Lienzo de amor

Disclaimer: Hetalia no es mío ni sus personajes, sólo esta historia.

Nota: Hola, bueno debo avisar que ya estamos casi acabando con este fanfic. Les agradezco a todos sus reviews, como se darán cuenta ésto no es gran cosa pero aún así gracias por apoyarme.

Vamos con el capítulo~


Capítulo 12: En busca de creatividad.

La pobre cara de Ludwig se petrificó, sus músculos no lograban moverse.

Lo que estaba frente a sus ojos era una muchacha muy bella, de cabello sedoso e increíbles pestañas, vestida bastante bien. Parecía hablar italiano, y por ende conocía al que se hospedaba en su casa. Ambos, a simple vista, se llevaban perfectamente. Era hermosa... ¿Qué podía hacer él contra ella?

No quería pensar que Mariane era su temor, que sería la razón de que su sentimiento de soledad regresara.

Alzó el brazo y los dos se saludaron.

—Cómo ya dijo mi Feli, yo soy Mariane, Mariane Lombardo. —El rubio tragó saliva lento, como si pesara demasiado.

—Igual, como él dijo, yo soy Ludwig Beilschmidt.

—¡Mucho gusto! Qué lindo de su parte que le dejen quedarse aquí. ¿Puedo pasar?

—Uh... claro.

Los tres individuos entraron al apartamento y se sentaron en los sillones de la sala.

La de cabellos negros no paraba de hablar acerca de temas innecesarios, hasta que mencionó a la familia del castaño.

—¡Ah! Sí, tu abuelo me dijo que te diera esto. —Le entrego un objeto cuadrado y envuelto.

Nonno? ¿Lo viste? —Tomó el presente. Puede que sea raro, reconoció el peso de lo que tenía entre las manos.

—Sí, me quería invitar a comer a un restaurante pero ese día tenía planes. No me dejó abrirlo hasta que tú lo vieses.

—Vee~ nonno... Supongo que grazie. —Separó la tela que le cubría, para encontrarse con una imagen que reconocía de inmediato. El chico se enmudeció. El alemán que no había mencionado una palabra se sorprendió y se acercó a ver qué era lo que dejó sin palabra al italiano.

Era una foto, ya algo vieja y desgastada. Se podía ver una pareja de niños tomados de la mano. El niño inflaba las mejillas, haciendo un leve puchero. La niña sonreía ampliamente.
Esa sonrisa... era definitiva, el germano la reconoció. Al parecer "la niña" resultaba ser realmente un niño, no sólo eso, ese niño resultó ser realmente Feliciano. El oji-azul viró a observar la cara del muchacho del rizo para comparar los rostros.
Se percató de que éste ya le había estado viendo, quizá desde más tiempo. El más bajo se ruborizó y encogió de hombros, ocultando su cara.

—E-eh... qué linda foto. El chiquillo de ahí es tu hermano ¿Pero y ella? ¿Es alguien de tu familia o algo así? —Señaló, la de ojos verdes, el retrato con el dedo índice.

—S-soy yo. —Dijo tartamudeando, queriendo que la tierra se lo tragara vivo, primero el rubio le descubre espiándolo y luego confiesa el hecho de que antes usaba vestidos para niña.

—Oh.
El silencio se volvió a comer la habitación.

Ludwig notó que volvió a abrir la boca para decir algo pero se le adelantó. —E-eh ¿No quieren algo para tomar?

—¿Hum? ¡Claro! Yo quiero un vaso de agua.

—Ya voy por el. —El alemán desapareció detrás de la puerta de la cocina.

—Tu amigo es algo raro y muy serio ¿Por qué no habla?

—No lo sé. —Respondió a secas. Le habían salvado de dar una explicación de cosas que no le apetecían del todo recordar.

—Je... cómo sea. —Se puso algo nerviosa, como si no hubiese sido bueno mencionar aquello. — ¿Qué tal tu escuela? ¿Sigues siendo el Don Juan de antes?

—¿Eh? Pues, sigo teniendo más amigas, pero no es nada serio, vee~—Casi como si un choque eléctrico se precipitara en sus pensamientos se dio cuenta de que ya no coqueteaba tanto a manera de que lo hacía en la Pre-universidad.

—¡Eso es bueno! ¿Entonces no tienes a nadie que te guste, verdad?

Abrió los ojos y meditó su respuesta por aproximadamente un minuto. —...No.

—¡Perfecto! Bueno, estaba pensando que-

—¡A-aquí está el vaso con agua! —Alzó la voz de pronto el germano con la bebida en mano. El ambiente últimamente se había puesto muy incómodo. Todos callaron por un momento hasta que el ítalo recordó algo importante que tenía que hacer. —¡Veee! ¡Es cierto! Necesito empezar a pintar algo ¿Puede ser aquí, Lud? ¡Prometo limpiar todo!

—Ah... claro.

—¿Pintar? ¿Para qué? —Preguntó la chica.

—Eh~ es para una convocatoria en... ¿En dónde?

—En el Museo de Colecciones Estatales de Arte.—Dijo en lo que movía una mesa.
Mariane, claro, notó que el alemán parecía saber mucho sobre el del rulo. Se sentía algo celosa.

—Sólo me queda una semana, así que tengo que empezar ya~ —Canturreó en lo que le ayudaba al alemán.

—¿Y ya tienes algo en mente?— Interrogó curiosa.

—... Vehehe, por ahora no... he estado algo distraído. ¡Pero verás que la inspiración ya llegará a mí!

Los chicos acabaron de hacer espacio para que el ítalo tuviese suficiente área para trabajar.

—Creo que ya es bastante tarde. —Se peinó su largo pelo con las manos. Rió un poco. —Mañana vendré. ¡Nos vemos, Feli! Gracias Ludwig. —Se escuchaba que decía con un tono más dulce el nombre del castaño. El alemán trató de ignorarle, había algo en esa mujer que no le agradaba, sin embargo no estaba tan seguro de qué era.

Unos minutos después de haber quedado solos, al germano se le ocurrió resolver aquella duda que le devanaba los sesos en ese momento.

Sí, Feliciano afirmó no tener relación amorosa alguna, pero se valía preguntarse, después de la presencia de la de ojos esmeralda, si eso era totalmente cierto.

Carraspeó. —Eh, ¿Feliciano?

El muchacho, que ya había empezado a pintar, no quitaba la mirada del lienzo en lo que lo llenaba de colores. —¿Hm?

—Ella...—Se limitó a no decir su nombre. —... ¿No es tu novia?

—¿Mariane? No, no lo es.

—Oh, ya veo... ¿Es cierto lo que dijo?

—¿Qué cosa?

— Eso de que eras un conquistador, eck.— Se rascó la nuca. Sus interrogantes podrían estarse pasando a ser muy curiosas.

—Ahh, oíste eso. Bueno, sí, lo era. Mas desde que llegué a Alemania no me han dado muchas ganas de salir con una doncella~

—¿Sabes porqué?

El otro paró su mano que se deslizaba con el pincel. De nuevo, las ideas en su mente le confundían y chocaban entre sí.

—No. No lo sé.

Ambos quedaron atontados de su extraña plática que cambiaron de tema.


Feliciano despertó. El día de ayer se le había pasado volando y casi no le dio tiempo de avanzar su cuadro.

Aún así, dudaba acabar.

Últimamente había estado tan absorto en sus pensamientos que la tarea de pintar algo (que antes era algo sencillo) se le complicaba. Simplemente no podía despejar sus ideas, era como un auto que iba directo hasta que se encontraba con un tope gigante en el camino y sin duda alguna, ese tope era aquella pregunta que su corazón le hacía constantemente.

¿Le amas, verdad?

Resonaba súbitamente en su cabeza.
Sin respuesta alguna, tomaba aire y trataba de relajarse. Sin embargo seguía desconcertado.

Acomodó el banquito frente a su inconclusa obra y re-comenzó.

Guten Tag.— Exclamó Ludwig en cuanto le vio. —¿No desayunarás?

Ciao, yo creo que más tarde. —Miró fijamente su obra hasta ahora. Llevaba poco, pero había algo que no le convencía.

—... ¿Tan si quiera ya sabes que es lo que pintarás? —Dijo con algo de preocupación.

—Sí. Será una bella.

—Bueno... —Comentó no muy seguro. Había visto extraño al chico últimamente.


No lo podía creer.

Su inspiración se había ido por completo.
Pasaron ya veinte minutos y nada.

Su estómago le rugía como truenos en una tormenta. Se levantó y se fue almorzar.

El germano salió vestido con ropa muy deportiva. —Feliciano, iré a hacer ejercicio. ¿Quieres ir? Quizás así te despejes un poco.

—¡Veee! ¡Sí! —Casi lloriqueaba.

Fue así como los dos acabaron en el parque en un entrenamiento que probaría sus habilidades.
O mejor dicho, sólo las de Ludwig.

—¡Enumérate!

—¡Uno!

El rubio tenía una apariencia de un entrenador profesional y el del rulo de un preparado aprendiz.

—Correremos sólo cinco vueltas ya que eres principiante. ¿Está bien?

—¡Claro, capitán! —Hace un saludo militar.

Empezaron trotando por el lugar, tenían ritmos similares a pesar de que el italiano se esforzaba de más.
Cuando el oji-azul aceleró su trote el ítalo lo desaceleró. El sitio en el que se estaban ejercitando era gigantesco, de los parques más grandes del lugar.

Si apenas cinco vueltas eran para un principiante, Feliciano no se quería imaginar las que hacía a diario el germano.

A la mitad de la segunda vuelta ya echaba la toalla, agitaba el brazo para llamar su atención. —¡Lud! ¡Me rindoo~! —Estaba a punto de caerse del cansancio, no lograría alcanzar a su amigo que por el contrario, éste parecía alcanzarle a él pero arrepasándole.

Definitivamente no pudo más, sus rodillas se debilitaron y cayó al piso, no se golpeó pero se sentía un asco ¿Por qué no podía hacer nada bien hoy? Ni si quiera su "gran dote" de pintar le surgía otra vez.

Frente a él, una mano se posó.

—¡Luuud! —Exclamó lagrimeando.

El alemán le ayudó a levantarle y le cargó en su espalda. El castaño al principio se sorprendió un poco. Secó sus párpados mojados y de nuevo rió como solía.

—Jejeje ¡Eres invencible, capitán!

El contrario frunció un poco el ceño en lo que sus mejillas se acaloraban. —No lo soy. —El chico del rulo le abrazó del cuello en lo que acababa su entrenamiento.

—¡Sí lo eres!


Cuando acabó el entrenamiento se dirigieron a casa.

—¡Ya regresamos! —Canturreó el castaño en lo que entraba al apartamento.

—Vargas, vino la joven de la otra vez. —Espetó con seriedad, German. —Estaba enfadada porque no te habías llevado tu celular o algo parecido. —Le dio un sorbo a su segunda taza de café que se tomaba todos los días.

—Ah~ Mariane~ —Tiritó leve. —Ella es demasiado ruda conmigo...

—¿Te asusta acaso? —Intervino el rubio de pelo corto.

—¡Ehhh! ¡No, no, para nada! —Le daba palmadas en el hombro, frenético.

—Seguiré con mi trabajo. —Dijo a secas el mayor y desapareció tras la puerta de su estudio. Ludwig se cruzó de brazos.

Todo estaba demasiado tranquilo hasta que Feliciano volvió a aferrarse al alemán.

—¿Qué voy a haceer? ¡Me da miedo una chica! ¡Eso no es normal, Lud!

—No, no lo es. Debes de decirle que no te gusta que te trate así. No está bien que se comporte como acosadora, debes decirle antes de que se vaya o no acabará.

—P-pero ¿Cómo? ¿Y si me golpea? No quiero ser golpeado y menos por una signorina.

—Si te golpea, entonces esto ya no será personal...—Miró a otro lado.

El italiano abrió bien los ojos y miró fijo al germano.

—... ¿Y-y ahora qué?

—Es que eso... ¡Se vio tan genial, Lud! Es como si quisieras protegerme.

Acarició el cabello del muchacho del rulo, como si fuese un gato.

—...En parte es así.

—Te quiero mucho Luddy. —Le dio un besito en la mejilla.

Se le acaloró la cara al más alto, era extraño que le llamase de esa forma pero aún más extraño su inexplicable comportamiento.
El ítalo se quedó algo reflexivo. Se separó del otro.

Benne ya que me despejé ¡Iré a trabajar!— Fue con entusiasmo a sentarse en aquel banquito frente al lienzo.

Ésta vez sí que se sentía esperanzado. Su mano bailaba con el blanco pintándolo todo de colores llamativos y deslumbrantes a los ojos. Tanta era su creatividad que la hora se le pasó y acabó bastante tarde ese día, lo que sea que le haya dado ánimos era gracias al de fanales como el cielo. Puede que no fuera tan expresivo o que a veces le regañara, sin embargo siempre le ayudaba en todo y acababa superando su meta.
A su cuadro le faltaban todavía muchas cosas, pero por lo menos había avanzado mucho.

Puede que... estuviese encontrado una nueva fuente de inspiración.