Cap IV. Arcoíris

El verano terminó y eso ella lo agradecía infinitamente. Le gustaba mucho hablar con Saga y contarle su día a día pero tanto ocio no le resultaba tan bueno, se sentía ansiosa todo el tiempo y añoraba el regreso a clases para tener algo que hacer todos los días y algo en qué concentrarse además de él. Su amiga, por otro lado, deseaba que el verano no terminara nunca, no porque odiara la escuela, más bien porque, en un intento de dejar atrás su, según ella, horrible cabello rojo, algo había salido terriblemente mal y ahora tenía el cabello de un extraño color violeta deslavado bastante feo.

-Por suerte el tinte es temporal, lo tendrás normal dentro de unas cuantas semanas.

-Es fácil para ti decirlo, tu cabello es rubio y hermoso… Te envidio –Suspiró y se dejó caer en la cama de su amiga, tratando de no volver a hacer un berrinche.

-No te preocupes, anda –Y la abrazó fuertemente tratando de calmarla un poco.

Al día siguiente, ambas se encontraron en la escuela. El cabello de la pelirroja no lucía tan mal y por eso estaba de buen humor y no cuestionó que su amiga estuviera tan bien arreglada a pesar de ser solamente el primer día de clases.

La ceremonia de bienvenida empezó, con disimulo buscó entre sus compañeros a Saga pero no dio con él ni con nadie que se le pareciera, seguramente alguien le había jugado una broma. Se mordisqueó el labio inferior para calmar un poco su coraje y decepción. El director les recordaba las reglas de la escuela y les pedía que se mantuvieran alejados de problemas y enfocados en sus estudios, especialmente los que estaban a punto de graduarse. La ceremonia terminó una hora después y todos fueron a sus respectivas aulas.

Ella miró el reloj, aún faltaban un par de horas para medio día y su encuentro con el mentiroso de Saga, porque eso es lo que era, un mentiroso que había jugado con sus sentimientos durante el verano y ahora tendría la oportunidad de vengarse arrojándolo al vacío. Sacudió la cabeza ante el pensamiento tonto que acababa de tener, ¿desde cuándo asesinar a alguien le parecía una buena opción? Seguramente era todo producto del ocio causado por no hacer nada más que hablar con él. Intentó prestar atención al profesor pero su mente volaba de vez en cuando y debía luchar para volver a la realidad.

El timbre anunció que era medio día y, con disimulo, salió del aula y se encaminó a la azotea del edificio. Estaba nerviosa. Las manos empezaron a sudarle mientras apretaba con fuerza el móvil. Con cada paso que daba, trataba de mentalizarse, no solamente para lo bueno que pudiera ocurrir, también para lo malo, nunca estaba de más estar prevenida.

Abrió la puerta de la azotea con lentitud, estaba sola, así que probablemente estaba en lo cierto y alguien le había jugado una broma de muy mal gusto. Era un buen día, soleado pero no hacía calor, en el cielo no había nubes y soplaba una suave brisa que jugueteaba con sus cabellos rubios. Apoyó ambas manos en la rejilla de protección que cubría la azotea y empezó a mecerse de atrás hacia adelante con impaciencia.

Escuchó la puerta abrirse y se giró lentamente.

Antes de si quiera decir su nombre, estiró el brazo y le mostró la pantalla de su móvil, tenía la foto de aquel extraño rastro de la avioneta en el cielo. Ella, le mostró también la foto que había tomado, pero no podía creer lo que sus ojos veían.

El sujeto de pie frente a ella, era el amigo del chico que tanto le gustaba a la pelirroja. Era aquel chico con pinta de delincuente al que todo mundo le tenía miedo y estaba ahora frente a ella, mirándola con esos profundos ojos verdes.

-¿Saga…? –Pronunció ella casi en un murmullo, su voz sonó nerviosa y no era para menos.

-¿Te maquillaste? –Preguntó él ignorándola, acercó la mano a sus labios y, con el pulgar, limpió un poco el labial –Te ves más bonita sin todas esas cosas en la cara –Dijo con naturalidad y luego sonrió.

-Creí que… No importa… -Desvió la mirada, no soportaba mirarlo, era como si sus ojos miraran a través de ella.

-Oh sí, lo olvidaba –Le entregó un pequeño ramo de flores –Espero te gusten –Sonrió con singular alegría.

-Pobrecitas… -Miró las flores y después miró a Saga –Pobres flores, no debiste matarlas…

Después de pronunciar aquellas palabras, corrió escaleras abajo, dejando a un muy desconcertado Saga mirando las flores y preguntándose qué había hecho mal.

Yuzuriha corrió hasta encontrarse con la pelirroja y entonces le contó absolutamente todo, de principio a fin. Se sentía como la peor amiga del mundo por haberle ocultado algo tan importante a la persona con la que prácticamente había crecido, esperaba recibir un regaño, pero en su lugar, recibió un abrazo muy fuerte y un "todo estará bien" de parte de ella.

Saga bajó de mala gana con el ramo de flores en la mano, se abrió paso entre los demás estudiantes y salió del edificio. Entró a un pequeño cobertizo, sacó una bolsa de fertilizante, una pala pequeña y una manguera, se quitó el saco del uniforme escolar, se arremangó la camisa y empezó a trabajar. La gente que pasaba a su lado lo miraba con extrañeza pero a él no le importó, estaba muy concentrado en lo que hacía. Sabía que no había cometido un error tan grave pero definitivamente quería resarcirse con Yuzuriha y verla sonreír, esa expresión tan triste con la que miró las flores, le había dolido bastante.

Cuando las clases terminaron, Yuzuriha y la pelirroja caminaron juntas y se encontraron con un muy atareado Saga, él la miró y sonrió.

-Tus floreces estarán bien, crecerán grandes y fuertes, te lo prometo.

Ella lo miró con incredulidad mientras él empezaba a regar las flores recién plantadas. Era de verdad una escena extraña, él, con esa pinta de delincuente, tenía un enorme corazón que se reflejaba también en su mirada.

-Oh, mira. Un arcoíris –Dijo él sacándola abruptamente de sus pensamientos –Es bonito, ¿no crees?

-Sí, es bastante bonito.

-Pues de ahora en adelante, si es necesario, haré aparecer arcoíris cada vez que te sientas triste, no quiero volver a ver esa expresión en tu rostro nunca más.

Y entonces ella supo que ya no había marcha atrás.