Nota: Otro mundo AU en el que Yona es una aspirante a princesa, no existen los Dragones, Hak es un General y yo... sinceramente disfruto un poquito viéndolos sufrir. No me matéis :)
¡Espero que os guste!
Relato 5. De secretos y leyendas.
[Frase 86]
No había peor maldición que el amor, cuchicheban las mujeres de la corte cuando un nuevo escándalo se alzaba entre la muchedumbre.
Porque sabían cuál era su papel, cuál era el verdadero motivo por el que debían mover sus hilos en aquel lugar dominado por hombres. Poder, dinero, estatus.
¿Amor? Déjenle eso a las pueblerinas que pasan el día en el campo, que se matan día a día trabajando, ignorantes y analfabetas, y terminan dando a luz a una camada de oseznos. Ellas, mujeres de alta alcurnia, educadas y hermosas como ningunas, no tenían tiempo para semejante tontería. Todas sus vidas estaban dedicadas a una única meta: conseguir un buen marido a quién poder sacarle partido, alguien rico y poderoso. De otra manera, acababan condenadas al olvido o, peor, a la caída en desgracia. ¿Tenías la mala suerte de que fuera feo? ¿De que te doblara en edad o más? Bueno, siempre quedarían los sirvientes de los que poder servirse en las silenciosas y solitarias noches. Los maridos lo único que buscaban eran un heredero a quien dejarle su fortuna y su imperio, y cuando su tarea se concluía, cuando las damas quedaban en cinta, fácilmente eran ignoradas por mujeres de mundo, aquellas que estaban mucho más puestas en el arte del amor.
Estos acontecimientos eran un secreto, pero eran un secreto a voces. Nadie decía nada, pero todos conocían las andanzas de una manera u otra de los caballeros y damas de la corte.
Salvo una.
Una única excepción.
¿Queréis conocer el secreto más jugoso de la corte de Kuuto? ¿El más peligroso si se llegase a descubrir?
Venid, echad un vistazo, pero tenéis que prometerme una cosa: necesito que estéis en absoluto silencio y que jamás salgan de estas palabras lo que vengo a contaros. La vida de dos almas que aún no han sido corroídas por la perversa sociedad aristocrática están en vuestras manos.
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En un lugar donde la luna no es capaz de alumbrar con su luz plateada, en el rincón más oscuro del bosque de Kuuto, una muchacha tiró de las riendas de su corcel, obligándole a que ralentizar el paso. El punto de encuentro estaba cerca y aunque habían sido numerosas las veces en las que se había adentrado por el bosque, nunca había estado tan oscuro como esa noche y tenía miedo de perderse.
—Quieta, bonita— le susurró, palmeando el cuello de su yegua con suavidad.
La oyó exhalar por sus fosas nasales y sacudir la cabeza, acomodándose las crines, pero esta le hizo caso y rápidamente disminuyó la velocidad hasta quedar al paso. Cuando la joven vio a lo lejos el tronco caído, el tan-conocido elemento destacado, suspiró por lo bajo e hizo a su montura detenerse por completo. Instantes después, se bajó de él y acomodó la falda y los cabellos que se le habían soltado del recogido simple que llevaba bajo la capucha que cubría su cabeza.
—No te vayas muy lejos, ¿vale? — le dio una última caricia a la grupa del animal, y este, como si quisiera responderle, soltó un resoplido.
La joven se encaminó hacia el tronco del árbol, donde se sentó con muchísimo cuidado de no dañar la tela de su ropa. Debería tener miedo, lo sabía, pues no era un buen lugar para que una mujer estuviera a solas, en la oscuridad…; y más se trataba de ella, si descubrían cuál era su posición en el reino. Sin embargo, el deseo y las ansias opacaba cualquier sentimiento negativo que pudiera resurgir en ella.
Además, esta no era la primera vez que estaba en esa situación… y algo en ella le decía que tampoco sería la última.
De pronto, oyó el chasquido de la rama y, sintiendo el corazón bombear con fuerza en el pecho, se puso de pie inopinadamente. Por supuesto, el latir frenético de su corazón no tenía que ver con el miedo; ese sonido ya lo reconocía como el anticipo de lo que estaba por venir, pues siempre hacía lo mismo para evitar asustarla. Esperó con reverente tranquilidad y una sonrisa apareció en sus labios ante la visión del encapuchado que de pronto había surgido de entre el ramaje que rodeaba y aislaba aquel claro del resto de mundo. No, ella no tenía miedo porque sabía quién era.
Lo hubiera sabido aunque le hubieran quitado la vista y no lo pudiera ver... aunque le quitaran sus oídos y no pudiera escuchar el sonido de sus pasos.
Lo sabía porque su corazón lo sentía, porque su alma latía por él.
El enmascarado, cubierto por una capa azabache que le llega a los pies semejante a la que portaba la mujer, una máscara de tela que ocultaba medio rostro y portando consigo una capucha que no dejaba ver su cabello y facciones, se adentró en el lugar hasta quedar a tan solo unos pasos de la fémina.
Era alto, tan alto que ella debía alzar el mentón para mirarle, pero no le importaba. Llevaba tanto tiempo mirando hacia abajo, admirando el mundo desde un escalón superior pese a que ella no lo deseaba, que el simple hecho de tenerlo delante de ella en toda su extensión, sin importar quién era él, quién era ella, hizo que cientos de mariposas -conocidas y esperadas mariposas- se alocasen en su estómago en un incesante cosquilleo.
—Llegaste— susurró ella en un jadeo, sintiendo las lágrimas a punto de saltársele.
—¿Pensaste que no lo haría?
—Cada vez que te marchas, temo que no regreses— confesó en un tono casi inaudible.
El hombre alzó el brazo y su mano enguantada deslizó la capucha de ella hacia atrás. Después, tomó uno de sus mechones de pelo pelirrojo con infinita ternura para colocarlo detrás de su oreja y con su pulgar acarició la mejilla de ella, dejando tras de sí un rastro de color carmín.
—Sabes que estoy dispuesto a cualquier cosa por ver tu hermoso rostro una vez más, princesa— murmuró con voz ronca.
«Princesa»
La dichosa palabra saliendo de sus labios, siendo murmurada por esa voz que tantísimo había echado de menos, le hizo tener ganas de arrancarse el corazón de cuajo y enseñárselo. Míralo, le habría dicho en ese momento. Míralo y dime que ves ahí que sea una princesa. Yo no quiero ser ella. No sin ti.
—Tus ausencias están siendo más extensas— replicó, en cambio, tragando para deglutir un nudo que se había instalado en su garganta.
—La frontera con Xing se está volviendo cada vez más violenta. Me temo que pronto terminará por estallar el conflicto, no puedo retenerlo más.
Un estremecimiento cruzó la espina dorsal de la mujer, así como sintió el frío calar en sus huesos.
Xing. Sus vecinos y principales enemigos de Kouka por la lucha del territorio. La animosidad entre ambas tierras llevaba años, décadas, gestándose, incluso antes de Yona hubiera nacido, y lamentablemente la cuenta atrás de esta guerra de voluntades estaba llegando a cero, sobre todo después de la repentinamente muerte de uno de los consejero de la princesa Kouren. Xing no había dudado en culpar a Kouka, declarándole oficialmente la guerra. Yona, como futura dirigente del reino, pero también como mujer, no sabía nada de los entresijos de lo ocurrido; la política y la guerra era una cosa de hombres, por imposición de ellos, y no sabía qué tanta verdad había en la versión de Xing, y la de Kouka, que, a pesar de haberse declarado fervientemente inocente, presentaría sus armas en la batalla para "defender el honor del reino".
Honor. Qué palabra tan... vacía.
Ese supuesto honor iba a llevar a miles de personas a una muerte segura entre ambos bandos, y entre esas muertes...
—Eh— el susurro masculino, así como la ligera caricia en su mentón para hacerle levantar la cabeza, sacó a Yona de sus pensamientos— Escucho cómo le das vuelta en esa mente avispada tuya. No tienes que preocuparte.
—¿Cómo puedes pedirme esto?
Los orbes azules de él brillaron y Yona pudo imaginarse la sonrisa que debería estar portando bajo el embozo que le cubría la parte inferior del rostro.
—Porque sé que eres fuerte, princesa. Y porque sé que encontraras la manera de hacerte escuchar.
«Princesa. Princesa. Princesa.»
Cuánto odiaba esa palabra. Al mismo nivel que las palabras "honor" y "guerra". Eran términos que, a su parecer, debían desaparecer del vocabulario. De la sociedad.
Ella solo quería ser Yona. Para él y para el resto del mundo. Yona. Yona Yona.
Después de toda una vida dedicada a su educación, con los mejores eruditos del país, con las más prestigiosas damas de la corte; después de tener cada segundo de su vida consagrado al importante papel que estaba destinado para ella… Después de tanto tiempo sabiendo que sería Yona, la reina de Kouka…
Tan solo necesitó mirarlo una vez a los ojos para que su mundo se desmoronase a su alrededor. Cada pilar pulcra y cuidadosamente colocado a sus pies sobre los que alzarse para convertirse en la mujer que gobernaría junto a Soo-Won, príncipe al trono, quedaron hecho añicos cuando unos orbes azules, más azules que el mismísimo cielo, la miraron desde el otro lado la habitación.
Yona, en ese momento, sintió su respiración y el mundo detenerse. Lo recordaba como si hubiera pasado esa misma mañana, a pesar de había sido varios años atrás. Se había quedado paralizada mientras él entraba, se inclinaba sobre una rodilla en un solemne saludo y baja la mirada en posición de sumisión y respeto.
«Yona», había dicho Soo Won, sosteniéndole la mano para obligarle a dar un paso con él. «Te presento al mejor de mis hombres, a mi mano derecha, a quién le confiaría mi vida y mi reino sin dudarlo ni un segundo. Son Hak. Por favor, ponte en pie.»
Él lo había hecho, con las piernas firmes y una postura rígida. En ese momento, había alzado la mirada... y sus miradas habían vuelto a conectarse.
Yona sintió como el mundo dejaba de sostenerla, se sintió ingrávida y perdida en el universo.
«Hak, te presento a Yona, mi prometida. La mujer que, junto a mi, gobernará el reino de Kouka. La mujer a que tendrás que servir con fidelidad y orgullo.»
Yona había sabido, y había estudiado repetidas veces, que el protocolo dictaba que debía extender la mano para que él la sostuviera con suavidad y se la llevara a los labios por un ínfimo momento. Lo sabía, al igual que era consciente de que era de muy mala educación quedarse mirando a alguien fijamente, pero aunque su cabeza no dejaba de gritarle una y otra vez que debía apartar la mirada y comportarse según el decoro, su cuerpo no funcionaba. Las órdenes de su cabeza debían quedarse a medio camino (¿quizás en su corazón?) porque las extremidades permanecían rígidas e inertes en la misma postura que se había quedado al acercarse a él.
Había quedado absorbida por ese cielo embotellado en ese par de ojos increíblemente intensos.
«Princesa. Es un placer conocerla», le dijo él en tono bajo, inclinando ligeramente el mentón en señal de reconocimiento.
La extensión de la mano masculina en su dirección, así como el brillo fugaz en sus ojos, consiguió despertarla de su letargo. Parpadeando como una idiota, intentó componer la expresión más solemne pero cálida y extendió la mano también.
Nunca supo entender cómo no suspiró cuando sintió la callosa y ardiente mano de él envolviendo su mano con infinita ternura. Ni cómo no gimió cuando sintió los fugaces pero chispeantes labios de él rozar sus nudillos.
Tardó varias semanas en entender que aquel había el desencadenante final de todo lo que había concebido como su vida hasta el momento.
—A veces siento que no soy fuerte— susurró, sintiendo ese familiar nudo que convivía con ella; la pena, el dolor, la pérdida... la desesperación por estar viviendo una vida que odiaba— Siento que si de pronto me pusiera a gritar en medio de la habitación, nadie me oiría... nadie querría oírme.
Sintió una mano en su barbilla, un gesto tan íntimo como familiar, que hizo que su corazón aumentase de velocidad, y Yona se dejó hacer. Los orbes azules más maravillosos del mundo la miraron como si ella también lo fuera y se sintiese profundamente ofendido porque no se daba cuenta de ello.
—Sabes que yo siempre te oigo. Lo que dices y lo que no.
Las lágrimas se acumularon en los ojos de la mujer, quién asintió quedamente. Por supuesto que lo sabía; él se lo había demostrado desde el primer momento que se conocieron. Como su guardián, su amigo, su confidente y... su amante.
Pero su relación estaba condenada al fracaso. Ella era la futura princesa, las nupcias ocurrirían en pocas lunas, y él era el hombre de mayor confianza del futuro rey. Estaba prohibido, jamás podrían escapar de las cadenas que lo ataban en la sociedad. Su relación era una frágil flor que intentaba crecer en el más frío y crudo invierno; por más determinación y deseo que hubiera, las condiciones hacían imposible la germinación de cualquier atisbo de vida.
Por ello, este par de amantes se aferraban a estos ínfimos y esporádicos momentos, en las horas más oscuras y tempestivas, pues era la única manera en la que podían dar rienda suelta a su amor y desesperación. Pero aunque los ratos que pasaban juntos les llenaba de dicha y consuelo, los ayudaban a sobrevivir a una nueva separación, estos eran tan breves que cuando volvían a la cruel realidad, el dolor se hacía más grande, más punzante.
Yona se llegó a preguntar, en una de las tantas noches en las que no podía conciliar el sueño, si algún día su corazón podría dejar de moverse por tanto dolor que guardaba en su interior.
Sin embargo, pese a todo, ella sabía que jamás cambiaría nada de lo que había vivido con él. Cada mirada escondida, cada ferviente abrazo, cada susurro apasionado, cada prodigiosos beso, cada caricia tatuada en su piel... era una brizna de paz para su tormentosa alma. Era la energía que la hacía seguir caminando, hablando y sencillamente viviendo en un mundo que ya no sentía como suyo. Que, en realidad, nunca lo fue.
—Otros de mis mayores temores es que finalmente llegue el día en el que no lo hagas— exclamó con voz temblorosa, pero antes de que él pudiera decir nada, extendió sus manos hacia él.
Hak se dejó hacer, y se limitó a mirarla fijamente, intensamente, mientras ella sostenía entre un par de sus la tela que cubría su rostro y lo bajaba para dejarlo por debajo de la barbilla. Los ojos de Yona inmediatamente viajaron a esa boca que escondía la sonrisa más bonita que había visto nuca, pero los labios estaban aplastados en una firme línea.
Sus ojos brillaban del más frío y puro hielo, pero contrario a lo que parecía, estos ardían. Yona, gracias a Hak, había llegado a entender como también el hielo podía quemar.
Su respiración se atragantó cuando sintió unas manos rodear sus caderas como cada vez que la tocaba. El cuerpo femenino chocó con el de él, y Yona sintió fuego, sintió amor, y sintió la más pura dicha en el momento que sus labios fueron cubiertos por los de él, en un beso que proclamaba sin vacilación alguna lo mucho que la amaba y lo culpable que se sentía por toda la situación que estaban viviendo.
Y Yona, la princesa Yona, la futura Reina de Kouka, conocedora ya de ese sabor, de esos sentimientos, le correspondió gustosa, pasando los brazos por el cuello de él y poniéndose de puntillas.
Esa noche, los dos amantes se convirtieron una vez más en uno solo, y la fría luna volvió a ser la única espectadora de tan desdichado pero mágico encuentro.
Oh, sí. No había peor maldición que el amor...
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No sé si te has enterado, pero existe una leyenda que cuenta que hubo una vez una Reina que gobernó con inteligencia y benevolencia el reino de Kouka. Que llevó a la victoria a su reino, no por su agudeza mental en el campo de batalla, sino porque no descansó hasta que se alzó la bandera blanca entre Kouka y Xing, reinos que años más tarde se convertirían en grandes aliados.
Gobernó en tiempos de guerra y en tiempos de paz, y se preocupó por todos y cada uno de los ciudadanos del reino; desde lo más pobres campesinos hasta las damas de alta alcurnia cuyo deber radicaba en gestar un buen heredero para sobrevivir. Promovió leyes que ayudaban a las mujeres a ser independientes, a poder estudiar y ejercer un oficio; se involucró en las tierras más baldía para que se convirtieran en prósperas. Luchó, incansablemente, para que Kouka fuera un reino floreciente e igualitario para todos. Pobres y ricos, mujeres y hombres.
Cuenta también la leyenda que, aunque esa Reina contaba con un Rey, había un hombre en la ecuación convertido en su sombra; fue su mano derecha en los casi cuarenta años de su venturoso reinado. La Valerosa Yona se llamaba a la Reina, El Inexpugnable Soo Won, a su Rey; pero nunca, jamás, quedó constancia en los escritos antiguo del nombre de dicho hombre.
La leyenda lo recordaría como La Bestia en las Sombras, un hombre que dedicó su vida a servir los mejores monarcas que alguna vez tuvo Kouka.
Un hombre, cuya estatua hoy en día permanece en el majestuoso castillo de Kuuto perteneciente a la familia real: un dragón hecho de oscuro granito con las fauces abiertas, en posición de ataque, rodeando las figuras de ambos monarcas sentados en sus tronos.
Un hombre, cuya valía conocemos: sus victorias en la guerra; la increíble mente estratega que poseía; lo profundamente necesitado que fue para los reyes...
Un hombre, cuyo nombre nunca pudo ser recordado...
Y un hombre cuyo secreto jamás fue rebelado.
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Hasta hoy.
Hasta este momento.
Hasta tú y yo.
Y, como ves, he dado un salto de fe y he decidido confiar en ti. No me decepciones, curioso lector; ni a mi, ni a estos trágicos amantes.
Ahora es tu momento de guardar el secreto, ¿entendido?
