Los personajes de Saint Seiya no me pertenecen, son propiedad de Masami Kurumada
Amor devoto
El hermoso cielo celeste fue inundado por pequeños pájaros que levantaron el vuelo ante el tumulto formado por las personas del pueblo en torno a la pareja recién llegada. Saori observaba cada gesto, sonrisa y ademán que su santo hacía al interactuar con la gente. Era amable, respetuoso, cordial, más no en exceso confiado, pues mantenía las distancias correspondientes con cualquier chica interesada que aspiraba a colgarse de sus brazos o tomar sus manos por más tiempo del considerado prudente. Sonreía alegre ante su imagen, la de una persona por completo realizada en sus aspiraciones. Era un Santo que podía ayudar y proteger a esas personas indefensas en tiempos de paz, sin recurrir a la violencia tan despreciada por él.
De pronto, sintió que tiraban de su capa con suavidad y al voltear, vio a una niña que la miraba con timidez. La pequeña se acercó un poco dudosa, entregándole una flor para luego desaparecer entre la multitud. La joven quedó sorprendida de tan tierna actitud e intentó buscarla con la mirada, para agradecerle. Sin embargo, en ese instante muchos niños se abalanzaron sobre ella, tomándola de las manos, tirando de su ropa con suavidad y hablando todos al mismo tiempo, produciendo cierta confusión en ella.
Shun la observaba divertido, sabiendo que ella había perdido todo contacto con la humanidad desde que supo que era Athena, por lo que debía sentirse apabullada al verse rodeada por tantas personas. Pero, le asombró el verla tranquila, recibiendo las atenciones de los pequeños a la vez que se agachaba para quedar a su altura y poder escucharles mejor. Una sonrisa se dibujó en sus labios, sintiéndose más tranquilo de haberla llevado con él.
Las personas poco a poco fueron dispersándose, después de haberlos invitado a almorzar en numerosas casas, dejando que al fin pudieran llegar hasta donde se encontraba el pequeño enfermo. Saori miró la fachada de aquella antigua vivienda, sintiendo oprimido el pecho ante tanta precariedad. Antes de tocar, Shun se acercó a ella para darle algunas indicaciones, percibiendo de inmediato el dolor que sentía su alma divina.
—Athena, no se preocupe. Las personas de este pueblo ya están acostumbradas a la escasez —intentó explicar.
—Pero, yo podría hacer algo. La fundación sigue originando ingresos en Japón… —habló en un hilo de voz, revelando su pesar.
—No es necesario. El dinero no compra la felicidad. Estas personas, dentro de todas sus necesidades, son felices y generosas entre sí —reveló el Santo con admiración—. Se dará cuenta en cuanto entremos. No se sienta apenada y reciba lo que le ofrezcan, así les regalará un momento de alegría —señaló, viéndola directamente con sus hermosos ojos esmeralda, provocando cosquillas en su estómago debido a su transparente mirada.
Después de tocar la puerta, la madre del pequeño se asomó muy feliz de ver al Santo en su hogar de nuevo, haciendo una seña con su mano para que pasara.
—Señor Shun. ¡Qué bueno que vino! Aunque no es necesario que se preocupe tanto por mi hijo, usted sabe que somos de escasos recursos —dijo agradecida, un tanto avergonzada.
—No es una molestia, Tábata. Y ya le he dicho que solo me diga Shun —le rectificó.
—¡Cómo podría! Usted es alguien muy respetado. Y, ¿quién es esta linda muchachita?
—Se llama Saori. Vive en el Santuario también —contestó.
—¿Es su novia? —preguntó con sospecha.
—¡No! No podría —respondió asustado de tal blasfemia, moviendo sus manos en señal negativa. La joven sintió una extraña punzada en su corazón, junto a una profunda tristeza. ¿Era tan difícil que alguien la amara?
—¿Por qué lo dice así? Ella es linda y joven...
—¿Podría pasar a ver un Nicos, Tábata? —preguntó con la mirada seria para desviar el tema, incómodo. Él jamás podría ver a Athena con otros ojos que no fueran los de su devoción por ella, al menos eso pensaba en ese momento.
—Claro. Usted ya conoce el camino —dijo la señora dejando el paso libre.
Ambos avanzaron hacia la habitación del fondo, donde un pequeño de no más de cinco años permanecía en cama. Una ventana semiabierta estaba cubierta por unas gastadas cortinas, siendo el único origen de aire fresco y luminosidad en aquel dormitorio. Había un leve olor a humedad en el ambiente y suaves quejidos salían de los labios del niño, que tenía las mejillas sonrojadas y el rostro sudado.
—¡Nicos! —gritó el joven Andrómeda, asustado por su estado.
Se acercó rápido, agachándose a su costado, palpando su frente, la que estaba hirviendo tal como pensaba. Se sacó la diadema de la armadura de su cabeza y, tomando un elástico del bolso que llevaba en la espalda, amarró su cabello esmeralda.
Saori no se había percatado de lo largo que él tenía el pelo hasta que lo vio tomárselo, despejando su rostro. Gracias a esa acción, pudo apreciar de cerca sus perfectas facciones, sus rasgados ojos verdes que mantenían una mirada seria y preocupada, su perfilada nariz, sus delgados labios, su blanca piel. Mantenía esa esencia pura que le conoció a los trece años, más ahora inspiraba madurez. Observó sus tonificados brazos que terminaban en unas varoniles manos, las que se depositaron sobre el pecho del niño que subía y bajaba rápido producto de las altas temperaturas que atacaban su cuerpo. Su cosmos empezó a brillar cálido e intenso, rodeando el cuerpo del enfermo, mientras él mantenía sus ojos cerrados, profundamente concentrado en lo que estaba haciendo.
Impresionada, vio que el pequeño dejó de quejarse poco a poco, hasta que al fin abrió sus ojos con lentitud, pestañeando varias veces. Shun deshizo su técnica, suspirando de alivio ante la mejoría de su paciente. Ella lo vio ponerse de pie, pasar por su lado y perderse en el pasillo. Ahí notó lo alto que era, recordando que con trece años era solo un poco más baja que él, sin embargo ahora con esfuerzo le llegaba al hombro. ¿En qué momento se había convertido en todo un hombre? ¿Cómo nunca se dio cuenta de la clase de persona en la que se había transformado?
Volvió acompañado por la madre de Nicos, hablando acerca de su estado febril. Tomó su bolso que había dejado en la habitación y de él sacó unos pequeños paquetes muy bien rotulados.
—Son unas hierbas que le ayudarán a recuperarse. Por ahora, detuve el avance de la enfermedad, sin embargo, todo depende de que se le ayude a subir sus defensas. Es necesario que coma bien y beba mucho líquido. Vaya al mercado y compre miel, frutas cítricas y jengibre. Tome esto —dijo, entregándole un sobre aparte.
—¡No! No puedo aceptarlo —respondió la mamá—. Usted ya ha hecho demasiado…
—Ustedes también han hecho mucho por mí. Por favor, recíbalo como un pago por su amabilidad —habló agradecido, tomando sus manos y obligándola a recibir el sobre.
—Muchas gracias —dijo, limpiándose unas cuantas lágrimas que habían caído por su rostro.
Toda la escena era observaba en silencio por la diosa ahí presente. Estaba orgullosa de haber defendido a la humanidad, si con eso podía presenciar un gesto tan desinteresado y generoso. Sintió deseos de llorar de felicidad y sin darse cuenta, las lágrimas corrieron libres por sus mejillas sonrojadas a la vez que sus labios esbozaban la más pura sonrisa de alegría.
—Nicos. Te has portado muy bien. Mira, te dejaré un regalo aquí. Lo hizo mi hermano —reveló contento el santo, dejando en un costado un caballo de madera, volviendo con su mano a acariciarle la frente al pequeño, que le sonrió de vuelta.
¿Quién había confeccionado aquella figura? ¿Se refería a Ikki? Debía preguntarle después, pues no estaba dispuesta a quedarse con la inquietud, no después de todo lo que había vivido aquella mañana.
Tal como Shun le había advertido antes de entrar, no pudieron retirarse de ahí hasta que comieron junto a la familia de Nicos, riendo y hablando de numerosas cosas, entre ellas, la insistencia por parte de la madre del niño en que Saori fuera la novia de él, provocando el sonrojo de ambos aludidos en varias ocasiones.
—Vendré en tres días. Espero que Nicos ya esté mejor —dijo, despidiéndose Andrómeda.
—Muchas gracias por su amabilidad —habló feliz la joven diosa.
—De nada. Ha sido un placer. Y regrese cuando quiera. Es bueno que el señor Shun no esté solo —insistió la madre.
—Tábata, le he dicho que solo me llame por mi nombre. Gracias por la comida —finalizó, girándose para salir pronto de ahí, antes de que ella volviera a persistir en sus invenciones.
La tarde avanzó rápida, a medida que recorrieron las calles del pueblo, paseando por sus negocios y recibiendo algunos presentes que los lugareños les ofrecían con generosidad. De pronto, Shun notó que ella se quedó pegada en una pequeña tienda que vendía helados artesanales, sin querer moverse de ahí, fascinada por los sabores que tenían.
—¿Quiere uno? —le consultó, acercándose a ella.
—Es que no traje dinero —se excusó, sintiéndose tonta por olvidar aquel pequeño detalle de la vida cotidiana.
—Pero, yo invito. ¿Qué sabor le gusta?
—¿En serio? —preguntó asombrada, pero feliz—. Me gusta el de fresa, aunque el de chocolate también es rico y el de naranja me intriga —respondió, como si hubiese vuelto a ser una niña, antes de saber que era una diosa.
Él dejó escapar una risa a pesar de evitarlo, divertido por su reacción tan humana. ¿Por qué seguía pareciéndole que ella se sentía menos Athena y más Saori? Prefería espantar aquellos pensamientos de su mente para no dejar espacio a nada fuera de lugar en su labor como Santo.
Pronto estuvieron sentados en una banca, bajo la sombra de un enorme olivo, que era el símbolo de aquel pueblo. Ella tenía entre sus manos un vaso grande, lleno de distintos sabores de helado e iba disfrutando de a poco la emoción de sentirse niña otra vez. Él se había comprado uno para acompañarla sabor vainilla. Sus corazones latían pausados, rebosantes de alegría, mientras guardaban silencio, observando el inicio del atardecer, que comenzó a teñir de anaranjado los techos del pueblo de Rodorio. Las aves emprendieron el vuelo, trinando al pasar en grandes bandadas, perdiéndose en el horizonte. La temperatura comenzó a descender y una brisa helada cruzó por donde estaban sentados, haciendo que ambos temblaran.
—Creo que es hora de regresar —mencionó Shun, rompiendo el silencio que habían sostenido desde que se habían sentado ahí y volteó a verla para saber su opinión—. Tiene helado en la cara —dijo riendo.
—¿Dónde? —preguntó avergonzada, sintiendo sus mejillas arder.
—Aquí —habló son voz grave y mirada seria, limpiando su mejilla con una servilleta. Ella pensó que su corazón iba a salir desbocado de su pecho al sentir sus latidos acelerarse de forma tan abrupta al momento que su mano hizo contacto con su piel, teniendo su rostro tan cerca, provocando que el calor subiera hacia su rostro—. Perdón si la incomodé —se disculpó, al notar su nerviosismo, entendiendo que se había sobrepasado.
—No. No es eso —dijo. Sin embargo, no podía revelar qué era realmente—. Me pillaste desprevenida, solo es eso.
—Entonces, ¿volvemos al Santuario?
—Está bien.
Sus pasos avanzaron con lentitud, retrasándose en varias ocasiones, observando el caminar de su Santo que en un solo día la había impresionado en gran manera, deseando que el día nunca acabara. Pero, era demasiado tarde y debian regresar, ya que muchos estarían preocupados por su ausencia tan repentina.
Los días comenzaron a pasar más rápido de lo que estaba acostumbrada debido a la compañía de Shun. Todas las mañanas descendía veloz por los templos, haciéndose más ágil a medida que pasaba el tiempo. Siempre que llegaba a Virgo, se detenía a ordenar su cabello, sacudir sus ropas y calmar su agitación. La felicidad inundaba su corazón al percibir el aroma a comida recién preparada, acercándose a la cocina. El joven se esmeraba en atenderla a diario, satisfaciendo sus deseos de comer comida japonesa, tal como en su niñez. Esa mañana había arroz blanco con verduras salteadas y gyozas, haciéndosele agua la boca ante la exquisita presentación de la mesa. A un costado estaba servido el infaltable té verde.
—¡Hola, Shun! —dijo con soltura.
—¡Athena! —respondió alegre.
—Por favor, Shun, te pedí que me llamaras por mi nombre —habló a medida que se acercaba con cara de ofendida.
—Es que se me hace muy difícil llamarla de un día para otro de manera tan informal —se excusó.
—Además, sigues tratándome de "usted" como si fuera una señora. Recuerda que tenemos la misma edad.
—La diferencia es que usted es la diosa a la que sirvo —dijo con convicción, haciéndola sonrojar.
—Entonces, como tu diosa te lo ordeno —sentenció seria apuntándolo con el dedo, hasta que no pudo aguantar la risa por el rumbo que tomó la conversación—. Vamos, Shun, trátame como a una igual, aunque te sea difícil, por favor. Recuerda cuando éramos niños —dijo, sin embargo, en cuanto sus palabras salieron de su boca se sintió tonta al traer a colación ese tiempo—. Perdón, no debí decir eso...
—No te preocupes —dijo finalmente el santo, sonriéndole, haciendo una pausa para continuar—, Saori.
Ella sintió la felicidad inundar su corazón debido a la cercanía que al fin había logrado con él. Llevaba varios días visitando su Templo, contemplando su diario vivir y acompañándolo al pueblo para ayudar a las personas. Siempre estaba haciendo algo provechoso, leyendo, investigando, meditando o entrenando con sus hermanos. Le agradaba verlo dormir sobre su escritorio después de un arduo día de trabajo, tal como lo había encontrado la primera vez. En esas ocasiones, su rostro era tan sereno que su tranquilidad era palpable y se sentía contagiada por aquella paz.
Pero, en ese instante, su alegría era mayor al haber roto la pared que la separaba de él al ser su diosa. Por eso, como la humana que se sentía en ese momento, impulsada por los inentendibles designios de su corazón, corrió hacia él y saltó a sus brazos sin sopesar las consecuencias de lo que hacía, colgándose de su cuello. Al comienzo, Shun se sintió un poco perturbado, sin saber qué hacer, pero unos segundos más tardes la rodeó por la cintura, atrayéndola hacia él, correspondiendo su abrazo. Percibió el suave aroma a rosas que desprendía su suave cabello, sintiendo un nerviosismo especial al tenerla así, tan frágil y cercana, junto a él. Sin pensarlo, su mano comenzó a acariciar su cabeza hundida en su pecho, teniendo la sensación de que entre sus brazos había una mujer ansiosa de cariño, asustada por la soledad a la que estaba destinada. En lo más profundo de su corazón, deseó hacerle saber que él jamás la abandonaría y que siempre podría contar con su compañía, por lo que, armándose de valor, deshizo el abrazo y tomó su rostro entre sus manos, alzando su cabeza para verla de frente. Ahí, ambos quedaron prendados unos segundos que se hicieron una eternidad, conectados en un trance desconocido para los dos, donde sus esmeraldas y azules ojos revelaban el asombro que sentían ante la sensación que subía por sus pechos ansiosos.
—Shun —musitó sorprendida.
—Siempre estaré junto a tí, Saori —reveló con convicción, la que reafirmó con su mirada.
El corazón de la joven se aceleró de golpe y sus mejillas se tornaron carmesí, a la vez que sus ojos comenzaron a llenarse de lágrimas, las que fueron limpiadas con extremada devoción por las manos de Andrómeda.
—No sabes cuánto deseo que sea así —dijo, dejando salir sus sentimientos.
El santo no supo cómo tomar sus palabras, ni saber si eran pronunciadas por Saori o por Athena. ¿Era posible que fueran dos seres distintos? La miró asombrado al ver sus ojos suplicantes de amor, pero, no de un amor hacia su divinidad, si no de un amor romántico, físico, humano. Se sentía un poco confundido, sin saber qué rumbo tomar. Y ¿si le daba una oportunidad a ese amor? Ella lo había impresionado desde el día que lo había acompañado al pueblo, demostrándole cuánto había madurado en esos años. Con cariño, la esperaba todos los días, ansioso de compartir con ella su rutina. Sin embargo, era su diosa y la de todos los santos. No podía ser egoísta y querer su amor solo para él. Sin contar con que Athena era una diosa virgen, alejada del mundano romance. ¿Qué harían los dioses si se enteraban de su osadía de querer amarla como mujer?
Cerró sus ojos para evitar su implorante mirada e intentar buscar una respuesta a lo que estaba sintiendo. Al verlo confundido, Saori entendió que su corazón estaba dividido entre la devoción y su incipiente cariño hacia ella, por lo que, impulsada por su anhelo, decidió ser ella quien diera el primer paso. Levantó su mano hasta alcanzar su rostro, acariciando su mejilla, obligándolo a abrir sus ojos de nuevo. Shun observó su rostro tan cerca del de él, repasando sus facciones hasta llegar a sus labios rosados que esperaban anhelantes ser besados por los suyos.
—Sería un sacrilegio —dijo con temor.
—No, no lo sería —le respondió susurrando, ya que su voz no podía salir con claridad producto de la emoción.
Sus ojos esmeralda se abrieron sorprendidos al obtener una respuesta tan clara como esa. Al tener su venia, las dudas de su cabeza se esfumaron y solo quedó lo que su corazón le impulsaba a concretar. Su mano rozó con cariño su suave rostro, acercándose ansioso a ella, disminuyendo el espacio que los separaba. Sus ojos se cerraron, nervioso por lo que estaba a punto de hacer, percibiendo su cálida respiración, hasta que al fin despositó sus labios sobre los de ella con suavidad. Se mantuvieron unos segundos así, simplemente disfrutando el momento íntimo que se estaban regalando mutuamente, intentando acostumbrarse a las sensaciones que viajaban a través de sus inexpertos cuerpos. Ya más confiado, él comenzó a besarla con más soltura, bebiendo con delicadeza de sus labios, atrayéndola hacia su cuerpo con sus fuertes brazos, profundizando el contacto. Saori tenía las emociones a flor de piel, incapaz de comprender a cabalidad aquella placentera sensación, sintiendo que su respiración era más dificultosa cada vez y sus piernas comenzaban a perder la fuerza para sostenerla, mientras unas cosquillas subían por su vientre. Él la besaba con devoción, pero también sentía un dejo de pasión en sus caricias, disfrutando a plenitud sus manos entrelazadas cuyos dedos se tocaban sutílmente, enviando ondas eléctricas a través de sus brazos.
A pesar de no querer separarse, tuvieron que detener aquel beso para asimilar las fuertes sensaciones que recorrían sus cuerpos temblorosos, manteniendo el contacto de sus manos enlazadas, sin distanciarse demasiado. Mientras regularizaban sus respiraciones, ambos sintieron la necesidad de mirarse y compartir sus sentimientos sin hablar. Tenían las mejillas sonrojadas y sostenían una sonrisa que revelaba confidencialidad ante aquel gesto íntimo que acababan de brindarse.
—Saori... yo —intentó decir, más ella lo calló poniendo los dedos de su mano sobre sus labios.
—No te disculpes, por favor. Quiero pensar que esto que acaba de suceder fue un momento mágico para los dos —reveló.
—Y lo fue —respondió, sosteniendo su rostro—. Demasiado maravilloso para ser cierto —habló un tanto melancólico.
—¿Qué es lo que te preocupa? —preguntó, aunque sabía que la respuesta era obvia. Aún así quería escucharla de él.
—Eres Athena. ¿Acaso puedo aspirar a amarte como a una mujer sin ser culpable?
—¿Podrías en verdad amarme? ¿A mí, la chica llamada Saori? —inquirió emocionada de escuchar sus palabras.
—¿Quién no lo haría? —respondió en una pregunta. Aún sentía temor de ser acusado por el pecado que acababa de cometer, más no por el castigo que él podría recibir, si no por las consecuencias que a ella podría traerle—. ¿Crees que puedo ser digno de amarte?
—Shun... soy yo quien me pregunto eso. ¿Crees que puedas aceptar mi corazón?
Admirado de sus palabras, embelesado por su humildad, volvió a atraparla entre sus brazos con fuerza y delicadeza a la vez, demostrándole que estaba dispuesto a sufrir cualquier consecuencia con tal de estar a su lado. Con más osadía que al comienzo, empezó a besar sus mejillas acercándose de a poco a su boca, hasta que sus labios volvieron a unirse en aquella danza recién descubierta, disfrutando a plenitud el placer que se entregaban mutuamente, ajenos a cualquier resultado que pudieran traer sus actos. Solo eran dos almas que anhelaban amarse, permitiéndose por primera vez aquel sentimiento negado por tantos años.
Continuará...
Notas: Hola! Quiero partir agradeciendo a todos los que se atrevieron a leer esta historia, un tanto extraña viniendo de mí, pero, ¿quién puede controlar la imaginación? Jajaja
Sus comentarios son un gran impulso para que mi cabecita loca siga creando historias diferentes al saber que son de su agrado. Gracias a todas sus lecturas puedo seguir avanzando en este mundo de la escritura de fanfic. Espero que hayan discfrutado este capítulo.
Quiero aprovechar unas líneas para aclarar un mensaje que me llegó (el que borré por no tener nada que ver con la historia y ser anónimo) Creo que todos quienes me leen y conocen mis escritos saben que mis historias no son yaoi y seguirá siendo así, porque ese es un género que no llama mi atención. Además este fandom ya tiene suficiente yaoi para ser leído por sus fans. Así es que espero no volver a recibir mensajes de fujoshis enojadas porque escribo hetero, porque lo seguiré haciendo aun a pesar de sus intentos por intimidarme. Sé que esto no será leído por ella, pero quiero promover la tolerancia dentro del fandom, en vista que no soy la primera persona atacada en forma anónima. Si hay algo que no les gusta, es simple, se pasa de largo y ya. ¿Para qué atacar a alguien sin fundamentos? Soy bastante paciente, sin embargo, siento que esto no puedo pasarlo por alto, pues no ataca mi forma de escribir si no que mis gustos personales, los que no pasaré a llevar para satisfacer a otros. Solo es una reflexión que quería compartir con ustedes, esperando no molestar a nadie con ello.
Saludos, Selitte :)
