CAPÍTULO 5:
PADRE
Etiopía, Addis Ababa
Hace 2 días
"¡Los murciélagos!"
"¡Acaben con ellos!"
"¡Aléjenlos del jefe!"
Gritaban incoherencias cada vez con menos sentido, exclamaban amenazas que ninguno iba a poder cumplir, maldecían y se quejaban con cada golpe que recibían antes de caer inconscientes al suelo de forma abrupta.
Trataban de ponerse en su camino, pero ninguno podía detener a las máquinas que habían desafiado.
Uno tras otro fueron cayendo, golpe tras golpe, capaces de romper los huesos de sus enemigos y dejarlos tendidos en el suelo.
No entendía porque seguían intentando vencerlos, nunca habían podido con él, ni siquiera cuando estaba completamente solo, era imposible que lo hicieran ahora que venía con una de las compañías más poderosas que había tenido en toda su carrera como vigilante.
– ¿¡Qué les pasa, idiotas!? ¡Hasta Harley peleaba mucho mejor que todos ustedes juntos! –. Exclamó una voz burlona entre fuertes risas.
Instintivamente, su mirada se desvió al dueño de esa maldita y asquerosa voz, a aquel que vestía ese horrible traje y usaba ese desgraciado maquillaje, aquel que exhibía una sonrisa de oreja a oreja, encerrada en un par de delgados labios del color de la sangre.
Por fin, después de tanto tiempo buscando, finalmente tenía al asesino de su hijo al alcance de su mano.
El odio contenido por este pedazo de basura hizo que perdiera un poco el control de su propia fuerza, por lo que al atrapar con firmeza el brazo de uno de sus oponentes, no pudo evitar romperlo con una llave al azotarlo contra el suelo de esta bodega abandonada.
El matón gritó con una fuerza anormal, alertando al resto de sus compañeros que veían con claro miedo como le rompía los huesos al pobre tonto que sostenía entre sus manos. Todos tenían claro lo que significaban las siluetas oscuras con orejas altas sobre la cabeza, envueltas con capas tan negras como la noche que se había puesto en su contra, y sabían que el miedo y el dolor eran una garantía detrás de estas figuras ennegrecidas.
– Vamos, al menos háganlo divertido para las cámaras –. Pidió el payaso en el piso más alto de la bodega, batallando para hacer funcionar una cámara vieja en sus manos.
Motivado por la petición de su jefe, uno de los matones con maquillaje se decidió a atacar con una tubería oxidada como arma.
No imaginaba lo bien que debía pagar su viejo enemigo como para que este grupo de idiotas estuviera tan dispuesto a enfrentarlo, aun sabiendo que no tenían ninguna oportunidad de ganar. Por una vez, no estaba seguro de que tipo de lealtad se le debería tener a un monstruo como el bufón que trataba de grabar la pelea desde arriba. Pero tampoco le importaba.
Había vuelto al país en que murió su hijo con la única intención de atrapar a su asesino finalmente y no estaba dispuesto a detenerse solo por unos esbirros que se encogían de miedo al verlo.
Cuando la tubería usada a modo de garrote se acercó lo suficiente, se rompió como una frágil ramita entre las cuchillas de sus antebrazos, un corte perfecto dividió en dos el objeto metálico, realizado a partir de un solo movimiento.
El miedo era palpable en la mirada del pandillero, se encogía con pánico bajo su enorme sombra y su cuerpo temblaba, delatando todos los pensamientos alarmistas que recorrían su mente a gran velocidad.
Se sentía un poco culpable por disfrutarlo y dudaba de su capacidad para no hacerlo, pues esto era precisamente para lo que había entrenado, para causar el miedo en los corazones de sus enemigos y obligarlos a temer con tan solo ver el símbolo en su pecho.
Alto, orgulloso e intimidante, Batman se irguió como un titán frente a sus enemigos, disfrutando del horror que los hacía sentir su presencia, sus movimientos, su equipo y su habilidad.
Años de entrenamiento se reflejaban cuando el pavor aparecía en los ojos de sus enemigos, años de experiencia adquirida en el combate contra el crimen se notaban claramente cuando se podía ver reflejado en esa misma expresión de horror que poseía a sus enemigos. Esto era justo lo que había tratado de enseñar a sus dos estudiantes durante sus entrenamientos, el control que les ofrecía el miedo, la superioridad que conseguían frente a sus rivales, la facilidad con la que podían manejar cualquier situación si lograban que sus oponentes vieran sus más grandes temores reflejados en ellos.
Dick no quiso aprenderlo, tan brillante como solo él sabía ser, su primer pupilo había optado por un estilo más relajado y no podía culparlo, él siempre había sido todo lo contrario a Bruce y por eso habían funcionado tan bien como equipo. Jason, por otro lado, reconocía la utilidad del enfoque de su padre y siempre buscaba el modo de adaptarlo a su propio estilo, dejando salir su ira interna a través del miedo que quería generar en el corazón de los criminales.
Sabía que, a pesar de ser mucho más abierto, Jason siempre había sido el más parecido a él de todos sus pupilos, mucho más de lo que al mismo Bruce le habría gustado reconocer.
El solo pensamiento de su hijo hizo que regresara a la realidad una vez más. No podía perderse en divagaciones ahora, tenía que concentrarse en la misión que tenía entre manos, hacer aquello para lo que había vuelto a este país.
Tres matones más se acercaron con sus propias armas, pero ninguna les fue útil, ya fueran cuchillos, navajas, machetes o bates, todos cayeron víctimas de una tormenta oscura que arrasaba con todo lo que se encontraba frente a ella.
Uno trató de luchar, realizando movimientos rápidos sin orden ni técnica con un bate de béisbol. Deshacerse de este obstáculo fue tan fácil para el murciélago, que solo tuvo que atrapar el objeto de madera con una de sus fuertes manos en pleno aire y destrozarlo con un golpe de su mano libre, devolviendo un trozo de madre inútil e incompleto a las manos de su propietario.
El matón lo vio horrorizado un momento, congelado al presenciar como su enemigo tenía la fuerza para destrozar un trozo de madera gruesa con un solo movimiento y lo que podía hacerle a él. Tenía suerte de no ser su objetivo, estaba reservando toda su ira para un pez más grande.
Sujetando al esbirro por el cuello y el estómago de su camisa, Batman levantó a su atacante como si no fuera más que una bolsa vacía sobre su cabeza. Los dos matones restantes trataron de acercarse al verlo con las manos ocupadas, pero fueron frenados rápidamente cuando el cuerpo de su compañero los interceptó, haciendo que cayeran sobre sus traseros y perdiendo sus armas en el piso.
No perdió tiempo después de eso, saltó con su capa extendida sobre sus hombros, cubriendo a los criminales aterrados con su sombra y callando todos los gritos de miedo con el sonido de sus golpes.
Los huesos se rompían, los dientes se desprendían, la sangre caía al suelo y los cuerpos de estos criminales baratos se derrumbaban como si no fueran más que un costal. Todos presas del murciélago al que tanto habían lastimado y que había salido una vez más de los muros de su ciudad para terminar aquello que habían comenzado.
En unos pocos segundos, todos los que lo habían desafiado a un combate directo cayeron, reposando inconscientes a los pies de su capa negra.
– ¡Vamos, ni siquiera pueden darle un golpe! ¡Inútiles! ¡Mi abuela peleaba mejor que todos ustedes! –. Gritó el payaso a sus seguidores.
– ¡Son demasiado fuertes, jefe! –. Se excusó uno de los bufones detrás de él.
Normalmente, Batman se habría girado por inercia para noquear al sujeto detrás de él con una patada giratoria que lo azotara contra el suelo con fuerza. Sin embargo, no tenía sentido hacer algo así cuando su acompañante era perfectamente capaz de dominar al enemigo con facilidad.
Bajo la mirada sorprendida del payaso, uno de los matones de más de dos metros, con una complexión gigantesca, voló por los aires como si no pesara nada, chocando con fuerza contra el muro más cercano y dejando unas cuantas grietas en el granito.
"Batgirl" era una guerrera poco experimentada, se notaba en sus movimientos toscos y carentes de la apropiada técnica del murciélago más grande, pero lo que le faltaba en experiencia y entrenamiento lo compensaba con su gran fuerza y velocidad. Tal vez, lo compensaba a niveles exagerados.
– ¿¡Cómo puede ser tan fuerte!? –. Gritó alarmado uno de los payasos al ver a su compañero volar como si fuera una delicada ave.
No tuvo tiempo de decir más cuando el pie de la luchadora impactó de lleno en su pecho, alejándolo hasta el otro lado del almacén con una patada que, para cualquier otro, habría sido un movimiento menos dañino.
Otro de los matones más corpulentos se acercó a Batgirl por detrás, rodeándola con sus enormes brazos para tratar de neutralizarla. Sin embargo, la joven heroína pudo librarse de este mortal agarre extendiendo sus propios brazos con fuerza, aturdiendo al payaso que trataba de sostenerla antes de agacharse en un movimiento veloz para barrer las piernas del hombre, derribándolo con facilidad.
Otro de estos pobres esbirros intentó acercarse con un cuchillo, listo para apuñalar a la chica las veces que fueran necesarias para acabar con ella. No obstante, terminó por arrepentirse notablemente de sus intentos cuando la hoja del objeto se vio envuelta por la mano de la guerrera, la cual no tardó en romper el metal del arma con su fuerte apretón sin que una sola gota de sangre saliera de su piel, ni un rasguño se hiciera visible en sus guantes.
No sabía si debería arrepentirse de haber accedido a traerla a esta búsqueda, el plan original era ir solo, pero ya era demasiado tarde para cambiar de opinión. Además, tenía que reconocer que su presencia hacía las cosas más sencillas, aunque no controlaba tan bien su fuerza, al menos se mantenía fiel a su personaje, evitando emitir sonidos que delataran su voz y manteniendo su máscara en su lugar, impidiendo que un solo cabello dorado se filtrara a los ojos de todos en batalla.
– Bueno, debo reconocer que esta es más fuerte que la anterior –. Comentó el payaso en jefe la fuerza de la luchadora –. Oye, Batsy, ¿tan rápido reemplazaste a la señorita Gordon? ¿Qué pensaría Jason si viera la facilidad con la que cambias a tus compañeros? ¿Acaso los consigues en una tienda de mascotas?
Hablaba entre risas, se burlaba con agasajo de sus tragedias y las de su familia. Aun teniendo delante una tormenta de dolor capaz de dejarlo en una camilla, tenía el descaro de burlarse y disfrutar con el dolor que le había provocado a su familia, el mismo que había sentenciado a Barbara a una silla de ruedas de forma permanente, el mismo que sentía todas las noches al pensar en lo que le habían hecho a su hijo.
No podía permitirlo, no iba a permitirlo, no dejaría que esa asquerosa risa lo torturara más tiempo. Tenía que acabar con esto, de una vez por todas.
– ¡Batgirl! ¡Explosivos! –. Rugió Batman con furia, sin dejar de ver al payaso.
El piso sobre el que estaba parado el maldito bufón era metálico, delgadas barras de metal era lo que conformaba el segundo nivel de esta bodega abandonada, con bases tan frágiles que no aguantarían una explosión de sus batarangs especiales.
Sabía que era un desperdicio gastar su equipo, más aún sabiendo que su acompañante podía destruir las bases de ese pobre piso con solo su mirada, pero él también quería participar en la caída del payaso y provocarle el mayor dolor posible.
La joven escuchó la instrucción de su líder y sacó de su cinturón multiusos un par de boomerangs especiales con forma de murciélago, mientras el vigilante mayor hacía lo mismo.
El bufón no paró de reír en ningún momento, ni cuando los artilugios volaron a gran velocidad debajo de sus pies, ni cuando una poderosa micro explosión voló por completo la base de la estructura sobre la que estaba parado. No paró de reír ni siquiera cuando quedó suspendido brevemente en el aire, aguardando su dolorosa caída al duro suelo de la bodega abandonada.
Normalmente, tanto Batman como Batgirl se habrían acercado para evitar que el criminal en circunstancias similares se lastimara gravemente por una caída así, pero ninguno pudo hacerlo esta vez, no con este en específico. Se contentaron brevemente cuando lo vieron caer al suelo como si de una torre se tratase, con sus risas perdidas entre el estruendo de la explosión y el metal demacrado cayendo al concreto.
Ni siquiera con todo eso, el maldito dejó de reírse.
Si aún quedaban secuaces después de tal demostración de violencia por parte de los murciélagos, ninguno se atrevió a acercarse nuevamente, demasiado asustados por ser los siguientes en experimentar de primera mano el odio de sus enemigos. Si es que no salieron corriendo despavoridos ante la idea de correr con la misma suerte que sus compañeros o su jefe.
Batgirl fue la primera en acercarse, fundiendo la figura negra de su traje entre el poco humo que desprendían los escombros y luciendo especialmente intimidante con la forma de su máscara completamente cubierta, nada más visible en su rostro que sus ojos blancos, como si estuvieran carentes de todo tipo de vida.
La joven se alzó con imponencia sobre el cuerpo maltratado de su enemigo. No se atrevió a imaginar el rostro que debía tener su viejo némesis al ver a alguien tan claramente superior físicamente sobre él, aunque sí se podía imaginar la enorme sonrisa burlona que debía estarle mostrando a quien claramente no iba a seguir su juego, a quien no le importaba lo que hiciera para provocarla.
– Sin duda, eres mejor que la anterior, cariño. Tienes un 10 –. Se burló el payaso de cabello verde con un hilo de sangre cayendo de sus labios –. La otra no tenía tanto espíritu como tú. No tienes que agradecerme por quitarla del camino.
Batgirl no le dio importancia a sus palabras, se limitó a sujetar el cuello del traje morado del bufón para levantarlo con una sola mano sobre las ruinas metálicas.
El payaso se rio un poco más, tan fuerte como le fue posible para no lastimarse demasiado después de su caída, pero no luchó ni presentó ningún tipo de resistencia. Solo se limitó a reír en manos de su enemiga, solo se limitó a burlarse de su imponencia y jactarse de la efectividad de otra de sus obras más retorcidas.
Asqueada por sus palabras, Batgirl arrojó el cuerpo del payaso a los pies de su compañero, dándole completamente igual si se lastimaba con alguno de los escombros en su camino.
Desde su elevada posición, Batman por fin tuvo al asesino de su hijo a sus pies. Finalmente, después de tantos días de búsqueda incesante, dolores de cabeza y culpas constantes, el monstruo que le había arrebatado el tesoro más grande que Gótica le había dado desde aquella fatídica noche, estaba acabado a sus pies. Todo gracias a la pequeña nota guardada en uno de los bolsillos de su cinturón con un remitente anónimo.
– Ingrata –. Murmuró el payaso desde el suelo antes de devolverle la mirada –. Estos jóvenes de hoy no tienen idea lo que es la gratitud. ¿No lo crees, viejo amigo? –. Le preguntó levantándose como pudo para hablarle cara a cara.
¿Cómo tenía el descaro de hacer algo así? ¿Cómo se atrevía a hablarle como si fueran amigos de toda la vida? Había tolerado suficiente de este maldito payaso, había tratado de darle la oportunidad de rehabilitarse y volver a ser el hombre que una vez fue, había tratado de ayudarlo a sacar a la persona que se había escondido detrás de este muro de locura, muerte y caos. Pero había sido inútil.
¿Qué era lo único que había ganado con su paciencia y su fe? Sarcasmos, burlas, indiferencia y el familiar sabor de la pérdida en su vida nuevamente. Casi había perdido a Dick a manos de este demente, Barbara había perdido la movilidad de sus piernas y Jason nunca podría volver a ver el día brillar, su memoria yacía en un cementerio estéril, solo podría ver pasar los días entre la hierba, mientras el mundo seguía sin él.
El mismo destino de cientos de personas que habían tenido la desgracia de estar en la mira de este psicótico, de este demente sediento de sangre que anhelaba obligar a todo el mundo a ver una retorcida realidad desde sus propios ojos perdidos.
– Vamos, Bats, no me digas que sigues molesto por lo del chico –. Se quejó el payaso mirándolo con incredulidad –. Escucha, si tanto te dolió, puedo matar a los padres del niño más cercano que encontremos y así reemplazas a Jason. Si me lo preguntas, creo que te hice un favor al sacarlo del camino, ese chico era un problema.
La seguridad con la que hablaba, la confianza en sus asquerosos ojos irritados en rojo y amarillo, la forma en que las arrugas en su rostro se movían y en que esa horrible sonrisa se asomaba de lado a lado en su cara. Todo ese conjunto de elementos lo volvió loco de ira, no quería seguir viéndolo, no podía ver a este maldito monstruo tan sano como se encontraba ahora a pesar de la caída que había sufrido.
Quería que se callara, quería que sufriera, quería obligarlo a sentir lo mismo que Jason había sentido en sus últimos momentos. Quería ver plasmado en sus rasgos el dulce espectro del miedo, del horror, del dolor y el pánico. Anhelaba librar al mundo de la retorcida sonrisa de este lunático para que ningún otro padre tuviera que ver a morir a su hijo.
Sin una sola palabra de su parte, el acorazado puño de un hombre roto atacó. Golpe tras golpe, el símbolo de un hombre roto arremetió con el fantasma de su propia ira a sus espaldas.
El payaso se retorció bajo la presión de los ataques. Mantener el balance en sus pies fue imposible y cayó sobre su espalda con el enorme cuerpo del hombre roto sobre él, tratando de reírse tanto como pudo, aunque los puñetazos que recibía en su rostro se lo hacían imposible.
No quería que se riera, no quería que sonriera, no quería si quiera que lo mirara, solo quería convertir el blanco en rojo. Deseaba ver este mal contenido, verlo recibir el dolor que tanto había buscado con sus acciones, el castigo que había evitado con tanto éxito y el arrepentimiento posarse en su lenguaje corporal.
Golpe tras golpe, bajo la única mirada de una joven tan rota como él, dejó salir la furia que se había acumulado en su corazón herido, tratando de convertir los gemidos de dolor en una tonada cálida que le diera la paz que se le había negado. Golpe tras golpe, Batman desahogó su furia sobre el maldito que le había arrebatado la única cosa que amaba tanto como su ciudad.
Su hijo, una parte indispensable de su familia.
Batgirl no trató de detenerlo, pues buscaba que el payaso sufriera tanto como le fuera posible. Solo se quedó estática, ocultando su horror o su satisfacción detrás de su máscara llena de indiferencia, temiendo la idea de sonreír internamente ante el espectáculo que se postraba frente a ella.
Sangre salió de la boca del demente, moretones se formaron en su rostro, su maquillaje blanco no tardó en bañarse en el rojo de sus heridas, sus dientes cayeron como si fueran confeti y cuando el maldito asesino trató de detenerlo, posando una de sus manos debilitadas en uno de sus brazos, el dulce y familiar sonido de los huesos rompiéndose de mil maneras diferentes llegó a sus oídos.
Cegado por las lágrimas que su máscara ocultaba, Bruce se levantó nuevamente con el loco en sus manos antes de azotarlo contra el suelo.
El payaso era irreconocible bajo esta nueva apariencia, sus ojos no eran visibles debajo de tantos moretones y su sonrisa no estaba completa con sus mejillas hinchadas, al igual que sus dientes.
Creyó que ya había sido suficiente, sus guantes negros bañados en el espeso líquido rojo eran una señal común de eso, pero había algo con lo que no contó y era esa risa. Una débil carcajada que escapó de sus labios inflamados, con un poco de tos y sangre filtrándose hasta el exterior, decorando el gris del suelo con una nueva tonalidad.
Ja… ja… ja…
Después de todo lo que había hecho, tenía el descaro de seguir riéndose. Después de todo lo que había sufrido, se atrevía a continuar burlándose de él. Aún sabiendo lo que Batman era capaz de hacerle y cómo podía multiplicar el dolor de este castigo, el maldito seguía riéndose.
Por un momento, el mundo perdió su color y todo lo que un padre roto pudo ver fue un intenso color carmesí decorando los muros.
Golpe tras golpe, llenos del hambre de venganza que había sido reprimida por tanto tiempo, fueron la pieza concedida en una fiesta de rotos y heridos. Golpe tras golpe, trataron de ofrecer un poco de tranquilidad a dos mentes perturbadas en una danza de locos. Golpe tras golpe, tratando de alcanzar un débil consuelo que no podría aliviar ni una cuarta parte de un corazón herido y perdido entre los pasos invisibles de quienes batallaban por mantener el control.
Tenía la vida de este monstruo en sus manos, podría hacer tanto bien terminando el trabajo de una vez por todas y nadie lo juzgaría, pues solo habría una testigo de tal acto y sabía bien que ella jamás vería mal una acción así. Este demente los había herido con sus actos y había provocado la muerte de inocentes cuyo único error fue cruzar caminos con él.
Pero el lado racional de su mente le pedía que se controlara, que él no era así, que tenía que ser mejor que eso. Batman era muchas cosas, pero no un asesino, mucho podría cambiar para el símbolo si se atrevía a romper una de las reglas que lo había formado como héroe.
"¿Podré hacerlo?"
No dejaba de preguntárselo, sabía que podría hacerle un gran favor al mundo y saciar la sed de venganza que secaba sus labios desde la pérdida de su hijo. Pero también sabía que no volvería a ser el mismo una vez que cruzara la línea y temía lo que eso podría significar. Ahora era el único protector que le quedaba a su ciudad, sería injusto pedirle a Dick que abandonara Blüdhaven y a los Titanes para que tomara su lugar y Barbara estaba confinada a su silla de ruedas. Jason había sido la opción lógica para llevar el manto una vez que él ya no pudiera, era el único que juntaba el potencial, el deseo y la habilidad para seguir con su legado y defender la ciudad cuando su padre ya no pudiera.
Pero este payaso lo había arruinado todo y había puesto las opciones sobre la mesa: matar y arriesgarse a demoler lo que tanto esfuerzo le había costado crear o perdonar y creer en una salvación para esta alma retorcida, pero arriesgándose a que todo siguiera igual que antes.
Bajo la mirada de quién sería la única testigo de esta noche llena de pena y dolor, un hombre roto levantó su puño al cielo, con el destino de una vida indigna en su interior. Bajo el amparo de la oscuridad, se tomó una decisión que definiría el destino de un símbolo que luchaba por mantenerse de pie.
Jason.
Esa noche, las débiles risas no se detuvieron.
Los Ángeles, Ex Lux
Hace 10 minutos
– "La Caperucita Roja ataca de nuevo". La policía de Los Ángeles reportó el desmantelamiento de una operación de tráfico de armas en las calles. En palabras de los propios delincuentes, "los atacó el mismo sujeto con capucha roja que ha estado saliendo a las calles en los últimos días" –. Leyó Lorin con diversión en su teléfono.
Jason no pudo evitar resoplar con desgano al oír el nombre que los medios le habían puesto en los últimos días.
Ya había pasado una semana desde su entierro en la Mansión Wayne y combatir el crimen en Los Ángeles se había convertido en un excelente medio para desahogarse y desquitar toda la frustración que sentía desde el fatídico día de su asesinato.
Por desgracia, eso le había valido una reputación como vigilante que lo había conducido irremediablemente a una nueva identidad que no quería asumir.
– ¿Por qué "Caperucita Roja"? No suena a algo muy intimidante –. Cuestionó el Rafael mirando el teléfono de su novio con curiosidad.
Jason no respondió al instante, se tomó un momento para suspirar por la estupidez que ostentaba el nombre clave que los periódicos habían elegido para él. No podía entender porqué le tenían que dar un nombre así, era como si quisieran molestarlo a propósito.
– Lo es, me paraliza la sola idea de que Caperucita Roja esté acechando las calles –. Bromeó Lorin entre risas animadas.
Esta vez, Rafael pareció entender el chiste de su pareja y mostró una pequeña sonrisa en sus labios al ver la expresión molesta del barman mientras limpiaba los espacios libres de la mesa en la que servía los tragos para los clientes.
– Tengo que cambiar ese nombre –. Suspiró el difunto pasando un trapo por las esquinas de la mesa –. Quisiera saber a quién rayos se le ocurrió y a quién le pareció divertido publicarlo.
– Puedes pedirle ese favor a Lucifer. Si conseguiste que hiciera esto por ti, no será problema para él mover influencias para que cambien ese nombre –. Sugirió el ángel de alas verdes recogiendo su vaso.
Se congeló disimuladamente al pensar en la idea de pedirle un favor al señor Lucifer, sabía que ángel caído podría cambiar lo que él quisiera en esta ciudad y nadie podría decirle nada. Era imposible que el mismísimo diablo no tuviera contactos en su propio hogar, pero no quería tentar a la suerte al pedirle algo. Además, ya había hecho suficiente por él al darle un medio para desquitar su furia, sería injusto abusar de su generosidad, la cual ya se decía que era bastante extraña entre los clientes del club.
– Él no tuvo que pedirle nada, cielo. Fue idea de los jefes mismos –. Comentó Lorin mirando a Jason con diversión por las noticias –. No debe ser fácil ser el consentido del jefe.
Rafael se tomó un momento para mirar al humano con curiosidad. Jason mantuvo la cabeza hacia abajo, con la mirada puesta en el cristal sobre la mesa, pasando todo tipo de productos de limpieza sobre una mancha persistente, bajo la atenta mirada del ángel.
No se atrevía a negar o confirmar la afirmación del chico que aún vivía. Sin embargo, tenía que aceptar que decía la verdad. Después de todo, él no había tenido que pedir nada al señor Lucifer ni a Lady Mazikeen, ambos habían decidido tener este detalle con él, sin tener que pedirles nada, por lo que no podía contar como un favor y, por tanto; aún no tenía una deuda real con ellos.
– ¿De verdad? –. Cuestionó el rubio con curiosidad.
Esta vez, la pregunta iba completamente dirigida a él, por lo que tuvo que asentir en respuesta. No sabía que podría pensar el ángel, pero sabía que no le convenía mentirle a nadie, ni siquiera a él, en los muros de Ex Lux. Era una de las pocas reglas del señor Lucifer, junto con la de "no pelear" y "no rezar".
– Sí –. Asintió Jason acercándose para tomar una botella de whisky –. ¿Otra ronda?
– Estamos bien –. Respondió Lorin jugando con su teléfono en su mano.
– Mi hermano no suele tener ese tipo de cortesías con nadie, ni siquiera con sus empleados. ¿Por qué las tiene con usted, joven Wayne? –. Dijo Rafael con sospecha.
Esa era una pregunta que el mismo Jason aún no sabía responder a ciencia cierta. Aunque Pruflas y Amelio tenían sus propias teorías sobre las razones del jefe para consentirlo tanto, las razones de la reina aún eran un misterio para él.
– No estoy seguro –. Confesó el pelinegro retomando su tarea original –. Según Pruflas, me gané el respeto del señor Lucifer cuando desobedecí sus órdenes y lo seguí para saber que decidiría sobre mí junto con Muerte. Me pareció injusto que se pusieran a hablar sobre lo que sería de mí y no se tomaran la molestia de si quiera decirme. Como si yo no tuviera voz ni voto sobre mi propia vida.
Analizando cuidadosamente sus propias palabras, no podía evitar pensar en lo parecido que sonaba al señor Lucifer.
Sus últimas palabras parecieron llamar especialmente la atención del ángel, el cual lo miró con ojos incrédulos.
– ¿Muerte de los Eternos? –. Preguntó el rubio.
– La misma –. Asintió el humano.
– Bueno, supongo que eso lo explica –. Comentó Hammond mirando a su pareja.
Esa última declaración hizo que Jason mirara cuidadosamente a su cliente.
– ¿Qué quieres decir? –. Preguntó el chico a la pareja.
Ambos enamorados compartieron una mirada antes de hacerle una seña para que se acercara y les sirviera un nuevo trago antes de seguir.
Jason no tardó un solo segundo en acercarse nuevamente a sus clientes con la anteriormente descartada botella de whisky en la mesa y un par de vasos listos para ser llenados con la bebida de un suave tono ambarino.
– Lucifer nunca ha sido muy afín a la idea de seguir órdenes. Fue el más rebelde de todos nosotros y buscó su libertad durante mucho tiempo, sin importarle los desafíos que tuviera enfrente –. Comenzó el ángel recogiendo su vaso para llevárselo a los labios, bebiendo el contenido de un solo trago.
– Los Básanos, el lobo Fenrir, los No-Mikoto, la misma Hueste de Ángeles –. Comenzó a enumerar el humano con los dedos –. Todos cayeron cuando se encontraron con Lucifer.
– Los enfrentó y los venció a todos con la intención de luchar por su propia libertad. Lucifer nunca aceptó la idea de que algo más grande que él controlara su propio destino, él siempre pensó que cada ser debe poder elegir que hacer con su existencia –. Explicó el rubio, retomando su explicación –. Parece que, al desafiar sus órdenes y las de la mismísima muerte con tal de tener un mínimo control de tu destino, lograste ganarte su simpatía.
– Felicidades, Jason. Te ganaste el respeto del jefe desobedeciendo sus órdenes. No cabe duda de que Dios tiene a sus favoritos –. Bromeó Lorin revisando su celular nuevamente.
– Mejor dicho, el diablo –. Corrigió Jason con una suave risa.
La fiesta había sido intensa esta noche. Jason nunca había creído que los humanos pudieran festejar al mismo ritmo que todos los demonios y criaturas de Ex Lux. Los clientes se habían movido con intensidad al ritmo de la música, bajo los efectos del alcohol y olvidando por completo todo rastro del mundo exterior.
Casi todos los invitados ahora descansaban inconscientes en el suelo y las mesas del club con sus propios vasos cerca de sus manos temblorosas, otros bailaban al ritmo de la suave música del lugar con todo tipo de compañeros en sus brazos. Después de días trabajando para el señor Lucifer, Jason ya no se sorprendía al ver humanos demostrando aparente afecto por los demonios que conocían en este lugar. Estaba seguro de que debía haber decenas de humanos que volvían a sus hogares o partían a hoteles con la compañía de seductoras demonios.
No pudo evitar sonreír con gracia al recordar el día en que Lorin sugirió pagar por una noche con alguna de las chicas del club. La sugerencia había llegado a oídos de los jefes, los cuáles incluso llegaron a preguntarle si le interesaba la idea. Una pregunta amable que Jason negó firmemente, aunque sabía que no tenía sentido reprimirse ahora que estaba muerto y tanto él como Kara estaban "libres" nuevamente, no sentía la necesidad de buscar consuelo en los brazos de otra mujer, aunque fuera de otra especie.
– Fue una fiesta salvaje –. Comentó Jason de pronto –. Por como es el señor Lucifer, me cuesta creer que organice este tipo de fiestas.
– Normalmente, Lucifer prefiere los eventos más tranquilos, no es alguien que disfrute los escándalos. Sin embargo, esta es una ocasión especial –. Respondió Rafael mirando a sus alrededores.
Era un poco gracioso ver a tantos invitados notablemente ebrios tratando de formular palabras a Amelio para que les sirviera una nueva copa. El demonio mosca optaba por ignorarlos a todos, sabiendo que no tardarían en caer inconscientes una vez más.
– ¿Y cuál es? –. Preguntó el humano curioso.
– Hace unos años, una entidad oscura amenazó con destruir el libre albedrío y dar forma a una nueva Creación –. Comenzó el ángel una vez más.
– Una de "fuego y azufre" –. Dijo Lorin tratando de hacer su voz más profunda y grave posible, haciendo reír al ángel y al difunto humano.
– Comenzó una guerra con Lucifer y controló la mente de ángeles y demonios por igual, para obligarnos a luchar por él –. Retomó el rubio con su vaso en mano –. Nos obligó a invadir Los Ángeles, por lo que Lucifer tuvo que hacerle frente, mientras Mazikeen y mi hermano Gabriel sofocaban una rebelión en el infierno en su nombre.
– ¿Cómo es que la Liga de la Justicia no se enteró de eso? –. Preguntó el humano interesado.
– Lucifer mantuvo todo aislado, no quería que ningún héroe se involucrara en sus asuntos. Mantuvo todo dentro de los ángeles y con la ayuda de Mazikeen y todas sus influencias se aseguró de que nadie más se enterara. Al final, esa entidad resultó ser débil ante el corazón corrupto de los ángeles caídos –. Continuó el ángel tomando un sorbo a su trago.
– ¿Y cómo obtuvieron algo así?
– Lucifer tomó el de Gabriel. En aquel entonces, estaba tan corrompido que podía dañar a ese monstruo y le dio la oportunidad al jefe para terminar con él –. Siguió Lorin por su pareja.
– Después de eso, Gabriel regresó a la Ciudad de Plata usando mi corazón para volver a ser el arcángel del que tanto se enorgullece tu gente. Retomó su puesto como el líder de la ciudad y lleva a nuestros hermanos por un mejor camino. Uno libre de las cadenas del destino –. Terminó el ángel, tratando de simplificar su discurso para Jason.
Aunque no le había tomado mucho tiempo aceptar todo lo que Ex Lux significaba y albergaba en su interior, no podía negar que se sentía extraño tener acceso a toda esta información.
Miles de pensamientos cruzaban por su mente. La existencia de entidades capaces de desafiar al diablo y corromper la creación de Dios, la presencia de seres mitológicos al acecho en alguna parte del cosmos y el choque entre la necesidad del destino de guiar a los seres vivos en una dirección específica con la oportunidad de una liberación absoluta eran algunos de ellos.
En cierto modo, se sentía mal saber que, no importaba cuántas veces la Liga de la Justicia derrotara tiranos como Darkseid o Trigon, había amenazas mucho peores sueltas, enemigos que solo seres de la talla del señor Lucifer podían enfrentar. Sentía un amargo sabor en la boca de solo pensar en el hecho de que, no importaba cuánta sangre, sudor y lágrimas derramaran los héroes más grandes de la Tierra al enfrentar a un enemigo, siempre habrían otros jugando en una liga mucho mayor y que la supervivencia de los múltiples universos de los que tenían conocimiento recaía en seres que nunca habían mostrado interés alguno por darse a conocer, que libraban sus batallas en secreto y permitían que los mortales vivieran en la eterna ignorancia.
La sola idea de que sucesos tan grandes y decisivos para el multiverso se habían dado debajo de su nariz y de toda la Liga de la Justicia lo asustaba y lo frustraba al mismo tiempo. Sabía que habría tenido miedo, pero ahora que tenía conocimiento de los retos que estos ángeles y demonios habían enfrentado, no podía dejar de pensar en como le habría gustado estar ahí con el señor Lucifer y ayudarlo a detener a la entidad que amenazaba la existencia.
Se sentía como un héroe incompleto, uno incapaz de cumplir con el propósito de todo justiciero: defender a quien lo necesitara. No sabía cuántos debían haber muerto en la invasión que mencionó Rafael, pero sabía que, de haber estado ahí, podría haber ayudado protegiendo a los civiles inocentes al menos.
Su puño se apretó con impotencia y frustración de solo imaginar lo que esas personas debieron experimentar antes de morir. Desde que Bruce lo había acogido, nunca había sido bueno para solo quedarse atrás mientras otros sufrían. Era Robin, un protector, y su principal instinto debía ser la justicia y la defensa de los débiles, de todo aquel que no pudiera defenderse a sí mismo.
Como si leyera sus pensamientos, Rafael habló nuevamente.
– No te sientas mal, Jason. La batalla acabó, el enemigo más grande de la Creación ya no existe y festejamos por eso –. Consoló el rubio al barman.
– Es cierto, mejor disfrútalo. Los jefes tuvieron que pasar por mucho para salvar todo lo que ves a tu alrededor, así que lo mejor es disfrutar –. Respaldó Lorin a su pareja con una sonrisa mientras jugaba con su teléfono.
– Es solo que no puedo evitar sentirme inútil de solo pensar en lo que tuvo que pasar aquí y sabiendo que no solo no pude hacer nada, sino que nunca me enteré hasta ahora –. Explicó el pelinegro más joven volviendo a limpiar la barra.
Rafael lo miró conmovido por un segundo, antes de hablar nuevamente.
– Eres fuerte y de gran corazón, Jason Wayne, pero no siempre puedes salvar a todos. Créeme, es algo que los miembros de la Hueste de Ángeles tuvimos que comprender desde el inicio –. Recordó el rubio con tranquilidad –. Lo mejor que podemos hacer es aceptarlo y salvar a todos los que podamos.
– Es horrible, no importa cuántos recursos o poder tengamos a la mano, es imposible hacer el bien con la misma facilidad con la que se puede hacer el mal.
Miles de monstruos, humanos, alienígenas o seres sobrenaturales, impartían el terror con gran facilidad, destruían hogares, destruían vidas inocentes y no había forma de detenerlos definitivamente. Era imposible acabar con el mal porque era como una maldita hidra, una que se aprovechaba de la bondad de aquellos que trataban de hacer el bien, que sabían que los códigos y la ética nunca permitiría que aquellos que los detenían pudieran completar la misión que se habían asignado al asumir el papel de los buenos en esta mala obra de teatro.
– Es la vida del guerrero, hacemos lo que podemos –. Respondió Rafael con cierto pesar en su tono.
Este ángel había visto eones y eones de vida, debía existir desde los inicios de la "Creación" y a pesar de todo su poder, de toda su fuerza, de todos los números que presumía su especie, hasta para él era imposible detener a la serpiente que acosaba la existencia.
Miles de monstruos vivían toda su vida impartiendo el caos y nadie podía detenerlos de forma definitiva porque el rol del héroe venía con ciertos requisitos que impedían cortar el problema de raíz. Respetaba a la Liga de la Justicia, más que a nadie en el mundo, pero esa incapacidad para terminar con todo no se sentía correcta, no se sentía apropiada. Se sentía mediocre y cruel.
Siempre habría un tirano más, sabiendo que tenía intentos infinitos para cumplir con su propósito porque ningún héroe se atrevería a terminar con él, ni siquiera para proteger la existencia misma.
– No es suficiente –. Declaró Jason con malestar.
– Los pensamientos pueden ser más peligrosos que un enemigo, Jason. No te dejes llevar por ellos –. Aconsejó el señor Rafael.
El ambiente se volvió pesado de pronto, Jason ya no se encontraba con la disposición para devolverle la mirada al ángel. No podía negar que sus palabras le generaban malestar y lo hacían sentir inconforme.
Sinceramente, prefería terminar la conversación ahí. Temía decir algo que pudiera molestar al ángel o a Lorin, apreciaba la compañía de ambos y no quería tener desacuerdos con ninguno de los dos. Por lo que optó por, simplemente, enfocarse en la tarea que tenía entre manos.
Se preguntaba si a esto se refería el señor Lucifer cuando decía que muchos de sus hermanos podían ser increíblemente ingenuos.
Se habría podido quedar en este cómodo silencio un poco más de tiempo, se habría podido quedar un poco más encerrado en esta burbuja de tranquilidad y esperando que llegara el momento de terminar la fiesta de esta noche para comenzar a limpiar el club nuevamente, pero el sonido de una notificación en el teléfono de Lorin llamó su atención de pronto.
– Oye, Jay, tenemos noticias de tu ciudad –. Avisó Hammon mirando su teléfono.
Las palabras de su amigo lo hicieron reaccionar de pronto. No había recibido informes de Gótica desde su propio funeral, así que no podía negar que sentía genuina curiosidad por lo que debía estar pasando en su ciudad natal como para que la noticia llegara hasta Los Ángeles.
– ¿Enserio? ¿Sobre que? ¿El viejo Jim Gordon se ganó la lotería? ¿O WayneTech finalmente va a sacar sus tan anticipados autos eléctricos? –. Preguntó Jason con una pequeña sonrisa.
A pesar de sus bromas, ni Lorin ni Rafael se rieron, ambos vieron con cuidado la pantalla del teléfono del humano antes de compartir una mirada llena de preocupación.
– Oigan, ¿qué sucede? –. Cuestionó el chico confundido.
Una vez más, ninguno respondió, pero los ojos de Lorin expresaron toda la preocupación que sentía realmente al devolverle la mirada, mientras que Rafael parecía buscar las palabras más adecuadas para explicar lo que estaba sucediendo.
Parecía que tenía que ser algo verdaderamente grave.
– Chicos, están comenzando a preocuparme –. Dijo Jason acercándose a pelinegro mayor.
Aunque ambos se mantuvieron en silencio de nuevo, finalmente Hammon decidió dejar a un lado el misterio al extender su teléfono para que Jason pudiera tomarlo con cuidado.
– Tal vez, sea mejor que lo veas por ti mismo –. Dijo Lorin soltando su dispositivo para que su amigo pudiera tomarlo –. Lo siento, Jason.
Tomó con cuidado el teléfono del chico mayor y comenzó a leer con detenimiento la noticia. Renglón por renglón, su mirada pasó de un lado al otro, acompañando el asombro y la decepción con una ira incontenible.
Poco a poco, leyó frase tras frase del escrito, tratando de darle un sentido a lo que leía, tratando de hallar una respuesta a la única pregunta que se paseaba por su mente conforme bajaba la pantalla.
¿Por qué seguía vivo?
No supo en que momento abandonó su lugar de trabajo, no supo en que momento dejó caer el teléfono para salir corriendo lo más lejos posible, pero sí supo el porqué de su comportamiento, el motivo detrás de esta reacción.
Estaba decepcionado, pero no de cualquiera. Estaba decepcionado de una de las personas persona que más significaban para él, del hombre que había amado como el padre que siempre quiso tener.
No entendía porque Bruce permitía algo así, no debería hacerlo. No entendía porque siempre lo perdonaba, sin importar la gravedad de su crimen, sin importar cuanto lastimara a las personas inocentes.
No dejó de pensar en ese titular mientras subía, no dejó de pensar en esas palabras mientras huía al lugar que se había convertido en un santuario de paz y calma para él, no dejó de pensar en ese maldito escrito mientras batallaba con las lágrimas de ira, decepción y tristeza que querían salir de sus ojos enrojecidos por el llanto que reprimían.
"Batman devuelve al payaso a Arkham…"
Ex Lux, Azotea
En el presente
Se lo repetía constantemente, una y otra vez. No dejaba de pensar en la cruel realidad que había caído sobre él, en la broma cruel que el destino insistía en mantener sobre su vida maldita.
Seguía vivo.
Seguía vivo.
Seguía vivo.
Su estómago se retorcía de solo imaginarlo de regreso en la celda de ese asilo inútil, enjaulado en esa maldita celda oscura y esperando el momento en que pudiera escapar nuevamente, esperando que el ciclo volviera a comenzar.
Esperando el momento de cobrarse una nueva vida como la suya, aguardando la oportunidad perfecta para manipular a otra madre como Sheila Haywood.
El maldito payaso era capaz de hacer tanto daño, era capaz de crear horrores inimaginables para la gente buena e inocente. Era un monstruo despiadado, sin corazón, sin el más mínimo rastro de empatía por otras personas, era alguien tan malo como cualquier tirano a los que la Liga se había enfrentado y Bruce…
Bruce le había perdonado la vida.
El solo pensamiento hizo que un poderoso rugido saliera de los rincones más profundos y adoloridos de su alma. Quería arremeter contra lo primero que hallara, quería romper algo, quería seguir gritando y maldiciendo a quién había hecho de su vida una maldita broma, a quién había impedido que su padre vengara su muerte.
Se suponía que debía terminar con todo, que debía vengar su muerte y salvar el mundo del castigo que era ese maldito payaso, pero no lo había hecho. El miserable no solo le había perdonado la vida, también lo había regresado al agujero que del que ya había escapado mil veces antes.
¿Cómo Bruce podía hacer algo así? ¿Acaso no le importaba lo que le habían hecho a su propio hijo? ¿Acaso no le importaba erradicar ese mal de raíz? ¿Su maldito código era más importante que las vidas que comprometía cada segundo que ese demente seguía respirando?
No entendía porque seguía insistiendo con eso, no tenía que matar a Dent, ni a Cobblepot o a Nygma, solo a él…
Solo a él.
Batman no podía cobrarse el alma más cruel y sanguinaria del mundo, ni siquiera por su propio hijo.
Aparentemente, algo así no tenía tanto peso como su miedo a mancharse las manos.
El sencillo recordatorio de esa realidad cruel lo hizo gritar con ira una vez más. No le importaba si alguien en la calle lo escuchaba o si toda la maldita ciudad comenzaba a verlo fijamente, solo quería liberar toda la rabia acumulada en su corazón, solo quería soltar el dolor que estrujaba su alma rota, aliviar el pesar que invadía su vida y su muerte. Todo mientras débiles lágrimas escapaban de sus ojos carentes de luz.
Tan sumergido estaba en sus propias penas, que no se dio cuenta del momento en que suaves pasos lo alcanzaron por la espalda.
– Jason.
Fue un llamado débil, inusual para la voz firme que lo había pronunciado, pero no podía importarle menos ahora. Solo quería que la muerte lo llevara finalmente, no podía tolerar la idea de vivir en un mundo en que la injusticia se mantuviera impune, en un mundo en el que su asesino vivía.
– Jason.
La mujer lo llamó una vez más, mientras posaba una mano en su espalda, tratando de convencerlo de darse la vuelta y mirarla de frente. Pero no quería hacerlo, no quería mostrarle a alguien de tal fuerza el punto tan bajo al que había caído, la imagen tan patética que debía mostrar en estos momentos.
– Jason, mírame.
Su tono era tan suave, tan comprensivo e incluso maternal, que Jason no pudo evitar quebrarse nuevamente de tan solo pensar en la persona de la que le habría gustado escuchar ese mismo tono.
Entre sollozos y con la cara pegada a la baranda del muro de la azotea, Jason se permitió estremecerse con el toque sorprendentemente gentil y delicado de la mujer que había subido a este lugar para buscarlo.
– Te digo que me mires.
Esta vez, la petición se vio reemplazada por una orden mucho más fuerte, una que podría opacar el tono más autoritario y fuerte de Batman, dejándolo como nada más que la orden de un niño.
Aunque le habría gustado desobedecer una vez más, la mano más firme de la dama en su barbilla bañada en sus propias lágrimas le impidió volver a refugiarse en la evasión de sus ojos apenados, una mano que no aceptó excusas y lo obligó a devolverle la mirada a la mujer que tanto lo había cuidado desde su llegada a Ex Lux.
– Lo lamento –. Dijo Lady Mazikeen apretando suavemente el hombro del chico.
Normalmente, le habría gustado mostrar una expresión fuerte en sus ojos, una mandíbula firme e inamovible y un rostro libre de cualquier deformación, pero no pudo. Esta vez, tuvo que enseñar con vergüenza sus ojos irritados por el llanto que había escondido a todos los clientes y su labio tembloroso, que delataba la magnitud de su tristeza.
Al verlo en ese estado, una nueva expresión se asomó en el rostro de la reina del infierno, una mueca de tristeza impropia de lo que debía ser una demonio pintó las facciones endurecidas de la guerrera, que solo pudo mirarlo con sorpresa antes de que el pesar en sus ojos se apoderara de la mitad visible de su rostro, borrando toda dureza y reemplazándola por el espectro de la empatía.
– ¿Por qué no lo hizo? ¿Por qué no lo mató? –. Cuestionó el chico luchando con las lágrimas que querían abandonar sus ojos.
Lady Mazikeen no le respondió al instante, solo siguió mirándolo con dolor en su ojo y tristeza en sus facciones, por lo que Jason continuó con su razonamiento solitario.
– De haber sido él quien hubiera muerto en ese maldito almacén, yo no habría descansado un solo día hasta vengarlo. Habría perseguido a ese maldito hasta el fin de la Tierra solo para asegurarme de que lo que nos hizo a nosotros, no se lo hiciera a nadie más –. Dijo con un poco más de fuerza en su voz esta vez –. No es justo, ese miserable le ha hecho la vida imposible a toda la ciudad desde hace años, no se ha cansado de traer el horror a la gente desde que salió de esos malditos químicos y Bruce no ha terminado con él.
Quería decir muchas cosas más, quería desahogarse y liberar todo el dolor que lo había acosado desde que se enteró de la incompetencia de su propio mentor para traer la justicia verdadera a un alma retorcida que pedía a gritos que terminaran con su vida de una vez por todas.
Pero no pudo, no con los brazos de Lady Mazikeen envueltos firmemente alrededor de su cuerpo.
– Lo sé, Jason, lo sé –. Musitó la demonio reteniéndolo en su abrazo.
Estaba sorprendido, por decir lo menos. Lady Mazikeen siempre había asumido una actitud amistosa con él, siempre lo había tratado como si fuera un viejo amigo, pero nunca habían tenido un contacto físico mayor a unas palmaditas en el hombro. Así que sentir su abrazo era algo extraño y, al mismo tiempo, apropiado. En cierto modo, se sentía como si perteneciera aquí después de todo.
Se sentía cómodo y un poco más tranquilo, lo suficiente para dejar de sollozar un momento para hacer en voz alta la pregunta que estaba torturando su mente.
– ¿Acaso no le importo? –. Preguntó con lágrimas saliendo de sus ojos.
Si manchó el abrigo de cuero de la reina, ésta no dijo nada. No, solo se limitó a acariciar suavemente su espalda y reposar su cabeza en su cabellera oscura con cuidado.
– Se supone que me quería, que era su hijo –. Musitó con tristeza, tratando de relajarse bajo el toque cálido de Mazikeen –. ¿Cómo pudo fallarme de esta manera?
– Los padres pueden ser decepcionantes a veces –. Comentó la reina sin dejar de acariciar la espalda del chico –. Por desgracia, no eres el primero y tampoco serás el último.
Su tono era tan delicado y distante, que Jason no pudo evitar pensar que había alguien en especial en los pensamientos de la mujer, alguien apartado de la imagen que el señor Lucifer describía de su padre.
– ¿Usted también…?
– Sí –. Cortó la reina rápidamente –. Mi madre. Cuando los ángeles nos expulsaron de la Ciudad de Plata y nos desterraron al infierno, todos los demonios nos rechazaron por no ser completamente como ellos, ella decidió que me casaría con un demonio de alto estatus para ganarnos un lugar en el infierno.
Solo podía imaginar lo que Lady Mazikeen debió sentir en un momento así, obligada por su propia madre a casarse con alguna criatura repulsiva que solo la desearía por su cuerpo, importándole muy poco lo que ella quisiera.
– ¿Es por eso que usted y el señor Lucifer están juntos? –. Preguntó Jason con curiosidad, limpiándose las lágrimas de sus ojos mientras se separaba del cálido toque de la dama –. Discúlpeme, Lady Mazikeen, sé que no debería…
Comenzó a pensar mil excusas para justificar su actitud tan abierta y no quedar como un abusador de la confianza que la reina del infierno había depositado en él desde su llegada al club, pero ninguna fue necesaria cuando la dama habló nuevamente.
– En parte, cuando se organizó mi compromiso, Lucifer ya se había coronado como rey. Supe en el momento en que me enteré que esa era mi oportunidad, él era un rey distante y sabía que no obligaría a nadie a hacer algo que no quería, iba contra todo lo que él creía –. Explicó la demonio con una pequeña sonrisa nostálgica en la mitad visible de sus labios.
– Y aún cree –. Recordó Jason con un dedo arriba y una mueca similar a una sonrisa tímida, mientras la mujer asentía en acuerdo.
– Cuando llegó la hora de decidir, tomé lo poco que tenía una noche y escapé. Me dirigí al castillo de Lucifer para comenzar una nueva vida. Por primera vez, tenía la libertad de elegir, ya no habría una madre que me obligara a elegir el rumbo de mi vida –. Dijo la reina descargando su peso contra la barandilla de la azotea –. No soy inocente, fue por mi culpa que nos exiliaran en primer lugar cuando maté a uno de los hermanos idiotas de Lucifer por rechazar a uno de mis propios hermanos. Pero todo lo hice por ella, lo hice por defenderla, por lo que ningún sentimiento de culpa o deuda me va a obligar a entregar mi existencia a quien no quiero.
Podía ver la influencia del señor Lucifer en las palabras de su esposa, estaba clara la razón por la que el diablo había decidido compartirlo todo con ella: era todo lo que él podría desear, una mujer fuerte y decidida a enfrentar al infierno mismo para ser la dueña de su destino. Estaba tan claro como el agua los motivos que habían llevado a que la relación de un amo y una sirvienta evolucionara para convertirse en la dinámica de dos iguales.
– ¿Y que fue de Lilith? –. Preguntó el chico.
– Se quedó en el infierno –. Dijo la reina con sencillez.
– ¿Acaso ella…? –. Comenzó a cuestionarse Jason con un poco de preocupación.
La reina se rio suavemente al adivinar los pensamientos del chico antes de que éste pudiera expresarlos en voz alta.
– ¿Está siendo torturada? –. Completó la pelinegra por él –. No, está en una zona en la que nunca podrán molestarla. Según Lucifer, vive tranquilamente. Tuvo suerte, pudo compartir el destino de miles de madres peores, que buscaron su estancia allá, de no ser por nosotros.
Podía detenerse a imaginar cómo Bruce y Lilith les habían fallado a partes iguales a sus hijos más jóvenes, como parecía tener más y más semejanzas con Lucifer y Mazikeen o como parecía acercarse con más velocidad al corazón de estos demonios, así como lo hacían ellos al suyo. No había tenido amigos tan cercanos y que lo comprendieran tan bien desde el día en que murió, pero había algo que le llamó especialmente la atención de todo el discurso de la reina del infierno.
"Pudo compartir el destino de miles de madres peores que buscaron su estancia allá de no ser por nosotros."
– Lady Mazikeen –. Llamó suavemente a la demonio, con una pregunta especial acosando su mente –. Con eso de "madres peores", ¿también se refiere a Sheila Haywood?
No sabía porque le importaba tanto, no sabía porque le daba tanta importancia, pero al escuchar las palabras de la reina, no pudo evitar imaginarse a la mujer que lo había traído al mundo siendo consumida en las fauces del infierno.
No quedaba mucho apego en su corazón por quién lo había traicionado, pero todos en Ex Lux tenían una descripción clara de lo que era el infierno y el tormento que los condenados sufrían ahí día tras día, teniendo como su única esperanza el fin de toda la existencia para detener su dolor.
Podía imaginar a la mujer siendo torturada de mil maneras diferentes por hordas de demonios que se deleitarían dándole su castigo por todo el daño que había hecho a su propio hijo. Era una imagen que debería darle cierto consuelo y satisfacción, saber que una de los principales artífices de su pena recibía el apropiado castigo debería traerle un poco de alivio. No obstante, no podía evitar que un cuchillo apuñalara su corazón de solo pensar algo así, sin importar cuanto quisiera ignorarlo.
No sabía que tan estúpida debía ser su mente o que tan ciego debía ser su corazón.
– Lady Mazikeen, ¿Sheila Haywood fue al infierno? –. Preguntó Jason con cuidado.
– Traicionó a su propio hijo, Jason. Solo hay un lugar en toda la Creación que podría recibir un alma así –. Respondió Mazikeen con desprecio y veneno en su voz por la mujer.
Tuvo que sostenerse de la baranda para no perder el equilibrio y caer de bruces al suelo.
No debería importarle, no debería fijarse en el destino de esa mujer que ahora debía estar recibiendo el justo castigo por sus acciones, pero su corazón le decía lo contrario. Su maldito corazón le decía que debía hacer algo, que no podía quedarse de brazos cruzados mientras alguien que lo necesitaba sufría por él.
Mazikeen no tardó en sujetarlo por los costados para ayudarlo a mantener el balance en su postura.
– Jason, tranquilo –. Dijo la demonio tratando de devolver al difunto a la realidad.
Catherine Todd le había fallado al preferir sus vicios sobre su propio hijo, Willis Todd les había dado la espalda para irse a trabajar con el hombre que lo terminó asesinando, Sheila Haywood lo había entregado a quien fue su verdugo y Bruce Wayne fue incapaz de vengar su muerte y evitar que miles de vidas más se vieran comprometidas, todo por una absurda guerra moral. Por más que lo pensaba, más se daba cuenta de que todos los padres que había tenido en su vida habían logrado decepcionarlo de algún modo y era cada vez más difícil decir cuál fracaso le dolía más.
Así que no podía entender por qué esa mujer le seguía importando tanto.
Sin embargo, en este pobre intento de vida, aún había gente que le había demostrado que le quedaban personas que se preocupaban por él y sentir aquel reconfortante abrazo una vez más fue lo que le recordó eso. Mazikeen Morningstar, Regente del Infierno, Hija de Lilith y General de los Lilim, lo estaba envolviendo en sus brazos nuevamente.
La mujer tenía la fuerza para destrozar fácilmente a quien fuera, eso lo sabía muy bien, por lo que estaba asombrado al sentir un toque tan suave en su espalda y sus brazos. Era el gesto más cálido y sincero que había recibido desde el día en que vio morir a su madre, Catherine Todd, y provenía de nada más y nada menos que de la reina de infierno, la demonio más poderosa y que debía ser la más despiadada. No podía entender cómo alguien así lograba hacerlo sentir el calor que el hombre al que había amado como un padre no había podido compartir con él.
– Lucifer me dijo que tú realmente no odias a esa mujer –. Murmuró Mazikeen bajando cuidadosamente al suelo, aún con el chico en sus fuertes brazos –. ¿Es cierto, Jason? ¿Aún te importa esa mujer? Dime la verdad.
Temía la respuesta, pero ya la conocía y sabía la verdad. El señor Lucifer se lo había dicho con paciencia y comprensión, mientras que su corazón lo gritaba con toda la fuerza que podía.
No, no la odiaba, pero tampoco la amaba. Después de lo que había hecho, no podía encontrar en sí mismo la voluntad para seguir amando a Haywood con la misma intensidad que la vez que finalmente se había reunido con ella. Sin embargo, tampoco podía sentir el mismo odio que era capaz de reunir por su asesino, sin importar cuanto lo deseara, aún no había llegado a ese punto de ira y desprecio por su progenitora.
– Creo que sí –. Admitió Jason apenado con nuevas lágrimas tratando de abandonar sus orbes irritados.
Enterró la cabeza entre sus rodillas estando sentado en el suelo, por lo que no pudo ver la reacción de Mazikeen a sus palabras. Sin embargo, sí la sintió encogerse al recibir la respuesta a su pregunta. Y no podía decir que tenía absoluta certeza, pero tenía la impresión de haber escuchado un muy débil sollozo proveniente de su acompañante en esta terrible amargura.
– Entiendo –. Respondió la mujer pasando uno de sus brazos sobre los hombros del chico –. ¿Te gustaría verla?
Se sentía indigno de estos beneficios que recibía por parte de sus jefes, que cada día parecían ser más el apoyo que sus múltiples padres no habían podido ser en su vida extinta. Había perdido tanto, que no podía evitar pensar que debía estar sufriendo algún tipo de karma divino por algo que debía haber hecho en algún momento de su mísera existencia. Tener a estas personas, que habían dejado clara su preocupación por él constantemente, se sentía casi irreal.
– Jason, si quieres verla, solo tienes que pedírmelo –. Propuso Mazikeen pasando a acariciar suavemente su cabello oscuro.
No sabía que decir a eso, no sabía con exactitud que quería respecto a esa mujer. Sabía que se estaba pudriendo en el hueco más profundo y trágico de toda la existencia, pero no sabía que debería hacer al respecto. Por un lado, el héroe que había aspirado a ser le decía que bajara a ese agujero y tratara de ayudarla, que si quiera tratara de cerrar la herida que había quedado en sus últimos momentos. Por el otro, el hijo que había sufrido tal traición solo quería dejarla sufrir en el infierno el resto de la eternidad como se merecía, que sintiera por el resto de su existencia un ápice del dolor que hizo sentir a su propio hijo en el ocaso de su vida.
– No lo sé –. Se lamentó Jason sin ser capaz si quiera de levantar la cabeza.
Mazikeen no lo obligó a responder, no lo incitó a buscar las respuestas de forma inmediata, solo lo acogió en sus brazos le permitió llorar a gusto mientras acariciaba su cabello con pesar.
No podía entender porque las figuras paternas en su vida tenían que meterlo en situaciones que dividían su corazón de esta manera, no comprendía porque la vida se empeñaba tanto en castigarlo atacando a la idea de una familia que siempre había anhelado, no entendía porque ninguno de sus padres podía ser como Mazikeen.
Esta vez, no sintió ninguna vergüenza cuando le devolvió el abrazo y se permitió llorar contra su pecho, pues este era el único consuelo que tenía en estos momentos de crisis emocional. Todo mientras la dama trataba de tranquilizarlo, recordándole que estaba con él y que podía soltarse sin pena, que ella no lo juzgaría, que lo entendía.
Tan ensimismado estaba en su propio dolor, que no se dio cuenta del momento en que la puerta que daba acceso a la azotea se abrió nuevamente.
– Chico –. Llamó una voz tranquila y sumamente familiar.
El susodicho saltó con nerviosismo al reconocer la voz del señor Lucifer desde la puerta de acceso, mientras Lady Mazikeen se levantaba a un ritmo más calmado de su lugar en el suelo.
– Señor Lucifer, no es lo que parece. Lady Mazikeen solo vino por… –. Trató de explicarse el chico antes de ser interrumpido por el ángel caído.
– Tranquilo, chico, sé lo que pasó con el murciélago –. Calmó Lucifer al chico con una mano arriba para que se detuviera –. Lamento que tu padre te decepcionara de esa manera.
Primero, tuvo que ser el señor Lucifer, después de él, siguió Lady Mazikeen y Jason había llegado para completar el trío de desafortunados que tuvieron que sufrir la decepción de sus padres. De algún modo, se habían juntado para compartir sus más tristes similitudes en un entorno apartado de todo.
– Creo que debería volver a mi puesto. Sé que salí demasiado pronto y yo… –. Comenzó el humano nuevamente antes de que el jefe volviera a cortar sus palabras.
– Espera, chico, no he terminado –. Aclaró el rubio sujetando a Jason por los hombros para mantenerlo en su lugar –. Alguien vino a verte.
¿Cómo? Eso no tenía sentido, nadie más sabía que estaba aquí. Habían sido muy cuidadosos en sus salidas, por lo que no debería haber nadie esperándolo en el interior del club.
Lady Mazikeen pareció compartir sus pensamientos, por lo que se puso en alerta al momento en que su esposo terminó de explicarse.
– ¿Nos encontraron? –. Cuestionó la mujer con dureza.
El jefe solo negó con la cabeza antes de retomar su corto discurso.
– Por suerte, no. Es un viejo conocido nuestro –. Respondió el caído antes de mirar la puerta por la que había salido a la azotea –. Ya puedes salir.
La puerta se abrió inmediatamente, revelando la imagen de un hombre alto con un alargado cabello negro hasta una mandíbula cubierta con la silueta de una barba de varios días, nariz afilada y ojos oscuros que lo veían fijamente. El hombre vestía de forma casual, unos jeans oscuros sobre unas botas marrones y una chaqueta de cuero negra sellada hasta el pecho era lo que acompañaba un par de alas casi tan blancas como las del señor Lucifer, cuidadosamente dobladas en su espalda.
– Hace tiempo que no venías, ni siquiera para tomar un trago –. Dijo Lady Mazikeen desde la ahora alejada baranda de la azotea a modo de saludo.
El ángel solo se rio ligeramente antes de saludar a la mujer.
– También me alegro de verte, Mazikeen –. Dijo el pelinegro antes de volver a centrar su atención en el humano –. Es un placer conocerte, joven Jason.
El ángel estiró ligeramente su mano, ofreciéndola como una muestra de saludo a amistoso y de buena fe.
Con inseguridad por la identidad de este misterioso individuo que había decidido unirse a ellos, Jason tomó su mano, correspondiendo el saludo del hombre mayor.
– Lo mismo digo, señor… –. Comenzó el chico sin saber cómo referirse a este extraño.
El jefe pareció darse cuenta de su aturdimiento y su confusión, por lo que intervino posándose en el medio de ambos pelinegros mientras sostenía el hombro de su empleado.
– Discúlpalo, chico, aún no recupera todos sus modales –. Dijo el rubio con burla al hombre mayor antes de presentarlo –. Gabriel, te presento a Jason Wayne. Chico, él es mi hermano, Gabriel.
Gabriel Hornblower, reconocido por muchos de los demonios de Ex Lux como el guerrero más grande de toda la Creación, el líder de la Hueste de Ángeles y antiguo encargado de asignar el cosmos de la forma en que la humanidad lo conocía. Tenerlo delante debería ser todo un honor y más para un mortal, pero Jason no podía definir con precisión lo que sentía al ser interrumpido en su momento de paz con Lady Mazikeen y el señor Lucifer.
– Esperaba hablar con el protegido de mi hermano un momento –. Comenzó el ángel más joven –. Joven Wayne, creo que le suena el nombre de Ra's Al Ghul.
– Creo que será mejor llevar esta conversación adentro –. Declaró el señor Lucifer ofreciendo su mano a su esposa y abriendo la puerta para que todos entraran al club una vez más.
N/A: Sí, ya sé que dije que no pasaríamos de 5 capítulos. Me fallaron los cálculos y esto se prolongó más de lo esperado. Sin embargo, diría que faltan solo dos capítulos más antes de concluir esta pequeña historia. Veamos si logro terminarla antes de la mitad de julio :P.
