Sansa se despertó intranquila y aterida de frío. Sentía la cabeza embotada y sintió el martilleante dolor de cabeza con más insistencia que antes.
En realidad todo había sido un sueño.
Un plácido recuerdo de hace poco más de un año había dado paso a una pesadilla. Su respiración agitada, la sensación de miedo y opresión en su interior eran características propias de las crueles y amargas pesadillas. La desesperación que sintió al final del sueño ante la imposibilidad de sus deseos, aun hacía onda mella en su mente.
No pudo evitarlo. Al verse tan sola y patética en medio de la oscuridad de una habitación que no era la suya; completamente abrumada, se permitió llorar en silencio.
La mayoría eran lágrimas frustradas del sueño, las cuales se deslizaban lentamente por sus pálidas mejillas para acabar en la almohada. Otras eran producto de lo sucedido en el salón de la Galería Dorada y lo sucedido con Tommen. Otras eran lágrimas más intensas, fruto de varios sentimientos que empezaban a carcomer su ser. No los identificó con nada que hubiera sentido antes. Sin embargo las sentía allí, aferrándose y poniéndose cómodas para atormentarla de ahora en adelante…
Era una verdadera chiquilla.
No encontraba otra palabra para definirse.
También se le ocurría la definición "desvergonzada" que podría otorgársele, por ojos externos a su situación, si la vieran recorrer los pasillos de Roca Casterly con prisa hacia su propia habitación; con el mismo vestido del día anterior, tras pasar la noche en quién sabe dónde.
Las luces pálidas del alba iluminaban tenuemente el ambiente. El silencio reinaba en el castillo pero Sansa sabía que la servidumbre estaría iniciando sus actividades y las cocinas estarían ya encendidas.
Había dejado la habitación de Tommen inmediatamente después que su estúpido llanto cesara y con rabia se dijo que nada ganaba llorando por una pesadilla.
Deseando con todas sus fuerzas no encontrarse con nadie en su camino, llegó a su habitación al fin. Como una exhalación entró y cerró la puerta tras ella.
Se paralizó ante su acción precipitada. Un temblor y miedo la recorrió al ser consciente que Tyrion debía estar allí… ¿Cómo explicaría su aspecto ante su esposo? ¿Qué le diría? No se había detenido a pensar en eso. Simplemente había brincado de la cama de Tommen, imaginando lo que diría cualquiera que la viera salir del cuarto del chico. Era consciente que después de ese beso ya nada volvería a ser igual entre ellos, ahora que no podría ver a Tommen como un niño nunca más.
Cerró los ojos, agobiada, por un instante.
Las cosas se habían complicado demasiado y gran parte era culpa de ella, por tratar de manera incorrecta a Tommen y a Tyrion, respectivamente: a Tommen, por darle demasiado cariño sin tomar en cuenta su edad y a Tyrion por tratarlo más como amigo y protector y menos como correspondía a un esposo.
Las cosas debían cambiar. Debía dejar la tristeza y culpa a un lado y actuar como debía, por primera vez.
Tengo que solucionar esto…puedo hacerlo.
Con resolución, soltó la perilla y se giró para ver el cuarto y la cama vacía. No se sorprendió. Tyrion no solía dormir bien y despertaba temprano siempre. El solar era un lugar que usaba en las primeras horas de la mañana para leer o escribir, cuando la claridad del nuevo día se reflejaba en las aguas azules del mar del ocaso y penetraba por los ventanales del balcón.
Dirigió sus pasos allí, automáticamente. El calor se fue apoderando de sus mejillas mientras su mente barajaba las opciones de por dónde empezar.
No se atrevía a confesarle que había escuchado a escondidas la reunión de la que la habían sacado con cierta alevosía, cortesía de Lady Genna. Solo conseguiría darle cierta razón a la señora Lannister y confirmar su inmadurez contando la ridícula escena de haberse escondido en el balcón de música con un niñ…con Tommen.
Hacerse la desentendida quizá fuera lo mejor. De todas maneras, Tyrion le había prometido hablar con ella. Sin duda le referiría el asunto de Ser Jaime, Tommen…
…su probable alejamiento como señor de Roca Casterly. Ni siquiera podía pensar en eso sin estremecerse y sentirse fatal ante la idea de haber provocado ella misma toda esa situación.
Tal vez podría disuadirlo de alguna manera y lograr que se quedaran allí, en la Roca, si le aseguraba que podrían tener un hijo si lo intentaban. Sansa estrujo sus manos con fuerza. Estaba decidida a intentarlo y cumplir con su deber. Tommen no estaba para nada inclinado hacia ese puesto y los abanderados sin duda estarían más seguros si el heredero fuera hijo de Tyrion.
Y de ella, claro.
Sin ser consciente de ello, una sonrisa asomó la comisura de sus labios, con cierta ilusión y timidez ante la idea de tener un hijo con Tyrion.
Las vaporosas cortinas de seda se elevaron con suavidad cuando se deslizó a través de ellas para ingresar en el solar.
Por supuesto él estaba allí; con una camisa limpia y los calzones y las botas ya calzadas. Sentado frente a la mesa redonda, repleta de libros y rollos que apenas quedaba un pedacito de superficie libre, donde se posaban pedazos de pergaminos extendidos, unos cuantos sobres, un tintero y una pluma.
Con los pies colgando, Tyrion estaba escribiendo con rapidez, sobre una amarillenta hoja, con su estilizada y hermosa letra. Se veía sumamente concentrado pero levanto la vista ante su presencia.
Arqueo las cejas con familiaridad y le sonrió con una mueca torcida que intensifico la notoriedad de sus cicatrices sobretodo de la nariz.
Sansa sintió una agitación en el pecho y se ruborizó levemente. Al verlo recibirla con esa sonrisa, recordó su sueño y el momento donde el deseo de acercarse a él fue tan grande e intenso. Lo insoportablemente desesperada que había estado por tocarlo con sus labios…
Bajo los ojos azorada y confundida.
-Vaya, buenos días, Sansa. ¿Acaso has despertado del lado equivocado de la cama?
El humor en el tono de Tyrion la desconcertó. Lo miró sin comprender a que se refería. Tyrion sonrió más amablemente, señalándola con una ligera inclinación.
-Dudo que ese vestido vuelva a ser el de antes con lo arrugado que esta…
El vestido. Lo había olvidado. Sansa descendió la vista a su atuendo para encontrarlo totalmente arruinado e impresentable; tras quedarse dormida con el puesto por la noche. Con presteza trato de alisar las imposibles e innumerables arrugas de la seda, antaño lisa y suave y ahora tremendamente estropeada. Era inútil.
De repente se detuvo, pensando en la posibilidad que su cabello estuviera igual o peor que la prenda. En su precipitación, no se había mirado ni una vez a un espejo desde que había despertado. Se llevó las manos a la cabeza.
Una enorme vergüenza se reflejó con el furioso sonrojo de su rostro. El almiar que noto en su pelo rojo, seguramente la hacía parecer como si se hubiera revolcado en la cama. La sola idea, tal y como sonaba, la horrorizó en cierta manera.
Tyrion se dio cuenta en el cambio de semblante de Sansa. Sin duda creyó haber sido demasiado directo con la broma, porque corrigió rápidamente.
–Lo que quería decir es que ese vestido era uno de los más bonitos que tenías. Eran unos bellos colores….es lamentable que se haya estropeado. -Al ver que no lograba nada, trato de buscar más cosas que decir, dejando la pluma y moviendo las manos enfáticamente–. Además no te ves mal, Sansa. Para nada. Creo que te da un aire interesante…atrevido, se podría decir. – Tyrion se veía cada vez más en apuros y apenado sin saber que más añadir para cambiar el semblante cada vez más angustiado de Sansa –te ves muy bien…sólo que nunca te había visto en esa faceta…
Sansa cerró los ojos apenada. No quería demostrar que esas inofensivas e ingenuas palabras le hacían daño de una manera que Tyrion no podía imaginarse, pero sin tener culpa en ello.
Toda estaba dentro de ella. Lo que había pasado en el cuarto de Tommen sin duda la perseguiría por mucho tiempo. Sin embargo, no le parecía prudente contarle eso a Tyrion por el momento. No hasta que hubiera hablado con Tommen mismo.
-No se preocupe, mi señor –dijo Sansa con voz forzadamente ecuánime. No recordaba haberse movido tanto mientras dormía-. Tuve algunas contingencias que dejaron en estas condiciones mi vestido…
-Sí, esas cosas pasan. –respondió Tyrion bonachonamente, aliviado de no haber metido la pata–. Recuerdo tantas veces cuando yo era joven. Me refiero a eso de quedarse dormido con la ropa en ciertas ocasiones. Es una gran manera de echar a perder hermosas prendas, efectivamente.
Tyrion se quedó mirando el vacío un momento, rememorando sin duda esas ocasiones a las que se refería. Sansa no quiso imaginárselas y sin saber por qué, se le estrujo el estómago sintiendo cierto disgusto. Alejó esos pensamientos de su mente como si alejara una bandada de molestos pájaros. Respiró profundamente para iniciar la conversación que ansiaba tener con él.
-Tyrion…tenemos que hablar.
Él la observó con curiosidad un rato y su gesto paso de la tranquilidad a una más aprensivo. Hizo un gesto afirmativo girando en su silla para verla de frente.
-Es cierto. Sé que te prometí que hablaríamos, Sansa. Es importante, lo sé, pero no es algo por lo que tengas que preocuparte demasiado. –Sansa lo miró con incredulidad y asombro. ¿Que no era importante? ¡Si se estaba jugando su puesto como señor de Roca Casterly! ¿Cómo eso no podía ser importante?
-En serio- continúo Tyrion, sin saber que Sansa estaba enterada de más cosas de lo que creía. Estaba mirándola con la misma expresión que si le contara que planeaba una excursión al campo y deseaba amenizarlos con pastelillos de limón-. Son solo pequeños detalles que debemos aclarar. Ciertos cambios necesarios.
-Sí, de eso quiero hablar- interrumpió Sansa, impaciente ante el tono casi paternal en la voz de Tyrion-. Pero también de otras cosas. Anoche…
-Sé que querías estar presente, Sansa. Mi tía fue innecesariamente caustica contigo. -Por lo menos Tyrion revelaba un gesto de reprobación y disculpa ante lo sucedido en la cena-. Tenemos ciertos problemas con algunos abanderados. Es el motivo por el que los señores de Kayce y Marcaceniza acudieron ciertamente preocupados. En mi opinión la situación es todavía incierta; pero si aconteciera algo tengo un plan que creo solucionara todo eficientemente. –El rostro de Tyrion sin duda quería transmitirle seguridad pero a Sansa solo le resultaba angustiosamente desconcertante-. No debes agobiarte por temas sin sentido, no tiene caso que te preocupes.
-Pero Tyrion- dijo Sansa frunciendo ligeramente el ceño y acercándose un poco-, me parece que es necesario que yo participe en ese tipo de reuniones…es decir, soy la señora del castillo…soy tu esposa.
Tyrion la observó un tanto impresionado. Sansa tuvo que morderse la lengua para no soltar un bufido de exasperación. Era la primera vez que ella mostraba interés en esos temas, sí; pero Tyrion la miraba como si hubiera olvidado por completo el detalle de que ella era su esposa. Se recompuso y nuevamente la miró con la condescendencia de siempre, que estaba a punto de volver loca a Sansa.
-Por supuesto, mi Lady- contestó Tyrion a secas con una voz extraña. Se bajó de su asiento y se acercó a ella; amablemente la tomó de la mano elevando el rostro para verla-. Yo te cubrí bajo una capa y jure que te protegería y eso es lo que pienso hacer. Tu felicidad es lo más importante para mí, Sansa. – Ella agradeció el contacto de sus manos, pequeñas y fuertes, que la calmaron un poco. Sintió su mirada atravesarla y trato de descifrar esos enigmáticos ojos que decían algo que no lograba captar.
Reflexionó que ese sería el momento perfecto para decir o hacer algo…Pero se sentía sumamente nerviosa y él lucia tan impasible…
¿Qué es lo que siento yo y qué es lo que siente él? ¿Porque veo tanta diferencia?
Se escuchó la puerta del dormitorio abrirse, con la voz suave de Calei llamarla a continuación. Sansa sufrió un gran desencanto al ver su oportunidad interrumpida. Sin duda el sol ya estaría iluminando con más fuerza y los habitantes del castillo estarían despertando del letargo de la noche.
Se suponía que ella debía ir a disponer las actividades de ese día, encargar la comida en las cocinas y atender a sus nuevos y repentinos invitados.
-Te propongo que hablemos en la tarde, Sansa- dijo Tyrion disculpándose, soltando su mano y alejándose de ella. El cambio de ambiente se notó, tanto como si se rompiera un cristal invisible-. Necesito enviar estas cartas urgentemente. Después tengo que hablar con Areo sobre los puestos de guardia. Además Lord Kenning partirá hoy por la mañana, tengo que hablar con él antes que se marche. –Dándole la espalda, tomó el montón de pergaminos de la mesa. –Y Lord Marbrand quiere tratar algunos asuntos de tierras en Marcaceniza. Una fruslería sin duda, de lo que querrá contarme será de sus vivencias y problemas con sus vecinos feudales…- su esposo hizo un gesto de incordio.
Tyrion se dirigió a la estancia de la habitación. Calei saludo e hizo una reverencia cortes. Tyrion le hizo un gesto y preguntó por Podrick. Luego, tomo su jubón rojo en un brazo y empezó a buscar el broche dorado de la familia que siempre se ponía.
Sansa atravesó lentamente las cortinas con el corazón compungido, apenas notando lo que él hacía.
Pequeño como siempre se detuvo ante ella y le dirigió una sonrisa apacible pero de alguna manera artificial. ¿Acaso siempre se comportaría así con ella, como si no sucediera nada malo a su alrededor? Como si estuvieran en un mundo diferente donde su único objetivo fuera mantenerla cómoda y… ¿apartada?
No sabía que pensar. Pero antes de que se fuera, se animó a preguntar una de las miles de preguntas que tenía rondándole la cabeza.
-¿No me vas a preguntar dónde he dormido, Tyrion?- la voz le salió con más dureza y resentimiento de la que pretendía. Noto un leve movimiento en el cuerpo de su doncella al verla con el pelo revuelto y la manera más impresentable que alguna vez había mostrado. No le importaba.
-Ah, sí. -Tyrion ciertamente lució confuso y frunció el ceño ligeramente ante la extraña pregunta-. Supongo que en el cuarto de los niños ¿no? Apuesto que Janei te rogó que durmieras con ella. –La miró valorativamente y de repente su rostro cambio a un gesto diferente, más suave y feliz-. No la culpo. Es bastante agradable dormir a tu lado…
Tyrion se sobresaltó, y callo de repente como si hubiera dicho algo imperdonable. El anterior gesto se borró completamente sustituyéndolo por uno entre la vergüenza y la culpa pero de alguna manera indescifrable.
–Discúlpame ahora, mi lady- dijo y se marchó precipitadamente, dejándola en cierta forma, más confusa que antes.
Gracias por pasarse a leer, espero que les haya gustado. Si les place, hacédmelo saber, por favor :-D
