Saint Seiya y Bishoujo Senshi Sailor Moon son copyright de Masami Kurumada y Naoko Takeuchi respectivamente. Fanfic escrito sin afán de lucro.


O..-°::…:°°°-_.::..- -..::._-°°°:…::°-..O..-°::…:°°°-_.::..- -..::._-°°°:…::°-..O

Capítulo 4:

—. Ser Normal Es Difícil .—

O..-°::…:°°°-_.::..- -..::._-°°°:…::°-..O..-°::…:°°°-_.::..- -..::._-°°°:…::°-..O


Pasadas las nueve de la noche, el coche de Darien aparcaba en las afueras de la casa de Serena, después de haber dejado a cada una de las chicas en las puertas de sus hogares. Seiya bajó del coche con cara de que no lo calentaba ni el Sol; cerró la portezuela de un potente azote.

—¡Oye, ten cuidado, puedes dañar la pintura! —le reclamó Darien.

Seiya le lanzó una mirada fulminante que bien podría decir: "¡Me importa un pito tu coche, idiota!"

Al ver la mirada de reproche que le echaba el otro, Darien sintió remordimiento. Era verdad que Seiya no le caía bien, pero no era su culpa que se haya despertado siendo su Serena. Carraspeó con la intención de reparar su grosería.

—Oye, te veo mañana —le dijo—. No dudes en llamar si se presenta algún problema.

—Sí, claro —respondió Seiya caminando hacia el porche, sin volverse. Por el tono de voz que usó, Darien no supo si estaba tomando en serio su propuesta o estaba usando el sarcasmo. Total, sea por un motivo u otro, tampoco tenía la obligación de portarse simpático con él, así que pisó el acelerador y se fue rumbo a su departamento.

Seiya subió las escaleras del porche con los ánimos por los suelos, con la impresión de que sus problemas pesaban toneladas. Oprimió el timbre y esperó. En el interior de la casa se encendió la luz y Seiya pudo escuchar pasos presurosos acercándose a la entrada. Momentos después una mujer de largo cabello azul, vestida con camisón y pantuflas, abría la puerta. Parecía furiosa.

—¿Dónde te habías metido, señorita? —inquirió a continuación, cruzándose de brazos.

—Ehh…

¡Qué contrariedad! Ahora recordaba que, según la película que había visto, desde el día anterior la familia de Serena no sabía nada de ella. Según tenía entendido, las chicas decentes de familias normales debían llamar a sus casas para avisar que iban a llegar tarde. ¿Qué a ninguna de las muchachas se le había ocurrido llamar? Tal vez con el ajetreo del día, a todas se les había terminado pasando.

—Anda, habla, o dormirás en la calle esta noche —insistió la mujer, frunciendo más el ceño.

Seiya no atinaba a hacer nada para remediar ese escenario. La señora estaba muy enojada ¿Qué procedía en esos casos? Nadie pensó en darle una fórmula por si se presentaba esa situación; sólo se limitaron a decirle: "tú dormirás en la casa de Serena y mañana irás a clases por ella", y él, cansado, se había resignado a aceptarlo sin más. Nunca se le ocurrió pedir más detalles para suplantar con éxito a Serena Tsukino.

Improvisar tampoco era una opción. No disponía de la experiencia necesaria para tratar con una madre indignada, que a partir de ahora era SU madre. Por ser huérfano, Seiya jamás tuvo que lidiar con las reglas de una familia: era libre y podía hacer lo quisiera; sin embargo, al parecer, la tal Serena no gozaba de semejantes privilegios.

Vaya, hay un mundo de diferencia entre la gente común y yo, pensó alelado.

—¿Y bien? —preguntó por tercera vez la mujer—. Estoy esperando, jovencita.

—Am… Pues es que estaba con Darien y las chicas y nos estábamos divirtiendo tanto que se me olvidó por completo llamar.

Una chispa de indignación llameó en los ojos azules de la mujer.

—Déjame ver si entendí: ¿La señorita Tsukino considera tan poco importante a su familia que no ve necesario avisar que se va a ir dos días enteros de parranda?

Seiya frunció el ceño, no le gustaba ese tono acre y replicante.

—Oye, tranquilízate; no maté a nadie ni me drogué. ¿Cuál es el problema?

—¡No me hables en ese tono! —explotó la mujer, adoptando una pose intimidante—. Esto no es un motel para que llegues a la hora que quieras; aquí hay reglas y debes ceñirte a ellas mientras vivas bajo mi techo.

Seiya torció el gesto.

—¡Cuánto pinche drama! —musitó hastiado.

—¿Qué has dicho?

—Nada.

—¡Repítemelo! ¡Vuélvemelo a repetir!

—¡Ach! Ya me harté. ¿Me vas a dejar pasar o no?

—No —volvió a cruzarse de brazos y lo miró inflexible—. Quiero una explicación y una disculpa, y luego ya veré.

—A la chingada, pues —escupió Seiya al tiempo que se daba la vuelta.

Bajó el porche en tres saltos y atravesó la rejilla que daba a la calle.

—¡Serena! ¡Serena! ¿A dónde vas? ¡Vuelve aquí inmediatamente!

—En tus sueños, vieja.

Seiya se perdió calle abajo con los gritos de la señora retumbando tras sus espaldas. ¿Dónde iba a pasar la noche? ¿En casa de Darien, con alguna de las chicas? No. ¿Qué clase de hombre recurre al apoyo de una mujer por detalles tan insignificantes? Y en cuanto a Darien, ni hablar. No quería darle la satisfacción de tener una deuda qué pagarle.

Sus tripas comenzaron a gruñir y se preguntó si la tal Serena tenía dinero para comprarse algo de comer. Se esculcó las bolsas de la falda y encontró unos cuantos yenes, dinero suficiente para comprarse un café en una máquina expendedora y calentarse el cuerpo en esa fría noche de noviembre… ¿O era febrero?

¿Acaso importa? Estás perdido en tiempo y en espacio, caray, se amonestó él mismo, esbozando una sonrisa que nada tenía de alegre.

Al llegar al centro y buscar al anticuario, se toparon con que el negocio estaba cerrado y con un letrero de "Se renta" pegado en el cristal de uno de los escaparates. Preguntando en los negocios vecinos, se enteraron de que el anticuario tenía grandes deudas y, para pagarlas, había rematado toda su mercancía. «¡Ah, es verdad, lo había olvidado! Fue por eso que compré el espejo. Era una oferta que no podía dejar pasar», había exclamado Darien al enterarse de los detalles; Seiya tuvo ganas de matarlo. Las chicas, mucho más prácticas que él, se dieron a la tarea de investigar si alguien conocía la dirección de ese enigmático comerciante. «Nadie sabe nada», informó Lita después de un rato. «Todos dicen que era un hombre muy huraño que apenas si socializaba con nadie».

Y ahí acabaron las pesquisas.

Seiya seleccionó su café y la lata que lo contenía cayó por la rendija de la máquina. Justo cuando se lo tomaba, la voz ronca de un hombre a sus espaldas le preguntó que si tenía una moneda qué compartir con él.

—Claro. Espéreme un poco. —Seiya, sintiendo pena por el sujeto que se imaginó era un vagabundo por la voz lastimera que usaba, empezó a buscar una moneda para dársela sin voltear a verlo. La halló y se giró para entregársela en la mano sucia que el tipo le tendía, pero de pronto esta se alejó de la suya. Inevitablemente, la vista de Seiya siguió la trayectoria de la mano que se retiraba... y segundos después se arrepintió de haberlo hecho.

No era un vagabundo el que tenía enfrente, sino un viejo cuarentón de mirada libidinosa y sonrisa perversa vestido solamente con tenis y una gabardina color caqui. La mano había ido a parar a su entrepierna y con ella meneaba vigorosamente un miembro que él era incapaz de ver.

Seiya se puso rojo, sus labios se contrajeron hasta mostrar los dientes. Una rabia ardiente comenzó a correrle por las venas a una velocidad pasmosa.

.

Kenji Tsukino recorría las calles en busca de su hija. Varias farolas estaban fallando y las calles lucían oscuras y lúgubres. Le preocupaba que Serena anduviera rondándolas sola a esas horas. Ikoku no debió reñirla en la puerta; debió haber esperado que estuviera dentro de la casa para sermonearla.

De pronto escuchó un alarido que le puso los pelos de punta. Alarmado, Kenji se disponía a correr en dirección a los gritos cuando vio que alguien se acercaba corriendo. Un hombre de mediana edad, con el rostro desfigurado por el miedo, alcanzó el punto en el que se había quedado parado y lo rebasó.

—¡Qué diablos…! —exclamó Kenji, siguiéndolo con la mirada y ajustándose bien los lentes. ¡El tipo estaba desnudo! Podía ver sus nalgas asomando bajo la gabardina que ondeaba al viento—. ¡Tengo que encontrar a Serena! —musitó horrorizado, dándose la vuelta.

No hizo falta que la buscara; Serena venía corriendo y lo rebasó también. Kenji entró en pánico al ver los ojos del verdugo en la cara de su hija. Miles de ideas carcomieron su mente en cuanto al por qué de este hecho y sólo pudo pensar en relacionar al tipo de la gabardina con el modo berserk de Serena. Decidido a impedir que la joven cometiera alguna estupidez, le sujetó el codo con una mano y frenó su carrera abruptamente.

Al sentir el brusco tirón, Seiya se volvió y vio que la causa era un hombre de lentes que le apretaba el brazo con mucha fuerza. ¿Qué? ¿Otro pinche pervertido? Hecho un basilisco, no lo pensó dos veces: cerró el puño y lo impactó contra la nariz del hombre con todas sus fuerzas.

Las gafas fueron a parar al piso. El hombre se tambaleó cubriéndose la nariz. Seiya levantó los puños, dispuesto a usarlos nuevamente en su contra por si decidía tomar represalias por el golpe o por si salía corriendo igual que el otro. Este no se le escaparía.

Pero no pasó ni lo uno ni lo otro. Después de oprimirse un rato la zona herida, el hombre recogió sus lentes y se los colocó de vuelta. Seiya esperaba ver furia en sus ojos cuando estos se abrieron, pero en lugar de ello se topó con una genuina sombra de preocupación.

—¿Estás bien? ¿Te hizo algo ese pervertido? —le escuchó preguntar.

Seiya parpadeó desconcertado. ¿Acaso ese sujeto intentaba ayudarle? De pronto vio que avanzaba hacia él haciendo amago de posar una mano en su hombro y retrocedió frunciendo el ceño, desconfiado. El hombre paró ante su gesto e inclinó la cabeza, como si le analizara.

—Ven, hija —le dijo en tono afable—. Ya todo está bien, no hace falta que te preocupes por ese pervertido. Papá está aquí.

¿"Hija"? ¿"Papá"? ¿Escuchó bien? ¿Acaso acababa de golpear al padre de Serena? ¡Oh, genial! Definitivamente ese día era con mucho el peor de su vida.

Kenji vio a Serena bajar sus puños e inclinar su cabeza.

—Perdón… No sabía que… no sabía que eras tú —balbuceó realmente avergonzada.

Kenji suspiró y le dedicó una sonrisa esperando aliviar su culpa un poco, pero esto sólo sirvió para que el gesto de Serena luciera más apesadumbrado.

Y no era para menos. Seiya sentía arder sus mejillas de tanta vergüenza que sentía. La cara del señor estaba roja y comenzaba a hincharse a partir de la nariz con rapidez.

—Tu mamá me mandó a buscarte —le dijo el señor en otro claro intento de quitarle importancia a su delito, lo que lo hizo sentir todavía peor. Por ello, al ver que él se acercaba de nuevo, Seiya no eludió el abrazo que quería darle. Lo sintió recargarle la cabeza contra el pecho y luego acariciarle el pelo con parsimonia—. Sé que estás enojada con ella —siguió diciendo su padre—, pero intenta comprenderla, Serena. ¿Qué harías tú si tuvieras una hija que se va dos días enteros sin avisar? Uno piensa que pudo haberle pasado un accidente o algo peor. Nos preocupamos por ti, princesa, porque te queremos. Pero hay veces que la gente no sabe expresarlo y se enoja porque no la entiendes, como tu mamá. No era su intención gritarte.

El hombre hablaba mientras lo mecía con suavidad. Lo hacía de manera tan imperceptible y su voz resultaba tan agradable que Seiya se abandonó sin resistencias en una especie de sopor. Y aún después de tener plena conciencia de su situación no sintió la necesidad de apartarse, pues aquello le resultó tan natural, como si fuera una parte implícita de su existencia, que dejarse arropar y proteger por el agradable calor que despedía el señor le pareció un privilegio del que nadie tenía derecho de privarle.

De pronto, Seiya abrió mucho los ojos ¿Pero qué demonios estaba pensando? Ese no era su padre y el amor que tan egoístamente estaba absorbiendo no estaba destinado a él sino a Serena Tsukino, la pobre chica rubia cuya alma sus seres queridos no sabían a dónde había ido a parar. Con el remordimiento carcomiéndole las tripas, se apartó sin rudeza pero tajantemente del hombre y comenzó a desandar el camino.

—¿Serena? —Kenji le dedicó una mirada extrañada.

Seiya se volvió y, para tranquilizarlo, esbozó una tímida sonrisa.

—Volvamos a casa. Siento haberlos preocupado.

Kenji se apresuró a alcanzarle. Ciertamente las mujeres eran criaturas extrañas; jamás lograría descifrar el enigma que eran por mucho que se esforzara.

Seiya avanzaba sombrío. Por primera desde que llegó se dio cuenta que él no era el único que salía afectado con el drástico cambio que había sufrido en la mañana.

.

El despertador de pollito empezó a piar con estridencia sobre la mesita de noche, indicando que ya era hora de ir a la escuela; pero Seiya siguió dormido a pierna suelta, babeando sobre la mullida almohada. No tenía problemas para ignorar la alarma; vecino de un puerto como lo era él, estaba acostumbrado a lidiar con las sirenas de los buques, que de tan estruendosas hacían cimbrar las paredes de su departamento.

Luna observaba el cuerpo de su dueña desde el cojín colocado en borde de la ventana. Ignoraba que Serena ya no era la misma. Como la veía tan holgazana como siempre (nadie le había avisado del cambio) no sentía la necesidad de intervenir para que se despertara.

—Se le hará tarde de nuevo —bostezó. Saltó del cojín a la mesa de noche y apagó la alarma. Después volvió a su cojín y se echó para volverse a dormir—. Ni modo, que aprenda a hacerse responsable.

En eso, empezó a sonar la alarma del reloj comunicador. Como Serena siguió sin dar señales de vida, Luna se apresuró a responder: era Amy. Luna recibió una explicación de lo ocurrido el día anterior.

—¿¡MIAAUUUU!? ¿¡Qué dices!? ¿¡Qué ese de ahí es un hombre!?

—Tal vez ignora que Serena no puede darse el lujo de faltar a clases; están a punto de reprobarla —continuó Amy—. Será mejor que lo despiertes. Lita dijo que pasaría por él.

Amy colgó. Luna vio con horror el bulto que descansaba en la cama.

—¡Ay, santo cielo! ¡De todas las noticias malas que podía recibir hoy…!

La gata saltó sobre su espalda y Seiya gruñó con molestia, pero ni abrió los ojos ni se levantó.

—Oye, despierta, vas a llegar tarde —insistió Luna muy cerca de su oído.

Seiya entreabrió un ojo.

—¡Vaya! Eres tan flojonazo como Serena, ¿eh?

Seiya volvió a cerrar el ojo. Un gato parlanchín. Qué sueño tan loco.

La paciencia de Luna tenía límites y comúnmente se manifestaban con un tic en su ojo derecho, como sucedía en ese momento.

—¡No me ignores! —espetó antes de lanzarle una mordida.

—¡AAAAGH! —saltó Seiya.

—¡Arriba , bribón, tienes que ir a la escuela!

—¿¡Qué rayos!? —Seiya miraba a Luna con ojos desorbitados, una mano en su pecho —¿¡Un gato que habla!? —se restregó los ojos para asegurarse de que no estaba soñando.

—Puedo reventarlos si quieres —se ofreció ella saltando a la cabecera y mostrándole sus afiladas garras—; así el dolor te confirmará que no estás soñando.

—¡No, no!

—Vístete rápido, entonces ¡YA!, ¡YA!

Bajo las instrucciones de la gata histérica que gritaba como sargento, Seiya se vistió a toda prisa. Como se durmió con el uniforme puesto, tuvo que plancharlo y terminó quemando la blusa: una marca de la plataforma caliente quedó grabada a fuego en la espalda con lujo de detalles. Al intentar anudarse el moño se enredó los dedos en él y se picó varias veces con el broche transformador buscando cómo ponerlo en su lugar. Las cerdas de su cepillo se quedaron atrapadas en las lianas que eran sus cabellos cuando intentó desenredarlas; liberó el cepillo a tirones y a punto estuvo de quedarse calvo. Finalmente, no tuvo éxito en hacerse sus dos coletas y terminó improvisándose un enorme cebollín en la nuca que más bien tenía el inquietante aspecto de un nido hecho por un animal muy peligroso.

Luna examinó su aspecto final negando con la cabeza, pero pasó de exigirle que puliera el desastre que había hecho con el aspecto pulcro de la coqueta Serena cuando lo vio jadeando por el sobreesfuerzo. Sin embargo, no se reprimió de arriarlo cuando se trató de hacer que bajara a comer y, por culpa de las prisas, Seiya a punto estuvo de morir ahogado por una tostada. Mientras escupía el pan sobre el mantel y parte de su uniforme, la indolente Luna lo observaba meneando el rabo y mostrando las zarpas, por si era necesario clavárselas para azuzarlo más.

Al bajar las escaleras, Sammy vio el espectáculo nada agradable que estaba montando Serena, y en lugar de pasarle un vaso de leche para que se pasara el bocado asesino, comenzó a burlarse de ella como tenía por costumbre.

—¡Te hace daño levantarte temprano, huevona!

Con ojos llorosos, Seiya lo miró con odio. Estaba a punto de soltarle una grosería cuando sonó el timbre de la entrada y Luna se le enganchó en una pierna.

—¡AAAY, PUTO ANIMAL!

—¡Qué bueno! —se carcajeó Sammy—. Te lo tienes merecido por insistir en tener esa gata mugrosa.

Sin embargo, Sammy huyó rumbo a la cocina antes de que la gata lo atacara también.

—Apúrate. Es Lita quien llega por ti —le dijo Luna a Seiya.

Camino a la escuela, Seiya aún no se reponía del susto que le había dado la gata. Lita se rió cuando le dio los detalles de su aterradora experiencia y en seguida le contó la historia de Luna.

—Por eso prefiero a los perros —acotó Seiya con acritud—. ¡Gatos que hablan! ¡Y encima ese era un monstruo!

—Bueno, este es tu salón —cortó Lita, nada empática ¡Claro, como a ella no le habían arañado las piernas!—. Si tienes problemas con algo no dudes en pedirle ayuda a Amy ¡Es una suerte que ella y Serena estén en el mismo grupo! —Le dio una palmada en la espalda—. Suerte, nos vemos en el descanso.

Seiya entró al salón. Los estudiantes estaban reunidos en varios grupos contándose los chismes del día anterior. Aviones de papel surcaban el aire. Una parejita se besuqueaba en un rincón. Un trío de chicas lo saludaron y él respondió sonriente, preguntándose internamente quién demonios eran. Finalmente se topó con la cabeza de Amy; la chica estaba sentada hasta el fondo del salón, junto a la ventana que daba al patio. Ella lo vio y le hizo señas de que se sentara frente a ella.

—Hoy toca historia —señaló, sacando una libreta de su valija—. Generalmente no dejo que me copien la tarea, pero en vista de la situación dejaré que lo hagas esta vez.

Mientras Amy le daba una serie de indicaciones para que tuviera una idea de qué iba a copiar, Seiya se desconectó del mundo, como siempre le pasaba cuando alguien intentaba exponerle algo demasiado aburrido y complicado, y se dedicó a examinarla. Amy le parecía una muchacha muy rara y no alcanzaba a entender el porqué de la pasión en su voz al narrar los hechos resumidos de sus apuntes. Se le figuró una especie de ratón de biblioteca, demasiado correcta y lógica. Era como si hubieran metido un pedazo de Shiryu y otro de Shun a la licuadora.

Sin embargo, lejos estaba él de verla como a sus amigos; para empezar, era chica y, para acabarla de chingar, de ese tipo que siempre le había repelido por su poca disposición a sociabilizar y su nulo sentido del humor. Casi deseó que le hubiera tocado en el salón de la Lagartona (Lita). Con ella por lo menos compartía un lenguaje en común: el de los puños.

Entró el maestro justo cuando acabó de plagiar la tarea de Amy en su cuaderno. Igual que le pasó con Amy, no tardó en ponerse en la órbita lunar cuando el maestro comenzó con su clase. Perdón, ¿dije igual que con Amy? Bueno, no: peor, porque esta vez se puso a roncar. El ruido alertó al maestro y este, ofendido, le lanzó una mirada asesina. Amy intentó de en balde despertarlo a codazos.

—¡Tsukino! —gritó el hombre —¿Otra vez dormida? ¡Despierte inmediatamente!

Pero como Seiya osó responderle con ronquidos, lo despertó con un borradorsazo.

—¿Qué pedo? —exclamó Seiya, volteando a todos lados desorientado.

—¿Qué léxico es ese? —el maestro torció la boca en una desagradable mueca—. Una señorita no debería usar una jerga tan vulgar.

—¡Ah, sí; cómo sea! Relájate, viejo —respondió Seiya, con fastidio.

Las carcajadas estallaron y el maestro, rojo de coraje, enseguida se vengó.

—Espero que muestre el mismo entusiasmo de sus bufonerías cuando se trata de estudiar. A ver, al termino de la Segunda Guerra Mundial, ¿en qué fecha exacta se firmó el tratado de paz entre Japón y Rusia?

Todos guardaban silencio. Mientras él buscaba en su mente una respuesta que sabría jamás hallaría, la burla bailoteaba en la cara del profesor.

Después de un rato de sufrir la humillación de la que era blanco, farfulló entre dientes que no sabía. El maestro le dirigió una sonrisa socarrona.

—Era de esperarse —le dijo; miró a Amy y agregó: —Mizuno, hágale un favor a su poco afortunada compañera y disipe su ignorancia.

A su espalda, escuchó a Amy ponerse de pie. Seiya clavó la mirada enfurruñada en su pupitre y sin darse cuenta encogió los hombros, como siempre le había pasado en las clases que le impartían en el orfanato, cuando el maestro pedía una respuesta al alumno listo de turno al fallar él en dársela. En aquel entonces, el elegido casi siempre era Shiryu, que siempre estaba más que feliz de lucir sus conocimientos y dejar a cualquiera en ridículo. ¡Ah, Shiryu! Aunque de chico solía juntarse con él por ser agradable y comedido (y listo), eso no impedía que a veces le cayera gordo cuando mostraba cierta inclinación a la pedantería y el esnobismo. Sin embargo, esa actitud había desaparecido cuando se hicieron mayores y por eso en ese momento hubiera preferido mil veces que estuviera ahí con él en lugar de Amy, quien por muy amable que fuera seguía resultando un enigma.

—Señor —empezó a decir Amy y Seiya sintió un vuelco en el estómago al prever la vergüenza que vertería sobre él la chica lista—, considero erróneos sus métodos pedagógicos. Al humillar a mi compañera en frente de todo el salón no está de ninguna manera alentándola a superarse en sus estudios, más bien la orilla a sumirse aún más en la mediocridad. Debería considerar replantearse el trato que le está dando.

Seiya se había quedado con la boca abierta y ahora miraba a Amy con los ojos como platos, igual que el profesor y el salón entero. El maestro, después de superar la sorpresa, apretó la mandíbula y le dedicó a Amy una mirada llena de resentimiento.

—Siéntese, Mizuno —indicó con dureza—. Quiero verla en mi oficina durante el descanso. Y usted Tsukino —le dedicó una mirada de desprecio, como si le culpara de mal influenciar a un elemento mucho más valioso que él—, entérese de una vez que entre Japón y Rusia nunca se firmó un tratado de paz; si alguien le hubiera dado importancia a los protocolos, seguiríamos en guerra.

El maestro les dio la espalda y caminó al frente de la clase. Amy se apresuró a sentarse. En todo lo que duró Historia sus manos no dejaron de temblar.

Una versión parecida a lo que pasó con el profesor de Historia se repitió en Matemáticas, Economía Doméstica, Cocina y Japonés. Aunque Seiya ya estaba harto de que lo trataran de idiota y ganas no le faltaban de responderles con majaderías a los déspotas profesores, aceptó las amonestaciones de estos con una actitud más o menos estoica por consideración a Amy, a quien no deseaba embarrar en un problema peor del que ya la había metido. Y es que la chica, pobrecilla, se mantenía a su lado por si necesitaba ayuda a pesar de su persistente palidez.

—¿Estás bien? —le preguntó Seiya al sonar la chicharra que indicaba la hora del descanso. Amy parecía a punto de desmayarse y recogía las cosas de su pupitre con torpeza—. Oye, no hace falta que vayas; iré con ese hombre y me disculparé con él. Todo ha sido mi culpa; por defenderme…

—No, es a mí a quien llamó. Se pondrá peor si vas tú. —Amy hizo una pausa antes de proseguir—. Ese maestro ya la traía con Serena; no es que yo repruebe que la regañe, pero él nunca hace nada por acercarse a ella y trabajar en sus fallas. Y es su responsabilidad, se supone que es nuestro prefecto, alguien debe recordárselo —Amy sonrió —¿Y quién mejor que la chica con un coeficiente de más de trescientos? No te preocupes, no me pasará nada, tengo inmunidad.

Seiya no cachaba muy bien de qué hablaba, pero admiraba su valor y así se lo dijo.

—Gracias —un atisbo de rubor alcanzó a colorear por unos segundos su lívida faz—. Lita y Mina te han de estar esperando en el patio, ve a desayunar con ellas.

Amy se levantó y avanzó con paso tambaleante rumbo a la sala de profesores.

.

Apenas se asomó al patio, Mina se apoderó de su brazo y lo arrastró bajo la sombra de un árbol frondoso. Lita ya los esperaba.

—¿Qué tal tu día? —le preguntó la castaña, vertiendo jugo de manzana en vasos para los tres.

—Horrendo —respondió suspirando antes de tomarse su bebida de un solo trago—. ¿Cómo le hacen ustedes para sobrevivir todos los días a esta cámara de tortura?

Mina y Lita estallaron en risotadas. ¿La escuela cámara de torturas? Más de acuerdo no podían estar.

—Te acostumbras —afirmó Lita—. No todo es malo, hay actividades y materias que nos gustan. A mí, por ejemplo, me encanta Economía Domestica, la clase de Cocina y el club de karate.

—Y el equipo de vóley ball es genial ¡Este año yo soy la capitana! ¡Y el inglés! Soy la consentida del profesor, ¿sabías? ¡No hay nadie que pueda hacerme competencia con el inglés! —presumió Mina.

—¡Qué modesta! —Lita y Seiya la miraban con ojos de rendija.

—¡Pst, ya ven: uno que se esmera por ser políglota! —Mina se miró las uñas, sonriendo—. Cuando sea actriz no me limitaré a trabajar en mi país ¡Seré famosa también en el extranjero! —lanzó una risotada.

—¿Ah, sí? Pues yo sé griego.

—¿En serio?

—A ver, di algo, mentiroso.

Seiya se presentó y les dio las buenas tardes en griego. Mina lo miró escéptica, poco dispuesta a cederle el escenario en donde ella creía brillar; pero como se suponía que estaba intentando conquistarle, decidió darle un poco de crédito por "sus mentiras".

—¡Excelente, Seiya! — le palmeó la espalda con exceso de compañerismo y efusividad—. Nunca había oído a nadie que hablara el griego con tal fluidez.

Lita alzó una ceja ¿De cuándo acá Mina sabía griego para afirmar semejante cosa?

—Podemos hacer equipo tú y yo —siguió diciendo Mina—. Conquistaremos juntos el teatro griego cuando hagamos una gira por el extranjero. ¡Oh, ya verás: el mundo nos recordará como la pareja que reinventó el concepto de tragedia y comedia!

—Bien, Mina, invítenme cuando se vayan de gira —interrumpió Lita—. Un chef debe saber cocinar todo tipo comida y un tour por el extranjero me vendría de perlas.

Su intención era obligarla a poner sus pies en tierra usando realidades, pues para su gusto Mina ya estaba volando demasiado lejos. Y la táctica le funcionó… para desgracia de Seiya.

—¡Ah, es verdad! —Mina sacó un paquete envuelto en un pañuelo bordado con flores y se lo dio a Seiya—. No trajiste almuerzo, ¿verdad? —era verdad, con las prisas y el susto que le dio la gata ni siquiera le pasó por la cabeza prepararse uno—. Yo te hice uno, pruébalo.

—¡Oh! —Seiya se puso rojo, era la primera vez que una muchacha le preparaba el almuerzo—. Muchas gracias, qué amable.

Destapó la lonchera. Cada uno de los bocadillos había sido cortado o moldeado cuidadosamente en forma de corazón.

¡Ahí va de nuevo!, pensó exasperada Lita, torciendo los ojos. Pero como la nueva tentativa de Mina no le parecía peligrosa, decidió permitir que la situación siguiera corriendo.

—¡Wow! —Seiya sentía la cara a punto de ebullición—. Es muy… —cursi, calificó su mente —llamativo —dijo.

—Está buenísimo, eso es lo mejor ¡Mi madre le ha dado el visto bueno! —Mina pescó un rollito de huevo entre unos palillos y lo acercó a la boca de Seiya—. Di: "aaah".

Seiya titubeó antes de aceptar el bocado que le ofrecía Mina. Y luego se arrepintió. La boca le ardió en cuanto la comida hizo contacto con su lengua y, en un impulso innato por preservar su salud, buscó escupirla; sin embargo logró impedir la grosería tapándose la boca con una mano. Entonces el bocadillo maldito aprovechó para escocerle la fina piel de los labios; los ojos de Seiya comenzaron a lagrimear.

—¿Qué te pasa, Seiya? —preguntó Lita con preocupación, al ver el abanico de gestos que estaba desplegando.

—¿Está muy caliente? —cuestionó Mina y le sopló al siguiente bocadillo que pensaba darle—. Listo, ya está. Di: "aaah".

Lita se interpuso esta vez y se apoderó del bocadillo. Lo masticó y luego se apresuró a escupirlo.

—¡Wácala, Mina! ¿Qué le pusiste a esa cosa?

Mina se indignó.

—¡Qué grosera! No se le preguntan sus secretos a los chefs, pero ya que insistes te lo diré sólo porque eres mi amiga: el fuego de mi amor.

—¿El fuego de tu amor? ¡Más bien un litro de picante! —Lita le arrebató la lonchera a Seiya—. ¿Cómo es que tu madre lo aprobó? ¡Esto está incomestible, Mina!

Y sin consideración alguna, Lita se levantó y vertió el almuerzo de Mina en el basurero más cercano.

—¡Lita, eres cruel! —lloró Mina —¡Cómo pudiste!

—Tu mamá es mala jueza si no te da su opinión con sinceridad. Así no podrás aprender a cocinar jamás. Y tú, Seiya, no seas hipócrita. Escupe eso de una vez. Te daré mi almuerzo.

—¡Te odio! ¡Te odio! —decía Mina, repartiendo puñetazos a los que Lita permanecía indolente. Lo peor del caso es que Seiya, que se había puesto verde mientras retenía su bocadillo, adquirió un buen color y puso cara de embelesamiento en cuanto probó uno de los de Lita.

—¡Wow, esto sabe a gloria! —agregó el tarado, mientras se tocaba una mejilla y esbozaba una sonrisa.

¿Así o más traidor?

—¡Los detesto a los dos! —gritó Mina y salió corriendo —¡No quiero que me vuelvan a dirigir la palabra jamás!

Mina se perdió de vista.

—Ya se le pasará —aseguró Lita cuando Seiya la interrogó con la mirada.

—Bueno, pues puedo decir que fuiste tú la que me sorprendió hoy —Seiya exprimió la comida entre la lengua y el paladar, asegurándose de sacarle todo el sabor.

—¿Qué quieres decir con eso?

—Bueno, tú sabes. Eres una bruta y aún así prepara… —Seiya calló, dándose cuenta de lo que estaba a punto de soltar.

Lita le dedicó una mirada enfadada.

—Anda, continua —siseó.

—No… yo… no es que quisiera ofenderte, es que… B-bueno, es que me parece una cosa del otro mundo que las manos de un gigante sean capaces de crear semejantes delicadezas.

Lita se cruzó de brazos y gruñó.

—¿Ah, sí? Pues tú eres un estúpido.

Le quitó su almuerzo y los palillos a la mala y se levantó. Antes de irse, arrojó los palillos a la basura y se limpió la mano con la que los sostuvo en la falda, asegurándose de que Seiya tuviera una clara visión del gesto de repugnancia que le prestó a su rostro.

El muchacho pasó el resto del recreo buscando a Lita y a Mina para disculparse con ellas, pero como no dio con ninguna, resolvió volver con Amy y contarle todo, a ver si ella podía hablar con sus amigas para disipar malentendidos.

El salón seguía vacío salvo por un corro de muchachos amontonados en torno a una computadora portátil. Seiya, hambriento y cansado, decidió esperar el arribo de Amy sentado y fue a ocupar su lugar. Entonces se dio cuenta de que los muchachos lo seguían con la mirada, las mejillas sonrojadas. Seiya recordó al pervertido de la noche anterior y no pudo reprimir el escalofrío que lo recorrió a continuación. Tal vez no fuera buena idea esperar ahí. Giró para abandonar el salón, pero uno de los muchachos se apresuró a cerrarle el paso.

—¡H-hola, Tsukino! —balbuceó el sujeto con nerviosismo.

Seiya se negó a responder el saludo y el joven acabó por desorientarse, pues no encontraba cómo continuar con la conversación. Comenzó a patear piedritas imaginarias.

—Quítate de la entrada, tengo cosas qué hacer —soltó Seiya.

Intentó pasar nuevamente, pero alguien más se opuso. Este no tenía la timidez del primero; la mirada que le dedicó tenía un brillo predatorio.

—¿Qué pasa Tsukino? ¿Esa es manera de tratar a tus admiradores?

Envalentonados por la insolencia de este, sus compañeros se levantaron y lo rodearon en un medio círculo que se iba cerrando muy lentamente. Seiya miró a uno y otro rostro. Algunos parecían ansiosos, otros seguros, pero todos tenían ese aire de avidez en la cara. Se tensó de inmediato. En cualquier momento iban a llover los puñetazos.

—¡Tsukino! —gritó el maestro de Historia, entrando repentinamente al salón.

Los muchachos se apresuraron a regresar a sus lugares y agacharon la cabeza, en un gesto de inocencia mal representada. El maestro los observó por unos segundos con mirar inquisitivo. Luego miró a Seiya despectivamente.

—¿Qué estaba haciendo, Tsukino? —preguntó con tono incriminatorio.

—¿Yo? ¡Nada! —respondió indignado y los señaló: —¡Ellos eran los q…!

—Venga conmigo —cortó el hombre y dio media vuelta.

Seiya lo siguió de mala gana. El maestro entró en la oficina del director y él apretó los dientes. Amy estaba recargada contra la pared, con cara de angustia.

—Seiya…

—¿Amy, qué pasó?

—Seiya, es horrible…

—Mizuno —el profesor salía de nuevo—, vuelva a su salón, están a punto de empezar sus clases. Tsukino, entre.

Se hizo a un lado para dejarle espacio y Seiya tuvo que entrar. Todavía tuvo tiempo de ver el rostro apesadumbrado de Amy antes de que el maestro cerrara la puerta.

.

Kenji Tsukino terminó su almuerzo en la cafetería que solía frecuentar, pagó y regresó a su oficina del periódico local. Varios de sus compañeros ocupaban el cubículo de su vecino, riendo escandalosamente frente a una computadora. En cuanto uno de ellos lo vio, lo llamó a gritos para que se les uniera.

—¿Qué pasa?

Se acercó con recelo porque en su mayoría eran compañeros con los que no se llevaba bien, pues el jefe de redacción los hacía competir por los reportajes. Los hombres se hicieron a un lado conforme él avanzaba, para dejarle la pantalla libre. Todos le sonreían desdeñosamente.

—Dime, Tsukino, ¿esa no es tu hija? —preguntó el que ocupaba el sillón.

Kenji Tsukino miró la pantalla por unos segundos. ¡No podía ser! Su rostro se puso pálido y cuando se tambaleó amenazando con desplomarse, alguien tuvo la cortesía de sostenerlo y ponerlo de nuevo frente a la pantalla para que no se perdiera ni un solo detalle del video. Varios rieron.

—¡No sabía que tu hija fuera tan buena actriz! —el hombre de la silla sonreía como hiena—. Y qué bien luce en pantalla. ¿Quieres que te mande una copia del archivo? Para que puedas agregarlo a tu colección: "Grandes momentos de mi princesita". Tú sabes.

.

El rumor de un video escandaloso protagonizado por una de las alumnas había llegado a oídos del director, que confirmó el chisme bajándolo del internet. Temiendo por el prestigio de la escuela, terminó por mandar llamar a la susodicha y exigirle una explicación.

Seiya, por supuesto, conocía el video. Pero no tenía ninguna explicación qué darle al director.

—No sé qué onda con eso —se sinceró con la cara roja.

—No mientas —objetó su maestro de Historia—. ¿Vas a salir con que la mujer esa sólo se parece a ti?

Seiya frunció el ceño, molesto ¡Aquello era el colmo!

—Use salpicadera si no sabe hablar sin escupir ¡Qué asco!

El maestro retrocedió limpiándose la barbilla.

—¡Qué atrevida! —soltó en respuesta, mirándola de arriba abajo—. Es obvio que tú eres esa clase de chica. Director, conviene que tome las medidas correspondientes de manera inmediata.

De manera que lo expulsaron esa misma tarde. Su madre lloró la deshonra de tener una hija prostituta y encajaba un indignado «¡Cómo pudiste!» entre cada cinco frases del sermón sobre moral y buenas costumbres que le estaba dando. Su padre, que tan comprensivo se había mostrado el día anterior, daba vueltas en la sala cual fiera enjaulada. Estaba furioso, porque él también había visto "la cochinada".

—¡No puedo creerlo de ti! —vociferaba el señor Tsukino —¡Mi hija revolcándose con ese cabrón! ¡Ya decía yo; ese tipo me dio mala espina desde el principio!

Era la primera vez que Seiya se arrepentía de haber visto un video porno. De ignorar su existencia, al menos podría haber defendido mejor su inocencia, pero como no era así, no le quedaba más que recibir encima esa cascada de acusaciones. Sin embargo, aunque había sido parte del rating que mantenía el video en uno de los primeros lugares de popularidad en la red, él no era quien había participado activamente en la grabación. ¿Por qué tenía que oír un sermón que no le correspondía?

—¿Por lo menos usaste protección, en nombre de Dios? —siguió fustigando su padre.

—No sé —murmuró Seiya, poco dispuesto a consultar su memoria en busca de detalles.

—¿Cómo que no sabes? ¡¿En qué estabas pensado, Serena?! Por tu culpa vamos a tener que cambiarnos de barrio gracias a las habladurías ¿Por qué nunca tomas conciencia de lo que podrían desatar tus acciones antes de emprenderlas? ¡Un video porno circulando por el internet! ¡Cómo pudiste consentirlo!

Blah, blah, blah… el sermón se extendió durante horas. Las recriminaciones se repetían una y otra vez y las preguntas, variadas con palabras más no en contenido, lo asaetaron hasta el cansancio. Al final, ya hartos de verle la cara, sus padres lo enviaron a su habitación castigado sin comer y sin cenar. Aquello hubiera resultado un alivio si las paredes y la puerta de la habitación hubieran logrado velarle a sus oídos la perorata que se mantenía en la sala.

—¿En serio nos vamos a tener que cambiar de barrio? —preguntaba el hermano de Serena con voz pesarosa —¡No es justo, yo no quiero dejar a mis amigos! ¡Toda la culpa es de la estúpida de Serena!

—¡Silencio, Sammy! ¡Vete a tu habitación!

—¡Pero, papá…!

—¡Ahora!

Se oyeron pasos furiosos que pasaron frente a su puerta y luego un portazo en la habitación continua.

—¡Es tu culpa, caliente! —gritó la voz apagada de Sammy al otro lado de la pared, a la que pegó una patada.

—¿Qué vamos a hacer si se quedó embarazada? —sollozó la señora Tsukino en la sala—. ¿La vamos a casar?

—¿A casar? ¿Mi Serena y ese desgraciado pervertido? ¡Sobre mi cadáver! Te apuesto lo que quieras a que ese grandísimo hijo de puta fue quien subió esa porquería. Sabe Dios cuántos más haya hecho y a quién más a parte de Serena. ¡Dios mío! —su voz tembló—. Siempre me pregunté cómo le hacía ese Darien para pagar su coche deportivo, una carrera tan costosa y un departamento de lujo si jamás lo vi trabajando desde que lo conozco.

La mamá dejó escapar un escandalizado y comprensivo "¡Oh!" antes de romper en llanto. La discusión se apagó ahí, no así los incesantes sollozos de la mujer, que sólo mermaron en intensidad cuando la pareja se retiró a su habitación, horas más tarde.

Seiya ya no pudo aguantar más; fue a la ventana, la abrió y comenzó a salir por ella hacia el frescor de la noche.

—¡Espera! ¿A dónde vas? —quiso saber Luna.

—A arreglar cuentas con ese cerdo de Darien.

—No, debe de haber un error. Darien no es ese tipo de chicos.

—¿Ah, no? Entonces cómo llegó ese video a internet, ¿me lo puedes explicar? —Luna abrió la boca para responder, pero la volvió a cerrar —. Escucha, yo también vi el video, en eso soy culpable. Pero puedo asegurarte una cosa: la cara de Serena era la de una chica enamorada que se entrega, no la de una actriz que interpreta a una fulana cachonda. Dudo mucho que ella le diera permiso a Darien de subir una cosa así al internet por más cariño que le tenga.

—Bueno, pues sí. Pero no creo que Darien lo hiciera tampoco; él sería incapaz. Él quiere a Serena.

—¡Jah! ¡Sí, claro! Mira: yo, por si las dudas, le voy a preguntar con mi inapelable detector de mentiras —levantó los puños y los apretó en el aire.

Seiya se colgó del tejado y se preparó para saltar.

—¡Cuidado, vas a romperte un hueso!

Pero el muchacho no le hizo caso. Se dejó caer y, ya en el suelo, huyó calle abajo, rumbo al departamento de Darien.


N/A: Disculpen la tardanza, he tenido muchas preocupaciones últimamente que no me dejan pensar en ningún capítulo de mis fics. Y si preocuparme con mi trabajo y mi vida ya es frustrante, imagínense lo que es no actualizar y andar de incumplida ¡El resultado es estresarse al triple y ello es inhibidor de ideas! Nada más para que se den un quemón: este era el quinto capítulo, pero como fluía más rápido que el cuarto (Serena y sus problemas me causan bastantes quebraderos de cabeza), lo subo en lugar del cuarto, que sigue a medias y no más no se digna en salir.

Una aclaración: Cuando Seiya se dice confundido porque no sabe si está en noviembre o en febrero es porque en su tiempo se suponía que estaban a punto de celebrar el cumpleaños de Saori, que cae en noviembre (por ahí dicen que cae en septiembre, pero en mi manga de Saint Seiya, tomo 13, en donde vienen las fichas de los personajes hechas por Kurumada, dice que Saori es del 1 de noviembre y yo le creo) y en el tiempo de la película que él vio —que es el tiempo que corre en la dimensión de las Sailors— es febrero, pues Serena le da su chocolate a Darien por San Valentín.

Una declaración: Amo la voz de Kenji Tsukino. Por eso espero que no se les haya hecho raro que le diera algo de protagonismo en el capítulo. Siempre que oigo la voz del actor que lo dobló aquí en México, termino recordando al primer narrador de las aventuras de Gokú chiquito en Dragón Ball ¡Ah, qué tiempos aquellos!

Y, claro, aprovecho para responderle su review a mi lector anónimo Zero (que no es tan anónimo porque deja su huella por aquí XD), ya que no tiene cuenta en FFnet para dejarle un PM como a mis demás lectores. ¡Hola, Zero! Como ves Seiya no usó uniforme de Sailor Scout, sólo el de la escuela y terminó sufriendo, el pobre. En el siguiente capítulo verás a la pobre Serena lidiando con la armadura de Pegaso y con sus poco comprensivos "compañeros" en una misión suicida (para ella, se entiende XD). Y sí, tienes razón, los secundarios de bronce nada más están de okis (sin hacer nada). Como no me gusta sacar mucho de su IC a los personajes, respeto su papel de chicos inútiles (aunque en este fic peco en demasía con el Ooc en Shiryu y Hyoga, bien lo dice Gushu, pero ya es tarde para remediarlo). Sin embargo, un día que tenga chance voy a hacerles justicia a todos ellos en un fic ¡Sí, señor! Porque me gusta más quebrarme el coco con personajes que no están tan manoseados por el Fandom y porque es injusto que Kurumada no los use ni para adornar sus viñetas (¡Porque qué feos son, los pobres!). ¡Te agradezco la lectura y el comentario; recibirlos me hace feliz!

¡Nos vemos en el próximo capítulo! ^^