, dejándose envolver por esa tranquilidad y protección que el gesto le brindaba.
Ninguno de los presentes dijo nada, y apartaron sus ojos para poder brindarle algo de privacidad a la pareja.
Bascud, sin mediar palabra ni voltear a ver a nadie, entró en la habitación y cerró la puerta tras de sí.
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«Skypea»
«Hospital Yasashi Tenshi»
El médico hizo un asentimiento y él cruzó la puerta de la habitación, seguido por su amigo y el adulto. Se acercó a la cama en la que yacía su padre aún dormido, colocándose a su lado para observar su apacible rostro por un momento. Cavendish se colocó a su lado sin mediar palabra.
—¿Cómo está, doctor?
—Pudimos estabilizarlo por el momento, pero es recomendable que se quede un par de días en observación antes de dejarlo ir —contestó Genji dejando el expediente del paciente en su lugar asignado en el barandal de la cama—. ¿Puedo hablar contigo un momento, Killer?
El chico asintió, medio ausente, y acarició el brazo de su padre antes de seguir al mayor fuera. Una vez ambos afuera, el mayor cerró la puerta de la habitación, aunque Cavendish aún podía verlos en la ventanilla no lograba distinguir lo que decían.
—¿Qué sucede, doctor? —preguntó el rubio ni bien estuvieron frente a frente, no quería irse con rodeos ahora.
Aunque el hombre se conservó sereno sus ojos no denotaban la misma tranquilidad—. Me temo, muchacho, que ha llegado el momento.
La plática entre su amigo y el médico no fue muy larga, Cavendish vio a Killer hablar tal vez un par de veces, asentir ante lo que el adulto decía, y al final agachar la mirada mientras el mayor le daba un par de palmadas en el hombro antes de retirarse. Su amigo se apartó de la puerta y él ya no pudo verlo. Le echó un vistazo a David, seguía dormido con tranquilidad, así que se apartó de la cama y salió de la habitación en silencio.
Encontró a Killer sentado en una banca a unas cuantas habitaciones de distancia, encorvado en su lugar apoyando los antebrazos en sus piernas. Se sentó en el puesto a su lado sin mediar palabra, sólo quedándose en silencio por lo que parecieron eternos segundos, hasta que el otro habló.
—¿Recuerdas… que la operación no funcionó del todo? —preguntó casi en un murmullo, sin levantar la cabeza.
Cavendish asintió—. El cáncer se extendió, ¿cierto? —Killer asintió—. Pero, para eso era la quimioterapia, ¿no? —En esta ocasión el chico tardó un momento antes de negar con la cabeza, y él sintió que se hundía en su asiento.
—Un cáncer pancreático que se ha extendido más allá no tiene cura, la quimioterapia sólo… sólo ha sido para alargar un poco más su vida, pero… pero no es posible que funcione para siempre… de hecho, ya no funcionará.
Abrió los ojos por completo, sorprendido, y perdió la respiración por un segundo, mientras que observaba a su amigo apretar sus manos en un par de puños impotentes, volviendo sus nudillos blancos por la fuerza empleada en el gesto.
—Puede seguirse tratando, pero sería más duro para él y en realidad no haría mucha diferencia… sólo queda esperar lo inevitable.
El cuerpo de su amigo comenzó a temblar, y él ya no pudo soportarlo más. Abrazó a Killer, con toda la fuerza de la que fue capaz, como si estuviera tratando de transmitírsela a través del gesto. Él podía recordar que, cuando era aún un niño muy pequeño, su madre solía decirle "Todo estará bien" cuando se encontraba triste o herido por alguna razón. Pero no podía repetirle esas mismas palabras a su amigo en esta situación, porque en realidad él sabía, ambos sabían, que nada iba a estar bien.
Se quedaron en esa posición por un rato, hasta que estuvieron ambos un poco más tranquilos y repuestos como para regresar a la habitación de David. Cavendish se dejó caer en el pequeño sofá mientras que Killer se sentó en la silla junto a la cama de su padre y se dispuso a tomar su mano por un rato, en el silencio de esa habitación que más bien parecía estar vacía, hasta que el hombre comenzó a despertar.
Lo primero que sus ojos captaron, después de enfocar la vista y espabilar, fueron un par de tristes orbes tan azules como el mar. Siempre le había gustado observar esos ojos, desde la primera vez que los vio cuando le pertenecían a un pequeño, diminuto bebé recién nacido. Se lo había dicho a Killer una vez, en los días en que apenas llegara a Skypea, el chico llevaba el cabello recogido hacia un lado mientras ordenaba su habitación. Desde entonces solía llevarlo así, se apartaba el fleco con un par de broches para dejar su rostro al descubierto, por lo menos cuando estaban juntos—. Hijo…
—Aquí estoy, padre —contestó el chico apretando su mano.
David esbozó una suave sonrisa, y entonces paseó su mirada por la habitación, con un rápido vistazo supo dónde se encontraba y lo que había pasado, pues un poco se había acostumbrado a ello durante los últimos meses. La ventana estaba abierta y dejaba a la vista la imagen de lo que parecía ser un hermoso día en el exterior, con el cielo despejado y el sol brillando en lo alto. En el interior todo era demasiado silencioso, y la habitación tan blanca que hasta le parecía abrumador. Observó a Cavendish, el chico intentó dedicarle una sonrisa, pero no se parecía en nada a las que él había apreciado con frecuencia desde que lo conocía. De alguna forma, tanto su hijo como su amigo se veían diferentes, hasta la habitación de hospital se sentía diferente ─y nada tenía que ver el hecho de que no fuera la misma habitación de la última vez─, y él mismo también. Cerró los ojos y respiró con lentitud un par de veces. Se sentía algo cansado, sentimiento que había ido en aumento desde hacía un tiempo y que nunca disminuía. Volvió a abrirlos y miró directo a la tristeza.
—Killer, quiero irme a casa.
—El doctor dijo que deberías quedarte un par de días, después de eso podremos volver al departamento.
David negó con la cabeza y la acomodó contra la almohada, cerrando los ojos de nuevo—. Quiero ir a casa. A nuestra casa.
Cavendish apartó la mirada e intentó tragarse el nudo en su garganta. David lo sabía, a pesar de que aún no se lo habían dicho, lo sabía y ya había tomado su decisión.
Killer respiró con profundidad y contuvo el aire, canalizando todos sus sentimientos que amenazaban con desbordarse de un momento a otro, y comenzó a trazar pequeños círculos con su pulgar en el dorso del mayor. No contestó a sus palabras, no hacía falta.
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«Hospital General Sabaody ─ 3:44 p.m. (9 horas después de la operación)»
A media mañana, después de dormir unas cuantas horas y tomar una relajante ducha, Nojiko le contó a su hermana dónde había pasado en realidad la noche. Nami se quedó casi sin aliento a la mitad del relato, y no fue hasta que la mayor terminó de hablar que pudo reaccionar. Le dijo a su hermana quiénes eran en realidad esos chicos, y sin perder más tiempo ambas salieron inmediatamente de regreso al centro médico.
Un rato más tarde la noticia se había difundido gracias a Perona y Nami, y ya sus amigos estaban enterados. Para esa hora ya todos habían pasado por el hospital a ver a los hermanos, algunos tan sólo un rato pues no podían quedarse, y otros tantos seguían por ahí, en el pasillo de la habitación de Ace o en la cafetería tratando de calmar sus nervios con una bebida caliente.
Sanji, por su parte, había decidido salir a ver los jardines del lugar, aprovechando el momento para fumar un cigarrillo, era lo único que parecía ayudarle a mantenerse en calma. Cruzó la puerta hacia el exterior y respiró con profundidad. Justo enfrente, a unos cuantos metros, había una fuente de esas que se cuelgan en las paredes, con una barda de piedra bastante alta bordeando sus alrededores, Sanji no sabría decir si era para que nadie se acercara a mojarse con el agua de la fuente, pero suponía que así era, aunque pareciera algo estúpido.
Se acercó y recargó sus brazos en la dura superficie, inclinándose un poco al frente sin dejar caer todo su peso. Sacó un cigarrillo de la cajetilla en su bolsillo, lo encendió y se dedicó a fumar, mirando la tranquilidad del agua que caía desde lo alto de la fuente.
—Cinco minutos.
Dio un ligero respingo al escuchar de repente esa voz detrás de él. De inmediato su corazón se aceleró y sus manos comenzaron a temblar un poco, y él se maldijo internamente. Entonces sintió los pasos del chico acercándose a él, y casi contuvo la respiración al comprobar que se colocaba a su lado. Tragó grueso, devolviendo ese nudo que se formó en su garganta.
—¿Di-disculpa? —"Mierda, no tartamudees, ¿acaso eres idiota?".
—Nunca te lo he dicho antes, pero pienso en ello cada vez que te veo fumar —contestó Zoro una vez situado junto a él, señalando el cigarrillo que llevaba en mano—. Cinco minutos… menos de tu vida.
Sanji alzó una de sus cejas espirales. Por un segundo le pareció como si el chico hubiera querido decir otra cosa, aunque no podría estar seguro de ello—. Bueno, supongo que puedo decidir si tomarlos o no, ¿cierto?
—Supongo. —Zoro no insistió en el tema y se giró de frente a la fuente, enfundando las manos en los bolsillos de su pantalón, con los ojos enfocados en algún lugar más allá del agua corriendo.
Lo observó un momento, con la comprensión aflorando en su único ojo visible, y sintió un leve tirón en su pecho, como una sacudida interior. En su mente suspiró como derrotado. Maldijo a su corazón, pues aún con su propia lucha interna en contra de sus sentimientos a ese chico parado junto a él, no podía soportar verlo en ese estado. Le dio una última calada a su cigarrillo y lo dejó caer al suelo, apagándolo con la suela de su zapato—. Lamento lo que está pasando con Ace, Zoro. Es tu amigo desde hace muchos años y… la verdad es que no puedo siquiera imaginar lo que debes estar sintiendo ahora.
Aun mirando al frente el de cabello verde esbozó una ligera sonrisa que parecía irónica, y Sanji hasta se habría atrevido a catalogarla como triste.
—En realidad, nunca creí que tendría que volver a visitar un amigo en estado crítico en el hospital —comentó con un trasfondo vacío en la voz.
—No estás solo.
Cuando se dio cuenta de lo que había dicho, ya era demasiado tarde. Zoro giró el rostro hacia él, con los ojos un poco abiertos, sorprendido por sus palabras. Su corazón volvió a acelerarse, y dio gracias a Dios por que el chico a su lado no podía escucharlo latir desbocado, mientras que luchó por contener un rubor que deseaba instalarse en sus mejillas.
—E-es decir, todos allá adentro estamos preocupados por la situación, y pueden estar seguros de que los apoyamos. No están solos —añadió, tratando de ocultar el nerviosismo en su voz y el temblor de sus dedos, sosteniéndose de sus brazos cruzados sobre la barda.
Zoro soltó el aire en una sonrisa, ligera pero más sincera que la anterior—. Gracias, a todos.
Sanji asintió y volvió a mirar hacia la fuente, evitando el contacto visual. Roronoa hizo lo mismo, y se quedaron sumidos en un incómodo silencio tan solo roto por el chapoteo del agua. El mayor se pasó una mano por la nuca, como con nerviosismo, y chasqueó la lengua. El cocinero lo observó con curiosidad.
—¿Qué te pasa?
—Nada.
El rubio no le creyó, y él lo supo por su mirada.
—Bueno yo… estaba pensando que… caray, que es la primera vez que hablamos desde… aquél día. Me refiero a hablar bien, no sólo saludarnos.
Kuroashi se puso tenso y apartó la mirada, recargando la barbilla sobre sus brazos—. Sí, creo que tienes razón.
Volvieron a quedar en silencio, y Zoro estaba que se moría por enterrar la cabeza en la tierra. ¿De verdad tenía que haber dicho eso? Pudo haberle mentido, carajo, estúpido idiota. Se mordió el interior de la mejilla, y no pudo evitar girar el rostro con toda la discreción que le fue posible y contemplarlo. Con el roce de la luz del sol, su piel le parecía aún más blanca de lo que ya era, e incluso se creaba la ilusión óptica de que tenía su propio brillo natural. Su cabello ondeaba un poco gracias al correr del viento, enmarcando su rostro y realzando ese intenso azul brillando en su ojo, y sus rosados y delgados labios curveados con esa sensualidad nata que lo enloquecía y tentaba cada segundo del día.
"Si lo amas, ¿cómo puedes soportar estar alejado de él y no hacer nada por intentar recuperarlo? […] ¿No se supone que si amas algo, debes luchar por ello?".
No por primera vez, las palabras de su mejor amigo se colaron en su mente.
Se vio a sí mismo mandando todo a la mierda; su orgullo, su miedo, sus inseguridades y cualquier otra de esas estupideces, y abrazando al chico con toda su fuerza, estrechando su espalda contra su propio pecho e inhalando el delicioso aroma de su cabello rubio, tragándose todas las palabras que el chico pudiera decir al asaltar sus labios y besarlo hasta quedarse sin respiración. Oh, santo cielo, qué hermosa era esa imagen en su cabeza. Si tan sólo pudiera ser verdad. Cerró los ojos, respiró hondo y se preparó para exteriorizar cada gramo de valor que pudiera tener dentro.
—Zoro/Sanji
Ambos se miraron, un poco sorprendidos. Se habían dado la vuelta para hablarle al otro al mismo tiempo, y ahora estaban frente a frente y a unos cuantos centímetros de distancia. No era demasiado poco, pero tampoco era mucho, y Sanji tenía miedo ─aunque no lo admitiría jamás, ni muerto─ de lo que podía causar en él la intensidad en la mirada del mayor. Retrocedió un paso y desvió su ángulo de visión hacia un costado.
Zoro sintió cierta desilusión al verlo, pero supuso que no podía culparlo de nada. Él tenía la culpa, después de todo. Toda la maldita culpa. Volvió a respirar y bajó el brazo ─pues al darse la vuelta y por puro impulso lo había estirado como si quisiera sujetar el de Sanji, pero no lo había hecho─ y colocó una máscara de inexpresividad en su rostro.
—Tú primero.
Kuroashi asintió y, rogando a Dios porque Zoro no lo notara, respiró profundo y exhaló el aire antes de voltear a mirarlo, se irguió todo lo alto que era, apretó la mandíbula y se tragó todos y cada uno de los sentimientos que querían brotar a la superficie. Miró a su acompañante a los ojos, sacando fuerzas de donde no tenía para no dejarse dominar por sus más intensos deseos. Irónicamente, pensó que lo único que le faltaba era comenzar a recitar algún mantra mental para no dejarse llevar por lo que en realidad todo su ser le imploraba a gritos. No podía flaquear, no ahora.
—Quiero que todo vuelva a ser como antes.
A Zoro le tomó un par de segundos procesar las palabras, y cuando lo hizo tan sólo pudo soltar un confundido—: ¿Eh?
El cocinero se obligó a rodar los ojos, como si de verdad estuviera exasperado y no temblando por dentro como gelatina—. Ya sabes, antes de nuestra ruptura y… de nuestro noviazgo. Quiero que dejemos todo eso atrás y volvamos a ser amigos, rivales o… lo que sea que fuéramos. Que seamos otra vez el marimo idiota y el cocinero pervertido.
Tragó grueso, pues su garganta se había secado de repente—. ¿De verdad es… lo que quieres?
Le tomó unos cuantos segundos, pero al final Sanji asintió—. No puedo vivir con esta tensión entre nosotros por más tiempo, es asfixiante y abrumador y sólo estamos haciendo que los demás se preocupen por nosotros. ¿Has visto a los chicos? Se muerden la lengua cada vez que creen que han estado a punto de decir algo que pueda lastimarnos y además se contienen de demostrar su felicidad enfrente de nosotros, como si creyeran que sería restregárnosla en la cara. No he visto a Law y Luffy darse un beso desde que… desde que lo nuestro terminó —Se felicitó a sí mismo por haber controlado el temblor en su voz al decir esto—, y no es justo para ellos, ni para nosotros. Debemos dejar cada uno de esos sentimientos negativos a un lado y seguir avanzando, todos juntos, antes de que esto termine por separarnos a todos. Así que, volvamos a ser como éramos antes, hagamos de cuenta que nada sucedió, y todos tranquilos y felices.
El chico de cabello verde se contuvo de sujetarlo por los hombros y sacudirlo mientras le gritaba a la cara que en realidad lo único que estaba consiguiendo con esas palabras era retorcerle la daga que ya tenía clavada en el corazón. En lugar de eso, tan sólo se detuvo a reforzar su máscara con el fin de contener cualquier atisbo de dolor o tristeza o cualquiera de las otras emociones que sí estaba sintiendo en ese momento, colocando una sonrisa ladeada y relajada—. Sí, creo que tienes razón… por una vez en la vida, ero-cook.
Sanji sonrió complacido al escuchar esa voz grave y sarcástica a la que había estado acostumbrado antes, esa que siete meses atrás se dirigía a él sólo para gritar e insultarle en el 99% de las veces. Ignoró cualquier cosa en su interior que no fuera su mente gritando "Así es como tiene que ser" y contestó de la misma forma—. Bien, marimo idiota, ya era hora.
Pensó en estrecharle la mano para cerrar el trato, pero después decidió que no podría hacerlo, sería demasiado que soportar en ése momento y no estaba preparado para volver a sentir su calidez y su tacto contra su propia piel, por lo que sólo se dio la vuelta y caminó hacia la puerta.
—Me voy adelantando, no te quedes mucho por aquí o comenzarán a preocuparse allá adentro. —Y sin esperar respuesta atravesó la entrada, cerrando tras de sí. Una vez en el interior dejó caer su cabeza hacia atrás y se recargó en la puerta, dejando escapar el aire y llevando una mano hacia su pecho. Suerte que las puertas de ahí no eran transparentes, pensó ahogándose. Mientras hablaba había llegado a creer que el corazón se le saldría en cualquier momento, pero al parecer todavía lo conservaría en su lugar por un tiempo más. Esperó un poco a tranquilizarse, y cuando por fin lo hizo sólo un pensamiento cruzó por su cabeza. "Fue… muy sencillo convencerlo" se dijo a sí mismo, con cierto pesar en el pecho. Entonces sacudió la cabeza y se dio un par de palmadas en la cara para ayudarle a reaccionar. "Bien, eso es mejor. Todo será más tranquilo de esa forma. Ya lo verás, Sanji, cuando menos lo pienses todo será como antes y no habrá más de que preocuparse." Quiso creer que aquello era verdad, pero una pequeña parte de él le gritaba insistente que no sería tan sencillo como eso, así que él lo que hizo fue mandarla callar.
No quiso quedarse en ese lugar, por aquello de si a Zoro se le ocurría entrar también, así que sólo respiró un par de veces más antes de alejarse de la puerta y dirigirse de nuevo hacia el tercer corredor del cuarto piso.
Por su parte, Roronoa esperó cerca de un minuto después de escuchar el chasquido de la puerta al cerrarse para apretar sus manos en puños y golpear con ellos la barda a su lado, ignorando el escozor de sus nudillos.
—¡Maldita sea!
Y ahí estaba él, con ganas de ir a golpear a alguien hasta cansarse o hasta que su frustración saliera por completo, lo que pasara primero, y todo porque no se había atrevido a hablar con sinceridad, porque no quiso arriesgarse a complicar más las cosas o a que Sanji lo mandara a la mierda una vez más. Porque no pudo negarse a una petición de ese maldito cocinero. ¿Y por qué había sido eso? Por la estúpida frase que había utilizado al final.
"Todos tranquilos y felices".
Se dejó caer en el suelo con las rodillas flexionadas hacia arriba y la espalda apoyada en la barda, tallándose la cara y revolviéndose el cabello con brusquedad. ¿Por qué, mierda? ¿Por qué carajo Sanji tenía que haber utilizado esa palabra? Si no lo hubiera hecho, si tan sólo se hubiera ahorrado esa última frase, quizá él no habría accedido, tal vez habría hecho lo que tanto quería y le habría besado ahí mismo, intenso y pasional, recordándole todo lo que despertaba en él y la razón de por qué ya no podía simplemente observarlo alejarse. Le habría dicho que no había manera de que él fingiera que ya nada pasaba entre ellos, que ya no sentía nada por ese rubio, que todo le valía y que lo había olvidado. Le habría pedido perdón mil veces y habría hecho cualquier cosa necesaria para conseguir que estuviera de nuevo a su lado. Pero no, eso no había pasado, él no había hecho nada de eso, y todo por una endemoniada palabra.
Después de todo, él mismo se lo había dicho a Luffy.
"Cuando amas a alguien, lo único que quieres es que esa persona sea feliz. A veces hay que aceptar que esa felicidad no la conseguirá a tu lado."
Sanji ya había decidido lo que necesitaba para ser feliz, y eso, para su completo martirio e infinita desgracia, no era él.
No fue sino hasta cosa de media hora después que regresó al pasillo de la habitación de Ace. No sabía si por buena o mala suerte, pero Sanji no estaba ahí. Lo más probable era que hubiera ido a la cafetería junto con Nami y Robin. Law y Luffy no estaban tampoco, quién sabría dónde se habrían metido. Eso dejaba a Sabo, sentado en la banca junto a la puerta de la habitación de su hermano, Bascud en la banca de enfrente, y a Marco, parado al otro lado de la puerta. Zoro no había cruzado palabra con el policía aún, en realidad nadie lo había hecho, el hombre parecía como en trance, todo el tiempo metido en su mente. No se movía más que para ir al baño o entrar a la habitación, y cuando hacía esto último salía con los ojos enrojecidos y más mudo que antes. Había estado así por lo menos desde que él llegara, ya unas cuantas horas atrás.
No quería incordiar a ninguno, pues los tres parecían muy metidos en su propio mundo, pero menos quería ir a la cafetería donde estarían los demás y comenzar a fingir con Sanji. Si podía retrasarlo, mejor. Observó la ventana de la habitación. Él sólo había pasado una vez, acompañado de los hermanos, pero no por mucho, pues se había sentido un poco incómodo, como si estuviera interrumpiendo un momento familiar demasiado íntimo.
—Voy a pasar a verlo, Sabo.
El aludido lo miró, le dedicó una leve sonrisa y un asentimiento en respuesta, y entonces él atravesó la puerta de la habitación.
Era, cuando menos, una desalentadora imagen. Se acercó a la silla junto a la cama y tomó asiento. Por un rato se dedicó tan solo a observar a su amigo y todo en la habitación. No había pisado una habitación de hospital desde… bueno, desde Luffy. Todo era muy parecido, en realidad.
Miró el rostro apacible de Ace y suspiró. Acercó un poco más la silla y se inclinó hacia adelante, con las manos entrelazadas sobre el borde de la cama.
—Hey, Ace —dijo soltando algo parecido a una risa nerviosa—. Bueno, no voy a preguntarte cómo estás, creo que sería una pregunta estúpida y tú ni siquiera me contestarías, así que… —Volvió a soltar una risa y se talló el rostro con la palma de la mano—. Ah, la verdad no sé muy bien lo que estoy haciendo. Dicen por ahí que, aunque no despiertes, quizá puedas escucharnos. O tal vez yo he visto demasiadas películas. No importa. Verás, yo… ja, recuerdo que antes, cuando éramos niños, solías dar buenos consejos. Aunque los de Sabo eran mejores, sólo que no quiero preguntarle de esto a él, creo que ya tiene muchas cosas de las que preocuparse. Pero, ¡eh! Tú pareces tener bastante tiempo libre. —Ace, obviamente, no dijo nada ni sonrió en respuesta. Zoro suspiró, aunque en realidad no había esperado que sucediera algo.
—En fin, que sepas que Sanji me pidió que olvidáramos todo y volviéramos a ser los idiotas de antes. ¿Qué te parece, eh? ¡Olvidarlo todo! Parece un mal chiste, ¿no? Como si fuera tan fácil… creo que tú y yo coincidimos en eso. Pero, ¡aaggh!, no sé qué hacer. Ya de por sí me he estado volviendo loco durante estos días, y todo el mundo parece estar de acuerdo en que él y yo estamos jodidamente enamorados y que sólo deberíamos hablar e intentar arreglar nuestras diferencias, todo el mundo menos nosotros. O, al menos, él. Porque como los mil demonios que yo quiero volver con él. Me costó un huevo y la mitad del otro decidirme por decírselo, ¿sabes? ¡Para que él me pidiera esto antes! Debí haber hablado yo primero, debí haberlo hecho maldita sea.
»Bien, creo que me estoy yendo por las ramas. El punto es, que siento que voy a terminar por tirarme de un puente. Suerte que no hay ninguno cerca de la ciudad, ¿cierto? Porque mi cordura ya está al límite, y ni siquiera estoy seguro de poder fingir frente a todos que Sanji ya no me importa y no quiero lanzarme sobre él en todo momento. ¿Sabes lo difícil que es eso? Pero… pero él dijo que sería feliz si lo hacía. Y yo quiero que él sea feliz. Y si ya no puede ser feliz a mi lado, ¿qué se supone que yo haga?
Se quedó callado observando a su amigo, y casi pudo sentirlo dándole una patada en la entrepierna y luego un puñetazo en la cabeza, algo por el estilo del que Luffy le había dado, pero con mucha más fuerza e ira, y zarandeándolo agarrando su camiseta mientras le gritaba: «¡A ver, maldito idiota, dime dónde demonios se te cayeron los pantalones para que vayas a por ellos! ¡¿O es que acaso el gato se comió tus huevos, eh?! ¡Zoro, no seas estúpido con un carajo! ¿Quieres que Sanji sea feliz? ¡Pues bien, ve y hazlo feliz tú mismo! ¡No puedes dejar que alguien más se encargue de ello, porque de seguro que no lo lograría! ¿Acaso tienes cerebro ahí dentro, cabeza hueca? ¡A por todas, cabrón! ¡Arregla el maldito asunto, porque el del problema eres tú! Ve y discúlpate, o bésalo, o folla con él, o lo que sea. ¡La verdad no me importa cómo lo hagas pero soluciona el problema, maldición!»
Zoro esbozó una ligera sonrisa y estiró la mano hasta colocarla en el brazo de Portgas, dándole un leve apretón—. Ace, despierta pronto, ¿quieres? Porque, contrario a lo que puedas creer, se te extraña aquí, compañero.
o~o
Por enésima vez en el día miró la hora que su reloj marcaba, pero ésta vez no era sólo para calcular cuánto tiempo llevaba Ace sin despertar. Ya eran pasadas de las 5:00 p.m., tenía que ir a ver a Melanie y Troy, aunque en realidad no tenía idea de cómo se suponía que iba a sonreírle a su hijo con todo lo que estaba sintiendo por dentro. Suspiró y se separó de la pared, acercándose al chico rubio sentado al otro extremo de la puerta. Le dijo que debía ausentarse por un par de horas, pero que volvería tan pronto pudiera, y le pidió que le informara de cualquier cambio que hubiera en el estado del pecoso. Sabo le aseguró que lo haría, que podía irse tranquilo, y Bascud no se contuvo de soltar un bufido desdeñoso sin molestarse en cambiar su posición. Marco lo ignoró y le agradeció al chico antes de girarse y caminar hacia el final del pasillo.
No fue sino hasta que el ascensor se cerró con el hombre dentro, que Sabo dirigió su mirada hacia el mejor amigo de su hermano.
—Creí que habías accedido a una tregua —comentó con cierto tono de reprimenda en la voz.
—Sí, bueno, yo dije que dejaría el asunto para después, no que tenía que soportarlo a él —contestó encogiéndose de hombros.
Sabo sólo suspiró con resignación. Bien, ahora entendía un poco mejor por qué Bascud era el mejor amigo de Ace. Eran tan malditamente parecidos en algunas cosas. Se talló los parpados con los dedos medio y pulgar en un gesto que denotaba cansancio.
—¿Sabes? Él no lo decía en serio —comentó un momento después, refiriéndose a la conversación que rubio y castaño mantuvieran esa misma mañana. Al parecer, su acompañante captó el mensaje, pues soltó un sonido que se parecía mucho a una risita irónica.
—En realidad no me importa lo que piense. Por mí, que se vaya a la mierda —declaró cruzando los brazos sobre su pecho, mascullando por lo bajo algo que sonó bastante parecido a «Maldito idiota, ni siquiera debería estar aquí.»
—Vamos Bascud, no hay necesidad de ser tan hostil. Todos aquí estamos demasiado estresados y aterrados por lo que pueda pasar, lo único que queremos es liberarnos un poco de toda esta tensión que está sobre nosotros, eso nos hace comportarnos de diferente forma, lo que no significa que realmente pensemos o sintamos lo que llegamos a decir. Como Marco, él no cree que seas culpable en realidad, sólo tiene miedo.
—¡Miedo! —repitió el castaño con sarcasmo—. ¿Ahora sí quiere a Ace? ¿Después del daño que le causó, viene aquí a intentar remediarlo cuando él se está muriendo? No lo creo. Yo dije lo que pienso, Sabo, te lo aseguro.
El rubio negó con la cabeza, exasperado. Bueno, ¿es que acaso todos los malditos policías eran hombres tan jodidamente testarudos y orgullosos? Él esperaba que no, de verdad que lo hacía. Con un suave suspiro se levantó de su asiento y se ubicó en el que estaba junto al chico, colocando una mano en su pierna como si pudiera tranquilizarlo con ello—. Bascud, no hay culpables aquí, ni tú, ni Marco, ni Ace. No tiene sentido intentar señalar alguno, no entre nosotros. Todos estamos aquí por la misma razón, porque Ace nos importa, y porque queremos que se mejore pronto. No hay más —recalcó esas tres últimas palabras como si quisiera que el mensaje le quedara grabado en la cabeza.
Bascud no dijo nada, se tragó un gruñido y agachó la cabeza, dejando que el poco cabello que caía sobre su frente le cubriera los ojos. "Bueno, es mejor a que siga maldiciendo a alguien" pensó Sabo, levantándose de la banca, estiró un poco el cuerpo con un bajo gruñido al sentir sus huesos crujir un poco, pues llevaba la mayor parte del día sentado.
—¿Cómo lo haces? —preguntó el castaño de repente, sin alzar la mirada.
El rubio levantó una ceja con confusión—. ¿A qué te refieres?
Bascud se removió incómodo en su asiento—. Lo digo porque, es tu hermano el que está en estado crítico ahí y… sólo es mi mejor amigo, ¿sabes? Y siento que voy a explotar en cualquier momento.
—No desestimo tu relación con Ace con respecto a la mía.
—No, lo sé, en realidad me refiero a que… estás tan calmado, no sé cómo puedes mantenerte tranquilo con todo lo que está pasando y aún preocuparte por nosotros y por lo que sentimos ahora. No me atrevo ni a hablar con alguien porque siento que terminaría gritando cualquier estupidez a la menor provocación. No tengo cabeza para nada, pero tú sí. Incluso estás tratando de evitar que Marco y yo hagamos estupideces.
Sabo apartó la mirada y se pasó la mano por la nuca, haciendo muecas con los labios—. Supongo… que me hace sentir útil.
Entonces Bascud levantó la cabeza y lo examinó con la vista por un momento—. Eres muy fuerte, ¿sabías?
Fue ahí que el rubio dejó escapar una débil risa sin alegría—. No, no soy fuerte. Soy débil, como cualquier otro. Ni siquiera pude evitar derrumbarme enfrente de Luffy. Yo quería… deseaba ser fuerte por él, quería ser quien cargara su peso en esta situación pero… no pude hacerlo.
El castaño negó con la cabeza y jaló de la muñeca de su acompañante para indicarle que volviera a sentarse a su lado. Sabo lo hizo, y él no permitió que apartara la mirada de sus propios ojos mientras hablaba—. Llorar o derrumbarse no son sinónimos de debilidad, demostrar tu dolor o preocupación por los que amas no te hace menos fuerte, no se trata de eso, somos humanos, no máquinas, tenemos sentimientos que a veces son mayores a nosotros. Pero el punto es no dejarse vencer por ellos, no quedarse en el suelo cuando has caído. Es seguir adelante, una y otra vez, sin rendirse. Mírate ahora, tal vez te hayas derrumbado, quizá lloraste con tu hermano o en soledad, pero sigues aquí, velando por todos nosotros, por Luffy y por Ace, cargando con la responsabilidad. No eres débil, te lo aseguro.
Los labios del rubio mostraron un casi imperceptible temblor antes de que bajara el rostro—. A veces yo… yo también quisiera que alguien me ayudara.
La comprensión inundó los ojos del castaño al escuchar esas palabra que incluso lograron suavizar un poco todo el desastre de emociones que era su propio interior—. Eso nos pasa a todos en algún momento. Hasta los más luchadores se cansan de pelear todo el tiempo.
—¿Y si eso sucede? —replicó Sabo, miedo y un poco de angustia ensombreciendo su mirada—. ¿Si llega el momento en el que ya no pueda más? —Cuando la mano de Bascud se apartó de su muñeca, el vacío que quedó casi se sintió doloroso, pues parecía que una de las pocas cosas que le habían otorgado consuelo durante esas tormentosas horas se iba alejando. Pero, borrando ese sentimiento, la calidez de sus dedos regresó a su propia piel, sólo que esta vez afirmándose alrededor de su mano, tomándola como si él estuviera colgando en un precipicio y ese agarre fuera lo único que impedía su caída.
—Entonces nosotros estaremos aquí, y te sostendremos antes de que caigas, así como tú a nosotros. Somos un equipo, Sabo, amigos, y eso es lo que hacemos.
El no puedo evitar la sonrisa que se formó en su rostro, la única que había siquiera asomado desde que su celular sonó en la madrugada, y dio un ligero apretón a la mano del otro antes de regresar la mirada a sus ojos—. No amigos, Bascud —corrigió—. Familia.
Mientras tanto, Perona había regresado de la cafetería y llegado al pasillo a tiempo para escuchar parte de su conversación, pero no queriendo interferir en ella o romper la confianza con la que los chicos se habían soltado entre ellos, decidió volver atrás, así que giró sobre sus talones y siguió caminando.
Ella no había tenido mucho tiempo para hablar con su amigo en privado desde que llegó al hospital, pero había hecho todo lo posible para hacerle sentir su compañía y su apoyo al respecto, y sabía que él los captaba, lo veía en sus ojos junto con una pizca de agradecimiento. No le había preguntado si hizo algún intento por contactar con su novio ─Eh, tal vez deberían llamar a las autoridades de Skypea y preguntar por recientes reportes de desaparecidos, quizá supieran algo que no había llegado hasta ellos─ pero podía suponer que sí, por la forma en que el chico miraba hacia su celular cada cierto tiempo. De verdad, el día que tuviera en frente a Killer de nuevo, le diría unas cuantas palabras de bienvenida no muy cálidas.
Se encontraba pensando en ello, cuando de hecho, a unos pocos pasillos de la cafetería, escuchó una inconfundible voz que atrajo su atención. Se acercó lo más sigilosa que pudo, sin remordimiento por estar escuchando una conversación que no le correspondía. O al menos, una parte de la conversación.
—Sí, lo entiendo… no, no hay ningún problema, yo me encargaré de eso, puedes estar seguro de que estará listo a tiempo… sí, te diré todo lo que suceda… por el momento no mucho, pero deberías de… lo sé, lo sé, y lo entiendo pero… ¿estás seguro de que lo harás, o sólo estás intentando evadirme?... ¡Por supuesto que me preocupo! Ya te lo he dicho antes… Bien, ya entendí, más te vale que no mientas… Sí, sí, lo capto… Ok, ¿entonces eso es todo?... Adiós, cuídate hermano.
Cuando Eustass cortó la llamada y se dio la vuelta, se detuvo de golpe al notar a la chicha que había estado parada a su espalda y de la que no se percató hasta ese momento—. ¡Mierda! ¿A ti te encanta aparecerte de repente? —preguntó con cierto recelo, llevando una mano hacia su pecho en el típico gesto de haber sufrido un susto.
Perona ni siquiera pareció notarlo, pues en ese momento estaba muy ocupada observándolo con los ojos entrecerrados y una mirada que parecía estar entre interrogadora y acusadora. Kid casi se sentía como si estuviera bajo la visión de un policía interrogador que intentaba sacarle toda la verdad acerca de cada maldito crimen que hubiera cometido en toda su vida, incluso el haber robado un chicle de una tienda cuando tenía cinco años.
Entonces ella habló, y su voz no era más tranquilizadora que su expresión—. ¿Ese era Killer al teléfono?
Kid casi contuvo la respiración y tragó grueso. Definitivamente prefería al policía interrogador, ¿dónde estaban los malditos cuando se les necesitaba? Casi estaba gritando algo como «¡Eh, aquí! Vengan a arrestarme ahora, granujas. ¡En este momento confesaría hasta haber asesinado a alguien!»
Pero ningún puto policía apareció cerca para llevárselo a rastras lejos de esa pesada mirada que sentía en cualquier momento terminaría por taladrarle el cráneo. ¿Cómo era posible que una chica que parecía tan pequeña, hiciera sudar frío a un chico tan grande como él?
Y lo peor era, que esta vez él no tenía escapatoria.
Continuará…
