¡Hola! Lamento mucho la tardanza, pero realmente se me complico un poco subir el nuevo capítulo pero aquí esta, ya me imagino que todos supieron las buenas nuevas, y es que por muy increíble que sea, nos darán una nueva temporada de Digimon, ¡Oh por Dios! Ver de nuevo a Taichí, Yamato, Mimi, Sora, Joe, Izzie, Takeru e Hikari, es todo un sueño hecho realidad, como desearía que nos regalaran aunque sea un poquito de Mimato, no pido mucho solo un besito uno solito xD bueh… sin más les dejo un nuevo capítulo de Malos Entendidos, que muy muy pronto llegara a su fin
Digimon no me Pertenece
Capitulo VII
Yamato la observó marcharse con una mezcla de rabia e incomprensión. Mimi se comportaba como si su actitud realmente le hiciera daño, pero era ella quien quería el divorcio. Quien le había dicho que lo quería aunque hubieran pasado una noche tan increíble.
Ella lo estaba usando simplemente. Esa idea le hizo más daño que todo lo demás. Estaba que explotaba de rabia, Se alegraba de tener tanto trabajo en aquel momento, porque le daba la oportunidad de descargar la energía generada por sus emociones. No quería que su hermano se preocupase, pero no tenía intención de aminorar su ritmo. Su padre y su empresa lo necesitaban, aunque su esposa no lo hiciera.
Mimi se despertó con un dolor terrible aquella noche y con la sensación de algo húmedo y pegajoso en sus muslos. Había sangrado.
No era nada nuevo desde que había empezado la endometriosis, pero generalmente, si se levantaba y se cambiaba frecuentemente por la noche, no tenía que preocuparse por ello. Había estado tan cansada cuando se había ido a dormir, que había dormido cuatro horas seguidas.
También se había olvidado de tomar las medicinas para el dolor, recordaba ahora. Intentó levantarse para remediarlo, pero una punzada de dolor la hizo volver a la cama. El menor movimiento le producía una agonía.
Miró hacia la cama. Yamato no estaba allí, por supuesto. Frecuentemente no volvía a la cama hasta la madrugada, si volvía. Había dormido un par de noches en su despacho, pero no lo sabía nadie más que ella. Después de la discusión en el hospital, seguramente volvería hacerlo aquella noche.
El dolor hizo que unas lágrimas brotaran de sus ojos y mojaran sus mejillas mientras su cuerpo se retorcía de dolor. Si pudiera llegar hasta los calmantes, al menos, pero no podía llegar ni a la mesilla.
Se arrastró hasta el borde de la cama lentamente, pero el dolor la paralizó.
Finalmente, a duras penas, pudo girarse, pero se cayó al suelo. Oyó a alguien, pero intentó concentrarse en la oscuridad. No podía moverse, y apenas adivinaba el contorno de la mesilla. Se la veía más lejos de lo que la había visto desde la cama.
Ella extendió la mano hacia la mesilla, y emitió un gemido de dolor.
—¿Mimi? ¿Qué diablos sucede? —la luz se encendió.
Le hizo daño a los ojos. Estaba caída en el suelo y oyó a Yamato jurar.
—¿Qué ha sucedido? —se agachó a su lado y le puso la mano en el hombro—. Estás sangrando. Llamaré a una ambulancia.
—¡No! —ella levantó la mirada—. Necesito los calmantes… En el cajón… —balbuceó. Otra punzada de dolor se apoderó de ella.
—¡Las medicinas no van a detener esta hemorragia!- grito Yamato asustado viéndola retorcerse
—No hace falta. Es el periodo —dijo ella con cara de agonia.
—Es una hemorragia… Yamato agarró el teléfono y ella gritó:
—¡No, por favor! Simplemente, tráeme… —tomó aliento—. La cama… Por favor. Me duele —se puso en posición fetal.
Él dejó el teléfono y luego ella sintió que la tapaban con una manta. Yamato la envolvió con ella y la levantó, pero no la dejó en la cama. Se dirigió a la puerta.
—¿Adónde… vas? —preguntó débilmente.
—Al hospital. Puedes ahorrarte la discusión. No voy a llamar a una ambulancia si eso es lo que quieres, pero necesitas un médico.
—Me ha visto un médico. Te he dicho… los calmantes… Los necesito.
—Necesitas mucho más que unos calmantes para el dolor —contestó él sin dejar de caminar.
—Sí. Una operación. Pero no hoy.
—Sí, hoy. Si eso es lo que necesitas, te operarás ahora.
—No.
—¿Por qué? —dijo él, deteniéndose al lado del teléfono.
—No es seguro —lo miró con cara de dolor—. Por favor, necesito las pastillas.
Él la miró achicando los ojos, para luego cambiar su mirada a una que demostraba lo preocupado que estaba por ella—Necesitas un médico.- susurro
—Por favor —le rogó Mimi, desesperada de dolor.
—De acuerdo, pero será mejor que tengas razón en relación a la sangre. No voy a dejarte morir a mi lado, ¿Comprendes?
Caminó con ella nuevamente al dormitorio y la dejó en la cama. Luego buscó las pastillas. Abrió el frasco y sacó dos. Había un vaso de agua al lado de la cama. Lo había dejado allí para tomar la medicina, y luego se había olvidado. Uno de los efectos secundarios de la medicina era justamente su falta de memoria. Ella tenía miedo de tomar demasiados comprimidos y llegar a una sobredosis, lo que explicaba el número de veces que no los tomaba y terminaba con un dolor terrible.
Yamato la ayudó a tomar las pastillas poniéndole un brazo por detrás del hombro, como si ella no pudiera hacerlo sola. Y la verdad era que no podía hacerlo. Estaba haciendo un esfuerzo por no llorar de dolor.
Cuando tomó las pastillas, él apoyó su cabeza en la cama con cuidado.
—¿Cuánto tarda en hacer efecto?
—De veinte a treinta minutos- murmoro la joven tomándose su vientre
—¿Puedo hacer algo más?- pregunto con impotencia.
aun con todo lo abatido que estaba no dejaba de parecerle el hombre más guapo del mundo pensó Mimi —El agua caliente ayuda también.
—¿Beberla o sumergirte?
—Sumergirme… la ducha, también.- Él asintió y desapareció en el cuarto de baño. Ella oyó el ruido del agua. Luego Yamato volvió a aparecer. Estaba desnudo. Ella no lo comprendió, pero no era momento para hacer preguntas.
Ella apenas podía controlar el dolor. Se alegraba de que él no hubiera llamado a un médico. Ella se había molestado en acudir a su amigo Michael a Miami para mantener su secreto, y no quería arriesgarse con un doctor de allí.
—Voy a desvestirte.
—De acuerdo —dijo ella.
Las medicinas estaban haciendo efecto rápidamente, porque las había tomado con el estómago vacío.
Yamato le quitó la manta y la ropa con cuidado. Juró cuando vio sus piernas manchadas de sangre. —¿Estás segura de que esto es sólo sangre del periodo?
—Sí. – susurro la joven apenada
Él agitó la cabeza, pero no dijo nada. Simplemente la levantó de la cama. Aunque lo hizo con extremo cuidado, el movimiento le provocó a ella dolor.
—Esto no puede ser normal, Preciosa.
—Yo no he dicho que sea normal —murmuró ella con los ojos cerrados.
Curiosamente, él no preguntó qué era.
—Me sorprende…- comento dolida
—¿Qué?- pregunto curioso el rubio
—Que no exijas explicaciones.
—No tienes ni idea del aspecto terrible que tienes, ¿no?
—¿Tengo un aspecto tan terrible? —preguntó Mimi. Unas lágrimas corrieron por sus mejillas nuevamente—. ¿Estoy fea?
—Estás enferma, tonta. Estás muy pálida y tienes un aspecto muy débil.- respondio con dulzura
—Tengo dolor.
—Lo sé —dijo él.
Pero debían de ser imaginaciones suyas. ¿Por qué le iba a preocupar su dolor si la odiaba?
No se dio cuenta de adónde iban hasta que no entró en el cuarto de baño con ella y vio el vapor. Comprendió por qué Yamato estaba desnudo también.
Él no la había dejado sola con su dolor, y ella estaba patéticamente agradecida. Yamato le lavó las piernas y dijo: —Hay tanta sangre…
—Empeora cada mes —dijo ella. No se sintió incómoda por estar así con él, a su merced, bajo sus cuidados. Pero, ¿cuántas veces había deseado que él estuviera con ella y la cuidase? Aquellos pensamientos habían estado en el mundo de la fantasía antes, pero ahora eran realidad.
Estuvieron un rato en la ducha y entonces él afirmó: —Creo que ya estás a salvo. La hemorragia ha parado o se ha frenado considerablemente.
—Me viene como a trompicones.
Yamato fue con ella a la bañera. Entró con ella en brazos. —No puedes bañarte sola en este estado.
—Sólo pienso estar tumbada aquí.
—Y lo estarás. En mis brazos.
Ella no discutió y se dejó hacer. Debería haberse sentido culpable por dejar que él la cuidase como lo hacía con todo el mundo, pero no lo hizo. Se sentía bien en sus brazos, bajo su cuidado. Cuando el dolor cedió y ella se sintió mejor, Mimi se relajó. —Esto es agradable —dijo.
—¿Te sientes mejor?
—Sí —suspiró ella—. Pero voy a tener que salir pronto.
—¿Por qué?
—Puedo empezar a sangrar otra vez.
Él suspiró.
—Hemos convenido en que esto no es un periodo normal.
—No, no lo es.
—¿Qué sucede?
—Intenté decírtelo en el avión de regreso de Nueva York, pero no quisiste escucharme.
Era una acusación, no una respuesta. Pero todavía le dolía la reacción que había tenido él entonces.
—No lo recuerdo. ¿Cuándo intentaste contarme lo de tu hemorragia y tu dolor?
—Cuando quise contarte por qué tenemos que poner fin a nuestro matrimonio. Pero luego me dijiste que tú querías divorciarte, y me pareció que ya no importaba —dijo Mimi, angustiada.
Yamato se puso tenso. Ella lo notó en su propio cuerpo, tan unido al suyo. —¿Este es el motivo por el que me pediste el divorcio? ¿Por este dolor y esta hemorragia?
—En cierto modo, sí.
—Explícamelo.
—¿Ya no tengo un aspecto tan terrible? —preguntó ella con una pizca de su viejo sentido del humor.
—Te noto la voz tan cansada… que apenas puedes estar despierta. Y yo debería dejar esto hasta mañana, pero no puedo.
—Yo tampoco quiero que lo hagas Matt —admitió Mimi. Quería que la verdad saliera a la superficie. Quería que él dejara de mirarla como si ella lo hubiera vendido al enemigo —Tengo endometriosis.
—¿Qué es eso?
Ella intentó hacer una descripción médica. —Es una enfermedad ligada a mi ciclo menstrual.
—Eso me lo he figurado.
—Sí, bueno, yo no soy médico. No me resulta fácil explicar una enfermedad.
—Te pido disculpas. No debí ser tan sarcastico.
—Está bien —ella se alegró de que él no la estuviera mirando a los ojos.
—Yo… Mmm…- no sabía cómo explicarle su situación
—¿Qué te causa el dolor?
—En términos clínicos, es algo así como que el tejido de mi útero encuentra vía libre para adherirse a otras zonas de mi pelvis… Bueno, puede irse a otros lugares, pero no es habitual…
—¿qué cosa? —preguntó él, sorprendido.
—¿Te dieron educación sexual en el colegio?
—En las escuelas públicas de Japan se imparte ese tipo de educación durante los últimos años.
—¿Y tú fuiste a una escuela pública?
—Sí, por supuesto. Si es buena para la gente común, es suficientemente buena para nosotros.
—Esa no es la actitud general de la gente con la que te codeas.- dijo ella con cierto sarcasmo
—Somos únicos.
—Absolutamente.
—Pero ya está bien del sistema educativo, explícame lo de ese tejido.
—Bueno, iba a decir, ¿recuerdas el sistema reproductor de la mujer?
—Sí, por supuesto…
—Bien. Imagínate pequeños puntos de tejido fuera en el conducto de Falopio, o en los ovarios… o en las paredes de la vagina…
—¿Quieres decir que tienes tejido en todos esos sitios?
—Sí.- saco sus pies levemente del agua
Yamato juró.
Ella suspiró. —Podría ser peor. En realidad soy afortunada. -Pero no era tan afortunada como las mujeres que no tenían las complicaciones añadidas de la esterilidad, pensó ella.
—¿Así que esa lesión causa dolor?
—Son adherencias. Se llenan de sangre durante el periodo menstrual. No tiene dónde ir y por eso causa dolor, mucho dolor —agregó Mimi.
—Este dolor… ¿hace difícil hacer el amor?- pregunto dudoso
Ella asintió y sus ojos amenazaron con llenarse de lágrimas
—¿Es ése el motivo por el que me has estado rechazando en estos meses?
—Sí.- contesto con la voz quebrada
El la abrazo, y beso sus cabellos castaños ahora mojados—No comprendo lo del divorcio. Me imagino que sabes que, si me hubieras contado lo del dolor, yo no te habría pedido sexo.- respondió el un poco asombrado por la opinión que tenía ella de el
—Sí, lo sé.- Pero ella sabía ahora que sin sexo ella no valía nada para él. Es posible que él hubiera seguido casado con ella, pero no habría sido feliz.
—¿Por qué el divorcio?
—Mi médico dice que entre el treinta y el cuarenta por ciento de las mujeres que tienen endometriosis son estériles.- dijo sin mas cerrando los ojos y limpiándose las lagrimas que escapaban de los mismos
Él dejó escapar una exhalación. —Lo que quiere decir que entre el sesenta y el setenta por ciento de las mujeres que la tienen no lo son.
—Yo no soy una de ellas.
—¿Qué estás diciendo?- respondió consternado
—El médico me ha dicho que no había casi ninguna posibilidad de que concibiera sin reproducción asistida, y aun así, no habría garantías.
—Pero te hicieron pruebas de fertilidad antes de casarnos.
—La endometriosis no se puede predecir. Ni siquiera saben qué la causa. No hay nada que indique en una prueba que pueda desarrollarse antes de que aparezca. Los médicos no tenían forma de saber que la desarrollaría, y menos las consecuencias para un embarazo.
—¿Y el médico está seguro de que afecta a tu capacidad reproductora?
—Sí. Es la causa del cincuenta por ciento de la esterilidad femenina.-Lo que no decían las estadísticas era la devastación emocional que eso causaba. Las estadísticas no eran nada hasta que se las aplicaba a un caso particular, de carne y hueso, en que la vida de una mujer se veía destrozada por la enfermedad.
—Evidentemente, muchas mujeres tienen este problema.
—Sí.
—¿Cuándo empezó?
—No estoy segura. Michael dice que la píldora suele ser una forma de controlarla. Puede haber empezado en cualquier momento de nuestro matrimonio, o incluso antes, pero yo no lo sabía, porque yo tenía dolores de menstruación a menudo. No pensaba que fuera algo diferente.
— ¿Quién es Michael? Además las pruebas que te…
—Michael es mi doctor en Miami , y ya te he dicho, no hay forma de saberlo.
—O sea que puedes haberlo tenido todo el tiempo.
—Sí, pero generalmente se desarrolla a partir de los veintitantos años.
—Comprendo.
—¿Sí?
—¿Cómo te diste cuenta de que la sufrías?
—Por el dolor.
—Lo siento tanto- contesto algo frutrado pasándose su mano por su cabello humedo
—Yo también. Después de dejar la píldora, empecé a sangrar más y a tener más dolor.
—Pero tu no me dijiste nada…- la acuso el
—No era un peso que tuvieras que llevar tú.- Respondió sin más la castaña
—¿Cómo dices eso? Yo soy tu esposo.- se acomodo el para que ella lo viera a los ojos
—Pero yo soy responsable de mí misma.
Ella le explicó el proceso que había seguido, como tuvo que ir a las citas, someterse a varios estudios que la hicieron sentir terriblemente incómoda para que luego le dieran el terrible diagnóstico, y aunque no se lo dijo ella deseaba que el estuviera allí con ella le tendiera su mano y le dijera que todo estaría bien
—¿Y no dijiste nada a nadie?- pregunto asombrado
—Así me han educado.
Él se quedó en estado shock ante su respuesta.
—¿Y te han dado un diagnóstico fiable?
—Sí.- respondio con voz cansada la ojos miel
—Mimi…
—Hmmm…
—No estás prestando atención…
—Las pastillas me dan sueño. Quiero irme a dormir ahora.
Yamato no tuvo que oírla decirlo dos veces. La levantó de la bañera y se ocupó de ella como si fuera una niña. La secó y la vistió teniendo cuidado de que estuviera preparada para un sangrado nocturno. Luego la dejó en la cama.
—Las mantas ya no tienen sangre —dijo ella, sorprendida.
—Le dije al personal doméstico que las cambiasen mientras estábamos en la bañera. - Pero ella estaba demasiado atontada y no podía seguir la conversación. Y se quedó dormida en cuanto apoyó la cabeza en la almohada.
Yamato miró el informe del detective. No había nada nuevo, sobre todo después de las revelaciones de Mimi de la noche anterior.
Ahora él lo sabía todo. No había otro hombre, ni le había sido infiel, ni quería cambiar su vida por algo mejor. Ella tenía una enfermedad que afectaba a una de cada diez mujeres de entre veinticinco y cuarenta años. Y él no sabía nada de ella.
Mimi quería divorciarse de él porque tenía aquella enfermedad que hacía que tuviera pocas probabilidades de ser fértil. Ella no veía esperanza para el futuro de ellos, pero él se negaba a ello. No la dejaría marchar.
Pero no era tan fácil. Mimi era muy cabezota. Y había decidido que su matrimonio tenía que terminar porque ella no podía darle un heredero.
Aunque él intentase convencerla de que no veía las cosas así, sería capaz de dejarlo por el bien de la Dinastia.
Se tomaba muy seriamente su deber con su familia. Se había pasado varios meses ocultando su dolor y su excesiva hemorragia para proteger a los suyos de especulaciones y comentarios sobre su salud. No podía creer que hubiera sido tan estúpido como para pensar que Mimi tuviera una aventura.
Aun si hubiera sido capaz de enamorarse, era demasiado consciente de su deber como para hacer algo que comprometiera su posición.
Lo que debería hacerle sentir bien. Pero no lo hacía. Sin ir más lejos, ella no había querido seguir hablando aquella mañana, porque había querido visitar a su padre antes de cumplir con otras obligaciones.
Y cuando él había insistido en que estaba enferma, y que era mejor que se quedara a descansar, había contestado:
—Llevo meses enferma, y no me he quedado nunca en la cama.
—Quizás deberías haberlo hecho.
—¡Y esto de un hombre que me echa un rapapolvo por cancelar mis obligaciones e ir a verlo a Nueva York!
Aquello le iba a pesar toda la vida, pensó él. —No sabía lo que estaba en juego.
—No había nada en juego.
—¿Puedes decir eso cuando me has pedido el divorcio?
—Puedo decir eso porque sé que es verdad. El momento que elegí para decirte la verdad fue inoportuno. Debería haber esperado a que volvieras.
—No, deberías haberme contado lo de tu enfermedad en cuanto empezó. -Y antes de pedirle el divorcio, pensó él.
—No estabas en casa para contártelo —dijo ella con inesperada rabia—. No durante el periodo. Te molestabas en hacer tus viajes de negocios cuando yo no estaba disponible sexualmente.
Ella lo dijo como si no hubiera sido más que un objeto sexual.
—No es así.
—Lo es. Lo has estado haciendo prácticamente desde el principio de nuestro matrimonio.
—Pero no ha sido porque te considerase un objeto sexual.
Lo había organizado así cuando había notado que Mimi se sentía incómoda teniendo relaciones durante su periodo. Él la deseaba siempre, así que la mejor solución había sido alejarse de la tentación.
—Me tengo que marchar —dijo Mimi.
Pero él no quiso dejarlo así.
—No siempre estaba de viaje durante tus periodos. Podrías habérmelo dicho, pero decidiste ocultármelo.
—No me lo pusiste difícil, ¿no?
—¿Qué diablos quiere decir eso?
—Ultimamente juras mucho —dijo ella.
—Y tú me has estado mintiendo durante meses.
—Ocultando cosas, no es lo mismo. Pregúntale a un político.
—Pero tú no eres un político. Eres mi esposa.
Ella se puso una chaqueta corta que hacía juego con su falda.
—Soy la esposa del empresario mas importante de japon, y en los tiempos que corren, es lo mismo que ser un político.
—Eres mi esposa. Nuestra relación está primero.
—¿Como en Nueva York?
—Tu visita fue una sorpresa para mí.
Ella abrió la puerta y lo miró, desafiante. —No te has enterado de nada en lo concerniente a mí, Yamato. Sólo ves lo que quieres ver. Conmigo has sido miope. Sólo ves lo conveniente y desprecias todo lo demás. El tratar de reescribir nuestra corta historia para que convenga a mis sentimientos o a tu orgullo no va a cambiar la realidad.
—Creí que eras feliz siendo mi esposa. -Al menos eso había pensado él hasta hacía pocos meses.
—Lo era. Pero eso no cambia el hecho de que me fuera tan fácil ocultarte mi enfermedad. ¿Por qué ha sido tan fácil, Yamato? ¿Por qué no he sido lo suficientemente importante para ti como para darte cuenta de que algunos meses no me tenía en pie?
Él no tenía respuesta. Sintió una opresión en su corazón.
En ese momento, ella se dio la vuelta y se marchó.
No hizo más preguntas, ni más escenas. Tuvo una salida digna. Algo que sabía hacer bien.
¡Hasta aquí! Espero que les haya gustado el nuevo capítulo me costó mucho, realmente espero que les guste, estoy un poquito apuradita por eso no puedo devolver las firmas de forma individual, lo lamento mucho perooo… de todas formas mil gracias a todas por leer el intento de novela, gracias Mimimatt26, Try to Follow Me, Esther y Johy Garcia, gracias por sus comentarios tan lindos, un besotee
