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Sostener la luz sin quemarse
"No me esperaba un camino que consistiera en una cuerda floja"
El espíritu poni tiene en el abanico de sus cualidades una pluma larga que comprende todos los colores, incluso las tonalidades más oscuras dependiendo de su dueño. Esa pluma es el amor, el cual muchas veces representa el motor de los actos altruistas, aunque signifique recibir un punzante detrimento. Y es que, el amor puede quemar a algunos ponis hasta convertirlos en cenizas, de las cuales quizá nunca vaya a emerger un fénix renovado. Es como si una planta echara raíces en tu corazón, y producto de su crecimiento desmesurado terminase destruyendo la fuente de su alimento, tornándose todo negro e insidioso. Es difícil tratar con algo que puede elevar a los ponis hasta estados propios de los más sabios, así como también puede hundirlos en las fauces hambrientas del resentimiento y la ponzoña. Una vez que caen en aquel abismo, se ven envenenados y siendo prisioneros de sus pasiones corruptas, algo muy difícil de revertir incluso para mí, la encarnación misma del amor en la tierra. He caminado por nubes dulces y respirado aire de caramelo, pero también he tenido que sostener el casco de muchos ponis para ayudarlos a atravesar el camino de espinas, que ellos mismos han creado con el fin de hallar protección o consuelo. Cada uno de sus nombres, rostros e historias los recuerdo con precisión, aunque muy posiblemente ellos terminen olvidándome, ya sea por la vejez que les aguarda o por su porvenir exigente. Esto último no es objeto de congoja para mí, salvo en aquellos casos en que me vi superada y todas mis acciones desembocaron en un estrepitoso fracaso; dejándome con la sensación de que no sé lo que estoy haciendo. No todos pueden ser sanados, aun con la divinidad ayudándolos constantemente y velando por su recuperación tanto los días tempestivos como las noches congeladas.
—Ya no puedo más, a su lado estaba mi felicidad —dicen algunos, completamente abatidos y yo al oírlos sé que no hice suficiente.
La tendencia a evocar los episodios más trágicos y desesperanzadores es algo que me ha acompañado desde muy joven, haciendo que mis éxitos se vean cada vez más pequeños frente a mis ojos, como si se tratasen ciudades difuminándose en el horizonte. Si fuera cocinera, es como si tuviera una receta pastelera que solo necesita una gota de determinado ingrediente para quedar completamente arruinada.
—La vida consiste en oportunidades para ser feliz —les decía—, nadie puede aspirar a un estado permanente e inmutable de felicidad, pero lo que si podemos hacer es atesorar cada momento en que se nos presenta. No dejes que tus momentos se vean reducidos por esto.
Cuando mis palabras surtían efecto me sentía realizada, mi lugar entre los mortales se volvía una vez más a reivindicar de manera justa y legitima; vivir se convertía en una armoniosa melodía de cuerdas de violín y voz arrulladora. Un día le pregunte a la princesa Celestia como podía hacer para que fuera ese sentimiento el que primara en mi labor, aun si fallara algunas veces. Luego de elogiar la entrega y devoción que logro transmitir, así como de extrañarse por mi inquietud, se aclaró la voz y me dio la respuesta a mi interrogante, la cual, aunque resultó un poco cruda para mis oídos, no dejaba de ser verdad. Lo cierto es que me hacía falta escucharme cuando ayudo a los demás ponis, cosa que era difícil de reconocer puesto que me convertía en una hipócrita a los ojos de cualquiera que haya alguna vez cuidado bajo mi ala de consejos y asistencia. No sabía atesorar esos momentos de felicidad, ni tampoco las palabras de agradecimiento ¿Cómo podía poseer una naturaleza semejante, tan intrínseca que a penas me percato de su existencia? Tenía tanto que aprender de la poni que fingía ser que no tenía idea por dónde empezar; no podía involucrar a la princesa Celestia en un asunto semejante teniendo ella que cargar con el reino entero sobre su lomo. Fue así como decidí meditar, obteniendo un silencio absoluto, y emplear mi contacto con la divinidad para alcanzar la razón y poner en orden los móviles que solo entienden de estímulos cognitivos. Me vi envuelta en la penumbra y la neblina de un mundo donde la energía toma forma, entre mis cascos se movía una brisa gélida y conforme más avanzaba en aquel trayecto mucha más oscuro se tornaba el lugar. Escuché otros pasos que comenzaron a caminar junto a mí, hasta que finalmente me encontré con aquello que estaba buscando, fui rodeada por un mosaico de rostros que se extendía muchos metros hacia arriba como un rascacielos. Aquellos que logre ayudar me sonreían con calidez, mientras que los ponis que se vieron consumidos por las sombras de su corazón me observaban con una combinación de tristeza y desprecio bien merecidos. Me eleve sobre el suelo, y, aunque sentía un poco de timidez en un principio la termine suprimiendo para que no fuera un obstáculo.
—¿Qué es lo que vieron en mí? —pregunte con curiosidad.
—Bondad, comprensión, alegría, calidez —contestaron muchos, pero algunos, los marchitos, susurraron "una pérdida de tiempo".
—¿Creyeron de verdad en mis palabras?
—Si no lo hubiésemos hecho, no habríamos salido adelante —contestaron la mayoría de los ponis, mientras que aquellos atrapados en su miseria susurraron "Lo intentamos".
De entre todos aquellos, que alguna vez decidí brindarles mi ayuda, escogí a una unicornio de pelaje gris claro y melena purpura con blanco, cuyo paradero hoy me resulta desconocido, pero que recuerdo perfectamente por la amabilidad tan acentuada e incluso a veces empalagosa que mostraba.
—¿Conseguiste lo que querías?
—No, en su lugar conseguí aquello que necesitaba.
La mire confundida arqueando ambas cejas, me parecía extraño la respuesta por lo que se acrecentó mi interés.
—¿A qué te refieres con eso?
En el rostro de la unicornio se dibujó una amplia sonrisa.
—Para saber lo que queremos solo hace falta un pequeño esfuerzo, pensar las cosas bien. Pero no siempre, por muchas vueltas que le demos al asunto, logramos saber con completa exactitud lo que necesitamos. Alguien tiene que darnos un pequeño empujón o simplemente escucharnos, para hallar la claridad.
—¿Yo alguna vez dije algo semejante?
—No, pero lo intuí a raíz de ti.
—¿Cómo puedes llegar a conclusiones verdaderas teniendo de base a una poni que no sabe de lo que habla? —cuestiono un semental de pelaje marrón de melena negra que cubría la mitad de sus ojos. Su tono de voz era acusatorio y su semblante tosco, como el de un perro bravo y viejo del campo.
Mi mirada inquisidora se plantó sobre él, logro intimidarme un poco mero intente aparentar control.
—¡Soy la princesa del amor! —replique.
—El amor es algo que tiene que florecer, tu nunca lo has experimentado ¡Ni siquiera lo intentas!
—Te equivocas, yo lo experimento cada día de mi vida, en la justa medida con el fin de poder desempeñar mi tarea. No puedo dejar que mi corazón se consuma por un sentimiento semejante, ya que siendo inmortal ese es un privilegio del que me debo olvidar.
—Aunque así fuera —intervino una pegaso de pelaje blanco y melena roja—, eso no borra la verdadera naturaleza del amor, un mero afrodisiaco que lleva a la locura. Es casi como una enfermedad, aquellos seres que carecen de razón para identificarlo son muy afortunados.
—Puede que tengas razón, pero no resulta una enfermedad dañina —aclaré—, es el alma que desea tener sus propias alas para volar y rozar lo divino. ¿Acaso me equivoco, que el amor correspondido nos rodea de un momento a otro de cosas bellas y buenas?
—¡Aunque tuvieras razón no eres la más adecuada para hablar de ello! —replicó un semental robusto de voz grave—. Todo lo que dices es propio de las relaciones mortales, tú no puedes entendernos siendo inmortal.
Respiré profundamente, mi corazón que había estado agitado unos instantes se calmó.
—Al contrario —le dije sonriéndole con piedad—, soy la más adecuada porque alguna vez fui mortal. Y, aunque ahora transite un camino de soledad hasta la eternidad, no necesito ser protagonista de un amor para abarcar toda su complejidad, sino solo seguir siendo la alicornio que alumbre su camino en la oscuridad. Aunque quisiera volver a ser como ustedes, no es lo que necesito para sentirme realizada, ni tampoco podré ayudar a más ponis renunciando a mi cuerno y alas. Soy la más adecuada porque puedo sostener la luz sin quemarme.
Miré a la unicornio gris, me sonreía maternalmente con orgullo, sus preciosos ojos azul ártico fue lo último en lo que me fije, antes de que el mundo se derritiera y volviera a mi cuerpo.
—Sí, definitivamente debería escucharme con más atención.
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Capítulo inspirado parcialmente en "Sobre el amor y la muerte" de Patrick Süskind. Espero que les haya gustado este revivido proyecto que llegaba originalmente hasta solamente los tres capítulos, pero he decidido hacer uno más con el fin de cerrar con un broche. Así que el próximo será el ultimo.
Lo que sé del canon de MLP casi no supera lo que se ha visto en la serie, por lo que por favor no me pidan afinidad con los comics u otras cosas del canon. De todos modos decidí consultar un poco del trato a Cadance en todo aquello que está fuera de la serie animada; agradezco a mi amigo Iván por esto ultimo.
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