Albert Albert, escrito por Yuleni Paredes. Narración hecha desde el punto de vista de William Albert Ardlay, el verdadero príncipe de la colina. Basado en Candy Candy, la historia definitiva, cuyo personaje protagónico sufrió, incluso más que la protagonista.
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Capítulo 1
Amo la libertad, la naturaleza. Siendo niño, fui encarcelado en mi propio hogar, atado a un apellido que me quitó el derecho a tener una vida sana y plena para convivir abiertamente con el resto de la humanidad. ¡Me llaman misántropo! En realidad, desconocen la causa de mi alejamiento del mundo. Ocasionada por decisión familiar, para mantener los intereses de una familia, cuya tradición es que el papel de cabeza de familia se traspase de William a William; es una costumbre que se ha venido realizando de generación en generación. Es una línea de descendencia directa.
Mi madre murió justo después de haberme dado a luz ¿Será que mi vida está marcada por la muerte de los seres que más amo? ¿Qué significa la vida?
Todo iba bien, a pesar de no haber sido criado por mi madre biológica. Tuve a una excelente mujer a mi cuidado: Rosemary Brown, mi hermana mayor, quien fue en vida mi segunda madre. Sí, fui criado junto a su hijo Anthony, en aquel entonces, lo veía como a un hermano pequeño. Ella junto a su esposo, Vicent Brown, me brindaron amor. Esos son los únicos recuerdos felices de mi infancia. Mi hermana me defendía, estuvo junto a mí, protegiéndome tras la muerte de mi padre, eso pasó cuando yo tenía ocho años de edad.
El ángel de la muerte volvió a tocar a mi puerta, tras llevarse a mi hermana. Entonces, me prohíben asistir injustamente a su funeral. El tiempo transcurre y la vida debe tomar su rumbo habitual; escucho risas, voces, el ir y venir de gente disfrutando de una fiesta. A mi mente llegó una brillante idea: si usaba mi traje escocés, nadie se fijaría en mí, "Es el atuendo habitual que debemos llevar los Ardlay más jóvenes en los eventos oficiales".
¡Esta situación es intolerante! ¡Qué iluso! La tía Elroy me reprendió severamente. Uno de los ancianos me reconoció al instante. Recuerdo las palabras de mi tía: "debes entender en qué posición te encuentras".
¿Por qué debo estar preso? "Tenía diecisiete años, pero ni una pizca de libertad. Yo no lo sabía aún, pero iban a contratar a alguien para que me siguiera a todas partes en Inglaterra y me vigilara. No dejaba de preguntarme hasta cuando me iban a tener aislado de esa manera…". Me voy a vivir mi vida, en la forma que yo desee vivir ¡En libertad! Es lo que pensé.
Tomé un coche, se me daba bien conducir. Estaba tan agobiado que poco me importó huir con mi traje tradicional escoces. Ni siquiera llevaba dinero encima.
¿Saben?, al día de hoy, sigo sin saber por qué me detuve ni por qué subí aquella colina. Tal vez lo hice porque su altura y tamaño eran perfectos.
Me recosté sobre la hierba, el cielo se veía inmenso y me daba la sensación de que aquel azul celeste me tragaría de un momento a otro. Las nubes preciosas y muy blancas, se movían lentamente, como si el viento las fuera empujando poco a poco. Las envidiaba por su libertad.
Meditaba. "Quería empezar a tomar mis propias decisiones, que nadie lo hiciera por mí".
"Al pensar en aquello, me sentí de súbito mucho más ligero".
En ese momento en el que al fin entendí lo que quería hacer con mi vida, "una niña subió corriendo por la colina, veloz como una bala y con una mueca horrible en el rostro".
Esa niña se esforzaba por no echarse a llorar. Comprendí que estaba esperando estar sola en la colina para poder hacerlo. Les confieso, algo su imagen me impactó demasiado.
Quizás ustedes no lo sepan, pero fue la primera vez que vi y escuché a alguien abandonarse a un llanto tan liberador y sincero.
Y también fue la primera vez que pude admirar una sonrisa tan bonita. Razón por la cual no pude evitar acercarme y hablar con ella. Ante sus diversas preguntas relacionadas con mi vestimenta, llevé a mi boca la gaita para tocarla; de esa manera, ella oiría lo bien que suena. Recuerden que, hasta ese momento, pensaba que lo hacía mejor que nadie, hasta que ella me dijo: "¡Anda! Pero si suena como si hubiera mil caracoles arrastrándose por el suelo", había exclamado ella con sorpresa, pegando un brinco.
Ella hablaba sola en voz alta e intentaba señalarme un punto al pie de la colina. Estoy seguro que no se dio cuenta de que ya me había ido. Lo hice porque vi a Georges subir la colina y me escapé por el otro lado.
Sin embargo, nunca olvidé aquella niña, pues ella me dijo que se llama: Candy.
Fui a la universidad a estudiar administración de empresas y derecho, como siempre bajo la estricta vigilancia de los Ardlay. Todo para guiar los intereses económicos de la Familia más poderosa de Escocia: Los Ardlay ¿Se puede llamar suerte el estar trabajando día y noche para satisfacer las necesidades de un grupo de personas que solo ostenta superioridad?
Para mí, la respuesta es: no. Me cansé de ser esclavo, así que mientras continuaba instruyéndome, decidí vivir en medio de la naturaleza. Cuidaba a los animales, muchos de ellos heridos, me ocupé de su salud, gracias a la lectura de varios libros de medicina. Ahí se hablaba de primeros auxilios, cómo realizar un vendaje, la técnica correcta de antisepsia.
Confieso que de igual manera era vigilado por los guardaespaldas de la familia. Sin embargo, decidí vivir con lo yo pudiera conseguir en el bosque y crear con mis manos. Cortaba madera para hacer fogatas y porque ¿no?: construir mis propios muebles.
También conseguía mi propia comida, eso me hacía sentir libre. Uno de esos días que caminaba por las orillas del río, encontré a una muchacha que luchaba por respirar, había caído desde lo alto de la cascada. ¡Cielos! Es Candy, la reconocí de inmediato. Llevaba colgada una cruz al cuello, junto a mi broche. A pesar de que había pasado siete años desde que la conocí, no había cambiado nada. La llevé enseguida a mi cabaña, le quité la ropa y le puse una de mis camisas viejas; mientras su vestimenta se secaba, era como otro animalito que rescataba en medio del bosque. Esta vez era diferente, ella me habló mucho de su vida, sentí un profundo deseo por hacerla feliz. Quería que la muchacha que tenía ante mis ojos encontrara su felicidad, así que me decidí ayudarla.
Recuerdo que apenas abrió los ojos, gritó: ¡Un pirata! Me reí y me quité las gafas de sol para calmarla, hacerle ver que no era un lobo feroz que quería devorarla. Me quejé, cuando insistió en llamarme "señor", aún era joven, tenía 24 años.
Le dije mi nombre, Albert, e introduje mi mano bajo mi enorme y desgastado abrigo para sacar de su interior una pequeña mofeta. Mi bella Poupée se presentó y Candy exclamó, tapándose la nariz: "¡Por Dios! ¿Eso es una mofeta?". Ofendido, le dije que no hacía falta que hiciera eso. Pues, Poupée era la envidia de las flores.
Candy se disculpó y estrechó una de las patitas de Poupée. "Me llamo Candy", expresó.
Le dije: Muy bien princesita. ¿Quieres comer algo?, restándole importancia a lo sucedido. Dejé su ropa seca al pie de la cama. Ella se había quedado dormida con una de mis camisas viejas como pijama, así que durante ese tiempo se la puse a secar.
¿Cuánto tiempo había estado inconsciente tras caer por la cascada? Dejaré que ustedes saquen la cuenta.
Esa noche, la niña de la colina convertida en una señorita de casi 14 años de edad, me hizo comprender la importancia de retomar mi papel como cabeza de la familia Ardlay. Indeciso, recibí las cartas de mis sobrinos: Anthony, Stair y Archie, quienes coincidentemente me hablaron de la misma chica.
Comprobando así, gracias a sus cartas, lo que ella ya me había dicho, que los Lagan la maltrataban física y emocionalmente.
Ellos me pidieron que la acogiera bajo el seno de la familia Ardlay. Así que aproveché que mi nombre tiene vida propia para firmar los documentos pertinentes y así quedar como su tutor legal, hasta que ella fuese adulta.
Continuará…
Dios nos bendiga.
