Arnold se repetía una y otra vez que en algún momento volvería a estar bien, pero se sentía completamente perdido.

Se decía que el tiempo lo sana todo, que todavía era joven y tenía muchas cosas por las que vivir.

Ella también y se sacrificó para salvarme...

Trataba de agradecer que ahora tenía una familia que lo amaba

Pero nadie puede tener todo...

Que al fin tenía a sus padres en su vida.

¿Y perderla fue el precio a pagar?

Intentaba seguir siendo el mismo, ayudar a otros, como lo hizo siempre, ser un buen chico, ser diligente, educado, amable

Pero sin importar lo que haga, nada la traerá de vuelta...

El mundo no era justo y no importaba cuánto luchara para equilibrarlo.

Nadar a contracorriente se la hacía agotador cuando todo en su interior gritaba "¡Ríndete!"

Leía con claridad la preocupación en los rostros de sus padres y abuelos cada vez que los miraba y como no lo soportaba y tampoco encontraba forma de tranquilizarlos, comenzó a aislarse cada vez que estaba en casa.

Dejó de comer con los demás, con excusas como que tenía que estudiar o que estaba cansado y quería dormir. Se levantaba temprano y esperaba en su habitación que Gerald llegara por él, para bajar corriendo, diciendo que no podía hacer esperar a su amigo.

También escuchaba música todo el tiempo, porque cuando estaba en silencio se reproducía el accidente en su cabeza:


¡Arnold, cuidado!

Helga, por favor, responde...

Vamos a estar bien...

Helga... no vayas a dejarme...

Te amo...


Se dijo que podía pretender estar bien, hasta que el mismo lo llegara a creer.

Pero la mentira se hizo insostenible.

Cuando se acercó San Valentín guardó los zapatos y el suéter en una caja en el closet. No soportaba verlos.

No salió de su habitación el trece de febrero.

Durmió todo el día siguiente.

Soñó una y otra vez variantes de la cita con Helga fingiendo ser Cecile. Como hubiera sido si realmente le hubiera puesto atención en lugar de intentar mantener la cita con ella y Ruth al mismo tiempo.

Salió de su habitación la noche del quince. Bajó a la cocina y buscó algo de comer, pretendiendo que no pasaba nada.

No se había aislado tres días, negándose a existir o responder a cualquiera. No, para nada. ¿Quién en su sano juicio haría algo así?

Su familia no discutió con él.

Stella y Miles se sentaron pacientemente a hablar sobre que entendían por lo que estaba pasando, pero que lo que había hecho estaba mal.

Tuvo que aceptar que lo llevaran a una sesión urgente con Bliss, en la que sus padres describieron su comportamiento. No solo su tendencia a aislarse, también su falta de apetito, como dejó de ver a casi todos sus amigos, su desinterés por las clases y otros detalles de los que Arnold no se había percatado hasta que lo dijeron y tuvo que reflexionar. Sí, todo lo que decían sus padres era cierto, pero no lo hacía a propósito.

Bliss tomó nota y sacó a los padres del chico de la consulta para hablar a solas con él. Charlaron sobre cómo estaba llevando el duelo y él le explicó su miedo a olvidarla. No quiso hablar de la culpa, de como "manipulaba" sus sueños para verla, ni de las cosas de ella que él conservaba.

Ella lo escuchó con paciencia y decidió que era momento de abordar otra estrategia, tanto en lo cotidiano como en las sesiones. Hizo una prescripción y volvió a llamar a Miles y Stella.

Perfecto. Pastillas.

Sus padres las compraron y comenzó a tomarlas de inmediato.

Odió las pastillas que le dieron para dormir. Al principio pensaba que no harían mucho y veinte minutos más tarde apenas podía mantener los ojos abiertos. Entonces la oscuridad.

Lo siguiente que notaba era el despertador y casi de inmediato a su madre con las pastillas de la mañana.

No soñaba o no podía recordar sus sueños. Daba igual lo que fuera, significaba no podía "verla" por las noches.

Se dijo que tal vez era temporal, pero una semana más tarde comenzó a desesperarse.

Pensó varias veces en no tomarlas, pero había prometido intentarlo, así que se obligó a cumplir su palabra. Después de todo era él, tenía que seguir siendo la persona que ella alguna vez conoció.

Debía soportar. Tenía que acabar ese semestre. Ya pensaría en lo demás después.

Con las pastillas todo era irreal, no porque fuera fantástico. No se acercaba a las locas ideas infantiles que tenía cuando tenía el hábito de soñar despierto. Era irreal de una forma diferente. Todo le parecía extraño. Su cuerpo se movía y él reaccionaba, respondía, hablaba, pero a ratos era como manejar a control remoto un robot que pretendía ser él.

Se quedaba contemplando el vacío sin pensar en nada y al principio a nadie le extrañó demasiado, porque siempre fue un chico distraído. Luego... luego alguien dijo en broma que comenzaba a parecerse a Arnie.

Todo menos Arnie...

Ni siquiera quiso responder, sólo miró con indiferencia en la dirección de la que venía la broma.

Le costaba concentrarse y poner atención, pero ya no sentía el vacío y el frío en su interior.

Perdió la noción del tiempo.

Cuando lograron dar con la dosis adecuada y su cuerpo se acostumbró a los medicamentos lo suficiente para sentir que volvía a ser él mismo, ya era el día de los inocentes.

Perdí... su cumpleaños...

Se lamentó cuando su abuelo le hizo una broma antes de desayunar.

Gerald pasó por él un poco más temprano de lo habitual.

El señor Simmons los vio cuando llegaban y le recordó a Gerald que tenía que hablar con el director por sus notas.

Arnold le dijo que lo vería en el salón, así que su amigo se fue, dejándolo en el pasillo.

Mientras acomodaba un par de cosas en su casillero, escuchó algunas risas.

Cierto... hoy harán bromas todo el día...

Suspiró. Se propuso que ignoraría a todo el mundo, ¿qué tan difícil podía ser?

Resultó imposible.

–¡Al fin podremos hacer nuestras bromas en paz! – dijo –Sin Helga por aquí, seremos los reyes del día de los inocentes

Arnold cerró los ojos.

–¿Qué acabas de decir? – gritó, apretando los puños.

–Ah. Hola, Arnold – dijo Sid, sin notar el cambio de actitud – Definitivamente nuestraas bromas serán las mejores, ahora que no tenemos que competir con Helga

–¡CÁLLATE! – azotó la puerta de su casillero.

Sid dio un brinco, asustado.

El ruido atrajo las miradas.

–¿D-dije algo malo?

–Pero Sid tiene razón – comentó Stinky–. Este año realmente podremos divertirnos

–Guarden silencio – continuó Arnold, apretando los dientes.

–Arnold – se involucró Harold – deberías estar contento. Al fin podrás pasar un día de los inocentes sin ser la víctima de Helga...

Arnold pestañeó. Todo estaba rojo.

No estaba seguro de cómo había terminado arrojándose contra los chicos.

No era esa clase de persona, jamás fue del tipo violento, pero sabía karate y eso significaba que sabía cómo golpear de forma eficiente.

Tenía a sus tres compañeros en el suelo, rogando que se detuviera, mientras otros estudiantes gritaban. Rhonda y otras chicas tomaban fotos y Curly lo animaba sólo por diversión.

Fue Brainy quien lo sostuvo.

–Eso no traerá de regreso a Helga

–¡Como si alguien en esta escuela le importara Helga! ¡Yo la extraño! ¡No tienen idea de cuánto la extraño! No saben...

Entonces vio los ojos tristes de Brainy.

Sabía que Brainy sentía algo por ella...

Bajó la mirada un segundo y luego se recompuso.

Miró a los tres idiotas que lo sacaron de sus casillas.

–No quiero volver a escuchar que alguien hable así de ella, ni ustedes ni nadie – miró alrededor de forma amenazante –. No la conocían... y no saben cómo se sentía... no tienen idea... de todas las cosas... todo lo que compartí con ella, así que no crean que estoy feliz por no recibir bromas pesadas...

Algunas personas murmuraron.

–Aguantaría todas las bromas pesadas del mundo si eso la trajera de vuelta. Me muero porque ella entre al salón y con una risa despectiva nos diga que no pasó nada, que todo lo de los últimos meses no fue más que su broma más absurda y elaborada... pero – bajó la voz un segundo – pero sé que eso no va a pasar. Así que no – volvió a levantar la voz –. No quiero volverlos a escuchar decir algo sobre ella. No estoy tranquilo. Y no estoy de humor para ninguna tontería. Quedan advertidos

Volteó y se alejó caminando por un pasillo, pero Brainy lo siguió.

–¡¿Qué quieres?!– dijo cuando estuvo harto.

–No puedes perder el control así... a ella no le hubiera gustado

–¿Qué sabes tú?

–A Helga le gustaba de ti tu corazón bondadoso, tus buenas intenciones, tu forma de cuidar a los demás. Ella te amaba por esas cosas...

Arnold se congeló.

–¿Tú... lo sabías?

Brainy asintió.

–¿Cuánto tiempo...? – Tragó saliva. – ¿Cuánto tiempo... Helga... me amó?

–Todo el tiempo...

–¿Qué significa eso?

–Que aunque la amaba, siempre supe que ella te amaba... y que no podría ganar su corazón mientras ella siguiera aferrada a ti

Arnold no sabía cómo responder eso.

–Lo siento – dijo finalmente.

–No debiste golpear a los chicos. Eso no le habría parecido bien, se habría preocupado

–Lo sé, pero no puedo creer que a nadie más le importaba... que los demás... no la extrañan

–Tal vez la extrañan, pero no del mismo modo – se encogió de hombros.

Arnold lo miró. Brainy parecía calmado.

–Deberías... – tragó saliva – deberías estar furioso conmigo

–Lo estoy

–¿Qué?

–Regresé por ustedes, eran los únicos que faltaban en el autobús. Vi lo que pasó

Arnold lo miró con preocupación.

–Helga solo te pidió ser discreto con su relación y tú fuiste muy torpe

Arnold cerró los ojos.

–Ella te salvó – añadió Brainy.

–Debes odiarme

–Helga se sacrificó por ti. No dejaré que arruines lo que hizo

–¿Qué quieres decir?

–Te estoy vigilando, Arnold Shortman. Te vigilaré todo el tiempo que haga falta, hasta que la dejes ir y puedas seguir tu vida. Entonces solamente yo la amaré como fue en realidad

Arnold lo miró extrañado. Era una especie de amenaza y daba un poco de miedo.

–Nunca dejaré de pensar en ella

–Yo la vi muchas veces, mucho más tiempo y de muchas formas que tú no podrías siquiera imaginar

–¡Intenté acercarme a ella! ¡Conocerla! Pero muchas veces... ella me cerró la puerta en la cara

–No la observabas

–No como tú, no soy un psicópata

A Brainy no pareció molestarle.

–¿Sabías que recitaba poemas al fondo del autobús?

–No...

–¿Sabías que siempre llevó un relicario con tu foto a todos lados...?

–Sí...

–¿Sabías que rompió tu foto y arrojó el relicario al río cuando intentaste escapar de su declaración el barco?

–Me preguntaba por qué estaba tan dañada cuando la vi. Entonces ¿cómo es que ella lo tenía cuando escapamos de La Sombra?

–Yo lo recuperé

–¿Por qué?

–Helga solo era ella misma amándote. Cada vez que intentó no hacerlo, perdía una parte de sí. Todo el tiempo que la ignoraste, era yo quien la estaba cuidando. La cuidé por años... y tú... tú la tuviste unos meses... y ella se fue... ¡ESTO ES TU CULPA!

Arnold cerró los ojos. Brainy tenía razón.

–Desquítate conmigo. Golpéame, adelante, no me defenderé...

Cerró los ojos y esperó. Pero no pasó nada. Cuando los abrió estaba solo.

No tenía idea de qué había sido todo eso.

Pero esa conversación con Brainy revivió parte del día de la excursión.


Helga se alejó de él después de escuchar a Lila y Rhonda riendo. A lo lejos el profesor Simmons los apuraba para ir al autobús. Arnold vio una señal de peligro antes de alcanzarla. El museo tenía reparaciones en proceso y ellos sin querer se metieron a una sala que no estaba habilitada. Tomó su mano y ella se apartó con brusquedad.

–¿Por qué estás enfadada?

–¡Eres tan poco sutil!

–¿Qué quieres decir?

–¡Has estado emocionado durante toda la excursión! Agradece que la mayoría son demasiado despistados, pero creo... creo que Rhonda, Lila y Curly ya se dieron cuenta de que hay algo raro... y no quiero a toda la clase hablando de esto

–Helga, no he hecho nada, solo estoy de buen humor, deberías intentarlo de vez en cuando

–Puedo estar de buen humor sin que toda la clase se entere, cabeza de balón. ¿Crees que no me encanta tener una excusa para pasarme la mañana contigo? Adoro que estemos juntos y tengo deseos de gritar de felicidad, pero no soy tonta y sé controlarme. Pero tú... si sigues así, esto no va a resultar...

–¿Q-qué quieres decir?

Ella tenía una mirada triste.

–No podemos seguir con esto


¿Helga iba a romper con él?

Cerró los ojos y apoyó su espalda y cabeza en el muro tras de sí.


Un ruido sobre ellos. Helga miró hacia arriba, él no.

–¡Arnold, cuidado!

Ella lo empujó.

El ruido lo ensordeció.

Objetos cayendo a su alrededor.

–Helga, por favor, responde...

Esforzarse por alcanzar su mano.

Silencio.

–Vamos a estar bien...

Ella respiraba todavía.

Gritos.

El cuerpo de ella temblaba.

–Helga... no vayas a dejarme...

Ruidos de metal torcido y vidrios rotos.

Apretó su mano, intentando llamar su atención.

–Te amo...

Luces parpadeantes.

Sirenas.

Más ruido.

Una sensación de presión en su costado.

Un sonido agudo en sus oídos que parecía venir de adentro.

Silencio y oscuridad.


De pronto escuchó su nombre por alto parlante.

–Repito. Arnold Shortman, repórtese a la oficina del director

Dio un largo suspiro y se dirigió al lugar.

Justo antes que entrara, Gerald lo sujetó y lo arrastró a uno de los baños.

–¡Viejo! – dijo en cuanto se aseguró que estaban solos – ¿Qué pasó? ¿Por qué te peleaste con Harold, Stinky y Sid?

–Fue su culpa, Gerald – comenzó Arnold, evadiendo su mirada.

–¿Qué hicieron? ¿Decir unas cuántas tonterías? Porque, amigo, eso es lo que hacen siempre

–Sobre Helga...

Gerald perdió la paciencia.

–Arnold, tienes que aceptarlo

–¿Qué? ¿Qué cosa?

–Ella no era la persona más querida del lugar

–¡Retráctate!

–No me malentiendas, también la extraño, en cierto modo era una buena amiga, pero, viejo, tienes que entender. Prácticamente toda la clase fue víctima de sus bromas o sus burlas. Helga era bastante pesada con todos en general. Incluso con Phoebe, que era su mejor amiga. Sinceramente no sé cómo has podido olvidar todo eso, creo que el accidente te afectó la memoria más de lo que crees

Apártate, cabeza de balón

¿Quién dijo que podías tocarme?

Tarado

Fuera de mi camino

Cobardes malandrines

Fenómeno

–¡¿Crees que lo olvidé?! – respondió Arnold – Por supuesto que lo sé... por supuesto que recuerdo que no era la persona más simpática, pero una cosa es reconocer que no era amable y otra alegrarse de que ya no esté

–¿No era amable? La chica a veces era un monstruo ¿Olvidas que fingió estar ciega? ¿Olvidaste cuando te cubrió el trasero de plumas? ¿Cuándo te arrojó pintura? ¿Olvidaste que cada vez que hiciste un proyecto con ella todo tenía que ser a su manera? Arnold, por favor...

–¡Claro que lo recuerdo! Pero...

Pero ella no siempre fue así...

Parecía esconder algo más...

Su familia la ignoraba...

Tenía miedo...

Estaba asustada...

Estaba... sola...

Helga era como un animal callejero empapado por la lluvia. Podía compadecerse de ella, mirarla con lástima mientras gruñía y cada vez que intentaba acercarse sabía que podía salir lastimado. Pero con paciencia suficiente... pudo cubrirla con su paraguas, tomar su mano, ofrecerle protección, calidez y cariño. Y aunque todavía desconfiaba y mantenía los hábitos que la ayudaron a sobrevivir por su cuenta todo ese tiempo, a ratos aparecía la persona dulce y afectuosa que podía ser en realidad.

Arnold miró a su amigo.

Otra vez sonó el llamado por alto parlante.

Los dos supieron lo que iba a pasar. Gerald no quiso detenerlo.

Arnold salió de ahí y fue a la oficina.

Su madre fue a recogerlo. No quiso hablar con ella, no quería explicar nada. Solo entró a la casa y subió a su habitación.

A la hora de almuerzo alguien tocó la puerta.

–No tengo hambre – dijo el chico.

–¿Puedo pasar, hombre pequeño? – dijo la voz al otro lado.

Arnold suspiró y abrió la puerta. Su abuelo entró llevando un emparedado.

–Lo siento – dijo el chico.

–¿Podemos hablar?

–No hay mucho que pueda decir. Sé que perdí el control y merezco la suspensión

–No es sobre eso – el hombre dejó el plato en una silla y se sentó en la cama junto a su nieto.

–¿Qué pasa, abuelo?

–Escucha, sé que extrañas a la chica y que es difícil

–Es horrible

–Imagino que piensas que pudiste ser tú

Arnold asintió.

–Que si hubieras hecho esto o aquello, ella se habría salvado

Volvió a asentir.

–Que la vida no es justa

–Así es

–Y que tal vez... estás siendo castigado o pagando algo

–¿Cómo lo sabes? Ni siquiera lo he hablado en terapia...

–Estuve en la guerra, hijo

Arnold lo miró. Su abuelo sonreía con tristeza.

–Lo siento, abuelo

El hombre lo abrazó y Arnold se quedó en sus reconfortantes brazos.

–Solía pensar lo mismo cuando tus padres desaparecieron, en todas las cosas que pude hacer diferente, convencerlos de quedarse o de enviar a alguien más, pero la vida es como es, hombre pequeño

Arnold, asintió, sin apartarse.

–Y tienes que aprender a vivir con eso. El dolor pasará y tendrás que encontrar la forma de lidiar con las trampas de tu mente, la culpa, las pesadillas y, en especial, con los sueños

–¿Los sueños? – Arnold lo miró y su abuelo le dio un par de palmadas en la cabeza.

–Estuviste durmiendo mucho más de lo normal, incluso para un chico de tu edad. Apuesto que te quedas imaginando como sería su relación si ella siguiera aquí. Esas cosas son adictivas, ¿sabes?

–Pero... solo son sueños

–Sueños en los que quieres quedarte... y a los que anhelas volver cada segundo mientras estás despierto. No es fácil, hombre pequeño, pero tienes que seguir viviendo tu vida

–Lo sé, abuelo. Es solo que... ¿por qué yo? ¿Por qué yo me salvé y ella no? ¿Qué nos hace diferentes?

–No hay respuesta para eso, hombre pequeño, pero tienes la oportunidad de construir una

Arnold reflexionó un momento.

–Creo... creo que lo entiendo

–¿Qué dices, quieres comer?

–No, pero voy a intentarlo

–Perfecto, te traeré tu almuerzo, ese es mío – dijo riendo.

Mientras estaba solo, Arnold volvió a repetir esa conversación en su cabeza.

Cuando su abuelo volvió, Stella y Miles subieron con él.

–Mamá, papá, lo siento. Sé que no debí reaccionar así y no dejaré que se repita

–Lo sabemos, hijo – dijo Stella, luego miró a su esposo.

El abuelo se sentó junto a Arnold, dejando la bandeja de comida para el chico. Luego tomó su emparedado y le dio unas mascadas.

–Queremos hablar contigo – continuó Stella, sentándose junto a Arnold –Sabemos que eso ha sido difícil para ti y creemos que tal vez necesites un cambio de ambiente

–¿Qué?

–Nos gustaría llevarte con nosotros a San Lorenzo – dijo Miles.

–¿San Lorenzo?

–Hace tiempo que consideramos volver, pensábamos ir solo por el verano, pero... tal vez sea mejor adelantarlo y quedarnos ahí un par de años. Sería bueno que despejaras la cabeza, hicieras algo que se sienta significativo, que conocieras a otras personas... ¿Qué dices hijo?

–¿Puedo pensarlo?

–Por supuesto, no hay prisa

El chico miró su comida y luego a su abuelo.

–No tienes que ir si no quieres – dijo Phil.

–Gracias, abuelo

El chico intentó comer. Al menos la sopa sabía bien.


Después que lo dejaron solo, se recostó mirando el cielo. ¿Sería capaz de dejar su vida atrás? ¿Podía dejar a Gerald y sus otros amigos de la escuela? ¿Desde cuándo se había aislado tanto que el nombre de su mejor amigo era el único que se le venía a la cabeza? ¿Qué haría en otro país? No hablaba el idioma, no era fuerte, no sabía nada de las cosas que sus padres aportaban... sería una molestia.

Pestañeó.

No quería ser una molestia.

Pestañeó otra vez.

Pero en casa tampoco parecía que fuera a ser mejor.

Otro pestañeo.


De pronto todo era oscuridad a su alrededor.


–¿Hola?

Su voz hacía eco.

–¿Hay alguien aquí?

(aquí, aquí, aquí)

Un llanto.

Un llanto que conocía.

Una ráfaga de viento atravesó el lugar y tuvo que cerrar los ojos un momento. Al abrirlos se dio cuenta que estaba en la jungla, en San Lorenzo. Arriba, en el cielo, la luna llena iluminaba la noche y se reflejaba en el río que corría a unos cuantos metros de él.

Otra vez escuchó los sollozos.

Frente a él la entrada de una cueva.

–¿Quién está ahí?

(Ahí, ahí, ahí)

Alguien lloraba.

–¿Necesitas ayuda?

(ayuda, ayuda, ayuda)

Sin pensarlo se adentró en la cueva, lentamente y con cuidado. Apoyaba una mano en la pared, pero sus ojos pronto se acostumbraron a las penumbras y pudo reconocer algunas formas.

Estaba perdido y desorientado, pero de algún modo tenía que encontrar a quien estuviera ahí. Tal vez esa persona también se había perdido y podían ayudarse o al menos acompañarse.

El llanto se hacía más fuerte.

Se guiaba por el sonido. Avanzando atento.

–¡¿Hola?! – volvió a llamar.

Y el eco regresó a él.

Un giro a la izquierda... llanto... otro a la derecha... sollozos... otro más... un gimoteo... luego otro a la izquierda.

Al fondo parecía distinguir un brillo.

El lamento fue más claro.

Comenzó a correr.

Tropezó, se levantó y volvió a correr.

Una última curva y pudo ver la fuente de la luz.

–¿Helga?

Ella lloraba, dándole la espalda, sosteniendo el relicario que él le había dado.

–¡Helga!

Corrió hasta ella y la abrazó.

–¿Qué pasó? ¿Estás herida?

Ella seguía llorando.

–Helga... mírame...

La chica volteó hacia él.

–Por favor responder

Arnold cerró los ojos.


Por favor responde...

Vamos a estar bien...


Otra vez ese dolor en su cabeza.

–¿A-Arnold? – respondió Helga, pestañeando varias veces.

Ambos se miraron a los ojos un instante.

Helga lo abrazó, sin dejar de llorar.

–Mi vida, mi ángel amado – dijo ella.

Arnold la apretó con fuerza.

–Helga, ¿estás bien?

Ella asintió.

Arnold levantó su rostro, llenándola de besos: en su frente, sus mejillas, su nariz y su boca.

Cuando él se tranquilizó, ella acarició su rostro, intentando forzar una sonrisa.

–¿Qué haces aquí? – dijo él.

–Tienes... tienes que volver – respondió ella.

–¿Qué? ¿Qué quieres decir?

–No puedes dejarme sola... no aquí... no así...

–Helga...

–No puedes abandonarme ahora

–No lo entiendo

–Por favor, tienes que regresar

–Helga... ¿qué pasó?

–No puedo salir de aquí sin ti...

Ella sonrió y su figura se convirtió en fragmentos de luz, disolviéndose poco a poco.


El chico despertó de golpe.

¿Qué había sido ese sueño?

Se levantó y encendió la luz.

–Te amo

Escuchó su voz.

Volteó en todas direcciones. Ella no estaba en ningún lado. No podía estar ahí.

Se estaba volviendo loco.

No, no, no...

Tenía que ser su imaginación.

Pero... estaba seguro de haberla escuchado en su habitación.

Estaba completamente despierto cuando ella lo dijo.

No era la primera vez que creía sentirla, pero antes siempre fue en ese estado de aturdimiento cuando acababa de despertar. Esto era diferente. Era ella... de algún modo...

¿Podía ser realmente ser ella?

Miró el cielo. Atardecía.

Tenía que actuar calmado, regular su pulso, pretender.

Practicó lo que diría un par de veces.

No podía mostrar emoción alguna.

Bajó hasta la habitación de sus padres, tocó la puerta y cuando lo dejaron pasar, miró el suelo unos segundos. No podía decir la verdad, no podía dejar que vieran la esperanza en sus ojos. Debía seguir tan indiferente y triste como los últimos días.

–¿Qué pasa, hijo? – dijo Miles.

–Lo estuve pensando y creo que tienen razón, tal vez... debería ir con ustedes a San Lorenzo


NOTAS:


Day Four: Cave/Warning sign/Stray

Día Cuatro: Cueva/Señal de advertencia/Extraviado

Este Brainy es dedicado a una amiga que dice que le incomoda el personaje y le da un poco de miedo