Saint Seiya y Bishoujo Senshi Sailor Moon son copyright de Masami Kurumada y Naoko Takeuchi respectivamente. Fanfic escrito sin afán de lucro.


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Capítulo 3:

—. ¿Bendita Entre Los Hombres? .—

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—¡Por favor, no te vayas! ¡Por favor!

Al escuchar eso, Shun se giró y miró extrañado el cuerpo que descansaba sobre el sillón en posición fetal. Seiya ya llevaba rato gimiendo entre sueños, pero había decidido no despertarlo por respeto a su intimidad, pensando que sus sueños estaban inspirados en parte por la película porno de Sailor Moon que habían visto anoche. Así que, muy consideradamente, sólo le había echado un cobertor encima para que los otros, que todavía no se habían despertado, no se percataran de la bochornosa situación por la que pasaba su amigo y le echaran carrilla luego acusándolo de pensar en Saori de maneras nada decorosas.

Sólo que ahora no estaba seguro de que el sueño de Seiya fuera de la índole que se imaginó en un principio viendo cómo su rostro denotaba angustia y escuchando la manera en que se le quebraba la voz en sollozos mientras hablaba dormido.

—¡Por favor no te vayas! ¿Qué he hecho yo? —seguía musitando Seiya, de cuyos párpados cerrados salían lágrimas que se deslizaban por sus mejillas e iban a parar al cojín de su sillón—. Puedo cambiar, ¡te lo juro!

—¡Seiya, Seiya!

Shun comenzó a sacudir los hombros de su amigo para despertarle. Cuando este al fin abrió los ojos, lo miró pestañeando desconcertado.

—¿Qué pasó? ¿Tenías una pesadilla?

—¿Eh?

Serena se talló los ojos para aclararse la vista, pero fue inútil: ese guapo joven, que bien habría podido pasar por un ídolo de la televisión, se negó a desaparecer de enfrente suyo. Serena nunca había tenido tan cerca, en vivo y en directo, un rostro masculino más bonito y de un mirar tan dulce como aquel. Pero lo que la tenía tan perturbada no era su linda faz, sino la paradoja de un cuerpo taaan apetecible contradiciendo del todo un aspecto de ángel: imposible no pensar en entregarse al pecado ante semejante visión.

Sus cabellos eran esmeraldas y, sobre ellos, descansaba una toalla que negligentemente desdeñaba absorber el agua que se deslizaba por las puntas de las mojadas guedejas. Esta trazaba arroyuelos que gota a gota escurrían por un torso desnudo, acariciando unos suaves pectorales, juvenilmente marcados, seguidos de un abdomen con aspecto de lavadero. Para respiro de la chica, el pantalón truncaba abruptamente la secuencia del líquido sendero, censurándole la ya inaguantable continuación.

—¡Mmm! ¡Qué sueño más maravilloso! —dijo sonrojándose.

Al ver el aspecto embelesado de su amigo, quien al parecer aún continuaba en la Luna, Shun se puso colorado y carraspeó.

—Ya veo que me preocupé por nada —murmuró. Se puso de pie—. Apúrate o el agua te va a tocar fría.

Aunque bien que te hace falta, completó para sus adentros, lanzándole una mirada de soslayo por encima del hombro.

Serena atrapó una toalla que le arrojó el hermoso desconocido.

—Ándale, se nos va a hacer tarde para la fiesta —dijo y le apuntó una puerta. A juzgar por el vapor que salía en espesas nubes, esta daba a un baño.

¡Un chico guapo y la promesa de una fiesta! Ese sueño se estaba poniendo cada vez mejor. Y pensar que unos momentos antes era presa de una horrible pesadilla, en donde ella era una bruja que seguía a un aterrado muchacho por un oscuro pasillo con la intención de comérselo.

Tarareando alegremente, Serena entró al baño. En cuanto traspasó el umbral, se tambaleó como si alguien le hubiera metido un tiro.

Y es que la impresión que se llevó equivalía a un balazo. Frente a ella había un rubio que le daba la espalda sentado en un banquito, ocupado en restregarse un cuerpo de infarto —fornido y grácil a la vez— con jabón. Y un poco más allá había un morenazo de cabello oscuro que, con los ojos cerrados y la boca entreabierta, alzaba la cabeza para recibir en su largo cuerpo el azote de la cascada plateada que salía de la regadera.

Ambos estaban tan ensimismados en su aseo personal que ninguno la peló en lo más mínimo hasta que…

—¡Papacitos!

Los dos se giraron para verla, con la sorpresa bailoteando en sus rostros. Serena, avergonzada de su atrevimiento, volteó la cara hacia su izquierda con los ojos fuertemente cerrados y alargó la mano frente a sí con gesto teatral, como interponiendo un escudo entre ella y la lujuria.

¡Oh, esto es terrible! ¡No quiero ni pensar en lo que Darien diría si supiera que sueño con alguien que no es él!, pensaba afligida. ¡Mala, mala! Este trío no tiene absolutamente nada que supere a mi querido Darien.

—¿Qué pasa, Seiya? ¿Te sientes mal?

¡Oh, cielos, y encima uno de esos tipos tenía una voz igualita a la del malandrín de Jedite, aquel general del Negaverso al que se había enfrentado varias veces en sus primeras misiones como Sailor Scout y que a punto estuvo de mandarla al otro barrio junto con Amy y Rei! ¡Oh, espera! ¿"Seiya" le había oído? ¿Cómo el de los Trhee Lighs? ¡Extraños cocteles producía la mente! No cabía duda de que los sueños le jugaban una mala pasada. Bueno, era cierto que Jedite le pareció guapo varias veces, pero lo fue siempre bajo el disfraz de turno que usaba para llevar a cabo sus maléficos planes; y por Seiya, que siempre estuvo ahí para apoyarla durante la ausencia de Darien, no sintió más que cariño y amistad. De eso a que guardara en su subconsciente deseos reprimidos por esos dos había un mundo de diferencia. ¡Ella le sería fiel a Darien por siempre, hasta el final de los tiempos!

—¡Quiero despertar! ¡Quiero despertar! —murmuraba entre dientes, auto convenciéndose de que eso también era una pesadilla.

Pero como pasa a veces con algunas pesadillas que te das cuenta que lo son, estas avanzan para peor antes de que despiertes: Serena sintió que una mano mojada se posaba sobre su frente. Abrió los ojos sobresaltada y se topó con el rápido flashazo a medio cuerpo del moreno mirándole con preocupación. Serena clavó la vista con rapidez en el suelo, eludiendo lo que sabía no debía ver, pero que le llamaba con una potente fuerza magnética.

Y entonces vio algo mucho más nefasto que aquello de lo que estaba huyendo: sus propios pies iban enfundados en unos calcetines percudidos por cuyos agujeros asomaban los dedos. ¡Pero qué asco! Escudriñando aún más se dio cuenta de que sus manos eran nervudas y toscas, y de sus brazos, al contraerlos, saltaban venas que se tensaban bajo la piel como cuerdas; se encontró con un bulto sospechoso abultándole el ceñido pantalón y de su pecho, de ese que se sentía tan orgullosa en cuanto a volumen y forma, no quedaba absolutamente nada. Horrorizada, se lanzó al espejo más cercano y un muchacho de cabello castaño y cejas espesas le regresó la mirada.

—¡NOOOOOOOOOOOOOO!

.

Desde la cocina los muchachos, vestidos con sus mejores galas, contemplaban a su amigo sentado en el sillón, llorando a moco tendido como sirena de ambulancia. Ninguno de los tres atinaba a decir nada para darle consuelo, pues desconocían del todo la causa de su congoja. Shiryu, en un intento por tranquilizarle, le había ofrecido un sedante, pero Seiya había rechazado la pastilla de un manotazo, gritando que no permitiría que a su pesadilla se le agregara además el malvado Freddy Krueger.

—¿Creen que sean sus nervios traicionándolo?

—¿Sus nervios? ¿A qué te refieres?

Hyoga cerró la puerta de la nevera y se dedicó a abrir su lata de refresco antes de continuar.

—Sí, tú sabes. A lo mejor tenía planeado declarársele a Saori durante la fiesta, pero tenía miedo del rechazo y ahora monta ese drama para auto protegerse y no enfrentarlo.

—Eso es absurdo —replicó Shiryu con el ceño fruncido.

Hyoga se encogió de hombros mientras le tomaba a su refresco.

—Por lo menos yo estoy dando teorías, ¿no?

—No necesitamos teorías —alegó Shun—. Lo que debemos hacer es llevarlo con un doctor.

—Pues el doctor querrá saber qué tiene.

—Hyoga, no insistas, es muy desagradable. Hasta parece que Seiya no te importara en lo más mínimo.

Hyoga suspiró con hastío y le dedicó a Shun una mirada dura.

—Por supuesto que me interesa. Mira, mi teoría tiene fundamentos: Seiya se bañó y se puso un traje a pesar de su crisis —ignoraba que Serena se había aseado con la esperanza de aligerar un poco la crudeza de su situación—. Te apuesto lo que quieras a que por más que alegue no querer salir muy en el fondo se muere de ganas de ir a esa fiesta. Tal vez sólo le faltan agallas. Un poco de aliento de nuestra parte podría obrar milagros, ¿no crees?

Shun frunció el ceño, no muy convencido; Shiryu, en cambio, se frotaba la barbilla con gesto pensativo.

—Hay que obligarlo a salir y enfrentarse con sus temores —concluyó.

—¡Oigan, no creo que…!

Iba a decir que no creía conveniente que obligaran a Seiya a hacer algo que no quería, pero ya era demasiado tarde: Hyoga y Shiryu habían levantado al castaño de los codos y lo llevaban en volandas rumbo a la salida, haciendo oídos sordos de las pataletas de este y sus propios reclamos enfurecidos.

Pidieron un taxi y arrojaron a Seiya dentro. Para evitar que huyera, Shiryu entró por un lado, cercándolo; Hyoga iba a ocupar el lado restante, pero Shun se le adelantó y tuvo que meterse en el asiento de enfrente.

—¡No quiero ir! ¡No quiero ir! —gritaba Seiya en lo que Hyoga le daba la dirección al taxista.

—¡Ya está bueno! —lo amonestó Shiryu en tono de regañina—. Si no paras tu show de una buena vez te llevaremos directo al hospital de la Fundación, como ha sugerido Shun, y haremos que te internen.

Dio resultado: Seiya se calló abruptamente, aunque no dejó de sacudirse entre sollozos durante todo el camino. Bien sabía Shiryu lo mucho que su amigo detestaba los hospitales.

Lo cierto era que a Serena le aterraba la perspectiva de tener que enfrentarse a una jeringa y más porque se imaginaba que en ese sueño loco la aguja bien podría medir un metro. Shun, viendo la perturbación de su amigo, le ofreció gentilmente su hombro si quería llorar sobre él. Serena no recurrió a su invitación por miedo a las represalias de El Ogro Moreno (como lo había bautizado mentalmente al desconocer su nombre), pero retribuyó su gesto desinteresado con una mirada agradecida.

Ya pasaban de las dos de la tarde cuando arribaron a la mansión. Para no variar, el cumpleaños número diecisiete de Saori Kido era celebrado con opulencia. Pequeñas mesas adornadas con manteles, impecables de tan blancos, estaban dispuestas a lo largo del jardín, protegidas cada una por una sombrilla. Los invitados charlaban entre ellos repartiéndose entre estas, los espacios al aire libre y los toldos, bajo las que descansaban grandes mesas cargadas de apetitosos y exóticos entremeses listos para ser devorados.

—Miren esa mesa de regalos —señaló Hyoga con la barbilla—. ¡Demonios, tendría que ampliar la puerta de mi cabaña para pasar cualquiera de esos paquetes por ella!

—Se los dije; quedaremos en vergüenza si nos acercamos para dejar los nuestros —dijo Shun, apresurándose en sepultar la caja de su perfume en el fondo de su chaqueta.

—¡Hey! Ahí va Jabu.

Vieron a Jabu acercarse a Saori con paso resuelto, cargando un fastuoso ramo de rosas rojas.

—¡Buenas tardes, Señorita! —le oyeron decir —¡Tenga usted un feliz cumpleaños!

—¡Jabu! ¿Qué es lo que traes ahí?

Saori miraba el ramo con los ojos brillantes, señalándolo.

—Nada —Jabu sonreía sonrojado—, sólo el obsequio miserable que mi sueldo a podido costear. Espero no ofenderla si pretendo ofrecérselo como regalo.

—Claro que no. Es hermoso.

Era demasiado grande para que Saori lo cargara, así que ella llamó a un par de sirvientes y les ordenó que lo llevaran a sus aposentos.

—Lo que es tener experiencia en lambisconería —murmuró Shiryu, mirando a Jabu con ojos de rendija, en una expresión que bien podría decir "esto no se quedará así"—. Muchachos, reunión.

Todos juntaron sus cabezas.

—Lo importante aquí no es que nosotros quedemos bien con Saori —continuó Shiryu—. Quien nos interesa que gane puntos es Seiya.

—No podrá competir contra ese ramo —espetó Hyoga—. Su espejo bien hubiera emocionado a mi abuela, pero para alguien joven como Saori sólo representará un vejestorio más con que adornar una de sus salas para apantallar a sus invitados. Las rosas, en cambio, sólo tienen un objetivo y es languidecer ante la mirada de la dama que se pretende alagar.

—Eso suena horrible —apuntó Shun.

—Por mucho que la mayoría de las chicas digan que aborrece la violencia, en el fondo les excita que se sacrifique una vida en honor a su belleza.

—¡¿De dónde sacas eso?! —Shun miró al rubio horrorizado, temiendo que haya puesto alguna vez en práctica semejante afirmación.

—De las películas, ¿de dónde más?

—¡Ah! —Shun rió con alivio.

—Bueno, este es el plan —retomó la palabra Shiryu—: Todos uniremos nuestros obsequios en uno solo para que Seiya lo entregue a Saori. Con suerte eso logrará nivelar la ventaja que le lleva Jabu.

—Y que le diga un piropo. A Saori le agradará que alguien sin labia como Seiya se esfuerce en decirle algo bonito —aportó el rubio.

—Buena idea. Escucha, Seiya, esto es lo que dirás… —Shiryu, buscando la mirada de Seiya, se volvió a derecha e izquierda y no lo encontró por ningún lado—. ¿Dónde está Seiya?

Serena había encontrado la mesa de entremeses y se atascaba de pastelillos, intentando aliviar su depresión por medio del gusto. Ante la mirada reprobatoria de algunos invitados, se metía puñados de postres a la boca, mientras sollozaba y se reía alternativamente, alterada por tanta azúcar.

—¡No puede ser! —renegó Hyoga cuando lo vio—. Mira cómo trae ya el saco… ¡Oh, no! ¡Saori lo está viendo!

Efectivamente, Saori se había percatado de la presencia de Seiya y parecía muy molesta de que este no se haya acercado a saludarla siquiera. Los muchachos se dieron cuenta de que Jabu también observaba a su rival socarronamente, con una sonrisa chueca bailoteándole en el rostro. De pronto, Jabu se inclinó para decirle algo a Saori muy cerca del oído y esta, lanzándole una última mirada de despecho a Seiya, lo tomó de la mano y se fue caminando con él. Momentos después ambos estaban bailando en la pista.

—¡Esto es el colmo! —Shiryu no sabía a quién hacer el recipiente de su ira: si a Jabu por rebajarse hasta el punto de ofrecerse voluntariamente para que Saori provocara los celos de Seiya, sólo para estar unos segundos con ella; o a Seiya, por echar todos los esfuerzos que ellos estaban haciendo para ayudarle a la basura.

Shiryu caminó hacia su amigo y llamó su atención picándole en el hombro. Seiya volteó a verle con los ojos hinchados de tanto llorar y la pechera del saco embarrada de betún.

—¿Ya viste lo que está haciendo Jabu? —le dijo con exasperación —¿Vas a permitirlo?

Serena siguió el camino que trazaba el dedo de El Ogro con la vista y se topó con una bellísima visión que hizo que se le callera el budín que se estaba merendando: una muchacha de porte elegante bailaba cual ninfa en medio de una multitud, con la gasa de su vestido blanco agitándose al compás de sus pasos y los mechones de sus largos cabellos reflejando el sol en destellos iridiscentes. Era tal la gracia con la que se movía, que parecía flotaba sobre el suelo. De pronto sus ojos se cruzaron y Serena vibró entera cobijada por la intensidad de los sentimientos que transmitían los ojos de la otra. De pronto, los movimientos de la bailarina cobraron más fuerza, más expresividad. Tan pronto se abandonaba en los brazos del hombre que le acompañaba, como los usaba de soporte, como si se trataran de barras pegadas a la pared, para ejecutar movimientos que nada tenían ver con él. El chico la miraba extasiado, pero Serena podía jurar que ese baile, entre rabioso y pasional, iba dedicado por entero a ella.

Seiya había dejado de llorar y miraba a Saori boquiabierto. Shiryu lo vio limpiarse la cara con la manga del saco y luego quitárselo para arrojarlo al suelo. No pudo menos que sentirse orgulloso al verlo avanzar hacia la pista, la mirada fija en su objetivo.

¡Ánimo, amigo! Exclamaba mentalmente mientras alzaba el puño en señal de victoria.

—Disculpe, ¿me concede la pieza? —preguntó Serena sonriendo, llena de ilusión. Sentía una conexión con esa chica rezumando desde el fondo de su ser. Estaba segura que era ella la elegida, esa debía ser la maestra que el destino le tenía preparada para convertirla en la gran dama que Darien se merecía por esposa. ¡Adiós a sus torpezas y múltiples errores dentro de la pista!

Y entonces… la chica, haciéndose la digna, enchuecó la boca en una mueca de desprecio y le volteó el rostro.

Serena quedó choqueada.

El chico que bailaba con la mujer le dedicó una mirada de suficiencia y le dijo:

—Piérdete, tarado.

Y los dos siguieron bailando: ella repagándosele al cuerpo del muchacho lo más que podía y este celebrando el gesto con una sonrisa de oreja a oreja.

Seiya volvió a largas zancadas con ellos, dando bufidos de tan furioso que estaba.

—¿Han visto? —tronó —¡Ella quería que fuera y luego me ha rechazado! ¡Se ha burlado de mí enfrente de todo el mundo! —rechinaba los dientes—. ¡Qué par de odiosos, se creen los muy muy! ¡Pero ya verán de lo que es capaz Serena Tsukino… Vamos a ver quién queda en ridículo ahora!

Sin previo aviso, agarró a Shun, que estaba tomándose un trago, y lo arrastró a la pista ahorcándolo por el cuello de la camisa.

—¡Suéltame! ¿Qué te pasa?

—¡Hay que bailar! —le exigió Seiya haciendo oídos sordos a sus reclamos—. Quiero demostrarle a ese par de altaneros lo que he estado ensayando con mi querido Darien.

—¿Darien?

—¡Tango, por favor! —gritó a los músicos con voz tan imperiosa, que estos no dudaron en cambiar los acordes que seguían por los primeros compases de la música más romántica de la Argentina.

Seiya apretó el tallo de una rosa entre los dientes, y sujetando por la espalda la cintura de Shun se lo quebró en un muslo.

—¡Pero qué…! ¡Ugh!

¡Pobre Shun! Se vio arrastrado por Seiya por toda la pista hasta que sus zapatos dejaron zanjas sobre el césped. Luego, siguiendo el rezongar del bandoneón, su amigo lo hizo girar cual pirinola hasta el punto del vómito y, al intentar huir rumbo al baño, Seiya logró que remedara al yoyo al jalarlo del brazo, todo bajo las notas gangosas que complementaban el piano, los violines y el contrabajo.

La pista estaba despejada. Serena se sintió triunfante al interpretar el gesto como una señal de lo bien que lo estaba haciendo y puso más énfasis en imitar los pasos de Darien para manejar el cuerpo de El Ángel. Pero lo cierto era que todos le habían dejado espacio al par de bufones para que amenizaran la fiesta con su parodia. Los invitados se carcajeaban a mandíbula batiente; los amigos de Jabu se desgañitaban en tomar fotos para inmortalizar el momento; Shiryu y Hyoga querían meterse bajo el mantel para que nadie los viera, y, finalmente, Saori y Jabu se habían vuelto cómplices para compartir burlas entre ellos, tachando al par de "jotos, putos y malos pa´ bailar" entre otros adjetivos.

—¡Seiya, ya! —pedía Shun con la cara tan roja como un tomate.

Pero Seiya estaba en éxtasis.

—¡Míralos, todos sienten envidia de mis súper pasos!

E intuyendo que se acercaba el final del baile, quiso apantallar a todos sus espectadores haciendo girar a El Angel con una mega vuelta.

Pero no le salió como quería. No calculó la fuerza y su compañero terminó volando rumbo a la mesa de los entremeses. La gente se partía de risa mientras el joven de cabellos esmeraldas sacaba su dolorido cuerpo de entre la comida, con la ponchera a modo de sombrero.

—¡Ay, lo siento! ¡Lo siento! —Serena se moría de vergüenza mientras le ofrecía la mano para ayudarle a levantarse—. ¿Te lastimaste? ¿Te duele algo?

Se quedó estática al ver la mirada rabiosa que le lanzó el muchacho.

—¿Por qué no agarraste a una tipa para que la zangolotearas? —vociferó—. ¿Te gusté para hacer el payaso? ¡Y pensar que yo estaba defendiéndote de Shiryu y Hyoga!

—Ay, Angelito, discúlpame —empezó a decir acongojada.

—¡NO ME LLAMES "ANGELITO"! ¡MI NOMBRE ES SHUN!

El silencio era tan denso que podía cortarse con un cuchillo. Muchos conocían a ese joven gentil y verlo tan furioso había truncado de cuajo cualquier rastro de comicidad que le quedara a la situación.

—Perdón —volvió a musitar Serena con los ojos llorosos, las manos unidas en un puño.

—¡Estúpido! —escupió Shun. Se dio la vuelta y se fue de ahí dando largas y enérgicas zancadas.

Después de un rato, la fiesta se reanudó y todos siguieron bailando. Serena se recargaba en lo que había quedado de mesa, cuando un pelón vestido de frac se acercó a ella y le tendió una escoba y un recogedor con brusquedad.

—¡Tenías que ser tú, muchacho baboso! A ver si vas recogiendo el cochinero que provocaste.

Seiya volteó a mirarle con los ojos arrasados en lágrimas y haciendo pucheros, al tiempo que se sorbía un moco. Tatsumi retrocedió ante la sorpresa.

—¡Pero qué demon…!

Seiya salió huyendo llorando con estridencia.

—¡Seiya! —gritaron Shiryu y Hyoga al unísono, echando a correr tras sus pasos.

—Oigan, ¿qué pasa aquí? ¡Exijo una explicación!

—¿Quién sabe? —le respondió Hyoga al pasar a su lado, sin detener sus pasos.

—¡Shiryu, tú…!

—Ahora no, Tatsumi —lo interrumpió el aludido haciendo otro tanto.

—¡Malditos, siempre me ignoran!

Tatsumi los vio perderse en la distancia. Y justo se daba la vuelta con la intención de hacer valer su autoridad para que alguien limpiara el desastre, cuando la punta de su zapato chocó contra lo que le pareció una lata.

De pronto, esta empezó a soltar humo.

La gente comenzó a gritar; al levantar la vista, Tatsumi vio que el mismo fenómeno a sus pies se repetía en diversos puntos del jardín. La humareda era tan densa que no podía ver más allá de sus narices. Tanteando el aire, Tatsumi empezó a gritar entre toses exigiendo a los de seguridad una explicación, con los ojos lagrimeándole a causa de la irritación que le causaba el humo. Del otro lado, Geki, con su vista aguzada de Caballero, se percató de que un guardia desenfundaba su pistola para enfrentarse a lo desconocido… para caer enseguida a sus pies, asaeteado por tres shuriken que le dieron de lleno en la frente. Jabu se apresuró en proteger a Saori con su cuerpo al oír varias maldiciones seguidas de una serie de detonaciones, pero un golpazo en la nuca terminó dejándolo fuera de servicio.

Al disiparse la humareda, Tatsumi se dio cuenta con horror de que la Señorita Kido había desaparecido. Gritó su nombre hasta casi enronquecer, pero nadie en esa muchedumbre histérica supo darle razón de ella.

Buscándola, vio a lo lejos un destello plateado relumbrando en un poste que sostenía el cartel que rezaba: "¡Ten un feliz cumpleaños número diecisiete, Saori!". El mayordomo se acercó corriendo y vio una cuchilla ninja clavada en él, sosteniendo un papel con mensaje escrito con la fría uniformidad que ofrecía la caligrafía hecha en computadora. Decía:

"Hemos raptado a la presidenta de la Fundación Graude, la señorita Saori Kido. Morirá a menos que se entregue la suma de 10, 000 millones de dólares en efectivo al elemento que estará esperando en la cumbre del monte Fuji a las 19:00 horas del día de hoy. Sobra decir lo que haremos con ella si se da aviso a las autoridades."

Al leer quienes firmaban como remitentes, Tatsumi se puso pálido.

—¡Esos malditos bastardos! —musitó presa de la rabia y el miedo, estrujando el papel entre sus manos.


N/A: René García es el actor que dobló a Jedite, a Hyoga, a Vegeta y a Hanamichi Sakuragi, entre muchos otros personajes, en la versión para Hispanoamérica. De ahí que Serena diga que ya sueña con Jedite cuando Hyoga la interroga. XD

¡Ah! Y aprovecho para saludar al lector anónimo llamado Zero. ¡Hola, bienvenido a esta ocurrencia! :D Muy pronto se resolverán todas tus dudas, no te preocupes. A mí también me cae muy bien Seiya. Es un personaje grandioso al que se le puede sacar mucho provecho sabiéndolo utilizar. Sé que a muchas personas Seiya no les agrada… bueno, de hecho a mí tampoco me agradaba hasta que descubrí que se debía a la terquedad de la Toei de remarcar su protagonismo en los diálogos de los villanos, cuando era obvio que el incordio que amenazaba el Santuario no era sólo Seiya, sino todos los chicos de bronce. Gracias a Dios, Kurumada no hace eso en sus mangas y fue leyéndolos que yo pude reconciliarme con Seiya para mejor :D ¡Ahora me he vuelto adicta a incluirlo en la mayoría de mis fics!

En fin, espero que les haya gustado la continuación; creo que el capi me quedó corto y poco gracioso, pero de verdad por más que pensé no pude agregarle nada más a riesgo de perderme en lo que sigue. ¡Nos vemos!