Los personajes de Saint Seiya no me pertenecen, son propiedad de Masami Kurumada
Amor devoto
Por primera vez en su vida, aquellos fríos y solitarios aposentos no le parecieron tan desolados; muy por el contrario, sentía que esa habitación se había vuelto cálida y luminosa. Su corazón aún latía acelerado, sus mejillas estaban acaloradas y las cosquillas en su estómago insistían en aparecer cada vez que a su mente volvía aquel recuerdo de unas horas atrás, obligándola a sonreír. Se detuvo frente a su espejo, observando sus labios que habían sido besados por primera vez en sus veinte años de vida y, sin meditarlo, deslizó sus dedos por ellos, intentando repetir la placentera sensación recién descubierta, cerrando sus ojos para hundirse en su fantasía.
—¿Tanto te gustó? —le preguntó la voz divina de su reflejo.
—¿Ah? —soltó Saori al verse descubierta, sin saber qué responder.
—Parece que aquel beso te dejó en las nubes —dijo Athena.
—¿Acaso tú no lo sentiste? —preguntó incrédula.
—Vivo dentro de ti, puedo percibir tus sentimientos humanos, sin embargo, no quise invadir tu espacio y reprimí la conexión de nuestras almas —reveló la divinidad—. Quizás, tuve temor por lo que sentiría…
La joven se asombró de sus palabras… ella, una diosa del Olimpo, tenía miedo de descubrir qué era el amor. Conmovida y agradecida por su sinceridad decidió hablar.
—Fue maravilloso —se sinceró, cerrando sus ojos en señal de que estaba recordando aquel momento—. Sus labios son suaves, su piel es cálida, su aroma es especial. Me sentí tan protegida, acompañada, querida…
—¿Lo amas? —inquirió.
—¿Amarlo? Aún no lo sé, pero me gusta mucho estar con él, me fascina descubrir algo nuevo de su personalidad cada día y sentir su preocupación por mí.
—¿Crees que es el indicado? Después de todo, es el primero al que le diste la oportunidad de conocerte —preguntó dudosa.
—Eso espero…
—Recuerda que solo te otorgué un año para encontrar el amor verdadero y ya han pasado dos meses.
—Lo tengo claro, pero quiero disfrutar este proceso como se debe. Quiero que sepas que no permití que me besara por interés, en verdad deseaba que lo hiciera.
—Está bien. Lo único que debo advertirte es que este tiempo te lo concedí yo, sin embargo, aún no sé qué pensará mi padre de todo esto. Debemos estar preparadas para ver qué pasará después de este año —reveló, soltando aquellas palabras en un susurro que se fue desvaneciendo a medida que abandonaba el espejo.
Saori se quedó petrificada ante su revelación, pues suponía que Athena había permitido aquello en conocimiento de las consecuencias. Y, ahora que lo pensaba, el problema no solo era lo que opinara Zeus o los otros Olímpicos, sino que también se vería obligada a hablar con sus santos de lo que estaba experimentando. Ellos, ¿la entenderían? Un escalofrío recorrió su espalda y unas suaves gotas de sudor se asomaron a su frente, viéndose enfrentada de golpe a la realidad que se le avecinaba. Sin embargo, el recuerdo de los fuertes brazos de Shun rodeándola con delicadeza hizo que los malos presentimientos se esfumaran de inmediato. Él nunca la abandonaría, eso lo tenía claro, y esa seguridad nacía desde su corazón, entregándole calidez a su alma. Lo mejor que podía hacer era descansar y reponer energías… ya llegaría el momento de descubrir los efectos de sus actos, más ahora, solo quería disfrutar del instante de felicidad vivido ese día.
La luna brillaba majestuosa en el negro manto del cielo, rodeada de perfectas estrellas titilantes, las que eran observadas por el santo que vivía en la casa de Leo, mientras subía las escaleras hacia el templo habitado por su hermano menor.
—¡Shun! —gritó, al notar que él no había escuchado sus primeros llamados.
—¿Ikki?
—¿Quién más? Llevo mucho rato llamándote. ¿Acaso estás en las nubes? —preguntó un tanto molesto.
—Perdón, no te oí —respondió. "Creo que en verdad estoy en las nubes", pensó para sí—. ¿Necesitas algo?
—¿Ahora me tiene que faltar algo para verte? Desde que Athena decidió pasar su tiempo contigo, casi no te veo —se quejó el Fénix, cruzándose de brazos.
—¿Eso crees? Pero, si conversamos todos los días, Ikki —le aseguró convencido.
—Como digas. ¿Hoy se fue más temprano?
—¿Quién? ¿Saori? —preguntó, aun divagando en sus recuerdos de aquel día.
—¿Saori? ¿Desde cuándo la llamas por su nombre?
—Eh… —dudó en hablar.
—¿Shun?
—¿Sí?
—¿Qué está sucediendo? —inquirió con seriedad.
—Nada —respondió, sintiéndose atrapado entre la espada y la pared. Tenía claro que su hermano sabía con exactitud cuándo estaba mintiendo. No pudo seguir enfrentado su mirada inquisidora, por lo que bajó la cabeza, ocultando sus ojos tras los mechones de su cabello.
—Sabes que si no quieres contarme, no te voy a obligar —dijo, caminando hacia la alacena—. Tengo hambre, ¿preparamos algo de cenar?
Una punzada atravesó el corazón de Andrómeda. ¿Sería capaz de ocultarle algo así a su hermano? ¿Por qué dudaba en contarle? Y sus otros hermanos, ¿cómo reaccionarían al descubrir lo que había hecho? Comenzó a sentirse responsable de un pecado inaceptable, sin embargo, ese instante de su vida había sido tan maravilloso… ¿podía esa felicidad ser compatible con sus sentimientos de culpa?
—Ikki, puedo confiar en ti, ¿cierto? —le preguntó, alzando su transparente mirada al fin.
El hermano mayor notó de inmediato la seriedad del asunto, volviendo sobre sus pasos para sentarse a un lado de él. Sin embargo, a pesar de haberse decidido a hablar, el silencio se hizo presente en aquella sala del Templo de Virgo. No sabía por dónde empezar, ni qué decir, solo tenía claro que necesitaba desahogar esos sentimientos con alguien de confianza. Volvió a observar al Fénix, quien permanecía de brazos cruzados, con sus ojos cerrados, esperando con paciencia a que él decidiera a decir algo.
—Shun —dijo con voz grave para sacarlo de aquello que lo tenía absorto.
—Es sobre Athena —soltó finalmente.
—Ah, ahora es Athena. ¿No que recién la habías llamado Saori?
—Ikki, por favor, esto es difícil de decir.
—Lo imagino —dijo, mirándolo a los ojos con empatía—. En verdad, no tienes que darme explicaciones...
—Es que lo necesito —sinceró.
—Entonces, voy a preguntártelo, para que no tengas que decirlo tú—mencionó—. ¿Sientes algo por ella?
El menor de los hermanos se asombró ante la pregunta tan directa del Fénix. ¿Tan evidente era lo que lo atormentaba? Sin embargo, no fue capaz de emitir ninguna respuesta, solo se limitó a agachar la cabeza de nuevo, intentando organizar sus ideas y descubrir la forma correcta de liberar lo sucedido. Hasta que al fin recordó el rostro feliz de Saori, sonriéndole al despedirse, dándole seguridad para creer en lo que estaba sintiendo.
—La besé —soltó sin reprimirse.
—Ya te habías tardado —fue la respuesta de su hermano, mientras le dedicaba una mirada seria.
—¿Cómo? ¿Por qué dices eso? ¿Acaso no te molesta? —preguntó inquieto Andrómeda. ¿En verdad Ikki no entendía el trasfondo del asunto?, pensó.
—Desde que a Athena se le ocurrió acompañarte al pueblo, no dejas de hablar de ella, de lo perfecta que es, según tus palabras.
—Pero, es obvio que es perfecta, ¡es una diosa! —intentó razonar con él, para que entendiera su tormento, pero su hermano insistía en verlo como algo de lo más normal.
—¡Ay, Shun! Ese corazón tuyo en verdad es demasiado puro. ¿Qué es lo que te preocupa? ¿Qué sea un pecado? Un pecado sería amar y no ser capaz de vivir ese amor —reveló con sabiduría su hermano.
—Un pecado es quererla como mujer —asumió, oprimiéndose el pecho con su mano.
—Yo no fui capaz de vivir mi amor y eso me ha atormentado toda la vida. Tú mismo perdiste a tu amiga antes de asumir que la amabas. Ya es suficiente tiempo como para avanzar, hermano.
Sus palabras calaron hondo en su corazón, pues sabía que Ikki había amado a Esmeralda con todas sus fuerzas y el perderla había roto su alma en dos. También, recordó su propio sufrimiento, el que lo había llevado a intentar ayudar a los demás, cuando vio morir a June en sus brazos producto de una enfermedad incurable, hacía ya más de cinco años. En ese entonces, pensó que su corazón jamás sería ocupado por alguien, sin embargo ahora…
—¿Qué dirán los demás?
—¡Qué importa eso! Lo que en verdad importa es qué sientes por ella. ¿La amas?
—Aún no lo sé… me fascina estar con ella, pero creo que el amor nace con el tiempo…
—A veces no se cuenta con el tiempo necesario y solo nos queda arriesgarnos —reflexionó el mayor, dándole una mirada de respaldo.
—Gracias, Ikki. No sabes cuánto me alivia contar con tu apoyo —dijo, asintiendo con la cabeza— Solo espero no estar metiéndome en problemas —habló más confiado al fin.
—¿Problemas? ¿Tienes algún problema, Shun? —escucharon la voz del Santo de Dragón tras sus espaldas, sorprendiéndolos.
—¡Shiryu! —exclamó el menor, evitando demostrar el nerviosismo que le provocaba su llegada tan repentina—. ¡Qué bueno verte! Pasa, ¿necesitas algo?
—Perdón por interrumpir —se excusó el recién llegado—, pero Shunrei no se siente muy bien y quería saber si podías ir a revisarla, por favor —explicó, haciendo una reverencia al final, como dicta la costumbre japonesa.
—¡Por supuesto! Siempre estoy disponible para ayudar a mis hermanos y, en serio, no es necesaria tanta formalidad —dijo Andrómeda poniéndose de pie, feliz de tener esa oportunidad de prestar sus servicios a su querida familia.
—Pero, ¿no tenías un problema? Cuando entré…
—No te preocupes, Shiryu, solo conversaba con Ikki. ¿Vamos? —habló firme para que lo siguiera. Consideraba que aún no era oportuno revelar lo que le estaba sucediendo, menos si no lo había conversado con Saori. Por el momento, tendría que ser capaz de ocultar sus crecientes sentimientos por la diosa que todos veneraban.
Al salir del templo, notaron que la noche estaba fría y un suave viento cruzaba los espacios abiertos del Santuario. El profundo silencio formado entre ambos era roto solo por las pisadas resonantes de los santos que subían hacia Libra. Andrómeda seguía sumido en sus recuerdos, los que aceleraban sus latidos sin remedio. ¿Cuánto tiempo tendría que pasar escondiendo su secreto? ¿Qué pasaría de ahí en adelante con su relación con Saori? Y, ¿qué sentía ella por él? Sus cavilaciones fueron interrumpidas por su acompañante, que se notaba inquieto.
—Perdón por molestarte tan tarde, pero en verdad me preocupa Shunrei —reveló.
—No hay problema. Ya les he dicho que me busquen a cualquier hora —dijo para aliviarlo— ¿Se siente muy mal?
—Sí —respondió cabizbajo—. Casi no puede mantenerse de pie, está débil, se marea con facilidad y come muy poco.
—Mmm, aunque ya imagino qué tiene solo con lo que mencionas, prefiero confirmarlo en persona —habló con sinceridad.
—¿Es grave? —preguntó asustado.
—Creo que no, pero ya lo averiguaremos —dijo con una sonrisa que tranquilizó al Dragón.
Cuando llegaron a la habitación, la joven se encontraba recostada en su cama, con el rostro pálido y una bandeja sobre la mesita de noche, cuya comida había apenas tocado. Su esposo se acercó más preocupado al verla en esas condiciones, acariciando su frente helada, haciendo que ella soltara un suspiro.
—Shunrei, ¿por qué no comiste nada? Estás fría —le dijo, tomando sus manos—. Mira, Shun viene a revisarte para ver qué tienes.
La joven china intentó incorporarse para recibir al hermano de su esposo, más un repentino mareo le hizo imposible la acción.
—No te esfuerzes —habló Shun con voz dulce— Por ahora, es mejor que descanses. Te haré unas preguntas que necesito que respondas con sinceridad, sin avergonzarte, por favor.
Shiryu se sintió un poco incómodo por sus palabras, pero dejó que se acercara con confianza. Necesitaba saber qué aquejaba a su amada como fuera. Después de unos minutos y un evidente sonrojo que adornó el rostro pálido de la joven, el santo obtuvo las respuestas necesarias para dar su diagnóstico.
—¡Felicitaciones! Estás embarazada —reveló sonriente.
—¿Embarazada? ¿Estás seguro, Shun? —preguntó asombrado su compañero de batallas.
—Cien por ciento seguro, pero, si desean confirmarlo, puedo traerles una prueba casera mañana del pueblo. Por las fechas que me diste, debería dar positivo de inmediato —dijo, como si ese tema tan privado para ellos fuera de lo más normal, haciendo que ambos esposos enrojecieran aún más.
La joven de largos cabellos negros, en un acto instintivamente maternal, acarició su aún plano vientre, reconociendo la certeza del diagnóstico. Shiryu, al verla así, se enterneció y la envolvió con sus brazos, besando su frente.
—Gracias, Shun —dijo.
—De nada. Cuando regrese del pueblo mañana, les traeré la prueba y les entregaré una lista con recomendaciones. No soy un experto, pero he atendido algunos embarazos en Rodorio —dijo, encogiéndose de hombros— Que descansen —finalizó, girándose sobre sus pasos para volver a su templo.
La fresca brisa de la mañana y el dulce canto de los pequeños pájaros que cruzaban las escaleras del Santuario le parecían más bellos que nunca. Su corazón rebozaba de alegría de solo vislumbrar la posibilidad de ser amada por su santo, como cualquier mujer y no como la diosa que representaba. Sus pasos descendían con agilidad, necesitada por refugiarse en los brazos de aquel que estuvo dispuesto a corresponder sus sentimientos. Sabía que no sería fácil, pero estaba decidida a disfrutar y proteger esa maravillosa emoción recién descubierta.
De pronto, un frío estremecedor la rodeó casi congelando su caminar, al llegar a la casa de Acuario. Solo pudo distinguir la silueta del santo de Cisne avanzando hacia ella, rodeada de su blanco cosmos.
—Athena —dijo con voz grave—. Es mejor que vuelva a sus aposentos.
—Hyoga, ¿qué sucede? —preguntó inquieta por su actitud.
—Usted es nuestra diosa y tengo el deber de protegerla —reveló—. Es mejor que regrese.
—Pero, tú no puedes impedirme el paso —dijo, disgustada por su actitud.
—Si es necesario, la llevaré hasta su misma habitación —amenazó con su mirada seria—. No es correcto que ande expuesta por ahí, sin nuestra protección.
—Shun… es decir, el santo de Andrómeda siempre me acompaña —explicó, esperando que él se quedara tranquilo con eso—. No debes preocuparte por mí.
—Él es el problema —dijo—. Se ha atrevido a llevarla al pueblo, sin medir las consecuencias.
Saori observó con detenimiento las facciones de Hyoga, esperando vislumbrar qué era en realidad lo que le afectaba tanto. Sin embargo, lo único que pudo ver fue su devoción hacia Athena y el anhelo de cumplir con sus obligaciones, muy a pesar de oponerse a su hermano si era necesario.
—Hyoga, creo que has pasado mucho tiempo solo. Shun no es una amenaza para ti ni para nadie —dijo, intentando disuadirlo.
—Es mi hermano y confío en él. Pero mi deber está por sobre eso. Es mejor no darle cabida al enemigo —sentenció, caminando de nuevo hacia ella, haciendo una seña con su mano para que volviera a subir, escoltándola en el proceso.
La joven volvió a sentir la brisa helada que ahora calaba su alma en lo más profundo, triste de imaginarse encerrada otra vez, ya no por Athena, sino por su propio santo que, en su devoción, intentaba protegerla, sin saber el dolor que le provocaban sus actos. Anhelaba tanto volver a ver a Shun, que en un impulso de su corazón, se devolvió, esquivando al Cisne con agilidad y corrió con todas sus fuerzas, decidida a encontrarse con él, saliendo del templo y bajando las escaleras casi sin ver por dónde avanzaba. Grande fue su sorpresa al estrellarse directamente en el pecho de Andrómeda, quien la afirmó con delicadeza de sus brazos, mirándola asombrado.
—Saori… me preocupé al ver que no llegabas —le dijo con suavidad, mirándola a los ojos con inquietud—. Pensé que te había pasado algo.
—Sácame de aquí, Shun, por favor —le suplicó, apretando sus manos sobre su pecho—. Hyoga no quería dejarme pasar.
El joven alzó su mirada, mientras la sostenía de sus brazos, confundido por la actitud de su hermano, quien se asomó a la entrada de Acuario, vistiendo su armadura y congelando todo a su paso, con una amenazadora mirada en su rostro.
—¡¿Qué te sucede, Hyoga?! ¿Por qué tratas así a Athena? —le preguntó en voz alta, demostrando su malestar por la actitud que estaba adoptando.
—Es mi deber protegerla y soy el último en el camino a sus aposentos —respondió—. No es prudente que ande exponiéndose por acompañarte en tus ansias de caridad.
—¡Basta! Si voy con él, es porque así lo deseo —reveló sin tapujos—. Por favor, Hyoga, estoy cansada de estar encerrada, oculta. Junto a Shun he descubierto la necesidad de la gente que nos rodea y, como la diosa a la que sirves, deseo ayudarlos tal como él me ha enseñado. ¿Acaso no lo comprendes? —le preguntó, con su mirada suplicante.
—Puedo entenderlo, pero…
—Amigo, ¿no confías en mí? Sabes que yo también daría mi vida por ella si fuera necesario —afirmó el santo.
—Lo sé. Solo temo que… —habló sin terminar la frase, pues le horrorizaba que sus presentimientos se hicieran realidad. En esos dos meses había observado el cambio en la actitud y el cosmos de su diosa. Sabía que estaba viviendo por primera vez como una humana y le aterraba pensar que todo se saliera de control. ¿Qué pasaría si ella ya no quisiera seguir viviendo en el Santuario? ¿Si deseara vivir como una simple humana? Y lo que era mucho peor, ¿qué sucedería si se enamoraba?
Los miró a ambos y supo que había una conexión especial en ellos, sintiendo un grado de envidia al ver que ella estaba prefiriendo pasar su tiempo con solo uno de sus santos, cuando todos le ofrecían la misma devoción. Se giró sobre sus pasos, indignado por su propia desfachatez de querer contenerla y reprimirla, esperando que sus sospechas no fueran reales, perdiéndose en su templo, dejándolos solos al fin.
Al verse liberados por el Cisne, la joven volvió a refugiarse en el pecho de él, aferrándose a su espalda con fuerza, intentando transmitirle que sus deseos de estar en su compañía eran más fuertes que sus propias obligaciones. Shun, sabiendo lo que su abrazo significaba, se sintió culpable, indigno de ser él quien tuviera toda su atención, cuando sus hermanos la veneraban de la misma forma. Sin embargo, él estaba empezando a sentir por ella un amor diferente, que crecía dentro de su corazón, y llevado por esos sentimientos, la envolvió con sus brazos, demostrándole que jamás la dejaría sola, a pesar de lo que tuviera que enfrentar. Con devoción acarició su cabeza, dejándose llevar de nuevo por aquellas sensaciones que le transmitía su cálido cuerpo junto al suyo. Deshizo el abrazo, ante el asombro de ella y la tomó de la mano, dispuesto a llevársela de ahí, temiendo estar exponiéndola al juicio de los demás debido a sus actos.
Corrieron presurosos hasta la abandonada casa de Capricornio, deteniéndose junto a una de sus columnas interiores, intentando regularizar sus respiraciones debido a la impetuosa carrera que habían hecho para llegar hasta ahí. Se miraron sonrientes, ya que se sentían como dos niños haciendo una travesura. Shun se quedó embelesado al verla así, sonrojada y agitada, con sus suaves cabellos cayendo por su cara e impulsado por un incomprensible deseo, la acorraló contra la columna, obligándola a poner su espalda contra ella, levantando su rostro y exponiendo sus tentadores labios. Deslizó los mechones de cabello que aún cubrían su rostro, rozando su piel en la acción, lo que erizó por completo a la joven, llenándose de aquella placentera sensación. Notó que sus ojos ya no eran tan puros como los había visto antes, sino que la miraban con deseo, la reclamaban como mujer, eso que ella tanto anhelaba. Sintió sus labios suaves besando su frente, descendiendo pausadamente por su mejilla, acelerando sus latidos y agitando su respiración aún más. Su dedicación solo lograba que ella ansiara aún más sentir pronto sus labios, por lo que, impulsada por su emoción, giró solo un poco su rostro para al fin encontrarse a un centímetro de él, quien no se hizo esperar, demandando su boca con deseo, atrapando su cuerpo entre sus brazos para percibir mejor su calidez y poder así disfrutar las emociones que le proporcionaba su osadía. Agitado, se separó un poco de ella al recobrar la cordura, reconociendo para sí que sus impulsos podían llevarlo a cometer un verdadero sacrilegio.
Extrañada por su aparente indisposición, la diosa acarició su rostro, sonriéndole con cariño, intentando esfumar de su mente los temores que parecían consumirlo.
—Me gusta que me trates como a una mujer normal —reveló sonrojada—. No dudes de eso. Ya viví demasiado tiempo como una venerada diosa, alejada del mundo y del amor.
—Mi temor es que tú tengas que pagar mi osadía —dijo.
—Yo también temo que tengas problemas por mi causa, después de todo, fui yo quien te buscó primero —aseguró, dejando clara su propia responsabilidad.
—¿No crees que nos estamos volviendo locos? —preguntó con voz confidencial, mirándola con cariño, juntando su frente a la de ella.
—Locos estaríamos si negáramos esto que estamos sintiendo —dijo, cerrando los ojos para disfrutar mejor el tierno contacto.
—¿Entonces? ¿Nos arriesgamos juntos?
—Sí —afirmó, levantando su cabeza, mientras acercaba sus labios a los de él, besándolo con suavidad.
Sumidos en aquel instante mágico y perfecto, suponiendo que la soledad era la única testigo de su incipiente amor, se dejaron llevar por sus sentimientos y deseos, fundiéndose en un beso apasionado, abrazándose con anhelo, dando rienda suelta a acciones que nublaban sus razones, intentando reconocer las placenteras sensaciones que recorrían sus cuerpos.
Todo era demasiado maravilloso para quedar impune debido al grado de osadía demostrado por ambos jóvenes, por lo que el cruel destino les jugó una mala pasada. De pie, en la entrada de Capricornio, Seiya observaba estupefacto la escena que su hermano y su diosa le presentaban sin saber de su presencia. Indignado, apretó sus puños hasta emblanquecer sus nudillos, caminando hacia ellos con furia desmedida.
Tomó a Shun de un brazo, plantándole un golpe en la cara con toda su ira, provocando que él retrocediera varios pasos debido al imprevisto ataque. Saori, asustada por la reacción del castaño, solo atinó a correr hacia Andrómeda para comprobar que estuviera bien.
—¡¿Qué haces Seiya?! —le gritó indignada, sin darse cuenta de que eran sus acciones la que él estaba juzgando.
—¿Cómo me pregunta eso Athena? Él estaba... él —dijo sin concluir su frase, temeroso de soltar tal blasfemia que había visto.
Recién ahí, ella se dio cuenta de que sus actos no quedarían sin castigo y quien más resultaría herido por su anhelo, sería aquel que estuvo dispuesto a arriesgarse a amarla de verdad.
Continuara...
Notas: Hola! Espero que hayan disfrutado esta actualización.
Es curioso cómo una historia que planeaba que fuera breve, se vea convertida ahora en un longfic... en realidad, no sé a donde irá a parar, pues pensaba hacer de este un fic romántico, lejos de problemas, sin embargo, la relación de Shun y Saori se me antoja ahora apasionada y dificil, algo extraño en mí, que jamás he escrito algo así. Cuando lo emparejo con June, se me hacen tan tiernos los dos que su amor me parece inocente y juvenil, más con Saori (será por la edad que les puse) los veo deseosos y pasionales O.O
Agradezco mucho sus muestras de interés y apoyo en esta historia, ya que sus comentarios hacen crecer mi imaginación, permitiendo que escriba estas escenas, alargando esta historia para complacer la curiosidad de muchos de ver esta pareja en acción.
Bueno, espero que me dejen sus impresiones y suposiciones para alimentar mi inspiración ;D
Saludos, Selitte :)
PD: Portada nueva para quienes puedan verla, dibujada especialmente para esta historia ;)
