EN EL AGRADABLE y fresco interior de su Mercedes negro, Freddie Benson miraba el ajetreo de las calurosas calles de Roma escondido tras sus gafas de sol de diseño. Aquella parte de la ciudad le resultaba tan familiar como su apartamento en Londres, donde vivía la mayor parte del año. Aunque volvía a menudo a Roma para visitar a su familia.
Había crecido allí y allí había ido al colegio, disfrutando de la vida regalada de la clase alta italiana, pero se independizó cuando fue a la universidad en Inglaterra. Resultaba agradable y un poco claustrofóbico a la vez estar allí, aunque fuera sólo durante una semana, y sería un alivio volver al relativo anonimato de las calles de Londres.
Freddie frunció el ceño al pensar en la conversación que acababa de mantener con su madre y su abuelo, que habían conspirado para recordarle, durante un suntuoso almuerzo celebrado con innecesaria formalidad en el opulento comedor de la casa de su abuelo, el paso del tiempo y la necesidad de que sentase la cabeza.
Había sido un asalto de militar precisión, con su madre a un lado rogándole que buscase una buena chica y su abuelo al otro recordándole que era mayor y no se encontraba bien de salud, como si fuera un centenario decrépito y no un hombre de setenta y ocho años con una salud de hierro.
—Hay una chica estupenda —empezó a decir su madre, mirándolo a los ojos para ver si esa información caía en terreno fértil.
Pero no era así, él no tenía la menor intención de casarse por el momento y siempre había sido firme sobre ese punto. Por supuesto, era una pena tener que ver sus caras de desilusión, pero aquella pareja podía ser más temible que un tren de carga a toda velocidad. Si se mostraba blando empezarían a sacarse candidatas de la manga.
Tuvo que sonreír mientras se quitaba las gafas de sol para mirar las hordas de compradores que entraban en las elegantes tiendas de diseño, como si la palabra «crisis» no formase parte de su vocabulario.
Sin pensarlo más, Freddie golpeó el cristal que lo separaba del conductor y se inclinó hacia delante para decirle a Max que quería bajarse allí.
—Tengo que hacer un recado para mi madre, volveré en taxi.
—Pero hace mucho calor...
Max, que había sido el conductor de la familia desde siempre, puso cara de susto.
—No soy una damisela victoriana, podré soportarlo —bromeó Freddie—. Mira a toda esa gente. Nadie parece desmayarse por el calor.
—Pero son mujeres, están hechas para ir de compras haga el tiempo que haga.
