-Candy, ¿estás bien?
Me incorporé, tenía una bolsa de hielo en la cabeza y vendas en los brazos.- Eh…¿Sí?
-Descansa un momento más.
Miré a mi alrededor, estaba en una habitación exuberante: cama con dosel, cuadros pintados a mano, flores frescas en un jarrón blanco… Ah, y yo, por alguna razón llevaba un camisón lila, hasta los tobillos con mangas de encaje; en vez de mi vestido…
¡Y estaba comprometida, dios mío! ¿Y con quién? ¡¿Pues con quién más!? ¡Con Terry Grandchester! ¡Mi Terry!... No he tenido contacto con él desde hace ¿Tres días? Las puertas de cedro hacían juego con el cofre delante los pies de la cama; se abrieron, dejando pasar a una chica de rulos pelirrojos.
-Dorothy, te llama madre.- Salió del cuarto.
-Candy, ¿Cómo estás? llevabas días ahí. ¿Te dieron de comer? Sé de tu compromiso ¡felicidades! Hace mucho que no te veo. ¡Cuéntame, Candy, por favor! – se alisó la falda – ya vuelvo.
La puerta no se cerró, sino que se volvió a abrir.
-Candy… - entró ella con sus rojizos cabellos recogidos en un moño. – Qué orgullo verte así, ¿no?. Alzó la ceja.
-Qué desgracia…
-No te preocupes, cariño – estiró mi mejilla.- te pondrás mejor.
-Oh, hablaba de tu rostro.- Sonreí.
-¡Maldita desgraciada! – me bofeteó.
-¡Eliza! ¿¡Qué haces!? – gritó Neal.
-¡Lo que siempre quise! – fulminándome con la mirada, arañó mi cara- ¡Estúpida! ¡Tú!
Me senté, dando paso a sus cachetadas.
-¡TÚ QUE TUVISTE LO QUE SIEMPRE QUISE! ¡INEPTA MALCRIADA!
-¡ELIZA!¡Eliza! – Neal tomó las sus manos, las puso junto a su pecho - ¿¡Qué diablos te pasa, Eliza!?¡Compórtate!- terminó lanzándola al pasillo.
-¡Madre, madre! – resonaba su chillona voz.
-Candy…¿Estás bien? – se acercó cautelosamente.
-Púdrete, Neal.- Se sentó junto a mí.
-Candy… yo… yo sólo… ¡No sabía cómo llamarte!¡No me responderías! Es que eres tan…¡Tan terca!
-Uy, sí, yo soy la terca. Já, después de rechazarte sigues insistiendo. ¿Y cómo mejoras la situación?¡Secuestrándome! Claro, secuéstrame y a la mañana siguiente te llamaré cariño ¡Qué estupidez! – crucé los brazos. – Además de estúpido, ignorante ¿Qué no sabes que a las damas se les trata con respeto? Hum.
Primero un pie en el piso, luego el otro. Mano en la perilla.
-¿Te vas, Candy? ¿Me abandonas otra vez?
-¿¡Ahora no puedo ir al baño!? ¡SANTO CIELO! – Cerré la puerta.
Si lo recuerdo bien… el baño estaba por… ¿Esa puerta? Sip, el baño. Tomé un regaderazo. Ya había terminado y entonces me di cuenta ¡No traía la ropa! Asomé la cabeza a ambos lados del pasillo ¿Y ahora qué?
Espuma entre sus dedos y el mandil empapado completaban su atuendo para lavar los miles de platos mientras Bon Jovi resonaba en sus oídos.
Dios mío. Después de ver unos cuantos dormitorios, regresé sin más. Me puse lo que traía antes.
Al entrar al cuarto, Neal no estaba: corría por el jardín llamándome:
-¡Candice! – podía ver su ceño fruncido y las manos en la cintura demostrando su enojo.
-¿Tienen noticias de Candy?
-Aún no, pero hacemos lo posible, Terry.
-Ya reportamos su secuestro, las autoridades también están investigando. Seguro la hallaremos pronto- Albert posó su mano en mi hombro.
-Señor Grandchester. – entró el enfermero. – Podemos darle de alta mañana mismo si sigue mejorando como hasta ahora. Sin embargo, tendrá que guardar reposo en su casa por tres días más.
Asentí.
-Albert... búscala, por favor. – rogué sin poder contener las lágrimas.
-Dalo por hecho.
-Por favor, Dorothy. Sólo una llamada – intentaba convencerla de marcarle a Terry.
-Yo… Candy… es muy riesgoso. Además, será muy obvio que yo te dejé hacerlo y seguro que me corren por segunda vez.
-Noooo, que nadie se entera ¡Por favor!
-Ay, Candy.
-Por favor, por favor, por favor, ¡Por favor!, ¡Por favooor!, ¡POR FAVOOOOOOR!. – Me eché al piso, haciendo berrinche.
-Calla, Candy. De acuerdo.
Siempre funciona.
-En la noche, la familia saldrá para reunirse con los más grandes magnates… podemos ir a la sala entonces.
-¡Gracias, Dorothy!.- Salí del cuarto de las criadas como un rayo, corriendo por las escaleras. Buscando un vestido para estar presentable cuando mi prometido llegara por mí.
-¡Eh, Dorothy! ¿¡Qué no tienen trapos decentes aquí!?
-¡Ya voy, Candy!
-Seguro que con este vestido guinda ya la hice. Espero que no tarde. – dije guiñando un ojo a Dorothy, quien estaba sentada al lado de la tina en el cuarto de baño más grande.
-Candy, no importa qué te pongas. Lo primordial es que venga y te saque de esta pocilga.- ¿Esmalte?
-Sí, por favor.
-¿Me ayudarías con la coleta? Gracias.- Aquella vez, me decidí por un moño bien alto y caireles cayendo por la nuca. Eliza no notaría que le faltaba un poco de esmalte, rubor y rímel.
-Ya se han ido, vamos.
Bajé las escaleras corriendo. ¡Iba a hablar con Terry!
-¡Dorothy! ¡Voy a hablar con Terry! – grité marcando el número rápidamente.
-Mansión Grandchester, ¿En qué le puedo ayudar?
-¡Hola, Arlette. Soy Candy!
-¡Candy!
-¿Está Terry?
-Candy… Terry está en el hospital.- ahogué un grito.
-¿Está bien?
-Tiene un esguince, es todo lo que sé. Creo que mañana lo darán de alta.
-Terry tiene un esguince.- dije al otro lado del teléfono.
-¿Puedes darle un mensaje?
-Sí, claro.
-Bien, escribe: 14, 5, 1, 12, 0, 13, 5, 0, 21, 9, 5, 14, 5.
-Ya está.
-¡Gracias!
Suspiré. Sentadas en taburetes de seda, bebiendo vino blanco dieron las dos.
-¡Terry!¡Terry! – Albert me zarandeaba. - ¡Despierta! ¡Noticias de Candy!
-¡Neal la tiene, mira! – Annie gritó con lágrimas surcando sus mejillas.
-¿¡Neal!?
-Vámonos, podía irme hoy, ¿no? ¡Que este maldito hospital sirva de algo! Vámonos.
-¡Enfermera! Uns silla de ruedas por favor.
-¿Silla de ruedas? Vámonos ya. ¡Las llaves de mi auto, Albert!
-Sólo las del mío – Las lanzó.
-¡Dámelas, carajo!
La marcha del portón principal que conectaba al vestíbulo nos levantó.
-Vamos Candy, llegaron, corre.
-¿Qué? Ya voy. – arrastrando los pies.
En el tope de las escaleras me detuve, miré al pie de las mismas.
-¿Ahora te arreglas para mí?
-En tus sueños. – empezó a subir las escaleras estruendosamente. Caminé a mi puerta. Tomándome por el hombro dióme la vuelta.
-¿Qué te crees? – me besó. Estupefacta, le miré con odiio. Una bofetada y un pisotón fueron suficientes para que me soltara.
-¡Diablos, Neal! ¿Qué te pasa?. – azoté la puerta, abrí el ventanal y salí al balcón. Me senté en el mecedor. La noche estrellada acompañaba mis penas. Los manzanos del jardín tenían frutos. Di un respingo. Del armario saqué unos bultos blancos, los amarré por el extremo y lancé la soga al césped. Subí al barandal, pasé una pierna y luego la otra. Me balanceaba de un lado al otro, abracé la cuerda como si la vida se me fuera en ella, por que así era.
Escuché la puerta abriéndose.
-¿Candy? – gracias al cielo era Dorothy.
-¿¡Sí!?
-¿Dónde estás?
-Eh.. en el balcón.-
Corrió y puso las manos en el barandal.
-¡Candy! ¿Qué haces?
-Sólo… quería una manzana?
-¡Pudiste habérmela pedido!
-Sí. Pude haberlo hecho.
El portón se abrió otra vez. Un auto blanco se abría paso entre los árboles.
-¿¡Qué demonios!?- Neal en la entrada.
El chirrido de las llantas con el lodo al frenar dejó salir consigo un chico con traje y corbata; cojeaba un poco, pero eso no le quitaba lo bien parecido.
Tras bajar del coche, ¿Qué fue lo primero que vi? Una rubia colgando del balcón con una pelirroja sosteniéndola. ¿Qué podía esperar de ella sino esto?
-¡Candy! ¿¡Qué diablos haces!? – gritó el secuestrador.
-¡Déjate caer! – me paré debajo de ella.
-¡Allá voy! – la sostuve entre mis brazos y después de tantas penas pude perderme en su mar de pecas, en sus ojos esmeralda y el brillo que manaba de ellos cuando me veía.
NOTAS DE LA AUTORA
Aquí doy por terminada esta fic, agradezco a MCGrandchester, quien me ayudó con la redacción y encaminar la trama cuando me perdía (además de escribir este tramo extra) Besos a todas! c:
