Li, estoy tan agradecida contigo porque estuviste conmigo desde el primer momento que te conté la idea. ¡Otra más!


Disclaimer: la mayoría de los personajes mencionados son propiedad de Stephenie Meyer.

Epílogo

El sepelio había terminado y ahora sus restos descansaban.

Estábamos vestidos de negro. La oración del reverendo acababa de terminar, había sido conmovedora y cargada de recuerdos. Imágenes que seguramente me perseguirán el resto de mis días.

Fruncí los labios cuando personas desconocidas se me acercaban, puse distancia.

― Lo lamento ―decían, sin dejarme caminar.

Resoplé ruidosamente y di media vuelta.

Abrumado por las manifestaciones de pesar, salí de la pequeña capilla con papá pisando mis talones.

― Edward ―lo escuché decir, pero no me detuve―. Hijo, espera. Tenemos que hablar.

― Ahora no ―dije, siguiendo mi camino.

Carlisle me alcanzó, deteniendo mi brazo. Me hizo voltear hacia él.

Su pelo ya estaba completamente cano y las arrugas se veían más pronunciadas en su piel, sobre todo en el área de los ojos.

― Lo siento tanto, Edward ―murmuró, viendo mis ojos―. Realmente sé que nada de lo que diga te hará sentir mejor, solo qué…

No terminó de hablar cuando sus brazos me envolvieron en un fuerte abrazo. Dio suaves palmadas en mi espalda.

Algo se removió en mí. Tal vez el momento o posiblemente el que estuviéramos abrazados. Empecé a llorar, lentamente mis lágrimas fluyeron en un llanto suave hasta que mis sollozos se hicieron más fuertes.

Me estaba doliendo el alma. Me sentía deshecho y sabía que sería difícil aprender a vivir sin ella.

»Llora hijo ―añadió con su voz entrecortada―. Es necesario que saques todo tu dolor, hazlo.

Grazné fuertemente con el llanto ahogándome. Quería hablar, contarle cómo me sentía, sin embargo las palabras no brotaban de mi garganta.

― No hubo tiempo, papá ―sollocé―. Ella nunca quiso darse el tiempo para conocer a los míos y me duele. No quiso conocer su sangre porque también mis hijos eran parte de ella.

Papá puso sus manos en mi rostro y me hizo mirarlo. Con sus dedos maltratados y con evidentes signos de su edad, desvaneció mis lágrimas cristalizadas.

― No te sientas mal, hijo. No fue culpa tuya su actuar, Edward. ¿Entiendes? No podemos cambiar los pensamientos de los demás, ni hacer que nos quieran o que se comporten como quisiéramos.

Asentí vehemente a sus palabras. Y no fuese que yo no comprendiera o no quisiera aceptar, solo que era doloroso saber que no volvería a verla. Que nunca volveríamos a cruzar palabra, me estaba destrozando el reconocer que no pudo querer a mis hijos.

¿Qué podía hacer? No pude obligarla a ver a sus nietos, a que les diera un poco de cariño.

Limpié mis lágrimas.

― Nunca aceptó a Bella ―murmuré―. Nunca entendí su odio contra ella ―sacudí la cabeza― ni el desinterés que tuvo con mi familia, mis hijos. Eso me dolió.

Papá puso una mano en mi hombro, dándome un ligero apretón.

― Hijo, sé que será más doloroso lo que diré, sin embargo, me gustaría que aceptaras que nadie amará más a tu familia que tú. Que aquellos que se acercan a dar un poco de amor a tu familia será bien recibido, pero no debe ser más importante que el amor y protección que tú les brindas.

― Bella dice lo mismo ―expresé, recordando que ella y mis hijos me esperaban―. Mi esposa lo intentó, papá. Quiso acercarse, fue cordial y prudente hasta que se cansó. Yo mismo me cansé de las acciones de mamá y la saqué de mi vida… ―mis lágrimas volvieron a cristalizar mis ojos y el sollozo apareció― después, me acerqué a ella para saber cómo iba su vida, intenté ser un buen hijo, pero mamá siempre traía a colación el tema de mi mujer. Lo odiaba, detestaba que hablara mal de Bella y aun así, siempre rogué internamente por una oportunidad que nunca llegó.

― No martirices tu corazón, Edward. Fuiste un buen hijo y es con lo que debes quedarte, solo cosas positivas y recuerdos bonitos de su niñez.

― Esos recuerdos los hiciste tú ―reconocí.

Papá me sonrió, dejando una leve palmada en mi rostro.

― Ahora te toca hacer felices a los tuyos ―articuló con voz ahogada―. ¿Cómo están los niños?

Sonreí. Papá siempre estaba preguntando por ellos, siempre pendiente de Bella y mi familia.

El cambio de tema me hizo sentir mejor.

― Ethan ha dejado los celos ―le expliqué―. Ahora quiere estar todo el tiempo con Matt. Y Elissa… ―suspiré recordando a mi hija― cada vez duerme menos siestas, después de cumplir el año se ha vuelto más traviesa.

Los labios de Carlisle se curvaron en una corta sonrisa.

― Renée me ha dicho que no saben de quién sacó la traviesa. Le he dicho que de ti, no.

Sonreír a vez que hacía un ligero movimiento con la cabeza.

No dije nada cuando escuché que nombraba a mi suegra. Ellos habían retomado su amistad desde hace años, aunque por el momento no había nada más entre ellos, Bella y yo estábamos contentos de saber que se hacían compañía.

― Debo irme, papá. Bella necesitará ayuda, cada vez le llegan más pedidos, ella, Ariel y Chelsea no se dan abasto.

Al nacer Ethan mi esposa no volvió al restaurante, sino que probó suerte con su propio negocio. Decidió hacer pasteles y todo tipo de postres, Ariel y ella publicaron todo en línea y su pequeña tienda de repostería rindió frutos de inmediato.

Hoy en día Bubbles, cómo habían nombrado su tienda, abastecía todo el pueblo y alrededores. Había tenido gran acogida, que al año de ser creada Bella tuvo que poner una repostería física al lado del restaurante de Harry.

Bella y Ariel se hacían cargo. Sin embargo Chelsea se había unido un día y era quien les ayudaba.

Podría decir mil cosas de Chelsea. Tal vez, una de ellas era que se había enamorado y hoy tenía un pequeño hijo que era la adoración de Ariel. Ella estaba viviendo su propia felicidad y eso hacía feliz a mi hija.

Las viejas rencillas que un día estuvieron entre nosotros, un buen día desaparecieron. No supimos en qué momento pasó y tampoco podemos asegurar que fue de un día para otro. Pero el día de hoy llevábamos una cordial relación, no me atrevía a asegurar que ella y mi esposa eran amigas. Lo que sabía es que eran socias y su trato también era basado en el respeto.

Aunque no lo dijera, sabía que para Ariel era gratificante poder compartir sus días con sus hermanos menores, ella era quien más ganaba, puesto que los niños la amaban.

La voz de mi padre me hizo volver al momento.

― Bien, hijo. Iré a verlos esta noche ―prometió, dándome otro abrazo y un beso en la mejilla―. No olvides que te quiero.

Le sonreí. Era un adulto y aún seguía llenando mi corazón de emoción cuando decía que me quería.

― También te quiero, papá ―lo abracé de nuevo antes de salir deprisa del lugar hacia el estacionamiento.

― ¿Te vas? ―Inquirió Emmett.

Me volví a él. Su semblante no era tan abatido como el de hace unas horas, aunque sabía que había estado mal. Emmett sabía reponerse con facilidad, tal vez era por su nueva paternidad.

― Sí. Debo ir con Bella ―respondí.

― ¿Irás a ver a Alex? ―Preguntó entusiasmado―. Anoche no me dejó dormir, tenía cólicos.

No me sorprendía que su conversación fuera sobre su hijo antes que hablar de nuestra madre recién fallecida.

Era natural su emoción. Lo comprendía y no podía culparlo.

― Iremos ―prometí, ganándome un buen golpe en el brazo.

Emmett se había vuelto un niño pequeño desde que estaba con Rosalie. A él nunca le importó el rechazo que nuestra madre ejerció sobre su mujer, nunca le dio importancia y desde el minuto uno decidió poner un alto a los insultos y prefirió alejarse.

Esme había rechazado abiertamente a Rose, la había despreciado y no pudo aceptarla nunca. Así cómo tampoco logró empatizar con los mellizos y con el bebé que ahora tenían.

Mamá siempre fue la persona más difícil de tratar. Una mujer que nunca pudo ser feliz porque quizás la felicidad era un estado de ánimo que no cabía en ella. Que simplemente no le nacía ser.

Fue triste y desconsolado que se fuera en absoluta soledad. Ella nunca quiso ver lo feliz que éramos y prefirió aislarse, fue su decisión. Lo aceptaba, aunque de igual manera la amaba. Por el simple hecho de que fue mi madre.

Sabía que añoraría escuchar su voz y que me costaría acostumbrarme a no ver esa mueca seria con la que solía recibirme.

― ¿Se fue Bella? ―Rose preguntó cuando llegó con Emmett, enganchó una de sus manos al brazo de él―. No pude despedirme de ella.

Les había costado mucho estar juntos, pero mi hermano había sido paciente y muy persistente. Hoy estaban casados y tenían un recién nacido. Entre los dos criaban a los mellizos. Lillian y el pequeño Royce habían aceptado de buena manera a mi hermano, sin embargo con la llegada de Alex, ellos estaban más felices aún.

― Sí ―respondí al darme cuenta que Rosalie esperaba que dijera algo―. Bella tenía pedidos por sacar. No podía demorar mucho, a parte con los niños es complicado.

― Espero que podamos reunirnos ―la rubia susurró―. Sería mejor pasar juntos esta noche, por ustedes.

Rosalie era un ser compasivo. A pesar de todo los malos modos que recibió de mi madre, ella había sido pieza clave para organizar el sepelio.

― Hablaré con Bella ―dije, al tiempo que me abrazaba a Emmett.

― Todo está bien, Edward ―susurró él, mientras palmeaba fuertemente mi espalda―. Mamá descansa y seguramente estará mejor que aquí.

El nudo se formó en mi garganta.

― Espero que así sea ―murmuré―. Tengo que irme, hermano.

― Los estaremos esperando ―dijo.

Asentí y me alejé.

No quise voltear hacia el cementerio, tampoco me despedí de las demás personas que me saludaban y me daban el pésame.

Solo decidí dejar que el tiempo hiciera lo suyo y que mi herida cerrara.

Ella ahora estaba en un mejor lugar.

.

.

― ¡Papá! ―Matt corrió a mis brazos. Ya no lograba cargarlo sin que mi espalda resintiera. Atiné en abrazarlo fuertemente y despeiné con mis dedos, su lacia melena castaña.

También dejé un beso en su cabeza.

Era un niño de diez años. Alto y de buen corazón. Tenía un parecido excesivo con Bella, la nobleza provenía de su madre. No podía dudarlo.

― ¿Qué tal tu día en la escuela?

Él me dio una amplia sonrisa.

― Muy bien, la notas llegaron por correo electrónico y mamá me felicitó. ¿Cómo te fue a ti en el trabajo?

― Cansado ―sonreí, ocultando los dolores en la espalda baja―. Por eso debes estudiar para no tener un trabajo tan duro como el mío. ¿Lo harás?

Chocó su puño con el mío y asintió no muy convencido.

Ariel me esperaba en la puerta. Era una hermosa jovencita de diecisiete años, era buena hija, aunque sus cambios de humor me trajeran dolores de cabeza. Ella por lo regular era bien portada.

Se acercó, dejando un beso en mi mejilla.

Reconocía que era un padre celoso. En mi defensa debía decir que la culpa era de ese adolescente que un día llegó a casa y me pidió permiso de visitarla. Al poco tiempo ella misma me confesó que eran novios.

Siempre creí que cuando ese día llegaría, armaría un gran escándalo. Pero no, no lo hice. La razón fue la emoción de mi hija en su mirada. Estaba ilusionada y no tuve valor de romper sus esperanzas.

Así que desde hace meses ella estaba en un noviazgo con Derek, ese chico desgarbado que siempre era amable conmigo y que traía dulces mis hijos.

― Hoy me quedaré en casa de mamá ―me dijo―. Le ayudaré a organizar la fiesta de cumpleaños de Peter.

Peter era el hijo de Chelsea con su esposo. Era un niño pequeño y de grandes ojos azules, idéntico a ella.

― Está bien. ¿Vendrá por ti?

― Derek me llevará.

Rodé los ojos.

― ¡Papii! ―Gritaron mis dos pequeños corriendo a refugiarse conmigo.

Los atrapé y los cargué en mis brazos. Ethan tenía tres años y Elissa uno. Eran los encargados de que en la casa no existiera la palabra silencio.

Empecé a repartir cortos besos en sus rostros sonrojados.

Adentré en casa, caminando con ellos y esquivando los juguetes que había esparcidos en el piso.

Elissa era una clara muestra que las pastillas anticonceptivas fallaban.

No esperábamos su llegada. Bella y yo habíamos decidido que solo nos quedaríamos con Ethan; ella estaba centrada en su negocio de pasteles y yo en mi nueva compañía de remodelación, no teníamos suficiente tiempo para hacernos cargo de un nuevo hijo.

El embarazo fue total sorpresa, así como su nacimiento. Nunca hubo una ecografía que nos dijera su sexo, sin embargo, cuando llegó desmoró parte de mí.

Era mi bebé de ojos color chocolate y de abundante melena rizada.

― Hola, amor ―Bella salió de la cocina.

Enfundada en esos pantalones acampanados y una corta blusa de tirantes, corrió a recibirme.

Era malditamente hermosa y sexy. Estaba próxima a cumplir veintiséis años y era la mujer más espectacular e inteligente.

La besé. Lentamente capturé sus suaves y exquisitos labios.

― Eww ―Ethan se quejó mientras Elissa estaba interesada en poner sus pequeños dedos dentro de mi boca.

De nuevo besé ruidosamente sus mejillas y los dejé sobre sus pies descalzos para que siguieran corriendo.

Abracé fuertemente el menudo cuerpo de mi esposa y aspiré su esencia. El olor floral de su perfume siempre me traía paz.

― Feliz aniversario, nena ―susurré, caminando con ella hacia la cocina, mis labios se curvaron al ver las rosas rojas en el centro de la mesa―. Me alegro que te haya llegado a tiempo mi regalo. Aunque eso no es todo.

Bella volteó hacia mí sin salir de mis brazos. Elevó su mirada y su sonrisa pícara me hizo reír junto a ella.

― También me llegó la lencería ―comentó muy bajo y dejó un beso en mi pecho, encima de la camisa.

― Mmm… ―besé sus labios― eso me gusta.

― Feliz aniversario, amor mío.

Puso en la palma de mi mano una caja de terciopelo en color negro.

Fruncí el entrecejo. Sin perder el tiempo abrí la caja y descubrí el brazalete de piel que tomé en mis dedos.

Seguí sonriendo al ver los nombres de mis cuatro hijos, escritos en diminutas placas de platino.

Ariel, Matthew, Ethan y Elissa.

― Es hermoso ―susurré conmovido.

― Quería que tuvieras el nombre de ellos muy cerca de ti. Qué siga quedándote claro que son ellos tu principal motor.

La abracé, descansando mi mentón en su hombro.

― Tú también eres ese motor ―le dije.

Acuné su rostro y miré fijamente sus ojos. Deseaba que el amor y ternura que emanaba su mirada se mantuviera hasta el final de nuestros días. Porque sabía que era exactamente de la misma forma que yo la miraba.

― Juntos hemos hecho esto, Edward ―me señaló con su mentón a nuestros hijos que seguían en la sala de estar, viviendo su propio mundo―. ¿Estás dispuesto a ir por más?

Le extendí mi mano y le pedí que me pusiera el brazalete.

― Vamos por mucho más, nena. Y quizá otro hijo ―bromeé.

Bella soltó una leve carcajada y negó.

― ¡No señor, eso no!

― Mi amor… ―caminé detrás de ella, me encantaba hacerle creer que tendríamos otro bebé.

Sabíamos que esta discusión se mantendría hasta llegar a nuestra cama, donde seguramente haremos el amor. Claro, mientras nuestros pequeños nos permitan, nosotros siempre aprovecharemos.

Así de sencilla era nuestra vida.

Y todo empezó con un acepto.


Así llegamos al desenlace de esta historia. Aclaro que Edward siempre mantuvo la esperanza que Esme aceptara a su familia, quiso compartir parte de su felicidad con ella y pretendió que fuera participe, sin embargo Esme prefirió no saber nada. Eso no quiere decir que no le duela la muerte de quién le dio vida, es obvio que se sintió devastado porque al final de cuentas era su madre. Otra cosa, Bella, sí estuvo acompañándolo en el velatorio. Lo digo por si no quedó claro.

Ahora si nos despedimos. Les agradezco con mi corazón que me hayan acompañado en otra trama más, no imaginan lo feliz que me hacen saber que están apoyándome con sus lecturas, favoritos, follows y reviews.

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Gracias totales por leer 💍