Final de octavo año
La torre de astronomía es un lugar especial para ella. Sabe que allí han pasado cosas terribles, aún se siente en el aire, en las viejas piedras, pero durante ese largo curso ha sido su lugar tranquilo. Se ha sentido atrapada en la escuela un buen número de veces mientras en Londres otras personas están ayudando a Harry. El verano pasado ha sido duro para todos, pero para su amigo ha sido una explosión emocional. El diagnóstico de TEPT ha explicado cosas, pero no ha solucionado. Y mientras ella está allí, terminando sus estudios, él un par de meses atrás le ha prendido fuego accidentalmente a Grimmauld Place.
Harry no está solo ahí fuera, los Weasley están arropándolo, y ellos, Ron, Ginny, Neville y ella, han conseguido permiso para turnarse y pasar fines de semana con él. Sabe que no le falta el apoyo, pero le resulta muy difícil no poder hacer nada más por él en ese momento en el que él se está planteando renunciar a ser mago.
Allí arriba hay silencio, un bien muy preciado en una escuela llena de gente, gente que ha sobrevivido en su mayoría a algo terrible y ahora necesitan disfrutar de la vida a tope. Ella no, ella se siente atascada. Su relación no está siendo todo lo que imaginaba cuando fantaseaba con ella. No es culpa de Ron, realmente, es más bien ella que siente una profunda insatisfacción vital.
El crujido de la puerta de la torre la saca de sus pensamientos y hace que se gire. Se sorprende al ver aparecer a Parkinson, con los ojos obviamente enrojecidos. Es un momento incómodo, las dos mirándose. No han interaccionado en todo el curso, la verdad es que su grupito no ha interaccionado con nadie, son seis Slytherin que van hombro con hombro a todas partes, sin la prepotencia del pasado, hablando en murmullos entre ellos. Lo primero que se le hace extraño es encontrarla sola. Lo segundo es verla vulnerable.
— ¿Qué miras, Granger? —le dice con aspereza, pasando por su lado para llegar hasta la barandilla.
— Discúlpame por estar aquí antes que tú —le responde, su irascibilidad emergiendo rápidamente.
Y se marcha, dando un portazo tras ella.
El portazo de Granger le vibra dentro. Fastidiada, hace un sonidito de frustración y la sigue al cabo de unos segundos.
— Granger — la llama—, espera Granger.
La otra chica sigue su camino, con la espalda muy recta.
— Por favor, Granger —insiste.
Finalmente, la oye suspirar y detenerse.
— ¿Qué quieres, Parkinson?
— Disculparme.
— ¿Por ser una perra?
Sonríe un poco, la Gryffindor tiene carácter y no se deja amilanar con facilidad.
— Entre otras cosas. Siento lo de ahí arriba. He tenido un día infernal. Pero en realidad yo quería pedirte perdón por... todo lo demás.
La cara de Granger refleja sorpresa y eso la anima a seguir hablando.
— Nos hemos portado fatal estos años anteriores. Ya sé que a estas alturas las disculpas no arreglan nada, pero... estamos, estoy, intentando ser mejores personas y alejarnos de lo que nuestros padres nos han enseñado.
Los ojos oscuros la miran con seriedad. A pesar de lo que dicen de los Gryffindor y su falta de autocontrol, Granger ha conseguido dominar el arte de poner el rostro en blanco.
— Disculpas aceptadas —dice por fin.
— Gracias.
— Y respecto a lo de allá arriba, entiendo que no soy la persona con la que querrías hablar, pero imagino que si quisieras que tus amigos te vieran así, estarías con ellos.
Pansy aprieta un momento los labios. Tiene razón, como casi siempre.
— ¿Sabes que hay días que te levantas pensando que va a ser un día más y de repente todo está cabeza abajo?
— Creo que he tenido alguno de esos, sí —contesta Granger con una pequeña sonrisa ladeada.
Se deja caer con un gesto muy poco elegante en el banco más cercano y se tapa la cara con las manos, frustrada. Siente a la Gryffindor sentándose también muy cerca de ella, tanto que sus caderas casi se tocan, y su silencio tranquilo mientras Pansy encuentra las palabras adecuadas.
— Esta mañana tenía una pareja y una familia. Creo que ya no tengo ninguna de las dos cosas.
La mano cálida de Granger se posa en su hombro y aprieta con cuidado.
— Lo siento.
— Yo... está todo fuera de control y yo odio eso —continúa con voz ahogada.
— Creo que de eso también se algo. ¿Son dos caminos sin retorno? Si algo he aprendido después de lo que hemos pasado es que no merece la pena lamentarse si es algo que no tiene remedio, pero si lo tiene hay que ir a por ello.
Pansy guarda silencio. Las palabras de la otra muchacha suenan a consejo trillado, pero tienen un fondo de verdad. No puede hacer nada con su corazón roto, entiende los motivos por los que su relación se ha terminado. Y respecto a su padre... es probable que simplemente eso fuera lo que tenía que ocurrir, hace mucho que son extraños con un montón de motivos para odiarse. Se acaricia el antebrazo izquierdo casi sin darse cuenta mientras piensa en una vida fuera de las restricciones con las que se ha criado. Y siente miedo y cosquillas en el estómago a la vez.
Junto a ella, Granger se pone de pie. Pansy levanta la mirada y la ve mirando el reloj de pulsera muggle que abraza su estrecha muñeca. Encuentra el gesto adorable, seguramente porque se lo ha visto usar muchas veces, un recordatorio de su origen y de que aún mantiene firmes lazos con sus raíces.
— Deberíamos ir a cenar —le dice con suavidad, mirándola con empatía—. Creo que te sentará bien algo caliente, mi madre siempre decía que el estómago lleno reconforta el alma.
— Suena a mujer sabia. Gracias, Granger —contesta, poniéndose también de pie y sacudiendo su túnica—, pero no tengo mucho ánimo de socializar. Y tienes razón, no quiero que mis amigos me vean así y se preocupen.
— Son tus amigos —le insiste, cogiendo su muñeca con cuidado—. La familia escogida genera lazos más fuertes.
Pansy no necesita que le diga nada más al respecto. Granger no es una heroína por nada, todo el mundo sabe que ha puesto su vida en peligro infinitas veces por apoyar a Potter, por elección.
— No dudo de ellos, es solo que... es un mal momento para todos, dejémoslo así. Ve a cenar, Weasley te estará esperando.
Ve la sonrisa tensa en la cara morena y por un momento quiere ahondar ahí, entender ese gesto, saber qué tiene melancólica a la persona más valiente que conoce. Porque la admira, mucho, en silencio por supuesto. Pero en lugar de eso la ve alejarse, levantando la mano a modo de despedida, con la túnica ondeando tras ella y la espalda recta.
Otoño 2002
La oficina está silenciosa. En la mesa frente a ella, Nott lee y relee con el ceño fruncido un largo pergamino. Trabajan juntos desde que salieron de la escuela. Y estudian juntos por las tardes en la escuela de leyes. Pero aún hablan poco, más allá de cosas de trabajo o un café ocasional, el ex Slytherin es terriblemente reservado con su vida personal. A Hermione le gustaría eso, le gustaría poder ser reservada y que la prensa no estuviera todo el tiempo detrás de ella, especialmente en los últimos días.
El silencio es roto por el sonido de su compañero de oficina poniéndose de pie y golpeando accidentalmente el escritorio cuando su pierna mala falla. Hermione salta como un resorte a ayudarle, haciendo que el ceño oscuro baje aún más.
— Estoy bien —masculla Nott, alejándose un paso.
— Seguro —contesta seca, volviendo a su silla.
Nott suelta aire y se frota la nuca con la mano mala. Hermione ha observado en estos tres años que aún hay muchas cosas que hace con la derecha, especialmente si está distraído o nervioso.
— Disculpa, Granger —dice por fin, aún de pie junto al escritorio.
— Está bien —responde sin mirarle, los ojos puestos en la pila de correo todavía sin abrir.
— ¿Quieres un café?
No debería, porque el psicomago le ha advertido varias veces acerca de su nivel de estrés y el exceso de cafeína. Pero en ese momento Nott tiene cara de necesitar ese café y un rato de desconexión y para Hermione siempre funciona la excusa de ayudar a los demás.
— Claro.
Caminan juntos en silencio hasta la cafetería de personal. Ella evita mirar a la gente que se cruza, porque sabe que sus miradas están cuestionando si Hermione Granger ahora se dedica a confraternizar con ex mortifagos y por eso ha dejado al partidazo que es Ronald Weasley. Aprieta los dedos en los bolsillos de su túnica mientras espera que su compañero traiga los cafés y visualiza los titulares del día siguiente. Odia a la prensa inglesa con toda su alma.
— ¿Quieres contarme qué te tiene tan frustrado?
Nott la mira sorprendido una fracción de segundo, esa no es la dinámica entre ellos. Pero igualmente aprovecha la oportunidad, tiene algo dando vueltas en la cabeza y sabe que si alguien puede ayudarle es su compañera de trabajo.
— ¿Qué sabes de contratos de matrimonio? —pregunta mientras da vueltas a su café con cuidado con la mano izquierda.
— Nada, la verdad.
— Forma parte de una ley antigua de derecho familiar. Los padres pueden firmar un contrato de compromiso mientras los hijos son menores de edad. O están los contratos de matrimonio, que ya requieren consentimiento de los novios.
— Suena a...
— Intereses económicos y alianzas políticas —completa Nott con seriedad, sin perder detalle de su gesto horrorizado.
— Medieval —apunta ella.
— Los sangrepura no creen en los sentimientos, Granger, sus uniones se basan en cálculo siempre, creen que el romanticismo es cosa de clases bajas.
— ¿Creen? —cuestiona Hermione, siempre atenta a las sutilezas del lenguaje.
— Nosotros estamos tratando de ver el mundo de otra manera.
— ¿Eso es lo que te ocurre entonces? ¿hay un contrato matrimonial?
En la cara seria y delgada de Nott aparece una sonrisa burlona.
— No para mí. Por suerte o por desgracia ya no estoy en situación de tener que ceder a la voluntad de mi padre.
Hermione asiente, con los labios apretados. Su compañero perdió a su padre tras la guerra, apenas había sobrevivido tres meses en Azkaban. Ella sabía que había salido de Hogwarts prácticamente con una mano delante y otra detrás, pero ahí estuvo McGonagall, atenta a ayudar a los que pudo a buscar empleos. Nott y ella habían aterrizado juntos en una oficina nueva creada en el ministerio para, en palabras de Kingsley, "poner al mundo mágico británico en el siglo XX".
Había sido cosa de ella reivindicar que necesitaban estudiar leyes para poder hacer su trabajo en condiciones, después de aguantar las quejas de los asesores legales de la oficina del ministro por sus continuas preguntas. Nott no había protestado, más bien había acogido la oportunidad de aprendizaje, Hermione había descubierto que tenía casi el mismo afán de conocimiento que ella.
— No sabía que existían ese tipo de leyes —comenta ella después de un rato en silencio.
— Creo que deberíamos estudiarlas el año que viene. Son leyes bárbaras pensadas para la continuidad dinástica. Ahora al menos ya no se puede casar a adolescentes, tengo antepasadas que murieron de parto con trece años.
— Totalmente medieval —insiste—. ¿Quién te preocupa entonces?
Él tuerce el gesto, poco dispuesto a dar nombres.
— Dos de mis amigas se negaron a firmar sus contratos de matrimonio al acabar la escuela.
— ¿Y pueden obligarlas? —pregunta ella espantada, inclinando el cuerpo hacia delante.
— Legalmente no. Y ahora mismo otros amigos intentan librarse de un contrato de compromiso.
— Oh.
Nott empuja la taza vacía hacia delante, con el gesto menos contenido que le ha visto hasta entonces.
— Es... —respira hondo y continúa bajando la voz, con la mirada fija en la mesa— es duro darte cuenta de que para nuestras familias somos prescindibles. El padre de una de mis amigas la desheredó antes de salir de la escuela y lo solucionó casándose de nuevo y teniendo otro hijo.
— Eso es... una mierda. ¿Y hay mujeres adultas que se prestan a eso libremente?
— Negocios, Granger. De cualquier manera, esos contratos son una mierda. Y si tienes uno de compromiso... hasta los veinticinco eres propiedad de tu padre.
— ¿Cómo puede ser que eso siga en vigor?
— El Wizengamot es básicamente un grupo de caducos sangre pura. Nadie quiere cambiar nada. ¿No has visto en estos dos años estudiando leyes como funciona ya?
Hermione aprieta los labios nada más. En el tiempo que lleva trabajando en el ministerio se ha dado cuenta demasiadas veces de que la ley está hecha para beneficiar a los poderosos y ese conocimiento no hace más que añadir frustración a su habitual sensación de que por cada cosa que su departamento consigue, hay diez que se le escapan.
Viernes antes de pascua 2003
Pansy se apoya en la pared y contempla desde allí a sus dos chicos. Ha recordado muchas veces las palabras de Granger en la escuela acerca de la familia elegida. Suele recrearse en el sonido de las palabras, incluso en ocasiones las murmura para ella misma cuando están reunidos o cuando se encuentra por las mañanas que Astoria le ha dejado el desayuno preparado bajo un éxtasis o que Blaise le ha comprado ese conjunto que le gustó mucho y no se atrevió a gastarlo en sí misma porque pagar la factura de la luz era prioritario. Ha creado su propia familia y se siente muy protectora con ellos, por eso le hace feliz verlos felices. Han renunciado a muchas cosas y han tenido que reiniciarse y aprender a vivir de otra manera, a muchos niveles se parecen muy poco a los prejuiciosos adolescentes que eran apenas cinco años atrás.
En su pequeña familia, ella es la matriarca. E identifica con facilidad a Granger como una igual. Ve su mirada cariñosa sobre los hermanos Weasley, a pesar de lo que haya pasado con ellos, la ve pendiente siempre de Potter, poniendo una mano tranquilizadora sobre su brazo cuando parece que el moreno necesita un respiro de socializar. Ese mismo día, apenas una hora antes, la ha visto levantarse de su silla con una gran sonrisa para abrazar a George Weasley y a la mujer que lo acompaña. Y es un abrazo sincero, de los que se dan apretados y hacen que cierres los ojos.
— Puedes sentarte con nosotras, si quieres —interrumpe sus reflexiones la voz de Granger.
Deja de mirar a Blaise y a Theo para mirarla a ella. Su voz se ha hecho más grave con el tiempo y seguramente su cuerpo tenga más redondeces que en la escuela, pero en esencia, es la misma.
— Gracias, estoy bien —responde, tratando de no sonar demasiado dura.
— Ellos lo están haciendo bien.
No necesita seguir su mirada para saber que se refiere a sus amigos. Por supuesto que Granger es capaz de saber que no puede relajarse del todo, que necesita estar ahí, alerta, preparada para ir en ayuda de cualquiera de los dos.
— ¿No te molesta?
— ¿El qué?
Pansy señala con la barbilla a Blaise, que bromea en ese momento con Ginevra, y luego a Ronald, que se está comiendo con los ojos sin disimulo a su amigo desde la barra. Granger se gira más en su silla hacia ella antes de responder, bajo pero intenso.
— Por supuesto que no. Yo quiero que Ron sea feliz.
Por un momento quiere preguntar, quiere entender qué pasó entre ellos, no por curiosidad malsana, sino para estar segura de que Blaise está a salvo con Weasley. Pero se contiene.
— ¿A ti te molesta?
— Si me molestara no estaría aquí quieta. Es como un hermano para mí, todos ellos lo son.
— Familia elegida.
— Sí. Tenías razón con eso.
Granger sonríe y su mirada se mueve por el bar, ella también recuerda aquella conversación.
— No llegué a preguntarte si se habían solucionado tus problemas ese día.
Niega con la cabeza y deja que su mirada se pierda en el pelo oscuro de Astoria, sentada de espaldas a ellas. Es la única ruptura que realmente ha dolido en su vida, más que perder a su padre. Sabe que no fue por falta de amor, porque se querían y se siguen queriendo muchísimo, sino por las presiones recibidas por sus propias familias. Pero aún así sigue habiendo días en los que envidia a Draco y la cercanía entre ellos. Trata de no pensar en eso, porque es injusto para todos, sobre todo para Daphne, que es la que comparte cama con ella actualmente.
— Siento que lo tuyo con Weasley no haya prosperado —cambia de tema—. Aunque me alegre por la parte que le toca a Blaise
— Debí de romper antes, la verdad.
— ¿Tan mal?
La Gryffindor se encoge de hombros. Debajo de esa máscara de dureza que usa, Pansy puede ver anhelo, puede ver decepción y quizá un poco de cansancio.
— ¿Mucha gente opinando?
— Por supuesto. —Granger sonríe un poco— Gran familia por un lado que no entiende nada, opinión pública por otro que considera que somos prácticamente patrimonio nacional y pueden opinar hasta de como me corto el pelo.
— Lo entiendo. Lo único bueno de haber renunciado a la familia es dejar de estar en el ojo público.
Hermione guarda silencio unos minutos. Ve a Ron salir y a Zabini seguirle y al Slytherin volver solo unos minutos después. Lo lamenta por Ron, sabe que realmente le gusta el otro chico y deseaba que pudieran entenderse.
Sigue a Zabini con la mirada. Se acerca a la mesa donde se sientan solos al fondo del bar Malfoy y las hermanas Greengrass y lo ve comentar algo con Daphne, con gesto molesto. La rubia le dice algo y luego le golpea con suavidad el cuello, como hace Molly con sus hijos cuando cree que necesitan espabilar. Finalmente, Zabini recoge su chaqueta y vuelve a salir del bar, despidiéndose con la mano de Pansy sin acercarse.
— Parece que lo van a aclarar —escucha que dice la morena, más para sí que para que la oiga nadie más.
— Ojalá —responde en el mismo tono.
Con la atención de nuevo en Parkinson, retrocede mentalmente a su último comentario antes de la salida de Ron. Encaja las piezas con facilidad, es obvio que es una de las amigas de Nott que renunció a su herencia para no tener que casarse, y no puede evitar preguntarse cual es la situación de las hermanas Greengrass, porque está claro que a ellas se refería Nott también.
— Theo me ha hablado de lo que estáis haciendo —comenta la otra chica, aún apoyada indolentemente en la pared, observando a Ginny ganar la partida de dardos.
— ¿Respecto a? —cuestiona, aunque se imagina a lo que se refiere.
— La revisión de esa basura de leyes anticuadas sobre el matrimonio.
— Oh, eso. Él está haciendo el trabajo más pesado, conoce mucho mejor la legislación.
— No te quites mérito, Granger —se gira Parkinson a mirarla, seria.
— No se trata de eso. —Niega con la cabeza, su gruesa trenza moviéndose de un lado a otro— Mi papel fundamental es usar mi nombre. Y lo seguiré haciendo en cada ocasión que pueda si es una causa en la que creo.
Ve a Parkinson mirar con intensidad a la mesa del fondo. Ya se ha dado cuenta de que al hablar de sus problemas de aquel lejano día en la torre de astronomía, ha mirado a Astoria, y ahora lo está volviendo a hacer, así que suma dos y dos.
— Theo me dijo que una de vosotras estaba en mala situación por un contrato de compromiso. Bueno, no especificó que fuerais vosotras, pero por lo preocupado que está...
— Lo estamos, todos.
— Espero que esto sirva de algo y consigamos evitarlo.
— Gracias, Granger —le dice por fin con voz ronca.
— De algo ha de servir toda esa parafernalia de heroína de guerra —responde, encogiéndose de hombros.
Parkinson se separa por fin de la pared y antes de marcharse a reunirse con los de la mesa del fondo, se para ante ella y le da un apretón en el hombro.
— Igualmente, gracias —insiste con voz que destila emoción.
Ella no puede hacer otra cosa que sonreír y mirarla marchar hasta sentarse junto a Daphne.
Apenas una semana después, Pansy entra a la oficina que comparten Theo y Granger a media tarde. Su amigo no está, y su compañera tiene delante varias carpetas y escribe en un pergamino como si le fuera la vida en ello, parece que contestando a una carta que hay abierta sobre la mesa a su izquierda.
— Tu cabello está definitivamente fuera de control —comenta un poco burlona, porque la voluminosa melena suelta es un halo alocado alrededor del rostro moreno.
— Hola a ti también, Parkinson. ¿Qué haces aquí? —le responde seca, soltando la pluma sobre la mesa.
— Recoger a Theo. Tiene cita con el sanador y ya la ha cancelado dos veces.
— Ahm. Está en una reunión, deberían acabar ya. ¿Quieres sentarte?
Pansy retira otra pila de carpetas de la silla frente a la mesa de Granger y se sienta.
— Gracias.
Granger vuelve a lo suyo y sigue abriendo el correo. Desde su posición, Pansy reconoce el pergamino grueso que las familias adineradas suelen usar para las invitaciones, así que calcula que hay al menos tres invitaciones para distintos eventos. Y puede distinguir en la cara de Granger un gesto de cansancio y molestia a la vez mientras trata de retirarse el pelo de la cara con violencia.
— Tirarte del pelo de ese modo no arreglará lo que sea que te molesta —no puede evitar decirle.
La cara de Granger es un "nadie te ha dado vela en este entierro". Su mirada vaga sobre la mesa y en una de las invitaciones distingue el escudo de su familia.
— ¿Padre hace un baile? —pregunta curiosa, hace años que no ve una de esas.
La morena pasa la mirada oscura de los papeles y de vuelta a ella y ve como su gesto cambia de irritación a empatía.
— Un baile benéfico, si —contesta con un tono mucho más amable.
— ¿En beneficio de qué?
— Huérfanos de guerra —le responde, después de sacar la invitación del montoncito y verla con más detenimiento.
Pansy aprieta los labios, sin dejar de mirar el escudo de armas en el pergamino.
— Es bastante irónico —comenta por fin en voz baja, desviando los ojos hacia la única ventana de la oficina abarrotada. — Mi padre apoyó a Voldemort, me echó a los leones cuando me presionó para recibir la marca. Y cuando no accedí a casarme dejé de ser su hija y le dio igual dejarme en la calle.
— No es el único, Parkinson. Tratan de lavar su imagen.
— ¿Vas a ir?
Granger suspira y recoge las invitaciones en sus sobres de nuevo.
— Tengo que ir.
— ¿Quién te obliga? —le cuestiona, es obvio que no lo hace por gusto.
— Las causas. Son una pandilla de hipócritas de mierda, pero necesitamos los fondos.
— ¿Estás implicada en lo de los huérfanos de guerra?
— Estoy implicada en muchas cosas. Esta —Le deja un sobre delante— es para recaudar fondos para el grupo que dirige Andrómeda para el apoyo de los estudios para mejorar la vida de los licántropos. Lavender, Parvati y Luna también están implicadas. Y esta otra —Deja un segundo sobre, en su mano queda solo el del padre de Pansy— no es recaudación de fondos, es para recabar apoyos para un cambio legislativo.
— La ley de matrimonio.
— Sí. Lo de tu padre es repugnante, pero esos fondos —Agita el elegante sobre en el espacio entre los dos— son para uno de los orfanatos que Harry ayudó a poner en pie. Llámalo ironía o justicia poética, pero no me duele sacarles dinero a los mismos sangre pura que apoyaron la guerra.
— Entiendo. ¿Por qué pareces entonces molesta por tener que ir?
— Odio ir a estas cosas sola —confiesa Granger, un poco avergonzada, recuperando la pluma.
— ¿Y Weasley y Potter?
— Ron ya no quería ir cuando estábamos juntos. A Harry no se me ocurriría pedírselo, ya ha hecho mucho.
— ¿Acaso tú no? Leo la prensa. ¿Te tomas alguna vez un descanso ?
— Hay tantas cosas por hacer...
— Pero Granger...
La chica niega con la cabeza y sigue hablando, parece que se ha abierto la compuerta de algo sensible.
—No sé nunca qué ponerme o cómo peinarme , las fotos luego son horribles.
Coge un periódico de la papelera y se lo pasa. Hay una foto en la página tres en la que Granger luce bastante desgraciada e incómoda en unos tacones altos y con un peinado muy severo.
— Puedo ayudarte con eso —le propone, cerrando El Profeta y dejándolo fuera de la vista—. Otra cosa no, pero sé un poco de etiqueta y de aparentar. Eso sí, tienes que dejar de tratar así a tu pobre pelo y tomarte un descanso. Ningún maquillaje puede disimular que trabajas 18 horas al día.
— No es necesario, yo...
— Ey, deja que una chica ayude a otra. Es mi trabajo, y tú eres mucho más agradable que las señoras con las que trato a diario, te lo aseguro.
La tez morena se sonroja un poco, pero finalmente asiente.
— Será divertido —dice Pansy, guiñándole un ojo, justo cuando Theo entra por la puerta cojeando levemente y con los labios apretados.
Pansy suspira, preparada para pelear con su amigo para que no vuelva a posponer la visita al sanador.
Hermione le abre la puerta de su apartamento envuelta en una bata y con el pelo aún húmedo de la ducha. Parkinson luce estupenda, como siempre, nadie diría que sale de trabajar ocho horas de pie atendiendo a señoras muggles adineradas e impertinentes.
— Ya veo que no me has hecho ni caso. ¿Cuánto hace que no duermes ocho horas? —le increpa, siguiéndola por el pasillo.
Entran al dormitorio de Hermione y entonces, solo entonces, cae en la cuenta de que va a tener que quedarse en ropa interior delante de Parkinson. ¿Cómo ha acabado exponiéndose así delante de la persona que se metía con ella en la escuela? Se pregunta, aferrando con fuerza las solapas de su bata.
— ¿Granger? —la voz de Parkinson suena mucho más suave de lo habitual— ¿va todo bien?
— Yo no... no sé cómo he llegado a esto.
— ¿A qué?
— A literalmente desnudarme delante de la persona que me hizo consciente en la escuela de todos mis defectos —responde con voz ahogada, incapaz de mirarla.
— Joder —escucha mascullar a Parkinson.
— Lo siento, siento haberte hecho venir, no creo que nada de esto sea una buena idea.
Parkinson da dos pasos hasta ella y le pone la mano en el brazo, buscando sus ojos.
— Me iré si es lo que necesitas, pero solo déjame decirte algo. Yo no soy El Profeta, yo sí me arrepiento de todo lo que hice. Sé que las disculpas no pueden borrar el pasado, Hermione, lo único que puedo hacer ahora es demostrarte que no pienso realmente nada de lo que te decía.
No puede resistirse a mirarla, el tono parece realmente sincero. Se la encuentra muy cerca, mirándole con intensidad, y no puede evitar que se le escape lo que realmente está pensando.
— Es injusto que seas tan hermosa.
Por primera vez desde que la conoce, Parkinson se sonroja y ve que los ojos verdes brillan.
— Es fachada. Tú eres hermosa por dentro, eso es inmutable sin importar tu edad. Y no, no estoy diciendo que no lo seas por fuera. Déjame ayudarte a verte bien. Por favor. Es solo una pequeña compensación, pero quiero que la foto tuya que salga mañana haga que todo el mundo te vea de verdad.
Parpadea varias veces, conmocionada por la intensidad de Parkinson, que sigue sujetando su brazo con fuerza. Finalmente, se saca los ojos con los dedos y asiente.
Llega de la fiesta de gala, la recogida de fondos para el grupo de Andrómeda, entrada ya la madrugada. Se ha quitado los zapatos nada más aparecerse en el vestíbulo y los deja caer con un grito ahogado, sobresaltada, al ver una figura tumbada en el sofá,
Parkinson abre los ojos y parpadea, adormilada.
— ¿Qué haces aquí? —le pregunta con la mano sobre el corazón que late apresurado.
— Esperarte.
La mira perpleja, con las cejas arqueadas. Finalmente se han entretenido con el proceso de vestirse, peinarse y maquillarse y casi llega tarde a la fiesta, por eso Parkinson se ha ofrecido a quedarse a recoger todo lo que han extendido, y en su prisa ha dicho que sí sin pensar.
— ¿Cómo ha ido la fiesta?
— Bien, muy bien. Andrómeda estaba muy contenta con la recaudación y...
— Me refería a si te han dicho todos lo preciosa que estás.
Hermione se mira a sí misma, el cabello ya un poco descontrolado y una carrera en las medias, consciente de que su maquillaje tampoco está ni de lejos como cuando ha salido de casa.
— Creo que necesitas irte a casa y dormir.
Parkinson se pone de pie y se estira un poco y Hermione no puede evitar pensar en una gata. Se acerca a ella y con el pulgar le limpia el pómulo.
— Una mancha de carmín. Alguien te ha besado con entusiasmo al despedirse.
Pero no aparta el pulgar, sino que sigue deslizándolo por su pómulo hasta la mandíbula.
— No es el envoltorio lo que te hace preciosa, es sentirte preciosa. Y lo eres, creo que tendré que decirles a tus amigos que te lo recuerden a diario hasta que lo creas. O quizá pueda hacerlo yo misma.
— ¿Tú? —pregunta Hermione con voz tenue y temblorosa, siente un revoloteo en las tripas.
— ¿Me creerías?
— No lo sé, Pansy.
A pesar de la negativa, los ojos verdes brillan al escuchar su nombre cuando da un paso atrás para coger su bolso y su chaqueta de la silla más cercana.
— Me ha encantado pasar tiempo contigo hoy. Te veo en el bar el próximo viernes.
— Pansy —la llama justo cuando tiene la mano en el pomo de la puerta.
Pansy se gira hacia ella, expectante.
— Gracias.
La morena sonríe y se despide guiñándole un ojo antes de abrir la puerta y desaparecer en el rellano.
— ¿Tú y Granger? —pregunta Daphne, tapándose la boca con el vaso para que solo Pansy la escuche.
— ¿Preguntas o afirmas?
— No me vaciles, Parkinson. Te la estás comiendo con los ojos, eres peor que Weasley mirando a Blaise.
Pansy no puede evitar una carcajada. Es su mejor amiga y no hay muchas cosas que a Daphne se le escapen, por eso el sexo con ella es fantástico siempre, por la confianza.
— Me gusta, Daph.
— Siempre te ha gustado.
— Fui una perra con ella en la escuela.
—Todos lo fuimos.
— Pero yo más, porque me metía con su físico.
Daphne calla y aprieta los labios. Es cierto que, celosa de su inteligencia, la Pansy adolescente se había dedicado a atacar a Granger cada vez que tenía ocasión con comentarios hirientes, prácticamente cada clase de pociones en sus años de escuela tuvo en la boca algún insulto ingenioso para ella. Ingenioso les parecía entonces, ahora se dan cuenta de que era cruel y elitista. La cercanía entre sus grupos en el bar, que por primera vez ya andan sentándose todos revueltos en la mesa cercana a la diana, ha ayudado a limar algunas asperezas, pero entiende que es difícil olvidar.
— ¿Y qué vas a hacer?
— No lo sé.
— Vaya. No pensé que llegaría el día en el que te vería derrotada antes de intentarlo.
— No va a conseguir que pique con eso, Greengrass. Hay que saber perder.
Su amiga se calla y vuelve a fruncir los labios, el cóctel de nuevo tapándolos, con la mirada en Granger, que trata de sacarle conversación a Draco mientras su hermana habla con Luna.
— Es la única que está haciendo un esfuerzo por acercarse a Draco. No puedo creer que pueda perdonarle a él y no a ti, Pans.
Pansy no puede evitar mirar también al otro extremo de la mesa, en donde Granger parece enfrascada en una conversación con su amigo. Draco es más de escuchar que de hablar, pero es cierto que parece cómodo con la chica, que le ha sacado conversación nada más sentarse a su lado.
— Estaría celosa si no fuera porque es al único de nosotros seis que no he visto tener nunca interés por una chica —bromea.
— Y creo que Granger además le aterra casi tanto como Potter, es una heroicidad que haya hablado con ella todo este rato. Quizá deberías ir a rescatarlo.
— Daph...
— No era una sugerencia en realidad, Parkinson. Míralo como suda, está agobiado. Te necesita.
Revisa a Draco por si acaso, con sus sentidos de matriarca pitando, pero no, parece incluso cómodo, no está jugando con las mangas de su jersey, ni ha subido los pies a la silla para abrazarse las piernas. Igualmente, Daphne le da un empujoncito en el hombro porque justo en ese momento ha quedado libre la silla al otro lado de Granger.
— Hola —les saluda a los dos, dejando su copa sobre la mesa con cuidado antes de sentarse.
Draco le sonríe y se da cuenta de que mira por encima de su hombro, podría apostar que Daphne le está haciendo señas para que las deje solas.
Hermione hace una mueca de diversión cuando Draco susurra una excusa y se levanta.
— ¿Dónde quedó la capacidad de los Sly para el disimulo? —pregunta bajito.
Pansy sonríe por el tono cómplice de Granger. Se inclina un poco hacia ella, para poder hablar bajo también.
— Gracias por acercarte a él.
— Es agradable —responde con una sonrisa sincera Hermione—. No sé qué esperaba, pero no lo que me he encontrado. ¿Por eso lo protegéis? Siempre lo controláis con la mirada.
— ¿No lo haces tú con Potter?
— Oh.
Ambas beben en silencio, mirándose.
— ¿Cómo estás, Hermione? —pregunta por fin con voz queda.
— Bien. —Granger vuelve a sonreír parece que le agrada que use su nombre de pila— ¿Has leído la prensa estos días?
— Claro, es un hábito muy arraigado. ¿Skeeter especulando si te has buscado por fin un estilista?
— Igual debería contratarte —comenta Hermione, de nuevo divertida.
— Mmmm, —Simula meditarlo, con el corazón golpeando un poco más fuerte— soy una chica cara. Pero a ti te haría un buen precio.
Sin darse cuenta, ambas se han ido inclinando más hacia la otra, puede oler perfectamente la fragancia de la crema para las manos que le regaló el día que estuvo en su casa, porque ha observado que suele llevarlas resecas y se las rasca cuando está nerviosa.
— Deberíamos hablar de esto con más detenimiento, parece una negociación complicada. ¿Qué tal mañana, en mi casa? —susurra por fin Granger.
— ¿Vas a tratar de comprarme con una cena?
— Puede. Las relaciones de trabajo hay que cuidarlas desde el primer día.
— Estoy sorprendida. Pensaba que... no creías en mi capacidad de convicción.
Hermione se encoge de hombros.
— Mi compañero de despacho tiene muchos y buenos argumentos acerca de tus... capacidades. Y cree que tu interés por el trabajo es sincero. De hecho creo que usó la palabra "entusiasmo"
Pansy desvía la mirada hacia Theo, que les está mirando a las dos desde la zona de dardos, sentado en una banqueta alta, con la mano de Neville sobre su muslo. Su amigo le hace un mínimo asentimiento y toca la cintura de su compañero de dardos, que habla con Ginevra, para llamar su atención. Y lo besa en cuanto Neville se gira hacia él.
— Theo me contó que empezasteis a venir porque yo le dije que nos reuníamos aquí y querías que tuviera una oportunidad con Neville —confiesa Hermione, dejando de lado el tono divertido—. Eso es un poco retorcido, pero muy bonito, Pansy.
— Haría lo que fuera por ellos. Son mi familia.
— Y ellos por ti.
Siente la necesidad de conectarse de algún modo con ella, porque la conversación se ha tornado intensa e íntima, a tenor de la mirada de los ojos oscuros clavados en ella. Despacio, por debajo de la mesa, acaricia con suavidad su muslo por encima de los vaqueros, sin dejar de mirarla.
— Estoy empezando a creer que también haría lo que fuera por ti, Hermione Granger —le dice con suavidad.
La morena sonríe, una sonrisa abierta y cariñosa, y baja la mano para acariciar la suya. Y cambia de tema sin apartarla, entrelazando sus dedos mientras hablan de las noticias sobre las últimas detenciones a causa de un escándalo de corrupción en el gobierno mágico francés.
