Era el rostro masculino más fabuloso que había visto nunca. Tanto que durante unos segundos se quedó sin aire.

Pero enseguida recordó dónde estaba. En un apartamento que no era suyo y llevando un vestido que tampoco lo era.

—¿Sí? —murmuró. No quería quedarse mirando como una tonta, pero era casi imposible. Aquel hombre era impresionante. No sólo por su estatura, aunque debía medir más de metro ochenta y cinco, o por sus facciones, que parecían esculpidas en granito. Era su aura de poder, de autoridad, lo que le daba un potente y casi sofocante sex appeal.

Freddie, sorprendido al ver que era una chica joven y no una mujer de cierta edad como había esperado, dedicó unos segundos a admirar el rostro ovalado, los labios carnosos, los almendrados ojos verdes y la melena rubia que caía casi hasta su cintura.

—¿Te estás escondiendo? —le preguntó, fascinado al ver que se ponía colorada.

—¿Escondiéndome? —repitió ella.

Su voz encajaba con su aspecto: profunda, ronca, muy femenina.

—Eso parece.

—No, no estoy escondiéndome —Sam dio otro paso atrás para que no pudiese ver el vestido.

No sabía quién era aquel hombre, pero si fuese un amigo habría sabido inmediatamente que ella no era Amelia Doni, la propietaria del apartamento, una mujer de más de cuarenta años. Pero, aunque no lo fuese, tal vez le parecería extraño que una chica de veintiún años que se ganaba la vida cuidando los apartamentos de los demás llevase un vestido de diseño.

—No, es que me sorprende tener visita... perdona, no sé cómo te llamas...

—Fredward Benson.

Freddie esperó ver en sus ojos un brillo de reconocimiento porque cualquiera que viviese en Roma conocería el apellido. Y se preguntó cómo era posible que no hubiese visto nunca a aquella chica en alguna de las innumerables reuniones sociales a las que acudía cada vez que volvía a Roma. La suya era una cara que sin duda recordaría. No era la típica belleza italiana, aunque hablaba muy bien su idioma. Parecía... ah, claro, era extranjera. Por eso no la conocía.

—Ahora que me he presentado tal vez podrías decirme si estoy en el apartamento que busco... ¿el de la signora Doni?

—Sí, sí, claro. Pero no me has dicho que haces aquí.

Freddie le mostró la orquídea, cuya existencia había olvidado por completo.

—De parte de mi madre.

Sam intentó disimular un suspiro de alivio. Por suerte, no sabía quién era. Estaba haciendo un recado y no conocía a Amelia Doni, de modo que tampoco sabría que ella había aprovechado su temporal estancia allí para probarse vestidos que no eran suyos.