¡Aquí está la continuación! ¡Al fin, mil años después! Disculpen la tardanza; para los que no saben me casé hace ya más de un año y por eso ya no tengo tanta chance de escribir. Entre mis quehaceres diarios y atender a mi marido, apenas dispongo d horas diarias para mí. Para acabarla de fregar, soy muy lenta escribiendo y, a veces, la inspiración me abandona.
Agradezco a la gente que me ha dejado un comentario y también a los que leyeron y siguen esta historia. Aquí dejo el capítulo 5. Notarán que quedó muy oscuro (por exigencia de la trama) y muy largo. Pido una disculpa por eso, pero soy muy mala sintetizando mis ideas y tenía mucho material para incluir :D
© Masami Kurumada y Naoko Takeuchi, los verdaderos dueños de los personajes. Qué más daría uno como fan ganarse una lanita escribiendo alucines sobre las series que nos gustan; pero lamentablemente es ilegal.
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Capítulo 5:
— En El Mar De Árboles —
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El aire frío de noviembre se colaba entre el tejido de su camisa para morderle inmisericordemente la morena piel. Se frotó los brazos con las manos para darles calor. Si de por sí se sentía mal, ese maldito clima no estaba ayudando.
Mirando el paisaje que ofrecía la terraza, intentó hacer memoria de esos sueños raros que continuamente la asaltaban, esos en donde era otra persona. Una vez se soñó hombre. Uno con brazos muy peludos. Serena recordaba que veía sus botas de cuero para no tropezarse mientras corría por la cubierta de un barco. Mientras escapaba, los hombres a su alrededor, vestidos de piratas o corsarios, intercambiaban espadazos intentando sacarse las tripas mutuamente. El sueño acababa cuando una torre de barriles le caía encima, empujada por unos duelistas a los que ya no les ajustó el espacio para moverse. Entonces moría... o bueno eso suponía porque, al no poder moverse, se quedaba irremediablemente mirando el cielo hasta que su vista se iba velando gradualmente.
También soñaba que era una dama. Una joven muy guapa vestida con estrictos vestidos de la época victoriana. La única alegría de su monótona existencia era platicar con un mozo que se decía escritor, conocido de su padre. Ella se encaprichaba a tal grado, que juró que no contraería nupcias con nadie que no fuera él. Sus padres no lo aceptaron: el tipo no tenía ni en qué caer muerto. Entonces ella optaba por desobedecerlos, juntarse con él de cualquier modo. Una noche escapó por la ventana de la cocina y corrió por el jardín, rumbo a la verja de la salida, hasta que sus pies se acababan el camino, literalmente. Iba a parar a un pozo; se veía descender por entre sus rugosas paredes a una velocidad de vértigo hasta que su nuca daba contra el suelo y la Luna y las estrellas desaparecían en un violento estallido color blanco.
Una vez se le ocurrió compartir con Rei sus sueños locos y ella, adoptando una actitud seria, expuso:
—En la antigüedad, la gente creía que, al dormir, el alma se aflojaba las ataduras que la sujetaban al cuerpo y era libre de pasearse por donde quisiera, sin importar el tiempo y el espacio. Los sueños eran como fotografías, los recuerdos que el alma recolectaba en sus viajes; por eso en muchas culturas reyes, nobles, plebeyos y hasta clérigos se preocupaban tanto por interpretarlos, pues creían que contenían predicciones sobre su futuro, sobre aquello que debía hacerse. Serena, a lo mejor lo que ves en tus sueños es lo que tu alma te muestra de tu pasado, las reminiscencias sobre tus vidas anteriores.
—Pero en mi vida pasada fui una princesa —le replicó.
—Sí, fuiste una princesa. Lo recuerdas porque la Reina Serenety usó el Cristal de Plata para mostrarte esa vida pasada. ¿Pero quién te asegura que tu alma no se albergó en diferentes cuerpos antes de ser lo que eres hoy? Después de todo ha pasado muchísimo tiempo desde la guerra que destruyó el Milenio de Plata.
La perspectiva sugerida por Rei no le hizo la más mínima gracia. ¿Quién va a encontrar atractivo el ser un pirata mugroso muriendo sobre un charco de cerveza con barriles como mortaja? Prefería quedarse con la versión que decía que antes de ser Serena Tsukino, fue la respetable y muy elegante Princesa Serenety y nadie más.
—¿Ves lo que te digo? —repuso Rei, molesta, cuando le hizo saber lo que pensaba—. Si el alma te muestra tus vidas pasadas, es porque quiere que aprendas algo de ellas.
—¿Ah, sí? ¿Y que se supone que debo aprender?
—Humildad. No todo lo que importa en este mundo es el glamour, ¿sabías? —respondió Rei dándole la espalda y retomando su tarea de barrer las hojas muertas—. ¡Jump! ¡Eres tan superficial!
Rebeldemente e influenciada, más que nada, por la actitud despótica de Rei, Serena decidió echar en saco roto aquellas teorías, pues a su parecer Rei, con su natural inclinación a la arrogancia, no era quién para andarle dando sermones de humildad. Pero justo ahora aquel irritante recuerdo le procuraba consuelo. En sus sueños fue pirata, una muchacha caprichosa… ¿una bruja devora hombres? Y un muchacho mal portado con tres amigos que se caían de buenos. Sólo estaba recordando una de sus vidas pasadas. Sólo eso. Que el sueño fuera inusualmente extenso no tenía ninguna importancia…
Pero si era una vida pasada, ¿por qué la ropa que llevaba era contemporánea a su época?
«Las modas siempre se repiten», se contestó a sí misma.
¿Y entonces por qué todo se sentía tan real?
«Eso siempre pasa en los sueños», se respondió.
Si era un sueño, ¿eso quería decir que podía precipitar su despertar si se dejaba caer por la baranda, verdad?
«Pues despertaría de golpe y con el corazón galopando a mil por hora», reflexionó. «Va a ser muy desagradable, pero lo prefiero mil veces a seguir aguantando esta porquería de pesadilla».
Y sin más qué pensar, se acercó al barandal y le pasó una pierna por encima.
—¡Seiya!
Alguien tiró del cuello de su camisa, asfixiándole, y enseguida la arrojó de nalgas contra el suelo. Era El Ogro, que la veía con cara de horror.
—¿Qué se supone que ibas a hacer? —le gritó indignado—. Es verdad que hiciste el ridículo allá, ¡pero no es para tanto!
El recuerdo de su baile desastroso y los reclamos furibundos de Shun volvieron a tensar las cuerdas de la sensible Serena, haciendo que se le botaran las lágrimas de nuevo y empezara a hipar. Viendo aquello, el corazón de Shiryu se estrujó en un apretado ovillo; la crisis de Seiya estaba tomando matices sombríos que nunca previó. Sin duda el rechazo que había sufrido de parte de Saori le dolía más de lo que él era capaz de imaginar. Shiryu se sintió culpable por su falta de empatía, pero no quiso dejarse gobernar por ese sentimiento: bien sabía que así no le ayudaba a Seiya. Impulsado por el ardor de la determinación, dejó caer una rodilla en tierra y sujetó el hombro de su amigo para transmitirle su firme afán de apoyarlo.
Serena se asustó con aquel gesto inesperado. Volteó a ver al Ogro y notó un afiebrado brillo en sus ojos que la inquietó, era como si aquel muchacho hubiera tomado de repente las cualidades del monstruo con el que lo había apodado y se preparara a declararle la guerra a un batallón engendros que le salían al paso.
—No te preocupes —le él dijo con tono intimidante—. No importa lo que me cueste, juro que alcanzarás tu objetivo.
Serena supo que el objetivo del que estaba hablando El Ogro no era el mismo que el suyo, porque si no nunca le hubiera estorbado cuando intentó despertarse. Muda de miedo, esta vez empezó a temblar, pensando que su pesadilla se estaba volviendo cada vez más dantesca e imprevisible. A como iban las cosas los personajes bien podrían convertirse en carceleros que tuviesen como objetivo no dejarla ir nunca, con el único fin de usarla de batería para que ese onírico mundo en el que vivían no dejara de rodar.
De pronto un griterío ensordecedor hizo que Serena se levantara espantada. Shiryu hizo otro tanto, completamente alerta. Hyoga, que se había separado de él para abarcar más terreno y dar con Seiya con mayor facilidad, apareció corriendo en ese momento y le gritó:
—¡Shiryu, algo pasa en el jardín!
—¡Apresúrate, Seiya! —apremió el moreno, tirándole violentamente de un brazo para ir en pos de Jedite, que corría a toda prisa delante de ellos.
Al llegar al jardín donde se celebraba la fiesta, Serena soltó una exclamación de horror al ver que se había convertido en una zona de desastre. Reinaba la histeria colectiva, hombres y mujeres corrían rumbo a la salida, atropellando a unos pocos que se dividían entre intentar poner orden y arrastrar fuera de la vista de los demás a unos tipos uniformados que sangraban de la cabeza y parecían estar muertos. Sobre el adoquinado, caravanas de lujosos automóviles montaban una vulgar escena del tránsito en el centro de Tokio a plena hora pico, con conductores energúmenos que se gritaban insultos airados, hacían rugir los motores y contribuían al estrés general con el discordante sonido de los claxon. Entonces vio a Shun. Él y el pelón se habían alejado de la multitud y sostenían una agitada conversación. El pelón, otrora tan ufano de sí mismo, tenía el talante bastante descompuesto: su mirada era aprensiva y sus ademanes airados. Para cuando ellos les dieron alcance, Shun ya había obtenido de él un análisis más o menos decente de lo que pasó.
—¿Qué esperan? ¡Vayan a matar a esos rufianes y traigan a la Señorita! —exigió el pelón en cuanto Shun terminó de ponerles al tanto.
—Espera, no debemos precipitarnos. Primero debemos saber contra quién nos enfrentamos —objetó Shiryu.
—¿Qué más quieren saber? —Tatsumi estaba rabioso—. Ya les dije que son ninjas —les mostró la cuchilla—. Una bola de bandidos sin escrúpulos que pretenden enriquecerse de la noche a la mañana comerciando con la vida de una joven. ¡A saber qué atrocidades piensan hacer con ella mientras esperan a que paguemos el rescate!
Tatsumi aguardó a ver qué efecto causaban sus inquietantes palabras en los muchachos, pero se llevó un chasco: tanto secuestro ya los tenía inmunizados contra la histeria que les embargara cuando eran más jóvenes y recién se enfrentaban a esas situaciones. Al ver que sólo intercambiaban miradas entre ellos (demasiado calmas, por cierto), el mayordomo, desesperado, a punto estuvo de arrancarse a jirones la piel de la calva.
—¡Oh, inconscientes! ¿Qué están haciendo aquí en lugar de correr por ella? —les gritó, señalándoles airado con la cuchilla—. Si algo llega a pasarle a la Señorita por culpa de su negligencia, juro que me las ingeniaré para refundirlos en el bote.
—Ahórrate tus amenazas —contestó furibundo Hyoga—. Exigirles a los demás que hagan bien su trabajo es muy fácil cuando uno mismo no se esmera en hacer otro tanto con lo que le corresponde. Si ya sabes el suculento platillo que representa Saori para secuestradores y demases, ¿por qué no reforzaste la seguridad? —y señaló sin sensibilidad alguna a los hombres ensangrentados que sus compañeros arrastraban sobre el césped.
El pelón lanzó un breve vistazo a la escena y gruñó algo ininteligible.
—Ah, ¿verdad? —remató el rubio—. Nosotros somos Caballeros de Atenea y nuestro trabajo consiste en resguardarla contra ataques divinos y sobrenaturales a los que el común de la gente no puede hacer frente. Pero esta vez los malhechores que secuestraron a Saori —dijo haciendo hincapié en el nombre mientras miraba a Tatsumi fijamente, como achacándole que mientras la joven no fungiera como diosa su bienestar era su completa responsabilidad —no son más que unos vulgares raterillos de los que la policía debería ser perfectamente capaz de hacerse cargo. Usar nuestra fuerza en este caso resultaría un completo e inútil derroche de energía.
—Pero tú le juraste lealtad eterna a la Señorita —acuñó el mayordomo picoteándole el pecho con un dedo de manera bastante dolorosa, mientras mostraba los dientes y entrecerraba los ojos—, y la lealtad, estúpido, no es algo que puedas condicionar según tu conveniencia.
Hyoga apartó el dedo de un manotazo, sin dejarse amedrentar. Igualmente, entrecerró los ojos y abrió la boca con una respuesta para Tatsumi en la punta de la lengua, pero Shun intervino antes de la cosa se pusiera color de hormiga:
—¡Basta! Discutir entre nosotros no nos va a llevar a ningún sitio. Estoy de acuerdo con Tatsumi, mientras perdamos el tiempo en ponernos de acuerdo en quién cae la responsabilidad ahora, algo malo puede estarle pasando a Saori; ese papel no dice nada de garantizar su integridad física en lo que se paga su rescate, y los ninjas tienen fama de ser implacables con tal de lograr sus objetivos.
¿"Saori"? Serena creía recordar remotamente que los muchachos le habían dicho que la fiesta era celebrada en honor a Saori antes de meterle en el taxi. ¿Acaso la tal Saori era aquella odiosa bailarina que la había humillado en delante de todo el mundo? A pesar de la animadversión que su figura le evocaba, Serena no pudo alegrarse al enterarse de que había sido raptada; las palabras de Shun habían logrado que su imaginación le mostrara una oreja sanguinolenta, adornada con un pendiente de perla, engrapada a un cartón que decía: «La próxima vez enviaremos la mano derecha». Serena sintió que un horrible escalofrío la recorría entera.
—¡Pobre chica! —gimió—. Ninguna mujer merece morir despedazada por muy altanera que sea. Y si ustedes se dicen hombres —tuvo cuidado de no dedicar a Shun la mirada reprobatoria que repartió entre El Calvo, Jedite y El Ogro —deberían ir a rescatarla inmediatamente.
Todos voltearon a verle con las cejas alzadas.
—¿Disculpa? —Hyoga no podía dar crédito a lo inédito del insulto que salió de la boca de Seiya, debía haber oído mal.
—Según entendí —siguió atacando Serena —ustedes son los guarda espaldas de esa tal Saori y, al parecer, ella los considera sus amigos. ¿Cuál otro motivo podría haber tenido para invitarlos a su fiesta sino? ¿No es esa razón suficiente para movilizarse? —y agregó con tono indignado: —Mi Darien jamás me daría la espalda y mucho menos me haría esperar cuando yo misma tengo problemas así de gordos.
Hyoga volteó a ver a sus amigos con la interrogante en el rostro, buscando entre ellos una explicación al comportamiento de Seiya que nadie tenía. Shiryu sacudió la cabeza lentamente mirando a Seiya con tristeza, y buscó un escape por la tangente.
—Aunque nos diéramos a la tarea de buscarla, de todos modos hay un pequeño problema: no tenemos ni idea de a dónde pudieron habérsela llevado.
—Viven en el bosque que está a las faldas del Monte Fuji —informó Tatsumi inesperadamente.
Todos voltearon a mirarle.
—¿Y tú cómo sabes eso? —inquirió Hyoga.
Tatsumi sudaba la gota gorda; de pronto se había puesto muy nervioso.
—N-no lo sé —tartamudeó después de un buen rato de cavilar una respuesta—. Sólo lo deduzco por la nota que han dejado. Quieren que les llevemos el dinero a la cima del Fuji, así que me imagino que tendrán a la Señorita oculta en algún lugar de los alrededores. Y si te pones a pensar en ello, el bosque resulta un buen sitio: si te sales de las rutas marcadas como oficiales, casi seguro que te pierdes.
Para alivio del pelón, esta vez su alegato tenía el suficiente peso como para que todos lo consideraran e hicieran a un lado cualquier sospecha que hubieran empezado a germinar.
—Al bosque, entonces —dijo Shiryu, dando la media vuelta y echando a caminar.
—¿Es en serio? —Hyoga no pudo evitar un gesto de hastío. ¡Tanto alegar con la razón para nada!
—Claro que es en serio —respondió Shiryu. Al voltear con Hyoga vio que Seiya se había quedado parado a un lado de Tatsumi, viéndolos alejarse con cara de satisfacción—. ¿Qué estás esperando, Seiya? Tú vienes con nosotros.
Serena se señaló repentinamente alarmada; en su autocomplacencia se había galardonado a sí misma una medalla al heroísmo por azuzar a aquellos guaruras para que rescataran a la bailarina, a pesar de haber sido ofendida previamente por ella. Eso debería ser merito suficiente, ¿no? ¿Acaso esperaban que tomara parte activa en una misión en donde estaban involucrados ninjas asesinos? «¡Claro que sí, estúpida!», se reprendió, «¿Ya te olvidaste de que esto es una pesadilla? ¡Cualquier horror puede estar esperándote a la vuelta de la esquina!». Serena quiso patearse a sí misma por haber abierto la boca, pero no tuvo tiempo porque El Ogro ya la arriaba nuevamente delante de sí como a los burros.
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Faltaban quince minutos para que dieran las seis de la tarde cuando bajaron del autobús. Muchos de los pasajeros sacaron las manos por las ventanillas para decirle adiós al grupo de jóvenes que con sus inusuales cosplay metalizados les habían amenizado el viaje. Hubo alguien que aprovechó para sacar una foto del grupo completo (lo reducido del interior del autobús no se lo había permitido antes). Y una chica muy atrevida le lanzó un beso tronado a Shiryu, mientras dejaba caer un papel con su número telefónico que él no se dignó en juntar una vez que el vehículo se puso en marcha. Shiryu lo vio alejarse lanzando un suspiro de cansancio.
El porqué de que el rescate de Saori se había postergado tantas horas se debía a la culpa de Seiya. Perdieron un tiempo valiosísimo vistiéndole pieza por pieza con la armadura de Pegaso, a la que absurdamente el castaño alegó ni siquiera haber visto en su vida cuando Hyoga le reclamó por no apurarse en ponérsela. Y, para acabarla de amolar, la armadura se resistía a quedarse en su lugar: mientras corrían rumbo al Fuji esta se iba desarmando por partes (ya una hombrera, ya un guantelete, ya la diadema que hacía de casco). Entonces Shun tenía que deshacer lo andado para volver junto a su rezagado y jadeante compañero (que avanzaba a paso de tortuga "¡porque este armatoste que me pusieron pesa una tonelada!") y le ayudaba a ponerse la pieza de nuevo. Sin embargo sus esfuerzos de poco servían, la pieza se quedaba en su lugar firmemente sujeta por su complemento como los polos opuestos de un par de imanes, para luego salir botando a los pocos minutos como la válvula mal puesta en una olla de presión.
—¡Demonios, lo estás haciendo a propósito! —acusó finalmente un estresado Hyoga cuando la hombrera en turno casi se impacta contra su rostro.
Seiya reaccionó con llanto ante el grito, se sentó en el suelo y elevó el sonido de sus berreos.
—¡Ya es suficiente! —contestó a voz en cuello—. ¡Ustedes me han obligado a ponerme esta ferretería encima! ¡Hace un calor de los mil demonios y estoy sudando como un cerdo! ¡Y encima de que me han salido ampollas en los pies, tú gritas que yo tengo la culpa de que éste mugre rompecabezas esté defectuoso! ¡Al diablo —tronó—, yo no voy a ningún sitio!
—¿Qué tú no vas a ningún sitio? —la cara de Hyoga se contorsionó en una encendida mueca irascible—. ¿Qué tú no vas a ningún sitio? —Hyoga se llevó las manos a la cabeza, remedando el mismo gesto que Tatsumi había hecho horas antes—. ¡Pero tú dijiste…! ¡Por tu culpa estamos…! ¡ARRRGH! —estalló finalmente, dando de patadas contra el pavimento para aliviar su frustración.
Mientras Shiryu intentaba tranquilizar a Hyoga, Shun se había acercado nuevamente al castaño, intuyendo, con toda razón, que sus quejas eran más por dolor verdadero que por capricho, como llevaba horas declarando el ruso.
—¿Cómo está eso de que te han salido ampollas? —preguntó extrañado, arrodillándose a su lado. A ningún Caballero había conocido antes que se quejara de que su armadura fuese incómoda, todo lo contario: para él mismo era como llevar una segunda piel que, además de amortiguarle cualquier golpe externo, se adaptaba a cualquier clima, templando su cuerpo cuando hacía frío y enfriándolo de hacer calor. Las Cloth eran los ropajes más cómodos y prácticos del planeta.
Como Seiya era incapaz de responder, afónico por sus lloriqueos como estaba, Hyoga gruñó que sólo estaba llamando la atención. Sin embargo, algo en el sudor que le corría por el rostro a Seiya alentó a Shun a seguir con sus pesquisas. Le sacó la pierna derecha de la armadura, echó un vistazo a sus pies y, después de meditar un largo rato en silencio sobre aquel inusual fenómeno que estaba presenciando, se atrevió a sugerirles a sus compañeros que tomaran un autobús.
¡Insólito! Cuatro Caballeros teóricamente capaces de moverse a velocidad luz apretujados entre los incómodos asientos del transporte público… Camus debía estarse retorciendo en su tumba; de ninguna manera eso podría considerarse digno de un guerrero de su estirpe.
Lanzó una mirada furibunda a los asientos que compartían Shun y Seiya. Este último se había sacado la armadura (que había quedado abandonada atrás de unos arbustos a la espera de su regreso) y ahora dormitaba sobre el hombro de Shun mientras sollozaba apagadamente entre sueños. Shun le daba palmaditas reconfortantes de vez en cuando, mimándole como una madre que cuida de su crío enfermo, mientras leía la revista que una pasajera le había prestado para hacer menos tedioso el viaje.
¡Vaya con el paresito; qué distendidos estaban cuando ellos mismos habían urgido al grupo a emprender esa absurda odisea!
Herido en lo más profundo de su orgullo, Hyoga lanzó un sonoro bufido.
—¡Calma, calma! —exhortó el Dragón a su lado con un tono que distaba mucho de ser sereno.
Y al ver que los niños ubicados atrás de Shiryu se habían parado sobre sus asientos para manosearle los pinchos de la diadema que representaban los bigotes de su armadura Dragón, Hyoga se dio cuenta de que las palabras no iban dedicadas a su persona.
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—¡Ajuuum! —bostezó Seiya, estirando los brazos e inhalando una bocanada de aire fresco—. Estoy muerta, ese asiento estaba lleno de bolas —se frotó el trasero con una mano, al tiempo que se restregaba los ojos con la otra.
—¿En serio? Debiste decirme antes para ver si el chofer traía un cojín extra —dijo Shun.
—Aahh… bueno… en realidad no la estaba pasando tan mal, era tolerable —se apresuró en corregir Seiya, poniéndose colorado—. Shun, me alegra que seamos amigos de nuevo. Siento haberte hecho pasar el ridículo allá, en el baile.
—No te preocupes, no fue nada.
Emocionado y conmovido por su respuesta, Seiya se apresuró a tomarle las manos.
—¡Shun! —exclamó. Los ojos le brillaban como diamantes.
—Seiya… —La cálida sonrisa de Shun agregaba a la escena un toque de confort.
—Les recuerdo que el plazo que han dado los ninjas vence a las siete —interrumpió un sarcástico Hyoga—. Tenemos apenas una hora para recuperar a Saori entera.
Con paso enérgico, Hyoga comenzó a internarse en el bosque, poco dispuesto a alargar esa estupidez más de lo necesario.
—¡Un momento! —gritó Serena.
Hyoga paró su andar justo a la altura de un letrero, a cuyos pies el suelo estaba tapizado de basura. Serena observó que las sombras de los arboles enturbiaban la faz del rubio de manera inquietante. Más allá, la espesura del bosque se iba tornando más y más oscura, ofreciendo al incauto que osara explorar sus entrañas sólo incertidumbre y malestar.
La nuez de Adán recorrió su garganta al pasar pesadamente saliva. Presa de un horrible presentimiento, Serena volvió su vista al letrero junto a Jedite y leyó la perturbadora petición que hacía a la gente que visitaba el sitio. Su rostro se tornó pálido. Cuando aquel pelón habló del bosque a las faldas del Fuji se refería, obviamente, a ese bosque.
—¡El Mar de Árboles! —murmuró con un hilo de voz.
Comúnmente, Serena retenía poca información de la impartida en sus clases. Lo que se anclaba en los archivos de su memoria tendía a ser chistoso, superficial, morboso o ya de plano algo con lo que pudiera identificar su propio estilo de vida. Y la historia de Aokigahara, El Mar de Árboles, resultaba lo suficientemente escabrosa para cumplir con el requisito.
Según contó el profesor de Historia una vez, las hambrunas y las epidemias azotaron al Japón feudal del siglo XIX. Las familias pobres eran las más afectadas y la situación los obligaba a destinar sus escasos alimentos para los más fuertes, los que eran capaces de recuperar el sustento con el sudor de sus frentes y la sangre de sus manos ampolladas. Los más desvalidos, niños y ancianos, eran llevados al corazón del bosque por sus familiares. Y ahí, mediante engaños, pretextando juntar leña o frutos para separarse de ellos u ofrecer alguna oración al dios de la montaña en privado, se les abandonaba a su suerte. Perdidos y debilitados por el hambre, las victimas pronto derrochaban sus escasas energías en encontrar el camino de regreso y morían.
En cuanto acabó con esa introducción, el maestro abandonó lo catedrático para entrar de lleno en lo fantástico, tal vez para asegurarse de que su exposición tuviera más impacto:
"Cuentan las historias", comenzó, "que por lo trágico y angustiante de sus muertes los espíritus nunca lograron alcanzar la paz. Vagan por el bosque, arrastrando sus sentimientos negativos e infestando cada rincón con la energía malévola del odio y la venganza. Detestan al que posee vida, celosos de que la propia les fuera negada. Por eso, todos esos visitantes curiosos que acuden cada año para irrumpir en el territorio de los fantasmas sin presentarles ningún respeto, se pierden o sufren un ataque de pánico debido al sentimiento de continuo acecho".
La campana los salvó de seguir oyendo el escalofriante relato. Sin embargo, la tortura estuvo lejos de abandonar a Serena. Se acabaron los días de su feliz ignorancia en cuanto a los hechos concernientes en torno al Mar de Árboles, pues de pronto comenzó a escuchar historias al respecto por todos lados. Ya sea que las encontrara por accidente en internet, o que las pasaran en las noticias de la tele, o que las leyera en el periódico de su papá mientras buscaba las tiras cómicas, o que sus oídos las atraparan al vuelo de alguna conversación de pasillo en su escuela, Serena se enteraba irremediablemente de grupos numerosos de personas extraviadas en el bosque, vagando durante días sin poderse ubicar con sus brújulas, pues estas dejaban de funcionar sin motivo alguno; de gente que acudía a bandadas para quitarse la vida entre los árboles por recomendación de un autor sin escrúpulos que escribió un manual para facilitar el éxito al suicida en potencia; de voluntarios entre sus compañeros que formaban brigadas cada año para recuperar los cuerpos y de parientes que lamentaban la perdida de sus seres queridos. La gente cuchicheaba que era la energía del bosque, cuyo centro hacía lo posible por atraer a cuanta alma pudiera y enredarla en sus redes, aumentando así su legión de fantasmas.
Abrumada, Serena terminó por acudir con Rei para que le hiciera una limpia. Estaba convencida de que las palabras de su maestro habían desencadenado la maldición del bosque y ahora sus fantasmas la tenían en la mira. Rei le hizo la limpia y le cobró una suma exorbitante de dinero. Cuando Serena le reclamó ("¡soy tu amiga; deberías hacerme un descuento, no aprovecharte de mí!"), Rei la echó casi a patadas de su templo, gritando que aquella era una lección para que aprendiera a no dejarse sugestionar por boberías.
Boberías o no, Serena estaba segura de que en su sueño cualquier cosa estaba propensa a superar la realidad. ¡Y pensar que en la mañana le dio miedo que se le apareciera Freddy Krueger! Pues bien, fue una ingenua, nunca se imaginó hasta qué profundo y tenebroso abismo era capaz de lanzarla su subconsciente. Comparado con el potencial que en el alucín aquel podían llegar a tener los demonios que poblaban el Mar de Árboles, Freddy Krueger se le antojaba un patético coco con que espantar a los preescolares.
Con lentitud, Serena retrocedió dos pasos. Inmediatamente, consciente sólo del estallido violento que le ordenaba correr, la muchacha se catapultó rumbo a la carretera. Fue tal la fuerza de su impulso que, cuando El Ogro le sujetó el brazo con mano de hierro para evitar que huyera, el tirón resultante le hizo pensar que se había dislocado el hombro.
—No irás a ningún sitio —acotó él haciendo caso omiso de sus gimoteos de dolor. Entre sus ojos empañados, Serena vio el rostro del joven acercarse muy cerca del propio. La voz de él adquirió un tono siseante, de advertencia: —Hay una razón por la que acepté que todos viniéramos por Saori en lugar de dejar que la policía se hiciera cargo y esta es: hoy te has estado portando muy extraño, Seiya; según tú estás muy enamorado de Saori, pero tus intentos por abordarla hoy parecieron estar encaminados a sabotearte a ti mismo. ¡Incluso permitiste que Jabu bailara con ella! ¡Jabu! —Serena se quedó anonadada, ¿acaso había entendido bien? ¿Seiya, o sea ella, estaba enamorado de la bailarina? Mientras ella se embrollaba con sus propios pensamientos intentando darle alguna lógica a aquella locura, Shiryu se cubría el rostro con su mano libre, tembloroso y consternado—. Amigo, no sé hasta dónde llega tu desesperación, pero ¿no podías habernos dicho que necesitabas ayuda antes de intentar suicidarte?
—¡¿Qué?! —exclamaron al unísono Hyoga y Shun.
—¿Cómo que suicidarse? —Hyoga alternó miradas de espanto entre Seiya y Shiryu—. ¿En qué momento? ¿Cómo? ¿Por qué?
—Esta tarde Seiya intentó acabar con su vida lanzándose del tercer piso después de hacer el ridículo en el baile —explicó Shiryu con voz quebrada.
—¡E-eso no es verdad, yo no iba a suicidarme! —gritó Serena con pánico mientras miraba el interior del bosque, temerosa de que las mentiras de ese incauto captaran la atención de los fantasmas.
—¡No niegues lo que vi! —Shiryu levantó la voz—. Hyoga ha sugerido que estás pasando por un ataque de nervios por miedo a enfrentarte al rechazo de Saori, ¿y sabes qué? Viendo pruebas tan contundentes, le doy la razón. Temo incluso que tu crisis esté alcanzado niveles patológicos, no me cabe la menor duda de que está afectando tu personalidad. —La mirada de Shiryu se empañó nuevamente y Shun se dio cuenta de lo mucho que le afectaba la teoría que había armado para explicarse la extraña conducta de Seiya. Serena, por su parte, sentía que le estaba empezando a doler la cabeza: cada vez entendía menos de lo que le decían.
—Shiryu, cálmate. —Movido por la pena que le causaba verlo así, Shun quiso contrarrestar las nocivas teorías de su amigo con las propias; pero lo cierto es que ni él mismo se sentía con la claridad suficiente de pensamiento para exponerlas—. Mira, a Seiya no le pasa nada. Él…
—Es inútil, Shun, no trates de justificarme —replicó Shiryu—. Tuviste razón al insistir en llevar a Seiya al médico esta mañana. Yo soy el culpable de que su afección haya evolucionado a esos niveles, por haber insistido en curar su mal de amor con terapias de dudosos resultados. —Calló, abatido ante la imagen de su jovial amigo internado en un manicomio, atendido por un personal médico apático e insensible que le daba igual tratar al paciente con electroshock que con drogas experimentales. La idea le pareció insoportable y abrazó a Seiya con todas sus fuerzas, como para protegerle de tan horrorosa perspectiva—. Tal vez yo esté cayendo en un error nuevamente, pero no permitiré cosa semejante —declaró ferviente, las lágrimas que le pendían de las pestañas cayendo sobre la camisa de su amigo—. Hagamos un último intento antes de que todo termine; estoy seguro de que si logramos el éxito esta vez, tú volverás a ser quien eras, Seiya.
Serena se había quedado helada ante aquella inesperada muestra de afecto y ternura por parte de alguien que momentos antes le pareció tan belicoso. Daba igual que no entendiera nada de la información que intentaba transmitirle, era bastante obvio que ese muchacho estaba tan consciente como ella de que aquella situación era anormal y que no tenía sentido. Internamente empezó a preguntarse si verdaderamente estaba soñando. El Ogro —Serena ya no estaba tan segura de que ese mote le quedara— se apartó de ella y miró a sus compañeros, que permanecían anonadados.
—Amigos, les ruego que me amparen con mi plan —expresó—. Salvemos a Saori y asegurémonos de que Seiya quede como todo un héroe ante ella. Con suerte así olvidará tú pésimo cortejo y tendrá la oportunidad de declarársele, como siempre deseó.
Shun no logró reaccionar, tomado por sorpresa por la insensatez que había sido capaz de fraguar la mente del cuerdo Shiryu. Hyoga, en cambio, asintió para mostrar su acuerdo.
—Todo sea por la sanidad mental de Seiya...
Sin más estimulo que el incondicional apoyo que había obtenido de Hyoga, Shiryu volvió a la tarea de arrastrar a Serena. En cuanto vio que la oscura entrada del bosque se acercaba a ella, cual boca de lobo, el pasmo empático que sufría cedió ante la inminente realidad: ¡Por muy sensible que se mostrara el Ogro seguía siendo un peligro!
—¡NOOOOO! —gritó, agarrándose de un árbol con todas las fuerzas de sus brazos, no obstante tener uno lastimado: así de intenso era su sentido de supervivencia.
—¡Suéltate! —Shiryu intentaba quitar los dedos de su amigo de la corteza, donde se habían clavado firmemente.
—¡Shiryu, ya basta! —quiso intervenir Shun—. Suelta a Seiya, él no debe ir con nosotros, no está en condiciones de presentarle batalla a nadie. Además debemos tomarnos esta misión en serio o de verdad Saori va a acabar en trozos como dijo Hyoga.
Shiryu respondió con pujidos, al parecer no lo escuchaba, sólo tenía ojos para Seiya.
—Tiene gracia que ahora nos apures a encontrar a Saori y que riñas a Shiryu por intentar ayudar a Seiya —alegó Hyoga—. ¿Ya se te olvidó quién venía mimándolo por el camino? ¿Por culpa de quién llegamos tan tarde?
Shun no supo qué responder, en ese aspecto Hyoga lo había cachado en falta. ¿Cómo explicarle su conflicto entre rescatar a Saori y proteger a un vulnerable Seiya?
—¿No dices nada? —continuó Hyoga—. Mira, yo no soy psicólogo ni nada para acreditar el diagnostico de Shiryu, pero lo voy a ayudar por más loco que suene su plan porque es el único que se ha mostrado transparente aquí. En cambio, tú y Seiya están actuando muy turbiamente; hace rato nos estaban fustigando, según ustedes muy preocupados por Saori, pero durante el camino no hicieron más que tontear y perder el tiempo. Ahora Seiya no quiere saber nada de rescates y tú lo apoyas.
—¿Qué estás insinuando?
—Es obvio, ¿no? Tú y Seiya elaboraron un plan para conquistar a Saori por su cuenta, y no nos incluyeron ni a Shiryu ni a mí por razones que no me puedo imaginar. Sospecho también que la conducta extraña de Seiya y la farsa del rapto forman parte de él.
—¡Qué estupidez! —Shun frunció el ceño, indignado—. Si fuera cierto lo que dices, ¿con qué dinero crees que le pagamos a los ninjas para que secuestraran a Saori? Además, Tatsumi tendría que estar de acuerdo para permitir cosa semejante, ¿crees que es del tipo de persona que pondría en riesgo a su ama para quedar bien con un par de adolescentes que él considera insignificantes?
—No lo sé, lamentablemente desconozco los pormenores del plan.
—¡Qué necio eres! ¡Admite que tus sospechas carecen de fundamentos!
Hyoga bufó fastidiado y se cruzó de brazos.
—Mira, no sé. Si tú y Seiya traman algo más vale que lo digan, porque de verdad que esta situación se está pasando de la raya. Shiryu sufre y a mí no me hace gracia tener que usar mi armadura en pro de ningún teatro; mi maestro no me entrenó para eso—. Hyoga le dio la espalda y comenzó a avanzar hacia el par.
—¡Seiya, esto es por tu bien, coopera! —gruñía Shiryu.
A los pujidos de Shiryu y Serena se unió un crujido estremecedor. Era el quejido del árbol, al que el par estaba a punto de arrancar desde la raíz. Al oírlo, Serena se distrajo un poco pensando que era un horroroso fantasma carroñero que venía desde las entrañas de la foresta a darles muerte, pues ignoraba el alcance que tenía la fuerza de su nuevo cuerpo. Shiryu aprovechó el repentino descuido de su amigo y, con un último tirón, lo mandó volando al interior del bosque.
Apenas el cuerpo de Seiya tocó el suelo, se vio violentamente alzado hacia el cielo entre una lluvia de hojas secas. Sus amigos gritaron sobrecogidos por la sorpresa del movimiento, mientras el repentino ascenso acababa en un mareante bamboleo a diez metros sobre sus cabezas. Demasiado conmocionada para gritar, Serena se dio cuenta de que estaba atrapada en una red hecha de cuerdas.
—¡JA, JA, JA, JA, JA! —retumbaron unas voces imposibles de ubicar entre la maleza. Condicionados por sus entrenamientos, los muchachos se apresuraron a formar un círculo para resguardarse las espaldas de un ataque a traición. Hyoga hizo una mueca al sentir la fría hombrera de la armadura de Shun rozarse contra su brazo.
—Y aquí empieza la comedia —comentó irónico—. ¿Estoy bien aquí o debo moverme más a la derecha, Señor Director?
—¡Oh, cállate! —renegó Shun, ya harto.
—Morigakure-sama ha tenido razón en sus suposiciones. Los Caballeros han venido a rescatar a la mujer —dijo una voz de hombre. Hyoga paró oreja a ver si distinguía al dueño, pero no le sonó conocida.
—Sí, pero han tardado demasiado en aparecer —respondió otra igual de inédita a sus oídos—. Y encima se internan en la boca del lobo haciendo mucho ruido. Eso me hace pensar que son unos estúpidos muy imprudentes o… que confían demasiado en sus habilidades como para cuidarse de que su infiltración sea exitosa.
—Entonces, ¿en verdad crees que las leyendas que cuentan los viejos sobre las hazañas de estos sujetos sean reales?
Una risa maliciosa se hizo oír antes de que su dueño respondiera:
—No lo sé, ¿pero qué tal si lo comprobamos?
Un par de figuras aparecieron ante los Caballeros con una furtividad teatral que sorprendió a Hyoga por su profesionalismo, pues no pudo ver de qué mecanismos se habían servido para elaborarla. Se trataba de dos jóvenes vestidos con el traje típico de ninjas. Ni su corpulencia ni su estatura tenían nada fuera de lo común. Hyoga alzó las cejas. Comparados con la discreta aparición de la que habían hecho gala, los tipos resultaban casi un fraude.
—Saludos, Caballeros de Atenea —declamó el más alto—. Nuestro líder ha previsto su intervención en este evento y por ello nos ha enviado con un mensaje para ustedes: "Caballeros, no es necesario que avancen más. Nuestros asuntos con su lideresa son estrictamente de negocios, nada que deba requerir su atención. Por ello les pido que se marchen en paz". Y eso es todo.
—Tu Maestro está mal si cree que nos vamos a quedar de brazos cruzados —espetó Shiryu—. La manera en que solicitó una audiencia con Atenea dista mucho de ser lícita. Su intento de diplomacia resulta absurdo.
El más bajo estalló en carcajadas; su compañero sólo se encogió de hombros.
—¿Qué ha dicho el Maestro que hagamos en caso de que estos chicos no atendieran su solicitud?
—No dio instrucciones. Supongo que lo ha dejado a nuestro criterio.
—Eso me agrada —el alto se tronó los nudillos, esbozando una sonrisa de satisfacción—. Así tendremos la oportunidad de comprobar esas historias sobre los miembros del Santuario. Caballeros —vociferó con voz pomposa—, me presento ante ustedes: soy Takeo Morigakure, miembro del clan a la cabeza de los ninjas Fuji. ¿Contra quienes tendré el honor de medir mis habilidades?
Hubo un silencio sepulcral. Finalmente, Hyoga rompió con su guardia y se llevó las manos a la cintura con gesto despreocupado.
—Eso no es de tu incumbencia, basura —soltó.
Los ánimos del par de ninjas se calentaron de inmediato.
—¿Qué has dicho, miserable?
—¿Quién da su nombre al saco de arena que va a golpear? —continuó Hyoga. Lanzó un escupitajo contra el suelo y se entretuvo en sepultarlo con tierra—. Ustedes sólo me servirán para desestresarme del pésimo día que he tenido, así que si son lo bastante estúpidos como para llevar esta farsa hasta las últimas consecuencias, déjense de diálogos baratos y vengan aquí, que ya sabré yo reventarles sus bocazas.
—¿Hyoga, sigues con eso? No puedes darte el lujo de subestimarlos. ¡Son ninjas!—. Shun sintió impotencia al ver a Hyoga fruncir la nariz con desprecio. ¿Cómo demonios hacía para convencerlo de que el asunto era serio?—. ¡Shiryu, por favor, díselo tú!
—En realidad, oponentes como estos no me roban el sueño —acotó Shiryu—. No rigen sus vidas con ningún código de honor y, por tanto, sus métodos son amorales; tomarlos en serio es regalarles más crédito del que merecen. Me niego a ello; yo he venido aquí a ayudar a un amigo.
—¡Shiryu!
Hyoga desplegó una sonrisa chueca.
—Ya oyeron, sería un desprestigio que un par de escorias como ustedes (ninjas o actores o una mezcla de los dos, qué me importa) vaguen por ahí divulgando que perdí mi tiempo prestándoles atención.
Por demás decir que para entonces el par de muchachos temblaban de rabia. Jamás en su vida habían pisoteado tanto el buen nombre de una familia de la talla de los Morigakure. Urgidos por resarcir su honor, el joven Takeo y su achichincle se propusieron despedazar a los intrusos.
—¡Les haré tragar sus palabras, malditos! —afirmó Takeo a la vez que desaparecía junto a su compañero justo como habían llegado.
En el bosque reinó el más absoluto de los silencios. Hyoga se puso alerta al darse cuenta de ello. De actores nada, los tipos esos eran verdaderos ninjas, pues la fauna se había puesto nerviosa y callaba intimidada ante su sed de sangre. Tal vez Shun no mentía cuando le aseguró que ni él ni Seiya nada tenían que ver con aquello. Ninguno de los dos arriesgaría jamás el pellejo de nadie por el provecho de una vulgar farsa.
No tuvo tiempo de reflexionar más sobre eso. De pronto un millar de cuchillas llovían sobre sus cabezas. Al instante Hyoga creó un muro de hielo entre ellas y sus cuerpos. El Crick crack de las mortíferas puntas envenenadas estrellándose contra el cristal se fundía con los gritos histéricos de Seiya, que pendía aún metido en la red.
—Shun, has el favor de bajar a Seiya de ahí, ¿quieres? —sugirió Hyoga, a quien los ataques con Kunais no llegaban a perturbar. Aunque sus agresores fueran ninjas, no pasaban de ser simples ladrones.
De pronto, un ruido inesperado le obligó a prestar más atención en lo que hacía. Su hielo empezaba a resquebrajarse.
—¿¡Pero qué diablos… !?
—Ja, ja, ja ¡Ya sé quién eres! ¡Reconozco tu técnica! Los archivos de mi familia hablan ampliamente de los de tu calaña: el cuerpo de inteligencia a cargo de la seguridad del Santuario. ¡Sé cómo vencerte!
Las grietas empezaron a agrandarse. La incredulidad de Hyoga no cabía en su cuerpo y le estaba dificultando el reaccionar como era debido. ¿Cómo era posible que esos tipos tuvieran conocimiento de su rango en la Orden? No, definitivamente aquello no era una farsa orquestada por Shun. Él no tenía manera de saber que oficialmente era parte de los agentes secretos que fungían como los ojos del Santuario. Cuando alguien era aceptado en dicho organismo por el máximo líder, el Caballero de Acuario, su identidad y sus operaciones se mantenían en el más absoluto de los secretos.
—¡Hyoga, tu barrera es muy débil! —escuchó que le advertía Shun—. ¡Tómate a esos tipos en serio o tu orgullo acabará por derrotarte!
Hyoga frunció el ceño y apretó los dientes.
—Tú baja a Seiya y váyanse todos de aquí. Yo me encargaré de esto.
En cuanto pusieron en el suelo a Seiya, abandonaron la escena a todo correr.
—¡No! ¡No pueden dejar a su amigo atrás! —decía angustiado este—. ¿No ven que pueden matarlo?
—Seiya, no digas tonterías. Hyoga es perfectamente capaz de hacerse cargo —señaló Shiryu.
—Eso espero —replicó Shun.
—¡CUIDADO!
Sin razón aparente, Seiya se lanzó encima de él y lo arrastró consigo al piso. Shun se golpeó la barbilla al tiempo que oía otra sarta de flechas surcando el aire muy cerca de su cabeza.
—Shiryu, ¿estás bien? —inquirió pasada la tempestad, sin abandonar su posición pecho tierra.
—Estoy bien —respondió la voz ahogada de Shiryu en algún lugar de su derecha que no lograba vislumbrar.
—Shiryu, antes que nada prométeme algo —Shun había adoptado un tono solemne—. Dime que vas a tomarte el rescate de Saori en serio y que vas a cuidar de Seiya.
Shiryu se tomó su tiempo en darle una respuesta.
—¿Y eso a qué viene?
Con los ojos al ras del suelo, fijos en algún punto enfrente de él, Shun aclaró:
—Hay muchos cables tendidos por todo el terreno, ocultos entre la maleza. Me imagino que son para activar las trampas. Son demasiados, podríamos pisar alguno por muy cuidadosos que seamos y no estamos para darnos ese lujo —dijo pensando en Seiya—. Restringidos de movimiento como estamos, somos presas fáciles y nadie nos asegura que esos hombres que pelean con Hyoga no tienen compañeros por ahí vigilándonos en este momento.
—¿Y tu sugerencia es…?
Shun se incorporó lentamente hasta quedar con una rodilla en el suelo; en sus manos empuñó sus tintineantes cadenas. Un brillo de determinación avivaba sus ojos.
—Puedo destruir las trampas con mis cadenas y cuidar la retaguardia, pero… —la vista de Shun se desvió al curtido cuerpo de Seiya; este se mantenía con la cara contra el suelo, las manos cubriéndole la melena castaña; no paraba de temblar—. Pero prométeme que protegerás a Seiya en serio, en todo el sentido de la palabra —Shun hizo una pausa, como para darle más peso a la gravedad de su petición—. Sino partiré con él y a ti te dejaré atrás.
Shiryu callaba.
—Está bien, te lo prometo —dijo con seriedad. Lentamente se alzó en su lugar, hasta quedar en la posición de un corredor a punto de salir proyectado—. Seiya, incorpórate.
Serena respingó.
—¡¿Qué?! P- pero… ¡Las flechas!
—¡Seiya! —tajó Shun con firmeza. Intimidada por el tono, Serena puso fin a su balbuceo y obedeció con renuencia.
Sin mediar más conversación, Shun gritó en ese momento algo sobre unas cadenas y los eslabones que colgaban de sus manos cobraron vida en el acto. Similares a las cobras, se lanzaron con violencia hacia el frente, revolviendo la floresta y activando al punto las trampas. Innumerables flechas volvieron a precipitarse en su contra. Serena gritó y cerró los ojos. Su alarido se prolongó por bastante tiempo y sólo hasta que la garganta se le irritó se dio cuenta que no sentía ningún pinchazo clavársele en su tierno cuerpecito. Con el alma en vilo abrió los ojos y se quedó atónita, estaba en medio de un remolino color plata, cuyos endemoniados giros repelían las saetas que buscaban usarlos de dianas; El Ogro la cargaba como a un costal de papas bajo el brazo, mientras corría sobre una cadena tensa y estática que se extendía a lo largo del túnel centrifugo.
Sabiéndose a salvo, Serena suspiró con alivio, hasta que notó que Shun ni los seguía ni encabezaba la fuga.
—¡Espera! ¡No podemos abandonarlo! —le gritó a Shiryu, al tiempo que miraba hacia atrás.
—Él va a estar bien.
El túnel llegó a su fin y Shiryu posó sus pies en el suelo. De inmediato, las cadenas de Shun se retrajeron hasta que la maleza se las tragó. Angustiada, Serena estiraba el cuello intentando ubicar a Shun, pero las ramas de los árboles se entrecruzaban tan tenazmente que fue incapaz de ver a través de ellas.
—¡Oh, no! ¡Shun! —gimió.
—Andando, nos queda poca luz del Sol.
.
Debieron andar por horas a juzgar por el dolor de sus pies y la poca luz que le impedía ver donde los estaba poniendo. Serena, sujetándose el hombro lastimado que le palpitaba como un tambor, seguía el lento andar del Ogro, ignorante de si él tenía la más remota idea de a dónde se dirigían o si ya de plano se habían perdido.
La verdad, a aquella altura de la situación el que se hubieran perdido o no había dejado de perturbarle. Serena estaba triste, cansada, confundida, lesionada y sentía el desamparo como nunca en su vida. El Ogro avanzaba indiferente hacia el qué había sido de sus amigos y esa insensibilidad ponía rabiosa a Serena lo mismo que desdichadamente vulnerable. Ya no le quedaba nadie en ese mundo hostil salvo aquel melenudo de carácter impredecible: tener que depender de él arrancaba lágrimas amargas de sus ojos. Los sollozos, en cambio, se mantenían prisioneros en su adolorida garganta. Serena no quería hacerlos audibles, aquello hubiera sido equivalente a compartir su corazón con ese hombre vil, que no dudaría dos segundos en arrancárselo del pecho para tirarlo al piso y bailotear sobre él con tal de deshacerse de cualquier interferencia que pudiera mellar sus planes.
Un quejido inquietante la puso sobre alerta. En frente suyo, El Ogro se bamboleaba. Lo vio recargar la espalda en el tronco de un árbol para no perder el equilibrio. Después, el cuerpo del hombre resbaló hasta el suelo hasta quedar sentado.
Las manos de Serena se adelantaron, prestas para el auxilio; pero, casi en el acto, al primer impulso compasivo se sobrepuso el rencor que la chica había estado acumulando a lo largo del día en contra del muchacho. Retrajo los dedos y su mirada se tornó dura mientras contemplaba su faz sudorosa y pálida; nada en el mundo la obligaría a brindarle ayuda. No a alguien que no se tentaba el corazón antes de darles la espalda a sus amigos.
—S… Seiya… —farfulló el joven. Serena negó con la cabeza y apretó los dientes, reacia a acudir a su llamado—. Seiya…
Shiryu sentía la boca seca. A su espalda, podía oír el crujido de las hojas bajo los pies inquietos de Seiya. ¿Qué demonios pasaba que no se acercaba a él?
—Seiya… creo que esas flechas estaban envenenadas…
—¡Tonterías! —interrumpió la voz de Seiya con un timbre duro—. Les avisé justo a tiempo para que se tiraran al suelo y Shun nos ha protegido con su túnel; las flechas no debieron herirte.
—Una alcanzó a rozarme el brazo antes de que nos pusieras sobre aviso. Yo iba detrás cuando tú te tiraste sobre Shun, por eso no te diste cuenta.
Recelosa, Serena se acercó al fin al chico y con la vista escaneó sus brazos. En efecto, tenía un pequeño arañazo, casi imperceptible, en el derecho.
—Bueno, y qué quieres que yo haga. No soy médico ni nada por el estilo.
Aquella áspera respuesta hirió en lo más profundo a Shiryu. Nunca la hubiera imaginado saliendo de los labios de su amigo después de haber pasado por un sinfín de sufrimientos juntos. Tragó grueso, con miedo a que la enfermedad de Seiya estuviera tomando rumbos irreversibles.
—¡Ungh! —un repentino mareo hizo que se llevara la mano a la cabeza—. ¡Qué tóxico tan fuerte! Shun ha tenido razón en insistir en tomarnos en serio a esos sujetos. Estamos en sus terrenos y no deben sentirse muy felices de que los estemos merodeando. Esto no es un juego para ellos.
Serena se removió incómoda, muy a su pesar las palabras de Shiryu la estaban poniendo nerviosa. Su sentido de supervivencia nuevamente luchaba contra el odio que sentía por ese loco para ubicarla en el terrorífico lugar en el que estaba perdida con el fin de que hiciera algo al respecto y saliera del aprieto lo antes posible.
—Está ya muy oscuro —observó Shiryu—. ¡Qué tarde es! Desde hace un buen rato que debimos haber rescatado a Saori—. Shiryu recordaba las palabras de Tatsumi, los ninjas siempre eran un peligro, no podían esperar a que Saori estuviera a salvo. Pero claro, él tuvo que sentir en carne propia sus ataques antes de darle crédito a las advertencias—. ¡Ah, Shun, tienes un amigo muy idiota! Pudiste haber avanzado tú y dejarme atrás, pero preferiste darme la oportunidad de vislumbrar el error en el que me encontraba y resarcirme. Te lo agradezco, pero creo que te decepcionaré, ya es demasiado tarde.
—¡Oh, no! ¡No me digas que te vas a morir! —Se alarmó Serena al oírlo, temiendo quedarse sola en tan macabro bosque. Resarciendo: pueda que El Ogro fuera vil, pero era compañía al fin y al cabo.
En respuesta, el cuerpo de Shiryu se inclinó hacia delante, víctima de otra oleada de mareos más virulenta que la anterior. Serena le ayudó a recargarse nuevamente en el árbol, cada vez más temerosa del posible desenlace de esa empresa.
—Seiya… —continuó Shiryu, cada vez más exangüe—. Olvídate de las estupideces que te dije. Como Caballeros tenemos el deber de darle prioridad a nuestras obligaciones antes que a nuestros sentimientos —lágrimas de pesar brotaron de sus ojos—. Discúlpame por no poder cumplir con lo que te prometí, tendrás que rescatar a Saori tú solo.
—¿Yo sola? ¡Por supuesto que no! —replicó Serena con vehemencia pensando que de hacerlo la matarían—. ¡Tú tienes que ir conmigo!
Serena no sabía que le aterraba más: tener que enfrentarse a una manada de asesinos sola por culpa de una chica que no le caía bien, perderse en un bosque terrorífico o quedarse y ver morir al joven. Desesperada y sin saber qué hacer, pasó uno de los brazos de su compañero por encima de sus hombros e intentó levantar su peso muerto.
—¡Déjame! ¿Qué haces? ¡En estas condiciones sería un estorbo para ti! —replicó él entre jadeos y la obligó a dejarlo donde estaba volviéndose más pesado, si cabe.
—¡No puedo dejarte! ¡Levántate! —chilló Serena con desamparo—. ¡Levántate!
Shiryu le sujetó la mejilla y la obligó a encararlo. Entre las guedejas de cabellos empapados de sudor, los ojos grisáceos del joven despedían un fulgor tenaz y a la vez desesperado. Serena gimoteó al mirarlos, perturbada y sorprendida de nuevo ante lo terriblemente expresivos que eran. No le cabía duda que hablaban por su dueño, que expresaban lo mal que se sentía en cuerpo y espíritu por haberse quedado incapacitado, por no poder cumplir con lo que se había propuesto, por cederle a ella todo el peso de su misión... "¡Ayúdame!", clamaban. Conmovida, Serena bajó la cabeza y rompió a llorar, pues aquella muestra de vulnerabilidad masculina ponía en evidencia toda la cobardía y el egoísmo que ella había mostrado hasta el último momento. ¿Era válido que siguiera lloriqueando y quejándose? Serena se dijo que no, que su deber como ser humano era responder si su prójimo le pedía auxilio. Sobreponiéndose a la sensación de ineptitud que la embargaba, Serena se llenó de coraje mientras sus puños se cerraban en torno a la tierra oscura, fría y comprimida.
—Está bien, lo haré —dijo resuelta, tragándose sus sollozos e incorporándose—. Lo haré por ti, por Jedite, por Shun y, sobre todo, por mí. Juro que traeré a la señorita Saori sana y salva; pero tú —Shiryu vio sus ojos brillando—, tú prométeme que no morirás en este lugar de mala muerte.
Una sonrisa de alivio tembló en el macilento rostro de Shiryu. ¡Por fin veía un pequeño atisbo de la antigua personalidad de Seiya!
—Te lo juro —se apresuró a decir, más que agradecido de tener la oportunidad de presenciar semejante milagro.
Serena captó el tono y al verlo relajarse, se sonrojó. La camarería y la confianza que el muchacho le mostraba la hicieron sentirse fuerte. Serena le sonrió, lejos estaba ya de odiarlo. Decidida, se dio la vuelta y sin más corrió, no rumbo a lo desconocido sino en busca del éxito, pues aquella actitud que la invadía no dejaba espacio para el fracaso.
—¡SEIYA! —Serena se giró para ver al joven, pensando que le gritaría palabras de aliento —¡SEIYA, CUIDADO CON EL BARRANCO FRENTE A TI!
Demasiado tarde: apenas Seiya miró al frente, perdió pie y empezó a rodar pendiente abajo. Shiryu lo perdió de vista, pero podía escuchar su avance accidentado entre la floresta y sus lastimeros ayes de dolor.
«¡Qué mala suerte tiene el pobre con los despeñaderos!», observó para sí. Después se dispuso a mover su maltrecho cuerpo para buscar en los alrededores plantas medicinales, que Shunrei le había enseñado servían para preparar un antídoto.
.
Saori Kido frenó su andar de león enjaulado para mirar al pasillo por entre las rejas de su calabozo. Había dejado su facha de diva circunspecta desde hacía horas, cuando comprendió lo absurdo de conservarla en un lugar como ese y cuando no había nadie que la vigilara. No sabía la identidad del que la raptara, pero a juzgar por las goteras en un techo que no podía ver, por el olor a humedad que imperaba en el sitio, por las paredes con el aspecto de caverna y por el esqueleto a medio vestir encadenado a unos grilletes herrumbrosos atrás de ella, su plagiario estaba lejos de ser una deidad. Nadie en el Olimpo o cualquier panteón celestial se arriesgaría a pasarse las Sagradas Reglas de la Hospitalidad con un igual por el arco del triunfo y poner así su propio honor en entre dicho.
Razón de más para preocuparse. Si tenía que descartar a los dioses, eso dejaba a los bandidos y a los psicópatas asesinos en su lista de raptores. Le hubiera gustado que fuera un bandido con ánimo de pedir rescate, pero el cadáver y las rusticas instalaciones estaban acabando con sus esperanzas.
Oyó sonidos y voces que se acercaban. Temerosa, Saori se alejó de la verja y miró a su alrededor asustada y comiéndose el francés de sus uñas recientemente manicuradas. Buscando un escondite que sabía no iba a encontrar, su vista se topó con la osamenta y la miró con todo el detalle que un par de segundos le permitieron. Estaba tumbada boca abajo en el suelo y los grilletes habían ceñido alguna vez la carne de sus tobillos; el despojo tenía estirado al máximo el brazo derecho, como si en todo momento hubiera intentado alcanzar algo con la mano. Saori intentó imaginarse el qué y a la mente le vino un cuenco de arroz, una jarra de agua e incluso la puerta abierta de la celda que nunca pudo atravesar. ¿Quién sería tan cruel para torturar a una persona de tal modo? ¿Gozaría contemplando el sufrimiento de su víctima? Saori se enderezó y alisó su vestido con las manos. ¡Ella no le daría ese gusto! Le dio la espalda a su siniestro compañero, alzó la barbilla y miró hacia la reja con aire altivo justo a tiempo para ver a un hombre vestido con un soberbio Kimono, acompañado de un séquito de hombres encapuchados, pararse justo enfrente de su celda.
—Buenas noches, señorita Kido. Mi nombre es Senzo Masataka Morigakure, líder de los ninjas Fuji —se presentó sin más el hombre del kimono y se inclinó como muestra de respeto—. Es un honor conocerla.
Saori lo barrió con la mirada sin muchas reservas. Era un hombre de mediana edad, cuyo cabello largo y castaño empezaba a clarear. Todo su porte indicaba que era un hombre educado, sereno y diplomático, pero eso no bastó para que llegara a agradarle. Sus ojos, pequeños y de un tono oliváceo, no le gustaron; eran inquisitivos, fríos y calculadores: la marca irrefutable de un asesino.
Intentando aparentar una calma que no sentía, Saori se cruzó de brazos y le mostró el perfil. No devolvió la cortesía del saludo, en su lugar preguntó con frialdad:
—Señor Morigakure, déjese de hipocresías. Si lo que quiere es reparar de alguna manera la grosería de haberme raptado el día de mi cumpleaños, dígnese en decirme en qué lugar me tiene prisionera y cuáles intenciones tiene para conmigo—. Saori temía por la respuesta. ¡Ninjas! A esa altura de la situación el rapto podía haber sido ordenado por uno o más de sus enemigos empresariales.
—Disculpe usted que insista en mantener mi postura hipócrita —contestó el hombre sin perturbarse lo más mínimo—. Sólo deseo lo mejor para los míos y quedar en malos términos con usted antes de regresarla a su hogar no me conviene. Por supuesto, responderé en seguida a su primera pregunta: se encuentra en nuestros calabozos a las faldas del monte Fuji. Para responder a la segunda me gustaría que me acompañara a otras instalaciones. El tema que deseo conversar con usted es muy delicado para tratarse en una celda.
Había captado la atención de Saori Kido. Ahora la joven se estaba preguntando por qué Morigakure ponía tanto énfasis en referirse a ella y a sus hombres de manera humanitaria, en lugar de la insensible usanza en que siempre se imaginó a un líder ninja: tratando a sus hombres como peones.
Momentos después se hallaba cómodamente sentada en la sala de una caverna más grande, lujosa y con mejor iluminación. Era difícil imaginar un lugar así en el los alrededores del Fuji, pero aunque Saori estaba impresionada, ese tipo de arquitectura que intentaba fusionar el medio ambiente con el entorno humano nunca había llegado a agradarle. ¿Cuál era el objetivo de la civilización sino demostrar que el hombre moderno era superior a sus antepasados de las cavernas?
—Disculpará también que le niegue el acceso a las habitaciones de mi mansión. Pretendo mantener alejado a cualquier intruso del mundo exterior que pueda infectar con sus ideas los milenarios preceptos de mi gente.
—¡Ja! —soltó indignada Saori. Nada más eso le faltaba, un vil humano que declarara que su presencia divina era un factor contaminante. En seguida le ofrecieron una taza con té que obviamente no aceptó—. Señor Morigakure, le ruego que pase al grano.
El líder de los ninjas, sentado frente a ella y con la espalda erguida, se dispuso a hablar.
—Señorita Kido, no debe temer por su seguridad. El motivo por el que la traje aquí se debe a que me han avisado que sus hombres han pagado el monto acordado en el tiempo establecido. Después de esta charla, usted podrá volver a su mansión y seguir con su vida sin temor a que nuestro clan vuelva a importunarla.
Saori no entendía ni jota de lo que le decía ese sujeto; él se dispuso a disipar sus dudas entregándole un grueso paquete envuelto en papel manila. Saori dudó en abrirlo, pero cuando al fin se decidió y sus manos pasaron cada vez más rápido hojas y hojas de los archivos que el paquete contenía ante sus ojos, su rostro estaba lívido y su indignación y su rabia habían llegado a sus límites. Hecha un basilisco, se levantó de su asiento y le lanzó a Morigakure una mirada que hubiera petrificado a la mismísima Medusa.
—¡¿Qué significa esto?! —gritó, estampando el paquete contra la mesa. Ninguno de los ninjas se movió de su sitio, demasiado disciplinados para trastornarse por el despliegue de furia de una simple adolescente—. ¡De ninguna manera permitiré que se difame el buen nombre de mi abuelo!
—Por supuesto que no, de este paquete nadie pretende eso. Simplemente le hago entrega de la mercancía que su Fundación nos requirió desde hace dieciséis años, cuando su honorable abuelo nos contrató para investigar a fondo una institución llamada Santuario. Ahora le ruego que se siente y escuche; ya le he dicho que no es mi intención granjearme su enemistad.
Saori se quedó estática, las manos apretadas en puños a sus costados, los labios mordidos y el ceño fruncido. Se suponía que el Santuario tenía una seguridad hermética, cualquier ente indeseable, humano o no, era repelido por su campo de fuerza o por los soldados que custodiaban el recinto sagrado. Ningún humano vulgar sabía de su existencia, así como tampoco nadie sabía de la existencia de esos vergonzosos archivos que se suponía debieron desaparecer de la Tierra desde hace más de una década.
No le quedaba de otra más que ceder. De mala gana volvió a tomar asiento.
—Hace dieciséis el señor Mitsumasa Kido se puso en contacto con nosotros —volvió a tomar la palabra el líder ninja—. Era su deseo conocer la identidad de un individuo moribundo con el que se encontró en las ruinas de un viaje que había hecho a Grecia. El hombre murió antes de poder proporcionarle cualquier detalle sobre su origen o el estado en el que se encontraba, pero antes dio a su abuelo un bebé en custodia y una serie de indicaciones enigmáticas. El señor Kido regresó entonces a Japón bajo una serie de circunstancias anómalas y alarmantes, lo que le hizo conversarse de que la última voluntad de aquel hombre era algo que no podía pasarse a la ligera.
Saori estaba atenta. Esa era una historia que ya conocía, pero los detalles que le estaba dando aquel hombre eran desconocidos para ella. Nunca se preguntó cómo había sido que su abuelo había reunido toda esa información que le dejó de manera póstuma sobre el Santuario. En su incurable inmadurez siempre había dado por sentado que su abuelo era omnisapiente.
—Requería de todos los detalles que se pudieran conseguir sobre el caso —continuó Morikagure—. Indagando entre las pocas pistas que pudimos rastrear acabamos en el punto de origen: Grecia. Fue cuestión de tiempo para que nuestros hombres acabaran rozándose con la fuerza militar que operaba bajo las órdenes del Santuario de Atenea. Obtener la información que solicitaba nuestro cliente no fue sencillo. La primera línea de defensa del Santuario fue fácil de atravesar a comparación de las que vendrían después. Muchos de los nuestros pagaron con su vida la información que obteníamos con cuenta gotas y que hicimos llegar a las manos de su abuelo inmediatamente. La investigación duró varios años y las bajas se contaron por docenas.
»Los detalles de la investigación son bien conocidos por usted ahora —indicó el ninja hablando con voz calma ante una cabizbaja Saori—. Paralelamente a esta, su abuelo nos hizo un encargo especial, el cual fue localizar a todas las mujeres con las que alguna vez se relacionó y procreó descendencia —señaló con la cabeza el contenido del paquete desparramado sobre la mesa—. Por ambos trabajos su abuelo nos prometió la suma de 10, 000 millones de dólares; pero después de su deceso nos fue imposible reclamarla, pues que el hombre que su abuelo dejó a cargo negaba cualquier relación que su Maestro haya tenido con una "organización criminal", como nos llamó.
—Tatsumi —concluyó Saori. No le sorprendía para nada, era el tipo de cosas que el mayordomo solía hacer.
Morigakure asentía con la cabeza.
—Así es. Comprenderá qué el dinero es indispensable para cualquier sociedad. La nuestra se rige a base de tradiciones y es difícil ceñir a los jóvenes a estás con tantas tentaciones del mundo moderno pululando a su alrededor. Si deseamos que nuestro estilo de vida prevalezca y nuestros ancestros sean honrados por generaciones futuras, debemos asegurarnos los medios para que nuestra gente sea completamente independiente y nuestros jóvenes no tengan necesidad de buscar el sustento en comunidades ajenas a las nuestras, corriendo el riesgo de corromperse.
Saori guardaba silencio ante sus palabras, las manos entrelazadas sobre el regazo y la vista fija en el suelo.
—Señorita Kido, deseamos que comprenda nuestra postura. No hemos obrado por malicia, sino por reclamar lo que nos pertenecía.
Saori meditó sobre aquello y llegó a la conclusión de que el hombre tenía razón.
—Señor Morigakure, si como usted dice las transacciones con el señor Tatsumi llegaron a buen término después de mi secuestro, le ruego que me deje partir. Deduzco que el motivo por el que buscó explicarme las circunstancias, en lugar de soltarme sin más después de recibir su pago, es asegurarse de que ninguno de los que trabajan para mí tomará represalias en su contra. Quédese tranquilo al respecto, personalmente me aseguraré de que dejen a su gente en paz.
El hombre esta vez no respondió, se dedicó a mirarle con una expresión grave que puso sobre alerta a Saori. Ella había esperado que le respondiera con un: «Gracias por su comprensión. Uno de mis hombres la dejará en la carretera, cerca de la comunidad más cercana», pero al parecer se había equivocado olímpicamente leyendo las intenciones de aquel hombre.
—Me temo —Morigakure la miró fijo mientras hablaba con lentitud, como midiendo cuidadosamente sus palabras —que usted se apresura en sus conclusiones.
Discretamente, Saori tensó sus puños, que descansaban encima de su regazo.
—Aún no concluyo con mi exposición —Morigakure tomó el paquete desordenado enfrente de él y lo puso en orden, con paciencia, antes de volverlo a poner al alcance de Saori—. Antes que nada, tenga usted esto: todos los documentos que contiene son originales y no existen copias; puesto que el señor Tatsumi nos ha pagado, no tengo más motivos para conservarlo. Le pertenece ya —dijo, poniéndose de pie.
Morigakure suspiró con alivio, como si el gesto que acababa de llevar a cabo le quitara un gran peso de encima. Saori contempló su amplia espalda sintiendo el sudor corriéndole por la nuca; la exhalación de aquel hombre estaba lejos de transmitirle su tranquilidad.
—¿Sabe? —continuó el hombre con tranquilidad—. Hay gente que asegura que los ninjas no tenemos honor porque no nos regimos bajo ningún código, pero eso es mentira. Tenemos leyes que ninguno de los nuestros se atrevería a desafiar. Uno: no es lícito chantajear al cliente usando en su contra el voto de confianza que se ha puesto en nosotros. Dos: la máxima satisfacción del ninja consiste en finalizar exitosamente su misión. Una persona inteligente notará la practicidad de dichas leyes. ¿Quién querría contratarnos sabiendo que no somos honestos? Por otra parte, si un elemento se esmera en hacer bien su trabajo, asegura el pan del día siguiente a toda su comunidad. Nuestras leyes son prudentes: no exigen fidelidad para quienes nos contratan, lo que buscan es asegurar nuestra propia supervivencia. Como líder, es mi deber ejecutar la ley con escrupulosidad. Por ésta vez, después de dieciséis años de tanto batallar, hemos cumplido. Nadie, en lo sucesivo, podrá reprocharnos nada.
—No entiendo a dónde quiere llegar —tajó Saori con rudeza, influida por su ansiedad—. Si ha perdido tanto tiempo intentando darme a entender algo, no tiene caso embrollar todo con enigmas.
—Siento los rodeos, estaba divagando —Morigakure volteó a verla—. La supervivencia de mi clan es mi única prioridad. Nada hay en este mundo que me sea más importante. Una vez que cumplí con mi cliente, nada me ata a él; si se ha vuelto una amenaza para mí, es mi deber aniquilarle.
Saori se puso de pie inmediatamente, sujetando el paquete de papel manila frente a sí a manera de escudo, protegiéndose de la potencial amenaza que leía en los ojos punzantes de Morigakure y en los maniquíes inmóviles y falsamente imperturbables de sus hombres.
—¡Usted me ha dicho que podía regresar a mi casa tranquila, no quería quedar en malos términos conmigo!
Se sintió estúpida e infantil por haber soltado tan ñoño reproche. La habitación había comenzado a dar vueltas; sin darse cuenta Saori acabó sentada en el suelo, pues sus piernas ya no fueron capaces de sostenerla.
—Sé lo que dije. No se preocupe, me aseguraré de que así sea —afirmó, estirando la mano para recibir de uno de sus hombres un nuevo paquete—. No pienso matarla, señorita Kido. Lo que quiero es que usted me entregue, voluntariamente, la cabeza de su mayordomo, el señor Tokumaru Tatsumi.
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—¡Apresúrate, no tengo el día! —gritó Serena todo lo autoritariamente que su inseguridad le permitía. En un lapso de atrevimiento, incluso le dio un pinchazo en las nalgas al ninja que tenía enfrente con la punta de la espada, para azuzarlo.
El ninja volteó a verla con ojos de pistola. Serena se sobresaltó con la agresión, pero se repuso de inmediato. En una situación tan peligrosa como aquella, dejarse controlar de nuevo por la cobardía no era una opción.
—¡Silencio, la de la espada aquí soy yo; no te me pongas gallito! Apresúrate a llevarme con la señorita Saori.
Serena no podía creer su suerte. Al parecer Luna tenía razón, cuando piensas optimistamente el Universo pone todo a tu favor. Justo cuando caía por el barranco, ella, inspirada todavía por su lapso de energía positiva, no quiso creer que el destino fuera tan desgraciado como para sonreírle y al momento siguiente reventarle el cráneo contra las piedras. Se dijo que no le pasaría nada, que aterrizaría sobre un colchón de hojas, mullida y suavemente. En un acto de fe, cerró los ojos, para no abatirse los ánimos con las ramas y piedras que le salían al encuentro para marcar con ferocidad su carne, y un momento después aterrizaba, efectivamente, sobre un bulto esponjoso que absorbió con mucho la crudeza del golpe que debió haberse dado de chocar contra el suelo.
Al abrir los ojos fue tamaña su sorpresa al descubrir que el bulto era en realidad un hombre, que casualmente vestía el mismo uniforme que los ninjas que habían atacado a Jedite a la entrada del bosque. Serena se asustó mucho al principio, pero al darse cuenta que el inesperado trancazo contra ella lo había noqueado, no perdió tiempo, lo registró, le sacó todas las armas cortas que encontró entre sus ropas y las arrojó entre las hierbas para perderlas. Se quedó con la katana, para amenazarle y defenderse, pues se había dado cuenta de que el hombre había estado moviendo una trampilla, cubierta de pasto para mimetizarse con el entorno una vez cerrada, antes de caerle encima. Si la suerte seguía de su lado, ese túnel expuesto la llevaría derecho a su objetivo.
Entonces el tipo volvió en sí. Serena casi sufre un patatuz al verlo incorporarse, pero de inmediato le picó la panza para hacerle saber la gravedad de su posición y de quién dependía su vida ahora.
—¡Llévame con la señorita Saori o muere, sabandija! —advirtió blandiendo ante sí la espada, imitando el tono letal que le había oído a un supuesto matón en una de esas películas de Samuráis que tanto le gustaban a Darien y que a ella tanto aburrían.
El hombre se limitó a mirarla con fijeza, con unos ojos vacíos de expresión que tuvieron la facultad de ponerle los pelos de punta. Por un momento que se le antojó eterno, Serena pensó que el tipo se animaría a atacarla a mano limpia, pero acabó por obedecer y empezó a guiarla a través del túnel.
Definitivamente, el Universo estaba de su lado.
Lo que Serena no sabía es que no era el Universo, sino un trio de sombras verdes, oscuras como la fétida superficie de las marismas, las que habían decidido que el ninja la guiara en lugar de quebrarle el cuello. Sigilosas y de andar casi etéreo, seguían al par muy de cerca. Se comunicaban entre ellas por medio de un lenguaje de señas, para no alertar la intuición del Caballero de Pegaso con sus alientos.
«Es un idiota, aunque nos pusiéramos a gritar no se daría cuenta de nuestra presencia», alega a pesar de todo una de ellas a través de los dedos. «Les apuesto lo que sea a que piensa que son los fantasmas del bosque».
«Pueda que parezca un idiota, pero recuerda que nos han advertido que es un mortífero Caballero de Atenea», respondió otra.
«No se distraigan con discusiones», zanjó la tercera. «Sean o no acertadas las advertencias, nos apegaremos al plan. Este hombre nos servirá como distracción una vez allanemos el escondite de nuestro enemigo».
Las primeras sombras siguieron avanzando en silencio. Aquel que hablara al último era su líder y no les estaba permitido cuestionarle nada.
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Morigakure abrió el paquete y extendió su contenido a modo de abanico sobre el suelo, frente a Saori. Por un momento, Saori no comprendió del todo el significado de los archivos que le presentaba. Entonces vio las fotos. Cada cierta cantidad de páginas, el encabezado del informe presentaba anexas las fotos de una mujer y de un niño. A primera vista, Saori no fue capaz de identificar a ninguna de esas personas.
Entonces sufrió un shock, equivalente a un mazazo. En su mente relampagueó un inesperado y terrible destello de consciencia. Guiada por un presentimiento de fatalidad, la vista de Saori viajó hacia su derecha, hasta que tropezó con el rostro infantil, sombrío y ojeroso, de un infeliz al que parecía le habían arrancado violentamente su inocencia.
Era un rostro familiar: Shiryu cuando era niño.
Temblorosa, Saori levantó la página y leyó:
«…el conyugue fue puesto al tanto. Resultado previsto: crimen pasional… masculino se suicida después de cometer feminicidio… infante sobrevive con posible shock traumático…».
Dolor. Saori lo sintió aplastándose contra su pecho, un sufrimiento como jamás experimentó en su vida, amenazando con partir su corazón en dos y, sin embargo, negándole tregua semejante. Antes bien, como un verdugo que obliga a su víctima a través del tormento a declararse culpable, Saori se vio asediada por una malsana necesidad a seguir piscando en aquel compendio de horror las paginas relacionadas con las caras de las personas que más apreciaba en el mundo.
«…encontrada por las autoridades muerta en la playa de… la autopsia no fue capaz de esclarecer la causa del deceso… prole en paradero desconocido…».
«…sobreviviente del naufragio… el navío se hundió en las aguas del mar, al Este de Siberia, según lo calculado… imposible recuperar el cuerpo… ».
«…primogénito ya a disposición del cliente… ella nunca pudo averiguar su paradero… interna en un hospital para enfermos mentales…».
Crueldades que se sucedían una tras otra, interminablemente. Mujeres y niños sin voz que de pronto la acosaban con miradas rencorosas. Saori se vio envuelta en oleadas de malevolencia, odio y ponzoña girando en un mareante torbellino de tinta y papel: mezcla amorfa de letras, facciones y memorias. Irremediablemente enferma, sintió su cabeza inclinarse hacia adelante sin obedecer a mando alguno y vomitó.
—No importa —dictaminó Morigakure viendo cómo se arruinaba el informe—. Son sólo copias.
Pálida y descompuesta, Saori logró alzar la mirada; sus ojos estaban anegados en lágrimas.
—¿Q-qué es esto? —logró gemir, cubriéndose la boca con mano trémula. Cómo si no lo supiera ya.
—Simultáneamente a la operación que mis hombres llevaban a cabo en Grecia y a la localización de sus hijos por las diversas partes del mundo, Mitsumasa Kido requería de los servicios de otra organización, idéntica en el oficio a la nuestra, para agilizar sus planes. De dicha organización esperaba que agrupase a sus hijos en una de las fincas de su propiedad y dispusiese, de la manera más conveniente, del último paradero que habían de tener sus madres. Nosotros nos tomamos la libertad de seguir esta empresa por nuestra cuenta, a manera de seguro. Este informe es el resultado de tales pesquisas.
Saori se abrazó a sí misma y se retrajo hasta formar un apretado ovillo: repentinamente todo el calor de su cuerpo había empezado a evaporarse por los poros de su piel. Se sentía asquerosa, vil… daba igual quién hubiera sido el victimario de esas mujeres, porque la joven sentía que ella misma las había aniquilado, retorcido el cuello, envuelto sus miembros mutilados en un paquete sanguinolento antes de arrojarlos en un vertedero. Fue ella quien les negó la dignidad de una tumba, el epitafio que reconociera una vida de esfuerzo a pesar del sufrimiento padecido. Fue ella, con indiferencia absoluta, quien redujo sus existencias a un montículo de huesos, anónimos y sin relevancia como los de cualquier bestia.
No maldijo a su abuelo por heredarle tan pesado fardo. Ni siquiera se le ocurrió. Saori no podía culparle de nada ni despreciarle, porque siempre que cerraba los ojos y evocaba su rostro, se nutría del recuerdo de su sonrisa cariñosa y el amor cálido e incondicional que había vertido sobre ella, una completa extraña. Para ella aquel hombre sólo había pecado de adulterio y negligencia, toda actividad ulterior que haya cometido tras conocerla, buscando su beneficio, la adoptaba como propia. Esa era su decisión.
Siempre pensó que Mitsumasa Kido tuvo la opción de ignorar las peticiones de Aioros y darle a ella una existencia común o, mejor aún, ahorrarse los problemas y dejarla en un orfanato. Nadie lo obligaba a darle preferencia sobre la propia progenie, a sacrificarle esta y ofrecerla en servicio de Atenea; sin embargo así lo hizo y gracias a eso el mundo era como lo conocían. ¿Qué hubiera pasado si Saga, poseído por su demencia tiránica, hubiera obtenido el dominio mundial sin nadie que lo detuviera? ¿Qué ganaba un anciano cambiando la paz de sus últimos días por la mortificación de verse las manos manchadas con la sangre de los suyos? Nada, sólo el desprecio y el repudio de los que le sobrevivieron y la condena eterna en el más allá… Su abuelo merecía descansar en paz. Para ella quedaba el compromiso de rezar por él, consolar su alma y darle sentido a su honra marchita. Nadie lo más lo haría y ella estaba en deuda.
«La justicia a veces se vale de caminos tortuosos», pensó la Diosa, con la tristeza ciñendo las fibras de su corazón en un apretado nido. «No se puede esperar que el amor que a unos beneficia favorezca también a los demás».
Quiso decir que haría lo que pidieran con tal de que no usaran aquella información para difamar el nombre de su abuelo, como sin duda pensaba amenazarla enseguida Morigakure, pero sabía cuál era el precio exacto del silencio.
La cabeza de Tatsumi. Un hombre del que, pesar de sus múltiples defectos y errores, tampoco podía renegar.
—Está en sus manos el elegir —dijo Morigakure, como si le hubiera leído la mente—. El señor Tatsumi se ha vuelto un obstáculo para mi clan; en su afán de borrar de la faz de la Tierra cualquier mancha oscura que su honorable Maestro hubiera podido tener, decidió empezar con la relación más obvia, la que tenía con nosotros, "la organización criminal". Por método eligió el obligarnos a dispersarnos, sistemáticamente. Como ya le comenté, necesitamos grandes recursos económicos para mantener nuestro modo de vida, y los únicos con capitales suficientes para contratarnos eran las grandes organizaciones niponas. El señor Tatsumi se las ingenió para interponerse en nuestras relaciones, calumniándonos, así que llegó un momento que tuvimos que aventurarnos en el mercado internacional. Lamentablemente, la Fundación Graude, siendo la empresa más importante de toda Asia, tiene influencia en todo el globo, y este hombre, valiéndose de su puesto, ha empezado a interferir en este terreno también.
»No dudaré en hacer pública esta vergonzosa información si se niega a acceder a mi demanda —siguió presionándola el ninja con tono neutro, observándola con sus penetrantes ojos verdes—. Naturalmente, su imperio se colapsará de manera aparatosa, con premura tal que usted apenas si podrá respirar. Por supuesto, no descarto la posibilidad de que logre evadir su persona de tan apocalíptico contexto, refugiándose tras el hermetismo del Santuario, donde funge como gobernante absoluta. Nadie osará censurarla ahí. Nadie… salvo aquellos con los que creó lazos de amistad.
La cruda declaración hizo rodar gruesas y pesadas lágrimas sobre las mejillas de Saori. No necesitaba oír más para saber que ese hombre conocía y entendía al dedillo todo el peso de los sentimientos que compartía con sus muchachos.
—Ahora comprendo por qué me decía que no era su intención enemistarse conmigo —expresó con voz que sonó casi tranquila—. ¿Cómo podría, si no me ha dejado salida alguna? En verdad es usted un hombre despiadado.
—No más que el señor Kido o Tokumaru Tatsumi —respondió desapasionadamente Morigakure—. Todos somos hombres de negocios y, en esta índole, nadie puede darse el lujo de sentir misericordia por sus rivales.
—¿Qué es eso? ¿Son sollozos, verdad? ¡Apresúrate a abrir! —se escuchó repentinamente una voz masculina retumbando en todos los rincones de la caverna.
—¿Seiya? —Saori sintió su corazón dar un salto de alegría a pesar de la tristeza que pensó era infranqueable: tal era la reacción innata que provocaba en su organismo la voz de aquel que la había salvado en innumerables ocasiones. Incrédula a pesar de todo, escaneó la atmosfera que la rodeaba, pensando que su ansiedad le estaba jugando una mala pasada y que la hacía alucinar con la voz de Seiya.
Sin embargo, la voz volvía a reclamar su atención, y esta vez Saori supo que era real: las simplonas efigies belicosas que montaban silenciosa guardia para su señor, cobraron vida con intimidante violencia, reaccionando a ella. En un abrir y cerrar de ojos, las espadas quedaron expuestas tras sonidos sibilantes que cortaron el aire, las ropas desplegaron un frufrú imperceptible al doblarse las articulaciones, los pies se desplazaron a un punto determinado de la cueva y se quedaron nuevamente inertes… a la espera de darle la bienvenida al invasor que se ponía en evidencia tan cínica y escandalosamente:
—Las bailarinas comparten con nosotros sus sentimientos cuando danzan sobre el escenario. —El eco de la voz desapareció y tomó un tono normal cuando una de las piedras del recoveco empezó a moverse—. Un espectador al que se le ha permitido ver el interior del corazón de una no tiene derecho a pisotearlo. —Dos figuras aparecieron: una oscura como la brea, alzando las manos en señal de rendición y la otra, innegablemente cálida, amagándole con una espada por la espalda—. ¡RETROCEDAN, CANALLAS, O LOS CASTIGARÉ A TODOS EN EL NOMBRE DE LA LUNA!
—¡SEIYA! —Saori sintió que la emoción había convertido su cuerpo en gelatina. Ahí, delante de ella, estaba su más querido compañero: con su eterna cabellera castaña, enmarañada y llena de ramitas; con su cuerpo empolvado, inusualmente vestido con parte de un traje formal que había acabado hecho andrajos; con sus ojos cobrizos llameando determinadamente con una pasión que no se extinguiría jamás. Saori se derritió. Fue tal su alivio y el gusto que le dio verlo que ni siquiera tenía cabeza para analizar las estupideces que Seiya acababa de decir, frases excepcionales en el vocabulario del directo y nada cursi Caballero de Pegaso.
Un destello. Dos ninjas apresaron el cuello del atrevido con las afiladas cuchillas de sus espadas. Seiya apenas atinó a echar la cabeza hacia atrás, lo más que le permitieron esas improvisadas tijeras y la longitud de sus piernas paradas de puntitas. Serena sudó copiosamente, sintiendo el filo rozarle peligrosamente la piel. Fue consciente del error que había cometido al alzarse así; si se cansaba y dejaba sus pies caer, el puro peso de su cuerpo garantizaría la pérdida de su cabeza.
—¡Oh, Cielos! ¡Cielos! —gimió.
—¿Qué es esto? ¿Acaso una broma? —Morigakure, vueltos sus ojos dos rendijas, examinaba a Seiya concienzudamente, pues antes de que lo inmovilizaran se había dado cuenta de que sostenía la katana, con la que amenazaba a su hombre, con la mayor de las torpezas. ¿Cómo era posible si sus informes, presentados por hombres de seriedad intachable, lo describían como un guerrero experimentado? ¿Acaso era una treta de Tokumaru Tatsumi, para hacerle bajar la guardia? Después de todo, los reportes declaraban que el mayordomo había enviado a los Caballeros en pos de su lideresa. ¿Acaso su retraso fue deliberado y el pago consecuente, que el creyó se debía a la desesperación de Tatsumi por no ver resultados, era un engaño? Frenético porque era incapaz de desmadejar el embrollo en todo eso, Morigakure optó por lanzar una mirada de sospecha contra el rehén de Seiya, el hombre que se suponía había recibido el rescate en la cima del Fuji.
—¿Qué tienes que declarar? —le exigió con un tono que resultaba peligroso.
El hombre no respondió. Al contrario, se mostró extrañamente impávido ante la insinuación de la amenaza. Morigakure frunció el ceño.
—¿Por qué guías al enemigo dentro de nuestras defensas? ¡Habla!
—¡Es un traidor! —sentenció de pronto uno de sus ninjas que, poseído por un impulso nervioso, se lanzaba contra su compañero—. ¡Muere!
—¡NO! —gritó su líder, pero ya era demasiado tarde, la cuchilla había alcanzado al hombre y lo abría en canal.
No hubo gritos de parte de él, apenas si un soltó sofocado quejido mientras se derrumbaba y su sangre llovía contra la cara de su asesino, salpicando de paso el rostro de una impresionada Serena, que chillaba como posesa, presa del horror. «Esto no es normal», deliberó Morigakure con la velocidad del pensamiento, todavía prisionero del amago con el que intentó detener a su elemento, viendo que la cantidad de sangre no coincidía con el tamaño y la gravedad de la herida. «¡Debería haber más!»
Justo cuando él mismo recuperaba el equilibrio y el cadáver chocaba contra el suelo, una nube espesa de humo, negro y pestilente, salió expedida de la herida sangrante en un chorro a presión. Morigakure se cubrió el rostro con la manga de su kimono y retrocedió de inmediato, resolviendo tardíamente el embuste que no pudo ver desde el principio. Al dejar a su elemento expuesto para que recibiera el dinero, lo había dejado vulnerable también a los posibles ataques de Tatsumi. Obviamente el helicóptero que se presentó en la cima del Fuji cargaba con algo más que simples individuos con la orden de dejar un paquete rebosante de dinero.
«¡Maldito sea!», renegó, mientras la nube de humo invadía la habitación entera y le malograba toda visibilidad. «¡Olvidé que no éramos el único clan de ninjas con los que los Kido tenían contacto! ¡Después de atacarlo y someterlo, debieron, vaya a saber con qué trucos, manipular su mente y su cuerpo para que los trajera hasta aquí,!»
Hubo risas. Risas que no pertenecían a sus hombres.
Claro. ¡Los tipos que se habían encargado despachar a las concubinas de Mitsumasa Kido! Con un pie en el cuello, el santurrón de Tokumaru Tatsumi no era de los que se la pensaban dos veces para mezclarse con "organizaciones criminales".
—¡Grandísimo malnacido! —se permitió escupir, carcomido por la rabia.
—Esto no es cosa que se vea todos los días: Un líder ninja perdiendo los estribos —dijo una voz tranquila imposible de ubicar. El enemigo se ponía en evidencia—. Había oído historias que hablaban sobre su temple, señor Morigakure, una cualidad que hacía de usted un enemigo temible. Pero supongo que es inevitable que el tiempo pase factura aún a los hombres más estoicos y los vuelva unos simples fantoches.
—¿Quién eres? —inquirió el aludido, entrecerrando los ojos con el afán de penetrar las espesas tinieblas, aun sabiendo que era inútil.
—Creo que usted ya se lo imagina —contestó tranquilamente la voz—. Mi padre, nuestro líder, le manda sus corteses saludos. Quiere que le informe que usaremos su cuerpo igual que hemos hecho con su hombre, para infiltrarnos en su aldea y aniquilar a todos los ninjas del clan Fuji. Su territorio, siempre tan hostil al común de los humanos y fértil en demasía para la agricultura, nos será de gran provecho, tanto como los clientes extranjeros que usted se tomó la molestia de granjearse. En este mundo moderno, ya no queda espacio suficiente para que todas las familias que aún viven de las artes oscuras sobrevivamos. Nuestro clan está decidido a alzarse sobre los demás.
—Tu padre es un ingenuo si cree que su clan va a sobrevivir con un aliado como Tokumaru Tatsumi —respondió Morigakure—. Es cuestión de tiempo para que corran la misma suerte que hoy pretenden ustedes darnos a nosotros.
—Puede ser, pero ya nos ocuparemos de eso más tarde. Hoy sólo cuenta que el señor Tatsumi nos ha dado valiosa información a cambio de nuestros servicios. Con mucho tino previó que usted personalmente se comunicaría con la señorita Kido para intentar hacer negocios con ella. ¡Qué gran oportunidad de despachar a un pez gordo! Que usted se haya presentado sin máscaras protectoras de por medio, sin duda con el afán de parecer confiable a los ojos de la señorita, resulta muy conveniente. Eso le costará la vida hoy.
Como para confirmar lo dicho con acciones, enseguida un alarido de agonía se escuchó a la izquierda. Inmediatamente después el sonido inconfundible de músculos violentamente destrozados se oyó enfrente de él. Sus hombres eran aniquilados uno a uno y él no tenía manera de saber cuántos enemigos eran. Para empeorar la situación, empezaba a sentir los sentidos adormecidos. Por la amenaza recibida, no le cupo duda que el causante era el humo que estaba respirando. A saber si los químicos que lo componían resultaban letales.
¡No! Los detalles del acuerdo que Tokumaru Tatsumi hubiera concretado con sus enemigos, no podían incluir la vida de su muy apreciada señora. El mayordomo era un perro fiel que cuidaba con uñas y dientes de su amo. Sabiendo que Saori Kido se encontraba a su derecha antes de que se desatara ese pandemónium, Morigakure se desplazó hacia allá, tanteó el espacio calculado y dio contra una piel extremadamente tersa. La chica gritó en protesta en cuanto la sujetó y, como había previsto, uno de sus atacantes surgió de inmediato para rescatarla. El choque no rebasó más tiempo que el de unas fracciones de segundo; el líder de los Fuji, experimentado guerrero como era, no tuvo que ver a su oponte para localizar el punto vital contra el que iba a arremeter, le bastó con sentirlo acercarse, lo demás fue cuestión de las largas horas que pasó acondicionando su cuerpo para crear memoria celular. El agresor, apenas un muchacho que no rebasaba la veintena, cayó fulminado al suelo cuan largo era.
—¡Seiya! —gritaba Saori Kido retorciéndose en los brazos de su raptor mientras tanto, completamente descompuesta.
—¡Señorita Saori! —contestaba el Caballero con voz histérica.
La habían dejado en paz para enfrentar la amenaza inmediata, pero Serena estaba completamente ciega. Desesperada, manoteaba el aire frente a ella con la horrible certeza de que bien podrían rebanarle un brazo con tanto espadazo resonando a su alrededor. Lloriqueaba de nuevo, el miedo había vuelto a apoderarse de ella, más cáustico y posesivo que antes. Había hecho una promesa y, para asegurarse de cumplirla, la había sellado volviendo suya la causa de sus compañeros. ¿Pero podría cumplirla ahora que se sentía más insignificante que nunca, tan débil y despreciable como un gusano que no puede hacer otra cosa contra su depredador que arrastrarse por el suelo a un ritmo patético? Serena pensó en sus amigas, intentando imaginarlas resolviendo aquella situación, todo para darse valor a sí misma; pero la técnica le resultó contraproducente, porque se dio cuenta que, de todas, la más inútil era ella. Mina era la Sailor más experimentada, llegó a enfrentarse contra criminales de la peor calaña mientras vivía en Londres y se las ingenió para fingir su muerte frente a un agente de Scotland Yard, dizque la fuerza policiaca más capaz del planeta, sólo por el frívolo motivo de dejar de sufrir por el amor no correspondido de Armand; definitivamente Mina no hubiera tenido tantos problemas para salir de ahí. En el caso de Amy, su inteligencia y agilidad mental la hubieran llevado a crear una estrategia de escape en menos de dos segundos. Con su increíble fuerza y su valor a la hora de enfrentarse con gente superior a ella, Lita se hubiera abierto camino. Y Rei… (Serena rió amargamente en su fuero interno) bueno, Rei no sufriría tantas complicaciones lidiando contra ese maldito humo que a ella había dejado a ciegas.
No. Ella no poseía ninguna de las cualidades que a sus amigas volvían únicas. Pensar que de haber tenido el broche transformador a la mano, tampoco la consolaba, porque Serena conocía mejor que nadie sus propias limitaciones. Como Sailor Moon no era capaz de crear un ataque con la fuerza de su espíritu como hacían las demás; dependía de accesorios y, aun así, estos no servían para otra cosa que espantar energías y espíritus malignos. ¿De qué utilidad sería el poderoso Cristal de Plata contra un Rambo como aquellos, armado hasta los dientes?
Mareada por el malsano aire que respiraba, Serena tropezó. Al caer se dio de cara contra un fardo, que rodó perezosamente a un lado después de embarrarla a ella con la sustancia gelatinosa que lo cubría. Serena se pasó los dedos por encima de aquel material y, trémula, se los acercó al rostro para identificarlo. Sus manos estaban rojas. Cerró los ojos con fuerza y comenzó a hiperventilar, sabiendo exactamente contra qué había chocado. Sin embargo, contra toda lógica, su fuerte resistencia a confirmar la abominable realidad era tan salvaje como su impulso de enfrentarla. La cabeza de Serena giró a la derecha y después, con una rebeldía que resultó casi dolorosa, batalló para apartar sus parpados de sus ojos hinchados.
Un par de globos, lechosos, viscosos, horribles, le regresaron la mirada. Torcida y brutal, era de indignación la expresión congelada de aquella cabeza decapitada, extirpada de tajo en el momento justo en que su cuerpo se abandonaba a la embriagadora impetuosidad de la violencia. Del resto del cadáver no quedaba nada a la vista, velado como estaba por la espesa humareda.
Fútil consuelo resultaba el detalle. Para Serena la simple cabeza ponía de manifiesto la ferocidad ineludible de aquel mundo, onírico o real, del que ahora era parte.
Tuvo entonces lugar aquello que tanto se había demorado desde que la jovencita despertara siendo Seiya, en vez de la acostumbrada Serena Tsukino, estudiante de Preparatoria de dieciocho años: sintió que perdía el juicio. La suma de lo absurdo, de las situaciones inexplicables y peligrosas, de la inaguantable sensación de impotencia y de la nula capacidad de control, le pasaba factura finalmente, minando por completo las pocas reservas que le quedaban en cuanto a capacidad racional, evasiva y de aguante.
Gritó como jamás lo había hecho en su vida. Y su grito fue visceral, anímico, surgido desde el fondo mismo de su alma, haciendo audible al mundo material la voz del espíritu de Serena a pesar de que el cuerpo le había quedado inconsciente a causa del shock. Los ninjas del clan Fuji que quedaban vivos, Saori, su captor y los dos invasores que se habían lanzado contra los flancos de Morigakure al unísono, con el afán de reducirle así su capacidad de reacción y asesinarle, quedaron estáticos repentinamente por aquel grito ensordecedor, paranormal, que clavó al suelo sus movimientos con la atracción de una gigantesca fuerza gravitacional. De pronto sentían en carne propia una espeluznante inmovilidad que se les antojó comparar con la de la muerte. Quisieron sobreponerse, recuperar el control de sus miembros, decirse que aquella pausa desesperante era a causa del pánico, puro fruto de la sugestión. Nada les funcionó. Era inminente que estaban bajo la coacción de un ataque real que no se comparaba con nada que hayan experimentado antes.
El grito fue general cuando una llamarada de energía incandescente, cortando bruscamente las tinieblas, zanjaba la sensación de inercia reinante. Tiró de ellos con violencia, como hubiera hecho un remolino, atrayéndolos al ojo del huracán.
—¡Pero qué demon…! —alcanzó a exclamar Morigakure, con los ojos fuera de órbita, sin dar crédito a lo que estaba presenciando.
Cualquiera que fuera el fenómeno que tiraba de él, estaba dejando su cuerpo atrás.
.
Hyoga tuvo que dejar de subestimar a sus enemigos para vencerlos y seguir avanzando tras los pasos de sus compañeros. Sin embargo, encontrarlos le estaba costando demasiado; no era ningún secreto que en cuestión de aplicar las técnicas de rastreo que les había dado Camus, él era con mucho el peor de sus alumnos.
—¡Maldita sea! —chistó al querer hacer una marca en el tronco de un arce. El árbol ya tenía una; estaba dando vueltas en círculos—. Si tan sólo pudiera ver las estrellas, podría guiarme con ellas —renegó a continuación, mirando hacia las copas de los árboles. Las ramas se entramaban unas con otras de manera tal, que apenas podía ver cachos del cielo a través de ellas.
¿Qué habría sido de Seiya, Shun y Shiryu? ¿Habrían dado con Saori? A Hyoga lo apremiaba la urgencia de movilizarse y obtener respuestas a esas preguntas.
Justo cuando se disponía echar a correr, algo lo detuvo abruptamente. Un cosmo desconocido había estallado en medio del bosque. Hyoga se quedó anonadado, no sólo por la potencia de la energía, sino por su naturaleza; el bosque a su alrededor parecía reaccionar a ella, vibraba. Hyoga, el impasible Caballero de los Hielos, se trastornó con aquel fenómeno de ultratumba: un gélido aliento surgió de todas partes, se apretujó contra su cuerpo y avanzó pesadamente, rozándole sin descanso con un aura nociva, llena de perversidad. A ojos vista, lo vio colarse por el sendero frente a él, levantando a su paso el tapizado de hojas muertas, buscando la dirección en que había surgido el cosmo.
Cuando aquella sensación lo dejó atrás y Hyoga pudo reponerse, un nada grato presentimiento le urgió a seguirla, diciéndole que lo llevaría hacia sus amigos.
Haciendo acopio de valor, tragó saliva y avanzó.
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Las cadenas de Shun lo protegieron de una explosión. Su versátil armadura le estaba sirviendo de mucho para enfrentarse con las trampas, pero ya se estaba hartando de encontrar tantas. Así nunca iba a poder darle alcance a Shiryu y Seiya.
Se sentía muy ansioso, no le había gustado la idea de ceder la protección de Seiya a Shiryu, pero no había encontrado otra manera de hacer concientizar a este último para que se tomara en serio las cosas. Le preocupaba mucho Seiya y le pesaba no haber podido hacer nada para impedir que se involucrara en la pelea. Debió haberse quedado con él en la carretera en cuanto supo que la armadura le rechazaba porque no era el mismo de siempre. Sin embargo, no había podido explicar en qué consistía el cambio y no quería que Shiryu y Hyoga atañeran sus excusas para quedarse atrás a la cobardía. ¡Maldita vanidad!
Ojalá y Shiryu tuviera consideración para con Seiya. Si le pasaba algo, no podría vivir con el remordimiento de saber que él pudo impedirlo y optó por dejarlo expuesto al peligro.
—¡¿Pero qué…?! —Shun frenó su accidentado avance, sacudido inesperadamente por una cosmo-energía que le fue imposible identificar. Tuvo un pésimo presentimiento al respecto. Algo no iba bien. ¿Y Shiryu? ¿Por qué no lo sentía? ¿De quién era ese cosmos? Obviamente de él no, ni de Seiya, ni de Saori. Y los ninjas, por descartado, tampoco podían ser los dueños. ¿Quién lo emitía entonces?
Decidido a dejarse de titubeos y darle prioridad a su deber como Caballero, un alarmado Shun echó a correr.
Tenía que dar con Saori.
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—¡No puede ser! ¡Este cosmos es…! —Shiryu enmudeció, dividido entre la incredulidad y el recelo que aquel cosmos le evocaba.
Desde su posición la vista era privilegiada. El cosmo se hacía visible, alzándose sobre los arboles del valle en que desembocaba el barranco donde había caído Seiya. Fatua, opalescente, y fantasmal resultaba la manifestación. Shiryu la vio arremolinarse, ensanchándose a la par que tétricas energías surgidas de todo el bosque se fusionaban con ella, bailaban siguiendo su movimiento giratorio y, finalmente, se dejaban absorber por su centro, que daba a un abismo de tinieblas insondables. Era la primera vez que tenía oportunidad de ver algo así, pero no de sentirlo. Shiryu, apretando los dientes, fue consciente de que todas las fibras de su cuerpo reaccionaban al cosmo, crispándole músculos y nervios, reviviendo en él un sentimiento negativo que solamente una vez había permitido gobernarle.
—¡No puede ser que ese maldito esté…! —calló de pronto, tensando los puños.
Con la mirada fría, resolvió hacer un lado las suposiciones. De ser necesario, zanjaría de nuevo el problema.
Justo cuando empezaba a avanzar, otro cosmo lo obligó a detenerse. Impactado, Shiryu regresó su mirada al cielo y vio un intenso fulgor elevándose del mismo lugar que la energía desconocida, pintando los alrededores de escarlata. Las llamas se trocaron en una figura majestuosa que recordaba un ave, se tragaron el remolino y descendieron violentamente en su dirección, en forma de una mortífera bola de fuego. Shiryu dio un salto hacia atrás, tapándose los ojos y temiendo achicharrase, justo a tiempo para esquivar el aterrizaje, pues de otra manera le habría caído encima. El fuego se dispersó entonces, dejándole ver la inconfundible figura del causante. Era Ikki, que, soberbiamente erguido sobre aquel terreno calcinado y humeante, sujetaba de la cintura a Saori y a un desmayado Seiya.
—¡Ikki! —Shiryu corrió en su dirección, preguntándose cómo demonios había hecho este para enterarse de la situación de Saori, pues llevaba tres meses sin dignarse siquiera en darles señales de vida. ¿Tatsumi lo había puesto al tanto? Lo dudaba, aquellos dos se llevaban pésimo; resultaba el colmo de los absurdos suponer que tuvieran manera de entablar contacto entre ellos.
Ikki, para no fallar en su costumbre de ser grosero con todo el mundo, ignoró los agradecimientos de Saori y las preguntas de Shiryu. Atendiendo a sus propios intereses, puso a un maltrecho Seiya en el suelo, sin dejar de sujetarlo por los hombros. Luego comenzó a darle palmaditas contra las mejillas con tal de hacerlo reaccionar.
Shiryu dejó sus peroratas y sermones y Saori sus rabietas por saberse desdeñada, repentinamente atraídos por el actuar del Caballero Fénix. Ikki, al verlos al fin callarse, se dignó a explicar:
—Desde que me levanté esta mañana, algo me perturbó. En la tarde, los sentí a todos movilizarse y los monitoreé hasta este punto, pero de esa persona no había ni rastro, lo cual se me antojó imposible. Finalmente me decidí a venir, guiado por un cosmo anómalo que había estallado cerca de ustedes.
Los parpados de Seiya se contrajeron. Ya volvía en sí.
—Quedé sorprendido —siguió Ikki, sin quitarle la vista un Seiya que comenzaba a abrir los ojos—. Porque el cosmo que tenía delante de mí no coincidía para nada con la persona que lo irradiaba.
—Darien… —modorra, Serena se sentía reconfortada por la calidez de los brazos que la envolvían. Quiso ver el rostro de su querido Darien, pero todavía tenía la mirada borrosa—. Al fin se acabó… Darien, tuve una pesadi… —Serena, al enfocar del todo al desconocido que la sujetaba, reaccionó con brusquedad, alejándose de él a toda prisa—. ¿¡Quién eres tú!? —gritó, viendo su cara de pocos amigos, surcada por una cicatriz. Enseguida reparó en la armadura que vestía y la relacionó con la de los tipos de su sueño. «¡Oh, no!». Apesadumbrada, se cubrió el rostro con las manos.
—Es lo mismo que te pregunto yo a ti —reclamó el tipo—. Te ves como Seiya, pero no eres él. ¿Quién eres?
La declaración tomó por sorpresa a Shiryu y Saori. Serena también apartó las manos y, levantándose, encaró a su interlocutor con la cara muda de espanto. ¿Quién era? Era la primera vez, desde que se relacionó con esa gente, que escuchaba la pregunta en lugar de la declaración de que ella era Seiya. Temblorosa, afligida y aliviada a la vez por la oportunidad que le ofrecían de ponerse en contacto de nuevo con su propia identidad, miró hacia el cielo. Blanca y angulosa, la Luna menguante parecía sonreírle, pero Serena no pudo alegrarse de constatar que era la misma de siempre, el mismo astro que observaba con sus amigas desde el templo Hikawa y que le servía ella como la fuente de su poder.
Serena lloró, sin poder evadir más el hecho de que no estaba soñando.
—Soy Serena —dijo, sintiendo que se tambaleaba—. Serena Tsukino…
Retrocediendo, el pie de Serena se apoyó en una maraña de hojas secas. El suelo cedió inesperadamente y se tragó su cuerpo. Shiryu, Saori e Ikki gritaron, adelantando las manos para sujetarle y fallando en el intento. Alarmados, los tres corrieron al punto donde el muchacho había desaparecido y se encontraron de lleno con un profundo foso. Seiya… es decir: Serena se encontraba en el fondo, con el cuerpo apretujado entre un cementerio de osamentas.
—¡KYAAAAAH! —gritó ella, al darse cuenta de su situación.
—Cálmate, no grites; son sólo esqueletos —dijo Ikki, tirándose de panza al suelo para ofrecerle la mano y ayudarla a subir. Había escuchado leyendas que hablaban de trampas naturales como aquella poblando los suelos de Aokigahara. La victima caminaba despreocupadamente por un terreno aparentemente sólido y, de pronto, se encontraba dentro de pozos como aquellos, ya poblados por los despojos de infelices que sufrieron la misma suerte con anterioridad. Si la persona se partía un hueso con el golpe y andaba sola, ya podía darse por muerta, nadie le ayudaría a salir; su miserable fin quedaría oculto para el mundo por la falsa telaraña que cubriría la tumba poco a poco, hasta que otro incauto se topara con ella nuevamente.
—Estírate y dame la mano, ¡anda! —escuchó Serena que le demandaban. Lloriqueando, tanteó alzar el brazo, pero un repentino movimiento en la oscuridad, delante de ella, la inmovilizó.
El trio sobre ella también se quedó helado: contra todo pronóstico alguien se erguía de entre la pila de huesos. Lo vieron andar hacia la tal Serena, lenta y erráticamente, sin que su caminata alterara lo más mínimo la disposición de los elementos sobre los que se desplazaba.
La exigua luz apenas si iluminó la turbia entidad. Encorvada la postura, demacrados los rasgos, abatido el brío que la animaba, levantó pesadamente un brazo, cubierto con una manga raída, y extendió hacia ella una mano de falanges largas, descarnadas. La boca se dilató, una cavidad sin dientes, lengua o paladar, mostrando el agujero negro que hacía las veces de entrañas.
—… favor… A- ayu… da… Ayú… da… la… por… fa… vor… —farfulló el espantajo.
Fue el colmo. Serena acabó por desmayarse.
Notas:
Alguna vez leí en un artículo uno de los oscuros orígenes de los ninjas. Todo empezaba con un samurái, uno de esos guerreros japoneses que servían fielmente a un amo y se regían bajo un estricto código de honor. Sin embargo, como todo buen político, a veces el amo necesitaba de su ciervo ciertos servicios criminales que iban en contra de este código. Romperlo significaba caer en la peor de las desgracias para un samurái, pero estaba obligado a anteponer las necesidades del amo a las propias. Así pues, después de llevar a cabo las acciones deshonrosas, el samurái había dejado de serlo y, por lo tanto, ya no podía disponer siquiera del consuelo de practicarse el seppuku, el suicidio ritual para reparar el honor. Él y su familia, manchados irremediablemente, tenían que recluirse en la oscuridad, pues ya no eran dignos de vivir en sociedad. De esta marginación social, nacían algunos clanes de ninjas.
La idea me gustó mucho. Siempre que pensaba en Tatsumi, llegaba a la conclusión de que el tipo tenía madera de samurái (la enciclopedia Taizen confirmó mis sospechas tiempo después), así que un día, hace muchos años ya, armé un alucín que lo mezclaba con ninjas, documentos comprometedores y detalles que a mí me parecían incoherentes sobre la muerte de Aioros. Claro, nunca escribí la mentada historia hasta ahora, que tuve la oportunidad de rescatar la idea, gracias a este fic y la aparición de la serie Omega. Hablar de los ninjas de Omega me pareció el pretexto perfecto para llenar huecos, intentando explicar el porqué de su odio hacia el Santuario y los Caballeros (que Haruto acabara separándose de su clan por influencia de un Caballero me pareció poca cosa, la verdad). Es una pena que en Omega hayan echado a perder el concepto de los ninjas caricaturizándolo en aras de hacerle competencias a Naruto (sí, odio eso de los kunais gigantes). Por esa razón y el gastado cliché de "pasemos por las doce casas y enfrentemos a los Caballeros de Oro" deje de ver la nueva serie. Qué pena, porque tenía cosas buenas, pero la falta de originalidad a la hora de crear enemigos me hartó. Por cierto, para el que no se acuerde o no lo sepa, Senzo Masataka Morigakure es el padre de Haruto, el Caballero del Lobo. En esta historia Haruto rondaría los dos años, si mis cálculos no andan mal, por eso ni me molesté en incluirlo.
¡Nos vemos en el próximo capítulo! Mina al fin se sale con la suya y se le hace con Seiya, y Darien tendrá que vérselas con la furia del señor Tsukino, dando paso a un enfrentamiento largamente postergado entre el yerno y el suegro ;P.
