Los personajes de Saint Seiya no me pertenecen, son propiedad de Masami Kurumada
Amor devoto
El hermoso cielo celeste iluminado por los resplandecientes rayos del sol de la mañana hacía parecer que el día sería perfecto. Sin embargo, en el Santuario se revelaba una de las mayores traiciones por parte de un santo de Athena a los ojos del Pegaso. Su ira se había descargado en un certero golpe en la cara de su hermano, cuya blanca piel se vio magullada y comenzaba a ponerse amoratada. La joven diosa no podía dar crédito a la violencia desatada por su más leal servidor, sintiéndose culpable del visible daño ocasionado a aquel que comenzaba a ocupar su corazón en ese momento. Intentó acariciar su piel, más el santo de Andrómeda se alejó de ella, dedicándole una mirada seria, pero decidida, por lo que ella supo que estaba dispuesto a pagar las consecuencias que le trajeran sus sentimientos.
Entonces, el joven de verdes cabellos levantó el rostro y enfocó sus ojos en Seiya, caminando unos pasos hacia él, dejando a Saori tras su espalda.
—Por favor, no te expongas más. Yo me haré cargo —le susurró, girando su cabeza hacia su diosa, esbozando una leve sonrisa, a lo que ella asintió confiando en su buen juicio.
—¡¿Cómo fuiste capaz?! ¡¿Acaso te volviste loco?! —gritaba desaforado el castaño, manteniendo su mirada fiera y sus puños apretados—. ¡Haz mancillado el honor de nuestra diosa!
—Perdón, Seiya, pero creo que este no es el mejor momento para hablar… estás muy exaltado. Permite que Athena se retire a sus aposentos, por favor —dijo con seriedad, rogando que su hermano hiciera caso a su sensatez.
—¡Claro que estoy enfurecido! ¡Estabas...! ¡Ah! Ni siquiera puedo decirlo —soltó aún indignado—. Athena es la víctima, ella tiene que quedarse para enjuiciarte —sentenció, apuntándolo con el dedo, ante una sorprendida mirada de Saori.
Fue ahí que ella confirmó sus peores temores. ¿Qué había hecho? ¿Sus santos ahora pelearían por su culpa? ¿Era posible que pasaran por sobre su deseo y acusaran a Shun de algo que en verdad no era culpable?
—¿Víctima? —escucharon preguntar al Cisne, lo que supuso un escalofrío en la espalda de la joven de cabello lila.
—Hyoga, que bueno que llegas —reconoció el castaño, viendo caminar al santo en su dirección con seriedad.
"No puedo creer que mis temores fueran ciertos. Esta hostilidad de Seiya y los rostros de Shun y Athena me comprueban que debí ser más firme hace unos minutos", pensó el rubio, situándose a un costado del Pegaso, enfrentado la mirada de los dos acusados.
—¿Qué sucede? —consultó el recién llegado.
—El problema es Shun. Él se atrevió a…
—¡Detente, Seiya! —lo interrumpió la joven, ante la mirada asombrada de todos sus santos presentes—. Ya fue suficiente… —susurró a punto de llorar.
El corazón de Andrómeda se oprimió al verla sufrir, sabiendo que ella solo quería protegerlo. Se giró, acercándose a la joven sin temor de ser observado por sus hermanos, acariciando sus mejillas y secando sus lágrimas con devoción, mientras los otros dos lo miraban con una mezcla de desagrado e impacto.
—No te preocupes por mí, por favor, Saori —dijo convincente—. Es mejor que vuelvas a tus aposentos.
—Pero, ellos no entienden nada. No saben que yo… —le replicó suplicante, pero él negó con su cabeza, otorgándole una luminosa sonrisa de seguridad.
—Es mejor así, por ahora —afirmó, volviendo a mirar a sus hermanos—. Lo pediré de nuevo, Seiya, permite que ella regrese a la sala del Santuario, por favor.
—¿Ahora quieres que regrese? ¿Acaso no dijiste que eras capaz de dar tu vida para protegerla hace solo unos minutos? —preguntó sarcástico el Cisne.
—Hyoga —habló decepcionado de su amigo—, creo que entiendes que lo mejor es que Athena no presencie nuestra discusión.
—Yo también creo que lo mejor es que Athena vuelva a su habitación —oyeron decir al Fénix, que se asomaba en la entrada acompañado del Dragón.
Con la llegada de ellos, todos sus leales santos estaban reunidos en aquel templo abandonado para hacer público su pecado y, a juzgar por las reacciones anteriores, no sabía qué rumbo tomaría el asunto al final.
Shiryu observó la situación, ignorante en su totalidad de lo que estaba sucediendo; no así Ikki, que con solo ver las desfiguradas muecas de molestia del Pegaso, ya tenía claro qué había visto. Se limitó a darle una mirada de apoyo a su hermano, sabiendo que su puro corazón le impediría contarles la verdad a los otros, por temor a que juzgaran a Athena por su causa, prefiriendo ser castigado por el atrevimiento de ambos.
—Shun, acompaña a Athena de regreso —le ordenó el mayor.
—¿Quién te nombró Patriarca, Ikki, para que decidas qué es lo mejor en este caso? —inquirió indignado Seiya.
Él ya estaba hasta el colmo de tanta palabrería y si le hubiera sido posible, ya le habría asestado varios golpes más a su hermano, para ver si así entraba en razón. Su devoción y lealtad por su diosa desbordaban por su pecho, haciéndole sentir un deseo de venganza incontrolable, el que se iba acrecentando más a medida que pasaban los minutos sin una solución.
—Lo siento, Seiya, pero también creo que es mejor que ella vuelva —replicó el Dragón apoyando al Fénix—. Si existe algún problema entre nosotros, debemos ser capaces de solucionarlo sin involucrar a Athena.
—El problema es que ella está involucrada —reclamó el Cisne, con sus ojos cerrados y de brazos cruzados, como protegiéndose de aquel sentimiento hostil hacia su hermano que surgía desde su corazón. No quería dudar de Shun, no quería… pero, aunque el castaño aún no decía qué era lo que había visto en realidad, lo suponía con un cierto grado de dolor e incomodidad.
—¿Athena está involucrada? —consultó el santo habitante de Libra con cara de asombro.
—Subí, porque sentí el cosmos de Hyoga encendido —intentó explicar el Pegaso a pesar de su disgusto—. Me pareció extraño, ya que Shun había pasado recién por Sagitario. Cuando entre aquí, lo encontré abrazando a Athena y…
Los cuatro miraban a Andrómeda, quien permanecía de pie, delante de Saori, como queriendo protegerla de ellos. Quiso sostenerles la mirada, sin embargo, notó los ojos de decepción de sus hermanos al escuchar las palabras del Pegaso, obligándolo a desviar su rostro en otra dirección. Empuñó sus manos y cerró sus ojos con fuerza, decidido a ponerle término al asunto, sin importarle ya su desenlace.
—Me gusta Saori —reveló decidido—. Sí, lo que escucharon, en este tiempo que he disfrutado de su compañía, poco a poco he ido sintiendo algo especial por ella. Pero, este sentimiento solo es responsabilidad mía, no de ella, así es que permitan que se retire, por favor.
El silencio se apoderó de aquella casa zodiacal, provocando más dolor en los ya confundidos corazones afectados por aquella inconcebible revelación. Con aplomo, el Dragón avanzó hacia su hermano enjuiciado y, pasando por su costado, se inclinó ante Athena, haciendo una reverencia.
—Permítame, yo la escolto —afirmó.
Con un dolor indescriptible en su pecho, la joven miró la espalda de Shun, teniendo claro que esa sería la última imagen que vería de él desde ahora. Sus santos no le permitirían encontrarse de nuevo, no después de lo que acababa de decir. Sin embargo, se lo agradecía, pues sus palabras le habían hecho saber que lo que ella sentía era correspondido y no solo un sueño de su corazón. Queriendo evitarle más problemas, obedeció a su santo y se giró hacia la salida, obligando a sus pies a avanzar en contra de sus deseos, bajo la atenta mirada de los demás.
El Fénix buscó los ojos de su hermano menor, asintiéndole en silencio para reafirmarle su apoyo incondicional, mientras Hyoga seguía sumido en sus dudas y Seiya ya no daba más de coraje. ¿Cómo Shun se había atrevido a decir aquella blasfemia con tanta facilidad? ¿Era posible que sus sentimientos fueran reales? Y, aún peor, ¿podían esos sentimientos sacrílegos haber alcanzado a su diosa?
No debieron esperar mucho para recibir una respuesta a todas las interrogantes que los atormentaban, pues Saori al saberse encerrada de nuevo y separada quizás para siempre de él, se giró decidida a enfrentar la verdad. No volvió, solo habló desde donde estaba acompañada de Shiryu.
—Tú también me gustas, Shun —dijo, intentando elevar la voz, que se le quebraba producto de la desgarradora pena que estaba sintiendo—. Él no es culpable de este sentimiento, quiero que les quede claro que fui yo quien lo buscó primero.
Bajó un poco la cabeza, sabiéndose derrotada por sus propios santos devotos, manteniendo la vista al frente, suplicando porque él se diera vuelta y poder así verlo por última vez antes de que tuvieran que separarse definitivamente. Y, como si su ruego hubiera sido escuchado por él , Shun se volteó hacia ella con su mirada sorprendida al oír sus dulces palabras, deseoso de atraparla entre sus brazos y poder así disfrutar de aquella maravillosa confesión. Sin embargo, eso ya no podría ser, menos delante de sus hermanos cuyos cosmos estaban cada vez más encendidos e inestables. Solo pudo sonreírle de vuelta, asintiendo con su cabeza para que ella siguiera su camino más tranquila. Con solo haberse encontrado, sus ojos azules y esmeraldas se dijeron todo lo necesario, brillando con completa confianza de que serían capaces de sortear aquella prueba del destino. Finalmente, la vio desaparecer a medida que subía las escaleras, escoltada por su hermano, en un caminar lento y tortuoso para ambos.
Después de eso, ¿qué más quedaba? ¿Tenía algún sentido seguir aquel enfrentamiento si ella había dicho lo que no querían oír? ¿Cuál era el castigo para esa traición? Nadie era capaz de decir nada, por lo que Ikki decidió poner fin a ese tormentoso silencio.
—Ya escucharon a Athena, mi hermano no es culpable de nada.
—Eso… eso no es posible —susurró el Pegaso. A sus ojos, la probabilidad de que Saori estuviese enamorada de Shun era totalmente absurda. Ella nunca le había dado siquiera una oportunidad a él, entonces, ¿por qué concedérsela a su hermano? ¿Qué había cambiado?
—Aunque Athena lo haya eximido con sus palabras, no creo que deba salir impune —habló severo el Cisne.
—Acepto cualquier castigo —dijo Andrómeda con decisión en su rostro. Si eso calmaba los corazones de sus hermanos, estaba dispuesto a sacrificarse.
—Por ahora, creo que lo mejor es que tengas prohibido verla —sentenció el rubio—. Cuando todo se haya calmado un poco, si eso es posible, decidiremos tu verdadero castigo.
—Está bien —aceptó seguro, resignado a su destino—. Pero, a ella no la encierren, por favor. Athena, Saori, está cansada de estar escondida en sus aposentos. Permítanle salir, por favor.
—¿Con qué derecho hablas así de ella? ¿Crees que la conoces mejor que nosotros? Además, es nuestra diosa y su responsabilidad es proteger a la humanidad. ¿Insinúas que a ella le pesa su destino? —preguntó inquieto el castaño. Su corazón seguía oprimido por una sensación dolorosa, que no podía descifrar. Él mismo se preguntaba por qué le angustiaba tanto que su hermano se hubiese enamorado de su diosa, si él ya tenía a quien amar... Shaina, su Shaina, que era ignorante a sus oscuros celos.
—No tienen derecho a sentenciar a Shun sin la venia de Athena —insistió el Fénix.
—Por eso, solo limitemos sus encuentros. Lo más importante en este momento es disolver esos sentimientos blasfemos —resolvió Hyoga.
Él tampoco entendía el enojo que surgía de su corazón al conocer la verdad que tanto había querido negar. Su hermano había despertado en la diosa sentimientos humanos incompatibles con su misión protectora. Inclusive, el mismo se había negado a tener esos lazos con más humanos para evitar las dolorosas pérdidas. Pero ahora, se sentía traicionado por ella, a quien había jurado firme lealtad.
Aún permanecían de pie en el templo de Capricornio, cuando escucharon que Shiryu regresaba de escoltar a Athena. Con su típica seriedad, avanzó hasta posicionarse al lado de su hermano acusado, poniendo su mano sobre su hombro, respaldándolo ante la asombrada mirada de los otros.
—Creo que ya es suficiente. Shun siempre ha sido leal a Athena y a nosotros. De alguna u otra forma, nos ha ayudado y salvado. ¿Acaso piensan juzgarlo como a un desconocido? —habló convincente, calmando un poco el acelerado corazón de Andrómeda al escuchar su apoyo.
Todos se quedaron atónitos ante las sabias palabras del Dragón. ¿Cómo habían olvidado a quién tenían en frente? ¿En verdad creían que él fuera una amenaza?
—Pero… —susurró el castaño con el corazón dividido.
—Aun así, insisto en que deberíamos poner término a las salidas de Athena —repitió el ruso—. No es conveniente que siga exponiéndose... no después de lo que acabamos de enterarnos.
—Si así lo desean, ya no veré más a Athena —volvió a repetir su resolución el joven de ojos verdes.
—No creo que sea justo —dijo indiferente su hermano mayor—. Pero, si eso deja tranquilos a los demás, está bien.
—Yo tampoco creo que sea justo. Después de todo, Athena dijo que ella lo había buscado —habló el Dragón, dejando impresionados a sus hermanos—. Sin embargo, reconozco que por ahora es lo más conveniente. Espero que eso calme los ánimos entre ustedes.
—Vamos, Shun —dijo Ikki, esperándolo para salir de ese incómodo lugar, a lo que el menor obedeció sin siquiera pensarlo, pues lo único que deseaba era estar solo para reflexionar mejor en cómo solucionar ese gran problema.
Cada uno partió hacia su templo en silencio, con miles de dudas en sus corazones temblorosos. Ninguno quería asumir las palabras salidas de los labios de su joven diosa, pero tampoco podían negar que las habían escuchado. La tarde sería larga y tortuosa para aquellos santos devotos.
El día avanzó lento y doloroso para el santo de Andrómeda, quien, obligado por sus responsabilidades, había bajado al pueblo solo por primera vez en esos dos meses. Muchos le preguntaban por Saori, acostumbrados ya a su presencia, enviándole saludos afectuosos. Ninguno pudo pasar por alto su cara amoratada, a lo que él se resignaba a atribuir a un golpe mal dado en un entrenamiento. No le gustaba mentir, pero tampoco podía revelar la verdad. No olvidó comprar la prueba de embarazo para Shunrei, a quien debía entregar una lista con recomendaciones cuando llegara. Al pasar por el mercado, vio la tienda de helados que visitaron con Saori el primer día que habían bajado a Rodorio y enternecido con el recuerdo de su infantil imagen, compró un helado de vainilla tal como en aquella ocasión. Se sentó bajo el mismo olivo, intentando traer de regreso las imágenes, que su mente había reservado con cariño, de esos días en que había compartido junto a ella. Sin meditarlo mucho, comenzó a rememorar el día en que supo que un sentimiento inexplicable comenzaba a surgir en su corazón.
La cálida tarde los había conducido hacia la arena de la playa, la que se refrescaba con constancia ante el vaivén de las olas que la acariciaban. Él necesitaba comprar algunas cosas en el muelle, mientras Saori se había entretenido caminando descalza en la orilla. Observaba sus gráciles acciones al levantar su vestido a la vez que saltaba para que el agua no la mojara de más. El rocío de las olas era impelido por el suave viento, adornando su cabello de pequeñas gotas de agua, que brillaban cual cristales. Su risa salía jubilosa de sus labios rosados, iluminando su rostro sonrojado, haciéndola ver divinamente humana. Se sorprendió a si mismo mirándola con otros ojos que no eran los de su devoción y temeroso de ello, se había obligado a desviar su rostro en otra dirección. Sin embargo, ella comenzó a llamarlo, entretenida en su infantil juego, invitándolo a acercarse. Con temor, él había respondido a su voz, llegando a su lado, sin poder dejar de admirar su belleza perfecta y el dulce sonido de sus palabras. Perdido en sus pensamientos, no notó que ella había enredado sus pies en la arena tropezando sin remedio, cayendo sobre su pecho. Al no estar atento, su cuerpo no actuó con el reflejo necesario para sostenerla, yendo a parar al suelo con Saori encima. Sus mejillas se encendieron de inmediato al sentir el cuerpo de su diosa sobre el suyo, viendo su cabeza hundida en su pecho. Ella levantó su rostro sin ser consciente aún de la posición en la que se encontraba, quedando frente a frente a la cara enrojecida de Shun, quien abrió sus ojos, sorprendido. Al asimilar la situación, ella pudo sentir como el calor recorría su cuerpo subiendo por sus mejillas, agitando su corazón. Tan cerca como estaban podían sentir sus latidos acelerados y las respiraciones entrecortadas y cálidas del otro. Solo diez centímetros separaban sus labios de unirse, sin embargo, eso era algo impensable, un verdadero sacrilegio para él.
—Athena —dijo vacilante debido a la cercanía—. Permítame ayudarla.
Con el mayor cuidado él intentó separar sus cuerpos, ayudándola a ponerse de pie. Ya fuera de aquella comprometedora situación, él le sonrió avergonzado ante su torpeza de no haberla retenido debido a su distracción.
—Shun —habló meditativa—. ¿Podrías llamarme Saori?
El aludido sintió que su corazón daba un salto ante aquella pregunta, sintiendo sus azules iris mirarlo con curiosidad. Pero, ¿qué debía decir? ¿Qué esperaba ella que respondiera?
—No creo que sea apropiado —dijo al fin—. Usted es la diosa a la que mis hermanos y yo servimos, no podría tener atribuciones distintas a las ellos —explicó su razonamiento.
Un poco decepcionada, la joven se giró para seguir caminando por la arena, mientras sus verdes ojos la observaban desplazarse con aquella gracia femenina recién descubierta por él.
Unas risas de niños lo despertaron de su recuerdo, teniendo que volver a la triste realidad. Su imprudencia lo había conducido sin remedio a aquella situación que veía irremediable. Al menos, no todos sus hermanos le habían dado la espalda. Le dolía saber que Hyoga se sentía decepcionado de él, pues siempre había sido un buen amigo, comprensivo y leal. Le afectaba saber que había herido a Seiya, porque antaño había conocido sus sentimientos hacia Saori. Sin embargo, pensaba que él, teniendo a Shaina a su lado, ya había olvidado aquel amor no correspondido. Sacudió su atormentada cabeza intentando que por un momento esos pensamientos se esfumaran y lo dejaran en paz, poniéndose de pie al fin para volver al Santuario.
Llegada la noche, después de haber terminado con sus deberes, no pudo conciliar el sueño debido al insomnio que le provocó la situación. Inquieto, empezó a percibir un triste cosmos proveniente de Athena que lloraba, rompiendo su alma en dos. ¿Cómo podía sufrir ella por alguien tan pequeño como él? ¿Cómo había sido capaz de hacerla tener esos sentimientos tan condenables para alguien como ella? ¿En qué momento había perdido la razón?
No pudo soportar el lamento de su diosa, que lo llamaba en silencio, atrayéndolo a la salida del templo de Virgo. Miró el cielo estrellado un momento, cerrando sus ojos para concentrarse en lo que ella quería decirle, cuando sintió que su cosmos lo rodeaba, cálido, pero sufrido. Impactado, sintió como la fuerza de Athena lo elevaba hacia el cielo, superando el techo de su templo, avanzando suspendido en el aire hacia la Sala del Santuario. Ella lo estaba conduciendo ante su presencia, aún por sobre el castigo que sus hermanos le habían impuesto. Se sorprendió al ver cómo las enormes puertas le abrían el paso, doblegadas ante el poder de la diosa, haciéndolo descender en la habitación oculta y prohibida para los humanos. En cuanto entró ahí, pudo ver a Saori recostada sobre su cama, por lo que corrió hasta ella, desesperado por consolarla y reafirmarle sus sentimientos. Sin embargo, ella estaba dormida, visiblemente agotada por haber llorado muchas horas, pues sus lágrimas habían dejado un rastro blanquecino sobre su nívea piel, a la vez que sus labios soltaban inconscientes suspiros de dolor. Con el pecho oprimido, él se acercó a su rostro, acariciando su mejilla, intentando transmitirle a través de su sueño el cariño que le profesaba. Las dudas que crecían en su mente respecto a cómo había llegado hasta ahí pronto fueron resueltas.
—Andrómeda —escuchó la voz de la joven, más no provenía de quien dormía frente a él. Con recelo giró su cabeza en ambas direcciones buscando el origen de aquella voz que lo llamaba—. Aquí… en el espejo…
Con una mezcla de confusión y asombro, dirigió sus pasos con lentitud hacia aquel objeto de donde supuestamente se originaba el sonido, quedando aún más impresionado al ver la imagen de Saori aprisionada dentro del espejo.
—¡Saori! —exclamó, asustado de que aquel fuera algún castigo de los dioses debido a su osadía, tocando con sus dedos la superficie.
—No. Soy Athena —reveló el reflejo con seriedad—. Y tú... tú eres el culpable de que ella esté en esas condiciones.
—¡Oh, Athena! —dijo, inclinándose con respeto, colocando una rodilla en el suelo, reverenciándola. Por primera vez sentía la diferencia entre ambas, reconociendo el maravilloso y poderoso cosmos que emanaba de aquel reflejo. Estupefacto, se sintió acorralado por ella, quien lo acusaba del sufrimiento de su cuerpo en aquella época—. Ruego su perdón. Nunca fue mi intención que esto ocurriera —explicó, temeroso de lo que ella decidiera hacer después.
—¡Mírame! —le ordenó la diosa, a lo que él obedeció de inmediato, alzando su cabeza y enfocando sus ojos en los de ella.
La observó un momento, curioso de descubrir alguna diferencia física entre ella y Saori, aparte de su evidente divinidad, más su apariencia era la misma, sus hermosos ojos azules, sus perfectos labios rosados, su sedoso cabello lila, incluso el dulce tono de su voz, eran exactamente iguales. De un momento a otro, vio que las manos del reflejo salían del espejo dirigiéndose hacia él, lo que le impidió moverse debido al asombro y a cierto grado de temor que ella le generaba. La vio inclinarse para alcanzarlo y sintió cómo sus dedos acariciaron sus mejillas, rozando su piel con suavidad, avanzando por ellas hasta enredar sus dedos en su cabello. No sabía qué hacer, ni cómo reaccionar, manteniéndose petrificado ante su actuar, impresionado con lo que estaba sucediendo. Anhelante, la diosa acercó su rostro al de él, juntando sus labios en un leve beso, mientras Shun se mantenía con sus ojos abiertos de asombro, y su pecho subía y bajaba agitado. ¿Athena lo estaba besando?
—Era cierto que tus labios son suaves —escuchó la voz de ella al fin, sacándolo del trance en el que había caído producto de aquella impactante situación.
—¿Ah?
—Saori, ella dijo que tus labios son suaves y... necesitaba comprobarlo yo misma —reveló con un leve sonrojo en sus mejillas—. He decidido apoyarlos —dijo firme, hundiéndose en el espejo de nuevo.
—¿Apoyarnos? ¿Cómo? —preguntó asombrado.
—Ví que tus sentimientos son reales. Tu corazón es puro y tu alma es bondadosa. ¿Estás dispuesto a dar tu vida por ella? —preguntó.
—Siempre he estado listo para morir por usted, Athena, y ahora, puedo jurar que a ella la protegeré aún a costa de mi propia vida —prometió con devoción y firmeza a la diosa.
—Entonces, ya puedo retirarme —susurró, desapareciendo poco a poco.
—Shun… —escuchó la débil voz de la joven a su espalda.
—¡Saori! —gritó, al ver que ella despertaba, corriendo hasta su cama con anhelo.
—¿Qué haces aquí? —preguntó preocupada.
—Athena me trajo con su cosmos.
—¿Athena? Y, ¿qué quería? —preguntó confundida.
—Comprobar mis sentimientos por ti —explicó, esbozándole una tierna sonrisa.
—¡Oh, Shun! —dijo, hincándose en la cama, mientras se aferraba a él, liberando de nuevo su tristeza en miles de lágrimas que caían por sus mejillas sonrojadas.
—No te preocupes, Saori, pronto todo se solucionará —le habló, consolándola. Su mano le acariciaba la cabeza, intentando darle algo de tranquilidad—. Athena dijo que nos ayudaría.
En ese instante, la joven dejó de llorar, asombrada e insegura de las palabras que acababa de escuchar, alzando su cabeza, para comprobar que lo que estaba diciendo era verdad. ¿Athena había prometido ayudarlos? Sus transparentes ojos verdes le afirmaban con toda seguridad que esa promesa de la diosa era real, por lo que una sonrisa de esperanza se dibujó en sus labios. Enternecido, Shun tomó su rostro entre sus manos y unió sus labios a los de ella en un beso dulce y devoto, intentando demostrarle que sus sentimientos eran puros y muy fuertes. Ante su asombro, ella profundizó el beso con anhelo, suponiendo que pasaría mucho tiempo hasta que pudieran estar solos de nuevo, juntando sus cuerpos en un abrazo desesperado, esperando que de esa forma su recuerdo fuera más real. Ambos querían grabar a fuego en sus mentes el dulce sabor de sus labios, el tenue sonido de sus respiraciones agitadas, el fragante aroma de sus cuerpos, la exquisita sensación de la suavidad de sus pieles en contacto, el ardoroso sonrojo de sus mejillas. La separación se avecinaba y lo tenían claro, puesto que en cualquier momento llegarían a inspeccionar la sala.
—Duerme tranquila, Saori —le susurró al fin, cuando hubieron separado sus labios de aquel imborrable beso.
—Gracias, Shun…
Con más tranquilidad, acarició su cabello y besó su frente, en claro signo de despedida. Inquieta, ella tomó el dedo meñique de su mano, implorando con su mirada que no se fuera.
—Es muy peligroso permanecer aquí. Pero, te prometo que volveré.
Su sonrisa era la más tranquilizadora para ella, por lo que asintió, soltando su mano. Lo vio girarse y dirigirse a la puerta, desapareciendo tras ella. Suplicaba en lo más profundo de su corazón que al día siguiente las cosas se solucionaran al fin…
Continuará…
Notas: Hola! Qué gusto saludarlos de nuevo... esta historia me tiene tan atrapada, que creo que podré seguir actualizándola una vez a la semana. Espero que a ustedes también les esté gustando leerla, tanto como a mí escribirla.
Cada vez que una historia surge en mi cabeza logro visualizarla como si fuera una película, cada escena, cada diálogo, cada gesto... es por eso que me esfuerzo en tratar de transmitir todos los sentimientos y acciones de la manera más clara posible. No sé si soy capaz aún de eso, pero créanme que le pongo todo el corazón a lo que escribo :D
Qué les pareció este capítulo? Espero que puedan dejarme su opinión para saber qué piensan o qué esperan de este fic.
Muchas gracias por leer, gracias también a quienes se toman el tiempo de comentar y hacerme saber su parecer, ustedes ya saben que son sus muestras de interés las que activan la imaginación de esta seudo escritora XD
Me despido hasta el próximo capítulo, Selitte :)
