[Capítulo 20 ─ Un paso a la vez]

«Te amo para amarte y no para ser amado, puesto que nada me place tanto como verte a ti feliz.» ─George Sand

«Lunes, Junio 9»

Ace estaba a punto de matar a alguien. El único problema era, quizá, que no había nadie cerca a quien pudiera asesinar; sus hermanos estaban en la escuela y Dragon estaría haciendo quién sabría qué en Marineford. Mientras tanto él estaba ahí, tirado en el sofá de su casa, sin compañía alguna y queriendo atar una soga alrededor de su cuello. Comenzaba a preguntarse si el abanico del techo soportaría su peso sin venirse abajo.

Era apenas poco más de media mañana y ya estaba harto de la televisión, la computadora y el jodido celular. Simplemente estaba harto de no poder hacer nada. ¡Incluso había ordenado su habitación! Y ni siquiera eso fue suficiente para distraerlo por más de una hora. Soltó un gruñido y se talló el rostro con pesadumbre. Mataría al maldito Williams por condenarlo a semanas de reposo y "nada de sobresfuerzos"; lo mataría a él y a todos los malditos idiotas que habían estado involucrados en el ataque del callejón. Hijos de puta.

Sus divagaciones mentales se vieron interrumpidas al escuchar unos leves toques en la puerta principal. Alzó una ceja con curiosidad. Dado que a esa hora todo el mundo se encontraba ocupado en algún lugar de la ciudad, él no tenía mucha esperanza de encontrar consuelo en quien fuera que estuviera esperando en la entrada. Quizá se tratara sólo de un vendedor ambulante. Suspiró con resignación y se levantó de su lugar, cuidando no ser muy brusco ─los movimientos bruscos o repentinos provocaban que su adolorido cuerpo pasara del nivel soportable a infernal─ y caminó hacia el recibidor. No pudo evitar su expresión sorprendida al abrir la puerta.

—¡Marco!

El hombre estaba parado a unos centímetros del umbral, con las manos en los bolsillos de su pantalón y su usual expresión adormilada. Aunque ésta última cambió cuando el rubio esbozó una leve sonrisa.

—Buenos días, Ace.

—Oh, sí, buenos días —contestó el chico, dejando de lado su sorpresa inicial para moverse y permitir que el mayor entrara en la casa. Una vez cerrada la puerta volvió a girarse hacia el otro—. ¿Qué estás haciendo aquí? Es decir, no es que me moleste, pero creí que estarías trabajando.

—Pues, digamos que me escapé por un rato.

—¿No te meterás en problemas por eso?

Marco se encogió de hombros—. La estación estaba bastante tranquila y no había mucho por hacer, Shanks aseguró que me cubriría y se encargará de avisarme si surge alguna emergencia —dijo por toda respuesta.

Ace alzó una ceja de forma inquisitiva, y por su postura Marco supo que, de haber podido, se habría cruzado de brazos. El rubio suspiró.

—También, me imaginé que estarías aquí encerrado, solo y muerto de aburrimiento, así que creí que podría hacerte un poco de compañía. —El chico acentuó su expresión—. Y —añadió el mayor, derrotado—, quizá quería asegurarme de que te encontraras bien.

El pecoso esbozó una suave sonrisa, sólo un poquito burlona—. Eres tan sobreprotector.

Marco lo observó con los ojos entrecerrados, como si estuviera disgustado (aunque en realidad no lo estaba). De verdad, a él le encantaba la manera en que Ace podía ver a través de sus ojos o su expresión, pero, en ciertas ocasiones, esa habilidad resultaba contraproducente.

—Creo que tengo el derecho de sobreprotegerte ahora, estuviste jodidamente cerca de morir —replicó el mayor—. Y yo estaba hasta la madre de asustado —añadió en voz baja.

Ace suavizó su expresión. Dio un par de pasos más cerca de su acompañante y colocó su mano derecha en la mejilla del otro—. Lo sé, y es por eso que no me molesta que lo seas —dijo, aproximándose aún más para plantar un beso en el pómulo del lado contrario—. Pero, ¿sabes? Podrías simplemente haber llamado, no era necesario que salieras del trabajo.

El rubio sonrió con suavidad y, mirando al otro con ternura, acarició su cabello, como si quisiera retirárselo del rostro—. Quizá, pero prefiero tenerte en persona. —Un ligero sonrojo se apoderó de esas pecosas mejillas, ocasionando que Marco agrandara su sonrisa—. Además, sí intenté llamarte, pero la operadora me dice que tu número no está disponible.

—¿En serio? —Ace frunció el ceño y, apartándose un poco del mayor, sacó su celular del bolsillo de su pantalón con la intención de revisar el servicio.

Marco elevó una ceja al ver el aparato, puesto que no era el mismo que el chico solía llevar, al menos cuando ellos aún eran pareja—. ¿Ése es tu teléfono?

—Sí, lo compré hace poco, cuando… —Entonces Ace guardó silencio, con un nuevo y más intenso tono rojizo tiñéndole las mejillas y cubriéndole las orejas—. Emm, bueno… sólo digamos que mi antiguo teléfono tuvo un pequeño accidente.

A pesar de su curiosidad, Marco decidió que no preguntaría detalles sobre ese accidente. No era como si el sonrojo del menor no le diera alguna pista, de todas formas—. ¿No pudiste recuperar la tarjeta, entonces?

Ace negó con la cabeza—. Nuevo número —se limitó a decir.

—Hmm. Bueno, eso explica por qué no podía comunicarme contigo. Incluso desde antes, ahora que lo pienso —comentó más para sí mismo.

El chico se sorprendió al escucharlo—. ¿Intentaste llamarme antes? Como, ¿antes de que estuviera en el hospital?

Marco lo miró a los ojos, con una expresión repentinamente seria. Asintió—. ¿Eso te sorprende?

Ace tragó saliva—. Un poco, sí.

—¿Por qué?

—Bueno… pensé que, en realidad, el que yo estuviera en el hospital había sido algo así como tu impulso para que intentaras volver a acercarte. Creí que eso había hecho que te arrepintieras, al menos hasta ahora.

La suave mirada del mayor pareció cubrirse con una sombra de tristeza ─o quizá dolor, Ace no podría estar seguro─ y su expresión facial se endureció. Antes de que el chico pudiera hacer cualquier cosa, Marco desvió la mirada hacia algún punto en el suelo a su costado. Se talló el rostro con las manos, para después pasárselas por el cabello en un gesto de frustración, tirando un poco de sus rubios mechones. Parecía bastante molesto.

Ace colocó la mano sobre su brazo izquierdo para llamar su atención—. ¿Marco? ¿Qué ocurre?

El hombre volvió a levantar el rostro hacia él, y entonces el menor pudo ver lo que había en su mirada; no era tristeza o dolor. Eran ambos, combinándose en la profundidad de sus pupilas como si juntos formaran nubes de tormenta. Ace, sin quererlo, le había dado un duro golpe.

Marco tomó una profunda respiración y soltó el aire para terminar de tranquilizarse. Colocó sus manos en los costados de la cabeza del muchacho y se inclinó a plantar un suave beso sobre su frente, dejando que sus labios se mantuvieran sobre su piel durante unos largos segundos antes de apartarse.

—Perdóname por haberte hecho pensar eso —dijo, apoyando su frente en la del menor, cerrando los ojos y esbozando una débil, resignada sonrisa—. Parece que, aunque es lo que se supone que estoy intentando hacer, no he logrado que comprendas lo más importante.

—¿A qué te refieres? —preguntó el pecoso en un hilo de voz.

El rubio abrió los ojos, dejando que las miradas de ambos se conectaran, como si eso fuera suficiente para que Ace entendiera que lo que quería decirle era verdad.

—Me arrepentí de haber terminado contigo desde el segundo en que lo hice, Ace. En realidad nunca quise hacerlo, pero como te he dicho ya, en ése momento creí que sería lo mejor para ti. Fui un estúpido, me dejé llevar por mi confusión. Días después, cuando todo comenzó a tomar su lugar y yo pude sentarme a pensar con más tranquilidad, me di cuenta no sólo de que era cada vez más difícil mantenerme firme en mi decisión de alejarme de ti, sino también de que había cometido un error al no dejar que tú opinaras al respecto.

—Así que, ¿esperabas disculparte por teléfono? —preguntó Ace, con el ceño ligeramente fruncido.

—No en realidad. Más bien, te llamé en momentos en que no podía dejar de pensar en ti, que quería que estuvieras ahí conmigo. Situaciones en que sólo deseaba abrazarte, y escuchar tu voz. —Marco rió por lo bajo—. Creo que podrías llamarlos "momentos de debilidad", si te apetece.

Ace sintió un nudo formarse en su garganta. Momentos de debilidad, había dicho Marco. Él sabía lo que eso era. Él sabía lo que se sentía el sólo desear que todo regresara a la normalidad, el poder tener al otro recostado a su lado o abrazando su cintura, el querer besar sus labios con dulzura o acurrucarse en su pecho en el silencio de la habitación. El nudo en su garganta era el resultado de saber que el mayor también había sentido esas locas ansias por volver a su lado. Saber que Marco lo necesitaba tanto como él al rubio.

—¿Por qué no me buscaste?

Marco suspiró—. Supuse que estabas rechazando mis llamadas, y que en todo caso no querrías verme en persona. Sabía que me lo merecía y quise respetar tu postura, así que pensé que quizá podría darte un poco de tiempo antes de intentar acercarme con una disculpa que probablemente no quisieras escuchar. Quería darte tu espacio, no agobiarte con mis estupideces. Pero entonces… —El rubio se detuvo un momento, tomando una profunda inhalación—, entonces me enteré de que estabas en el hospital. El tiempo se estaba acabando. Alejarme de ti sólo sirvió para que nos lastimáramos aún más.

»Comencé a pensar qué pasaría si tú no despertabas. Te habrías ido de éste mundo pensando que yo no te amaba, y lo último que yo habría visto de ti sería el dolor reflejado en tu mirada. No volvería a verte sonreír, o a presenciar el brillo de tus ojos cuando algo te hace feliz… —En algún momento los ojos azules de Marco se habían inundado de lágrimas, que comenzaron a deslizarse por sus mejillas con lentitud—. Así que sí Ace, el que casi murieras me abrió los ojos a muchas cosas, pero no fue la razón por la que decidí que intentaría regresar a tu lado, porque desde el principio nunca quise irme. Siempre fue mi intención volver, incluso si ni yo mismo lo sabía. Ahora, el punto aquí es, si tú podrás aceptarme de regreso.

El nudo en la garganta de Ace había desaparecido, pero aun así el chico sentía que necesitaba más oxígeno del que lograba respirar. Alzó su mano derecha y, con suavidad, utilizó su pulgar para borrar el camino que las lágrimas habían trazado en las mejillas del rubio. Marco cerró los ojos ante la sutil caricia, y el azabache no pudo evitar desviar su mirada hacia los labios del otro. Se mordió el interior de la mejilla con nerviosismo. Dejó la palma de su mano posada en el costado izquierdo del mayor y acercó su rostro a él lentamente. Cuando estuvo a un par de centímetros de cercanía, se detuvo, dudando por un segundo el seguir adelante. Entonces recordó todo el dolor que había sentido durante esos eternos días en los que pensó que Marco había dejado de amarlo; dolor que en ese momento había visto reflejado en el azul de la mirada del mayor, demostrándole que en verdad, él no había sido el único en sufrir su separación.

Acortó la distancia que quedaba entre ellos, tomando los labios del rubio con dulzura.

Marco suspiró al sentir el contacto. Llevó sus manos hacia las caderas del menor y se aferró a ellas con suavidad, acercándose un poco más. Dejó que Ace guiara el ritmo del beso, siguiendo los movimientos de sus deliciosos labios con la misma suave lentitud con que el chico los hacía. Incluso con un beso tan inocente se las arreglaba para robarle el aliento.

Cuando Ace dio por terminado el contacto, se separó de su acompañante sólo un poco, aferrándose a su nuca para mantenerse cerca de él.

—Sólo dame un poco más de tiempo, ¿sí? —susurró a centímetros de su boca.

El hombre sonrió—. Todo el que necesites, no estoy intentando presionarte Ace. Yo esperaré lo que tú creas conveniente. Aún tengo cosas que contarte, después de todo. Lo único que te pido, es que no olvides lo mucho que te amo. Sólo eso.

El chico rió un tanto por lo bajo—. No permitas que lo haga. Quédate cerca de mí.

—Yo siempre estaré cerca, al menos hasta el día en que tú me pidas que me vaya —dijo, colocando las manos sobre las mejillas del menor e inclinándose hacia él, tomando sus labios en un nuevo beso.

Ace apretó su brazo alrededor del cuello del mayor, apegándose a él tanto como podía y besándolo con todo el cariño que se había acumulado en su pecho.

Él no quería que Marco se fuera, jamás.

o~o~o~o~o~o~o~o~o~o~o~o~o~o

«Impel Down ─ Biblioteca Universitaria»

Siendo la última semana de clases, y dado que las fechas de entrega de trabajos y exámenes finales estaban a un paso de distancia, la biblioteca tenía un considerable incremento de visitas al día. Quizá no estuviera completamente llena, pero sí que había más gente de la acostumbrada. Sabo, como ayudante voluntario, consecuentemente se encontraba bajo una mayor demanda en su trabajo. Casi que iba corriendo de un lado a otro en la biblioteca. Debía encargarse de registrar los préstamos de libros y las entregas, además de colocar en su lugar los libros recién devueltos y los que fueran dejados en el carro de visitas o en las mesas, también reacomodar aquellos que los estudiantes dejaban en estantes que no les correspondían ─Para eso está el maldito carro de visitas, refunfuñaba el rubio cada vez que encontraba un libro fuera de lugar─, buscar en el sistema si contaban con tal o cuál libro que algunos chicos solicitaran y en cuál de todos los libreros estaba, y hasta supervisar que los cubículos privados no fueran mal utilizados ─Sabo no quería hablar de la razón por la que debía supervisarlos en primer lugar.

En fin, que el chico estaba un tanto ocupado en su puesto. Era una suerte que Perona no hubiera estado muy equivocada cuando dijo que él no tendría que presentar exámenes; a pesar de que sí haría un par, la mayoría de los profesores le permitieron cerrar su calificación con el trabajo final. Eso le quitaba un peso de encima, aunque igual debía asegurarse de terminarlos todos en tiempo y forma, y por eso era que sólo se presentaría a trabajar dos o tres días en la semana y se retiraría más temprano ─con permiso de la bibliotecaria, claro está.

Por supuesto, enfocarse en las tareas no significaba que no fuera a hacerse un tiempo para sí mismo y, ahora que Killer había vuelto, para su novio también. Por eso mismo, cuando dieron en punto de las 6 y él salió del edificio con su mochila colgada al hombro, Killer le esperaba. Estaba apoyado contra la puerta del piloto de su coche, bajo la sombra de uno de los tantos árboles del estacionamiento. Al verlo, Sabo tragó saliva. Estaba nervioso, no podía negarlo, y eso se debía sólo a una cosa: esa mañana Killer le había mandado un mensaje diciendo que quería presentarle a su padre. Por supuesto, Sabo no se negó.

Killer sonrió cuando vio al menor caminando hacia él, se separó del coche y sacó sus manos de los bolsillos de su pantalón. Cuando el chico estuvo a un par de pasos de distancia él terminó de acercarse.

—Hey —saludó, colocando una mano sobre la cadera de Sabo e inclinándose para plantarle un beso en la coronilla.

—Hola —contestó Sabo con una suave sonrisa.

—Te ves cansado —señaló el mayor con un leve dejo de preocupación.

Sabo se encogió de hombros—. Supongo que es normal, dadas las fechas.

—¿Seguro que estás bien? Puedo simplemente llevarte a tu casa para que descanses.

—Killer, si no tuviera tiempo o energía para conocer a tu padre te lo habría dicho desde el principio. Ahora deja de preocuparte demasiado y vámonos.

El chico sonrió y le plantó otro beso, esta vez en el centro de la frente—. De acuerdo, pero si quieres que te lleve a casa más temprano sólo dímelo, ¿sí?

Sabo suspiró—. Okay.

Conforme con eso, Killer se separó de su novio y abrió la puerta del copiloto para que pudiera subir al coche. Sabo negó con la cabeza, divertido, pero no hizo comentario al respecto y entró en el vehículo.

Una vez estuvieron fuera del estacionamiento y se dirigieron a la casa del mayor, Sabo comenzó a sentirse cada vez más nervioso. Decidió que debía buscarse un tema de conversación para no pensar en el hecho de que iba a conocer a su suegro ─y más importante aún, en lo que pasaría si el hombre no le aprobaba como el novio de su hijo─, así que giró el rostro hacia su acompañante.

—Por cierto, ¿cómo hiciste para regresar de Skypea antes de que acabara el semestre? ¿El calendario académico no es el mismo?

Sin despegar la mirada del camino, Killer esbozó una leve sonrisa que Sabo no pudo catalogar con exactitud; parecía estar entre la tristeza y el cariño agradecido.

—Es el mismo calendario, sí. El asunto es que hablé con todos los profesores desde que inició el semestre, porque sabía que no sería un estudiante regular y no quería verme demasiado afectado. Tuve que contarles la situación de mi padre, comentarles que era probable que faltara a algunas clases, tal vez durante períodos de tiempo medianamente largos, pero me comprometí a entregar trabajos y exámenes de una forma u otra. Me lo permitieron, y aunque no fue fácil me las arreglé para sacarlo adelante. No quería perder el semestre y que mi padre se sintiera culpable de ello. Cuando el doctor Genji dijo que ya no se podía hacer nada para atrasar lo inevitable y mi padre decidió que quería volver a casa, les pedí a los profesores que como último favor me permitieran presentar los exámenes antes de tiempo. Tuve que estudiar los últimos temas por mi cuenta, aunque un amigo me ayudó y los profesores estuvieron dispuestos a aclararme dudas, y una vez que me dijeron que había aprobado el semestre y que estaba libre pudimos regresar a Sabaody.

—Fueron muy comprensivos —dijo Sabo después de un breve momento de silencio.

Killer asintió—. No tendré un promedio perfecto, pero tampoco será bajo, y volveré el siguiente semestre a Impel Down.

Aunque Sabo estaba feliz de saber que su novio volvería a la universidad, el detalle de por qué lo haría seguía opacando el sentimiento. Daría lo que fuera para que Killer no tuviera que pasar por todo ese sufrimiento. Una razón más para preocuparse por agradarle al padre del chico.

Para cuando hubieron llegado a su destino y el mayor estacionó el vehículo en la cochera, Sabo estaba más tieso que una estatua. Muchas versiones de cómo todo podía acabar mal volaban en su cabeza, cada una peor que la otra. Trató de tomar una profunda respiración para tranquilizarse, aunque sus vías respiratorias parecían estar por completo bloqueadas. Entonces sintió a Killer sujetando su mano y entrelazando sus dedos. Se giró hacia el chico y lo encontró sonriéndole con dulzura.

—No tienes que preocuparte, él te amará —aseguró el mayor—. Aunque claro, no tanto como yo —añadió, besando sus nudillos con suavidad.

El menor sintió un intenso calor instalándose en su rostro. Cuando Killer sonrió triunfalmente, Sabo supo que ésa había sido su intención desde el principio. Frunció el ceño—. No es justo, eres un tramposo.

Killer alargó su sonrisa y con su mano libre le acomodó un par de rubios mechones detrás de la oreja, inclinándose más cerca—. Me declaro culpable de amar tus sonrojos —dijo, plantando un ligero y dulce beso en su mejilla.

Eso era todavía más injusto, ¿cómo se suponía que Sabo se molestara con él, cuando era tan jodidamente dulce? Malditos fueran Killer y sus encantos de casanova ─aunque internamente, Sabo los amaba también.

—Entonces, ¿vamos? —preguntó Killer después de un segundo.

Sabo había olvidado por completo que seguían en el coche, a punto de entrar en la casa del mayor para su gran presentación con su suegro. Incluso todos los nervios y la tensión de su cuerpo se habían ido. Fue cuando se dio cuenta de que, en realidad, esa había sido la intención de Killer, más que el hacerlo avergonzar. Tomó una profunda respiración y, antes de que pudiera acobardarse de nuevo, soltó el aire.

—Vamos.

o~o~o~o~o~o~o~o~o~o~o~o~o~o

«8:30 p.m.»

Parado junto al alfeizar de la ventana, con nada más que la luz de la pequeña lámpara de noche iluminando la oscuridad de su cuarto, Ace observó el cielo nocturno. Esa noche no se veían las estrellas, las nubes se amontonaban unas sobre otras, amenazando con soltar la lluvia en cualquier momento. Por un segundo el chico no pudo evitar pensar que era justo así como se sentía por dentro en ése instante.

Era un poco confuso. Sus problemas con Marco parecían estar arreglándose a buen paso (a juzgar por su visita de la mañana), pero ese tema no era el único que perturbaba su calma. Desde que despertó del coma tenía muchas cosas rondándole en la cabeza, y ahora que su relación-no relación con el rubio comenzaba a encaminarse, esos otros asuntos pendientes deambulaban en su mente uno detrás del otro, como si disfrutaran paseándose frente a sus ojos después de que los había dejado enterrados en lo más profundo de su subconsciente durante años. No estaba seguro de cuál era la razón por la que ahora salían a flote de nuevo, pero en verdad desearía que volvieran a su pequeño cofre en la oscuridad y le dejaran dormir tranquilo.

—Oye Ace —dijo Luffy apareciendo de repente en la puerta, llamando la atención del pecoso—. Wow, ¿por qué está tan oscuro aquí?

—Oh, ¿eso? Yo sólo… me dolía la cabeza y la luz me molestaba —mintió Ace. Aunque bueno, no era en realidad una mentira. La luz había comenzado a molestarle en cierto momento desde que entró a su habitación y los pensamientos le asaltaron, pero nada tenía que ver con ese dolor de cabeza inexistente. Simplemente parecía que la casi completa oscuridad era una mejor opción.

—Hm, bien. Por cierto, ¿sabes dónde está Sabo? Aún no regresa.

—Dijo que iría a casa de Killer. Supongo que sigue allá.

—Joo. ¿Quién se supone que hará la cena? —se quejó el menor, haciendo un puchero.

Ace no pudo evitar una leve sonrisa—. Dragon no ha regresado tampoco, ¿eh? —Luffy negó con la cabeza—. Bueno, yo no puedo cocinar. Y no quiero que quemes la casa intentando hacerlo por ti mismo…

—¡Hey! —se quejó Luffy.

—Ya, ya. ¿Te parece si pedimos pizza?

Los ojos oscuros del menor parecieron iluminarse de un momento a otro como un par de estrellas, de esas que no podía ver en el cielo—. ¿De carnes frías? —preguntó con ilusión.

Ace soltó una suave risa—. Sí, Luffy, puede ser de carnes frías.

—¡Yey! —exclamó el menor, feliz, saltando sobre su hermano mayor para darle uno de sus conocidos abrazos de oso.

—¡Espera Lu…! —muy tarde, Luffy ya se había lanzado contra él, rodeándole con piernas y brazos en cuanto fue posible, colisionando contra su cuerpo. Ace soltó un casi inaudible quejido, perdió el equilibrio y cayó al suelo con su hermano sobre él, lo que ocasionó que un dolor punzante se esparciera por toda su columna vertebral—. Mier… —contuvo el aliento, esperando que de esa forma el dolor se fuera. No funcionó, por supuesto, pero cuando comenzó a disminuir un poco le propinó un golpe en la cabeza al causante de su sufrimiento—. ¡Joder Luffy, que estoy convaleciente!

—Perdón Ace —contestó el menor, sonriéndole ampliamente. No había nada en su expresión contenta que indicara que en verdad lo lamentaba.

Ace suspiró. Así era su hermano, después de todo, ya se había acostumbrado a ello—. La próxima vez te patearé el trasero, idiota —dijo, revolviendo el cabello azabache del menor. Luffy sólo soltó una risa.

La risa de su hermano menor siempre había parecido demasiado risueña. Salía con extrema facilidad, y siempre daba la impresión de inundar cualquier habitación en la que el chico se encontrara. Había sido así desde que era pequeño, la risa de Luffy era uno de esos sonidos que sabía que escucharía más de una vez en el día, mientras salieran a la ciudad metiéndose en problemas o simplemente se quedaran en casa buscando una forma de entretenerse. No importaba mucho qué estuvieran haciendo, el pequeño siempre era feliz mientras estuviera con sus hermanos o Zoro, y su risa era su más clara muestra de ello. Todos estaban acostumbrados a escucharla, era como una parte importante e inconsciente de su vida cotidiana.

Tal vez por eso mismo fue que la extrañaron tanto cuando Luffy dejó de sonreír. Cuando su felicidad se esfumó en el aire de un sucio y abandonado almacén a las afueras de la ciudad.

En aquel tiempo, los paseos por el parque o las calles de la ciudad fueron reemplazados por visitas al hospital. Las interminables horas de risas y aventuras se convirtieron en pesados silencios sin expresión de felicidad alguna. Luffy dejó de ir a la escuela para comenzar a tomar clases con un tutor particular, siempre acompañado de sus hermanos, y las tranquilas noches se vieron plagadas de llanto y gritos de dolorosa desesperación.

Ace recordaba todo eso perfectamente.

También recordaba que todo había sido su culpa.

—¿Ace? —preguntó Luffy, mirándolo con preocupación. Ace se preguntó cuánto había estado perdido en su mente, como para ameritar que su hermanito tuviera esa expresión tan inusual—. ¿Está todo bien?

El chico le sonrió grandemente—. Por supuesto. Venga, hay que pedir la pizza —dijo, indicándole que se quitara de encima para poder levantarse.

Luffy lo observó por otro par de segundos antes de hacerle caso. Ace se levantó del suelo con un poco de dificultad (y ayuda del menor) y una vez que estuvo de pie le revolvió el cabello a su hermano una vez más antes de salir de la habitación.

No estaba seguro de por qué había vuelto a pensar en esas cosas ahora, pero no importaba mucho. Simplemente las enterraría de nuevo en lo más profundo de su mente, ahí donde sólo había oscuridad y no alcanzaban el rincón iluminado en el que se alojaban sus pensamientos diarios. Podía asegurarse de que no regresaran a la superficie por una segunda vez.

O al menos, podía intentarlo.

o~o~o~o~o~o~o~o~o~o~o~o~o~o

«Jueves, Junio 12»

«Instituto Impel Down ─ Clase 4-B»

Cuando el último profesor del día dio por terminada la clase, concluyendo el semestre de su materia, y se retiró, Shachi dirigió su mirada hacia el extremo opuesto del salón de clases. Observó con tristeza (y un poco de preocupación) a Penguin, mientras el chico guardaba todas sus cosas y se levantaba de su asiento, dirigiéndose a la salida del aula sin siquiera voltear a mirarlo.

Después de lo ocurrido el domingo en la noche, Shachi estaba dispuesto a seguir adelante como si nada hubiera cambiado entre su amigo y él. Pero Penguin había entrado al salón el lunes por la mañana sin reparar en su presencia, sentándose en el extremo opuesto a donde había hecho durante todo el semestre y aislándose del mundo exterior con los audífonos puestos hasta que llegara el primer profesor del día. Había hecho lo mismo todas las mañanas desde entonces, evitando cualquier situación en la que podría verse obligado a hablar o siquiera cruzar miradas con Shachi, saliendo casi corriendo al final de las clases y nunca mirando hacia atrás.

Al principio, Shachi pensó que era un comportamiento en cierta forma normal, y que podría darle un par de días para que superara la tensión y todo volviera a la normalidad. Pero nada estaba mejorando, y él ya se había cansado de que su amigo actuara como si no recordara que existía.

Terminó de guardar sus cosas con rapidez y se colgó la mochila al hombro al momento de correr fuera del aula, esperando que el chico no hubiera ido demasiado lejos. Tuvo suerte de encontrarlo después de haber atravesado un par de pasillos.

—¡Penguin, espera!

Le pareció notar que el chico del gorro daba un sobresalto, tensándose ante el llamado, antes de seguir caminando como si quisiera pretender que no lo había escuchado. Frunció el ceño y aumentó la velocidad, no queriendo perder más tiempo en esta tontería.

—¡Penguin! —cuando estuvo lo suficientemente cerca, alargó una mano para sostener la muñeca del otro y evitar que escapara. El chico por fin se detuvo, pero no se giró hacia él—. Te dije que esperaras.

—¿Qué quieres? —gruñó el otro en respuesta.

Shachi le rodeó, aún sin soltarlo, hasta colocarse frente a él—. ¿Por qué rayos has estado evitándome estos últimos días?

Penguin bufó—. ¿Cómo que por qué? Lo sabes perfectamente —dijo, halando su muñeca para liberarse de su agarre—. No es posible que las cosas vuelvan a ser como antes, ya no.

—¿Por qué no? —Penguin negó con la cabeza, sin contestar a su comentario, y pasó por su lado para continuar con su camino. Shachi apretó los puños, frustrado—. ¡Yo no te pedí que te alejaras, maldición!

El chico se detuvo al escuchar eso. Un segundo después, una ligera y amarga risa salió de sus labios. Se dio la vuelta para encararlo otra vez, con la boca curveada hacia arriba en un gesto más bien triste.

—Te equivocas, Shachi. Por primera vez en mucho tiempo, no hago esto por ti, lo hago por mí.

Shachi lo observó con confusión pero, más que nada, con un sentimiento de tristeza comenzando a inundar su interior—. ¿Yo soy el problema, entonces?

—No se trata de eso, es sólo que… —el chico soltó el aire en un gesto de derrota. Desvió la mirada hacia algún punto en la pared junto a él.

—¿Es sólo que qué? —presionó el castaño.

—Me cansé.

Había algo en la forma en que Penguin dijo aquello, tan directo y agrio, que hizo a Shachi casi retroceder un paso, con una intranquila sensación de algo hundiéndose en su pecho.

—¿Te cansaste? —susurró.

El otro asintió.

—Me cansé de este amor no correspondido, y sobre todo de sufrir por ti. Quiero ser feliz. Quiero seguir adelante y, no sé, quizá enamorarme de alguien más… pero no puedo hacerlo si me quedo a tu lado. Lo sé; lo he intentado antes, no funciona… así que este es el momento donde nuestros caminos se separan —declaró, mirando hacia el suelo y sujetando la correa de su mochila con más fuerza de la necesaria. Soltó un suspiro y, haciendo amago de seguir con el camino que había interrumpido antes, sin volver a mirarle, dijo—: Por favor, respeta mi decisión y no insistas más.

Entonces Penguin se fue, y Shachi se quedó parado a la mitad del solitario pasillo, observando cómo su mejor amigo se alejaba de él a cada paso que daba, con un extraño, punzante dolor en el interior del pecho que no recordaba haber sentido nunca en la vida. Un dolor lacerante, casi insoportable, que nada tenía que ver con su estado de salud físico.

o~o~o~o~o~o~o~o~o~o~o~o~o~o

«Facultad de Psicología»

Cuando el timbre que anunciaba el final de las clases sonó, hubo distintas reacciones en lo que hasta el momento había sido la silenciosa aula de segundo semestre; muchas de ellas fueron exclamaciones de frustración y lamentaciones, incluso algunas maldiciones murmuradas por lo bajo (o gritadas, para aquellos a quienes no les importaba guardar la compostura).

Sabo suspiró, dejándose caer contra el respaldo de su asiento como si el alma acabara de regresarle al cuerpo. Había logrado terminar el examen antes de que se acabara el tiempo ─apenas, por lo que parecían ser un par de sagrados segundos, y en serio le dolía la mano por haberse visto en la necesidad de escribir a toda velocidad, pero había terminado el puto examen y eso era lo único que le importaba.

Cuando el profesor pasó por los asientos para recoger las pruebas, entregó sus hojas e intentó regresarle la pequeña sonrisa al hombre ─quizá había salido en realidad como una mueca, Sabo ni siquiera estaba seguro de haber sentido que los ángulos exteriores de sus labios se elevaran, pero el examen había drenado todas sus energías y él no iba a preocuparse ahora por si podía sonreír o no─, para posteriormente comenzar a guardar las pocas cosas que había utilizado y tomar su mochila. Esperó a que Perona entregara también sus hojas antes de acercarse a su asiento.

—Hora de irnos, al fin —dijo, dejando salir el aire.

Perona se cruzó la mochila pasándola por sobre su cabeza y se levantó, masajeando los dedos de su mano derecha—. Malditas preguntas abiertas —masculló, caminando hacia la salida. Sabo rió, yendo tras ella y colocándose a su lado.

—Si no saco una buena calificación después de esto, definitivamente me arrojaré frente a un camión.

—Perona, no puedes en verdad pensar que no saldrás bien, ¡estudiamos mucho!

—Y es por eso que me arrojaría frente a un camión, Sabo: sería una estupidez no aprobar después de tanto esfuerzo. Así como, en verdad estúpido.

El chico rió, dándole la razón a su amiga.

Cuando estaban a una vuelta en el pasillo de llegar a la salida, Perona se detuvo.

—¡Mierda! —exclamó, metiendo las manos en todos los bolsillos de su pantalón, como si quisiera encontrar algo en ellos aunque ya sabía que estaban vacíos—. Olvidé el teléfono en el salón, carajo.

—¿Quieres que te acompañe a buscarlo? —ofreció Sabo.

La chica negó con la cabeza—. No tiene caso, iré rápido. Adelántate, te veo en el coche —indicó antes de darse la vuelta y volver sobre sus pasos.

Sabo rodó los ojos, divertido, y retomó su andar hacia el estacionamiento. Una vez cruzó la salida del edificio, se sorprendió al notar al par de chicos que esperaban recargados contra la pared a un costado de la puerta. Por supuesto, reparó primero en la presencia del chico que poseía esa inusual, increíblemente larga cabellera rubia.

—¡Killer!

El aludido sonrió al verlo y se apartó de la pared, acercándose lo suficiente para tomarlo de las manos y halarlo hacia donde él había estado esperándolo—. Hola, cariño —dijo, inclinándose para besarle la mejilla.

El menor no pudo evitar sonrojarse. Hacía sólo un par de días que Killer había comenzado a utilizar ese apodo con él (apenas lo había hecho unas cuantas veces, de hecho) y no terminaba de acostumbrarse. Pero no le había dicho a su novio que no lo utilizara, porque no era como si en realidad le molestara; además, la sonrisa que el mayor esbozaba cada vez que le llamaba así era tan encantadora, suave y alegre, que él no tenía corazón para pedirle que se detuviera. Y, tal vez, en el fondo le hacía feliz, sólo un poco, porque era algo que no tenían antes de que Killer se fuera pero sí ahora que estaba de regreso, y esos pequeños detalles, esos pasos evolutivos en su relación le hacían irracionalmente feliz.

—¿Cómo estuvo tu examen?

Sabo suspiró—. Agotador… pero, ahora que ha terminado, no pienso preocuparme más por ello; no es como que pueda cambiar las respuestas ahora, después de todo.

Killer sonrió y se colocó a su espalda, rodeándole la cintura con los brazos—. Estoy seguro de que lo hiciste excelente, de todas formas.

El menor rió por lo bajo, posando sus manos sobre los brazos de su novio. Se giró hacia el pelirrojo que seguía apoyado contra la pared—. Hola, Kid —dijo, recordando que no había saludado al chico aún.

Eustass contestó con un asentimiento de cabeza—. ¿Dónde está Perona?

—Olvidó su celular en el aula así que volvió por él, pero viene enseguida.

—Um, bien —dijo el chico, aceptando la explicación.

—¿Por qué están aquí, por cierto? —preguntó Sabo dirigiéndose al rubio que le abrazaba.

—Dije que pasaría por ti después de clases para ir a comer a casa, ¿recuerdas?

—Oh… lo lamento, supongo que lo olvidé con el estrés del momento.

Killer negó con la cabeza—. No importa. ¿Aún quieres ir? Puedo llevarte a tu casa, si lo prefieres.

—No, iré. Me hará bien relajarme un rato —dijo, sonriéndole al mayor. Se acercó lo suficiente para plantarle un beso a un costado de la barbilla antes de dirigirse de nuevo hacia Eustass—. ¿Y qué hay de ti?

Antes de que el pelirrojo pudiera contestar, Killer esbozó una sonrisa burlona y tomó la palabra—. Bueno, Kid estaba conmigo cuando iba a venir hacia acá, así que le dije que podía aprovechar para traerlo si es que quería ver a Perona. Por supuesto, él aceptó enseguida.

—¡Cállate, Killer! —gruñó Kid, logrando con ello que su amigo se soltara a reír.

Sabo le dedicó una sonrisa comprensiva y un tanto avergonzada—. Estoy seguro de que estará encantada de verte.

Kid no contestó, se limitó a cruzar los brazos sobre su pecho como si estuviera haciendo alguna rabieta o huelga del silencio.

—A este paso, Kid, Perona se graduará y tú aún no le pedirás que sea tu novia.

—Si no cierras la puta boca, idiota, juro que te la voy a reventar.

—Killer, deja de molestarlo.

—Pero, ¡Sabo!, son tan pocas las oportunidades para hacerlo, que tengo que aprovechar.

Sabo rodó los ojos—. Son como un par de niños.

Kid alcanzó a escuchar cómo su amigo y el novio de éste se enfrascaban en una pequeña plática-discusión, y no pudo sino suspirar con cansancio.

No era que él no quisiera pedirle a Perona que fuera su novia (él sabía perfectamente lo que quería con la chica), era sólo que no era muy bueno con esas cosas del romanticismo. Es decir, sí, había tenido muchas parejas, pero en realidad a ninguna la conoció demasiado bien ni duraron más allá de una semana. Perona era la excepción a la regla ─aunque Eustass jamás lo admitiría en voz alta. Él no quería que la chica se fuera al transcurrir una semana de relación, pero no estaba muy seguro de qué era lo que hacían los novios reales.

Observó de soslayo a la parejita junto a él. Ya no estaba discutiendo, en lugar de eso, Sabo soltaba ligeras risas mientras Killer besaba el costado de su rostro y su quijada, como si estuviera haciéndole cosquillas. Kid no estaba seguro de si ellos lo hacían parecer complicado o condenadamente sencillo.

O quizá sólo se tratara de dejarlo fluir.

o~o

A unos metros de distancia, Beth observaba, enfurruñada, la escena que se llevaba a cabo junto a la entrada del edificio de Psicología. Ella simplemente no podía creer que Killer había regresado de Skypea y estaba tan acaramelado con su maldito, estúpido novio. Él nunca se comportó así con ella en el tiempo que estuvieron saliendo. No lo había visto con ninguna de sus otras parejas siendo tan cariñoso, tampoco. Pero Sabo… ¡a Sabo incluso podía abrazarlo en público y hacerlo reír!

Apretó la mandíbula con toda la fuerza de la que era capaz. Había disfrutado tanto atormentando al rubio con la idea de que Killer podía haberlo olvidado estando a kilómetros de distancia, le encantaba cuando su mirada se volvía insegura y se mordía en interior de la mejilla o apretaba los puños, como si tratara de convencerse de que no le creía. Pero ahora, ¿cómo se suponía que podría molestarlo si esos dos parecían tan jodidamente inseparables? ¿Cómo lograría dañar el corazón de ese estúpido chico si ellos estaban siempre…?

Entonces Beth reparó en la presencia de Kid, lo que le hizo recordar una conversación que había escuchado en el salón de clases en algún momento, según la cual el pelirrojo estaba algo así como saliendo con Perona. Y Sabo era tan sensible y malditamente cercano a la chica de cabello rosa, que cualquier cosa que le hiciera daño a ella también quebraría el espíritu del rubio.

Una sonrisa de anticipación se abrió paso en sus labios.

o~o

Cuando Perona por fin salió del edificio, con su celular resguardado en el bolsillo exterior de su mochila, se sorprendió al encontrar tan peculiar escena. 1): Killer (quien ella no tenía idea de que iría ese día a la Facultad) abrazaba por la cintura a lo que parecía ser un muy molesto Sabo, a juzgar por su ceño fruncido; y 2): Beth estaba, literalmente, encima de Kid, colgada de su brazo como si fueran los amigos más cercanos del mundo, casi que estaba restregándolo entre sus pechos mientras le decía al chico que deberían salir a pasear en esa motocicleta nueva que había escuchado que tenía.

Perona apretó los puños, sintiendo cómo su interior hervía de pura furia. ¡Esa puta, víbora arrastrada! ¡Estaba harta! La molería a golpes y arrastraría su escuálido cuerpo por todo el estacionamiento, y después…

Sus pensamientos asesinos se vieron interrumpidos cuando, de repente, Kid dio un tirón brusco del brazo que Beth le había robado, mirando a la chica con una expresión de puro y sencillo desprecio.

—¿No tienes algo mejor qué hacer, como ir a abrirle las piernas a algún imbécil? Déjame en paz.

Beth enrojeció notablemente, aunque no sabría decir si era por la furia o la humillación, y Sabo y Killer se cubrieron las bocas como si así pretendieran ahogar sus carcajadas, aunque no les estaba sirviendo de mucho. Perona sonrió, con cierto dejo de orgullo en el gesto, y caminó hacia el pelirrojo ─quien se sorprendió al verla entrar en escena, lo cual era aún mejor, porque significaba que no había dicho aquello sólo porque ella apareció─ hasta colocarse frente a él, pero mirando en dirección de la castaña. Cruzó los brazos bajo su pecho y le dedicó una sonrisa de suficiencia. El mensaje era bastante claro: «Éste hombre es mío».

—Piérdete, perra.

Algunos estudiantes que se encontraban cerca comenzaron a reír, pues habían observado parte de la escena y hecho sus propias suposiciones. Beth cerró sus manos en puños, frunciendo el ceño y apretando la quijada. En respuesta, Perona amplió su sonrisa. En verdad estaba disfrutando esto. Entonces la castaña pateó el suelo, al parecer frustrada, antes de darse la vuelta y alejarse.

—Dios —masculló Sabo, girando el rostro hacia su novio—. ¿Cómo pudiste salir con ella, Killer?

El chico negó con la cabeza—. Salí con muchas personas que en realidad no me agradaban. Tampoco era que me importara mucho, para ser sinceros: era sólo sexo. —Killer suspiró, para enseguida esbozar una suave sonrisa, apretando el abrazo en su cintura, y hundir el rostro en el cabello del menor—. Es por eso que me alegro tanto de haberte encontrado, Sabo.

El aludido sintió un ligero sonrojo apoderarse de sus mejillas—. Tonto —dijo, intentando apegarse más al pecho del mayor, aunque eso fuera imposible.

Killer sonrió, besando su nuca.

Ignorando a la pareja, Perona se giró hacia el pelirrojo—. ¿Nos vamos?

Kid simplemente asintió.

Los cuatro se adentraron en el estacionamiento, pues al parecer Killer había dejado su coche junto al de Perona. La chica iba en silencio, más que nada pensando en lo que acababa de pasar. Ella sabía que Beth era una arpía a la que no le importaba respetar ningún tipo de relación, aun así, para dejarle en claro que estaba entrando en territorio prohibido, Perona había declarado (implícitamente) que Kid era suyo. Ahora ella no podía dejar de preguntarse, ¿en verdad era así?

Detuvo su andar, tomando una decisión—. Kid.

El chico se detuvo a su lado—. ¿Qué ocurre?

Entonces, sin previo aviso, Perona hundió su codo en el abdomen del chico con una fuerza considerable. Kid gruñó, inclinándose al frente y sosteniendo su vientre como si tuviera la necesidad de protegerlo de otro golpe.

—¿Qué demo…? —su pregunta quedó incompleta cuando su boca se vio asaltada por la boca de Perona.

Los dos segundos de sorpresa inicial se fueron volando y Kid no dudó en colocar sus manos sobre las caderas de la chica, comenzando a participar en el beso. Joder, había pasado tanto desde la última vez que besó a alguien ─el último al que besara había sido Trafalgar, y él ya tenía cosa de siete meses de relación con Luffy─ y no sabía si era por eso, o porque Perona era malditamente buena besando, pero juraría que sintió escalofríos recorriendo su espalda. Y sintió cierta sensación de hormigueo un poco más abajo, cuando la chica le rodeó el cuello con los brazos, ocasionando que sus pechos se presionaran levemente contra el plano torso de Kid. Bien, este era el momento de pensar en una distracción. "¡Tranquilízate, maldición, ni que fueras virgen!" se regañó a sí mismo. Afortunadamente para él, Perona eligió ese momento para terminar con el beso. Kid no permitió que se alejara mucho, de todas formas, aun manteniendo las manos en sus caderas.

—¿Eso por qué fue?

Perona se encogió de hombros—. Sólo quise hacerlo.

—¿Y para eso tenías que golpearme? —reclamó el chico, alzando su inexistente ceja.

—Hey, no es mi culpa que tú seas tan alto.

Kid rodó los ojos—. Pues la próxima vez sólo dime que quieres besarme y me agacharé, ¡no necesitas dejarme sin estómago!

—La próxima vez… ¿puede ser ahora? —preguntó la chica, sonriendo de lado.

El pelirrojo también sonrió, pasando de sujetar sus caderas a rodearle la cintura—. ¿Por qué no? Ya estamos aquí —dijo, inclinándose para volver a tomar sus labios.

Desde su posición, unos pasos atrás, Sabo sonrió ampliamente ─por un momento se había asustado al ver a su amiga golpear a Kid, pero ahora pensaba que tenía cierto sentido, siendo Perona.

—¡Al fin! —exclamó—. Tenían todo el maldito semestre sin llegar a este punto.

Killer, ahora parado a su lado, soltó una carcajada.

o~o

o~o

o~o

—¡Ya llegamos, padre! —anunció Killer al momento de cruzar la puerta de su casa, con Sabo siguiendo sus pasos.

David, sentado en el sofá de la estancia, bajó el libro que había estado leyendo y les dedicó a ambos una pequeña (demasiado cansada) sonrisa—. Bienvenidos. Es un placer verte de nuevo, Sabo.

—Lo mismo digo, señor —contestó el chico con una sonrisa, sentándose en el sofá adyacente mientras Killer se dirigía a la cocina para calentar la comida que había dejado ya preparada.

—Por favor, Sabo, te he dicho que me llames David.

El chico esbozó una sonrisita avergonzada—. Lo sé, es sólo que se me dificulta un poco.

—Inténtalo —insistió el mayor.

—Pero…

—Sabo —intervino Killer desde su lugar, pues no había una pared o cualquier otro tipo de división entre la cocina-comedor y la estancia, por lo que seguía siendo perfectamente partícipe de la conversación—, él insistirá con el tema hasta que hagas lo que dice, podrías sólo ahorrarle el esfuerzo —comentó con una sonrisa risueña, como si estuviera intentando no reírse de la situación. David asintió en acuerdo.

Sabo suspiró, pensando en que no había manera de que les ganara a padre e hijo juntos—. Está bien. Entonces permítame llamarle por su nombre… David.

El hombre sonrió—. Así está mejor. ¿Ves? No fue tan difícil.

—Supongo que no —contestó el menor, regresándole la sonrisa.

La verdad era que Sabo se sentía un poco avergonzado por haber estado tan nervioso de conocer al padre de Killer, el hombre era muy amable y en cierta forma carismático, y le había recibido en su casa prácticamente con los brazos abiertos desde el momento en que cruzó la puerta. Suponía que el hecho de ser presentado como el novio de su hijo en realidad le daba cierto prestigio, en lugar de garantizarle el desprecio del hombre por "robarle su tesoro" (que era lo más probable que pasara una vez que Dragon terminara conociendo a Killer, justo como estaba ya haciendo con Law).

Por supuesto, él no tenía ninguna intención de contarle a Killer sobre ese momento en el que se había retirado al baño y David aprovechó para sacar a relucir su lado de padre sobreprotector muy al estilo de «Te patearé el culo hasta que quedes inválido si le haces daño a mi hijo, no importa si tengo que volver del más allá para hacerlo». De todas formas, Sabo sabía que eso era más para asegurarse de que estaba dejando a su hijo en buenas manos, que porque no confiara en él o no le aceptara como la pareja de Killer (el hombre lo amaba demasiado como para negarle o rechazar cualquier cosa que le hiciera feliz).

—¿Y? ¿Hay alguna novedad? —preguntó David a ninguno de los dos en particular.

—Hmmm… ¡Ah! Kid tiene una nueva novia —contestó Killer, volviendo a formar esa sonrisa mitad burlona mitad alegre.

—¿Y por qué eso es novedad? —preguntó David, alzando una ceja. Sabo rió por lo bajo.

—Porque —contestó el otro, comenzando a servir la comida. Sabo se levantó para ayudarle a llevar todo a la mesa, a lo que el mayor le sonrió en agradecimiento—, hace bastante tiempo que no tenía una, y la chica en cuestión es la mejor amiga de Sabo. Además, no parece que él esté sólo pasando el tiempo como hacía con sus anteriores parejas.

—¿En serio? —David se veía en verdad sorprendido mientras se acercaba a la mesa para tomar asiento.

Sabo asintió, dejando un par de platos sobre los manteles y volviendo a la cocina por los vasos que Killer acababa de servir—. No sé exactamente cuál es el grado de los sentimientos que tienen el uno por el otro, pero al menos se llevan bien y parecen congeniar. Y se ven bien juntos, hacen una linda pareja. Rara, pero linda —dijo, volviendo a dejar su carga en la mesa.

Killer, que iba tras él, dejó también lo que llevaba en manos sobre la plana superficie, para proceder a abrazar la cintura de su novio desde la espalda—. Yo creo que nosotros hacemos una pareja aún mejor — declaró, besándolo en el punto donde su cuello y su hombro se unían.

El menor enrojeció al instante—. ¡Killer, no frente a tu padre! —reclamó en un murmullo atropellado, aunque no fue lo suficientemente bajo como para que David no lo escuchara.

—No te preocupes por mí, Sabo. No me molesta que se pongan cariñosos en mi presencia —aclaró, sonriéndoles de una forma medio burlona antes de tomar un trago del vaso que tenía frente a él.

—¿Ves? No hay ningún problema, cariño. —Killer besó su mejilla para contentarlo, a lo que Sabo sólo contestó negando con la cabeza—. Ven, que se enfría la comida.

La hora de sentarse a la mesa era un tanto agridulce. Sin duda era entretenido, la conversación fluía de manera natural sin necesidad de forzarla, y de vez en cuando se escuchaban las risas como resultado de un chiste o una divertida anécdota. Pero la comida también era un tanto preocupante. David comía con demasiada lentitud, y nunca terminaba todo lo que había en su plato aunque su porción fuera menor a la de los jóvenes (si tenía suerte, podía comer casi la mitad). Aun así, encontraban la forma para no dejar que el momento se volviera deprimente.

Más tarde, después de comer y de que Sabo ayudara a Killer a lavar los platos (por la propia insistencia del menor) alguien llamó a la puerta principal. En ése momento Sabo y David se encontraban en la estancia de nuevo, mientras que Killer estaba en la cocina sirviendo un vaso de agua para que su padre se tomara un analgésico.

—Yo me encargo —dijo Sabo, levantándose de su asiento antes de que a David pudiera ocurrírsele ir él mismo. Rodeó el sofá y se dirigió a la puerta.

—¿Quién será? —preguntó Killer al aire. David se encogió de hombros, pues al menos él no estaba esperando a nadie.

Y Sabo en definitiva no estaba preparado para encontrar del otro lado de la puerta a un muchacho rubio seriamente atractivo, con el cabello largo y ondulado que le llegaba más allá de los hombros y un par de ojos azules que brillaban con intensidad. Parecía uno de esos chicos que con facilidad podrían hacer modelaje para alguna revista de ropa elegante.

Entonces el desconocido sonrió, dejando ver una perfecta y deslumbrante dentadura blanca que casi pudo haberle costado a Sabo la salud de sus retinas.

—Buenas tardes, ¿se encuentra Killer?

Sabo parpadeó, observándolo por otro par de segundos como si no estuviera seguro de haberle escuchado bien.

—¿Quién…?

—¿Cavendish? —preguntó Killer, desde algún lugar detrás de él.

El rubio misterioso amplió su sonrisa—. ¡Killer! —exclamó, pasando por su lado para entrar en la casa, de inmediato lanzándose sobre el mayor como si eso supusiera todo lo que necesitaba en la vida para ser feliz.

Sí, Sabo definitivamente no estaba preparado para esto.

Continuará…