Cap XXXIII. Verdad.

Por más que Yuzuriha corrió, no encontró a Saga por ningún lado. Parecía que el chico se había desvanecido en la oscuridad y no había quedado rastro alguno de él. Tuvo varias ideas más pero no creyó prudente ir a su casa en la víspera de Navidad, teniendo en cuenta que ella tenía que estar en casa con su familia y que si él no la había esperado, debía ser porque no le interesaba verla.

De camino a casa y también durante la cena, no dejó de pensar nuevamente en que era probable que todo hubiera sido producto de su imaginación y que estaba volviéndose loca. Decidió no intentar buscarlo porque esos días solían pasarse en familia y ella lo necesitaba, especialmente ahora que, de forma indirecta, ella había roto su relación con Kardia.

Obviamente las palabras de sus padres y su hermano no se hicieron esperar. La bombardeaban con preguntas acerca del porqué de pronto Kardia había decidido irse a su casa a pasar las fiestas pero ella no estaba lista para decirles la verdad, por lo que solamente respondía que su padre había llegado de improviso y decidieron que lo mejor sería que estuviera con él. En parte verdad, en parte mentira. El padre de Kardia había llegado pero no pasarían las fiestas juntos porque se iría de nuevo al día siguiente. En realidad el chico estaba camino a ver a unos parientes que vivían cerca.

Yuzuriha estaría por siempre agradecida con Kardia por todo lo que había hecho por ella pero al final su corazón había tomado una decisión. Seguía amando a Saga tanto o más que la primera vez y estaba dispuesta a seguir haciéndolo aunque fuese en la distancia. Si la promesa que habían hecho dos años atrás era su única conexión en la vida, estaba dispuesta a aceptarlo. A pesar de esa decisión, lo que necesitaba en ese momento era relajarse en casa y disfrutar de sus vacaciones.

Los días pasaban veloces, casi como si los días de pronto durasen sólo diez horas. Cuando el nuevo año llegó, Yuzuriha hizo la firme promesa consigo misma de que dejaría de existir y empezaría a vivir, por ella, por él y por su bebé. Lo primero que hizo fue abrir el cajón donde guardaba la vieja foto de los cuatro en el festival de otoño y se puso el anillo sin pensarlo. Le quedaba perfecto. Esa era parte de su firme decisión de no esconder más el amor que sentía por Saga. También sacó la foto y volvió a colocarla en su buró. Poco a poco tenía que volver a tomar las riendas de su vida y lo primero sería hacer las paces con Marin. La echaba demasiado de menos, sus días no eran iguales sin ella a su lado como su fiel cómplice. La rubia se vistió y se abrigó bien para luego salir a buscar a su amiga. Se quedaría en su casa lo que restaban de sus vacaciones si con eso lograba de nuevo tomar las riendas de su amistad.

Caminó calle abajo, la casa de Marin quedaba a unos quince minutos de la suya a pie, por lo que tendría tiempo suficiente para pensar bien en lo que le diría y cómo lo haría. Decidió entonces que no sería buena idea llegar con las manos vacías por lo que se desvió para ir al supermercado, compraría botanas, crema de avellanas, helado, todas esas cosas que a las dos les gustaban o que más bien a Marin le gustaban, de esa forma si el ambiente se tornaba un poco pesado, podrían por lo menos comer algo para sentirse lo menos incómodas posible.

Salió del súper con un par de bolsas repletas de comida chatarra, feliz por su compra cuando divisó los inconfundibles cabellos de fuego de su amiga. Tuvo ganas de gritarle pero decidió no hacerlo y se limitó a seguirla con la mirada. Casi se le fue el alma al suelo cuando la vio con cara de preocupación dirigirse al hospital, ¿qué demonios estaba pasando? Marin siempre había sido muy sana y existían pocos motivos para que ella fuera al hospital sola: el primero era que Defteros estaba enfermo o algo, el segundo era que alguno de sus padres lo estuviera, y el tercero era que a ella le había sucedido algo grave. No supo qué hacer. No quería seguirla porque sentía que eso violaría su privacidad de cierta forma pero sabía que no sabría más a menos que le llamara. Buscó un sitio donde sentarse tranquilamente y le marcó. El móvil dio tono dos veces antes de que la pelirroja respondiera.

-¿Sí? –Se escuchaba algo agitada.

-Marin, soy yo, Yuzuriha.

-Ah, hola –Dijo suavizando lo más posible su tono -¿Todo bien?

-Sí, claro. Solamente quería saber si podía ir a tu casa hoy. Me gustaría que charláramos –La rubia se sentía nerviosa pues no sabía lo que Marin podría responder. Se sintió aún peor cuando un silencio que pareció eterno envolvió la llamada.

-Estoy en casa pero dame quince minutos y te veré.

Le había mentido. Yuzuriha barajó un poco sus opciones y decidió que lo mejor que podía hacer en esa situación era ser sincera. No podía intentar reconstruir su amistad con mentiras.

-¿Sigues ahí? –Preguntó Marin inquieta.

-Te acabo de ver camino al hospital –Dijo al final la rubia –Antes de que digas nada, no te estaba siguiendo. Vine al supermercado a comprar algunas cosas y te vi… -El silencio se presentó de nuevo. Yuzuriha esperó impaciente a que su amiga le dijera algo.

-Te veré en veinte minutos en mi casa. Allá te explico –Dijo Marin al fin y colgó.

Yuzuriha se quedó mirando el móvil, asustada por la reacción de la pelirroja. Tenía la mala costumbre de pensar de más e imaginar los peores escenarios posibles. Decidió quedarse un momento ahí para calmarse antes de echar a andar a casa de Marin.

-¿Quién era? –Preguntó Defteros mirando a Marin con curiosidad. No le veía buena cara a su novia.

-Yuzu… -Contestó con un hilo de voz –Me vio venir aquí…

-Bueno, puedes decirle que viniste a un chequeo o…

-No –Interrumpió –No puedo seguirle mintiendo –Levantó la mirada, sus ojos estaban llenos de una mezcla extraña de decisión y dolor.

-Pero es que no puedes… Se lo prometimos… -Defteros intentó hacerla entrar en razón.

-¿De qué sirve seguir ocultándolo? Éste tonto necesita verla… Ella necesita saberlo… -Se mordió el labio inferior para no gritar todo lo que pasaba por su mente en ese instante.

-Ya lo sé, pero es su decisión, no nuestra. Tienes que respetarlo.

-¡No! –Explotó al fin -¡He estado ocultando la verdad a mi mejor amiga durante demasiado tiempo ya y lo único que veo es que las cosas empeoran para los dos! –Apretó los puños –Lo lamento, pero se lo voy a decir –Fue lo último que escapó de sus labios antes de marcharse a casa.

Como habían acordado, veinte minutos después, Marin llegaba a encontrarse con una muy preocupada Yuzuriha que ya la esperaba con impaciencia sentada en la acera. Al verla, se puso de pie lo más rápido que pudo sin esperar que Marin le abrazara como hizo, con tanta fuerza.

-Oye, me asustas, ¿qué sucede? –Preguntó Yuzuriha a su amiga aunque no la soltó. No le apetecía romper ese abrazo que había necesitado durante tanto tiempo. Poco sabía que Marin la abrazó para armarse de valor y para evitar que se viniera abajo -¿Marin…?

-Saga está en el hospital. Se está muriendo…