Lienzo de amor
Disclimer: Hetalia no es mío ni sus personajes, sólo esta historia.
Capítulo 7: Azurro e Giallo
Cómo era de esperarse los primeros días de Universidad franquearon volando.
Feliciano fue conociendo más gente nueva, incluso de otras carreras.
El que más le agradó, un japonés que estudiaba decorado e imagen de traje, su nombre era Kiku, le sorprendió porque parecía hacer diseños muy extravagantes que les gustaba a todos; él simplemente decía que se basaba en animes mahō shojō. Aunque el italiano no entendió, pero le dijo que un día con más tiempo hablaran.
Ahora es sábado.
Un día de absoluta tranquilidad, el primero desde su entrada al plantel de Artes Finas de Desdre, no había porqué despertarse temprano ni preocuparse de tareas.
Sólo que…
Se aburría.
Demasiado.
Algo adormilado aún, descalzo y con sólo una playera holgada y claro está, su ropa interior, caminó a la cocina. Su castaño cabello estaba revuelto, se talló los ojos para intentar despertarse más.
Se sentó en la mesa del comedor.
Junto a él, German, leía el periódico y tomaba una taza de café puro, ni un poco de azúcar le colocó.
—B-buongiorno.
—Guten tag.
Se abrazó, pronunció un "brr", seguía sin acostumbrarse al clima del lugar.
Miró el mantel y pudo divisar que estaba puesto un pequeño recipiente, parecido a una canasta, con una servilleta y sobre ésta pan de centeno con manteca, al lado, un poco de mermelada enfrascada. De inmediato tomó uno untándole la jalea y le dio una mordida, era cómo si casi se estuviera muriendo de hambre.
Sonó el celular del mayor.
Vio quién llamaba y chasqueó la lengua.
—Tsk, Beilschmidt? … Ja… Iré para allá. — Colgó. Esa era la llamada más corta que el muchacho presenció. En su casa, no importaba quién llamara, él con mucho gusto se ponía a platicar de cosas sin mucha importancia con la persona, pero de repente le decían que no tenían mucho tiempo y cortaban.
Llegó Ludwig con dos tazas aparte, de ambas emanaba un bailante humo. Dejó una en frente del italiano, la otra se la llevó a dónde se fue a sentar. Él ya estaba vestido, y traía un mandil, que a Feliciano le parecía que le quedaba bastante bien.
Abrió sus ojos almendra, sonrió ampliamente a la aparición del alemán.
—Ludwig, saldré, me necesitan en el trabajo. —Avisó German.
—Está bien…—Se quedó pensativo.
Su abuelo laboreaba mucho, la mayoría del tiempo se quedaba en casa, pero las pocas veces que salía, era por días.
—Cuídense. Trataré de volver pronto. —Traía un maletín un tanto grande y salió por la puerta.
El extranjero esperó a que acabaran su conversación y comenzó a hablar.
—¡Ciao, Lud!
—Guten tag, Feliciano. —Espetó sin voltearle a ver.
¡Qué emoción! ¡Ludwig le había llamado por su nombre! Sin necesidad de que le dijese "Vargas".
Terminó de desayunar y tomaba de su delicioso café con leche.
El alemán terminó de mover el líquido de su propia taza con una cuchara y viró a su acompañante.
Ahora sólo sufría de un calentamiento inesperado del rostro.
—¡Ponte ropa! —Le sugirió o mejor dicho, le gritó. Eso era extraño, pues en Alemania no tenía nada de malo andar así incluso en la calle, pero por alguna razón a Ludwig le incomodaba verle pues, con poca prenda.
Igual que cómo su encuentro hace apenas unos días, por algo que no entendía, ver al italiano dormido le creaba una sensación de... cómo... ¿ternura?
— ¿Eh~? ¡Pero esto es lo que uso para dormir! —Agitó los brazos mientras hacía una cara de reproche.
Al pobre de Ludwig sólo le quedaba resignarse y aprender a convivir con el chico.
—Ugh… cómo sea…
Se agarró la cara, trataba de que su pecho le diera un momento de paz. No le hacía bien estar con el castaño.
Parecía frustrado, ¿Tan desagradable se le hacía la presencia del italiano?
Feliciano bajó la cabeza, haciendo un puchero.
—¿Lud?
—¿Eh? —Se quitó las manos de la cara y le miró.
—L-lud... —Tiritaba mucho. —¿Yo... te agrado?
El rubio se quedó pasmado. Feli se veía muy triste.
Relajó la mirada y suspiró.
—Ah... sí.
De la nada el rostro del ítalo se iluminó.
—¡Vee~! ¡Tú también me agradas, Lud! Entonces... ¿Ya somos amigos?
Sus ojos claros se volvieron a anclar.
El más alto frunció el ceñó y gesticuló un "Ja". No le quedaba otra, de todos modos ya no valía la pena darle explicaciones sobre la amistad, la compañía del muchacho no le incomodaba, ni mucho menos, sólo le preocupaba excesivamente, ¡Es que! Se comportaba cómo todo un crío y eso le ponía de nervios, pues Feliciano parecía algo débil y posiblemente no aguantaría mucho.
Sus ojos se quedaron estáticos. Era cómo si nada estuviera, exceptuando la mirada de ambos.
Quién la interrumpió fue el más moreno, con una risita quitó la vista.
—Jeje~, ya que es día de descanso ¡Hay que salir a algún lado!
Ludwig sacudió la cabeza acoplando sus ideas.
—... ¿Salir? ¿A dónde?
—¿Huh? Pues... no tengo idea, yo no conozco por aquí. ¡Vamos a algún lugar! ¿Sí, Lud?
—Uh. Está bien, cuándo haya recogido la mesa y lavado los platos.
—¡Yo le ayudo, capitán! —Dijo haciendo una seña de saludo de guerra.
—¿Eh? Cómo quieras.
Pensaba que sería una grata idea que el hospedado quisiera ayudar, eso pensaba. También pensaba que era más fácil para éste no hacer nada más que llevar los recipientes a que se secaran.
Pero no fue así.
Un completo desastre, tiró algunos platos y vasos de vidrio o cerámica. Ya irrecuperables, lo único que podía hacer sería comprar otros.
—¡FELICIANO!
—¡Waah! ¡Lo siento mucho, Lud! —Se disculpaba casi lloriqueando.
—Ugh... ya para qué me molesto...—Musitó más para sí que para el presente.
Tomó los platos que aún sobrevivían en las manos de el del rulo y los llevó al escurridor.— ¿Ya nos vamos?
—¡Sí~!
Era un enigma cómo es que volvía a poner esa cara tan alegre. —¿No se te olvida nada?
—¿Eh? No, jeje.
Salieron a la calle, era temprano todavía. Ludwig abrió el coche, casi no lo usaban porque eran muy conservadores con el ambiente.
—¡Ohhh! ¡Lud! ¿Puedo conducir yo? ¿Puedo? Me acaban de regresar mi licencia.— Sí, apenas la había conseguido le sancionaron por ir muy rápido.
—¿R-regresar? No, no puedo dejarte. —Le miró serio.— Ni si quiera sabes a dónde iremos.
—Pero tú tampoco ¿O sí?
El rubio lo reflexionó un poco.
—¿Quieres ir a una plaza?
—¿Plaza? Bene!— Festejó y se metió al auto olvidando si quiera que hace un momento estaba pidiendo manejar.
Mejor para Ludwig.
Cuando por fin se acomodaron en el carro, el alemán empezó mover el vehículo. Todo el trayecto parecía muy concentrado, tenía le vista al frente, obedecía cada una de las leyes de tránsito e iba con el cuidado necesario. Feliciano no le dejaba de ver, le parecía bastante interesante, esos ojos azules tan centrados en el parabrisas que no notaban la audiencia de los almendra.
El viajo no fue largo, máximo duró unos siete minutos.
Cuando estacionó el coche, Feliciano salió veloz.
—¡Vaya, qué bonito lugar! Pero es una plaza pequeña~
—S-sí, un poco. —Se rascó la nuca, ¿Había estado bien que le llevase a ese lugar?
—¡Me gusta! ¡Vamos, vamos!
Le tomó de la mano y los dos entraron rápido al lugar, que al principio estaba una tienda de ropa.
—¡Oye, espera!—Paró de correr. —No puedes andar así en una p-
—¡Mira!— Señaló unos guantes negros. —¡Estos te quedarían perfectos!
Le puso los guantes. Y si tenía razón, era la medida exacta para las manos del rubio.
—Yo te los compro, Lud. —Sacó su billetera. —Además, la próxima semana entraré a trabajar con una amiga mía llamada Elizabeta en la cafetería en frente de la escuela. ¿Puedes creer que su familia fueran dueños de ese lugar? ¡Y me aceptó cómo camarero! Así que da igual que me gaste el dinero que me dieron mis padres.
Lo decía con tanta calma que asustaba.
—¡No te gastes el dinero!— Se apresuro a decirle.— ¿Qué pasaría si rompes un plato cómo en la mañana y te despiden? Después no tendrás nada. —Dejó los guantes.— Luego los compraré.
—Uhh... pero yo quería comprártelos...— Miró al piso.
El alemán le acarició la cabeza, casi cómo si fuera un gato.
—Ya será otro día, en lo mientras sigamos caminando.
—Ve~
Y cómo dijo el más alto siguieron avanzando. Pero no pasaron ni cinco minutos para que otra cosa le volviera a pasar al italiano.
—¡Vee!
Paf.
Se cayó.
Ludwig le levantó.
—¿Estás bien, te lastimaste?
—Sí y no.—Lo que sea que haya salido de su boca no era cierto. Tenía lágrimas en los ojos y de su nariz surgieron unas gotas de sangre, pues sí que se había dado un buen golpazo.
—¿Cómo es que te caíste?— Suspiró.
—Mis cordones...
El rubio volteó hacia abajo y observó que no estaban abrochadas.
—¿Por qué no..?
— No se hacerlo. —Y ahora sí, comenzó a sollozar.
El contrario se agachó y se las amarró.
—Ya está. Ven, vamos a buscar un algodón para tu nariz.
Ambos fueron a una farmacia dónde le proporcionaron ayuda a Feliciano.
Aunque claro, el castaño se preocupaba más de haberse puesto en ridículo, nunca aprendió a amarrarse los cordones de los zapatos porque su madre nunca tuvo oportunidad de enseñarle, y a Lovino nunca le entendió sus explicaciones.
Ya pasado aquel accidente vergonzoso, transitaban por la glorieta.
Hasta que se toparon con el cine.
—¡Mira, Lud!— Lo que sucediera, el ítalo siempre obtenía buena cara a las situaciones. —He oído que salió una película de miedo nueva ¿Podemos ir a verla? — Manifestó entusiasmado.
—¿Estás seguro? ¿Qué pasa si tienes miedo en seguida? — Le miró frunciendo el ceño. Lo dice a causa de que el otro día lo vio llorando porque la lengua del gato callejero que recogió era áspera.
—¡No, capitán!— ¿Por qué de repente le llamaba así?
El de ojos azules le contempló un poco agobiado, sabía que lo más seguro es que pasara lo que creía. —Mas te vale, iré a comprar las entradas. — Ni él mismo se comprendía, al final acababa haciendo lo que el chico quería, se dio topes mentales y se dirigió a formarse en la fila del cine.
¿Por qué no contestaba?
¡Le había dejado un montón de mensajes y el muchacho de ojos moca no contestaba!
Estando en Dios sabe dónde, haciendo Dios sabe qué cosa.
Lanzó el celular a su cama, abrumada.
Era Sábado, ¿Será que salió con alguna chica cómo solía hacer? ¡Pero no podía ser! Ella era una dama excepcional, querida por todos.
Se puso las manos en la cara. Eso quería pensar, cada vez tenía menos popularidad.
Mariane se encontraba en su casa, frustrada, mientras que Feliciano salía con alguien a algún bello lugar de Alemania.
Tendría que adelantar su plan, ya no le enviaría mensajes, hablaría con él.
¡Fin del Séptimo Capítulo!
Oh~, aquí está, perdonen por atrasarme. -Hace una reverencia.-
Traducciones:
Giallo- Amarillo
Azurro- Azul
Nota: El capítulo lo nombré así por que se supone que el color amarillo es de felicidad, alegría y va representando a Feli.
El azul es de seriedad y va representando a Lud.
Reviews:
Melissa
Eres cómo la de las mil cuentas(?). Gggg ¡Gracias por seguir este fanfic! Eres de las primeras que me ha apoyado. I love you too~ ;vv;
Mirlo
Jeje, así es Ita-chan, ¡Por cierto, gracias!
¡Lindo día!
¿Review~?
