Cap XIX. Daños

Cuando llegó a casa, miró el anillo que él le había regalado en Navidad, antes de que el bebé se fuera. Él quería casarse con ella y había comprado esas sortijas mientras juntaba dinero para la boda y para comprar unas mejores. Se rehusó a quitárselo aunque le dolía verlo. Se quedó despierta lo que restaba de la noche, cerrar los ojos la transportaba al momento en el que Saga besaba a esa mujer. Se abrazó con fuerza y dejó que las lágrimas escaparan sin control.

Yuzuriha mantuvo en secreto lo que había sucedido en la fiesta, no deseaba que sus padres odiaran a Saga, especialmente si ella no era capaz de hacerlo. Marin fue a visitarla el domingo por la mañana, al día siguiente tenían su primer día de clases. La pelirroja se sorprendió mucho al ver el aspecto tan demacrado de la rubia, estaba ojerosa, tenía los ojos un poco hinchados y su mirada, siempre brillante sin importar la situación, ahora estaban apagados, la luz de su mirada parecía haberse escapado, a pesar de todo, Yuzuriha la recibió con una sonrisa.

-Adelante, Marin –Yuzuriha la invitó a pasar.

La pelirroja saludó a Tokusa con un abrazo y después subió hasta la habitación de la rubia, Yuzuriha fue a la cocina por un par de tés helados para luego alcanzar a su amiga. Una vez en la habitación, cerró la puerta y le ofreció la bebida a su amiga.

-¿Qué sucedió? –Preguntó la pelirroja de una vez.

-Saga… -Pronunció casi en un murmullo. Lo notó y carraspeó un poco para aclararse la garganta –Saga se besó con otra chica frente a mí…

-Mi niña… -Marin sujetó la mano de su amiga con ternura –Es un idiota…

-Lo sé –Sonrió pero las lágrimas resbalaron por sus mejillas y hasta su mentón, cayendo en sus piernas –También, ocurrió otra cosa, pero no sé cómo decirlo…

-Suéltalo, Yuzu. Así como te venga a la cabeza, dímelo.

-Defteros me besó la noche de la fiesta –Dijo así sin más. Se le notaba en el rostro la angustia y el dolor que le provocaba hacer la confesión.

-¿Cómo pasó? –Preguntó la pelirroja con tranquilidad aun sujetando la mano de su amiga.

Yuzuriha le platicó todo como lo recordaba, sin omitir absolutamente nada, incluso comentó la sensación que le provocó el inesperado contacto. Se le quebraba la voz de vez en vez pero no paró hasta haber contado todo.

-Él y yo no estamos juntos –Confesó Marin –Esa noche rompí con él –Yuzuriha notó la tristeza en los ojos de su amiga y se sintió mal. Se había centrado tanto en su dolor que no había reparado en el hecho de que tal vez su amiga también necesitase consejo y la abrazó con fuerza. A Marin se le escaparon algunas lágrimas pero trató de mantener la compostura.

-¿Por qué sucedió esto? –Preguntó Yuzuriha, se notaba que en verdad necesitaba respuestas, que estaba confundida, dolida y no entendía un carajo de lo que había sucedido.

-No lo sé, Yuzu, pero vamos a salir de ésta como siempre hacemos, juntas –La miró, se le escaparon las lágrimas pero aun así, limpió las de su amiga porque la veía tan destrozada que eso la obligaba a ser aún más fuerte por y para ella.

Detrás de la puerta, Tokusa había escuchado todo. Apretó los puños y salió de su casa hecho un demonio. Sabía en dónde vivía Saga porque tenía compañeras que amaban al hombre y en un par de ocasiones, antes de saber que estaba con su hermana, las acompañó a espiarlo.

Tokusa no era muy alto todavía, tenía escasos quince años y era unos centímetros más bajito que su hermana pero era muy fuerte, estaba en el equipo de judo de su escuela, le gustaba salir a correr, entre otras cosas. En ese momento, con la rabia que tenía encima, hubiera podido levantar un automóvil sin problemas, o tal vez no, pero vaya que estaba enojado.

Recorrió el camino a paso firme, estaba cansado de ver a su hermana triste y no podía quedarse de brazos cruzados. La casa tenía un garaje bastante amplio y techado, había una motocicleta estacionada, varias refacciones por aquí y por allá y un espacio más grande para un automóvil. A la derecha se encontraban unas escaleras de madera que conducían a la puerta principal de la vivienda. El rubio subió con seguridad y timbró. Esperó casi nada y la puerta se abrió.

-¿Saga? –Preguntó el chico, no era tonto. Sabía que el peliazul tenía un hermano gemelo.

-Sí –Respondió cortante -¿Qué sucede, Tokusa? –Claro, el peliazul conocía al rubio porque lo vio un par de veces, entre ellas, cuando Yuzuriha perdió al bebé.

Impulsivo como era, Tokusa le dio un derechazo a Saga con mucha fuerza. El peliazul lo recibió de lleno y cayó pesadamente al suelo. Cualquiera que hubiera visto la escena, se habría sorprendido al ver caer de esa forma a Saga, que era conocido por ser un muy buen luchador. El rubio se abalanzó sobre el caído y lanzó otro puñetazo que Saga esquivó por lo que su puño se estampó en el suelo.

El mayor, empujó a Tokusa hacia atrás para quitárselo de encima, el menor se fue de espaldas al suelo, momento que aprovechó Saga para levantarse e intentar hablar. No quería golpear a Tokusa.

-¡Basta! –Gritó Saga al ver que el rubio se lanzaba contra él –¡Detente! –Pero el rubio no escuchó y lo embistió con tanta fuerza que fueron a dar contra la mesa de centro de la sala haciendo añicos el cristal.

Saga le dio un puñetazo a Tokusa que le rompió el labio pero eso no lo detuvo. Los dos empezaron a intercambiar golpes fuertes, Saga giró para poner al rubio en el suelo pero él no se dejó y volvió a girar para regresar a la posición inicial. La espalda de ambos estaba herida por los cristales regados en el suelo. Tokusa tomó un gran trozo de cristal, iba a cortarle el cuello al imbécil que había hecho llorar a su hermana.

-¡Te odio! –Gritó pero no pudo mover el brazo, al girar, vio a un hombre idéntico a Saga con una cara de pocos amigos. El señor levantó al joven del brazo y lo apartó de su hijo.

-Te invito a marcharte de mi casa, jovencito –Habló Aspros con severidad. Tokusa se resistió pero Aspros volvió a hablar –O te vas ahora o llamaré a tus padres.

Eso obligó al rubio a tranquilizarse y se marchó sin decir nada.

Aspros ayudó a su hijo a ponerse de pie.

-Veo que por fin se lo dijiste a Yuzuriha.

-No le dije nada, papá –Respondió Saga mientras se sacudía un poco la ropa –No sé por qué vino…

-¿Cuándo se lo piensas decir? –Preguntó con seriedad.

-Eso no te importa –Dijo con total molestia.

Su padre, que casi siempre mantenía la compostura, le dio una bofetada tan fuerte que hizo caer al peliazul.

Marin y Yuzuriha no supieron lo que había sucedido con el pequeño Tokusa y Saga. Ellas siguieron conversando, el vacío en el pecho de la rubia se llenó con la visita de su amiga, aunque volvió apenas ella se fue.

Ese día me sentí fuerte, parecía que nada podría hacerme daño mientras ella estuviera conmigo. Sentí que podría atravesar mi último año sin problemas porque Marin no iba a dejarme caer. Estaba muy equivocada.