Nota: Antes que nada, no sé cómo agradecerles a los que siguieron éste fanfic y estoy muy feliz si es que les gustó o por lo menos les entretuvo por un rato. B-bueno, ya me callo que me pongo sentimental. (?)

Disclaimer: Hetalia no es mío ni sus personajes, sólo esta historia.

Capítulo 14: Lienzo de amor.

La magia regresaba, al cerrar los ojos con ese contacto, Feliciano podría asegurar que veía las estrellas. No era su primer beso, sin embargo, éste tenía un toque que lo hacía especial, que lo hacía... maravilloso.

Separaron sus bocas con una increíble lentura, no querían que terminara pero le dieron fin debido a que ya llevaban casi un minuto de este modo y el aire les faltaba.

Sus párpados se abrieron al mismo tiempo, dejándole ver a Ludwig esos suaves labios conjuntando los ojos avellanados.

—Luddy...— Comentó el del rizo, con la boca entreabierta y el rostro como un semáforo.

—Feliciano...—Gesticuló el otro, formando una sonrisa que acabó por ser contagiada al castaño.

Como si fuera un interruptor, una idea apareció en la mente del germano.

Debía decírselo.

Debía dejar esa cobardía, esos besos sin explicación.

Se había decidido.

Se le confesaría.

Suspiró largamente, sostuvo la mirada con él lo más posible. —Feliciano Vargas. —Alcanzó a tomarle de los hombros; esto sería muy difícil para él, tenía miedo, a pesar de todo, de ser rechazado, un terror normal, humano, que sufre cualquier persona enamorada. —Yo... —Se aclaró la garganta, tenía la intención de que cualquiera que le oyese fuerte y claro, le entendiera. —Tú... verás... tú eres increíble, Feliciano. Eres la persona más fuerte que jamás haya conocido. A todo pones una buena cara, no te quejas de nada con nadie. Tienes dones especiales, sobretodo pintar. Y bien, yo... ugh, no soy el mejor expresando esto. —Bajó la mirada. Ya podía sentir las gotas de sudor resbalar por su frente.

—Vee, no, por favor sigue. —Pidió, el latir de su corazón tendría la potencia suficiente de salirse de su pecho.

—...Quiero decirte que, a pesar de que muchos te consideran inútil, pienso que se equivocan. Tú, al igual que todo el mundo, tienes habilidades para algunas cosas pero no para todo. Nadie es perfecto. Por eso eres increíble, mejor que cualquier héroe, me salvaste de sentirme solo. Esto me lleva a q-que-—¿Cómo diría aquellas palabras? Maldijo hacia sus adentros, perdió el hilo de la conversación.—Yo...yo...

El otro muchacho notó el tambaleo que tuvo el rubio, era su momento para añadir lo que se quedó atorado en la lengua de Ludwig. —...Ti amo. Io ti amo, Luddy. —Se aferró a él como si no existiera nada más en ese lugar.

Ich liebe dich, Feliciano.—Pronunció también en su idioma natal y correspondió la muestra de cariño.

Los labios del italiano se alzaron, sus ojos se empaparon de lágrimas, más que nada, de felicidad. —¡Abrázame! ¡Bésame! ¡Nunca me dejes, Luddy!

—N-no lo haré ¡P-pero no grites tan fuerte, los vecinos pueden escuchar!—Trataba de permanecer reacio al afecto, sin embargo, ya estaba cayendo a éste.

—¡Ve, no me importa!

El rubio le acarició el pelo, asombrándose de la suavidad del chico.
Hubo un rato de silencio. Volvieron a verse fijo en las pupilas, el germano acercó sus rostros poco a poco...

Guten Abend, salí más temprano de lo que pensé. —Pasó German, con su portafolio a reventar de documentos. —¿Por qué no cerraron la puerta? ...

Ambos dieron un respingo y se separaron al instante.

—¡V-ve! Buona sera!

Ludwig se levantó a tiempo y empezó a recoger. —Lo siento abuelo, es que hubo un accidente.

—Ah, ja... se nota a simple vista. Iré a acomodar algunas cosas y quizá les pueda ayudar. — Se dirigió a su estudio.

Los dos que quedaban en la sala sólo pudieron suspirar de alivio.


Después de reorganizar el cuarto, cenaron a pesar de ser bastante tarde.

Antes de irse cada quien para su cuarto, Ludwig notó que Feliciano tomaba rumbo al lienzo blanco de la sala. ¿No era ya hora de dormir? Le alcanzo a tomar de la camisa.

—¿Ve?

—¿A-a dónde vas?— Interrogó angustiado.

—Voy terminar. —Se estiró, parecía bastante confiado en seguir con su obra.

—Pero ya es bastante tarde y-

—Luddy, tú fuiste el que me dijo que si me esforzaba lograría un trabajo genial ¿no?

—Sí...

—Entonces no te preocupes, necesito empezar ahora para acabar más rápido.— Le dio una palmadita con cariño en la mejilla.

—Bien. —Se le fue acercando para de nueva vez y sin ninguna interrupción, unieran sus bocas en un beso.

.

.

.

Pasaron los días, veloces. La estancia con su amante los había acortado, sin embargo esa no era razón para no acabar con su bello cuadro, que, varias veces impidió que fuese visto por el rubio. Le dejaba solo para trabajar, pero en sus momentos de descanso se veían mucho, a tal grado que ya dormían en la misma habitación.

Llegó el día de la exposición, los únicos que mandaron su pintura fueron Feliciano, Emma y Lily. Se encontraron y comenzaron su plática que tanto les había hecho falta.

Aquella galería tan prestigiada en la zona de Dresde, tenía vigencia desde 1560, una estructura muy común en los edificios alemanes de tales años, fue convertido en un recinto dedicado a las obras artísticas más grandes del país.

Se exhibían los cuadros de dichos participantes, todos parecían tener pinta de ganador.

—Entonces, ¿Cuál es su pintura? —Curioseaba la de faceta gatuna.

—A-ah, qué pena... la mía es aquella. —Señaló, la otra muchacha, una obra en la que se admiraba una mujer sentada, mirando el ocaso. Con un rostro nostálgico.

—Es muy bella~ —Gesticuló, el italiano.

—Vaya, es tan beau...—Espetaba con sorpresa, la belga. —La mía es esa. —Dirigió con el dedo, un cuadro en el que se mostraba un lobo que corría entre rosas, como si éstas fueran un gran camino.

—Woah... también es muy significativa y hermosa.—Comentó el castaño.

—...Sí... ¿Y la tuya Feli?—Preguntó la menor.

—Eh, es- —En ese instante, entró el alemán, con un ramo de flores, observó al del rizo, algo avergonzado, puede que haya exagerado. — ¡Ah! Esperen. —Corrió hacia él.

Las chicas veían desde lejos, compartieron una mirada de que entendían la situación. Aquel chico hablaba tanto del otro y lo expresaba con increíble cariño y alegría que adivinar en lo que habían acabado no era un gran misterio.

La pareja regresó con las dos rubias.

—Feli~ —Canturreó Emma. — ¿No hay algo que nos tienes que decir?

Ambos tartamudeaban cosas sin llegar a palabras como un "ehm" "ah" "eh".

Benne, ¡Yo y Luddy esta-!—El germano le tapó la boca.

—¿C-cuántas veces te tengo que decir que no lo grites?

—¡P-pero yo quiero que todos se enteren!

—Entiende que no todos lo ven bien.

—W-wah, está bien, Luddy pero no hagas esa cara ¡Me da miedo!

Luego de ese momento incómodo lleno de vistas desconocidas, lo dijeron directamente. Las caras de los chicos se hicieron rojas, con la diferencia de que Feliciano reía por lo que había pasado.

—¡Felicidades! —Dijeron unísonas.

—... Mon Dieu! ¿Qué felicitamos?— Apareció de la nada, el rubio con copa de vino en mano.

—¡Profesor Francis!— Exclamó Lily.

—Vee ¿Usted qué hace aquí?

—¿En serio no tenía fe en que vendría a admirar cómo premiaban a mis alumnos? ¡Eso me duele!

—Jaja, pero ni si quiera sabemos si vamos a ganar algo. —Soltó una risa, la belga.

—¡Claro que lo harán! Sé que con lo poco que les he enseñado bastará que ganen por lo menos un buen lugar.—Posó heroico de ser un excelente maestro.

—Yo si creo en usted, Profesor Francis. —Comentó la más pequeña.

Merci, Lily... Ni si quiera me dijeron que era lo que celebraban.

—¡Ah! Es que Feliciano y Ludwig empezaron a salir juntos.— Contestó la muchacha gatuna.

—¡Oh! ¡Ya veo! —Tomó a los dos mencionados de los hombros. —¡Ustedes par de tortolitos!— El germano le observaba con desconfianza y clara pena, cuando no quería que nadie se enteráse medio mundo ya lo sabía. Mientras tanto el italiano se sentía muy afortunado y con ganas de gritarlo a los cuatro vientos ero resistía a tal cosa, no quería incomodar a su pareja.

Se oyó un golpe al rededor, seguido de carraspeos y un "Probando, probando"; de inmediato todos posaron su atención en el siguiente mensaje que darían.

Todos los presentes se encaminaron al pequeño escenario dentro del Museo.

—Daremos los resultados, al parecer nuestros jueces ya se han decidido por una de las obras que participaron.—Anunció un hombre de pelo oscuro con traje.

Tomaron un trago largo de saliva, cualquiera podía ser el próximo ganador de este año.

Por otra parte, Ludwig se sentía hasta más nervioso que su pareja. Durante todo su proyecto no le dejó ver ni un poco de lo que había pintado, según Feliciano, sería una sorpresa.

Los compañeros de arte se tomaron de las manos, sólo para esperar lo peor.

—Primero que nada, daremos los lugares que más se acercaron a ser el ganador. En tercer lugar tenemos al número 058 ¡Con un hermoso lobo pintado entre flores! ¡Felicitaciones!

Como si estuviera entre varios espejos, Emma sintió muchos ojos en dirección suya. Dio un brinco de felicidad y corrió apurada al escenario a recibir su medalla.

Todos sus amigos aplaudieron efusivamente al logro de su compañera. Regresó con los demás al público.

—Excepcional tu arte, señorita Brussels. Ahora, en segundo lugar, uno de los autores jóvenes más conocidos al cual agradecemos su presencia...

—¡Qué bueno, Emy!—Espetó la otra de pelo corto y se dieron un abrazo grupal.

—¡Wah! ¡Llegamos tarde! —Se aproximó Elizabeta con un albino detrás suyo, el cual venía muy cansado. —¿¡Ves!? ¡Te dije que te apuraras pero seguías mirándote en el espejo!

Hiperventilaba, Gilbert. —Oye, sólo admiraba mi gran ser, no hay porque molestarse keses- ¡tch! —Le dio un buen golpe, la que lo acompañaba.

—Lo siento, hola chicos...—Viró a la medalla que se posaba en el cuello de la belga.— ¿¡Ganaste, Emma!?

—¡Eli! ¡Sí! —Las dos grandes amigas se estrujaron de la emoción.

—Pongamos atención que darán ya el primer lugar. —Sonrió Francis, silenciando la llegada de los otros.

El hombre de en frente prosiguió.—Y para el gran final, el ganador de esta convocatoria y el que será reconocido en una exposición es aquel obrador de... ¡El siguiente cuadro!

Descubrieron la pintura a oleo, se mostraba un bosque abundante y entre plantación y árboles, un soldado, con ese uniforme tan reconocible al mundo, se recostaba; se veía de espaldas, alzando un poco la cara al cielo y justo a lado suyo, un arma que podía quitar vidas, abandonada.

—El nombre de tal obra es "Ya no quiero luchar" y su autor es... ¡El número 090! ¡Vargas Feliciano!

Desde un principio se quedó sin habla, pero no sin expresión en el rostro, era como una simple ilusión. Sus ojos resplandecieron y voló al escenario. Estaba seguro que se pondría a llorar, pero resistía las ganas.

—¡Muchas felicitaciones! Dinos, ¿En qué te basaste para crear tan bella pintura?

Tomó el micrófono. —Para ser honesto, esto no era lo que tenía en mente en un principio. Mi primera pintura se arruinó, por un accidente...—Hizo una pausa en lo que se encorvaba. —Pero, ahora, creo que mi verdadera fuente de inspiración fue... Ludwig Beildischmit. —Alzó la vista hacia el germano sin intención de moverla a otro lado y esa linda sonrisa regresó a sus labios. —Molto Grazie Luddy! Ti amo~

El lugar se inundó de fuertes palmadas de parte del público. Nadie pareció entender lo que dijo aquel italiano además de el mencionado, aún así eso no evitó que su cara se convirtiera en un tomate.

Así, comenzaba todo. Después de aquellos días negros de sufrimiento, de soledad, eran compensados, no sólo por simples cosas como ganar una convocatoria de arte sino, por encontrar a esa persona tan especial y que elegiría muchas veces sea lo que sea que se le pusiese en frente.


Después vino una celebración que conllevaba música, bocadillos y la mejor variedad de bebidas alcohólicas, sobre todo, cerveza.

Por la mesa, Lily tomaba algunos pastelitos que le parecieron deliciosos.

—¿No dijo nada tu hermano? —Preguntó curiosa la húngara.

—Eh, sólo espero que no les haga nada a los jueces...

—Cierto ¿Dónde está tu hermano, Lily? —Llegó luego el profesor.

—Trabajando en aquel taller.

—Ah, sí, dónde también trabajaba Ludwig. —Sacó su conclusión, la de pelo largo.

Los tres dirigieron sus ojos a dónde estaba el alemán. Se encontraba con su pareja abrazado a él. Le costaba aceptarlo pero ya no podía hacer nada más. Le plantó un dulce beso en la frente.

—Me alegra que sean felices. —Gesticuló Elizabeta.

—¿Se dan cuenta? —Posó una sonrisa ladina sobre esa barba francesa.

—¿Qué cosa? —Interrogó la rubia.

—Ese muchacho, Feliciano, es el culpable de esa alegría en el alemán. Necesitaba que alguien coloreara su vida y al parecer lo halló, cómo si fuera un cuadro en blanco, pero al final, gracias a esa pinceleada, ahora representáse a un lienzo de amor y color.

—¡No puedo creerlo, cada vez hay más homosexuales! —Exclamó un hombre que más, parecía huir del lugar con una cara de espanto.

En seguida todos soltaron una risa por tal actitud.

Lienzo de amor.
FIN


Otra vez una enorme disculpa por el atraso.

Gracias por leer. ღ