—Ah, genial. Gracias —respondió, alargando la mano.
«¿Genial?». «¿Gracias?». ¿No debería invitarlo a entrar? Al menos debería mostrar cierto interés.
—Es un poco ridículo tener esta conversación en el rellano —dijo Freddie entonces—. ¿Por qué no me invitas a entrar? Después de todo, he tenido que soportar el calor de las calles de Roma para traerte esta flor. Me vendría bien un refresco.
Aun así, la joven estuvo unos segundos debatiéndose sobre si debía dejarlo entrar o no.
—Puede que no hayas oído hablar de mí, pero te aseguro que la familia Benson es muy conocida en Roma —la animó Freddie.
Aunque no sabía por qué lo estaba haciendo. Él no había tenido que darle su currículo a ninguna mujer. De hecho, ¿cuándo fue la última vez que una mujer lo miró como si tuviera miedo de que fuese atacarla? Nunca, jamás.
—No, bueno... es que me han educado para que no hable con extraños.
—Pero yo me he presentado, de modo que ya no soy un extraño. Y también conoces a mi madre.
Su sonrisa produjo un extraño efecto en Sam que, de repente, tenía serias dificultades para respirar. Y eso no era algo que le ocurriese a menudo. De hecho, siempre se había sentido cómoda con el sexo opuesto. Entre su intelectual hermana mayor y una hermana pequeña tan guapa que había tenido chicos esperándola en la puerta desde los once años, Sam siempre había ocupado el lugar del medio, contenta con ser razonablemente inteligente y tener un aspecto físico más o menos atractivo.
Desde esa posición tan cómoda había podido observar a Shania en su mundo de libros y novios intelectuales y a Melanie cambiando de novio con la misma frecuencia que otras mujeres cambiaban de vestido. Había aprendido a hablar con los chicos de tú a tú, fuesen eruditos como los novios de Shania o guapísimos como los novios de Melanie. Y por eso le extrañaba que aquel hombre alto, moreno y apuesto la dejase sin palabras.
—Bueno, supongo que puedes pasar un momento a tornar un vaso de agua —dijo por fin—. Sé que hace mucho calor en la calle.
—Bonito apartamento —comentó Freddie, mirando alrededor. Él había crecido en un palacio y la riqueza de otras personas no lo había impresionado nunca, pero aquel sitio tenía un toque muy chic—. ¿Desde cuándo vives aquí?
Se había dado la vuelta para mirarla y el impacto que sufrió fue tal que durante un segundo se quedó sin habla. Sus ojos eran del verde más claro que había visto nunca y la melena rubia era un tremendo contraste con su piel de porcelana.
