[Capítulo 15 ─ Entre dormido y despierto]
«Porque sin buscarte ando encontrándote por todos lados, especialmente cuando cierro los ojos» —Julio Cortázar
«Miércoles, Junio 4»
«Instituto Impel Down ─ Clase 2-A»
Quizá éste no era un buen momento para entrar en pánico. Seguro que era el peor momento para entrar en pánico. Pero no había nada qué hacer, porque se encontraban en una de esas situaciones en las que entrar en pánico es lo único que queda.
—Estamos perdidos —dijo Usopp.
—Súúúúper perdidos —coincidió Franky.
—Muertos —añadió Sanji.
—¡Ya cállense ustedes tres! —exclamó Nami, propiciando un puñetazo en la cabeza de cada uno. Los tres chicos cayeron al suelo, y casi podía llegar a apreciarse un poco de humo saliendo desde sus cráneos—. Sólo me están estresando más.
—No te enojes, Nami-swwwuuan
La chica ignoró al rubio y se alejó refunfuñando hacia su asiento. Zoro ahogó una risa, y Sanji le dio una leve patada en el abdomen. Entonces ambos comenzaron a discutir. Los insultos como «estúpido marimo» o «cejas de sushi» que no se habían escuchado en semanas volvieron a aflorar, mientras ambos chicos se retaban con la mirada, como si tuvieran que hacer de todo una competencia. Los demás decidieron que también los ignorarían por el momento, pues había cosas más importantes por las que preocuparse, por lo que fueron a situarse alrededor del asiento de la chica.
Gracias a los problemas recientes y, en gran parte, a lo sucedido con Ace, todos y cada uno de ellos habían olvidado un detalle importante: estaban a menos de un par de semanas de terminar el semestre y las fechas de entrega de proyectos finales ya venían a la vuelta de la esquina. Para los exámenes todavía les quedaban unos pocos días más, pero había uno que otro profesor que prefería calificar con otros métodos. Entre ellos, un maestro que les había encargado una exposición que debía durar como mínimo cincuenta minutos, y que determinaría entre el ochenta y el noventa por ciento de su calificación final. A ellos, como equipo que habían decidido ser, les tocaba entregar su trabajo al día siguiente, y por supuesto ninguno lo había recordado hasta ese día, pues era su primera clase de la materia en la semana y pasó a exponer el grupo al que le tocaba antes que a ellos. Y esa era la razón por la que todos estaban a punto de un colapso nervioso. Bueno, casi todos, Luffy no parecía estar demasiado afectado por eso, su habitual actitud tranquila y despreocupada seguía ahí.
—Entonces, ¿qué haremos? —preguntó Usopp.
—No nos queda de otra, tendremos que hacer todo el trabajo esta tarde —contestó Nami, cruzándose de brazos con una expresión de concentración en el rostro—. El tema no es demasiado complicado, pero tendremos que extenderlo lo suficiente para que participemos los siete y no nos sobre tiempo.
—Creo que podremos hacerlo sin problemas —comentó Law, encogiéndose de hombros.
—Suena fácil. —Luffy rió a su forma risueña, apoyando a su novio. Nami decidió arrojarle un borrador a la frente. Le estresaba más el hecho de que el chico no estuviera nada preocupado por el asunto.
—Bien. Pero en mi casa no se va a poder. Ya saben, por lo de cuidar el mobiliario y todo eso —aclaró ella, señalando con su pulgar hacia los dos chicos que seguían discutiendo.
—¿Podemos hacerlo en tu casa de nuevo, Luffy? —preguntó Usopp.
El chico seguía sobándose el golpe en la frente—. ¿Eh? Pues… —Dubitativo, Luffy miró a su novio.
Aunque Dragon no había hecho demasiado alboroto por el asunto de haberlos encontrado en la cama, estaba claro para ambos que Law no era de su completo agrado. Para ser sinceros, no era de su agrado en absoluto. No había parado de enviarle miradas hostiles mientras les daba una larga y muy incómoda charla acerca de las responsabilidades en una relación y el sexo seguro, para al final aclarar que no quería volver a encontrarlos en una situación similar, porque entonces ya no sería tan indulgente con ellos ─aunque al decirlo miró al de ojos grises directamente como si quisiera taladrarle la cabeza. Law podía imaginar que, de presentarse la ocasión, Luffy no se llevaría demasiada parte de la bronca.
—Supongo que está bien, no creo que haya problema —contestó al fin el menor. Después de todo, su padre nunca había mencionado que no quería que Law fuera a su casa, y además estarían todos juntos trabajando como para que pasara cualquier otra cosa. Quizá hasta podría ser una buena oportunidad de que Dragon conociera más a su novio, Luffy de verdad esperaba que ellos pudieran llevarse bien.
—Entonces está decidido —declaró Nami poniéndose de pie. Era la hora del almuerzo, tenía mucha hambre y ya se habían gastado bastante tiempo organizándose, así que quería ir a la cafetería para conseguir algo de comer.
En su camino hacia la puerta del aula aprovechó para plantarles un buen par de golpes a los dos idiotas que no paraban de lanzarse insultos—. ¡Ya dejen de pelear, maldición! —exclamó antes de salir.
Sanji se levantó sobándose el golpe y refunfuñando maldiciones, pues esta era la segunda vez en menos de quince minutos que Nami lo mandaba al suelo, y todo por culpa de Zoro ─vale, que la primera vez no tenía nada que ver con él, pero todo era más fácil si le echaba la culpa a su estúpido novio.
Por otro lado, Zoro no pudo evitar sonreír al escuchar las dulces palabras que el rubio mascullaba por lo bajo.
—Eh, cook.
—¡¿Qué mierda quieres ahora?!
El de cabello verde aprovechó el momento en que su novio se giró hacia él para darle un casto beso en los labios—. Sólo eso —dijo, sonriendo con un toque de orgullo al notar la expresión sorprendida del otro.
Entonces Sanji enrojeció hasta las raíces de su cabello y en un acto impulsivo le propició una patada debajo de las costillas—. ¡I-idiota! ¡No hagas cosas vergonzosas de repente!
Los demás se soltaron a carcajadas.
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«Hospital General Sabaody ─ 2:37 p.m.»
Era ya el tercer día desde que había despertado, y Ace estaba casi arrancándose el cabello por la desesperación. Moría por que lo dejaran salir de ahí de una vez por todas. Sentía que estar todo el día tumbado en la condenada cama y encerrado en una maldita habitación, en lugar de ayudarle a recuperarse sólo empeoraba más su estado. Por no mencionar que la comida de hospital era horrible. Pero la doctora Kureha se lo tenía advertido, debía mantenerse quieto y tranquilo como un buen paciente si no quería que le atara las extremidades al barandal de la cama. Ace bien sabía que ella era más que capaz de cumplirlo, por lo que decidió que, por una vez en la vida, seguiría indicaciones. Si lo limitaban todavía más terminaría por enloquecer.
Por lo menos la habitación a la que lo habían trasladado el día anterior era mucho mejor; menos blanca y con sensación a esterilizada ─aunque seguía teniendo ese olorcito a detergente súper fuerte─ con una televisión para entretenimiento y un cómodo sofá para las visitas, que hacía las veces de cama para cuando alguien se quedara a acompañarlo durante la noche. El primero en darle ese uso fue Dragon. También aprovecharon la ocasión para hablar acerca de los avances del caso.
—Está hundido —afirmó el hombre con cierto toque de malicioso orgullo en la voz.
Gracias a la descripción física que Ace había dado a los policías de algunos de sus atacantes se habían hecho retratos hablados, que al correrse en el sistema dieron como resultados algunos miembros de una pequeña banda maleante que últimamente rondaba por las calles de la ciudad, entre ellos el que parecía ser el jefe. Le mostraron esas imágenes a Ace, quien confirmó que se trataba de los hombres que lo golpearon, y se obtuvo una orden de arresto.
—Cuando le dijimos a Williams que era sospechoso de mandarte asesinar casi se pone a temblar, para ser tan matón el chico no es muy bueno aguantando la presión de un interrogatorio. En fin, se mantuvo firme en el «yo no hice nada» hasta que se enteró que había una orden de arresto contra los chicos de la banda, entonces soltó la sopa, tenía miedo de que lo dejáramos libre porque entonces ellos lo encontrarían y no serían demasiado amigables al verlo. Los tenemos a todos y pasarán una buena temporada tras las rejas, espero que a Williams no le moleste encontrarse con sus amigos en prisión.
Así que todo había terminado. Bueno, más o menos, todavía faltaba el juicio y el jodido papeleo, pero eso era una mera formalidad. Aunque claro, nada se sentiría concluido hasta que él pudiera volver a su casa.
—Bien, todo parece estar en orden —dijo la doctora Kureha, sacándolo de sus divagaciones mentales. Cierto, ella estaba haciéndole la revisión de rutina—. A éste paso y si te comportas, podría dejarte ir pronto.
—¿En serio? —preguntó él, quizá demasiado entusiasmado. Sabo, parado detrás de la doctora, sofocó una risa.
Ella asintió—. Eso es todo por hoy, me retiro. —Se dio la vuelta dirigiéndose a la puerta con su bata blanca ondeando tras ella y cerró al salir.
Ace suspiró, pero antes de que pudiera dejarse caer contra la cama recordó que eso le causaría un tremendo dolor en la columna, así que se recostó lenta y cuidadosamente, hasta que su cabeza se hundió en la almohada sintetizada y él pudo relajar los músculos.
—¿No necesitas nada? ¿Quieres que te traiga algo? —preguntó Sabo colocándose a su lado.
—Estoy bien, ahora sólo quiero descansar un poco.
El rubio asintió como si estuviera de acuerdo, pero Ace pudo notar la manera en que se mordía el labio inferior mientras observaba de reojo la puerta de la habitación, retorciendo el borde de su camisa con nerviosismo.
—¿Qué sucede, Sabo?
—¿Eh? Nada… ¿p-por qué preguntas?
—No lo sé, quizá porque actúas como si estuvieras a punto de presentar un examen final, además de la manera en que estás evitando mirarme a los ojos. —Sabo tragó saliva y se pasó una mano por entre el cabello, aun sin verlo—. ¿Vas a decirme o qué?
El chico suspiró derrotado—. Es Marco —dijo, girándose para mirarlo con cautela—. Está afuera.
Aunque Ace ya no tenía conectado el electrocardiograma, no le hizo falta para saber que su corazón se detuvo, al igual que sus pulmones. Marco. Afuera. Su estómago se hundió hecho un nudo. Había ido a verlo. Marco estaba ahí.
—¿De… de verdad?
—Ha estado aquí todo el tiempo.
Y con la misma rapidez con que esa sensación de felicidad había llegado se esfumó cuando Ace recordó la razón por la que Marco no estaba dentro de la habitación en primer lugar: ya no estaban juntos. La frase «quiero terminar contigo» volvió a dar vueltas en su cabeza.
—Pues no tiene porqué —dijo al fin, con voz fría y distante, negándose a mirar hacia la puerta en espera de que el hombre la cruzara.
Sabo hizo una mueca, como si esas palabras le hubieran dolido a él—. Se ve arrepentido, Ace, tal vez deberías escucharlo…
—Él terminó conmigo, Sabo. Por las razones que fuera. Decidió que era mejor que ya no estuviéramos juntos, que ahora se atenga a las consecuencias.
El rubio frunció el ceño, y por primera vez en mucho tiempo miró al pecoso con una expresión seria en su totalidad.
—Por las razones que fuera —repitió con irritación— o sea que no te has molestado en escuchar esas razones. Entiendo que has sufrido bastante estos días y que ahora estás dolido, pero él ha estado aquí día y noche desde lo que te pasó, prácticamente no se ha apartado de tu lado a menos que lo obliguen, lo que en realidad no es tarea fácil. Por lo que he visto, tampoco ha sido un camino de rosas para Marco desde que te dejó. Te extraña, ¿acaso tú no lo extrañas también? Y no te atrevas a intentar mentirme, hermano. Ambos están sufriendo por esto.
—Pero él lo decidió así —insistió Ace, obstinado como era.
—¡Cometió un error Ace, júzgalo por eso! No es como si tú jamás lo hubieras hecho.
—No fui yo quien terminó lo nuestro, fue él, yo sólo estoy respetando su decisión.
Sabo bufó y se alejó de la cama, pasándose las manos por el cabello para tratar de tranquilizarse. Ace estaba en verdad determinado a no ver a Marco, al menos por el momento, ¡si hasta se negaba a llamarlo por su nombre! ¿Qué tenía, cinco años?
—¿Por qué te pones de su lado, de todos modos? Eres mi hermano, no el suyo —refunfuñó Ace.
El rubio se quedó paralizado a los pies de la cama, aún con las manos en la cabeza. Él lo sabía. Sabía que, más que probablemente, estaba entrometiendo sus propios sentimientos encontrados en la situación de su hermano (Ace podría estar con Marco si se decidiera a escucharlo y perdonarlo, pero se negaba a ello, mientras que Sabo no podía hacer desaparecer la distancia que lo separaba de Killer por más que lo deseara) lo que tal vez afectaba su opinión propia, pero también creía que su hermano podría, por lo menos, darle una oportunidad al hombre para que tratara de explicarse, y después decidir si lo perdonaba o no.
Ace siempre había sido el más orgulloso de los tres hermanos. Sabo solía decir que era porque le gustaba complicarse la vida. En ocasiones como ésta, lo reafirmaba.
—Lo hago justamente porque soy tu hermano, Ace. Porque quiero verte feliz. —Suspiró y se encaminó a la puerta.
—¿A dónde vas? —preguntó Ace, intentando levantarse y haciendo una mueca al sentir el dolor provocado por el movimiento tan brusco.
—Quédate acostado, descansa un rato. Debo buscar a Perona para terminar un trabajo, pero volveré más tarde —contestó sin molestarse en mirarlo, sujetando la perilla de la puerta en su mano. No la giró. Tomó una profunda inhalación y soltó el aire con suavidad—. Ace… todos nos equivocamos. Somos humanos, es lo que hacemos. Lo importante es si intentamos arreglar esos errores.
Ace observó en silencio cómo su hermano salía de la habitación y cerraba la puerta tras de sí sin agregar nada más. Volvió a recostarse y colocó el brazo derecho sobre sus ojos, respirando hondamente varias veces para tratar de disipar el nudo en su garganta y la presión asfixiante en su pecho que se habían hecho presentes desde que iniciara la conversación con su hermano acerca de su ex novio. En serio, al hombre no le había bastado con romperle el corazón, ¿y ahora provocaba una discusión con su hermano?
Pasaron los minutos y esa sensación de mareo no desaparecía. Se preguntó por un momento si llegaría a vomitar. La verdad no le extrañaría, pero esperaba que no fuera así, era una de las cosas que más odiaba.
Y claro, no podía sacarse las palabras de Sabo de la cabeza.
¿Que si extrañaba a Marco? ¡Por supuesto que lo extrañaba! Lo amaba, muy a su pesar después de todo ese remolino de sentimientos en el que quedó envuelto desde que terminaron. Y lo que era peor, su único intento por superarlo, olvidarlo y dejarlo de lado había terminado en un rotundo fracaso.
Suspiró con pesadez al recordar esa noche, que seguía estando bastante fresca en su memoria; la manera en que había tratado de estar con otro para al final no poder soportar la idea de que alguien que no fuera Marco lo besara, tocara ni mucho menos lo poseyera. Sintió un ligero escozor en los ojos y talló sus pardos, intentando disminuirlo y de esa manera evitar comenzar a derramar lágrimas; no había llorado aún y no iba a hacerlo ahora.
De todas formas, ¿por qué estaba Marco allí? Sabo había dicho que llevaba ahí desde que él fue internado, ¿por qué? ¿No se suponía que lo había terminado porque ya no lo quería? ¿Qué razones tenía para aparecer ahora? ¿Lo hacía por remordimiento? ¿Por lástima?
Ace no podía imaginarse a Marco sufriendo por su estado. Simplemente no podía. No después de que lo había dejado de forma tan fría. No después de que lo había visto sonreír con tanta felicidad cuando ya no lo tenía a un lado, como un estorbo. No cuando no lo había buscado hasta ahora. No había forma de que lo hiciera.
Su cabeza estaba matándolo. El dolor se hacía cada vez más intenso conforme seguía pensando en el tema, y todo era muy confuso, peor que el estambre enredado con el que juega un gato. Demasiados pensamientos, demasiadas preguntas sin respuesta, demasiados recuerdos que no quería sacar a la superficie. Lo único que quería era olvidar. Que un vacío negro se abriera paso en su cabeza y absorbiera todo lo que tuviera que ver con Marco y el dolor que le causaba tan sólo pensar en su nombre.
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Cuando Sabo salió de la habitación, con los hombros caídos y tallándose las sienes con los dedos, para Marco no fue muy difícil notar que algo había sucedido.
—¿Está todo bien? —preguntó acercándose al chico cuando ya se encontraba a unos pasos de la puerta.
Sabo levantó la cabeza hacia él y torció los labios al verlo—. En realidad yo… como que le dije a Ace que estás aquí.
En un principio, Marco parpadeó perplejo. No sabía cómo reaccionar a lo dicho. Quizá esperaba que el chico se soltara a carcajadas de un momento a otro, burlándose de su expresión y asegurando que sólo era una broma. Pero la mirada de disculpa en el rostro del menor hizo evidente que no estaba bromeando. Suspiró derrotado.
—No se lo tomó muy bien, ¿verdad?
El chico hizo una mueca y negó con la cabeza. Marco se talló el rostro con las manos y se dejó caer en la banca más cercana a él.
—Maldición —masculló entre dientes.
—Lo lamento Marco, no debí haberlo hecho. Sabía que no querías que se enterara y aun así…
—No importa —interrumpió el mayor—, se habría enterado tarde o temprano, no podía ocultarlo por siempre. Además, había previsto que no querría verme. —Era cierto, él lo sabía desde el principio, le parecía algo obvio, por lo que no estaba sorprendido en realidad. Pero saber que un golpe viene no impide que duela cuando ha llegado—. Sólo espero que no se haya alterado demasiado.
—Se disgustó y discutió un poco, pero estará bien.
Marco asintió. Se frotó los parpados y respiró profundo antes de levantarse—. Es hora de irme, debo volver al trabajo.
Desde que Ace salió de peligro y el padre de los chicos estaba de regreso para supervisar su estado, Marco no tenía más excusa para estar en el hospital como un mandato de Garp, así que se había visto obligado a regresar a su horario normal en la estación.
—Entiendo.
El mayor hizo un gesto de despedida con la cabeza y comenzó a alejarse por el pasillo.
—Marco. —El aludido se detuvo y volvió a girarse hacia su acompañante—. ¿Volverás aquí?
Marco elevó una ceja confundido, como si no hubiera manera de que pensara en otra posibilidad—. Por supuesto. El que Ace no quiera verme no significa que voy a rendirme con él, si lo hiciera ahora no tendría cara para decir que lo amo.
Sabo asintió, sonriendo levemente. Entonces Marco se marchó.
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Al final el plan de Luffy de lograr que su padre conociera mejor a su novio se fue al caño. Tal parecía que Dragon tenía asuntos que atender en la estación a nombre de Garp, así que no se encontraba en casa. Eso lo desanimó un poco, pero Law consiguió que volviera a sonreír con un simple beso en la mejilla.
—No te preocupes, hablaremos con él después —le había asegurado con una leve sonrisa conciliadora.
Aunque Trafalgar tenía que admitirlo, él también estaba un poco preocupado por el tema, no era su intención que el padre de su novio lo odiara por el resto de su vida, pero sabía que cambiar el concepto que tenía de él después de aquella primera impresión tomaría tiempo, ganarse su confianza no sería una tarea fácil. Pero lo lograría, por el bien de su relación y la felicidad de su pequeño.
Los chicos habían pedido unas cuantas pizzas para comer ─las cuales no sobrevivieron por mucho tiempo─ y ya llevaban cosa de un par de horas con el trabajo, al parecer lograrían terminarlo sin inconvenientes. Claro, sólo mientras Usopp dejara de escribir mentiras para extender el texto. Eran historias muy buenas, pero claramente falsas también, por lo que Nami ya no le permitía acercarse al teclado.
Sanji observó a Zoro levantarse de su asiento y dirigirse a la cocina, al parecer a servirse un vaso de agua. Fue tras él.
—Oye marimo —el aludido se giró hacia el rubio, dejando su vaso de lado. Sanji tomó otro y se sirvió agua—, mencionaste que tendrías una competencia a finales de semestre, si mal no recuerdo. La… ¿nacional? —Zoro asintió—. ¿Cuándo es?
—Éste sábado.
—Hmm… —Tomó un trago de agua y se apoyó en la encimera detrás de él—. Bien, iré a verte.
Roronoa levantó una ceja—. ¿Seguro? ¿No estarás demasiado ocupado con el restaurante o algo así? —preguntó escéptico. Sanji muy escasas veces lo había acompañado a alguna competencia porque siempre tenía algo más que hacer.
—Es mi día libre, ¿recuerdas? Además, si he dicho que iré a verte es porque iré a verte. A menos claro, que sea demasiada distracción para ti —comentó el rubio con cierto tono burlesco en la voz—, no quiero que pierdas la concentración por mi culpa.
—¿Insinúas que no puedo lograrlo? —preguntó el mayor, entrecerrando los ojos.
Sanji se encogió de hombros y dejó el vaso en la superficie junto a él—. Tus palabras, no las mías.
Zoro se acercó a él en dos rápidos pasos y colocó las manos en su cadera, atrayéndolo hacia sí e inclinándose contra su cuerpo—. Ven a verme entonces, cocinero, y te demostraré que soy el mejor —susurró con determinación.
Una ladeada sonrisa adornó el rostro de Sanji—. Ya lo veremos, marimo.
El mayor sonrió también, acercándose lo suficiente para apoderarse de los labios de su novio. Sanji correspondió el contacto con total entrega, colocando las manos en el cuello del de cabello verde para acercarlo un poco más a él. Pudo sentir cómo Zoro se presionaba contra él, acorralándolo entre su cuerpo y la encimera, mientras sus labios se entrelazaban como si hubieran sido creados sólo para eso, y lo único que pudo hacer fue agradecer infinitamente a cualquier deidad o fuerza divina que le había regresado lo que tanto extrañaba.
—¡Oigan ustedes, par de tortolos! —gritó Nami desde la sala, logrando que ambos se separaran. Zoro la miró con el ceño fruncido y Sanji tan sólo le dedicó una dulce sonrisa—, dejen de besuquearse y vengan aquí.
—Enseguida, Nami-swuan —contestó el cocinero. Se separó de Zoro, no sin antes darle un último beso y una ligera sonrisa, y se dirigió de regreso a la sala. El de cabello verde fue tras él.
Un rato después el trabajo estaba terminado, la exposición repartida entre los siete integrantes del equipo, ensayada y repasada. Todo perfecto, o al menos Nami parecía estar conforme con el resultado, por lo que todos tomaron sus cosas y se dirigieron a sus respectivos hogares antes de que anocheciera.
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Troy estaba contentísimo. No paraba de reír sin razón, jugueteando con lo que fuera que tuviera al alcance, como su sonaja o el cabello rubio de su padre. Por otro lado, Marco estaba maravillado por la inagotable energía de su pequeño, y el dulce sonido de su risa era algo que podría escuchar toda la vida sin cansarse.
—Mírame Troy, son un avión. —Bill comenzó a dar vueltas por la sala con los brazos extendidos mientras simulaba el sonido de un motor, haciendo que el más pequeño riera y aplaudiera un poco con sus diminutas manos. Entonces empezó a removerse en el regazo del rubio, donde estaba sentado, y Marco entendió que quería ir con su primo, así que lo dejó con cuidado en el suelo, donde comenzó a gatear hacia el otro niño.
Melanie ingresó en el lugar con un par de tazas de café.
—Mira mamá, Troy viene hacia mí —dijo Bill, entusiasmado, mientras el pequeño seguía acercándose.
—Lo estoy viendo cielo, es genial. Ten cuidado con él, ¿de acuerdo?
—¡Sí mami!
Ella soltó una dulce risa y tomó asiento junto al rubio, ofreciéndole una de las tazas.
—Gracias Mel.
—No es nada. —Sonrió y esperó un momento a que el hombre tomara un trago antes de hablar—. Así que… él no quiere verte.
Marco suspiró—. No. Pero no voy a rendirme, quiero que por lo menos sepa la verdad. Se lo merece.
Ella asintió—. ¿Y tienes alguna idea de cómo reaccionará? Con respecto a Troy, quiero decir.
—La verdad es que no estoy seguro. Pero Ace no es una mala persona, es un gran chico, así que no estoy exponiendo a mi hijo a que le hagan una grosería o algo por el estilo.
—Bueno, si es el chico que logró enamorarte seguro será un encanto —aseguró Melanie, con lo que el rubio se echó a reír.
Troy gateó alrededor de la mesita de centro un par de veces antes de volver a dirigirse al lugar donde estaba su padre. Marco lo levantó en brazos y besó su mejilla, haciendo reír al pequeño.
En ese momento el sonido de la puerta principal abriéndose se hizo presente.
—Ése es Brian.
—¡Papá! —Bill salió corriendo de la estancia, más que probablemente para ir a saltar a los brazos de su padre. Marco se preguntó si acaso dentro de unos cuantos años, Troy lo recibiría en casa de la misma forma.
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Todo estaba demasiado oscuro. Sus ojos giraban hacia todos lados tratando de encontrar algo más que esa fría oscuridad, pero no podía vislumbrar nada a su alrededor, como si estuviera atrapado en un mundo consumido por una noche sin luna ni estrellas. Su cuerpo se sentía tan extraño, casi ausente, como si en realidad estuviera fuera de él, flotando a la deriva en el exterior.
Una fría brisa corrió contra él, llevándose la calmada quietud que hasta ese momento había sentido, haciendo ondear su cabello y ropas.
—Ace. —El viento llevó hasta él aquél suave susurro que lo sacó de sus divagaciones acerca de dónde diablos se encontraba.
—¿Quién anda ahí? —exclamó lo más alto que pudo, pero su propia voz se escuchaba diferente, como distorsionada por el ambiente a su alrededor.
—Perdóname Ace —repitió aquella suave y entrecortada voz.
Su corazón se agitó al reconocer el sonido—. ¿Marco?
—Tienes que despertar, para que yo pueda decirte lo idiota que fui, que cometí el peor error de mi vida al alejarte de mi lado, que te extraño como no tienes idea.
Giró sobre sus talones, dando vueltas sobre su propio eje una y otra vez tratando de encontrar la dirección por la que provenía aquella voz, pero no podía ver nada y el sonido parecía resonar por todo el lugar, como si se originara de la oscuridad misma—. ¡Marco, ¿dónde estás?!
—Me haces falta, porque te amo demasiado.
Comenzó a correr, buscándolo. A pesar de que sus pasos eran lentos y pesados, y su respiración muy irregular, no se detuvo en lo que pudieron haber sido segundos, minutos u horas. Tenía una extraña sensación, quizá un presentimiento, en realidad no le importaba qué era, sólo sabía que debía encontrarlo pronto, antes de que desapareciera.
—Vuelve aquí amor, conmigo. Vuelve a mi lado.
Por más que corrió y corrió, no pudo encontrarlo. Su voz no se escuchó más, y comenzó a temerse lo peor; que jamás lo encontraría, que estaba demasiado lejos como para llegar a él. En esa infinita oscuridad no había manera de que lo alcanzara.
—Ni siquiera pudiste mantener a Marco a tu lado.
Dejó de correr en ése momento. Aquella no era la voz que había estado escuchando, la que buscaba con tanto ahínco. Era una diferente, grave y gutural que de alguna forma le parecía familiar, pero que al mismo tiempo sonaba demasiado impersonal.
—¿Por qué querría un hombre como él, estar con un mocoso como tú?
El suelo comenzó a temblar, violentas sacudidas que le hicieron perder el equilibrio y caer de rodillas, mientras la superficie bajo él se resquebrajaba con rapidez. Observó con agitación la manera en que las grietas se extendían por todos lados, pasando por debajo de sus manos y sus rodillas, abriéndose con un estruendoso crujido que le aturdía. Intentó levantarse, pero era imposible, su cuerpo parecía no querer reaccionar.
—Porque ahí es donde pertenece, y con él donde yo pertenezco.
Esa era su propia voz.
Entonces el suelo explotó en miles de pedazos, y él cayó al vacío.
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—¡Ace!
Despertó con la respiración agitada, la frente empapada en sudor frío y un muy molesto dolor en el torso. Frente a él la borrosa silueta de alguien se distinguía gracias a la luz de la lámpara que estaba junto a la ventana.
—¿Sabo? —preguntó el pecoso, desorientado.
El rubio suspiró—. Menos mal que despiertas.
Emitió un leve gruñido cuando volvió a recostarse por completo, una vez que sus ojos se hubieron acostumbrado a la tenue iluminación—. ¿Qué sucedió?
—Dímelo tú, estabas murmurando y gruñendo cosas, tanto así que me despertaste, y no parabas de moverte por toda la cama. Temí que llegaras a lastimarte y por eso decidí despertarte.
Ace cerró los ojos y se talló los parpados, tratando de despejar su mente—. Estoy bien, sólo fue un mal sueño.
—¿Seguro?
—Sí… eso creo —murmuró para sí mismo. Giró el rostro hacia la ventana, a través de la cual podía observar la tranquila oscuridad de la noche.
No estaba seguro de que aquello hubiera sido sólo un mal sueño. Si bien el entorno físico había sido demasiado irreal, todo lo que escuchó dentro de su pesadilla le parecía algo… familiar. Casi como si se tratara de un recuerdo de su subconsciente. "¿Sería posible?"
—¿Por qué no intentas volver a dormir? Aún es muy temprano —sugirió Sabo.
Aunque lo intentó durante un buen rato, no lo consiguió. Ese extraño sueño no dejaba de repetirse cada vez que cerraba los ojos, y la sensación de que había sido más que sólo una invención de su mente no paraba de darle vueltas en la cabeza. Lo peor era que no sabía cómo sentirse al respecto.
[…donde yo pertenezco.]
Esa misma tarde Bascud pasó a visitarlo. El castaño estaba de un considerable buen humor desde que se había enterado del arresto oficial de Williams.
—No es que le desee el mal, pero lo que sea que llegue a sucederle en prisión, el bastardo se lo merece.
—Ajá, sí —coincidió Ace sin mostrar demasiado interés.
Bascud elevó una ceja—. ¿Te encuentras bien, amigo?
—¿Eh? —El pecoso se giró hacia él, casi por primera vez—. Sí, por supuesto. ¿Por qué lo preguntas?
—Bueno, te he notado bastante distraído desde que llegué, y no has parado de mirar a la puerta como si estuvieras esperando a alguien.
Ace frunció el ceño—. No es cierto.
—Sí, lo es. Ahora dime, ¿qué sucede?
El pelinegro hizo amago de volver a replicar, pero terminó soltando un suspiro de derrota—. Si te pregunto algo, ¿me dirás la verdad?
—Claro, puedes contar con ello.
—Bien. —Ace inspiró profundamente, como si necesitara tomar valor para seguir con la conversación—. Quiero saber… ¿Marco ha estado aquí?
Bascud no pudo evitar expresar cierta sorpresa por el cuestionamiento—. ¿Cómo te enteraste?
—Sabo me lo contó ayer, pero eso no es lo importante. Sólo quiero saber si es verdad que estuvo aquí todo el tiempo.
—Pues sí, es verdad. Desde que se enteró de lo que te pasó casi no se alejó de tu habitación.
—Oh. —Ace desvió la mirada hacia la cobija que cubría su regazo, donde su mano sana comenzaba a juguetear con la tela—. ¿Sabes si entró a verme?
—Uff, perdí la cuenta de las veces que lo hizo. En realidad no sabría decir quién pasó más tiempo contigo, si él o Sabo.
—Hmm…
Ace pareció encontrar un hilo suelto en la costura de la sabana y comenzó a enredarlo y desenredarlo entre sus dedos.
—¿Ace? ¿Pasa algo malo? —preguntó Bascud, dubitativo.
—No lo entiendo —dijo por fin el pecoso—, ¿por qué vino? ¿Qué gana estando aquí? Sólo me confunde demasiado porque no logro comprender qué es lo que lo motiva a verme cuando estoy muriendo si no ha intentado hablarme desde que desperté. —Ace bufó, fastidiado.
—Oye, no intento comprender lo que hay en la mente de un hombre enamorado.
—¿Enamorado? —repitió el azabache, con un toque de ironía en la voz—, él no está enamorado de mí.
—Claro, sigue repitiéndote eso.
—¡No lo está! —insistió, frunciendo el ceño—, ¿por qué otra razón terminaría conmigo? Sólo porque ya no me quiere.
Bascud suspiró—. Escucha Ace, yo no lo conozco mucho más que tú y aún menos lo entiendo, pero si hay algo que sé identificar en las personas es el dolor. Ese hombre sufrió un infierno durante el tiempo que tú estuviste en coma, te aseguro que poquísimas veces en mi vida, por no decir ninguna, he visto a alguien estar tan emocionalmente destrozado como él cuando creyó que ibas a morir. Si eso no es amor, entonces yo he vivido engañado toda mi maldita existencia.
Ace guardó silencio por un momento, proyectando hacia su amigo una mirada que reflejaba dolor e indecisión a partes iguales, como si temiera a las palabras que escuchaba.
—Sabo me dijo algo parecido —comentó, rompiendo su silencio con una voz un tanto débil mientras cruzaba sobre su pecho el brazo que no le colgaba de una férula. Parecía querer encogerse en sí mismo y desaparecer—. No sé por qué, si acaso no puedo o no quiero creerlo, pero no logro imaginarme que sea verdad, no concibo que Marco sufriera tanto por mí, como yo sufrí cuando él estuvo en mi lugar.
Ahí fue cuando Bascud entendió lo que pasaba con su amigo. No era en sí que desconfiara del rubio, su problema no era con Marco, era consigo mismo. Ace tenía miedo de creer en algo para volver a perderlo, temía que el amor de Marco por él no tuviera la misma fuerza que el suyo propio. Y Bascud se preguntó si Ace sabría que ése era en realidad su problema ─y lo dudaba mucho─ pero decidió que no haría comentario al respecto, porque si su amigo no lo sabía entonces tenía que descubrirlo por sí mismo.
—Amigo, a mi parecer, existen dolores tan fuertes, como el de un corazón roto, que son capaces de cegarnos e impedirnos ver la realidad a nuestro alrededor.
—¿Entonces qué se supone que haga?
—Eso depende de ti. Yo no voy a decirte que regreses con Marco o que no lo hagas, porque es cosa tuya, pero lo que sí sé es que la ignorancia no es buena consejera. Quizá te ayudaría saber la verdad, completa.
Ace torció los labios—. Para eso tendría que hablar con Marco. No sé si estoy listo para hacerlo ahora.
—Bueno, ahora lo que se dice ahora no es necesario. Marco no está, es su horario de trabajo y desde que tu padre llegó él no puede seguir faltando porque ya no tiene excusa.
—Bien, porque no tengo idea de qué hacer si llego a verlo —dijo Ace, mirando hacia su regazo con nerviosismo. Bascud comenzó a reírse a carcajadas, haciéndolo sobresaltar—. ¿De qué diablos te ríes?
—Lo siento, es que… —intentó hablar el castaño entre risas—, cuando dices eso… pareces una muchachita enamorada…
Ace se sonrojó hasta las raíces de su cabello—. ¡Cierra la boca! —exclamó arrojándole su almohada contra la cara, lo que sólo incentivó al castaño a que se riera más fuerte, al punto de presionarse el estómago con las manos. Portgas se las arregló para patear la silla en que su amigo se encontraba sentado, causando que cayera al suelo.
—¡Oye! —reclamó Bascud.
—Ups, fue un accidente —dijo el pecoso con falsa inocencia.
Por un momento se miraron a los ojos con el ceño fruncido, como si se estuvieran retando mutuamente. Entonces ambos se soltaron a reír.
—¡Infantil!
—¡Inmaduro!
Por alguna razón, las visitas de Bascud siempre llegaban a éste punto, con ambos insultándose como si de un par de niños se tratara, molestándose y burlándose el uno del otro. Esto era lo que ambos consideraban como la amistad más sólida que hubieran tenido en sus vidas.
Instantes después unos leves golpecitos lograron sobreponerse a las estridentes risas de los muchachos, y antes de que cualquiera de los dos dijera algo la puerta de la habitación se entreabrió, dejando que una cabellera azulada asomara en el interior.
—¿Se puede? —preguntó la chica con una leve sonrisa.
—¡Nojiko! —exclamó Bascud, y a Ace no le pasó desapercibida la forma en que se levantó del suelo casi de un salto y se sacudió la ropa al tiempo que caminaba hacia la recién llegada—. Por supuesto, pasa.
La chica agradeció y entró por completo, cerrando la puerta tras de sí. Bascud tomó su mano con lo que ─Ace moriría en ése momento, lo juraba─ parecía ser una sonrisa algo avergonzada, y la encaminó al costado de la cama de su amigo.
—Ace, ella es Nojiko, la hermana de Nami —dijo, y por un momento el pecoso casi pudo ver corazones rojos flotando alrededor del castaño, lo que no creyó que alguna vez fuera posible—. Nos conocimos en el bar.
—Es un placer conocerte, bueno, despierto —comentó ella, sonriendo con amabilidad.
Había algo que Ace no soportaba de las presentaciones comprometidas; la falsa amabilidad. Como cuando un amigo presenta a su novia y ella es toda sonrisas y risas sólo para poder obtener la aprobación de todos, aunque en realidad muy poco le importara con quién diablos estuviera hablando. Nojiko no era así. Ace no estaba seguro de cómo o por qué lo sabía, pero lo hacía. Podía sentir la sinceridad en las palabras y la mirada de ella, en cómo no parecía ser una chica que sonriera todo el tiempo si en realidad no le nacía.
—Cielos amigo, ahora me haces sentir culpable por arruinarte la noche con mi casi asesinato.
—Oh, cierra la boca, idiota —gruñó el castaño, un muy tenue carmín adornando sus mejillas.
Ace se rió por lo bajo—. ¿Quién parece la muchachita enamorada ahora?
—¡Cállate, Ace!
Nojiko rió también, y Bascud deseó ser un avestruz para poder enterrar la cabeza en la tierra.
Bueno, por lo menos parecía que se llevarían bien. Esperaba que eso no se volteara en su contra.
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«(Lunes, 8:33 p.m.) De: Killer
Sabo, discúlpame, estaré demasiado ocupado durante unos días y es probable que no pueda comunicarme contigo. Lo lamento. Si necesitas algo, no dudes en llamarme.»
Sabo suspiró y se guardó el celular en el bolsillo. Había leído aquél mensaje unas tres veces al día desde que lo recibiera, y cada una le hacía sentir peor que la otra. Sí, las conversaciones que mantuvo con su novio durante el fin de semana le ayudaron a tranquilizarse un poco, pero la verdad era que todavía tenían mucho de qué hablar y las cosas no estaban completamente bien entre ellos, y él lo sabía. Killer debía saberlo también, aunque no lo pareciera.
Tomó su mochila y caminó fuera de la cafetería del hospital. No quería seguir pensando en eso. Ya le dolía bastante la cabeza, como para todavía empeorarlo con sus preocupaciones e inseguridades en su relación. Killer había dicho unos días. Bien, se los concedería. Pero después, él iba a pedirle respuestas. Y más le valía a su novio que se las proporcionara si no quería que el problema se hiciera más grave.
Miró la hora en el reloj de su muñeca e hizo una mueca al darse cuenta de que ya era bastante tarde. Había dejado a Ace solo porque tenía una tarea que terminar, y no quería incordiar a su hermano con sus asuntos escolares, así que había decidido ir a la cafetería a trabajar y que así el pecoso pudiera ver la televisión o hacer cualquier otra cosa con tranquilidad. Ya habían pasado unas cuantas horas y él ni siquiera las sintió.
Estaba casi frente a la habitación de su hermano, cuando escuchó unos pasos acercándose por el pasillo y se giró hacia ellos por la pura curiosidad instintiva de saber a quién le pertenecían.
—Marco —dijo, con cierto matiz de sorpresa en la voz—, creí que ya no te vería por aquí hasta mañana.
El rubio se detuvo frente a él, inclinando la cabeza como un saludo—. Pues, en realidad, ahora será un tanto complicado que visite a Ace durante el día, así que decidí aprovechar la oportunidad nocturna.
—Ya veo. —Sabo asintió.
Marco ladeó la cabeza y lo observó entrecerrando los ojos—. Te ves cansado —señaló después de un momento.
—Sí, bueno, he estado ocupado con los trabajos finales —contestó el menor, restándole importancia al comentario.
—Quizá deberías ir a casa esta noche, para que puedas descansar mejor.
—Nah, estaré bien. Además, Dragon no puede venir esta noche y alguien debe quedarse con Ace, así que… —Sabo se encogió de hombros.
El policía negó con la cabeza—. Insisto en que deberías ir, te hace falta.
—De verdad Marco, estoy bien. Y por otro lado, realmente no puedo dejar solo a mi hermano.
—Yo… yo me quedaré con él —dijo Marco, logrando controlar su vacilación.
Sabo frunció el ceño—. Pero no se han ni siquiera visto desde que despertó —comentó, escéptico.
—Lo sé. Quizá… ésta sea una buena oportunidad para intentar hablar con él.
—¿Estás seguro?
Marco asintió—. Descuida, si Ace insiste en que no quiere verme me quedaré aquí en el pasillo, no lo dejaré solo.
Sabo se mordió el labio inferior, dubitativo. No estaba seguro de que eso fuera a terminar bien, pero… si Marco lo conseguía, si podía hablar con su hermano e incluso tal vez arreglar las cosas entre ellos… Ace volvería a ser feliz. Eso valía la pena el riesgo.
—Está bien. Pero llámame si ocurre algo, ¿de acuerdo?
—Por supuesto.
—Bien. —Sabo le palmeó el hombro—. Buena suerte —dijo antes de pasar por su lado.
—Gracias.
Una vez que Marco estuvo a solas en el corredor se acercó a la puerta de la habitación del pecoso tomando una profunda respiración, como si el oxígeno pudiera también llenarlo de valor. Soltó el aire y antes de que pudiera arrepentirse, dio unos golpes en la superficie—. ¿Ace?
Esperó un momento, pero nadie respondió. Tampoco se escuchaba nada de movimiento en el interior. Miró la perilla y se mordió el labio inferior, dudando por cinco segundos antes de tomarla en su mano y girarla.
La habitación estaba a oscuras, a excepción de la tenue luz que emitía la lámpara que se encontraba en el mueble junto a la ventana. Ace estaba tumbado boca arriba en la cama, y dado que no reaccionó a la puerta abierta Marco supuso que dormía. Soltó un suspiro al notar que no podrían hablar esa noche, aunque en realidad no estaba seguro si era de desilusión o alivio.
Se adentró por completo en el cuarto y volvió a cerrar con extremo cuidado de no hacer ruido. Caminó casi de puntitas, dispuesto a recostarse en el sofá y descansar lo mejor que pudiera, cuando el cuerpo de Ace comenzó a moverse y él se quedó paralizado. Un segundo después se dio cuenta de que el chico no había despertado, sino que se removía entre sueños. Apretó los labios, observándolo con anhelo. Antes de que pudiera notarlo, ya estaba parado junto al borde de la cama.
Ace se veía mejor que la última vez. Los golpes en su rostro comenzaban a sanar y éste mismo había dejado atrás la inflamación, aunque la venda seguía alrededor de su cabeza. En poco tiempo no quedaría rastro de lo que le habían hecho. Sin embargo, en ése momento su expresión no era tranquila; apretaba los labios y fruncía el ceño, incómodo. Una pesadilla, tal vez. Con un casi imperceptible temblor, Marco elevó su mano y la acercó al chico, acariciando su mejilla con suavidad.
—Tranquilo, Ace, todo está bien —susurró. Las facciones del menor se relajaron un poco, y Marco no pudo evitar que sus labios tiraran hacia arriba.
Un poco vacilante, se sentó en el borde de la cama que estaba desocupado. Cuando estuvo seguro de que Ace no despertaría se metió con cuidado bajo la sabana, deslizándose junto al menor. Se recostó de costado, apoyado sobre su antebrazo derecho, y siguió acariciándole el rostro y el cabello, tranquilizándolo con dulces susurros. Cuando el sueño de Ace pareció volver a ser tranquilo, se inclinó a dejar un beso sobre su frente.
—Ya estoy aquí, amor.
Dejó escapar un pequeño bostezo y acomodó la cabeza junto a la de Ace en la almohada, colocando un brazo con sutileza sobre su abdomen antes de quedarse dormido.
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«Viernes, Junio 6»
Cuando Sabo abrió la puerta de la habitación, muy temprano en la mañana, se detuvo de golpe en el umbral. Vale, que al no haber visto a Marco en el pasillo supuso que estaría ahí, pero no se imaginó que lo encontraría durmiendo en la cama junto a su hermano. Tuvo que parpadear un par de veces y tallarse los ojos para asegurarse de que su visión no le fallaba, y mientras estaba en eso el hombre que dormía abrazando al pecoso pareció comenzar a despertar.
Marco sonrió al despabilarse y ver a Ace aún dormido a su lado, respirando con tranquilidad. Acarició su mejilla con el pulgar y se acercó a besar su frente. Volteó en dirección a la entrada del cuarto al sentirse observado. Al ver al chico parado ahí, observándolo con sorpresa, se colocó un dedo sobre los labios en señal de que guardara silencio.
Sabo asintió, aún algo aturdido por la situación, y retrocedió un par de pasos para salir.
El mayor contempló el apacible rostro del pecoso por un momento antes de plantarle un último beso en la mejilla. Salió de la cama y de la habitación con el mayor cuidado posible, cerrando la puerta silenciosamente para no despertar al menor. Una vez fuera hizo un ademán en dirección a Sabo para que lo siguiera por el pasillo, de esa forma Ace no podría escuchar su conversación en caso de despertar.
—Entonces tú… ¿lograste hablar con él? —preguntó Sabo con curiosidad.
—No, en realidad no —dijo el mayor, masajeándose la nuca—, cuando entré en la habitación él ya se había quedado dormido. Iba a hacer lo mismo, pero entonces noté que parecía tener una pesadilla e intenté tranquilizarlo y… no pude evitar recostarme a su lado. —Suspiró derrotado—. Estuvo mal, ¿verdad?
—No lo creo. Al menos, yo entiendo. Es sólo que al verlos así creí que… —Sabo dejó su comentario al aire cuando se percató del semblante abatido en su acompañante. Lo miró con comprensión y se acercó un poco más para colocar una mano en su hombro—. Ten paciencia Marco. Ace en éste momento está siendo un poco… testarudo, pero estoy seguro de que cuando se le baje el enojo querrá escucharte.
—Tiene derecho a estar molesto y no lo juzgo por ello, sólo espero que pueda perdonarme —comentó Marco, pasándose una mano por entre el cabello. No parecía muy esperanzado en lograr conseguirlo.
—Ya verás que sí, es sólo cuestión de tiempo —aseguró el menor.
Marco asintió, esperando que el chico tuviera razón. Le echó una mirada al reloj en su muñeca—. Tengo que irme, quiero pasar a mi departamento antes de ir a trabajar.
—Claro. ¿Te veré aquí esta noche?
El mayor pareció pensarlo por un momento, pero en realidad no había mucho qué pensar; Sabo prácticamente le estaba ofreciendo una oportunidad para estar al lado de Ace, incluso si éste no era consciente de ello.
—Nos vemos esta noche.
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La tranquilidad podía respirarse en el ambiente.
Después de todo lo que habían pasado, Ace en verdad apreciaba esos momentos en los que podía sólo recostarse junto a su novio y disfrutar de la paz, en donde el silencio no era incómodo ni tenso. Disfrutaba sentir la lenta respiración del mayor acariciándole con suavidad la piel expuesta de su cuello, y su brazo rodeándole la cintura y atrayéndolo a su cuerpo sólo para tenerlo más cerca.
Ahí, en la comodidad de su habitación, acurrucados en la cama con los brazos alrededor del otro, no había criminales que atrapar, ni peligros que esquivar. No había huesos rotos, ni heridas mortales, ni la probabilidad de perder al otro. No había miedo, ni problemas. Eran sólo ellos dos, queriéndose sin dificultades.
Ace sintió la suave caricia de los labios de Marco sobre su cuello y sonrió con dulzura mientras sus dedos se deslizaban con facilidad entre su rubio cabello, desordenándolo para enseguida arreglarlo otra vez.
—Te extraño —murmuró el mayor, apretándolo más entre sus brazos.
—Aquí estoy —contestó él, plantando un beso en su frente.
—Quisiera poder abrazarte así todos los días, todo el tiempo.
—Puedes hacerlo, nada te lo impide.
—En realidad, tú me lo impides.
Ace dejó de acariciar el cabello de su novio y frunció el ceño—. ¿De qué hablas?
—Si por mí fuera, estaríamos juntos.
—Marco, estamos juntos —replicó el pecoso, con la confusión aglomerándose en su cabeza.
—¿Lo estamos, Ace? —preguntó el rubio, levantando la cabeza para observarlo a los ojos. Había dolor reflejado en ellos.
Antes de que pudiera decir cualquier cosa, antes de que alcanzara a acariciar su mejilla y le asegurara que siempre estaría a su lado, Marco se volatilizó en el aire. Ace ahogó un grito, y la habitación se desvaneció también.
Cuando volvió a abrir los ojos, se encontró acostado en la cama de su cuarto en el hospital. Sin Marco, ni sus besos, sus caricias o su voz. Solo.
Se cubrió el rostro, maldiciendo a su subconsciente por no dejarlo en paz y disfrutar de abrir la herida de su corazón una y otra vez. Suspiró con cansancio, giró su cuerpo y hundió el rostro en la almohada. Un segundo después lo levantó de golpe, con los ojos abiertos al límite y el corazón a mil por hora.
—Oh por Dios…
Entonces la puerta de la habitación se abrió y Sabo entró en ella.
—Vaya, ya despertaste. Buenos días.
Ace parpadeó perplejo, como si su hermano fuera un ser incorpóreo que se aparecía frente a él de la nada.
—¿Ocurre algo, Ace?
—¿Eh? Ah… No. Creo que no —dijo el pecoso, aún algo vacilante—. ¿Acabas de llegar? ¿A dónde fuiste?
—Oh… fui a casa a tomar una ducha. Tengo clase dentro de un par de horas —contestó el rubio, encogiéndose de hombros.
—Ah… bien.
—¿Seguro que no ocurre nada? —preguntó Sabo, alzando una ceja.
—Eh… sí, seguro —contestó, desviando la mirada hacia la cama. Por un momento creyó que… pero no podía ser posible, debía ser sólo su imaginación jugando con sus deseos.
Aun así no pudo evitar pasar la palma de su mano sobre la superficie de la almohada, que estaba tibia del lado que él no había utilizado y desprendía cierto olor que sabía no era el propio.
Tal vez ya estaba comenzando a volverse loco. O quizá no.
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«Sábado, Junio 7»
Casi al mismo tiempo en que Sabo salía de la habitación de su hermano las puertas del ascensor al final del pasillo se abrieron, como si estuvieran sincronizados.
Sería la tercera noche que Marco pasara cuidando al pecoso, aunque Sabo ya no estaba tan seguro de que fuera una buena idea. No tanto por lo que Ace pudiera decir si se enteraba al respecto, sino más bien por la salud emocional del mismo Marco. Es decir, el hombre no podía sentirse exactamente feliz de visitar al chico mientras dormía, sabiendo que si estuviera despierto no querría verlo. Debía ser, por decir lo menos, un sentimiento agridulce. Más agrio que dulce, en realidad.
—Buenas noches, Marco —saludó una vez que el policía estuvo frente a él.
—Buenas noches —correspondió el mayor—. ¿Cómo ha estado Ace hoy?
—Mejor. El dolor corporal ha disminuido y él está más que feliz de que le hayan permitido moverse más y salir por un rato de la habitación.
Marco sonrió, imaginando la sonrisa entusiasta de Ace mientras caminaba por los pasillos o el jardín. Nunca le había gustado quedarse quieto por mucho tiempo, así que debió haber sido un gran alivio para él—. Me alegra escucharlo.
—La Doctora Kureha dijo que muy probablemente pueda concederle el alta mañana.
—¿De verdad? —preguntó en un hilo de voz.
Sabo asintió—. Tendrá que seguir muchas indicaciones y guardar reposo la mayor parte del tiempo, pero al menos estará en casa.
No estaba muy seguro de cómo debería tomarse esa información. Por un lado era grandioso que Ace estuviera recuperándose con rapidez, pero por el otro sabía que sus visitas nocturnas se acabarían cuando saliera del hospital.
—Es genial —dijo al fin, esbozando una media sonrisa. Al fin de cuentas no podía ser tan egoísta con su amor.
—¿Cómo te sientes tú? —preguntó el menor, dubitativo.
—Eh, bien —contestó Marco, algo confundido por la pregunta.
—Okay. —Sabo suspiró y se separó de la pared donde estaba apoyado—. Bueno, no te retengo más, seguro quieres verlo. Volveré en la mañana. —Se despidió con un ademán antes de alejarse.
—Nos vemos.
Marco se tomó unos cuantos segundos más antes de caminar los pocos pasos que aún lo separaban de la habitación de Ace, entrar silenciosamente y recostarse a su lado con cuidado, como había hecho durante las últimas tres noches.
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«Domingo, Junio 8»
Marco no había dormido mucho durante la noche. Sabiendo que probablemente pasaría un largo tiempo sin que tuviera la oportunidad de que Ace durmiera a su lado había pasado la mayor parte de esas horas velando por su descanso.
Cuando los primeros rayos de sol comenzaron a colarse en la habitación, Marco miró hacia la ventana con desconsuelo. Se fijó en la hora de su reloj y suspiró. Debía irse ya, antes de que Ace despertara y le echara la peor bronca de su vida. No era como si no supiera que debía enfrentarse a eso, pero el chico merecía tener mínimo unos cuantos días de tranquilidad después de lo que había sucedido.
Volvió su mirada hacia el pecoso, apreciando su tranquila imagen por un momento, y acomodó un poco su cabello antes de plantar un ligero beso sobre él. Esa noche Ace había dormido sobre su costado derecho, por lo que él estaba recostado a su espalda, abrazando su cintura con la mayor sutileza posible.
—Ahora te dan el alta, Ace —susurró, deslizando los dedos con ligereza por entre las hebras de cabello azabache—, así que ya no podré venir a verte en la noche y dormir contigo, al menos no hasta que tú lo decidas así. —Apoyó la frente en la nuca del chico, cerrando los ojos con pesadez—. Espero que puedas perdonar mi estupidez, porque quiero que sepas que no me rendiré hasta que lo hagas. Te extraño, amor.
Depositó un suave beso en su cuello y suspiró. Hizo amago de levantarse, pero entonces, de repente y sin ningún aviso, la mano de Ace se cerró alrededor de su muñeca, sujetándolo, y Marco sintió cómo se le paralizaba el corazón.
Continuará…
