[Capítulo 21 ─ Las cosas que no dijimos (Primera parte)]
«El amor no necesita ser perfecto, sólo necesita ser verdadero» ─ Marylin Monroe
Frente a sus ojos, Killer abrazó amistosamente al muchacho del largo cabello rubio (acababa de escuchar su nombre, estaba seguro de que Killer lo había dicho y debía haber quedado registrado en alguna parte de su cerebro que no se encontrara tan dormida, pero, de nuevo, estaba demasiado aturdido como para procesarlo justo ahora).
Fue un contacto bastante simple, no el tipo de abrazos estrechos y profundos que le das a una persona cuando la has extrañado a morir ─el tipo de abrazo que le dio a él el día que fue a buscarlo a su casa─, sino un rápido y simple abrazo de amigos. Darse cuenta de este detalle le hizo sentir como si una pequeña presión en su pecho se esfumara. Un segundo después, la culpabilidad se hizo presente.
Obviamente, al haber visto a un chico tan atractivo preguntando por Killer, más aún presenciar cómo dicho chico se lanzaba a abrazarlo con tanto entusiasmo, había provocado que cierta incomodidad se alojara en su pecho. O quizá fuera mejor decir que estaba celoso. A estas alturas, Sabo no debería ponerse celoso por cualquier persona que expresara algún tipo de afecto por su novio. Por dios, que el chico tenía una gran lista de conquistas anteriores a él. Estar celoso sólo por un muchacho que lo abrazara era una estupidez y una muestra más de su inseguridad, la cual Killer estaba esforzándose tanto para poder erradicar. Y, en serio, de los dos, quizá fuera él mismo el que tenía menos derecho de ponerse celoso, estados en este punto.
Era de lo peor.
—¿Sabo?
El chico parpadeó un par de veces cuando la voz de su novio se abrió paso en medio de todas sus divagaciones para regresarlo a la realidad―. Perdón, ¿qué?
El rubio mayor pareció apretar un poco los labios. Le susurró alguna cosa al recién llegado en el oído y el chico asintió, alejándose de él para ir a saludar a David. Entonces Killer se acercó a Sabo, le pasó una mano por el cabello con suavidad y le dedicó una preocupada mirada.
―¿Estás bien? ―le dijo en un tono ligeramente bajo, como si estuviera intentando mantener su conversación en un nivel más privado.
Sabo asintió, intentando formar una sonrisa―. Sólo estaba un poco distraído, disculpa. ¿Qué intentabas decirme?
Por su expresión, Killer no estaba convencido por completo de la excusa de su novio, pero decidió que podía dejarlo pasar esta vez. Tampoco quería presionarlo, a decir verdad.
―Ven, quiero presentarte a alguien.
Le dedicó una última caricia en la cabeza para después deslizar su mano por toda la extensión del brazo del otro. Cuando llegó a su mano, entrelazó sus dedos y le dio un pequeño tirón, conduciéndolo de esa forma hacia el sofá de la estancia donde su amigo se había sentado a charlar con su padre.
Cuando el chico ―del que Sabo aún no recordaba su nombre― los vio acercarse, se puso de pie con una leve (y aun así brillante) sonrisa.
―Sabo, él es Cavendish ―dijo Killer una vez se detuvieron frente al otro ―y el subconsciente de Sabo volvió a la vida para decirle que sí, definitivamente había escuchado algo con C antes, y sí, el nombre completo le sonaba familiar, así que ahí estaba la reconexión de los cables de su mente―. Es un amigo de la universidad, me ayudó mucho mientras estuvimos en Skypea.
―Es un placer conocerte al fin ―dijo Cavendish, extendiéndole la mano con amabilidad. Sabo la tomó, contento de que el embotamiento de su cabeza parecía haberse esfumado―. Killer me ha hablado mucho de ti. Aunque quizá sería más correcto decir que no le para la boca cuando se trata de presumirte.
Sabo pudo sentir, porque aún seguía sosteniéndole la mano, el momento en que su novio se tensó por completo.
―¡Cavendish! ―farfulló Killer entre dientes, logrando que el muchacho riera abiertamente.
―Bueno, no puedes molestarte con el chico cuando dice la verdad, hijo ―intervino David, alzando una ceja de una forma casi burlona.
―¿Tú también, padre? ―preguntó el aludido en un tono dolido, obviamente considerando que el hombre lo había traicionado. Se cubrió el rostro con su mano libre, como si así pudiera evitar que los demás lo vieran―. ¿Podrían los dos no delatarme?
Como si estuviera hipnotizado, Sabo observó casi con fascinación el leve tono rojizo que se apoderó de las mejillas del chico parado a su lado, que intentaba ocultar sin mucho éxito. No podía recordar algún otro momento en el que hubiera visto a su novio sonrojado (por lo regular era él quien terminaba con el rostro como tomate) y ahora comprendía todas esas ocasiones en las que el mayor le acariciaba con suavidad, diciendo lo lindo que era cuando se avergonzaba.
Sonriendo suavemente, dio un ligero tirón al agarre de sus manos para llamar la atención de su pareja. Killer se giró hacia él, descuidando su intento por cubrirse el rostro, y entonces Sabo se puso de puntitas lo suficiente como para lograr plantarle un beso en la mejilla.
―Eres adorable.
Casi pudo ver el rostro de su novio explotando en una nube de humo, al momento en que David y Cavendish se descomponían en sonoras carcajadas.
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Sanji debía admitir que tener tiempo libre no era tan malo como creyó que sería. Al menos no mientras tuviera la cabeza de Zoro descansando sobre su regazo.
Después de su increíblemente estúpida fiebre por fatiga del año anterior, Zeff había insistido en que tomara menos horas de trabajo en El Baratie mientras se encontrara en la temporada pesada del final de semestre. El chico le dijo mil y una veces que estaba exagerando y que no volvería a sobre pasarse, pero no hubo forma de que el hombre cambiara de opinión.
Él sabía que no habría problemas en el restaurante sólo por el hecho de que se ausentara unos días, puesto que ya no estaban tan faltos de personal como antes, pero en realidad no era eso lo que le preocupaba, sino más bien su propia estabilidad mental y emocional. Su vida se componía básicamente de ir a la escuela y trabajar; había sido aprendiz en el restaurante desde que tenía uso de razón y siempre pasaba ahí todo el tiempo que no ocupara en sus estudios. En resumen, no tenía idea de qué se suponía que hiciera con sus días si no le permitían entrar en la cocina.
Ahora, sentado en el largo sofá de la casa de Zoro, con el chico recostado a su lado y utilizando sus piernas como almohada, pensó en que podría acostumbrarse a tener menos trabajo de vez en cuando.
Desde que ambos tenían que concentrarse en estudiar para los exámenes y terminar sus proyectos no habían pasado mucho tiempo de calidad como pareja, pero ya con todo arreglado, terminado y entregado, decidieron que podían darse el lujo de tomarse la tarde libre y ver películas en casa de Zoro, antes de que les entregaran calificaciones al día siguiente. Aunque, con el mayor medio dormido sobre su regazo y él pasando con suavidad sus largos dedos entre el cabello verde, ninguno parecía estarle prestando atención a la televisión. Tampoco era que importara mucho, en todo caso.
Mientras observaba el tranquilo semblante de Zoro una leve sonrisa se formó en sus labios. Se sentía profundamente orgulloso de su novio; el chico había estado esforzándose mucho en las últimas semanas, no sólo para su competencia de Kendo (a la cual, por cierto, estaba más que feliz de haber asistido) sino también en la escuela y en su propia relación. Parecía determinado a no dejar que la presión lo sacara de control otra vez.
Y por supuesto, Sanji también tenía su propia lección aprendida: no volvería a encontrarse en secreto con una chica que le entregara una carta de amor. Si la ocasión volvía a presentarse alguna vez, por lo menos podía comentárselo a Zoro antes de permitir que se enterara por sí mismo. Y no besar a la implicada, claro está.
La sonrisa en sus labios cayó un poco. Después de la gran pelea que desembocó en su ruptura, Zoro no había vuelto a mencionar el tema de Claris-chan en ningún momento. Se preguntó si era ya algo olvidado, si había decidido que era otro de esos aspectos de su relación que debían dejar atrás o si simplemente no quería hablar de ello. Sanji no le había mentido en lo que dijo al respecto; sí había sentido una gran culpabilidad después de permitir que la chica lo besara, y muchas veces pensó en confesárselo a su novio, pero terminaba arrepintiéndose en el último momento. Tenía miedo. Miedo de que eso fuera lo último que Zoro necesitara para dejarlo, que esa confesión fuera la excusa perfecta para terminar su relación. Al final, había causado más daño guardando el secreto.
También podía recordar la mirada de Zoro cuando por fin lo enfrentó por el asunto. En ese momento el chico estaba bastante enojado, sí, pero en lo más profundo de sus ojos Sanji había notado el detalle más importante: estaba herido. Claro que aquel día no le dio mucha importancia, abrumado como estaba por sus propios sentimientos, pero ahora podía darse cuenta de ello, y de lo mucho que él podía lastimar a Zoro también.
El chico de cabello verde también lo sabía, él mismo le había escuchado decirlo. Fue justamente el día anterior; tenían planeado ir a casa de Nami a estudiar (ahora que su hermana podía vigilarlos en la ausencia de sus padres) para el último examen de geometría, pero poco antes de salir del instituto el rubio se dio cuenta de que había olvidado su libro y apuntes de la materia en casa. Prometió que iría rápido a buscarlos y los alcanzaría después, aun así, Zoro insistió en acompañarlo. No le vio mucho problema, así que ambos se separaron del grupo.
Pero Sanji había olvidado que su padre estaría en casa a esa hora. Decir que la atmósfera se volvió incómoda en cuanto Zeff reparó en la presencia del otro muchacho sería poco; por la forma en que su ceño estaba profundamente fruncido, casi parecía que podía sacar un cuchillo de su manga y arrojárselo al chico.
―Um, bajaré rápido ―le prometió a Zoro antes de dirigirse a las escaleras. Subió casi corriendo y entró a su cuarto con prisa, tomando lo que fue a buscar para meterlo a la mochila y sacar lo que ya no necesitaría. Salió de su cuarto menos de un minuto después. Esperaba que no fuera suficiente tiempo para que su padre se deshiciera de su novio.
El ruido de sus pasos al bajar las escaleras fue amortiguado por las voces de ambos hombres en la cocina. Pensando que Zeff podría estar amenazando al otro, se apresuró en los últimos peldaños, pero no se atrevió a interrumpirlos cuando escuchó de lo que hablaban.
―Creí que no volvería a verte por aquí.
Sanji hizo una mueca por el tono mordaz que su padre utilizaba.
―Yo pensé lo mismo, señor.
―Y aun así, aquí estás.
―Supongo que ambos nos equivocamos ―contestó Zoro con tranquilidad.
―No te hagas el listo conmigo, muchacho ―replicó Zeff, y Sanji lo imaginó frunciendo aún más el ceño (aunque eso pareciera imposible)―. No sé lo que pasó entre ustedes, pero me queda claro que tienes la culpa de la depresión que mi hijo sufrió recientemente.
Zoro suspiró―. Sí, eso es verdad. Me disculpé con él por ello, pero no quiere decir que lo haya olvidado. Estoy intentando enmendar mi error.
―¿Qué te hace pensar que no volverás a lastimarlo?
Frunció el ceño. Al parecer, su propio padre podía llegar a ser más sobreprotector de lo que imaginó.
―Amo a su hijo, señor ―bien, Sanji debía admitir que la seguridad en las palabras de su novio le aceleró el corazón―, lo último que quiero es herirlo o hacerlo sufrir. Pero tiene razón, no puedo asegurar que nunca volveré a lastimarlo; esas cosas pasan en una relación. Él también podría lastimarme a mí porque eso simplemente sucede cuando dos personas se aman. Lo que sí puedo asegurarle, es que siempre haré todo lo que esté en mis posibilidades para arreglar lo que sea que arruine por ser un idiota.
Sanji apretó los labios, conteniendo sus ganas de ir y abrazar a Zoro. Tendría que esperar a que estuvieran solos en algún momento, pero era seguro que se había ganado una buena sesión de besos.
Después de un tenso instante de silencio, Zeff soltó el aire con resignación―. Lo que sea que hayas hecho, ese mocoso está feliz otra vez. Sólo mantenlo así.
―Esa es mi intención.
Un leve resoplido de su acompañante lo regresó al presente. Retomó la acción de acariciarle el cabello, puesto que al distraerse en sus pensamientos se había detenido, y se dedicó a observar su tranquila expresión una vez más.
No le había dicho a Zoro que escuchó la conversación que tuvo con su padre, porque sinceramente no consideraba relevante que lo supiera, pero debía admitir que sí le hizo reflexionar sobre algunas cosas. Él sabía que se había equivocado antes y que tenía parte de la culpa por su ruptura, incluso se lo dijo al mayor cuando hablaron sobre eso aquella noche en que se coló por la ventana de su habitación, pero lo que pasó por alto todo ese tiempo y que era su más grande error, fue el hecho de que Zoro no era el único de los dos que podía lastimar al otro.
—¿Zoro? —llamó por lo bajo.
—¿Hmm? —masculló el aludido, girando la cabeza en su dirección y abriendo los ojos con pesadez—. ¿Qué sucede?
—Yo… —Sanji tragó saliva, tratando de encontrar las palabras correctas para hablar—. ¿Me perdonarás?
El mayor frunció el ceño en signo de confusión—. ¿A qué te refieres?
—Si es que llego a ser un idiota y te lastimo, ¿me perdonarás?
Un poco de comprensión se asomó por los ojos oscuros. Zoro se reincorporó para sentarse a un lado de su novio y, con lentitud y suavidad, pasó su mano por el sedoso cabello rubio—. Lo haré si realmente quieres ser perdonado, de la misma forma en que tú me perdonaste a mí.
Sanji sonrió levemente y se deslizó hasta colocar sus piernas sobre el regazo de su novio, acercándose lo suficiente para plantarle un beso en la mejilla—. Lo haría de nuevo —dijo entonces, mirando al mayor a los ojos—, si fuera necesario. Por ti, por nosotros.
—Espero que no sea el caso —contestó Roronoa, colocándole la mano en el cuello y con la otra sujetando su cintura antes de inclinarse a besarlo.
El menor se dejó llevar entre sus labios, disfrutando la suave sensación de cada movimiento, la forma en que los dedos de su novio se enterraban apenas perceptiblemente en su cadera, o el cómo se deslizaban a través de su cabello. No era un experto en la ciencia de los besos, pero sabía que los de Zoro eran, sin duda, los mejores.
Se separó del otro con lentitud, otorgándole un par de roces más antes de alejarse y mirarlo a los ojos, esta vez un poco cohibido—. Y, um… sobre Claris-chan…
Zoro lo miró por un segundo como si no supiera de qué hablaba, pero enseguida suspiró. Se hizo un poco hacia atrás, dejando que su espalda se apoyara en el respaldo del sofá, aun abrazándolo de la cintura. Se quedó por un momento sólo acariciando el cabello rubio, absorto en ese movimiento.
—Está en el pasado —dijo al fin, regresando de su actitud pensativa—. No tiene sentido discutir sobre ello ahora, en realidad. No después de todo lo que ocurrió. Aunque, eso no significa que esté de acuerdo con que vayas por ahí besando a cada chica que te lo pida.
Sanji esbozó una sonrisita avergonzada, acomodándose contra el cuerpo del mayor—. No volverá a pasar —aseguró, plantándole un beso en el cuello—. De todas formas, prefiero tus besos.
Zoro rodó los ojos, sólo un poco de buen humor, y sonrió—. Bien, de esos puedes tener los que te plazca —dijo, y le levantó el mentón para alcanzar sus labios una vez más.
Con una pequeña sonrisa que duró medio segundo dentro del beso, el rubio rodeó el cuello de su novio y lo atrajo más hacia sí. Así, entre leves risas, suspiros y algunas mordidas, se recostaron en el sofá con los brazos alrededor del otro y sus piernas hechas un lío enredado. Podrían quedarse ahí toda la tarde, besándose hasta que los labios se les durmieran y los pulmones les quemaran dentro del pecho, y aun así no sería suficiente. Pero eso no importaba demasiado, porque tenían mucho tiempo por delante para aprovechar.
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El estruendo ocasionado por el cristal chocando contra los azulejos y haciéndose añicos, esparciéndose así en pequeños trozos por el suelo, atravesó la tranquila y amistosa atmósfera que se había formado en la cocina, reemplazándola con una creciente y pesada tensión en el aire.
—¡Sabo! —Killer se acercó a su novio en dos rápidos pasos. El chico se sostenía la cabeza con una mano, mientras utilizaba la otra para apoyarse en la barra de la cocina, lo que probablemente evitaba que cayera al suelo junto con el vaso que había soltado. Le colocó las manos en la cintura, como una forma de sostenerlo si lo requería—. Cariño, ¿estás bien?
—Mmhh —se quejó el aludido, tallando con suavidad su frente. Intentó parpadear un par de veces antes de poder enfocar de nuevo su visión, esperando que las manchas negras se desvanecieran por completo. Una vez que todo volvió a la normalidad, lo primero que notó fue la preocupada mirada que su novio le dirigía. Recordó que había estado platicando con Killer y Cavendish, con un vaso de agua en manos, antes de que el mundo a su alrededor se volviera negro. Dirigió su mirada hacia abajo, encontrando lo que ya suponía: el vaso hecho pedazos y un charco esparciéndose por el suelo.
—Mierda, lo lamento. En seguida lo limpio.
—Olvida eso, yo me encargo —aseguró Killer, colocando ahora sus manos sobre las mejillas del otro para mantener su atención sobre él—. Más importante, ¿qué sucedió? ¿Te sientes mal? ¿Te duele algo?
—Estoy bien, Killer. Sólo fue un pequeño mareo, le pasa a cualquiera.
La leve sonrisa en los labios de Sabo no logró tranquilizarlo, pues parecía un intento forzado de levantar las comisuras de sus labios—. ¿Estás seguro?
Sabo asintió. Entonces, cuando apartó la mirada de su novio se dio cuenta que detrás de él se encontraba Cavendish, quien obviamente había observado todo. Se sintió un poco incómodo por la insistente mirada que le dedicaba, como si el chico estuviera intentando atravesar sus ojos para ver lo que pasaba dentro de su cabeza.
—Entonces… creo que iré a ver si a David se le ofrece algo —dijo, desviando sus ojos de aquel par de taladros azules, esperando que el gesto no fuera demasiado evidente, y apartándose de los brazos protectores de Killer para salir de la cocina.
Mientras caminaba por el pasillo hacia la última habitación a la derecha, Sabo se frotó los brazos, como si intentara disipar la sensación de esos fríos orbes escudriñándole.
Había pasado poco más de un par de horas desde la llegada de Cavendish, y la impresión de Sabo se mantenía en que parecía ser un buen chico; David le tenía aprecio y Killer también, así que no podía ser de otra forma. Pero por alguna razón, no terminaba de sacudirse el sentimiento de incomodidad cada vez que atrapaba al chico observándolo fijamente, como si creyera que ocultaba algo y pudiera encontrarlo en el fondo de su mente si tan sólo se quedaba mirándolo por el suficiente tiempo. Lo único que lo tranquilizaba era saber que, sin importar cuánto lo intentara, él en verdad no podría leer lo que había en su cabeza.
Cuando llegó a su destino dio unos leves golpecitos en la superficie de la puerta. Esperó un momento, pero al no recibir respuesta giró el pomo y empujó lo suficiente para poder asomarse al interior por una pequeña abertura. David estaba recostado contra las almohadas, respirando lenta y tranquilamente, dormido. Sabo esbozó una débil y algo triste sonrisa al verlo; el hombre debía estar bastante cansado como para quedarse dormido en los pocos minutos que lo habían dejado solo en su habitación.
Con el mayor cuidado que pudo para no hacer ruido, volvió a cerrar la puerta y regresó sobre sus pasos. Soltó un bajo suspiro. Sólo esperaba no volver a pasar por un mareo como el anterior.
—Te está mintiendo.
Sabo se detuvo. Sabía que esa había sido la voz de Cavendish. Con lentitud bajó la mirada hacia el suelo, a esa distancia de un metro que aún le faltaba para llegar a la cocina. Esperó, pero no logró escuchar nada más. ¿Habría sido su imaginación? ¿O quizá estaba demasiado alejado como para alcanzar a oír lo que sea que estuviera pasando ahí?
Tragó saliva. La incertidumbre ocasionaba que su cabeza comenzara a palpitar, lo que le provocó un pequeño dolor que se propuso ignorar por el momento. Cuando decidió dar otro paso para acercarse, otra voz lo detuvo.
—Lo sé.
Ese era Killer, por obviedad.
Su corazón comenzó a rebotar con rapidez contra su pecho, y lo único que él atinó a hacer fue encogerse contra la pared, consciente de que estaba espiando una conversación privada, algo que nunca en su vida creyó que haría, pero la inquieta sensación en su pecho le impedía alejarse de donde estaba.
Dentro de la cocina, Cavendish observó a su amigo terminar de limpiar el desastre, como si fuera una tarea cotidiana y en realidad nada estuviera perturbándolo—. ¿Y eso no te molesta? —replicó, insistente.
Killer se tensó—. Por supuesto que me molesta —contestó, girándose de frente a su acompañante—, pero, ¿qué se supone que haga si él no quiere contarme la verdad?
Sabo se encogió un poco más en su lugar, afectado por el tono en la voz de su novio. Más que molesto, el chico sonaba herido. Y eso obviamente era culpa suya. Sabía que el mareo que lo atacó era en realidad culpa del cansancio que su cuerpo había acumulado, tenía mucho tiempo sin dormir o descansar bien y esa semana todo había sido peor, y no había sido su intención ocultárselo al chico, simplemente pensó que era innecesario preocuparlo con más cosas. No contempló que eso le causaría una inseguridad a su novio.
Cavendish, decidiendo que necesitaba calmarse, se cruzó de brazos y apoyó su espalda baja en la barra tras él—. Bueno, en eso tienes razón. La pregunta en este caso sería: ¿No confía en ti?
—En este punto, yo diría que no —aceptó Killer con frustración.
El menor suspiró—. Entonces, al final lo hiciste. —Su acompañante le dedicó una mirada confundida—. Me refiero a que lo lastimaste.
Killer levantó una ceja—. ¿Cómo…?
—¿Lo sé? —Cavendish resopló—. Estuve conviviendo contigo por seis meses, Killer, creo que aprendí a conocerte un poco. Ustedes pueden intentar actuar como si nada sucediera, pero la atmósfera a su alrededor es un tanto tensa.
Killer gruñó—. ¿Te diste cuenta?
—No es tan difícil si pones atención. Además, llevo casi tres horas aquí, y en todo ese tiempo lo único que has hecho es abrazarlo y besarle en la mejilla o alguna otra parte de su rostro, pero nunca en los labios. ¿Debo suponer que él te lo pidió así?
—No exactamente, pero… algo por el estilo… —con un suspiro que tenía cierto deje de derrota, acompañó a su amigo apoyándose en la barra junto a él—. Nunca quise que las cosas tomaran este curso —murmuró.
Cavendish suspiró también—. Traté lo mejor que pude para evitarlo.
—¿Qué quieres decir con eso? —preguntó Killer frunciendo el ceño.
—¿Por qué crees que insistía tanto en que te acostaras conmigo?
El corazón de Sabo, que se había convertido en una pequeña bola temblorosa dentro de su pecho, decidió que latir era demasiado esfuerzo con todos los sentimientos agobiándole, y se detuvo. "No lo haría…".
—No lo entiendo… —dijo Killer, confundido.
Cavendish rodó los ojos—. No fue muy difícil imaginar lo que pasaría una vez que regresaras a él, tomando en cuenta la gran carga que has llevado sobre tus hombros durante los últimos meses. Parecía como si toda esa presión comenzara a aplastarte. Simplemente creí que, si descargabas todo eso sobre mí, no tendrías que lastimarlo a él cuando lo vieras. Así al menos tendrías una cosa buena en medio de todo este caos.
—Yo… no tenía idea…
El chico bufó—. Pero por supuesto, me rechazaste todas y cada una de las veces en que me insinué.
Killer se removió, incómodo, y su amigo dejó escapar el aire como si se tratara de un globo desinflándose.
—Aunque, quizá haya sido mejor que resultara de esta manera —concedió, apoyando las manos en la superficie a sus costados y dejando que su mirada vagara por el techo—. Viéndolo ahora, Sabo no parece el tipo de chico que podría perdonar una infidelidad, y si lo hubiéramos hecho, la culpa te habría carcomido por dentro hasta que terminaras por contarle la verdad. Creo sinceramente que eso los habría destruido.
El mayor hizo una mueca al pensar en esa posibilidad. Ya era bastante malo estar en la cuerda floja con Sabo; perderlo definitivamente era algo que no creía poder soportar.
Cuando sintió la mano de su amigo colocarse sobre su brazo levantó la mirada, encontrándose con un par de ojos comprensivos en su dirección.
—Oye, al menos de esta forma puedes remediar lo que hiciste.
Killer asintió, tratando de esbozar una pequeña sonrisa. Se quedó en silencio por un rato, pensando un poco sobre lo que su amigo había dicho.
—Sabo es especial para mí, Cavendish —dijo entonces, mirando hacia el sillón más largo de la estancia, donde alguna vez había tenido a su novio medio sentado sobre su regazo, riendo a carcajadas mientras le hacía cosquillas, para luego dejarlo respirar y comenzar a robarle unos suaves besos. El recuerdo le hizo sonreír.
—Muchos chicos y chicas han pasado por mi vida, personas que nunca me importaron y de quienes ahora es probable que no recuerde sus nombres. Pero él no es uno de ellos, y desde el principio no quise que lo fuera. El porqué, no lo sé. ¿Qué es lo que le hace diferente? No tengo idea. Pero es así. Es… lo más hermoso que jamás creí que podría encontrar. Y lo que me hace sentir —Killer soltó una pequeña risa, sonriendo de una forma que sólo podría ser descrita como soñadora—, no sabía que eso era posible. No tienes idea de lo mucho que me enloquece, y a la vez me tranquiliza. Es increíble. Para mí simplemente supera a cualquier otra persona.
»Así que esa es la razón por la que no me acosté contigo, y por la que seguramente rechazaré a cualquier persona que se ponga frente a mí. No quiero a nadie que no sea él, porque no hay nadie que pueda darme lo que Sabo me da, nadie que sea mejor por la forma en que me hace sentir. Sin ofender —dijo de repente, mirando a su acompañante. Cavendish se encogió de hombros, aunque sí le dedicó una mirada ofendida, sólo para molestarlo. Killer sonrió, y retomó lo que estaba diciendo—. Creo que es sólo lógica general, ¿por qué habría de arriesgar o renunciar a algo que es tan maravilloso, por algo que ni siquiera se le acercaría? —Entonces, soltó un pequeño bufido—. Supongo que es una motivación un tanto egoísta.
—No lo creo —dijo Cavendish, mirando hacia el suelo, como si estuviera pensando al respecto—. Al menos, no del todo. A fin de cuentas, la razón por la que no lo engañarías sigue siendo la misma, ¿no? —Levantó la mirada hacia él, mirándolo a los ojos con una leve sonrisa en los labios—. Es porque lo amas.
Killer suspiró—. Sí, lo amo. Y es por eso que no quiero perderlo.
—Estoy seguro de que pueden arreglarlo. Por la forma en que ambos se miran, no creo que ninguno lo deje caer.
Sin notarlo realmente, una leve sonrisa se abrió paso en sus labios. Parecía que su amigo tenía más confianza que él mismo en su capacidad de arreglar su dañada relación. Aunque quizá eso fuera también una forma de motivarlo—. Gracias, Cavendish. Por los ánimos, y por preocuparte por mí.
El chico se encogió de hombros—. Qué puedo decirte, así soy.
—Por supuesto. —Killer rió un poco.
—Y no te preocupes, no le diré nada de esto a tu novio —aseguró, pasando los dedos por su boca, como si estuviera cerrando un cierre—. Aunque quizá deberías hacerlo tú. Ya sabes, para que sepa cómo te sientes respecto a él.
—No lo sé, tal vez algún día lo haga —dijo, colocando las manos en los bolsillos de su pantalón de forma despreocupada.
Desde su posición, Sabo no estaba seguro de lo que debía hacer. Se sentía un tanto abrumado, el dolor de cabeza se intensificaba y por alguna razón comenzaba a sentir una extraña opresión en el pecho, como si cada latido que su corazón daba provocara que se hundiera más en el fondo de su cuerpo. Ese mareo de antes parecía estar intentando volver.
Con el mayor cuidado que pudo, esperando no hacer ningún ruido, retrocedió unos cuantos pasos en el pasillo y se metió a la primera habitación en su camino, que sabía era el baño. Se apoyó contra la puerta, tratando de tomar profundas respiraciones para tranquilizarse, pero no parecía estar dando buenos resultados. Se acercó al lavabo y abrió el grifo, dejando que el agua corriera mientras acunaba lo que podía en sus manos para mojarse el rostro. Por más que tratara que se detuviera, la voz de Killer seguía dando vueltas en su cabeza. Apretó los labios y volvió a echarse agua.
Había estado feliz, al principio, al escuchar cómo Killer hablaba sobre él y la forma en que lo amaba. Escucharlo era como sentir que todos los problemas desaparecerían, que podrían lograr cualquier cosa. Pero luego todo el peso de sus palabras cayó sobre sus hombros al darse cuenta de lo que significaban. Porque Killer lo amaba tan intensamente, ¿y qué había hecho él para regresarle el gesto? Nada. Nada más allá que desconfiar de él y traicionarlo.
Después de un rato, el suelo regresó a estar bajo sus pies, y el aire entraba con normalidad en sus pulmones. Con la llave cerrada, colocó las manos en el mármol y se atrevió a levantar su mirada al espejo frente a él. Claramente, se veía fatal. Incluso las pequeñas ojeras bajo sus ojos lucían más notorias que antes, y sus pupilas se veían cansadas. Quizá este fuera el momento de pedirle a Killer que lo llevara a casa.
Negó con la cabeza ante la idea y se sentó sobre la tapa del retrete, tomando la pequeña toalla colgada junto a él para terminar de secarse el rostro y los pocos mechones de cabello que tenía húmedos. No podía salir y ver a su novio aún, no a riesgo de que lo atacaran todas sus emociones de nuevo. Se quedaría unos minutos más ahí encerrado, y después saldría y aparentaría que no había estado a punto de tener un ataque de ansiedad. Sí, eso sonaba a un buen plan.
Mientras tanto, podría ir pensando en una forma de arreglar todo su desastre interno.
Suspiró profundamente. Necesitaba dormir un poco.
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―Muy bien, bájala lento, con cuidado.
Hubo un leve sonido sordo cuando las patas del mueble por fin aterrizaron en el suelo, y los dos hombres que lo llevaban dejaron salir un ligero suspiro cuando pudieron volver a enderezar sus columnas vertebrales.
―Dios, juro que esta cosa pesa más cada vez que la cargo ―dijo el hombre de cabello negro, sonriendo con simplicidad mientras sacudía sus manos.
―No estuvo tan mal ―contestó Marco, encogiéndose de hombros.
―Por supuesto que no, señor policía-entreno-todos-los-malditos-días ― concedió, rodando sus ojos verdes con diversión―. Espera a que la cargues un par de veces más y no te quedarán ganas de levantarla ni un centímetro.
El rubio rió con diversión―. Bien, bien, por ahora sólo dejémosla así.
―Por mí, perfecto. ―Brian se dejó caer sentado en el borde de la cama―. Entonces, ¿crees que tú y Troy estarán bien aquí?
Marco sonrió―. Lo estaremos, al menos por un tiempo. He estado pensando en buscar otro departamento o una casa. Ya sabes, algo que sea más grande y… más familiar.
―Sí, entiendo el sentimiento ―contestó el hombre con una ligera sonrisa―. Melanie dice que estás haciendo un buen trabajo con él.
―Espero que sí. ―El rubio suspiró, tomando asiento junto al otro―. Al principio estaba muerto de miedo y no tenía idea de cómo se suponía que sacaría esto adelante. Ahora… bueno, sigo teniendo miedo ―admitió con una sonrisa nerviosa―, pero por encima de eso, quiero cuidar y educar a mi hijo de la mejor forma posible, y quiero que sepa que su padre lo ama.
―Estoy seguro de que todo saldrá bien ―declaró Brian, dándole una palmadita en la espalda―. Es decir, incluso ahora que Troy aún no tiene una gran consciencia del mundo, él te adora. Y en cuanto a tu papel como padre, coincido con mi esposa. Y no lo hago solo porque se enoje si le doy la contra.
Marco rió con diversión.
―¿Ya terminaron, chicos? ―preguntó Melanie, en ese momento parándose en el marco de la puerta con el pequeño Troy en brazos.
―Sí, está listo ―contestó Brian, señalando la cuna que había sido colocada junto a la pared contraria. No era demasiado grande, pero ciertamente la habitación de Marco tampoco lo era, por lo que fue necesario reorganizar todos los otros muebles unas cuantas veces para hacerle un espacio. Ahora, aunque no pareciera que todo estaba excesivamente apretado, sí que había poco espacio libre para caminar, pero a Marco no parecía molestarle, a decir verdad.
Bill, por otro lado, no tenía pinta de que le agradara mucho el resultado. Estaba prácticamente escondido detrás de las piernas de su madre y miraba la habitación con el ceño fruncido.
―¿Qué sucede, campeón? ―preguntó Brian, extendiéndole una mano a su hijo para que fuera con él.
Bill pareció dudar un poco, pero salió de su escondite y fue junto al hombre tomando su mano. Miró por un momento sus grandes y verdes ojos, esos que eran casi iguales a los suyos, para después desviar la mirada hacia la cuna recién añadida a la habitación.
―¿Troy ya no vivirá con nosotros? ―preguntó entonces, con su voz infantil en un tono bajo y un tanto triste.
Los tres adultos se miraron entre sí, dándose cuenta de que no le habían explicado la situación a Bill. Claro, el niño sabía que Marco era el padre de Troy y que este mismo era su primo, no su hermano (y esto lo había sabido desde la primera vez que vio al bebé en brazos de sus padres), pero después de tantos meses de convivencia constante y de haber vivido en la misma casa se había encariñado tanto con el pequeño que la delgada línea entre un parentesco y otro había desaparecido para él.
Brian suspiró, atrayendo a su hijo para sentarlo sobre sus piernas―. No, Bill, Troy ya no vivirá con nosotros. Solo estábamos cuidándolo por un tiempo, ¿sabes?, pero él debe quedarse con su padre ahora, así como tú debes estar con mamá y conmigo. Ese es su lugar.
El niño lo miró por un momento, antes de que sus ojos se desbordaran de lágrimas―. Pe-pero… yo no quiero que Troy se vaya ―dijo, hablando entre sollozos.
―Oh, cariño. ―Melanie miró a su hijo con tristeza.
―Bill ―llamó Marco, colocándole una mano en la espalda al niño para captar su atención. Cuando este alzó el rostro para mirarlo, aún con lágrimas cayendo por sus mejillas, el hombre se acuclilló frente a él―. Sé que quieres mucho a Troy, y eso en verdad me alegra, pero ya es tiempo de que se quede conmigo. Eso no quiere decir que las cosas entre ustedes tengan que cambiar, te prometo que aún seguiremos visitándolos seguido. También tú puedes venir aquí cuando quieras, y cuando tus padres lo permitan, por supuesto.
El chiquillo se sorbió la nariz, tranquilizando su llanto un poco―. No será lo mismo.
―Es verdad, no lo será. Pero todos somos una familia ahora, Bill, y eso no cambiará, sin importar dónde estemos.
Bill se quedó callado un momento, como si estuviera pensando sobre lo que le habían dicho. Entonces volvió a mirar a Marco, ahora con sus ojitos brillando de ilusión―. ¿Puedo quedarme a dormir aquí también?
Los tres adultos rieron, complacidos porque el episodio de llanto había terminado. Mientras tanto, Troy miraba hacia todos lados, sin comprender nada de lo que sucedía, pero balbuceando y riendo también.
―Si te portas bien, podemos hablar al respecto ―dijo Brian, agitándole el cabello con una mano. El niño rió en respuesta.
―Muy bien, creo que es hora de cenar. Todos a la cocina.
Bill fue el primero en salir corriendo ante la promesa de comida, y su padre lo siguió de cerca. Marco se puso de pie y se acercó a Melanie, quien enseguida le pasó al pequeño que llevaba en brazos.
―Iremos en un segundo.
Ella asintió con una sonrisa y salió de la habitación.
Marco observó a su hijo por un momento. Estaba tranquilo, solo regresándole la mirada con ese par de ojos azules llenos de curiosidad. Él le sonrió con ternura y entonces el pequeño soltó una de sus adorables risas, alzando los brazos hacia él. Marco lo sostuvo a la altura de su rostro, acariciándole la diminuta nariz con la suya propia.
―Bienvenido a casa, Troy.
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Killer estaba algo preocupado por su novio. No era solamente por el susto que le había dado en la cocina, sino también porque el resto de la tarde lo había notado callado y pensativo. Eso, sumado al hecho de que se hubiera quedado dormido cuando ambos, una vez que Cavendish se hubo retirado, se acurrucaron en el sofá de la estancia para ver una película, le dejaba intranquilo.
Era bastante obvio que Sabo estaba demasiado cansado para lo que su cuerpo podía soportar. En cierta forma era normal, pues Killer sabía que, por más buen alumno que el chico fuera, no se libraba de la presión de final de semestre, pero también era perfectamente consciente de que parte de la culpa era suya: Sabo había estado con él la tarde entera casi todos los días desde que regresó de Skypea, y aunque el chico insistía en que tenía todo bajo control, él ya podía imaginarse que debía haber repuesto esas horas de trabajo durante las noches.
En serio, ¿en cuántos sentidos debía orillar a Sabo al límite antes de darse cuenta de que estaba haciendo las cosas mal?
Ya había anochecido cuando finalmente detuvo el coche frente a la casa de su novio. Le dedicó a este una leve sonrisa antes de bajar y rodear el vehículo para alcanzarlo del otro lado y acompañarlo hasta la puerta.
―¿Cómo te sientes ahora? ―preguntó una vez ahí, pasándole una mano por el cabello con cariño.
―Estoy bien, Killer, en serio. Ya no tienes que preocuparte por mí.
―Siempre me preocupo por ti, Sabo. No quiero que nada te suceda.
Sabo sonrió con dulzura y posó su mano derecha en la mejilla del otro―. Lo sé, pero nada malo está sucediendo, de verdad ―insistió una vez más.
Killer prefirió no replicar. En su lugar, se inclinó a plantarle un beso en la sien, aprovechando para dar un paso más cerca de él, ahora con la mano apoyada en su cuello. Acarició suavemente el área con la yema de sus dedos antes de decirle lo que había estado dando vueltas en su cabeza por un buen rato.
―Estaba pensando que quizá podemos dejar pendiente la comida de mañana.
―¿Qué? ¿Por qué?
―Solo… ya sabes, para que puedas quedarte en casa y descansar un poco. Además, has pasado con nosotros prácticamente toda la semana, tu familia ya debe extrañarte.
Sabo lo miró con una ceja alzada, para después rodar los ojos con exasperación―. Y sigues preocupándote por lo de esta tarde.
El mayor exhaló con pesadez―. Sabo…
―Killer ―interrumpió el otro, dando cierto énfasis a su nombre―, soy perfectamente capaz de determinar qué tanto puede durar mi energía.
―Comienzo a dudar eso ―masculló el mayor. Sabo le dedicó una mirada significativa, mezcla de molestia e indignación, que decía claramente que estaba presionando el límite de su paciencia. Suspiró con cansancio y lo miró a los ojos―. Cariño, solo estoy intentando evitar que te sobre esfuerces.
―Y no lo hago, ¿de acuerdo? Además, el semestre termina mañana, y después de eso no tendré nada más que hacer. Podré dormir todo lo que se me antoje.
―Sí, pero…
―Ah. ―Sabo colocó un dedo sobre sus labios para indicarle que se quedara callado de una vez―. Es mi última palabra al respecto, y la tuya también.
Killer gruñó―. Bien ―accedió a regañadientes, demostrando que no estaba de acuerdo con el otro pero que dejaría el tema por la paz. Sacudió su cabeza en una negación―. Dios, entre tú y mi padre, de verdad no sé quién demonios es más obstinado.
Sabo rió, divertido por la exasperación de su novio―. Debe ser por eso que nos llevamos bien.
Killer soltó el aire―. Quizá. Eso, y que al parecer ambos disfrutan sacarme de quicio. ―Sabo le sonrió, sin pizca de culpabilidad en el gesto. Él observó esa preciosa sonrisa por un segundo, para después acariciarle la mejilla con el pulgar. No podía enojarse con su novio, no cuando lo miraba con esa expresión de ojos brillantes y labios levantados que tanto amaba.
―¿Sabes? ―dijo en voz baja, como si estuviera contándole al otro algún importante secreto que debían resguardar de oídos ajenos―, esta situación me recuerda un poco al día en que nos volvimos novios ―comentó, acercándose otro paso más y apoyando su otra mano en la pared junto a la cabeza de Sabo―. Te traje a casa en el coche, y te alcancé en la puerta para regresarte tu celular olvidado.
Sabo tragó saliva en un intento de humedecer su repentinamente seca garganta. Había algo en la forma en que Killer le hablaba, en ese casi susurro que se deslizaba dentro de sus oídos, que le aturdía y atraía a partes iguales, que no dejaba que apartara la vista de la profundidad de sus pupilas, donde podía ver un pequeño brillo de emoción titilando con intensidad―. Lo recuerdo ―dijo en el mismo tono bajo, una vez que pudo volver a encontrar su voz.
Killer esbozó una ligera sonrisa que solo podía ser catalogada como sensual, colocando la mano que tenía en la mejilla de su novio en una nueva posición que abarcara todo su costado―. Te pregunté sobre lo que habías hablado con Perona ―continuó diciendo, casi inclinándose más cerca del otro con cada oración―, y después, en esta misma posición, te dije que me gustabas y te robé un beso. Nuestro primer beso.
El corazón de Sabo comenzó a saltarse latidos, como si estuviera tratando de decirle que no podía soportar tanta tensión dentro del pecho, pero el chico lo ignoró mientras observaba los labios de su novio moviéndose con esa deliciosa lentitud.
―Cuando no me respondiste, creí que me rechazarías. Estaba preparado para eso, pero, entonces, tú me besaste a mí. ―Killer soltó una leve risa, dejando que su cálido aliento rozara el rostro del más bajo―. Fui tan feliz en ese momento. Aún lo soy, porque sigues aquí.
Sabo sintió que su corazón detenía por un momento su frenético ritmo, solo para hincharse dentro de su pecho como si estuviera a punto de reventarse de tanto cariño que no podía contener. Él debía haber sido un santo en alguna vida pasada, como para merecer tener un novio como el suyo.
Estiró su mano para colocarla en el rostro de Killer, de la misma forma en que este hacía con él, y le dedicó una sonrisa que esperaba, pudiera transmitirle todos los sentimientos que corrían por sus venas en ese momento―. Y no voy a irme a ningún lado ―le aseguró con determinación, solo para obtener una sonrisa devuelta.
Se miraron por largos segundos, antes de moverse al mismo tiempo. El uno se inclinó un poco más; el otro se estiró, casi colocándose de puntitas para alcanzar más altura, y los dos cerraron los ojos, guiándose por la sensación de sus manos colocadas en el rostro contrario. Dieron una profunda respiración conjunta cuando sintieron sus narices rozarse e inclinaron sus cabezas en ángulos opuestos, separando lentamente sus labios y esperando encontrar algo más…
Ambos dieron un salto hacia atrás, asustados y sorprendidos, cuando el repentino ruido de un claxon a algunos metros de distancia los sacó de la momentánea burbuja que habían creado a su alrededor.
Sabo dejó salir una maldición entre dientes por el tremendo susto que se había llevado, pensando que su corazón acababa de salírsele del pecho. "Joder, qué manera de matar el ambiente, de verdad" pensó mientras intentaba volver a encontrar el ritmo de su respiración. Sin embargo, cuando se dio cuenta de quién bajaba del coche que ahora estaba estacionado justo detrás del de su novio, pensó en que probablemente una maldición no fuera suficiente para describir su tan jodida suerte.
―Mierda ―masculló, con los colores abandonando su rostro en ese momento.
―¿Quién es? ―preguntó Killer, observando con curiosidad al hombre del largo cabello negro que se acercaba a ellos con cierta aura tenebrosa vibrando a su alrededor.
―Mi padre.
Killer lo observó con los ojos abiertos hasta el límite (al parecer a Sabo se le había olvidado mencionar el minúsculo detalle de que su padre se encontraba en la ciudad desde sabría dios hacía cuánto tiempo), pero no pudo decir nada más porque en ese momento el hombre se detuvo frente a ellos.
―Buenas noches ―saludó el rubio menor, tratando de ocultar su sonrisa nerviosa.
―Buenas noches, Sabo ―contestó el otro, de alguna forma arreglándoselas para que su voz sonara tranquila y seria a la vez. Entonces miró a Killer directamente a los ojos, y el muchacho sintió como si estuviera tratando de analizar el lado más profundo de su alma―. ¿Quién es tu acompañante?
Antes de que Sabo pudiera abrir la boca para contestar, el aludido dio un paso al frente―. Es un placer conocerlo, señor. Mi nombre es Killer ―dijo, extendiendo una mano al mayor, intentando no vacilar en el acto. El hombre lo miró unos segundos antes de estrechársela rápidamente―, soy el novio de Sabo.
Dragon se quedó en silencio por un par de segundos, para enseguida volver a dirigir su mirada a su hijo―. ¿Novio? ―preguntó, con un matiz de tranquila curiosidad que le provocó a Sabo un estremecimiento.
―Sí, así es ―contestó él, rascándose la nuca con nerviosismo.
El hombre elevó una ceja y los miró a ambos―. Bueno, ¿no les parece que es un poco tarde para estar aquí afuera?
Sabo se contuvo de dirigirle a su padre una mirada recriminatoria. En serio, ¿podía el hombre llegar a ser más obvio? ¡No eran ni las nueve aún!
―Aah… de hecho, yo ya estaba por irme ―dijo Killer, pasándose una mano por el cabello, un poco ansioso―, debo volver a casa de todas formas. ―Dirigió su mirada hacia el chico a su lado―. Te llamaré después. ―Sabo asintió, y entonces él le colocó una mano en la espalada baja y se inclinó hacia el costado de su rostro―. Descansa ―susurró, plantándole un suave beso en la mejilla y esperando que eso no pareciera demasiado impertinente ante el hombre que los observaba. Volvió a enderezarse y mirar al mayor por una última vez―. Con permiso.
Dragon le dedicó un leve asentimiento como despedida, y lo observó con insistente atención mientras caminaba hacia su auto. Una vez que se hubo alejado lo suficiente para ya no verlo por el camino, volvió a mirar al chico que aún lo acompañaba. Parecía un tanto nervioso, e iba a abrir la boca para decir algo, pero el hombre lo cortó―. Entra a la casa.
Sabo apretó los labios en una fina línea, y sin decir nada se dio la vuelta y abrió la puerta. Se quedó parado en el recibidor, y cuando Dragon entró tras él y cerró, comenzó a hablar―. Yo…
Su padre levantó una mano y negó con la cabeza, como diciéndole que no era el momento.
―Ve por tus hermanos, quiero verlos a los tres en la sala, en diez minutos.
Dicho eso, se dirigió a la habitación de Garp, que él estaba ocupando durante su estadía.
Sabo lo vio alejarse, y cuando la puerta de la habitación estuvo cerrada, suspiró con cansancio.
―Genial, ya nos metimos en problemas ―dijo, derrotado, antes de comenzar a subir las escaleras para hacerles llegar a sus hermanos el mensaje del mayor.
Continuará…
