Disclaimer: Los personajes de Twilight son propiedad de Stephenie Meyer. La autora de esta historia es Powered by 23 Kicks, yo solo traduzco con su permiso.


Disclaimer: The following story is not mine, it belongs to Powered by 23 Kicks. I'm only translating with her permission.


Capítulo 22

Estaba oscuro cuando desperté para encontrar la luz de la luna reflejando sobre la sábana que cubría nuestros cuerpos. Mi mejilla estaba húmeda y presionada contra el pecho de Edward, mis pechos contra su costado. Moviéndome lentamente, levanté la cabeza, y su brazo cayó de mi hombro y sobre la cama detrás de mí. Él lucía hermoso bajo los rayos de la luna; la luz iluminaba sus pestañas ridículamente largas y resaltaba su labio inferior fruncido que simplemente rogaba ser besado.

Suspirando, me incliné para presionar mis labios suavemente contra los suyos. Bajo mi toque, él se movió ligeramente, y entonces con un suspiro, giró sobre su costado, dándome la espalda. Estuve desconcertada al principio, pero entonces me di cuenta que él no estaba acostumbrado a tener a alguien más en su cama.

No pude evitar sonreír mientras me acurrucaba hacia él, mi pelvis contra su firme trasero, mis pechos contra su espalda. Apoyándome sobre un codo, estiré mi brazo libre sobre él y presioné mi mano contra su vientre. Estirando mis dedos, deslicé mi palma hacia su duro y suave calor, siguiendo el vello de su camino a la felicidad, hasta llegar a la pesada suavidad de su polla. Lo tomé en mi mano, dándole un suave apretón hasta que comenzó a alargarse y endurecerse. Con otro suspiro, él se meció contra mi mano, pero seguía dormido—con suerte teniendo sueños felices.

Cuando estaba lo suficientemente duro, levanté la mano hacia mi boca y escupí, lamiéndome generosamente, y entonces la regresé a su polla. Moví mi palma arriba y abajo por su dureza caliente, sosteniendo su punta y girando mi mano un poco. Con un jadeo, se despertó sobresaltado, girando la cabeza para darme una mirada hambrienta.

—Bella —gruñó, endureciéndose aún más, embistiendo contra mi palma.

Besé la piel de su hombro, y entonces le di pequeños mordiscos mientras continuaba aferrando su polla en mi mano resbaladiza. Ni siquiera tenía que moverme; él hacía todo el movimiento por nosotros, embistiendo dentro y fuera de mi agarre. Su mano subió y rodeó la mía, y entonces estaba gimiendo. Estaba tan excitada que ardía, gimiendo con él mientras su punta comenzaba a dilatarse e hincharse.

—Cielos —jadeó, y entonces movió nuestras manos hacia la base de su polla, quedándose allí y apretando suave—. Eso podría haber sido vergonzoso. No, quiero correrme dentro de ti.

Sin advertencia, giró, acostándome sobre mi con un chillido. Sonriendo retorcidamente, presionó un beso húmedo y fuerte en mis labios. Entonces, tomó mi hombro y una de mis piernas, y me giró sobre mi costado, sus rodillas flexionándose detrás de mí, su polla en mi espalda baja. Presionando una mano contra mí, se acercó mientras llevaba mis caderas hacia atrás. Lo sentí caliente y pesado entre mis nalgas, y entonces se frotó contra mí allí.

Su boca se encontraba junto a mi oído.

—¿Estás adolorida?

Gemí y negué con la cabeza, y él levantó mi muslo sobre el suyo, dejándome abierta para él. Todo mi cuerpo se estremeció. Sintiéndolo acercarse a mi entrada, incliné mi pelvis de manera sugerente. Él contestó embistiendo profundamente en mí con un pequeño gemido, sus dedos aferrando mi cadera.

—Mierda —chillé y tomé la almohada más cercana—. Oh, mierda.

Él gruñó de nuevo, deslizando su otro brazo por debajo de mí, su mano curvándose para mantener fijo mi hombro. La mano en mi cintura se dirigió hacia mi clítoris mientras comenzaba a embestir y girar en mí, pero podía ver que la mayoría de su atención estaba fijada en mí. Sus dedos se curvaron alrededor de sí mismo, donde me estaba penetrando, y entonces, lubricado, llevó su pulgar a mi clítoris. Aunque seguía girando sus caderas detrás de mí, permitió que marcara el ritmo, permitió que fuera libre de buscar mi liberación. Era como si él conocía mi cuerpo, como si supiera lo que este necesitaba; él era tan bueno dándomelo, y yo lo aceptaba codiciosamente. Como él, ya me encontraba al borde del clímax, y la mínima caricia me disparó hacia este.

Apenas los chillidos abandonaron mi garganta, él tomó el poder, sus movimientos erráticos y espasmódicos. Pude sentirlo tensarse antes de que soltara un gritito gutural, sus dedos intensificando su agarre en mi cadera y abrazándome a él mientras se corría dentro de mí.

Luego, deslizó una mano por mi trasero suavemente, y entonces me dio una pequeña nalgada.

—Pequeña... —susurró, y entonces bajó la cabeza para besarme.

—Estoy tan cachonda —dije entre sus besos—. Tú evitaste que tuviera mi ligue, ¿recuerdas?

Él gruñó oscuramente de manera amenazante, y entonces me fulminó con la mirada.

—No sabías lo que estabas haciendo.

—Sí, lo sabía —le dije—. Sabía exactamente lo que quería... lo que necesitaba. Aunque creo que era toda la frustración de estar a tu alrededor que me hacía sentir así. Ahora, no creo que... alguien más que tú podría haberme satisfecho.

Esbozando una sonrisa engreída, llevó su mano hacia allí abajo y me jaló hacia su cuerpo.

—Así es, diablos. Nadie más que yo.

Entonces estábamos besándonos profundamente de nuevo, nuestras lenguas turnándose para dominar a la otra. No contenta de completamente cómoda para seguir besándolo sobre mi hombro, giré sobre mi espalda.

Regalándome esa mirada intensamente feroz, se acercó a mí, levantando su mano para sostener un costado de mi rostro y presionar su boca contra la mía.

—Nadie más que tú —susurré contra sus labios, y sentí la verdad en lo profundo de mis huesos. Deslicé la punta de mi pulgar por su ceja, mi corazón lleno de adoración por él. De alguna forma él se había metido en mis pensamientos, en mi sangre, y ahora estaba abriéndose paso en mi corazón.

Acariciándome con la punta de su nariz, bajó a mi mejilla, y entonces por el costado de mi cuello. Me estremecí y me aferré a sus hombros.

—¿Tienes hambre? —preguntó contra la parte inferior de mi barbilla.

No pude evitar soltar una risita ante la inesperada pregunta.

—Podría comer algo.

Esbozando media sonrisa, se puso de rodillas y me jaló del brazo. Entonces, bajándose de la cama, me llevó hacia él, directo a sus brazos. Por unos momentos, él simplemente me abrazó contra su pecho desnudo, sus dedos acariciando mi cabello.

—Estoy feliz de que estés aquí —masculló—. Casi no puedo creerlo aún.

—Yo también —contesté, presionando un beso en su pecho, sobre su corazón—. Es extraña la manera en que las cosas resultan, ¿o no? Tú. Yo. Seis meses atrás, jamás en un millón de años hubiera pensado que aquí es dónde me encontraría hoy.

—Aún así, aquí estás —dijo, llevando sus labios a mi sien, dejando pequeños besos allí entre las palabras que pronunciaba—. En mis brazos. Toda mía.

Contenta y ansiosa, suspiré y disfruté de su atención.

Él me soltó, y entonces caminó hacia una cómoda, donde sacó un conjunto de chándal. Tendiéndome la camiseta, él se colocó los pantalones. Corrí hacia el baño con la camiseta y me aseé, luego me encontré con él en la cocina.

Celebramos nuestra segunda noche juntos con sándwiches de pavo y Gatorade servido en copas de vino. Incluso mientras bebía sorbos de mi bebida, no podía apartar la mirada de él. Pero la mirada que él me enviaba era diabólicamente sexi; él quería que lo mirara. Desnudo de la cintura para arriba, y con esa expresión en su rostro, él era el sexo en persona. Ni siquiera necesitaba usar pantalones para mantenerme caliente; él me ponía así.

Más tarde, me jaló hacia el banco del piano para que me sentara a su lado y tocó para mí «Claire de Lune», «Morning Mood», y algo más que hizo que mis ojos se llenaran de lágrimas y me apoyara contra él.

Cuando me llevó a la cama, hicimos el amor de nuevo —lento y profundo— y sabía que estaba perdiéndome en él. Por él.

~PJE~

—Pasa la noche conmigo —dijo Edward el domingo por la tarde mientras nos relajábamos en su sofá mirando películas en Netflix—. De nuevo.

Considerándolo, me mordí el labio. Por Dios, deseaba mucho hacerlo, pero...

—¿No deberíamos... desensibilizarnos un poco? —pregunté—. Tenemos que trabajar mañana. —Las palabras salieron más lentas mientras avanzaba, porque comenzaba a preocuparme un poco—. No puedo estar sentada en mi escritorio oliendo a ti. Y tampoco puedes mirarme de esa manera.

Él llevó la mano que estaba sosteniendo a sus labios para besarla. Entonces, comenzó a frotar su pulgar sobre mi muñeca tiernamente,

—No te pondré en una situación comprometedora, Bella. Te escuché cuando me advertiste sobre ser demasiado amigable —dijo, su tono tan bajo y serio como lo había sido el mío—. Sé lo que está en juego aquí, y me comportaré.

Pero, ¿podríamos hacerlo? ¿De verdad? Si lo arruinábamos, no iba a ser intencional.

—Tengo miedo de que yo no pueda hacerlo —confesé con voz entrecortada—. ¿Cómo puedo mirarte con un rostro serio del otro lado de la mesa de conferencias ahora?

—Compartimentación —dijo—. Ambos necesitamos mantener nuestra relación, nuestras emociones, lejos de nuestra relación de trabajo.

—Compartimentación —repetí con labios entumecidos—. Sí. No creo que vaya a ser buena en eso.

Ante mi tono, sus dedos tomaron mi mano firmemente.

—Podemos hacerlo, porque tenemos que hacerlo. Será parecido a... tragar el dolor de perder a un ser querido —me dijo—. Tú perdiste a tu mamá y yo perdí a Anthony. Siempre está con nosotros, pero no mostramos nuestras emociones y nuestro dolor abiertamente. Lo soportamos. Seguimos adelante y hacemos lo que necesitamos hacer.

Soportar. Sí. Así es exactamente como se sentiría.

Él me jaló hacia sus brazos, y me hundí contra él sin resistencia. Mi cuerpo ya estaba sintiendo el fantasma de la separación y la incomodidad de tener que esconderlo, ya sintiendo el temor de cometer un error. Y eso era solo después de una noche. Mierda.

—Esto va a ser horrible —dije.

—Sí, pero al menos estamos juntos ahora. Ya no tenemos que preocuparnos por sentimientos de ira u odio. Y, solo tenemos que soportarlo durante el día —dijo suavemente—. Tienes mi apoyo, así como estoy seguro que tengo el tuyo. Podemos hacer esto, Bella.

Aunque dudaba de mi habilidad para hacerlo, asentí mi cabeza contra su pecho, inhalando su aroma, como si fuera una droga de la que pronto sentiría su pérdida. Como si fuera una bebé que necesitaba consuelo, él acarició la parte trasera de mi cabeza, y entonces pasó sus dedos por mi espalda.

—Está bien. Está bien. Puedo hacer esto —dije, y me senté, tratando de convencerme—. Me gusta mi trabajo. No quiero perder mi trabajo. O el respeto de mis colegas.

Él me estudió con una mirada de inquietud, y mi corazón se contrajo.

—¿Qué?

—Necesitamos pensar en contarle a Stuart y Collin —dijo, su tono bajo y cauteloso. Pero no importaba; la implicación detrás de las palabras aún así me marearon.

—Aunque tú y yo vamos a ser cautelosos de ocultar nuestra relación mientras estamos en el trabajo, alguien fácilmente podría vernos cuando estamos fuera del trabajo —continuó con el mismo tono amable—. Y las cosas irán mal para nosotros si alguien más nos revela primero.

Mi corazón comenzó a latir aceleradamente.

—¿Mal... cómo?

—Colin sentiría que traicioné su confianza y seguridad. Después de todo, él ya sabe sobre nuestra relación en la secundaria. Eso ya es relevante. ¿Pero Stuart? Él estaría furioso, creerá que intentábamos esconder algo. Y tendría razón.

Sus manos se acercaron para tomar mi frío y entumecido rostro.

—Esto no es algo que podemos esconder legalmente de ellos. Estamos obligados a dar a conocer nuestra relación a la compañía.

—Pero... pero no hay nada que contar aún —susurré—. Acabamos... de empezar. Difícilmente sé lo que siento, y sin duda no quiero tratar de explicárselo a alguien.

El aire que inhalaba era frío. Estaba entrando en pánico, y odiándolo, me odiaba a mí misma también, porque debería haber anticipado este próximo paso. No era como si no lo hubiéramos discutido ya, pero contemplar la situación era completamente diferente a estar en una de verdad.

—Nena, no tenemos que explicar nuestras emociones —me dijo, sus pulgares acariciando mis mejillas cariñosamente—. Solo dar a conocer que estamos en una relación romántica. ¿Recuerdas a Stuart y Olivia? A ellos les fue bien mientras trabajaban. A nosotros también nos irá bien.

Su tranquila paciencia era exasperante y reconfortante.

—Sí, pero Stuart es uno de los dueños de la compañía. Por supuesto que él no iba a ser rescindido. Tú y yo somos diferentes. Prescindibles. Bueno, yo lo soy, de todos modos. Quiero decir, ¿y si no sobrevivimos? ¿Y si, por decir, en unas semanas, volvemos a sentirnos como extraños y deseando que no nos hubiéramos involucrado? Entonces, confesar una relación habrá sido por nada.

Él inclinó la cabeza, y mi corazón sintió un pinchazo por la expresión dolorida en sus ojos.

—¿Realmente crees que podrías dejarme? ¿Después de todo lo que hemos vivido juntos? ¿No estás en esto conmigo, Bella?

Mierda.

—No. ¡Quiero decir, sí! Solo... Solo...

Apartando sus manos de mí, levanté las mías para cubrir mi rostro.

—No siento como si pudiera dejarte —susurré—. Pero la idea de la opinión de todos, y entonces las miradas sigilosas, y lo que puedan pensar de nosotros, me aterra un poco. Y seré juzgada más duro que tú. Ya puedo escucharlo: Oh, se está acostando con todos para ascender en su carrera. Es vergonzoso, la idea de que todos sepan sobre nosotros. Y tan... tan jodidamente poco profesional.

Sus dedos eran cálidos alrededor de mis muñecas y gentiles mientras bajaban mis manos. Su mirada era amable e intensa.

—Estamos obligados a declarar nuestra relación a Colin y Stuart, no a nuestros compañeros. Colin y Stuart mantendrán lo que compartimos en confidencialidad.

—Pero las personas se enterarán —insistí—. Ellos siempre lo hacen.

—Quizás. Aún así, nadie creyó que Stuart y Olivia se comportaban de manera poco...

—Porque era Stuart —interrumpí de nuevo—. Uno de los dueños de la compañía. Estoy segura que él recibió todo el respeto que nosotros no recibiremos.

—Su comportamiento no daba permiso a la falta de respeto —continuó firmemente—. Y no hay razones para que no debamos ser capaces de hacer lo mismo. Bella, hay un precedente en la compañía para este tipo de relación, lo que quiere decir que revelarlo no es motivo para despido. Y si Colin y Stuart pueden aceptarnos, y lo harán, ¿a quién le importa lo que piensen los demás? Si tú y yo somos felices juntos, ¿quién más importa?

Diablos, él estaba derribando exitosamente todas mis protestas. Sin palabras, lo miré con lágrimas en los ojos.

—¿Puedes repetir lo que he dicho? —pidió, secando una lágrima de mi rostro—. ¿Así sé que lo comprendes?

—Lo entiendo. La opinión de los demás no debería importarme, mientras que los socios nos acepten, y mientras que estemos felices juntos —susurré.

—Lo entiendes. Pero, ¿lo crees?

Consideré su pregunta.

Si... Cuando los socios nos acepten, probablemente vaya a colapsar del alivio. Edward tenía toda la seguridad que lo harían. Y si todos los demás se enteraban y demostraban su desaprobación, tendría a Edward para que me apoyara. Podría... Podría lidiar con eso porque lo tendría a él.

—Lo hago —admití—. Creo que lo que tenemos vale la pena para lo que podríamos afrontar. Prometo que lo hago. Pero solo creo que... estás abordando esto un poco ingenuamente, eso es todo. Tengo miedo, ¿de acuerdo? Sé que la opinion de los demás no deberían importar.

—Por supuesto que no.

—Simplemente no confío en mí misma.

—¿De qué manera no confías en ti?

Inhalé lentamente.

—Para no mirarte embelesada si te encuentro en la cocina. Temo olvidar que estoy en una reunión, como lo hice la semana pasada. Alguien va a notar que te miro muy a menudo, por un largo momento.

Con un fuerte suspiro, él me jaló hacia sus brazos. Mis dedos se hundieron en la tela de su camiseta y se retorcieron.

Cuando habló, sentí la cadencia de sus palabras contra el costado de mi rostro.

—La pesimista en ti está predominando sobre tu sentido común y haciendo que dudes de ti misma. Pero como dijiste una vez, eres una profesional consumada en el trabajo, y no vas a arruinar esto. Porque disfrutas tu trabajo y por mí —tranquilizó—. Ten un poco de fe en ti, Bella.

Gruñí suavemente mientras mi cuerpo tenso poco a poco se relajaba con sus palabras. Estas no eliminaban por completo mi inquietud —nada lo haría hasta que todo estuviera dicho y hecho, y tuviera prueba de que podía sobrevivir a todo— pero al menos mi pánico estaba siendo contenido. Pero entonces, Edward también era muy persuasivo. Él quería esta relación conmigo, quería que funcionara a pesar que compartíamos el mismo espacio de trabajo. Así que, por supuesto, él iba a ser optimista sobre nuestras posibilidades.

Lo que quería decir que todo se resumía en confiar en él. Porque por lo mínimo, esta conversación probaba que estaba metida de lleno en esta relación. ¿Sería tan horrible creer que trabajar y estar con Edward podía ser un éxito?

Iba en contra de mi ser pensar de esa manera, pero tenía que intentarlo. Por los dos. Por mi cordura.

—¿Cómo podríamos hacerlo? ¿Contárselo juntos? —pregunté con un suspiro.

Él estaba acariciando mi espalda de nuevo. Aún intentaba tranquilizarme.

—Los invitaría que que cenen con nosotros una noche durante la semana. Quizás en Roanoke, ese es un buen lugar.

—¿Acaso no... sabrán que pasa algo?

—Oh, estoy seguro de que sí. Pero este tipo de noticias siempre es más fácil de darlas con un cóctel y un filete. Así es cómo le conté a Colin sobre ti antes de la entrevista.

Intenté imaginar su conversación y no pude.

—¿Qué tuvo él para decir sobre eso? ¿Sobre nuestro pasado?

—Dijo que debo ser un masoquista, y que esperaba que supiera lo que estaba haciendo. Él me ha felicitado, por cierto. Está consciente de tu excelente desempeño.

Inhalé temblorosamente.

—Necesito un tiempo para acostumbrarme a la idea.

Él afianzó su agarre a mi alrededor.

—¿Podemos contarles, quizás, el próximo lunes?

Me aparté de él tan abruptamente cuando una multitud de mariposas invadieron mi estómago.

—Oh, nena, luces enferma.

—Estaré bien —dije con un gruñido, y entonces tomé aire profundo—. Mierda.

Apartando mis manos de las suyas, me puse de pie y caminé hacia una de las ventanas. Abajo, el tráfico se movía continuamente por las curvas de la autopista. Envolviendo los brazos alrededor de mí misma, estudié un yate que estaba encallado en el puerto, tratando de imaginar a Colin Smith y a Stuart Devaney frente a mí en una mesa.

¿Realmente aceptarían nuestra relación?

Edward se paró detrás de mí. Colocó sus manos en mis hombros, dándoles un masaje.

—Vamos a lidiar con esto como los adultos que somos. Si creemos que podemos hacer esto, podemos.

—Todo sigue siendo nuevo —dije—. ¿Por qué no nos tomamos un tiempo para acostumbrarnos a cómo estamos ahora? ¿Eso es tan irrazonable?

—No me siento cómodo esperando, Bella. Deberíamos compartir nuestro estado civil lo más pronto posible. Puedo darte una semana. Pero como vicepresidente, tengo una responsabilidad con recursos humanos.

Resoplé suavemente.

—Vaya. Una semana para obsesionarme con lo que podría ir mal.

Sus manos se deslizaron hacia mis omóplatos, donde enterró sus pulgares en los músculos. Mientras hablaba, agachó su cabeza, presionando su mejilla con barba contra la mía.

—O, toda una semana para probarnos a nosotros mismos de que podemos comportarnos de manera profesional en la oficina. Una semana para solidificar nuestra posición y cómo nos sentimos. Queremos estar al frente de esto y en control.

—No me siento en control —admití.

Él me sacudió adelante y atrás.

—Voy a darte lo que quieres, tiempo. Mientras más esperamos, más posibilidades hay de que algo salga mal.

—Sí —dije secamente—. Y luego está eso.

Sus manos fueron hacia mi cintura y me jaló de vuelta hacia su pecho, abrazándome. Nos quedamos parados allí por unos minutos hasta que volvió a hablar, suave pero seguro.

—Como dijistes, valemos la pena. Podemos hacer esto. Por favor, créelo.

Sentí un pinchazo en el corazón, y cerré los ojos fuertemente.

lo creo. Mis preocupaciones no tienen nada que ver con lo que siento por ti, Edward.

—¿No? Porque hace un momento, temías que no fuéramos a sobrevivir y que estaríamos anunciando nuestra relación por nada.

Me tensé.

—Hemos estado juntos solo por un día. Solo hemos follado dos veces.

Ni bien las palabras desconsideradas salieron de mi boca, me ahogué en ellas y las lágrimas se asomaron por mis ojos.

Él se apartó de mí, y, boquiabierta, volteé a mirarlo. Sus brazos colgaban a sus costados, y su boca estaba curvada hacia abajo. Un dolor punzante atravesó mi pecho cuando vi el dolor en sus ojos sombríos.

—No voy a tomarme eso personalmente, porque sé que es tu miedo el que habla —dijo sin emoción—. También puedo ver que te arrepientes. Pero hemos estado juntos desde la noche que me perdonaste. ¿No has sentido eso?

—Lo siento —chillé, acercándome lo suficiente para envolver mis brazos alrededor de su cintura—. Lo siento mucho. Tienes razón. Es solo que siento que estás haciendo a un lado mis preocupaciones. No estoy lista para compartir lo que somos con nadie aún. ¿Por qué no puedes entender eso?

Sus brazos rodearon mis hombros, y me relajé contra él con alivio. Maldita sea mi temperamento.

—¿Qué quieres hacer entonces?

—¿Podemos esperar unas semanas más? ¿Hasta que los dos estemos cómodos con... este nuevo tú y yo? ¿Así tengo estoy segura de quiénes somos?

Él suspiró suavemente contra mi cabeza mientras comenzaba a mecernos de un lado a otro.

—No es una buena idea, Bella. Estaremos desobedeciendo la política de la compañía, y no puedo hacer eso.

Cerré los ojos con fuerza mientras mi corazón caía con decepción. Él iba a darnos una semana, y eso era todo. No me gustaba, pero él había explicado sus razones. Y como me encontraba en esta relación también, tenía que aceptarlas.

—Pero también lo siento —continuó—. Ya estoy listo para hacer esto oficial, pero olvido que me encuentro unos pasos delante de ti.

Afiancé mi agarre alrededor de su cintura. Él era tan bueno amortiguando el golpe, en tratar de protegerme.

—No estoy tan lejos de ti —susurré contra su pecho. Levantando la cabeza, lo miré apologéticamente—. ¿Puedes besarme ahora?

Con una pequeña sonrisa, bajó la cabeza hacia la mí, presionando sus labios suavemente allí. Parándome de puntitas de pie, intenté profundizar el beso, y él cedió ante mí. Pronto, estaba jadeando ante la manera que su boca y su lengua estaban haciéndole el amor a la mía; era obvio que intentaba dejar algo en claro.

—Sé que no era follar —dije, y jadeé cuando su boca bajó a mi cuello—. Lo sé.

—No lo sabes —gruñó—. Aún no, de todos modos, porque no te he follado aún. Quizás deberíamos rectificar eso ahora, ¿hmm?

Mi interior se sobresaltó y se prendió fuego.

—Sí. Por favor —gemí.

Y entonces, lo hizo; me quitó las bragas, y entonces me tomó fuerte mientras me inclinaba sobre el sofá. Fue rápido, y casi violento, y él podría simplemente haber tomado de mí, se lo hubiera permitido. Pero al final, él fue incapaz de hacerlo sin hacerme correr primero.

—Eres tan buen chico —jadeé después—. De verdad me gusta eso.

Más que gustar, de hecho. Paciente, cariñoso, difícil de enfadarse, él de alguna manera sabía cómo salvarme de mí misma. Él parecía comprenderme como nadie más lo había hecho.

—¿Sí? Bueno, no lo olvides —contestó—. No quiero darte otro ejemplo de mi destreza.

—Oh, vamos, Edward —reí—. También me gusta tu destreza.

Pasamos el resto del día en su sofá, y a pesar de sus deseos, me fui poco después de las nueve.

Porque deseaba quedarme con él.

Porque temía necesitarlo mucho.

Porque al final, a pesar de que era un gran desperdicio de tiempo y esfuerzo, no podía parar de preocuparme.

El lunes se cernía amenazantemente.