Mascullando una maldición, decidió golpear la puerta con el puño. Como en todos los apartamentos lujosos del mundo, había un silencio total en el rellano. El sabía por experiencia propia que los ricos rara vez solían pararse a charlar con los vecinos. Francamente, él no tenía tiempo para charlar con nadie en el ascensor y, por suerte, no tenía que hacerlo porque contaba con un ascensor privado que iba directamente a su ático.
Freddie volvió a golpear la puerta y, unos segundos después, oyó ruido de pasos en el interior.
En circunstancias normales, al escuchar esos golpes en la puerta Sam habría abierto de inmediato para decirle al grosero que estaba llamando de esa forma lo que pensaba de él. Pero no eran circunstancias normales.
De hecho...
Cuando miró lo que llevaba puesto, notó que su frente se cubría de sudor. El vestido, que debía valer tanto como un coche, parecía flotar a su alrededor, tan precioso puesto como le había parecido unos minutos antes en la percha.
¿Por qué había tenido que probárselo?, se preguntó, enfadada consigo misma. Había conseguido resistirse a la tentación durante los últimos tres días, ¿por qué había caído como una tonta esa tarde?
Porque había estado en la calle, soportando el calor asfixiante de Roma. Cuando volvió a casa, después de darse un relajante
baño de espuma en la espléndida bañera, había entrado en el vestidor, que era tres veces del tamaño de su habitación en la universidad, y había pasado los dedos por todos aquellos magníficos vestidos, trajes y chaquetas... y al final no había podido resistirse.
Pero la persona que estaba llamando a la puerta no parecía dispuesta a marcharse. Y sabía que no era Carly, que se había ido a Florencia a pasar el fin de semana con su novio. Y tampoco sería un vendedor porque el conserje no los dejaba entrar en el portal. De modo que tenía que ser algún vecino. O peor aún, un amigo de Amelia Doni.
El cuarto golpe interrumpió sus pensamientos, que eran sobre todo que iba a perder su trabajo como cuidadora de la casa, lo cual era de risa considerando que en realidad era Carly a quien habían contratado los propietarios para que lo hiciera.
Respirando profundamente, y rezando para que no fuese un policía, Sam abrió la puerta unos centímetros, escondiéndose tras ella para que quien fuera no viese el vestido que llevaba puesto.
Sus ojos viajaron de abajo arriba... y más arriba. El hombre, altísimo, llevaba unos caros mocasines de ante, un pantalón de color crema y un polo del mismo color. Tenía los brazos bronceados y llevaba en la muñeca un reloj de titanio que debía ser carísimo. Pero cuando llegó a su cara tuvo que tragar saliva.
