Los personajes de Saint Seiya no me pertenecen, son propiedad de Masami Kurumada

Amor devoto

El perfecto día otoñal era adornado por las doradas hojas que caían de los árboles arrancadas por el suave viento. Unas pequeñas nubes cruzaban el celeste cielo, interceptando algunos de los tibios rayos solares. La multitud rodeaba a Saori haciéndole un sinfín de preguntas con respecto a su salud y el tiempo que había estado alejada del pueblo. Ella con amabilidad respondía lo que entendía entre tantos murmullos, intentando prestarles atención, aunque sus ojos se desviaban sin quererlo hacia donde se encontraba Shun esperándola, haciendo que su corazón latiera con la fuerza y la vitalidad que había perdido debido a su distanciamiento obligado.

Mientras tanto, el rubio Cisne comenzó a sentirse acorralado entre la multitud de personas y su respiración se volvió errática debido a la ansiedad que le provocaba el gentío. Sintió cómo su pecho se oprimía, el aire casi ya no llegaba a sus pulmones y un sudor frío brotaba de su piel, a la vez que sus manos temblaban incontenibles.

No supo cómo ni cuándo alguien lo tomó del brazo y lo condujo por en medio de las personas que le abrían paso a quién iba delante de él, al que no podía distinguir por tener la vista nublada por la falta de aire. De pronto, se detuvieron al girar la esquina, sin embargo, las fuerzas le fallaron y fue a dar al piso de rodillas, mientras todo le daba vueltas.

—Es una crisis de pánico —escuchó que le decían.

Shun, preocupado por su amigo y adivinando sus síntomas a la distancia, decidió ayudarlo retirándolo del lugar que afectaba su mente. No imaginaba que él pudiera sufrir esa clase de crisis, pero supuso que el haber vivido tantos años alejado de la gente podría haber causado en él esa clase de estragos. Con rapidez, le ayudó a sentarse en el suelo y desprendió la parte superior de su armadura para alivianar el peso sobre su pecho y que de esa forma pudiera respirar mejor.

—¿Qué… qué… me…

—No hables por ahora, Hyoga, solo debes relajarte. Respira hondo y exhala lentamente. ¡Vamos Hyoga, hazme caso! —decía con fuerza sosteniéndolo por los hombros, intentando que le obedeciera, sin embargo su amigo no parecía escucharlo—. Todo está en tu mente, no permitas que te gane. Controla tu respiración.

—Me aho... go... Shun… ayu…

—Ten calma, amigo. Solo intenta tranquilizarte. Estoy aquí para ayudarte, no te dejaré solo.

—Joven Shun, ¿necesita ayuda? —preguntó de pronto una chica que se asomó a la puerta de su casa.

—¡Sí, Nicolé! Por favor, acércate —dijo con voz suplicante, ya que la situación se estaba agravando y en verdad necesitaba un poco de ayuda.

La joven de largo cabello castaño e intensos ojos verdes se arrodilló al lado de Hyoga, posando una de sus manos en su hombro, intentando sostener un poco su peso, sin saber muy bien qué debía hacer en una situación así. Le sorprendió ver cómo el rubio santo sudaba frío y su cuerpo temblaba, mientras su mirada parecía perdida.

—Sh… Shun… —lo llamó su amigo.

—Nicole, sostenlo un momento, por favor —pidió Andrómeda—. Toma su mano para tranquilizarlo. Necesito un minuto para preparar el medicamento apropiado para calmarlo.

Vio a la chica asentir, muda producto de los nervios que le provocaba una situación tan tensa, pues parecía que el joven se estaba ahogando y su actitud desesperada no ayudaba en nada a remediar su situación.

Nicolé estaba muy agradecida de Shun, pues había ayudado gratuitamente a su abuelo cuando se quebró una pierna, por lo que se sentía en deuda y quería de alguna forma corresponder a su generosidad. Por el aspecto nervioso del santo de cabellos verdes, sabía que aquel que permanecía en sus manos era alguien muy importante para él y que no podía dejarlo a su suerte.

—Quédese tranquilo —le habló con suave voz la chica muy cerca del oído del Cisne buscando de esa forma que la escuchara—. El doctor Shun está preparando su medicina. Intente relajarse, por favor.

Una suave brisa pasó por el lugar, permitiendo que Hyoga pudiera inhalar más aire, dándole un segundo de conciencia, mientras sus transparentes ojos celestes se enfocaban en el rostro de la chica que lo sostenía e hizo un intento por oír mejor su dulce voz.

—¿E-eres un… ángel? —alcanzó a susurrar antes de que la crisis volviera a apoderarse de su pecho, pero sus breves palabras provocaron un intenso sonrojo en las mejillas de la chica.

—Nicolé, sostenlo con fuerza, por favor —indicó a la joven, mostrándole la jeringa que contenía el remedio—. Hyoga, esto te relajará en un momento, solo resiste...

Con sumo cuidado, Shun estiró el brazo derecho de su compañero, mientras la chica apretó el resto de su cuerpo contra el de ella, esperando que su débil fuerza lograra detener cualquier movimiento brusco por parte del rubio y le permitiera al joven médico terminar con su tratamiento. Con esplendida habilidad, Andrómeda extendió su cálido cosmos magenta, conteniendo de esa forma la fuerza de su amigo e inyectó el medicamento directo a la vena. Mantuvo su energía activa unos minutos, hasta que el remedio hizo su efecto y el rubio se desplomó sobre la falda de la chica, sostenido por sus delgados brazos.

—Muchas gracias, Nicolé. Sin ti, hubiera sido más difícil doblegar la impulsividad de mi hermano.

—¿Su hermano? —preguntó sorprendida la chica.

—Sí, somos hermanos, amigos y compañeros —respondió con cierta nostalgia en su voz, recordando la hostilidad y distanciamiento que él le había mostrado desde hacía más de dos meses.

—¿Qué le sucedió? ¿Por qué estaba tan mal? —consultó sin quitarle la mirada al rostro compungido del santo que dormía entre sus brazos.

—Hyoga es muy solitario. Llevaba años sin salir del Santuario. Pero, hoy acompañó a Saori y la multitud lo apabulló. Es un santo muy hábil, sin embargo, no está acostumbrado a la gente y mucho menos a la amabilidad —contestó con tristeza, ya que reconocía su culpabilidad en la crisis del Cisne.

—¿Qué hará ahora?

—¿Puedes quedarte con él un momento? Iré por alguien para que me ayude a llevarlo hasta el Santuario.

—Por supuesto —respondió la chica con una dulce sonrisa.

Se levantó con cierta pesadez en el corazón. Había ayudado a Hyoga, pero tenía claro que nada de eso hubiese sucedido si él no hubiera faltado a las reglas del Santuario. ¿Cómo volver el tiempo atrás? ¿Era posible evitar lo sucedido? ¿Cómo fue capaz de ser tan egoísta? Las dudas se apoderaron de su corazón en ese momento, sin embargo, sabía que ya no había manera de cambiar lo que había pasado y tampoco estaba arrepentido de haberse atrevido a amar a Saori. Conocerla e interactuar con ella a diario le habían dado una nueva perspectiva a su vida, insuflando aires nuevos a su adormecido corazón. No podía cambiar su decisión, porque aunque no había tenido tiempo de sopesar las consecuencias cuando todo sucedió repentinamente, aquel impulso humano de besarse fue tan mágico y divino a la vez que no podía ser un error, mucho menos un pecado. Había llegado a esa conclusión después de mucho meditar esos días lejos de ella y se había propuesto luchar porque ambos pudieran estar juntos y aunque las dudas habían regresado al ver el estado de Hyoga, solo habían sido un lapsus de debilidad y culpa por las consecuencias que estaban generando sus decisiones.

Camino hacia donde se encontraba Saori, su corazón volvió a latir con intensidad al ver su femenina silueta entre la multitud, mientras su cabello ondeaba con suavidad ante la débil brisa de otoño. Aunque ella se encontraba de espaldas a él, vio como giraba su rostro en su dirección, enfocando sus azules iris en sus ojos y esbozaba una sonrisa de absoluta felicidad. Sintió un fuerte golpe en su pecho al reconocer que era cierto que sus sentimientos eran correspondidos por ella, su diosa y la de sus hermanos. ¿Qué debía hacer ahora? ¿Qué era lo correcto? Ya todos conocían sus sentimientos, y habían sido muy difícil de aceptar para algunos, pero, ¿qué dirían los dioses? Esa era una duda que pendía sobre su conciencia, cual guillotina sobre el cuello de un condenado y aunque estaba dispuesto a recibir su castigo si era necesario, no se sentía a gusto con la idea de que aquella condena cayera sobre esa hermosa chica que le sonreía a la distancia con tanta ilusión.

—¿Dónde está Hyoga? —escuchó la voz preocupada de Seiya que lo devolvió la realidad.

—¿Ah? —preguntó confuso aun, regresando del trance en que las dudas lo habían sumergido— Hyoga… sufrió una crisis de pánico. Tuve que sedarlo para que se calmara y recuperara la respiración —respondió soltando un suspiro al final.

—No te preocupes más, Shun. Yo me encargo de Hyoga, sólo preocúpate de volver a tiempo con Saori y… cuídala, por favor —dijo el Pegaso con convicción, sosteniendo el hombro de su hermano en señal de confianza.

—Gracias, Seiya. No te preocupes, yo la protegeré a costa de mi propia vida, eso tenlo por seguro…

Después de un rato, la gente se dispersó y Seiya se despidió a la distancia cargando a Hyoga en su espalda, además de un listado de recomendaciones médicas para cuando despertara su hermano, quedando al fin a solas. El tiempo, la distancia y la ansiedad hicieron mella en su reencuentro, atorando las palabras en sus gargantas e impidiendo a sus cuerpos moverse con soltura. Deseaban tanto ese momento, pero eran incapaces de procesar que por fin estaban juntos. Sonrieron y, sin pronunciar palabra, caminaron hacia aquel simbólico olivo uno al lado del otro en completo silencio. Sus corazones latían sincronizados en una melodía constante y armoniosa hasta que sus manos se rozaron sin intención. El solo contacto de sus dedos les erizó la piel y aceleró sus pulsaciones, trayendo de regreso sensaciones dormidas producto de su separación. Sus mejillas sonrojadas y unas risas nerviosas evidenciaban la alteración que ambos se provocaban. En realidad, no sabían bien cómo actuar después de todos esos días en que cada uno había tenido tiempo para pensar bien en qué se estaban metiendo. ¿Él habría cambiado de opinión? ¿Ella estaría arrepentida? ¿Él preferiría retractarse y escucharía a sus hermanos? ¿Ella temería la opinión de los dioses?

Tantas dudas y preguntas surgían en sus mentes confusas, hasta que al fin sus dedos se entrelazaron como por arte de magia y sus manos encajaron con tal perfección que todo cuanto acechaba sus mentes se esfumó de inmediato. Una sonrisa se asomó a sus rostros y sus ojos brillaron en reflejo de sus profundos sentimientos.

—Te extrañé —reveló la joven, apretando su mano con fuerza, como queriendo comprobar que el momento era real y no un sueño como tantos que había tenido.

—Yo también te extrañé mucho —aseguró el joven correspondiendo su gesto.

Siguieron caminando hasta el olivo tomados de la mano, única evidencia pública de que un profundo afecto los unía. Temían ser desinhibidos en el pueblo después del resultado que tuvo en el Santuario el que Seiya los viera besándose. Además, después de tantos días lejos se sentía como empezar de cero. Las emociones se agolpaban en sus pechos casi incontroladas, por lo que Shun tomó una decisión.

—¿Deseas ir a algún lugar en especial? Debemos regresar pronto al Santuario para evitar problemas... —le recordó con suavidad intentando no arruinar el momento.

—La playa… me gustaría caminar por la arena —respondió emocionada de sentir la brisa marina otra vez junto a él, su querido santo.

El majestuoso sol seguía su avance por el hermoso cielo de Rodorio adornado por esponjosas nubes blancas, entibiando con suavidad el ambiente. Sus rayos no eran molestos a la vista como en verano, por lo que caminar bajo él no era para nada molesto, muy por el contrario, era demasiado agradable, aún más en su compañía mutua. El aire más fresco de la playa los recibió de pronto debido a una ola que acababa de romper en la orilla, impulsando pequeñas gotas de rocío marino en la brisa que llegaron hasta sus rostros.

Saori se sintió tan dichosa de estar afuera de nuevo, que empezó a correr hacia el agua, sin soltar de la mano a Shun, quien no tuvo más que hacer que seguirle el ritmo a ella, sintiendo como su alegría lo contagiaba misteriosamente. Justo antes de llegar a la orilla, se detuvo para sacar sus zapatos y poder así disfrutar a plenitud del vaivén de las olas en sus pies.

—Yo me quedo aquí mejor —dijo Shun, señalando su armadura.

—Oh, es cierto —reconoció recién que había olvidado ese pequeño detalle, lo que tornó su rostro triste.

—Pero, no te preocupes por mí. Yo puedo esperarte —la animó con sus palabras y su hermosa sonrisa—. Disfruta lo que más puedas este día, después de todo estuviste mucho tiempo encerrada. Además, tengo que hacer unas anotaciones mientras te espero.

Su alegría no podía ser mayor, Shun la comprendía tan bien y buscaba su felicidad antes que la de él mismo. Un impulso salido de lo más profundo de su corazón la llevó a abrazarlo con fuerza, hundiendo su cabeza en su pecho, intentando transmitirle su agradecimiento. Él la rodeó con fuerza con sus brazos, acariciando su suave cabello, esperando que de esa forma ella entendiera que su sentir no había cambiado en nada a pesar de su distanciamiento obligado.

La vio partir hacia el agua, mojando sus pies con esa gracia que solo ella tenía, heredada de su divinidad. Feliz de poder otorgarle un momento de tranquilidad, se sentó en la arena y sacó su cuaderno para hacer sus anotaciones. Sin embargo, no se dio cuenta el momento en que su prodigiosa mano comenzó a dibujarla intentando retratar una mínima parte de su belleza. Su rostro fino, su perfilada nariz, sus intensos ojos, sus labios suaves, su pelo lacio, su cuerpo perfecto. Sus mejillas enrojecieron al bocetear su cuerpo, teniendo que dibujar sus hermosas curvas y su pequeña cintura. Estaba tan distraído en los detalles, que no se dio cuenta el momento en que ella observaba sus trazos a su lado.

—¿Me estás dibujando? —preguntó en una mezcla de asombro y curiosidad.

—¡Ah! —exclamó asustado de oír su voz tan cerca y de que viera su boceto, intentando tapar su cuaderno—. ¿Cuánto tiempo llevas aquí?

—El suficiente como para ver lo que estabas haciendo—respondió con una risa traviesa—. ¿Por qué lo escondes? Te estaba quedando muy bien.

—Es que… ¿no te molesta que estuviera dibujándote? —consultó avergonzado de su osadía.

—¿Por qué habría de molestarme? Al contrario… me halaga —contestó con un leve sonrojo en su rostro, bajando su mirada.

Embelesado con sus palabras, con su actitud tan tierna, Shun acercó su mano a rostro y acarició su mejilla obligándola a levantar sus ojos, por lo que pudo ver cómo le sonreía con cariño. Acortó la distancia entre ellos sin interrumpir la conexión que se había formado en sus miradas hasta que depositó un suave beso en su mejilla que erizó la piel de la joven diosa.

—Creo que es tiempo de regresar —dijo al fin, volviendo a su dura realidad—. No quiero que tengas más problemas por mi culpa.

El camino hacia el Santuario fue muy ameno para ambos, pues pudieron conversar acerca de lo que habían hecho durante sus días distanciados. El roce de sus manos unidas hablaba de los sentimientos que no se atrevían a verbalizar por temor a los dioses que pudieran escuchar. Todo parecía en su contra, sin embargo, el amor que crecía en sus corazones era mucho mayor a cualquier dificultad, al menos eso creían. Justo antes de hacer ingreso a las puertas principales, Shun la atrajo hacia su pecho para abrazarla antes de que tuvieran que separarse otra vez. Aún no conversaba con Hyoga y no sabía si la decisión de encerrar a Saori había cambiado, por lo que deseaba darle a ella la seguridad necesaria para que pudiera aguantar más días distanciados si así ocurría.

La diosa agradeció profundamente su iniciativa y ya que nadie los observaba, al fin unieron sus labios en un beso suave, intentando asimilar de nuevo aquellas intensas emociones que recorrían sus cuerpos cada vez que se encontraban en aquella caricia tan íntima. Shun deseaba transmitirle el inmenso cariño que le tenía y con dedicación besó sus labios, recorriéndolos con suavidad y bebiendo de ellos con devoción, mientras ella se dejaba llevar. Sus manos acariciaban casi por instinto su espalda, enredándose en sus largos cabellos, descendiendo hasta su cintura. Un pensamiento impuro cruzó su mente en ese instante, obligándolo a distanciarse, preocupado por su propia osadía.

—Es mejor que subamos —habló un tanto nervioso, con sus mejillas enrojecidas.

—Está bien —aceptó ella, reconociendo su repentina incomodidad, aunque no entendía bien qué lo había puesto así.

Sus pies avanzaron lentos por las escaleras que subían hacia las casas que protegían su templo temiendo que al llegar arriba volviera a estar encerrada. Su mano se aferró instintivamente a la de él, nerviosa de tener que separarse otra vez. Cuando llegaron al Templo de Leo, intentó soltarle la mano, imaginando que Ikki tampoco aprobaba su relación, ya que era muy sobreprotector con su hermano menor, sin embargo, Shun la sostuvo con fuerza demostrándole que no debía temer.

—¡Hola Ikki! —saludó al santo de Fénix con alegría.

—Shun, Athena —respondió con seriedad, inclinando levemente su cabeza.

—¿Cómo estás Ikki? —preguntó la chica, sintiéndose más cómoda.

—Muy bien, aunque veo que mi hermano está mucho mejor —contestó sarcástico, provocando que ambos enrojecieran hasta las orejas—. Espero que pronto todos acepten lo que sienten. Por mí no deben preocuparse.

—Muchas gracias —dijo feliz la diosa al saber que al menos no debía convencer al tozudo Fénix para que aceptara su relación con su hermano.

Siguieron su camino hacia Virgo, lo que provocaba la aceleración automática de sus latidos producto de los recuerdos que afloraban de inmediato al percibir el aroma a flores proveniente del jardín donde se erguían majestuosos los Sales Gemelos. Sus pies se detuvieron delante del escritorio donde encontró a Shun la primera vez y que permanecía siempre lleno de libros ordenados y perfectamente marcados por él. Acarició aquellos textos con sus dedos mientras era observada por Andrómeda con cierta curiosidad y alegría al notar la nostalgia en su rostro.

—Quisiera vivir en este Templo contigo —susurró casi inaudiblemente la diosa, temerosa de sus propias palabras y deseos.

Sorprendido, él acarició su mano para luego acercarla a sus labios y besar su dorso con profunda devoción.

—Quizás algún día logremos alcanzar la felicidad plena —le respondió sin separar sus labios de su mano, mirándola fijamente a los ojos.

El deseo volvió a apoderarse de su cuerpo, sin embargo temía de sí mismo y sus acciones. No quería traerle más problemas a su diosa, sabiendo que ella había consagrado su cuerpo desde la era del mito. Soltó su mano y le pidió que se sentara un momento, mientras iba a guardar su armadura para ponerse más cómodo.

Sin percatarse, dejó su bolso sobre el escritorio y presa de la curiosidad, Saori hurgó en él para sacar aquel cuaderno en que lo había visto dibujar durante la tarde. Maravillada por sus trazos, volteó hoja tras hoja, observando los detalles de cada ilustración con fascinación. Ella era la protagonista de varias, aunque en algunas podía ver el pueblo de Rodorio y las casas del Santuario. Apretó el cuaderno contra su pecho, queriendo quedarse con él como un recuerdo de su amado.

Al fin lo vio aparecer por el pasillo vistiendo aquellas ropas griegas que usaba en sus entrenamientos. El color azulado de ellas le sentaba muy bien a su blanca piel, resaltando el tono esmeralda de sus ojos. Su corazón se aceleró producto de su imagen; reconocía la belleza interna de su santo que se exteriorizaba en su apuesta figura masculina, cuyo caminar le atraía intensamente.

—Si quieres, podemos comer algo —la invitó, extendiendo su mano en dirección a la cocina.

—Sí… ya tengo hambre —respondió aún embelesada por su imagen.

Se levantó sin dejar el cuaderno que aún llevaba oprimido contra su pecho, caminando nerviosa hacia donde Shun la había invitado. En la pared de la cocina colgaba un pequeño espejo que reflejaba la situación que allí, sin querer, daba inicio.

Un repentino fuego subió por el pecho del santo, quemando su interior y una fuerza salida desde lo más profundo de su alma lo obligó a girarse hacia Saori, que lo miraba confundida. Sus ojos esmeraldas habían perdido toda señal de pureza y la observaban con un deseo contenido por años. Caminó hacia ella, atraído por su penetrante aroma femenino y sin la menor delicadeza la atrapó entre sus fuertes brazos, apretándola contra su cuerpo. Sus labios se deslizaron sobre los de ella invadiendo su boca con osadía inusitada en él. La respiración comenzaba a fallarle a Saori debido a la cantidad de emociones que sus caricias estaban despertando en ella. Su deseo era ferviente e incontenible y aunque temía su repentina actitud tampoco podía negarse a que sus descaradas manos recorrieran su espalda con intensidad. Apartó su boca de la de él casi sin aliento, dejando caer su cabeza hacia atrás, lo que dejó al descubierto su cuello el que se transformó en la próxima víctima de los labios deseosos de Shun. Sentía que sus piernas perdían las fuerzas y las sensaciones que recorrían su cuerpo eran tan indescifrables para ella que pensó que en algún momento se desmayaría. La boca de él continuó avanzando por su cuello hasta llegar a su clavícula, mientras su mano intentaba deslizar el tirante de su vestido para dejar al descubierto su hombro.

Impresionada por lo que sus ojos veían, Athena permanecía dentro del espejo, rogando porque se detuvieran. Nunca su cuerpo había sido besado de esa manera y no sabía con exactitud si deseaba perder aquella virtud resguardada por siglos. El cambio repentino en la actitud de Shun la había alertado, intuyendo que alguien estaba detrás de todo aquello.

—Deja esa cara de estupor, hermanita —escuchó al fin la voz de quien suponía era la culpa de lo que estaba sucediendo ahí.

—Afrodita —susurró con cierta molestia—. ¿Qué haces aquí?

—¿Por qué estás encerrada aquí, en vez de estar disfrutando allá? —preguntó con aquella voz lujuriosa la diosa del amor.

—¿Qué has hecho? Déjalos en paz —dijo enojada.

—Solo les di un empujón —respondió socarronamente—. Tú sabes cuál es mi especialidad…

—Apártate de aquí. No te involucres con mi cuerpo jamás —ordenó con fuerza Athena.

—A ti no te he hecho nada… digamos que, solo anulé la conciencia de tu noviecito para que se atreviera a darte lo que no te han dado por siglos —explicó con risas en su voz.

—¡Qué te alejes!

—Que cobarde eres, hermanita. Mira aquel prospecto. No es cualquier hombre, Hades jamás se equivocaría al elegir a su contenedor, siempre son hombres muy apuestos y este en especial es muy deseable. ¿Cómo puedes rechazar la oportunidad que te estoy regalando?

—Te ordeno que anules tu hechizo, Afrodita.

—Si lo hago, quiere decir que no deseas a ese hombre, así que yo satisfaré ese deseo que no quieres entregarle.

—¿Me estás amenazando?

—Te estoy advirtiendo.

—Él ama a Saori, jamás podrás entrometerte en su corazón. Yo vi que su amor es puro.

—¿Y quién está hablando de pelear por su corazón? Si quieres su amor, es todo tuyo, no me interesa. Lo que yo quiero es su cuerpo y satisfacer el fuego que está manifestando en este momento —habló con evidente lujuria.

—¿Cómo te atreves? Te dije que detengas tu magia —volvió a decir con rabia, observando como Shun deslizaba el tirante del vestido de Saori y besaba su hombro con avidez, mientras sus manos comenzaban a acariciar sus caderas, subiendo osadamente una de ellas por su vientre directo a sus pechos—. ¡Detenlos!

—Está bien, pero después no te quejes cuando él me busque para satisfacer lo que no quisiste entregarle — advirtió antes de chasquear su dedos y desaparecer en miles de pétalos rosados.

Giró su rostro con temor hacia la escena para comprobar que el hechizo de Afrodita realmente había cesado, cuando pudo ver a Shun detener el avance de sus manos, mirándolas como saliendo de un sueño, sin entender bien cómo había sido capaz de mancillar el honor de su diosa. Cayó de rodillas al suelo, sin dejar de mirar sus manos pecaminosas, sin atreverse siquiera a levantar sus ojos hacia Saori, completamente avergonzado de su actitud. Ella aún no podía salir del trance que sus caricias le habían provocado, confundida por su actitud tan cambiante, aunque en verdad tenía una lucha interna entre su deseo porque continuara y se detuviera.

—Perdón… —susurró él sin levantar la mirada.

—No es necesario que te disculpes —dijo con evidente nerviosismo en su voz, lo que atormentó aún más al santo.

—No debí hacerlo… no sé qué me ocurrió…

—Ven. Conversemos en la mesa mejor —lo animó extendiéndole su mano para que se levantara.

Con temor, aceptó su ofrecimiento y vio como ella preparaba un té en completo silencio, esperando que esos minutos ordenaran sus pensamientos y le dieran el tiempo suficiente para procesar lo que habían hecho. Sin embargo, alguien llegó irrumpiendo en la entrada de Virgo.

—¡Shun! ¡Shun! Por favor, necesito tu ayuda —escucharon la voz de Marín que gritaba desde la sala.

Caminó aún con desgano por lo sucedido, hasta que al fin fue visto por la amazona, la que corrió a su encuentro con evidente desesperación.

—Hay una chica herida… debes venir a verla —dijo con tono suplicante, demostrando la emergencia—. Creo... creo que es June…

—¿June? Eso es imposible —respondió confundido por sus palabras.

—Ven, por favor. Está muy mal, necesita ayuda médica.

Saori salió de la cocina, alertada por la desesperación en la voz de la amazona, la que aseguraba que aquella amiga de antaño de Shun estaba en su cabaña muy mal herida.

Aún confundido por todo lo que estaba sucediendo, el santo tomó su bolso y siguió a Marín, dejando atrás a Saori, atormentado por no saber aún si ella le perdonaría su osadía, por lo que ni siquiera se atrevió a invitarla. Sin embargo, un temor se alojó en el corazón de la diosa, impulsándola a bajar siguiendo los pasos de sus santos, para comprobar por si misma qué estaba sucediendo.

Creyendo que Marín se había equivocado y estaba confundiendo a alguna otra chica con June, Andrómeda entró sin mayores sentimientos a su cabaña, dispuesto a darle tratamiento a quien estuviese herida. Sin embargo, sus manos cayeron a su costado al encontrarse directamente con los zafiros ojos de su amada compañera de entrenamiento que lo miraban con anhelo.

—Shun —musitó feliz.

—Ju… June… ¿eres tú? —preguntó, acercándose con incredulidad a la pequeña cama, sentándose en el borde.

—Al fin te encuentro, Shun —dijo, lanzándose a sus brazos a pesar de sus heridas y aferrándose a su cuello con fuerza.

En ese momento ingresó Saori a la cabaña, viendo a aquella rubia chica colgada del cuello de su santo, el que instintivamente respondió a su abrazo rodeándola con cariño, mientras acariciaba su cabeza. Se sintió mareada, no entendía muy bien qué estaba sucediendo, sin embargo, el solo hecho de ver a Shun con otra joven en sus brazos le dolió tanto que no pudo evitar retirarse del lugar con rapidez, sin que notaran que ella había estado ahí. Comenzó una carrera hacia las escaleras de Aries, mientras las lágrimas brotaban sin control de sus ojos, cegada por sentimientos inentendibles para ella, quien jamás se había expuesto al amor romántico. Y, como caído del cielo o salido del infierno, Seiya la detuvo, interceptando su camino, alertado por sus sollozos.

—Saori… ¿qué te sucedió? —preguntó, sintiendo como una extraña rabia subía por su pecho, suponiendo la causa de aquellas lágrimas que quemaban su corazón—. No me digas que fue Shun… —dijo con enojo.

—No… —respondió, negando con su cabeza, sin poder detener su llanto que seguía siendo inexplicable para ella misma—. No… Shun, no…

Su llanto acalló sus palabras, ahogando su voz, mientras Seiya la sostuvo con fuerza y ella continuó llorando desconsoladamente sobre su pecho.

Continuará…


Notas: Hola! Pido perdón por haber dejado esta historia pausada, pero a veces no logro controlar el tiempo que le dedico a mis vicios y mis dibujos me habían atrapado, bloqueando mi imaginación y mis deseos de escribir, aun cuando este capítulo lo tenía pensado hace tiempo.

Espero no haber cambiado mucho el ritmo de la historia o la narración debido a la pausa y que aun recuerden en que iba jejeje.

¿Qué les pareció este capítulo? Hacía tiempo que quería escribir esto, porque cuando lo imaginé me gustó tanto la idea, espero que a ustedes también. Déjenme sus impresiones, para ver qué rumbo tomará esta historia… sus comentarios son el alimento de mi imaginación :D

Muchas gracias por leer, por marcar esta historia como favorita o por seguirla, toda muestra de interés es siempre un aliciente para seguir escribiendo n.n

Cuídense mucho, les dejo saludos, Selitte :)