Mañana de jazmines.

Sostenía un ramo de jazmines en mis manos. Una ligera corona decoraba sus rizos recogidos en una coleta, dejando ver las marcas de los vidrios en su nuca. El ceñido vestido blanco de lino protegía sus piernas, cubriendo los latigazos de Eliza. Tenía un grueso lazo dorado en la cintura, que contrastaba con los guantes y sombra de tonos cálidos.


Flashback

-¡Ven conmigo, Candy! ¡Sabes que no serás feliz con él! ¡Candy!- Al borde de las lágrimas, cuando el oficial inclinaba su cabeza para meterlo en la patrulla, añadió - Perdóname, Candy. Por favor... perdóname.

Las luces de las patrullas cegadoras eran el fondo de la escena. La cubría una toalla del frío de la joven noche.

Gotas fusionadas con el dolor de un corazón roto cubrían su rostro cuando cerraron la puerta, a través del vidrio, ella leyó sus labios. - Perdón.


Las puertas de roble se abrieron de par en par. Comenzaba a nevar. Ella parecía irradiar una espectacular luz; casi tanto como su bella sonrisa. Con paso decidido, pero calmo llegó a mi lado. Me miró fugazmente.


Flashback.

-¡Eliza! ¡Para, por favor! - pero ella sólo reía y aumentaba la fuerza de los azotes.

-Me encanta verte así. Sufriendo. - hizo una pausa y, batiendo su capa rosa destellante, salió del taller.

Tenía bolsas bajo los ojos, el rímel corrido de tanto llorar y su vestido roto.


- ¿Señorita Candy? - cuestionó el padre.

La frente de Terry estaba perlada de sudor, con los ojos temblorosos imploraba que respondiera.

-Ah... Sí, claro.


Flashback.

Las cadenas marcaban más sus muñecas. Heridas se abrían cuando forcejeaba.

-¡Neil! ¡Déjame ir! ¡NEIL!

No había probado bocado en tres noches. No tenía más lágrimas para derramar y sentía que su corazón se apaciguaba poco a poco, así como su esperanza.


- Candy...

- ¿Sí?- cuando lo miró, no pudo contener las lágrimas. Entonces lo besó. ¡Lo estaba besando, a Terry Grandchester!. Se besaron. Y entonces fue suya. Legalmente.

Aquella noche estrellada irrumpió en su mente algunos amargos sueños más; pero con el tiempo aprendió a manejarlo. A los doce meses dieron la gran noticia en la sala de la familia Grandchester, un integrante más llegaría a la gran herencia. Vitoreos llegaron rápidamente a sus oídos. Deleitados, propusieron un brindis para el pequeño.

-¡Salud!