Cap XXIII. Perdiendo el control.
Al final Marin había decidido salir con Defteros. Ya tenía las maletas y algunas cajas listas para mudarse. Estaba nerviosa y Yuzuriha lo sabía, por lo que había sido la rubia quien la animó para que saliera con él a divertirse. A pesar de todo, Yuzu sabía lo mucho que Marin se divertía cuando estaba con el moreno. Tal vez por eso le gustaba que estuvieran juntos, porque él la hacía reír y no había nada mejor que eso para Yuzuriha.
Marin estaba nerviosa, a pesar de todo, no había dejado de querer al moreno y lo echaba mucho de menos pero no quería decirle eso a Yuzuriha. Conocía bien su situación y no deseaba provocarle ningún tipo de dolor. Defteros fue por ella a su casa, iba bien vestido, por lo menos sin ropa con agujeros y parecía haberse bañado, incluso parecía que había intentado peinarse. El moreno sonrió al verla.
-Estás preciosa… -Dijo embobado al ver a Marin. Sí, iba vestida bastante normal, pero para él se veía divina.
-Para nada… -Ella se sonrojó sin querer –Tú también te ves bien, grandote.
Defteros sonrió enseñando los colmillos y le pidió que fuera con él. Ambos caminaron un largo rato hasta la playa, el día estaba nublado pero no pensaba nadar ni nada, solamente dar un paseo con ella, hacer algo especial para que se llevara un hermoso recuerdo de su último día en casa.
-¿Entonces al final estudiarás gastronomía? –Preguntó la pelirroja. Ella sabía que, la segunda pasión de Defteros, después de la batería era cocinar. Él le había confesado varias veces que, a pesar de lo que sus padres querían y sus coqueteos con la ingeniería, cocinar era lo que realmente le hacía feliz y Marin lo sabía y lo recordaba.
-Sí –Dijo sin mirarla –Al final mis padres entendieron que lo haría con o sin su permiso y no les quedó otra opción que apoyarme –Se encogió un poco de hombros como restándole importancia.
Los padres de Defteros eran bastante especiales, no tan estrictos como los de Saga pero vaya que eran muy rectos. El padre del moreno era un hombre bastante alto, moreno y de cabello grisáceo, tal vez por la edad, su nombre era Hasgard. Él trabajaba en una famosa compañía de automóviles a unas horas del pueblo así que casi no estaba en casa. Su madre, Violate, era también alta, rozando el un metro setenta y cinco, de piel un poco más blanca y cabello largo y negro. Ella era dueña de un gimnasio en el pueblo y además era entrenadora física, por lo que tenía un cuerpo espectacular. Marin ya los conocía pues su madre solía ir al gimnasio "Behemoth" aunque fue hasta que Defteros y Marin comenzaron a salir que los conoció oficialmente. Ninguno de los dos quería truncar los sueños de su hijo pero tampoco querían que se marchara del país, cosa que pasaría indudablemente si decidía seguir el camino de la música o de la cocina. Al final el moreno se había salido con la suya.
-¿Te irás a la capital? –Preguntó Marin buscando su mirada y sin poder ocultar su preocupación –Pero…
-Descuida –La interrumpió –Hay una escuela aquí que es bastante buena. Esa fue la única condición que mis viejos pusieron para dejarme hacer esto. Al final… –Sonrió apenas y la miró a la cara por primera vez durante su paseo –No puedo irme… Soy incapaz de hacerlo… -La angustia que destilaban sus ojos verdes y que no concordaba con la pequeña sonrisa en sus labios, era tan notoria que a Marin se le encogió el corazón.
-Lamento tener que irme… -Dijo Marin con mucha pena –Me encantaría poder quedarme…
-No –Interrumpió de nuevo –Esto es lo que debes hacer. Es lo que tienes que hacer –Hizo énfasis en ese "tienes". Marin sintió que la garganta se le cerraba –Es lo que yo quiero que hagas, lo que él quiere para ti. Para ti y para ella.
Marin no aguantó más y abrazó al moreno con fuerza, escondió el rostro en su pecho y echó a llorar mientras murmuraba mil y un maldiciones porque no entendía por qué tenía que pasarle esto a ellos, por qué todo se iba a la mierda, por qué no podían hacer nada para cambiar la situación. Defteros la abrazó y enredó los dedos en sus rojizos cabellos. El moreno era bastante alto para su edad, por lo que era muy probable que por lo menos llegara al 1.80 en el poco tiempo que le quedaba de crecimiento. Se atrevió a besar su cabeza.
Definitivamente las cosas estaban resultando mal, todos los planes que hizo con Yuzuriha se habían ido al carajo y se sentía impotente por no poder ayudar a nadie. Lo único que le quedaba era irse al otro lado del país a estudiar algo que siempre quiso y alejarse de todo el dolor causado durante esos últimos años.
Los dos se quedaron así un rato, él esperaba que ella se calmara y ella necesitaba descargar toda su tristeza y frustración en los brazos de un chico que había sido su pilar durante momentos difíciles, incluso cuando las cosas no estaban a su favor. Y había tenido que recurrir a él solamente porque Yuzuriha había sido golpeada de forma tan brutal por la vida que molestarla con sus cosas no era opción. Defteros lo entendía. Eran cómplices de una mentira y sabía que aquello la estaba carcomiendo por dentro, lo sabía porque él también mentía y huía de la verdad que destrozaría todo cuando saliera a la luz.
Yuzuriha tendría un par de semanas más antes de tener que empacar y hacer preparativos para irse, era la ventaja de ir a una universidad relativamente más cercana. De igual forma ya había empezado a guardar algunas cosas, no planeaba llevarse demasiado para que el viaje fuera más relajado y ligero. Se la pasaba bastante tiempo encerrada en su habitación y solamente bajaba para comer y cenar con su familia, aunque no era como si se estuviera perdiendo de gran cosa. Últimamente todo lo que pasaba durante las cenas eran discusiones entre sus padres. La rubia toleraba tan poco la situación que incluso durante la cena lo único que hacía era comer en silencio y pensar en sus cosas, aislándose de todos. ¿Cómo era posible que en tan poco tiempo su vida diese un vuelco tan grande? Ojalá Marin estuviera ahí con ella, por un momento pensó en llamarle pero su amiga necesitaba un día con Defteros, ella necesitaba verlo, hablar con él, arreglarlo todo y buscar con él la felicidad que a ella le había sido negada. Mientras Marin estuviera contenta, Yuzuriha sobreviviría sin problemas.
Tokusa y ella apenas hablaban pero eso había sido decisión de ella. Había presenciado lo mucho que sus problemas habían afectado a su hermano menor así que ya pasaba olímpicamente de hacerlo partícipe de sus cosas personales. Claro, si él necesitaba un favor, ella le ayudaba con gusto pero otros temas se habían vuelto intocables y Tokusa tampoco la presionaba, no después de que hubiera ido a golpear a Saga por escuchar llorar a su hermana. Aun así, él quería ayudarle a empacar, sabía que no la vería tan seguido y que, al haber escogido una carrera tan complicada como lo era medicina, su tiempo libre quedaría reducido al mínimo. A veces tenía ganas de ir de nuevo a buscar a Saga y pedirle que hablara con Yuzuriha, que volviera con ella porque había sido testigo de lo mucho que se amaban, pero también pensaba que si su hermana se enteraba, lo odiaría toda la vida; a ella no le gustaba que nadie se entrometiera en su vida privada, pero sobre todo, lo que menos quería era que Saga volviera con ella solamente por lástima, eso sería todavía peor.
Esa noche de nuevo la casa se llenó de gritos y reproches durante la cena. Yuzuriha entonces perdió la paciencia, golpeó la mesa con ambas manos atrayendo al instante la atención de sus padres y Tokusa.
-Me voy de aquí –Sentenció con voz firme y fuerte. Subió a su habitación y comenzó a empacar.
