Cap XXVI. Cambios.

Era ya la víspera de Navidad. Yuzuriha estaba en casa y estaba terminando de arreglarse, nada realmente especial, solamente se puso algo de brillo en los labios y se vistió lo mejor que pudo. No iba buscando conocer a nadie, solamente quería ir bien vestida a una fiesta con su mejor amiga, además, quería estar presentable en caso de que su camino se cruzara con el de Saga. Guardó en su bolso un regalo que llevaría al lugar donde había prometido ir a ver a su bebé y luego bajó para sacar de la nevera la tarta que llevaría a la fiesta de Marin. Se despidió de sus padres y se marchó.

La relación con ellos seguía mermada, ya no hablaban como antes y cuando lo hacían, ella respondía lo justo aunque sin ser grosera. Yuzuriha caminó hasta la casa de Marin, tocó el timbre y esperó a que ella le abriera.

Cuando al fin le abrieron, Yuzuriha vio varias caras desconocidas y supuso que eran los nuevos compañeros de su amiga. Dejó la tarta en la nevera y fue a la sala sin soltar su bolso. Se sentó en el piso en silencio. Se le daba terriblemente mal el socializar, por esa razón solamente tenía a Marin como amiga. Miró a cualquier lado excepto a la gente que platicaba animadamente hasta que Defteros entró a la sala y entonces se sintió un poco menos incómoda.

-¿Quién diría que Marin se convertiría en una mujer con tantos amigos? –Preguntó en voz baja el moreno.

-Ciertamente yo no me lo esperaba –Se sinceró Yuzuriha –Ella nunca fue de tener muchos amigos, era casi tan tímida como yo –Bajó la mirada, se sentía un poco traicionada –Pero debe ser que es algo necesario en su carrera –Se encogió de hombros y sonrió con sinceridad –Me siento orgullosa de ella.

-Para no estarlo –Dijo Defteros con una sonrisa bonachona –Se está esforzando mucho.

Marin se sentó al fin y la reunión comenzó oficialmente. Trató de ser una buena anfitriona y no dejó que la conversación muriera, de forma sutil también incluyó a Yuzuriha para que se sintiera en confianza pero no parecía funcionar. La rubia continuó mirando su reloj de pulsera. El timbre sonó y Marin fue a ver quién era. Yuzuriha empezaba a sentirse incómoda de nuevo, además de que su mente había comenzado a vagar sin control y a imaginar que se encontraba con Saga pero él la trataba mal. Discretamente apretó los puños con fuerza enterrando las uñas en sus palmas. Tenía los ojos cerrados así que no pudo ver la forma en la que todos habían comenzado a mirarla, sentía que estaba perdiendo su batalla, quería echar a llorar, gritar e irse corriendo de ahí.

-Hola, gordita.

La voz extrañamente familiar la sacó de sus pensamientos y volteó solamente para encontrarse con un Kardia que sonreía ladino.

-¿Qué haces aquí, feo? –Preguntó Yuzuriha con visible sorpresa.

-¿Pues qué va a ser? Dijeron fiesta y no me pude resistir –El mayor se sentó junto a la chica que se aferró a su bolso.

Defteros miró la escena con cara de pocos amigos. Él sabía que todo había sido un plan macabro ideado por su novia y no estaba de acuerdo con eso pero no le quedaba más remedio que aceptar y esperar que todo saliera bien. Ahora tenía esa extraña sensación de estar traicionando a Saga y se le revolvió el estómago.

El cambio en la actitud de Yuzuriha fue discreto, conversaba con Kardia amenamente ignorando todo lo demás. Defteros enseñó los colmillos sin querer, gesto que Marin reprendió apretando su mano.

La velada era agradable y los invitados parecían divertirse, Marin y Defteros estaban bastante más cariñosos que de costumbre, Yuzuriha hablaba con Kardia y, gracias a él, también había comenzado a conversar con los otros invitados; todo iba a pedir de boca. Todos habían elogiado al moreno por sus deliciosos bocadillos, aunque uno que otro aún creía que los habían comprado pues era imposible que alguien de apenas dieciocho años cocinara de esa forma. Marin estaba como pavorreal, orgullosa de su novio y su mejor amiga, feliz porque todo estaba saliendo relativamente bien.

-Marin… -Yuzuriha se acercó a su amiga –Debo irme ya. Tengo que ir a… ya sabes…

-¿Quieres que te acompañe? –Preguntó mirándola a los ojos –O si quieres le pediré a Kardia que vaya contigo. Por más que éste lugar sea tranquilo, nunca está de más algo de compañía y…

-No es necesario –Interrumpió la rubia –Estaré bien, además, necesito algo de tiempo a solas. Es un día difícil.

Marin no pudo evitar la impotencia que ahora mostraron sus orbes azules, Yuzuriha tuvo que apartar la vista pues no soportaba cuando ella la miraba así.

-Bien, pero avísame cuando llegues a casa, por favor –Frunció un poco el ceño antes de abrazarla con fuerza.

Yuzuriha aprovechó a irse cuando Kardia estaba en el baño. Sabía que si el peliazul le pedía que se quedara, ella lo haría porque el hombre tenía una forma muy extraña de convencerla. Pero ese día era importante y debía cumplir su promesa. Salió de la casa y se abrigó muy bien, llevaba la bufanda roja, regalo de la madre de Saga y con la misma se cubrió la boca y la nariz. Metió las manos a los bolsillos del abrigo y caminó despacio hasta aquella jardinera que guardaba tantos recuerdos. Repasaba en silencio lo que le diría a Saga si lo encontraba ahí, aunque intentó no imaginarlo para evitar que esa horrible sensación de impotencia le invadiera el cuerpo entero.

El pueblo de noche era aún más hermoso de lo que recordaba. Las luces navideñas adornaban algunos árboles y la gran mayoría de las casas. El aire estaba cargado de todos esos aromas típicos de la época y mezclados con el sutil olor a mar, era un deleite a la nariz. Hacía un frío de los mil demonios, desventaja de estar en la costa, pero eso no mermaba la experiencia ni la indescriptible sensación que era el caminar por las calles desiertas y poder realmente mirar las estrellas. Cuando alzó la vista, recordó aquella ocasión en la que, tumbados en el pasto, Saga le enseñaba los nombres de algunas constelaciones. Era un chico muy curioso y siempre la sorprendía con esos conocimientos que ella no tenía idea que poseía; todos los días eran una aventura a su lado y aprendía de todo un poco. Esa era una de tantas cosas que echaba de menos de él.

Sintió un nudo formarse en su garganta y las lágrimas nublar su mirada al mismo tiempo que las comisuras de sus labios se curvaban ligeramente hacia abajo. Yuzuriha se detuvo un segundo, cerró los ojos y respiró hondo varias veces para controlarse. Le faltaba poco para llegar y no deseaba llorar ni nada.

Cuando por fin divisó la jardinera, notó como si todos los sentimientos del mundo se apoderasen de su cuerpo, el corazón le latía veloz. Se acercó a paso firme pero lo que encontró no lo hubiera imaginado jamás.

Justo en el borde, como el año pasado, había un par de guantes muy pequeños de color azul y un muñeco de nieve un poco más grande que el anterior. Yuzuriha buscó a su alrededor cualquier rastro, cualquier señal de que Saga estaba ahí, de que seguía cerca, tuvo ganas de correr a buscarlo pero se contuvo. Su único consuelo era que él tampoco había roto su promesa.

Dejó el pequeño presente para el bebé junto a los guantes, rezó una pequeña oración para él y Saga y se marchó a casa.