–Pensé que este sería un evento pequeño.
–Ya somos dos.
Candy arribó a la mansión Ardlay en compañía de Annie. Lo que se imaginaba una cena privada, sumando a Patricia o Brien, terminó siendo un banquete con más de 150 invitados.
Afortunadamente, Annie insistió en que sus atuendos fuesen de la mayor elegancia, ya que iba a despedirse de su prometido, Archi. Y, a palabras de ella, Candy no podía desentonar.
–Señoritas, las estaba esperando.–Una voz galante las saludó a sus espaldas. Archie, tan guapo y fresco como modelo de revista, tendió su brazo hacia Annie e hizo una pequeña reverencia a Candy.
–¿Qué les parece la sorpresa que preparó la tía Elroy?
–No pensé que fuese algo tan importante su partida a la Universidad. – comentó Candy.
–Y no lo es. Todo esto es para Albert.
–Oh, no. ¿Otra vez quiere encontrar la esposa? Aunque es un poco de mal gusto que deje a un lado la despedida de sus sobrinos.– comentó Annie.
–Bueno, es que para ella no representamos un problema. Yo estoy felizmente comprometido– guiñó un ojo en dirección de Anne– Y Stear, pues es Stear. Creo que todos estamos de acuerdo, incluso la tía Elroy, que es un alma libre y locuaz.
–Permíteme decirte que ya hay alguien interesado en él y estará en la cena esta noche.–Dijo Annie.
–¿Hablas de Patricia o Brien?
–La misma. La única que no suspiró por los ojos azules del tío Abuelo.– Dijo Candy. mientras ponía dramáticamente una mano sobre su frente.
–Ja, ja, ja, eso es tener mucha suerte, seguro. La tía abuela buscará venganza hoy.
–Me temo que la venganza ya inició. ¿Por cierto, dónde están Albert y Stear?– Comentó Annie.
–Stear está en su cuarto, terminando unos inventos. Albert, no estoy seguro, creo que sigue ocupado en su despacho.
–Vamos a buscar a Stear. Patricia no tardará en llegar y ella es la invitada de honor. ¿Candy, por qué no vas por Albert mientras?
Subieron las escaleras y se separaron en diferentes direcciones. Desde lo alto, Candy alcanzó a ver a los invitados. El color, los vestidos, los aromas; todo mezclado en un mágico ensueño.
A la memoria regresaron las imágenes de su primer baile en aquella misma mansión.
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Albert estaba de visita y, para la tía Elroy, no había nada más emocionante que tenerlo de vuelta. Su felicidad era tal que organizaba grandes fiestas en su honor. A la luz del tiempo, Candy entendió que todas esas celebraciones tenían como fin el comprometer a Albert.
En esa ocasión, su vestido le quedaba un poco apretado, y los zapatos no eran lo más cómodos. Annie aprendería de esa primera experiencia y, en subsecuente, organizaría en secreto un armario con las tallas predilectas para Candy.
En esa ocasión se había perdido por los pasillos de la mansión, y había terminado en un pequeño balcón que se encontraba iluminado por la luz de las velas.
Ahí estaba Albert sentado cómodamente; su corbata, desarreglada; el cabello un tanto rebelde, sostenía un libro que rezaba "Sueño de una noche de verano. Shakespeare" y parecía bastante ajeno al barullo de abajo.
Candy quiso escabullirse sin ser vista, pero el sigilo acabó rompiendo en cachitos un exuberante jarrón de la tía Elroy. Antes de poder ponerse a recoger los pedazos, escuchó los pasos de Albert acercarse.
–Albert, lo siento tanto, no quería interrumpirte.
–Ja, ja, ja candy. El sigilo no es lo tuyo. ¡Oh no! El jarrón favorito de la tía Elroy.
–Pensé que el favorito era el que había roto Annie.
–Bueno, este es el segundo favorito. No te preocupes, creo que ya perdonó mi fechoría más reciente, me sacrificaré una vez más por el equipo.
–¡No, Albert! fue culpa mía.
–Descuida, el que yo esté desaparecido de su fiesta le molesta más que un jarrón roto.
–Es verdad ¿por qué no estás allá abajo?
Albert hizo una mueca, se dio la media vuelta y salió nuevamente al balcón.
–Aún eres un poco joven para entenderlo a la perfección, pero digamos que las intenciones de la tía Elroy no son las más sinceras.
–¿Te refieres a que quiere pedirte algo a cambio?
–Precisamente. Ella quiere mi libertad.
Aquello que decía Albert sonaba terrible. ¿La tía quería mantenerlo encerrado por días o tal vez obligarlo a trabajar en algo que no le gustaba? Eso era muy tirano de su parte.
–¿Y cómo piensa solucionarlo?– Preguntó Candy en tono preocupado.
–Afortunadamente, en un mes estaré de regreso por Europa, y ella sabe que mis ocupaciones allá son bastantes.
–Oh, Claro. Sabes, también nosotros podemos quitarte tu tiempo de descanso cuando vienes para acá.–Dijo Candy en un tono disculpa.
–¡Hey, nada de eso! Ustedes son lo mejor que tengo de regreso a Chicago. Hago estos viajes para verlos a ustedes, prácticamente.
–¿En serio?–dijo Candy con la esperanza renovada.
–Por supuesto ¿Con quién más discutiría de los mejores platos para un buen banquete?
"Esa es Annie".–Pensó con diversión Candy.
–O de los tornillos más resistentes para las avionetas.
"El locuaz Stear".
–O de la última moda de París-
"Archie, el mejor vestido de todo Chicago"-
–Y ni qué decir el discutir sobre un buen libro.
"Soy yo". Candy se iluminó por completo tras las palabras de Albert.
–Y... ¿Con quién hablaría de mi hermana, Rosmery.
"Anthony..."
El semblante de Albert pasó de felicidad a melancolía.
–¿Sabes qué le pasa a Anthony?
–¿A qué te refieres, Albert?
–Desde que llegué de viaje, cada vez que me intento acercar a él, me evita.
Candy, astuta como es, se había percatado de la forma en que Anthony solía alejarse de ella cuando Albert venía de visita, pero no de que repetía ese comportamiento con su tío.
–Creo que el estar rodeado de tantas personas es estresante, muchos de ellos te alejan de él e incluso lo ignoran, como la tía Elroy.
Albert se sentía muy culpable. De niño había sido segregado de los primos de su edad, ya que tenía que llevar una educación muy estricta por ser el futuro de red heredero de la familia. Lo que más deseaba era convivir libremente sin tantas ceremonias. Vamos, que incluso en algún momento la tía Elroy quiso "desaparecerlo" o mejor, tenerlo en el anonimato, todo para protegerlo, según ella.
Su hermana Rosemary se opuso fervientemente a esa locura. Albert debía de convivir, disfrutar de su vida y ser reconocido como el futuro de los árboles. Podía entender que Anthony se sintiera solo, es casi como si dejara de existir por culpa de su tío.
–Gracias Candy, entiendo que es difícil para él, para mí. Sentirse a la sombra de alguien más, yo sé muy bien eso. Las expectativas y comparaciones con padres, tíos, en fin, con quien sea. Parece ser la cruz de esta familia.
Candy, aun a su corta edad, sabía que el destino de los hombres de la familia Arldlay estaba sellado. Su misión era el liderazgo, ser jefes de cientos de personas y ser un tanto melancólicos y solitarios. Candy quiso alejar un poco los pensamientos de Albert.
–Veo que estás leyendo a Shakespeare.
Sostenía el libro en su mano, marcando con su dedo la página que estaba leyendo.
–Lo había olvidado. Es verdad, estoy leyendo "Sueño de una noche de verano" y es mucho más divertido que estos bailes.
–¡Qué interesante! Yo quiero leerlo también.
–Me parece que tendrás que esperar algunos años para leerlo, no creo que el humor del libro te parezca divertido.
–Candy odiaba cuando Albert le prohibía leer libros por su edad. No podía esperar a crecer y tener acceso a la "sección prohibida" de la biblioteca.
–No es justo.– refunfuñó
–Ja, ja ja. La vida no es justa. Pero seguro mañana encontraremos una buena recomendación para ti en la sección de "libros permitidos".
Mientras Candy terminaba de refunfuñar, una silueta se cruzaba por el pasillo.
–¡Candy, aquí estás! Te he buscado por todas partes.
Anthony iluminaba el espacio con su cálida sonrisa y, mientras se acercaba a Candy, se percató de la presencia de Albert en el balcón.
–Disculpa Anthony, creo que la tenía momentáneamente secuestrada.–Dijo Albert en tono cómico.
Candy sintió un tirón en su muñeca. Anthony le instaba a irse, pero Candy no quería hacerlo sin antes despedirse de Albert.
–Espera Anthony. Albert, gracias por...
–Déjalo, si él no quiere bajar a dar la cara en su propia fiesta, es su problema.
Candy abrió los ojos grandes como platos. Estuvo a punto de recriminar el trato de Anthony hacía su tío, pero su mirada se cruzó con la de Albert y, antes de decir cualquier cosa, se percató de la intensa tristeza en los ojos de Albert.
Anthony lo estaba lastimando y ninguno de los dos podía tener la certeza de sus razones. Albert negó con su cabeza; Candy lo captó: "por favor, no digas nada". Candy bajó su semblante y siguió a Anthony donde se llevaba a cabo la fiesta, en donde su anfitrión estaría ausente toda la noche.
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Los recuerdos pasearon como una brisa y la nostalgia del ayer se cruzaba con el presente. Sus pies la llevaron instintivamente hacia el balcón, con una luz de velas se consumían.
En un pequeño banco se encontró reposando un libro: "Sueño de una noche de verano".
"Vaya, justo como hace tanto tiempo"; sin embargo, no había rastro de Albert por ningún lado. Tal vez había llegado tarde y esta vez Albert sí estaba listo para unirse a la fiesta. Dejó el libro en su lugar y bajó a toda prisa al encuentro con las sorpresas que deparaba aquella noche.
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Muchas gracias por sus comentarios, como siempre, es muy divertido escribir de la querida Candy.
