Cap XXXIV. Encuentro.

Las palabras llegaron a sus oídos pero su cuerpo las rechazó de inmediato. Se sintió flotar, como si su alma la hubiese abandonado de un momento a otro, dejándola ahí, como un contenedor vacío. Podría jurar que su corazón se detuvo también. Cada parte de su cuerpo había cesado de funcionar cuando esas palabras llegaron a sus oídos: Saga se está muriendo. Quiso gritar, llorar, maldecirlo todo pero ningún músculo en su cuerpo le respondía. El tiempo se había detenido sin más, todo a su alrededor había dejado de existir y, de no ser porque unos brazos la sostenían con fuerza, tenía la impresión de que se hubiera ido flotando hasta el espacio exterior o la tierra se la hubiera tragado hasta el inframundo. Saga se está muriendo. Las palabras resonaban en su cabeza aunque como un sonido distante, como cuando se sumergía en la piscina y sus padres la llamaban para conversar de algo. Era esa la misma sensación que ahora envolvía su cuerpo. No pensaba, no sentía, porque él se estaba yendo de su lado.

Marin estaba asustada. No tenía idea de que el golpe para Yuzuriha sería de esa magnitud. Lo que menos buscaba era hacerle daño pero si eran los últimos momentos de Saga, necesitaba que los dos estuvieran juntos, que hablaran, que arreglaran sus diferencias de una vez por todas, pero sobre todo, que él fuese sincero con su amiga de una vez por todas. No estaba segura de si Yuzuriha se había desmayado o si solamente estaba en shock, de cualquier modo, le habría gustado que Defteros estuviera ahí para ayudarla. Pero estaban solas y debía ser fuerte por las dos, al menos una vez más. La abrazó con fuerza pero no dijo nada, no había palabras que pudieran hacerla sentir mejor. Nada. Sólo ese contacto, ese abrazo entre hermanas era lo único que ella podía ofrecerle en ese instante.

Ninguna supo cuánto tiempo había pasado en realidad. No les importaba; no era lo principal en ese momento. Marin fue quien rompió el silencio, disculpándose con su mejor amiga por haberle ocultado el secreto durante tanto tiempo. Yuzuriha tenía mil preguntas que hacer, estaba dolida también por aquella confesión pero entendía los motivos de la pelirroja para no decir nada al respecto. Si algo tenía su amiga era su fidelidad. Si alguien le pedía guardar un secreto, ella se iría a la tumba con él y si lo revelaba, era porque era algo que podría arreglar un malentendido o simplemente hacer alguna situación más llevadera, pero si el secreto no cumplía esos requisitos, no había poder humano que hiciera a Marin hablar.

-Quiero ir a verlo –Habló Yuzuriha al fin en un murmullo.

-¿Estás segura?

-Necesito verlo… -Rectificó la rubia. No negaría que estaba nerviosa ante un posible desdén del joven pero tenía que arriesgarse. Tenía que verlo una última vez.

-De acuerdo… Llamaré a Defteros para que avise a Kanon, tal vez puedan hacer algo para que puedas pasar a verlo.

Yuzuriha asintió en silencio, se separó de Marin y se deslizó lentamente hasta el suelo.

-Se lo dije –Las palabras de la pelirroja sonaron claras –Quiere verlo.

-Saga nos va a matar… -Dijo Defteros aunque justo a su lado, Kanon gritó un "¡Ya era hora!". Defteros lo miró con incredulidad –Te llamaremos en cuanto todo esté listo para la visita.

-Gracias…

-¿Cómo está ella? –El moreno sonaba preocupado e incluso bajó la voz.

-Está… Está afectada pero bien –Miró a Yuzuriha de reojo, se abrazaba a la bolsa con las botanas para ambas.

-Es normal… Cielo… Cuídala mucho –Pidió Defteros nuevamente –Hablamos más tarde –Se despidió tratando de parecer lo más calmado posible aunque por dentro estaba volviéndose loco.

Kanon fue quien se encargó de decir a su madre lo que había sucedido y le pidió a ella que les ayudase para que Yuzuriha pudiera visitar a su hermano. Con toda honestidad, él era el más emocionado con la idea pues había pasado incontables horas con él charlando acerca de la preciosa rubia que iba en su misma escuela y que le volvía loco. Saga le había confesado que había tomado su móvil y había borrado sus números. Que era con ella con quien hablaba durante ese verano. Pero que tenía miedo de decirle quien era en realidad pues no creía poder soportar su rechazo ya que ambos eran totalmente diferentes.

Kanon siempre alentaba a su hermano a ser sincero, a no aparentar algo que no era, a ser honesto consigo mismo y con ella pues era la personalidad, las cosas que compartían en común, lo que al final sería más importante que cualquier apariencia física; le dijo que mientras la tratara bien y con respeto, ella obviaría su apariencia y su pasado. Fue Kanon quien le dijo a Saga que Yuzuriha era una chica muy especial, que era un dulce y que si no la trataba bien, más que cualquier amenaza que pudiese haberle hecho Defteros, él se encargaría de darle su merecido si algún día la lastimaba. Cuando Saga dudaba de que ella lo quisiera, su gemelo le reiteraba una y otra vez que, si le había aceptado con todo y su pasado de adolescente revoltoso, entonces era amor de verdad. Había sido Kanon quien que calmó la gran mayoría de los miedos de su hermano mayor, y había sido él quien le dio un fuerte abrazo, permitiéndole llorar en sus hombros cuando no solamente recibió su diagnóstico sino también había tomado la decisión de romper con ella. No existía persona en el mundo que apoyara más a esos dos que Kanon, incluso más que la propia Marin.

Después de lo que pareció una eternidad, las dos chicas recibieron la llamada de Defteros para que fueran al hospital. Yuzuriha temblaba de miedo pues no sabía cómo reaccionaría Saga ante su visita. Kanon estaba en la entrada esperando por las dos. Cuando las vio llegar su sonrisa fue enorme y abrazó a la rubia con mucho cariño para luego guiarla hasta la habitación de su hermano. El chico abrió la puerta sin llamar.

-Mamá, ya te dije que estoy bien –Dijo Saga mientras apartaba la vista de la ventana para mirar la puerta. Tenía una expresión llena de fastidio.

Yuzuriha estaba ahí de pie con una rosa blanca en la mano. La expresión de Saga cambió de inmediato y se quedó petrificado al verla. Una mezcla entre sorpresa y alegría le invadió el cuerpo entero. Ella estaba ahí, lo había deseado tantas veces.

-¿Por qué no me lo dijiste? –Yuzuriha caminó hacia él.

-Eso no te incumbe –Respondió tajante y de mala gana –Vete.

-No me voy a ir. Eres un tonto y un terco pero no me voy a ir hasta que estés sano. Hasta que puedas volver a casa –Contestó con firmeza y puso la rosa en un florero. Notó que aún llevaba el anillo de promesa que había comprado para ambos y sonrió.

-Tonta –Masculló Saga antes de sonreír con ternura. Miró que ella también llevaba ese anillo que guardaba tantas promesas; tantas historias.

-Idiota –Respondió de la misma forma que él antes de abrazarlo con fuerza –Lo que sea que tengas, lo combatiremos juntos –Murmuró.

Aquellas palabras conmovieron profundamente a Saga. Jamás pensó que llegaría el día en el que sus plegarias serían escuchadas.