Lienzo de amor

Disclaimer: Hetalia no es mío, ni sus personajes, sólo esta historia.


Capítulo 4: Un montón de pinceles juntos.

¿Qué pasaba?

¿Por qué todos le veían así?

Gilbert no entendía, no sabía por qué, pero estaba al tanto de que algo de lo que ha hecho, había estado… no muy asombroso. Por la cara de su hermano lo inducía, estaba claro, le veía como si le estuviese ahorcando con la mente, mientras Feli lo miraba sin entender ni un poco el ambiente que invadía la habitación. Claro, no es como si eso nunca hubiese pasado.

Ludwig caminó enfrente del albino, parecía que su vena de la frente palpitaba.
Bruder…—Entonó, frunciendo el ceño. —Dime… ¿Por qué no sabía nada de nuestro nuevo invitado? —Señaló al confundido italiano que sólo estaba inspeccionando el cuarto.

W-west… ¡Kesese! ¡No hay problema! ¡Las presentaciones pueden ser cuándo sea!—Titubeó.

—No me refería a eso… Sino que… ¿Por qué no me enteré de nada? —Masajeó por un momento sus sienes, pensaba que iba a explotar ¿Cómo era posible que una cosa así se le olvidara por avisar? Es que, era una nueva persona en la casa y los problemas que traía consigo de orden de dormitorios y de espacio, tan pronto le agobiaban.

El pobre de ojos rubí trataba de encontrar una buena excusa. Sus ojos paseaban para todos lados buscando algo a su alrededor que le ayudara. No encontraba forma de evadir o cambiar el tema y la presión por el silencio que extrañamente guardaba el italiano sólo le ponía más nervioso. Además de que Lud ya le había pasado muchas.

Un grito rompió con la tensión.

Era Feliciano. Con una revista en la mano.

Al parecer, tanta búsqueda al azar le llevó a un objeto curioso.

—¡Miren! ¡Encontré porno!

Anunció alegremente con su risa boba.

La cara de Ludwig era entre estrés y entre vergüenza. ¿¡Cómo era posible que alguien le sacase de sus casillas en tan sólo unos segundos!?

La faz de Gilbert era de una risa contenida. Y además de calma, porque se salvó del regaño.

No lo pudo evitar más.

—Hmpf… ¡Kesesesese! —Rió a buenas carcajadas. El tan serio de su hermanito ahora estaba expuesto de la peor forma, y aún más, dándole ese tipo de primera impresión a Feliciano. Ahora seguro el italiano le conocería como "el macho pervertido que asusta". Era inevitable, la situación era muy cómica.

Cómo era de esperarse. Recibió un buen golpe en la cabeza para que se callase. Y al inquilino sólo le basto ver la escena para regresar la revista a su lugar y pedir perdón cómo si su vida dependiese de ello.


Llegó la hora de la comida.

El castaño estaba sentado junto a la mesa del comedor. Veía el mantel como si la tela fuese muy interesante. Se sentía culpable e incómodo, él no quería que todo acabase con una riña. Comprendía si ya no le querían dar hospedaje o si simplemente le echaban a la calle. ¡Pero eso no podía pasar! ¡Él estaba ahí para cumplir su sueño! O... tal vez después se le ocurriría otra forma de lograrlo.

Gilbert caminó hasta acomodarse en la silla a lado al italiano. Traía un tremendo chichón en la cabeza.
—Kesese... West ahora sí se pasó un poco...— Dijo sobándose su dolida herida. Ya había recibido un ataque ayer con una sartén y una húngara loca, ahora era golpeado por su querido hermanito. ¿Es que nadie entendía que su cráneo y lo que estuviese dentro de este eran una clave para que la sociedad progresara?

Feliciano se quedó callado. Sumido en sus pensamientos. Sabía perfectamente que a la gente le molestaba su presencia siempre tan alegre y escandalosa.

Posteriormente German llegó y se sentó en la silla que quedaba frente al del rulo. Ni si quiera se había molestado en ir a ver que pasaba con tanto alboroto. No interrumpiría su trabajo sólo para encontrarse con un problema seguramente surgido por el oji-rojo. German trabajaba como historiador en armas, después de las investigaciones, dibujaba modelos a escala con medidas obtenidas.

Ludwig sólo se tranquilizaba con una de las cosas que más le gustaba hacer.

Cocinar.

No era una cualidad suya, pero le relajaba y le gustaba también. El platillo de ese día sería puré de patatas con wurst.
Seguía ensimismado con lo pasado. ¿Ahora cómo le vería a la cara a aquel chico? Estaba avergonzado. Le frustraba acabar mal, pero más empezar mal. El italiano se quedaría y no podía rehusarse a eso.

Se sirvió la comida. Al principio todos se alimentaron en silencio.

Entonces, de la nada el menor de los rubios habló. Antes se aclaró la garganta.
—C-creo que comenzamos mal... yo soy Ludwig, un gusto. —Le extendió al brazo para que saludara. Arreglar todo, mejor tarde que nunca.
Pero la reacción del ítalo fue diferente a cómo lo pensó el alemán. Se lanzó a sus brazos.

¡Grazie! ¡Grazie!— Agradecía porque se sentía perdonado. Lud, no entendía. — ¡Yo soy Feliciano! —Daba un poco de miedo que se hallase recuperado tan meramente rápido. Pero así era él. —¡Espero que podamos ser grandes amigos!


El Sol se había escondido y ahora reinaba la noche con la Luna.

En la tarde todo se resolvió, al final de la comida todos hablaron normalmente, German regresó a encerrarse en su estudio. Gilbert y Feliciano siguieron hablando un rato, mientras que el otro alemán recogía la mesa.

La noche cayó imprevista.

Como habían quedado, el italiano se situó en la habitación del albino.

Las manecillas estaban a punto de tocar las doce de la noche. Pero el insomnio le regresaba. Por la ventana del cuarto apreciaba parte de la ciudad. Todo estaba solitario, sin rastro de nada ni nadie, sólo lo acompañaban las tenues luces de las calles. Un viento frío se colaba por la pequeña abertura que dejó de la ventana. Miraba al horizonte, nostálgico. Las veces que no podía dormir iba con su hermano Lovino, o cuando era más pequeño, con su mamma. Escuchar las respiraciones ajenas le calmaba.

Se hundió entre las cobijas y cerró sus ojos. Pasó casi una hora y pudo quedar en los brazos de Morfeo.


Beep, beep.

Oh... no... otra vez...

Beep, beep.

... ¡HOY ERA EL DÍA!

Hoy conocería su futura escuela.

De nuevo, a las prisas se vistió. Decidió llevarse un cuaderno y salió casi volando del apartamento, avisando, claro.
Tomó un camión rumbo a la institución.

Había asientos en el transporte, pero prefirió ir agarrándose del tubo de arriba. Estaba demasiado emocionado.

Cuando paró el camión, se paralizó. ¿Y si no era lo que esperaba? ¿Y si no iba tan bien como esperaba? Cómo odiaba que justo antes de llegar se hiciera tantas cuestiones. Bueno, ya no se podía dar ni un paso atrás. Bajó del camión.

La vio, y no se lo creía. Eran inmensas estructuras, la del centro con una cúpula. La acera era empedrada, los edificios de la escuela, los árboles eran reflectados por los rayos leves del Sol, todo se veía acogedor. Algunas personas paseaban por bicicleta. A lado había una pequeña cafetería. Subió las escaleras, nervioso del cómo le fuese ¿Le aceptarían?

Salió dela entrada un hombre. De cabellos oscuros, llevaba gafas, y tenía una cara aristócrata. De su pelo sobresalía un rulo. Traía en la mano una lista. De pronto sus ojos violetas se posaron en Feliciano. Refunfuñó y se dirigió a él.

—¿Feliciano Vargas?— La voz se le hizo conocida.

¡Oh! ¡Si que era el que le atendió por teléfono!

—¡Vee! ¡Ése soy yo!— Exclamó alegre.

—Llega tarde. —Dijo secamente. De pronto la sonrisa que traía el castaño se desvaneció hasta hacerse una mirada de preocupación.

—L-lo siento.. —El contrario simplemente suspiró exasperado.

—No hay tiempo, lo llevaré a su nueva aula. Sígame.— Hizo un ademán y Feliciano le siguió.

Entró al salón, posterior al de apariencia aristócrata.

Avanzó hasta un lugar vacío.

El otro caminó al frente de la clase.

—Buenos días alumnos, por lo menos la mayoría de ustedes vienen de otros lugares, ahora hemos ampliado el lugar para extranjeros. Dejen me presento. Mi nombre es Roderich Edelstein. Soy el que está a cargo de ustedes, cómo un supervisor. Tomaré lista de nuevo.

El italiano observó a los presentes.

—Lily Zwingli.

—Presente. —Contestó una chica que parecía más joven de lo que debía. Cabello corto y rubio, con un listón azul adornándole.

—Kellen Müller.

—Aquí. — Contestó... un... una... una persona de cabello güero cenizo con dos largas trenzas y un rulo.

—Warata Brown.

—Estoy aquí. — Respondió una chica con cejas algo gruesas, una coleta de lado, cabello castaño fuerte, casi como el de Lovino.

—Emma Brussels.

—¡Presente! —Se anunció una chica bastante linda, de cabello dorado, también corto, sostenido por una cinta roja.

—E-elizabeta Herdérvary.—Miró sorprendido a la nombrada.

—Aquí estoy. —Respondió una muchacha de cabellos castaño claro y largo. Sonrió divertida.

El que tomaba la lista se le acercó. —¿Q-qué haces aquí?

—Se me dan bien las artes aunque no lo parezca, jeje. No sabía que estabas aquí de supervisor...

El de lentes relajó su mirada. —Bueno, ya no importa. Ésta será su clase, todos convivan como se debe, no quiero conflictos. — Se acomodó los lentes.— Esto es todo por hoy. Mañana comenzaremos con las lecciones, pueden regresar a su hogar.

Todos se levantaron y se retiraron. Casi no dio tiempo de socializar.

Feliciano caminaba con una gran sonrisa al camión de regreso. De la nada sonó su celular (ya pensaba ponerlo un rato en silencio), le había llegado un mensaje. Para su sorpresa era de...

Mariane. No se hablaban mucho por teléfono, supuso que ahora que estaban a distancia era una razón coherente.

Lo revisó.

"Ciao, Feli.

¿Cómo has estado? Yo bien, si preguntas. Luego me cuentas cómo es tu escuela nueva.
Espero que nos comuniquemos más seguido.
Cuídate. :)"


¡Fin del Cuarto capítulo!

Oh, siento que muero.

Sólo para aclarar, inventé los nombres de Kugelmugel y de Wy.

Kugelmugel-Kellen Müller
Wy- Waratah Brown

Después los dejaré abreviados para que no haya confusiones~

¿Review~?