Saint Seiya y Bishoujo Senshi Sailor Moon son copyright de Masami Kurumada y Naoko Takeuchi respectivamente. Fanfic escrito sin afán de lucro.


O..-°::…:°°°-_.::..- -..::._-°°°:…::°-..O..-°::…:°°°-_.::..- -..::._-°°°:…::°-..O

Capítulo 2:

—. Un Mundo Extraño .—

O..-°::…:°°°-_.::..- -..::._-°°°:…::°-..O..-°::…:°°°-_.::..- -..::._-°°°:…::°-..O


Su rostro pálido parecía flotar en medio de esa maraña de pelos, tan negros, que se fundían con aquella insondable obscuridad. No podía ver sus ojos, pero, donde quieran que estuviesen, eran el manantial del cual brotaban senderos de sangre, cuarteando sin resistencia las blancas mejillas. Y a pesar de todo ella le sonreía: sus labios cerúleos se curveaban hacia arriba, tensos en una desesperada expresión de regocijo.

—¡Al fin! —decía ella—. ¡Al fin!

Sintió el horror encajarse en su espalda y su nuca con la agudeza de millones de agujas. Siguiendo el impulso que le aportaba su aversión, apartó de sí con un empujón al engendro.

—¿¡Quién eres tú!? —graznó, alejándose tres pasos—. ¡Aléjate de mí!

Doliente y con anhelo, la criatura extendió hacia él sus manos de dedos largos y huesudos. Como él la rechazaba, eludiendo sus tentativas de alcanzarle caminando hacia atrás, lanzó un gemido aterrador que le heló hasta la médula y que, por un momento, hizo que sus pies echaran raíces hasta anclarle en ese suelo que no podía ver, pero que intuía.

—¿Por qué? —sollozaba la aberración—¿Por qué me rechazas, querido mío? ¡Te he esperado tanto!

Las yemas heladas de sus dedos le rozaron la mejilla. Su cerebro ordenó bombear sangre a sus piernas ante aquel toque de ultratumba, logrando despegarlas del piso y hacerlas correr para preservar su existencia. El ente volaba tras sus pasos, intentando darle alcance mientras le rogaba volver. ¡Una salida! Clamaba en su mente, completamente ajeno a los ruegos de su persecutor. ¡Una salida, por Dios!

Y la vio: Un rectángulo pequeño e incandescente se perfilaba a lo lejos, truncando la oscuridad. Urgió a sus piernas a apresurarse; su corazón saltaba enloquecido, su violenta respiración le asaetaba los pulmones. Ella, ante la pérdida inminente de su presa, lanzó un alarido y se precipitó sobre su espalda como un manto pesado, abrumador y tan enorme que no pudo definir los límites de su inmensidad. Gritó… o abrió la boca para hacerlo. Su voz no atravesó su garganta por más que lo intentó. Algo se lo impedía…

Con horror, le pesó la certeza de poder señalar con exactitud el porqué.

Ella, en sus ansias por volver a los tiempos pasados, intentaba por todos los medios no volverse a separar jamás de él, así tuviera que clavarse en cada célula de su cuerpo.

.

Con un sobresalto, apenas perceptible, Seiya despertó jadeando.

Estaba acostado de lado, con las manos juntas en un puño y apretadas contra sus labios. Sus ojos, abiertos de par en par, sondeaban los rincones de la habitación levemente iluminada. En su espalda aún permanecía esa sensación terrible que le atacara durante su pesadilla.

No podía serenarse, pero la inminente luz de la mañana, opacada un poco por las cortinas, terminó por hacerle ver que estaba seguro en ese mundo real donde las cosas obedecían a un orden lógico que él podía entender y hasta controlar.

Entonces se dio cuenta que estaba en la cama, tapado por un cobertor. Alguien más le hacía compañía, un cuerpo cálido que se apretaba contra su espalda, ahora relajada. Preguntándose si sus amigos lo metieron ahí para evitarle la incomodidad del sillón, giró la cabeza hasta donde le fue posible y alcanzó a ver parte de una cabellera negra y una mejilla morena. Shiryu.

Parpadeando, se preguntó qué horas serían. No debía ser muy tarde si todos seguían dormidos, así que lo prudente sería imitarles. Se abandonaba al sueño sin demasiado esfuerzo, cuando sintió que Shiryu se removía detrás de él buscando una posición más cómoda, pasándole el brazo por la cintura…

La alarma se prendió en Seiya: la mano de Shiryu se deslizaba más allá de lo que la moral señalaba como correcto. Asustado, se giró y le sorrajó una patada que mandó volando a su compañero entre un enredo de cobijas hasta el otro lado de la habitación, donde se estrelló contra la pared.

—¡Agh! ¿¡Qué te pasa!? —le reclamó éste inmediatamente.

Seiya parpadeó en la penumbra. ¡Esa no era la voz de Shiryu!

A tientas buscó el interruptor y su pánico aumentó cuando no lo encontró donde se suponía que debía estar. De repente la luz se hizo, no por su propia mano, y se giró para ver quién le había hecho el favor de encenderla.

¡Definitivamente ese no era Shiryu!

Un completo extraño en pelotas le miraba con rencor con sus minúsculos ojos. Se sobaba la nuca con una mano, ahí donde su cabeza había impactado contra el muro.

—Eres una bruta —le dijo a continuación—. ¿Por qué me pegaste?

El sujeto hizo amago de tocarlo y Seiya volvió a atravesarle una patada que nuevamente lo derribó por tierra. Antes de que lograra levantarse, Seiya se lanzó sobre él y lo inmovilizó con una llave: aprovechando que estaba de espaldas, le sujetó el brazo derecho con ambas manos y al mismo tiempo lo pasó entre sus piernas, que ancló contra el pecho y el cuello del rival; enseguida tiró del brazo hacia sí, provocando que el cuerpo girase y que el cuello del tipo chocase contra su talón izquierdo, para dificultarle la respiración. La cara del sujeto comenzó a ponerse roja.

—¡Ya verás, ladrón asqueroso! —gritaba Seiya, dejándose llevar por el primer pensamiento lógico que explicaba la presencia de un extraño en su habitación—. ¡Viniste a meterte a la casa equivocada! ¡Shiryuuu, llama a la policía!

—¡Ugh! —El rostro del sujeto se estaba poniendo morado bajo su apretón—. ¿Qué traes, Serena? ¿Te volviste loca?

—¿Serena? Veo que te patina, amigo. Eso o te estás haciendo pendejo; pero conmigo no te funcionará.

Tiró más del brazo. El sujeto dejó escapar un desagradable sonido gutural.

—Seg… Sere… na… no me… está… gustan… do tu… juego… —insistió.

—¡Shiryuuu! ¡Hyogaaaa! ¡Shuuuun! —seguía gritando Seiya—. ¿Qué no hay nadie?

—S-serena… por Diosss…

Buscando desesperado con los ojos la ayuda que no llegaba, Seiya se dio cuenta de algo: el decorado de esa habitación no coincidía con el que estaba acostumbrado a ver todas las mañanas al levantarse. Todo estaba exageradamente ordenado, no había posters de modelos o barcos en las paredes, la pintura era amarilla y no blanca, y el piso estaba alfombrado.

Había algo más: sus piernas estaban desnudas, pálidas y les faltaba masa muscular… lo mismo que a sus brazos. Confuso y abrumado por ese descubrimiento, se apartó rápidamente de ese sujeto y se levantó. Su espalda fue a dar contra la ventana y ahí se quedó apoyado, de otra manera el mareo lo hubiera lanzado contra el suelo. Había algo que sabía debía ver para cerciorarse… sólo que su vista se negaba a posarse en el punto clave…

Algo reclamó su atención, distrayéndolo momentáneamente de su dilema. Un ruido que venía del exterior. Seiya se giró para ver el exterior a través de la ventana. El ruido venía de los cláxones y los motores de los vehículos que trataban de avanzar en una calle en plena hora pico, muchos pisos más abajo de donde se encontraba. Seiya se alejó tambaleándose ¡Por los dioses! ¿Dónde estaba el puerto? ¿El mar? ¿El cielo azul, el graznido de las gaviotas?

¿Dónde demonios estaba él?

—¿Serena? —insistió Darien.

Serena volteó a verle aturdida. Lo rodeó poniéndole cuidado y se miró en el espejo que le compró en aquella tienda de antigüedades. La escuchó lanzar un sonoro suspiro de alivio…

De pronto, Darien retrocedió dando un jadeo de espanto. El espejo no reflejaba a la jovencita rubia, un poco despeinada, poseedora de apetecibles curvas y piel blanca que tenía enfrente, sino a un varón de músculos marcados, piel morena y curtida, y grueso cabello oscuro.

—Este no es mi espejo —le oyó decir mientras examinaba el marco dorado detenidamente.

Darien se sobresaltó. A pesar de lo que sus ojos veían, el oído le indicaba que aquella era la inconfundible voz de Serena.

—¿Quién rayos eres tú? —vociferó a pesar de todo; le era imperioso dar con una respuesta.

Al oírlo Seiya se giró, mirándole con el entrecejo fruncido. El fulano lo veía agazapado contra una esquina del cuarto, con el rostro demudado en una expresión difícil de describir: parte horror, parte incertidumbre, parte amenaza. A Seiya no le gustó esa mueca ni tampoco la pregunta. Le hizo dudar de su propia identidad, y eso no estaba bien tomando en cuenta que hace menos de cinco segundos acababa de confirmarla al mirarse en el espejo.

Él era Seiya de Pegaso, Caballero de Bronce al servicio de la diosa Atenea.

Sin embargo, su imagen reflejada en las pupilas de ese sujeto contradecía esa certeza blandengue, que él intentaba fortalecer con epítetos a toda costa.

El espejo a sus espaldas lo reflejaba a él.

Pero las pupilas que tenía enfrente reflejaban a una ella.

Sintió que las rodillas se le aflojaban. Reconocía ese rostro femenino, lo había visto en acción la noche anterior en el video que les había mostrado Shun.

Miró de nuevo sus piernas. Levantó un brazo y lo observó. Sus ojos se cerraron con fuerza.

Temblando, se dio la vuelta y entró al baño.

Pasado unos minutos, Darien oyó un grito desgarrador que a punto estuvo de reventarle los tímpanos a pesar del escudo que representaba la puerta que daba al W.C. Rezaba un:

—¡NOOOOOOOOOO!

.

Darien, a bordo de su convertible rojo con la capota echada, concertaba una cita con Amy por medio del celular. Cuando colgó, había quedado con ella en que reuniría a todas en el templo Hikawa.

Si hay alguien que podrá resolver el enigma en que se ha vuelto Serena, esa es Rei, pensó Darien.

Se caló sus lentes de sol y miró el asiento del copiloto. Ahí estaba Serena, abrazándose a sí misma mirando enfurruñada un punto fijo del tablero.

—¿Cómo te sientes…? —Darien dudó, no sabía en qué términos dirigirse a ella —¡Eh, tú… cosa!

—Ya te dije que mi nombre es Seiya, no cosa.

—¡Perdón, perdón! Era una broma. Lo decía para aligerar la situación.

—Deja me rio: ja, ja. No le veo la gracia a levantarse siendo la pareja de un actor porno.

—¡No soy un actor porno! —alegó Darien enérgicamente, con bastante hosquedad—. ¿De dónde sacaste esa estupidez?

—Ya te lo dije, te vi en un video. Actuabas con… —se señaló su propio cuerpo con un deje de asco —…con esta. La película se llamaba "la marinerita lunática XXX".

Darien tensó la mandíbula. Seiya no podía ver la expresión de sus ojos a causa de los lentes, pero se figuró que debía ser amenazante. Las manos de Darien ciñeron el volante hasta palidecer; lo vio sudar: parecía estar costándole un mundo el no lanzársele encima para aplastarle la cara a puñetazos.

—Serena —dijo con sibilante frialdad —nunca, ¿me oyes? Nunca participaría en una cosa de esas. Y yo, ¡menos! Somos personas decentes.

—¿Y cómo es que te conozco entonces? —replicó Seiya con el mismo tono—. A ver, explícamelo.

Darien se llevó la mano a la cabeza y se echó el cabello hacia atrás. Después sepultó el rostro en las manos en un gesto desesperado.

—¡Esto es una pesadilla! —murmuró con hastío.

—Tú lo has dicho —confirmó Seiya—. Mira, cuanto antes lleguemos con esa amiga bruja tuya, mejor para todos. Dale al gas de una buena vez.

Darien no se hizo del rogar, metió el acelerador y enfiló rumbo al templo Hikawa.

.

Seiya sentía la ropa pegársele contra el cuerpo por culpa de la transpiración. Respiraba con dificultad y le costaba obligar a sus piernas a subir los peldaños. ¡Pero qué pésima condición física tenía ese cuerpo! A cada paso que daba le atacaba la certeza de que al siguiente caería rodando las escaleras, fulminado por un paro cardiaco.

—¡Rei! —dijo Darien de pronto. A comparación de él, estaba tan fresco como una lechuga. Seiya se obligó a levantar la cabeza y vio la figura de una sacerdotisa al final de las escaleras eclipsando el sol que daba a sus espaldas—. ¿Amy te dio el aviso? Tienes que ayudar a Serena.

La tal Rei no respondió. Seiya se dio cuenta de que le miraba fijamente.

—Hola, mi nombre es… —empezó a decir subiendo el resto de los peldaños y alargando la mano para saludarla, pero calló abruptamente al ver que la mentada Rei se le arrojaba encima lanzando un terrible grito de batalla.

—¡Aléjate de Serena, espíritu maligno! —gritaba al tiempo que lo derribaba y le abofeteaba el rostro con un puñado de talismanes.

Una vez que creyó haber exorcizado el cuerpo de su amiga, se levantó y miró satisfecha el montón de sellos que le había pegado por todas partes, con la intención de que el espíritu no retornara.

—Listo —dijo muy segura de su trabajo, asintiendo—, con eso volverá a ser la misma.

Por eso se sorprendió mucho de ver que Serena se incorporaba, con esa presencia anormal invadiendo todavía su aura. El ente le lanzó una mirada furiosa que auguraba las más terribles venganzas.

—¡No puede ser! —farfulló retrocediendo, pero logró sobreponerse y se armó de nuevo con más de sus sellos—. Por lo visto se requieren de conjuros más potentes para derrotarte, pero no por nada soy la sacerdotisa principal de este templo.

Se arrojó sobre Serena en un nuevo ataque, pero esta vez ella la detuvo sujetándola por las muñecas.

—¡Ya está bueno, vieja bruja!

A pesar de su lapso profesional, Rei no podía dejar pasar semejante injuria ni a un espíritu chocarrero.

—¿¡Bruja!? ¡Pues tú tienes nariz de puerco!

A lo lejos, sentadas bajo la sombra de un dorado árbol de ginkgo, las chicas —junto con Darien— veían a las amigas reñir como habitualmente hacían.

—Pues yo no le veo nada de raro a Serena —observó Lita, con las manos tras la nuca.

Rei forcejeaba para liberarse del agarre de Serena.

—¡Soy superior a ti! —vociferaba—. ¡Jamás podrás vencerme!

—¡Brincos dieras! —le respondía Serena—. ¡No eres más que una charlatana!

Rei respondió con un sonoro gruñido de indignación.

—Sí, definitivamente Serena es la misma de siempre —insistió Lita.

—¿Estás seguro de lo que me decías, Darien? —corroboró Amy a modo de pregunta—. ¿No serían imaginaciones tuyas?

Darien negó vehementemente con la cabeza.

—¡Qué no! ¡Qué no! Esa de ahí no es Serena. Miren su reflejo a través de este espejo.

Darien sostuvo el espejo dorado enfrente de la escena que protagonizaban Serena y Rei. Al asomarse, las chicas se llevaron un susto de muerte: Rei batallaba contra un completo extraño de aspecto hostil que parecía a punto de romperle las muñecas.

—¡Santo Niño de Atocha! —exclamó Mina.

—¡Rei! —Sin más qué pensar, Lita salió disparada en auxilio de su amiga. Al llegar al punto de batalla, logró zafarla de las garras del enemigo con el mínimo de dolor posible—. Quédate atrás de mí, yo me encargaré.

Rei no se tomó la iniciativa de su amiga con júbilo precisamente, ahí la experta en temas sobrenaturales era ella. Lita era muy fuerte, sí, pero… ¿qué utilidad tendrían sus puños contra los fantasmas? Usando toda la sutilidad de la que podía echar mano en ese momento para que no se ofendiera, quiso hacer entrar en razón a la testadura Jupiter.

Lita no se ofendió, pero a pesar de lo que dijera Rei sabía que podía serle de utilidad; después de todo, había sido testigo de que el ente no abandonaba el cuerpo de Serena con sus métodos tradicionales, ¿qué tal usando unos más radicales? Había visto bastantes películas sobre exorcismos para saber que los demonios no siempre respondían a convencionalismos.

Lita, irguiéndose amenazante en toda su elevada estatura, señaló a la criatura frente a sí con el dedo índice.

—Demonio —soltó—, revela tu nombre inmediatamente o juro que desearás regresar al infierno al que perteneces una vez que acabe contigo.

Rei se estampó la palma en la frente. Serena la barrió con la mirada, como midiendo su grado de peligrosidad.

—¿Qué? ¿Tú también quieres pleito, lagartona?

Serena… es decir Seiya ya estaba harto. Darien había prometido ayuda, pero sólo lo había llevado con un montón de otakus locas obsesionadas con los animes de chicas mágicas o vaya a saber qué idioteces. Eso no era más que una pérdida de tiempo…

De pronto perdió el hilo de sus pensamientos y su boca se abrió de par en par. Sorprendido e incrédulo, sintió cómo algo en el ambiente empezaba a cambiar. Pequeñas chispas se agrupaban en torno a la lagartona, fruto de la estática que provocaba el aire. Ella le miró resuelta, adoptando una posición de pelea.

—Tú lo has querido, ser despreciable. No seré suave contigo —le advirtió.

Seiya se apresuró a imitarle. Ella era un rival de temer.

Su cosmos es muy poderoso, no debo fiarme, pensaba Seiya.

Su guardia es perfecta. Pero no puedo dejarme ganar, esto es por Serena, pensaba Lita.

Comenzaron a rondarse, buscando huecos por donde atacar. En el último momento, creyendo encontrarlos, se lanzaron el uno contra el otro.

—¡Alto! —Era Amy, que logró interponerte entre los combatientes justo a tiempo—. Lita, no puedes lastimar ese cuerpo, recuerda que le pertenece a Serena.

Lita se puso colorada. Amy se volvió hacia Seiya.

—Darien me ha contado lo que pasó. Dijo que deseas abandonar ese cuerpo, ¿es así?

Un poco desconcertado por el súbito cambio de situación, Seiya asintió. Estaba tan apenado como Lita.

—Mi nombre es Amy —se presentó la muchacha—. Si me lo permites, quisiera hacerte algunas pruebas para ver si podemos ayudarte.

En torno a la jardinera que cercaba el árbol de ginkgo, las chicas observaron el proceder de su amiga Amy, que de inmediato comenzó a pegar sensores en toda la cabeza del ser que se dio a conocer tímidamente como Seiya. Los censores fueron conectados a la potente mini computadora de la jovencita, cuyo teclado atacó a la velocidad del rayo para capturar los datos que necesitaba. Todos estaban intrigados observando los millares de números que desfilaban sobre la pantalla, pues Amy permanecía callada, sin proporcionarle a nadie ni una pista de lo que estaba haciendo.

—¿Qué ves, Amy? —preguntó al fin Lita, vocalizando lo que ninguno se atrevía a externar.

—Es muy extraño —Amy frunció el ceño con concentración—. Su actividad cerebral es idéntica a la de Serena; tiene su misma sangre, su mismo metabolismo…

—Pero no se siente como ella, créanmelo —interrumpió Rei.

—Esto es raro —Amy cerró de golpe la tapa de su computadora—. Necesito observar un rato más, déjenme sola.

Eso iba también para Seiya; Amy le quitó los sensores y lo mandó a echarse una vuelta.

Eso era una contrariedad. Seiya estaba demasiado ansioso para ponerse a pasear. Además, la lagartona de Lita no estaba dispuesta a consentir que deambulara por ahí con el cuerpo de su bien amada Serena, a juzgar por la manera en que comenzó a seguirle. Rei se le unió poco después. La escuchó salmodiar, recitando mantras o sabrá Dios qué cosas, con el afán de exorcizarlo antes de que Amy acabara. Intentando quitárselas de encima, Seiya corrió a refugiarse al baño de hombres.

—¡Sucio pervertido! —gritó Lita, asestándole una patada a la puerta —¡Sabía que saldrías con tus guarradas tarde o temprano!

Seiya se encerró en el cubículo del fondo y se sentó en el inodoro. Estaba tan cansado…

—¡Psss!

Volteó, había una ventana por encima de su cabeza y una chica rubia con un moño rojo que sujetaba su media coleta lo miraba desde ella.

—¡Y luego dicen que los hombres somos los pervertidos!

—Ay, qué sangrón —replicó ella—. Todavía que vengo a librarte del acoso de Lita y Rei…

Justo en ese momento, Seiya oyó pasos acercándose.

—¡Puagh! Qué asco, esto huele a infiernos ¿Qué jamás limpian aquí? —se quejaba la voz de Lita.

—¡Ese ocioso de Nicolás! —decía furibunda Rei, quien a pesar de todo se oía bastante avergonzada—. ¡Ya verá, le diré a mi abuelo que se salta sus deberes! Lo echará patitas a la calle.

¡Increíble, esas chicas habían entrado para sacarle!

—Escucha, ahí vienen —advirtió la chica rubia, como si no se hubiese enterado ya—. Mejor saltas por la ventana ahora o te atraparán.

Seiya le hizo caso. Siguió a la chica a lo largo de un sendero hasta abandonar el templo.

—Me llamo Mina —se presentó colgándosele del brazo—. Y tú eres Seiya, ¿verdad?

—Eh… sí.

—¡Súper! ¡Igual que uno de los Three Lights! ¿Los conoces?

—Eh…

Mina no le dejó contestar, pues en seguida lo bombardeó con una serie de preguntas: "¿Cuántos años tienes? ¿Cuáles son tus gustos? ¿Trabajas? ¿Tienes novia, coche, casa?". Seiya jamás había conocido una chica que hablara tanto sin tomar aire siquiera o trabarse. Sin saber cómo, acabó con la lunática navegando en una barca en medio de un lago. Ella sostenía un coqueto parasol amarillo mientras él remaba; en otro tiempo a él no le hubiera importado asumir el papel por tiempo completo, pero en ese momento hubiera agradecido que Mina se ofreciera a relevarle: los brazos raquíticos de la tal Serena se quejaban con el esfuerzo. A pesar de sus muecas, Mina no parecía enterarse de su molestia, estaba demasiado ensimismada recitando poemas cursis inspirada por los rayos del Sol, que le arrancaban reflejos diamantinos a las aguas, y la música sensual y misteriosa que viajaba a través del viento para armonizar la escena que protagonizaban (salía de la grabadora perteneciente a un jardinero, en realidad. El hombre estaba atareado en podar unos arbustos de la placita continua).

—¡Mira...! El paisaje entero se une, pareciera que se alegra con nuestro encuentro. ¡Escucha…! ¿No suena eso como coros celestiales? ¿Será una señal de Dios? ¿Será que envía a sus querubines, con sus arpas y sus trompetas, para bendecir el amor que debiera florecer?

Los ojos de Mina brillaban soñadoramente. Seiya la observaba con cara de "what?"

—Seiya —dijo ella con voz suave y acariciante—, ¿es que acaso no lo ves? Los signos no pueden ser más favorables. Este es el momento en que debemos sellar nuestro amor eterno con un beso.

¿De qué me perdí?, se preguntaba desconcertado Seiya, viendo cómo Mina estiraba una trompa que se acercaba peligrosamente a él. La única manera de zafarse sería tirándose al lago.

Afortunadamente un zape propinado a la cabeza rubia le salvó. Mina fue a dar de getas contra el suelo de la barca.

—¡Estúpida facilota! —tronó Rei desde una barca que navegaba demasiado cerca de ellos —¿Es que no tienes sentido común? ¡Tiene cuerpo de mujer!

Mina se levantó sobándose el golpe.

—¡Por supuesto que no! Yo vi que el espejo reflejaba a un chico muy guapo.

—¡Mina, no fraternices con el enemigo! —replicó tácitamente Lita, remo en mano.

—Je, no te preocupes por eso, Lita —dijo Rei mordazmente, esbozando una sonrisa maligna—. Preocúpate mejor por el hecho de que esta boba termine enamorada del fantasma de un "hombre guapo", eso sí que sería un problema.

—¡Oye, no soy ningún fantasma! —alegó Seiya, arrojando los remos y levantándose.

Pero no podía estar seguro. Seiya se encontró estremeciéndose ante la perspectiva, después de todo no sabía a ciencia cierta cómo había ido a parar ahí. Bien pudo haber muerto mientras estaba dormido y ahora su espíritu posesionaba el cuerpo de Serena, condenado a rondar por siempre ese infierno poblado de chicas histéricas. ¿Serían esas mujeres los demonios que le habían asignado para atormentarle hasta el final de los tiempos?

Las chicas intercambiaron miradas al ver su turbación. Mina lo sentó de nuevo, lo rodeó con sus brazos y lo recargó contra su pecho, intentando ofrecerle algún consuelo.

—Pobrecito, no le hagas caso. A ella no le interesa el trauma por el que debes estar pasando, es una mujer insensible —le dijo con voz sincera.

—Gracias, Mina, tú eres la única que me apoya.

Mina le alzó el rostro y le dedicó una mirada dulce.

—Oye, Seiya, ¿lo has pensado? Tal vez despertaste en el cuerpo de mi amiga por error, como pasa a veces en esos viajes astrales tan famosos. Y a lo mejor pasó que ella terminó en el tuyo.

Seiya la miró con interés. Rei y Lita hicieron otro tanto, había veces que Mina decía cosas interesantes si se lo proponía, todo era cuestión de que dejara las payasadas de lado.

—¡Sí, eso debió ser! —continuó Mina, pegándose con el puño la palma abierta—. Mira, ¿qué te parece si le calamos con un beso? Quién sabe, pero a lo mejor despiertas en tu cuerpo, igual que en los cuentos de hadas.

—¿Tú crees que funcione? —Los ojos de Seiya brillaban con esperanza ante una posible salvación—. Bueno, calémosle.

Los labios de ambos se acercaron, buscando llevar a cabo el experimento.

—¡Alto, hormona con patas! —Lita se apresuró a sujetar la cabeza de Seiya, impidiendo que llevara a fin su cometido —¡No voy a permitir que uses así el cuerpo de Serena!

—¡No te metas, Lita, esfúmate! —se sulfuró Mina.

Intentó besar la cabeza estática de Seiya, pero Rei lo impidió sujetándola del cabello.

—Debí suponer cuáles eran tus negras intenciones. ¿De cuándo acá los viajes astrales tienen que ver con los cuentos de hadas? Vamos, Lita, hay que regresar.

Inmovilizando al par, que seguía de terco a intentar besarse, las dos Sailors remolcaron las barcas hasta la orilla con mucho esfuerzo, usando las manos que tenían libres como remos.

Ya era bastante tarde cuando regresaron al templo. Amy compartió con todos sus conclusiones. Según la computadora el cuerpo que portaba Seiya era Serena en un 98%.

—¿Y el otro 2% dónde quedó? —inquirió Lita.

—Todavía no he podido averiguarlo. Pero Darien se ofreció a llevarnos con el anticuario que le vendió el espejo, a ver si así podemos encontrar más pistas.

—¿El espejo? —preguntaron todas, ¿qué tenía que ver un espejo en todo eso?

—Da la casualidad de que este espejo —empezó a explicar Darien, enseñándoselos —es el único que refleja a ese sujeto. Todos los demás muestran a Serena.

—Pues ahora que lo mencionas —intervino Seiya mirando fijamente el marco dorado—, yo compré ayer uno que se parecía mucho a ese, sólo que el marco era de plata y en lugar de un hombre, tenía a una mujer.

—Esa puede ser una clave —reflexionó Amy—. Miren, mientras ustedes paseaban, también me di a la tarea de analizar el espejo. Vean la pantalla, esto fue lo que pude registrar.

Ondulaba extrañamente.

—¿Y qué significa? —quiso saber Seiya. Frunció el ceño—. No entiendo nada.

—Parece una especie de dimensión —le explicó Amy—. Se me ocurre que viajaste por ella mientras Serena y tú dormían.

—¿Ven? ¡Se los dije! —exclamó Mina.

—Sé algo de eso. Según el feng shui no debes dormir con un espejo reflejándote porque tu alma puede quedar atrapada en él.

Mina le lanzó una mirada rencorosa a Rei. No era justo que intentara adueñarse de su crédito; para acabarla de amolar, el traidor de Seiya comenzó a darle la razón:

—¡Oh, no! Ahora que lo recuerdo yo me dormí abrazando al mío.

¡Ah! Y también Darien contribuía:

—Y ese estaba colgado frente a mi cama cuando Serena y yo nos fuimos a dormir. —Se cubrió el rostro con las manos —¡Oh, por mi culpa esa dimensión se chupó a mi Serena!

—¿Y qué hacía Serena en tu cama, Darien?

Todas lo miraron esperando a que respondiera la oportuna —o inoportuna, depende del punto de vista— pregunta de Rei.

—Eh… umm… ah, p-pues es que ella estaba muy cansada, así que yo le dejé echarse una siestecita para que recobrara energías y…

—Mentiroso —interrumpió Seiya, mirándolo con ojos de rendija.

Darien recordó la acusación que éste le había lanzado en la mañana y comenzó a ponerse más nervioso de lo que ya estaba.

—¡Pero no perdamos el tiempo! —dijo para despistar—. Suban al auto, hay que ir con ese anticuario inmediatamente antes de que cierre.

Se apilaron como pudieron dentro del auto, igual que las sardinas, y arrancaron rumbo al centro de Jubangai.