Bueno, creo que hace falta ir introduciendo a cierto elemento en esta historia que va faltando, y ya viene en este episodio. Además, veréis la competencia de Emma en su conquista de Regina con más profundidad.

kykyo-chan. Yo diría que Elsa, Ruby, Bella, Ariel, Mal, Morgana y Emma, son siete, ¿Cierto? Aunque a Morgana sólo la he mencionado.

Love Girl, desde luego Regina tiene que ser la envidia de la región, eso por descontado.

Me alegra que te guste, Oceans, aquí tienes el siguiente.

15marday, piensa con propiedad. ¿Cómo iba a ser cosa de Mal? Ella no llevaría por ahí a otra de las esposas de Emma.

navarroparrilla, me alegro que te guste mucho. La verdad, es una idea que me vino en flash, en parte gracias a otro fic que estaba leyendo. A veces me sorprendo a mí mismo. Aquí tienes tu siguiente capi, disfrútalo.


Emma Swan

Volar. No pude evitar que me brillasen los ojos. Surcar los cielos era un sueño que cualquiera ha tenido. Y yo no era una excepción. Incluso olvidé los celos que sentía por ver la silueta de otra mujer tumbada junto a mi esposa. Quizá me estaba acostumbrando a los gajes de mi nueva vida. A la larga tendría que hacerlo. No es como si tuviese más elección, la verdad. Y la sonrisa con la que Regina me lo preguntó, me encogió el corazón de una manera que no podría imaginar.

_ De acuerdo. Volaré contigo, Regina._ Dije, sonriendo sin poder evitarlo. Ella correspondió.

_ Ponte algo abrigado. Te espero a la salida del palacete en diez minutos. Oh… una cosa más._ Lo último, lo añadió susurrando.

_ ¿Sí?_ Pregunté.

_ ¿Podrías guardar esto en secreto?_ Me pidió._ Se supone que no debería sacarte a escondidas de noche.

_ Claro… será nuestro secreto._ Se me escapó una risita tonta, pero Regina no debió escucharme.

Busqué entre mi ropa algo abrigado, pero no había mucho donde elegir. Terminé poniéndome una larga gabardina blanca que en su día había sido de mi madre. Me sentía bastante ridícula. Salí al patio, ansiosa y cuando quise darme cuenta, desde el cielo, Regina descendió frente a mí. Se encontraba de pie sobre lo que parecía una alfombra. La parte de la alfombra frente a mí se dobló, formando unas escaleras.

_ Vamos._ Me dijo, ofreciéndome su mano.

_ Claro…_ Susurré, tomándola de la mano y subiendo a la alfombra._ ¿De dónde has sacado esto?

_ De la princesa de Agrabah, claro._ Se rió.

_ ¿Hay un octavo cuarto ahí dentro que no he visto?_ Pregunté, visiblemente molesta.

_ No, la verdad es que ella duerme en una alcoba junto a la mía._ Dijo Regina, mientras la alfombra comenzaba a tomar altura.

_ ¿Cómo?_ Pregunté, notaba los celos escapando por mis orejas. Regina estalló en carcajadas.

_ Es una broma, tonta._ Me dijo, dándome un beso en la mejilla._ Lo cierto es que el sultán de Agrabah no estuvo de acuerdo en la proposición de mi madre.

_ ¿De tu madre?_ Pregunté._ ¿Tu madre escoge a tus esposas?

_ Solía hacerlo._ Dijo, apesadumbrada._ Por suerte llegué a tiempo.

_ ¿A tiempo?_ Pregunté._ ¿A tiempo para qué?

_ Para escogerte a ti, claro._ Debía estar como un tomate. ¿Yo era la única de las siete a la que había escogido?_ Pero no te he traído aquí para eso.

_ ¿Entonces? ¿Para qué me has traído?_ Pregunté, mirándola.

Regina se hizo a un lado y me dejó ver una muestra de la vista más hermosa que había visto. Desde donde nos encontrábamos se podía ver una extensión infinita.

_ Mira… si te fijas bien… se distinguen los ocho reinos._ Murmuró, apoyándose en la alfombra._ Mi madre solía decir que algún día, estarían todos en paz. Que trabajaríamos unidos.

_ ¿La misma que te escogía a las esposas?_ Pregunté, sin dejar de mirar. Regina rió.

_ No, claro que no.

_ Entonces… ¿Cómo?_ Pregunté.

_ Yo tengo dos madres, Emma._ Se sentó en la alfombra._ Es una cuestión de magia. Lo ha sido así durante siglos.

_ Entiendo…_ murmuré. Miento… no entendía nada en absoluto, pero algo me decía que si preguntaba iba a estar aún más confusa. Ella debió notarlo, porque negó, pero no dejó de sonreír.

_ Cora escogía a mis esposas._ Me dijo._ Ella siempre ha dejado claro que debo seguir la tradición de nuestro linaje. Mi otra madre nunca pareció tan preocupada por ello.

_ La tradición…_ Murmuré._ ¿Insinúas que durante siglos la reina se ha casado con siete mujeres?

_ Sí, así es._ Regina lo dijo con total tranquilidad, como si fuese común._ ¿Qué tiene eso de raro?

Y entonces fue cuando me di cuenta. Regina no era una mujer fría que había escogido meticulosamente cómo hacer crecer su reino. Sólo seguía lo que ella creía que era lo normal. Había escogido odiarla… y lo cierto es que ni siquiera parecía que la conociese bien. No sabía qué pensar.

_ ¿Quieres volver a casa ya?_ Me preguntó._ Pareces cansada.

_ Sí… me gustaría._ Murmuré._ Quiero estar bien despierta mañana.

Y ella tenía una cita con Ruby, que por lo que sabía era toda una heroína y probablemente tenía actividad para rato. Regina me dejó una vez más frente al palacete que me servía de residencia. Yo la vi desvanecerse en el aire, en dirección a su habitación, y no pude menos que suspirar. Regina era una mujer con muchos secretos que me moría de ganas de descubrir.

Ruby Lucas

Apenas había amanecido cuando abrí los ojos. Hacía mucho que no podía permitirme estar con Regina. Éramos siete para repartir su tiempo, y se notaba. Especialmente cuando yo había sido la segunda en llegar y podía recordar pasar tres o cuatro días de cada semana a su lado. Me vestí para la ocasión, con algo de cuero que yo misma había curtido. Tomé mi arco y mis dagas, y me dirigí a su habitación.

Sin embargo, Regina estaba dormitando en su lado de la cama, con expresión de pleno sueño, y su pijama de seda revuelto. De Regina había aprendido, que no podía despertarla. Se podía poner echa una fiera. Además… estaba tan dulce cuando se dormía. Acaricié su pelo con ternura, pero ella seguía hecha una roca. Ariel aún estaba a su lado. A ella le di un golpe y la eché silenciosamente. Desde el amanecer, me tocaba a mí.

Me acurruqué al lado de mi reina y acaricié lentamente su pelo. Regina era un sueño hecho realidad. Yo era la única que parecía entender que merecía la pena ser tan sólo una pequeña parte de su vida. Dejé las dagas a un lado y me acurruqué sobre ella. Me quedé dormida sin pensarlo siquiera.

Regina Mills

Abrí los ojos, sintiendo los brazos fuertes de mi segunda esposa rodeándome. La forma en la que Ruby sonreía mientras dormía a mi lado era enternecedora. Acerqué mis labios lentamente a los suyos y le di un suave beso. Ruby abrió los ojos y me miró, con una sonrisa juguetona.

_ Buenos días, mi reina._ murmuró, con voz dulce.

_ Buenos días, Rubs._ Le dije, bostezando._ Siento no haber estado despierta cuando llegaste.

_ No pasa nada._ Dijo ella, comprensiva, como siempre._ Sabes que mi única aspiración es verte feliz.

Negué con la cabeza y le di un beso en la frente, poniéndome en pie. Lo cierto es que con todo, la noche anterior me había dejado agotada. Pero ver en Emma cierta comprensión me había bastado. Sabía que tenía cierto miedo, que la asustaba lo que había pasado. Pero yo la había escogido, y era por una buena razón.

_ ¿Salimos a cazar hoy, Ruby?_ Le pregunté, mientras buscaba algún conjunto adecuado.

_ Me hace mucha ilusión._ Dijo ella, abrazando mi espalda._ Te echo de menos.

_ Y yo a ti._ Reconocí._ Debí haberte llamado ayer.

_ Tendrías tus motivos para llamar a Ariel._ Me dijo, en un susurro.

Y los tenía, pero desde luego no habían sido motivos honestos. Había llamado a Ariel sólo porque estaba excitada por Emma. Jamás habría llamado a Ruby por algo así. Me habría sentido mal. Nuestra relación era bien distinta.

_ Pero me has llamado hoy._ Dijo, con emoción._ Quiero ir al bosque.

_ Claro…_ Dije, cambiando mi ropa por unas prendas de montar_ ¿Voy bien así?

_ Tú siempre estás bien._ Dijo, acariciando lentamente la trenza que me había hecho en el pelo._ Me gusta mucho cuando vistes así.

_ Bueno… no voy a ir con un vestido al bosque, ¿Verdad?_ Sonrió ante mis palabras. Sus ojos emitieron un ligero brillo dorado.

Me acerqué y la besé con ternura, nos miramos a los ojos y tomó mi brazo. Caminamos al carruaje, sin demasiada prisa. Estaba contenta de salir con Ruby. Los días con ella solían hacerse demasiado cortos para mí.

Morgana Le Fay

_ Es asqueroso._ Dije, haciendo desaparecer la imagen que había en el espejo mágico._ No soporto ver tanto amor.

Cora rio, con toda la tranquilidad del mundo. La astuta reina madre del reino no tenía el más mínimo problema en tratar este tipo de asuntos sin la menor importancia. Quizá tuviese que ver con el hecho que desde que su mujer abdicó, ella no tenía que preocuparse en lo más mínimo. Era la última de las cuatro esposas que esa mujer había escogido en primer lugar, y su vida estaba resuelta con su hija en el trono y Zelena como sucesora directa en el caso de que a Regina le sucediese algo antes de tener su propia descendencia.

_ Relájate, Morgana._ Me dijo, mientras se llevaba la copa a los labios._ Tómate algo conmigo y deja de mirar. Los celos no le sientan bien a tu piel.

_ Teníamos un trato, Cora._ Dijo, cruzando los brazos._ Yo me aseguré de quitarte todos los obstáculos de en medio… Y tú… ¿Tú elegiste a ese engendro? Maldita sea, Regina la adora.

_ No, yo no la elegí. A Ruby la eligió mi mujer._ Se encogió de hombros._ No puedo estar en todo, Morgana. Quizá sí intentases llevarte algo mejor con Regina, no te odiaría tanto.

_ Pero es que es insufrible._ Se quejó._ Es alegre, soñadora, con sueños y esperanzas. ¡Odio a esa mujer! Casi siempre.

Cora dejó su copa sobre la mesa y me miró. Quizá había hablado de más.

_ ¿Casi siempre?_ Me preguntó, suspicaz.

_ No voy a negar que tiene sus momentos._ Me mordí el labio. No iba a compartir con la madre de mi esposa nuestros momento en la cama.

_ Bueno… pues puedes empezar por esos… momentos._ Dijo Cora, tomando una manzana de la cesta de fruta que había traído como regalo para mí y dándole un bocado._ No entiendo por qué estás preocupada. Las dos sabemos que cuando llegue el momento, te escogerá a ti para llevar a la heredera al trono. Yo me aseguraré.

_ No sé cómo lo harás._ Dije, mirándola con mis azules ojos completamente fríos._ Si se pasa todo el día jugueteando con esa perra y la nueva chica con rizos de oro que le has traído. Y yo que creía que Elsa ya era un problema.

_ No te preocupes, Morgana._ Cora se puso en pie._ Sé que podrás encargarte de Regina con tu encanto. Prepárate… me aseguraré de que mañana seas tú la que salga de este palacete.

No era precisamente una garantía, pero eso significaba que estaba más cerca. Si Regina me elegía para ser la que tuviese a su hija contra su voluntad, la gente lo sabría y me lincharían. La propia Eva me haría matar. Ya había dejado las cosas bastante mal en Camelot dejando a Arturo gobernar en mi ausencia. Lo había arriesgado todo para llegar hasta donde estaba. Iba a convertirme en la Líder de los ocho reinos. De un modo o de otro.

Regina Mills

La cacería era, a fin de cuentas, parte de la naturaleza de Ruby. Recuerdo que al principio me había asustado, pero lo cierto es que, después de tantos años, había aprendido a amar a mi querida loba. Escuché el sonido de la flecha atravesar el aire, y pasar a mi lado. Sabía que no tenía que preocuparme de la puntería de Ruby, que jamás iba a darme. Con una de sus flechas. Había dado de lleno a un venado. Se acercó a mí, bajándose del caballo, y me miró con ojos de cachorrito.

_ ¿Puedo ir a por mi presa?_ Me preguntó. Yo sonreí.

_ ¿Cuántas veces te he dicho que no me preguntes? Ve._ Le respondí.

Ruby llevó sus dedos al anillo de su derecha. Se lo había regalado hacía mucho. Una pieza única. Había pasado meses tratando de comprender cómo funcionaba su capa y, finalmente, había hallado el modo de que mi esposa no tuviese que volver a llevarla si no quería. Giró ligeramente un pequeño engranaje del anillo, y este, que hasta aquel momento había mostrado una gema blanca, hizo que se tiñese de azul.

Los rayos de la luna emergieron de la joya, provocando que Ruby no tardase en adoptar su forma animal. Se lanzó a correr a través de prado, mientras yo observaba desde mi caballo, siguiéndola a prudente distancia. Rocinante estaba acostumbrado a ella, pero lo cierto es que no quería estorbarla mientras terminaba la caza. Llegó poco después tirando del venado entre sus dientes, y los soldados lo cogieron y lo metieron en el carruaje. Yo me bajé de Rocinante y me acerqué para acariciar su pelaje. Ella se tiró sobre mí y comenzó a lamerme la cara. Yo me reí, y sé que en su interior ella también lo estaba haciendo. Abrazada a aquella loba enorme, y sintiendo su lengua sobre mi piel, sabía lo que era sentirse querida.