Advertencia: Éste capítulo contiene escenas fuertes. Nada explícito pero puede no ser apto para personas sensibles. Por favor, tomen en cuenta esto antes de seguir leyendo. Gracias.

Cap XI. Heridas.

Miró por la ventanilla del autobús, el verde precioso de los árboles llenaba los laterales de la carretera, había algunos riachuelos también. Era un lugar frío pero ella lo amaba y hacía tiempo que no lo visitaba. Sostuvo la pequeña grulla de origami que había hecho y la colocó junto a la ventanilla. Sonrió.

En la otra mano sostenía una foto algo vieja, la última foto que se tomaron los cuatro juntos. La miró un momento y después volvió la vista al precioso paisaje dibujado afuera.

Siempre amé éste lugar porque era nuestro lugar en el mundo. El verde de la naturaleza, el precioso azul del océano y el gris del cielo que a veces también era azul y que, en ocasiones muy especiales, también el sol nos visitaba, especialmente cuando tú estabas feliz.

La gente siguió hablando del magnífico show que había tenido lugar en el festival. La temporada de exámenes inició pero ni eso detenía las pláticas del alumnado. Los cuatro chicos eran tratados como auténticas estrellas de rock por todos, incluidos algunos profesores. Claro, aquél trato especial no los eximía de presentar exámenes pero les daba ciertos privilegios como no tener que hacer fila para comprar en la cafetería de la escuela o poder utilizar los baños de profesores.

Yuzuriha y Marin se habían ganado también a algunos admiradores luego de su excelente trabajo como maids. A ambas les incomodaba un poco el trato pero trataban de no hacerlo notorio, en realidad los más afectados con eso eran Saga y Defteros, a los dos les molestaba bastante que ahora tantos chicos estuvieran tras ellas y, en más de una ocasión, casi armaron batallas campales para defender "lo que es nuestro" como solían decir.

-Tenemos una oferta para tocar la próxima semana en otra escuela con Speed Assault –Dijo Saga mirando a Yuzuriha sobre el libro de química -¿Crees que puedas ir?

-No lo sé, estamos en exámenes y debo estudiar mucho.

-Anda, preciosa –Saga tomó el libro que ella leía con tanta pasión y lo dejó en la mesa.

-Saga, no lo sé –Suspiró y lo miró a los ojos –De verdad es un examen importante –Intentó tomar el libro pero él tomó su mano.

-Yuzu… -Pidió y besó su mano –Ven con nosotros, Marin ya aceptó… -Sonrió de lado, sabía que eso podría convencerla.

-Te aviso pronto, ¿sí? –Ella besó su nariz con ternura –Pero ahora de verdad tengo que estudiar –Tomó el libro y volvió a centrarse en lo suyo.

Él la miró con una gran sonrisa. Sí, el mundo podía llamarle loco pero le encantaba verla así, concentrada, haciendo esos pequeños pucheros cuando no entendía algo o sonriendo de oreja a oreja cuando lograba resolver algún problema. Le fascinaba y podía verla todos los días de su vida, lo sabía, se le notaba en la mirada pero no estaba listo para decírselo.

-Yuzu –Volvió a interrumpir la sesión de estudio –Me gustaría invitarte a salir mañana.

-Saga…

-Quiero llevarte a un lugar especial, además, mañana es sábado, te vendrá bien algo de relajación –Dijo aquello mientras se acercaba a ella y la abrazaba por la espalda, descansó la barbilla en su hombro –Prometo que llegarás temprano a casa.

-De acuerdo, pero tienes que cumplir tu promesa, de verdad debo estar temprano en casa –Sonrió –Ahora déjame estudiar un poco más, ¿sí?

Él besó su mejilla y volvió a su lugar.

La rubia se despertó temprano, se dio un largo baño, preparó el almuerzo para ambos y salió. El día estaba particularmente lindo, hacía algo de viento pero nada fuera de lo normal. El precioso vestido floreado que llevaba, se mecía con el viento, al igual que sus largos cabellos rubios. Se sentó en la banca situada en la parada de autobuses, colocó la canasta que contenía la comida en su regazo y esperó.

Pasaron cinco, diez, quince minutos, media hora y él no aparecía, intentó llamarlo un par de veces pero parecía que tenía el móvil apagado. Él no solía llegar tarde, así que esperó un poco más. Miró al cielo, el sol brillaba intenso.

Un auto compacto pasó frente a ella, no le dio importancia, por lo menos no hasta que el auto se detuvo, se echó en reversa hasta volver a donde estaba ella. Yuzuriha tuvo un mal presentimiento, sostuvo la canasta con fuerza y apretó un poco la mandíbula. La ventanilla del conductor bajó, un tipo moreno de cabello largo y una tupida ceja negra asomó la cabeza.

-Hola, guapa, ¿estás esperando a alguien?

-Sí –Respondió ella secamente. Se percató que la puerta del copiloto se abría y un tipo alto, también con una sola ceja, en éste caso rubia y de cabello corto, bajaba del pequeño auto. Yuzuriha echó a correr a toda velocidad hacia el pastizal.

Detrás de ella, el rubio y el moreno, seguidos de un tipo bajito con acné y otro tipo alto de cabello gris, cuyo flequillo cubría sus ojos. Yuzuriha corrió tan rápido como pudo, abriéndose camino entre la maleza pero aquellos tipos la seguían de cerca. El tipo bajito la tomó del brazo y ella solamente estampó la canasta de comida en su cara haciéndolo caer al suelo. Aquello la detuvo pero no le importó y volvió a correr, una gran nube gris ocultó el sol y el tipo de cabello gris la alcanzó en poco tiempo. Ella se giró y, recordando el consejo de su madre, descargó toda su furia en su entrepierna. Él la soltó de inmediato y cayó de rodillas. Yuzuriha quiso correr pero el tipo rubio la tomó violentamente del hombro y la arrojó al suelo.

-Ya no huyas, preciosa. Solamente queremos jugar –Habló el unicejo con lujuria y sonrió lascivo –Si cooperas, no te pasará nada malo.

-¡Auxilio! –Gritó ella con toda su fuerza pero no había nadie ahí y, a cambio, recibió una bofetada por parte del rubio que le reventó el labio inferior.

Los otros tres formaron un círculo a su alrededor, cada uno con su móvil en la mano, tomando fotos mientras el unicejo rompía el vestido y se abría paso a la fuerza, dejando moretones y rasguños en sus muslos. Ella siguió forcejeando, hasta que, el rubio ya cansado, la golpeó un par de veces más, abriéndole un pómulo y haciendo sangrar su nariz.

Las risas de los cuatro, los comentarios despectivos, las felicitaciones e incluso el escupitajo de uno de ellos, la atormentaron durante semanas.

La rubia se quedó tirada en el suelo durante horas, la noche había caído y su móvil estaba a varios metros de ella, de haberlo tenido cerca, hubiera podido hablar con un Saga desesperado que llevaba horas llamándola y gritando su nombre.

Se puso de pie con dificultad, sentía que estaba sucia, quería llorar pero no podía. Caminó a paso lento, entre la maleza pues no deseaba que nadie la viera en tan deplorable estado. Minutos después, una luz cegadora la alumbró. El peliazul bajó de la bicicleta y abrazó a la rubia con mucha fuerza.

-Lo siento… Lo siento… -Murmuró una y otra vez contra su cuello –Encontraré a la gente que te hizo esto… -Limpió la sangre con un pañuelo, su mirada tenía una extraña mezcla de odio y dolor profundo

-Estoy bien –Susurró ella, mirándolo pero se notaba que no lo estaba, la luz que había caracterizado sus ojos estaba apagada por completo.

–Los mataré –Dijo con convicción e hizo una llamada.