Capitulo Once

— Iré yo misma. — sentencie segundos antes de estacionarnos frente a su casa. Paul me observo con su ceño fruncido asegurándose de que no estaba bromeando o que mi cabeza funcionaba bien a pesar de tener en cuenta la hora en la que me he levantado hoy. Abro la puerta y salto fuero de mi Roll Royce, mi pequeño príncipe. Lo amo.

Camino a paso firme, con seguridad vistiendo una camisa blanca con unos pantalones negros ceñidos a mis piernas, la simpleza de los colores en mi vestimenta hacían resaltar aun mas mi cara y ojos verdes. No hizo falta que tocara el timbre, ella se me adelanto abriendo la puerta de su casa tomando por sorpresa. Verla allí, de pie, con diminuto vestido blanco haciendo caso a mi petición cuando la he llamado hoy en la mañana, fue como caerme de bruces contra el piso reiteradas veces. Lucia increíble.

Me detuve, excitada por tan solo verla y observe sorprendida a la mujer que llamo mi atención desde el primer momento en que la vi. Nunca había visto un pelo tan negro. Lo tenía brillante acomodado hacia atrás gracias a las patillas de sus anteojos de sol, siendo acompañado por su particular flequillo. Lo tenía largo, tanto que lograba taparle parte de sus pechos siendo en la punta decorado con un degrade uno o dos tonos más claro que su color natural. Si fuese por mi, le diría que se quite aquello, le queda hermoso, pero me gustaría aun mas verla al natural.

Apreté mis manos y contuve el impulso de tocarla y acabar con todos los planes que nos esperaban durante la tarde y si accedía, tal vez noche. Carraspeo su garganta y eso me hizo entender que mi escrutinio la estaba haciendo sentir incomoda.

— Rachel, te ves encantadora.

— Gracias. Me has dicho que me vista con algo cómodo pero un poco formal, solo he encontrado este vestido blanco.

— Estas perfecta, y me alegra que hayas accedido a ponerte un traje de baño.

— Si. Pero ¿Qué hay con tu vestimenta? Creo que quedare fuera de lugar.

— Oh, no. No le hagas caso a lo que llevo, así estas perfecta. — me asiente dudosa pero toma su bolso y sale de su casa. No me ha invitado a pasar, yo tampoco me invitaría si fuese ella.

— ¿Dónde iremos? — pregunta cuando abro la puerta del auto para que entre.

— Es un almuerzo de negocios — abre sus ojos dudosa, queriendo escapar de su asiento — Pero lo es para mí, para ti será diversión… lo prometo. — me siento a su lado cerrando mi puerta sin chances a que se atreva abandonarme. — He querido cancelar esto pero me lo han imposibilitado, y no quería suspender mi encuentro contigo, eso está claro. Solo me tomara una hora como mucho, prometo no dejarte sola.

— Pero… — me mira dudosa — ¿De qué es la reunión? — Niega con su cabeza — Se que de negocios, pero ¿Qué tipo de negocios?

— No seas tan curiosa, eso no me agrada.

— Lo siento.

— Solo te sentaras a mi lado, comeremos y después nos marcharemos si lo estas pasando mal.

— ¿Sueles ir siempre acompañada? — suspiro y junto paciencia para despejar sus dudas aunque no me hace la mas minina gracia.

— No.

— ¿No? — me pregunta confusa

— No, Rachel. — respondo seca y cortante, lo suficiente para que deje de preguntar.

— ¿Cómo has pasado la noche? — rompo el silencio que mantuvimos por unos diez minutos.

— Bien. — Me responde con serenidad sin mirarme — ¿Y tú?

Poso mis ojos en su perfil y lo recorro sin piedad alguna, ella mantenía su atención fija en el asiento de Paul. Sentía como mi corazón se aceleraba dentro de mi pecho y el estomago se me endurecía, solo por mirarla. Me sentía torpe, débil y hecha un lio.

— Bueno, no la he pasado tan mal como tu — respondo con cierta verdad. La realidad es que la he pasado asquerosamente mal tras imaginarme a Rachel con tipos en la cama, con mi hermano más precisamente. — pero he demorado más de lo habitual en encontrar el sueño. Pero estoy segura que hoy será distinto.

Asiente con su cabeza y sonríe, pero creo que ella aun no tiene idea de lo que estoy hablando. El auto se detiene por unos segundos y Paul me hace seña para que baje unos segundos. Muevo mi cabeza hacia la ventanilla y niego mordiéndome el labio. Esto no estaba entre mis planes.

— Espera aquí un momento. — solo asiente y yo decido bajar a solucionar un posible problema.

— Hermana, ha llamado Simmons avisando que lo ha encontrado.

— ¿Dónde? — pregunto haciendo caso omiso al hecho que este averiguando quien se encuentra dentro de mi auto. Tomo mi móvil y marco el número de mi detective.

— No me ha dado información, me ha dicho que solo lo hablara contigo. — negué con mi cabeza fastidiada, el hecho que se me haya escapado de las manos complica todo mis planes.

— Simmons ¿Qué tienes? — pregunto tras escuchar su voz. Me alejo lo suficiente como para que solo yo sea protagonista de esta conversación.

— La información suficiente como para proceder.

— ¿Tienes la localización exacta?

— Así es. — el alma me vuelve al cuerpo. La mejor noticia del día, sin dudas será el mejor.

— ¿Iras al almuerzo a beneficio?

— Si. Estoy terminando con unas llamadas y me encaminare hacia allí.

— Perfecto, allí hablaremos tranquilos. Nada de mensaje mucho menos llamadas, ya lo sabes.

— Soy detective, Quinn. Déjalo en mis manos, nos vemos pronto.

Sin más corto la comunicación y vuelvo hacia donde se encuentra mi hermano con Paul y Samuel.

— ¿Qué hace esa puta en tu auto? — tenso mi mandíbula y me reservo las ganas de golpearlo directo en su cara.

— Pensé que anoche había dejado las cosas claras para ti.

— Ni siquiera me la he follado, la imbécil ha echado a perder casi una bolsa entera.

— ¿Eres imbécil? — grito empujándolo, provocando que caiga de bruces contra el suelo de tierra, donde nos hemos estacionado brevemente. Quiero matarlo y comérmelo con mis propias manos. Siento rápidamente las manos de Samuel a mí alrededor impidiendo que siga avanzando en contra de Charlie.

— ¿Por qué? — se levanta sacudiéndose el traje lleno de tierra

— ¿Te ha visto? ¿Ha visto como sacas perfume de tu bolsillo? ¿Lo has probado?

— No me ha dejado, me pidió que no lo hiciese frente a ella. — grito furiosa por la estupidez que ha cometido mi hermano frente a Rachel.

— Eres un imbécil, aun no sé porque permito que sigas a mi lado maldito estúpido. Debí dejar que hicieran lo que quisiesen contigo, no debí salvarte. Complicas todo ¿entiendes?

— Cálmate, Quinn. — me pide Samuel

— ¿Qué me calme? — pregunto histérica, irónicamente.

— Si. Rachel nos está observando desde su asiento. — suspiro y vuelvo a mi papel teniendo todo bajo control.

— No he terminado contigo, Charlie. — lo apunto — Si las cosas salen mal, no te salvaras de esta. — sin más regreso hacia el auto bajo la atenta mirada de Rachel.

— ¿Qué ha sucedido? ¿Te encuentras bien? — su preocupación es real, tan real que casi puedo palparla.

— Todo está bien — sonrió — ¿Tu lo estás? — frunce su ceño confundida.

— Si. — se acomoda en su asiento y vuelve su vista al frente.

— Arranca, Paul. Ya no vuelvas a detenerte. — sin más emprendemos viaje dejando Lima atrás.

La conocida electricidad entre nosotras volvió hacer acto de presencia entre nosotras, con muchas más intensidades que las anteriores veces por lo furiosa que estaba yo y lo curiosa que se había puesto ella.

— ¿Qué sucede? — pregunto tomándola del brazo tras bajarnos del auto. La hora que pasamos de viaje yo lo hice entre llamadas y silencios, dejando en claro que no me apetecía en absoluto entablar una conversación con ella en esos momentos. Mi mente era un caos.

— Tu.

— ¿Yo? — frunzo mi ceño y acaricio su brazo. Ella se suelta de mi agarre y se aferra a la tira de su bolso, ese gesto tan particular que tiene. Inmediatamente siento como mis hombres nos rodean y nos dan luz verde para adentrarnos en el espacioso lugar donde se realizara el almuerzo al aire libre.

Verla tan distante me ponía furiosa pero a la vez me excitaba a niveles insospechados. Pose mi mano en su espalda incitándola a que avanzase casi delante de mí. Deleitar mis ojos con su parte trasera era una revelación. Tenía buen cuerpo, no el de una modelo pero lo suficiente para cautivar mis ojos. El pequeño vestido blanco hacia resaltar su cintura y largas piernas, teniendo en cuenta también su morena piel que brillaba bajo los rayos del sol. Me sentía tentada de agarrarle nuevamente aquellos mechones de pelo que bajaban por su espalda en forma de rulo. Por muy furiosa que estuviera comenzaba a desearla. Demonios.

— Debes colocarte protector solar. ¿Lo has hecho? — Me niega con su cabeza aun manteniendo su silencio — Hazlo. — vuelve a negar. —Rachel — advierto

— No estoy de humor para tus exigencias, Quinn.

— Yo puedo hacer que lo estés.

— No me interesa.

Pestañeo seguido tras oír su sentencia y siento como los ojos de mis hombres se posan en mí. Hago un gesto con mi cabeza y ellos se alejan lo suficiente como para darnos privacidad.

— ¿No te interesa? — niega con su cabeza a la vez que me coloco a su lado — No me mientas. Nunca.

— Yo no miento. Lamento no ser una más de tus chicas que besa el piso por donde caminas — trago saliva y empuño mis manos. Atrevida.

— No sabes lo que dices.

— ¿No lo sé? Por no sentirme atraída por ti ¿no lo sé?

— No es la señal que me has mandado en nuestros últimos encuentros. — me giro frenando su trayecto esbozando mi particular sonrisa que muestras mi perfecta dentadura. Ella odia este gesto mío, no mi sonrisa, sino mi egocentrismo y ser perfectamente consciente que me desea tanto como yo lo hago con ella. — Es evidente que aquí — nos señalo mutuamente — hay atracción.

— Seguramente lo que diré a continuación no tenga mucho peso considerando mi empleo actual, pero para que me acueste con alguien antes tiene que gustarme o mínimamente atraerme, y tú has quedado descartada desde un primer momento.

— Tiene peso lo que dices desde el momento donde has dejado en claro que no tendrías sexo con tus clientes como parte de tus condiciones.

— Me alegra que lo tengas en claro.

— Somos dos — me frunce el ceño — Yo también elijo con quien acostarme, pero en estos momentos no tengo ánimos mucho menos tiempo para discutir eso contigo.

— Entonces ya somos dos. — me acerco un poco más hacia ella levantando mi mano hacia su cara obligándola a que no pueda retroceder hacia atrás rozandole los labios con mi pulgar, sintiendo como parte de su saliva queda adherida a mi dedo. Instintivamente me lo llevo a la boca y saboreo parte de su cuerpo. Deliciosa.

— ¿Qué haces? — me pregunta asqueada por lo que acabo de hacer.

— Solo pruebo lo que tendré al final de todo esto. — veo como traga saliva y yo sonrió triunfante logrando su nerviosismo.

— ¡Señorita Fabray! — el odioso anfitrión nos interrumpe provocando que mis hombres rápidamente se coloquen a nuestro alrededor asustando al hombre calvo.

— Harry. — asiento con mi cabeza entregándole mi mano

— Es un honor tenerla aquí. Su mesa ya la espera.

— Perfecto. Esta vez he venido acompañada. Esta bella señorita se sentara a mi lado, Rachel Berry. — veo como el hombre se presenta y comienza a besar su culo como es de costumbre cada vez que me ven acompañada. Ella solo asiente con su cabeza y no le da lugar a que investigue mucho sobre su vida personal. Me gusta eso.

— Por favor, síganme. — nos pide tras dar algunas indicaciones y yo no dudo en tomar la mano de Rachel fuertemente tras sentir como quiere separarse de mí.

— No armes espectáculos aquí. — susurro a su oído. Ella parece entenderlo de inmediato y se deja llevar por mí, llegando rápidamente a la mesa y sentarse a mi lado. No puedo predecir cómo se está sintiendo ahora mismo teniendo en cuenta que la mitad de las miradas se están posando sobre ella, pero sin embargo Rachel sabe mantener la compostura y a su rostro lo mantiene suave sin alteraciones o nerviosismo.

— ¿Quieres tomar algo, Rachel?

— No, gracias. — Sonrió. Con ese carácter se vuelve aun más apetecible. Cruza sus piernas y el mantel descansa un poco en un trozo de su piel. La forma tan bonita en que se le marcan sus cuádriceps y su culo removiéndose en el asiento me dejan sin aliento.

— Quiero pensar que has considerado lo que te he dicho anoche sobre tu asistencia en el bar.

— No discutiré eso contigo.

— Nadie está discutiendo aquí, pero no quiero volver a verte allí.

— Iré hasta recibir una notificación con mi despido.

— Rachel, no sigas por ahí. No querrás encontrarte con sorpresas. — frunce su ceño pero mi hermano nos interrumpe.

— ¿Has visto con la puta que ha venido Rick? — Me pregunta en tono burlón ignorando completamente a Rachel — Oh, lo siento. ¿He insultado a tu raza? — le pregunta a Rachel. Aun no entiendo el porqué de su batalla personal con ella.

— Charlie. — advierto pero Rachel me deja con la boca cerrada.

— ¿Mi raza? — Pregunta con prepotencia — ¿Cuál? ¿La que vas a buscar todas las noches al bar? No he notado que te quejes, blanquito.

— ¿Quién te ha permitido hablarme, zorra?

— ¡ey, ey! — Interrumpo molesta — ¿Qué dices?

— Lo que has oído.

— Atrévete a repetirlo una vez más. — tenso mi mandíbula

— ¿Qué te pasa? ¿Acaso ya se ha metido en tus pantalones? — golpeo la mesa llamando la atención de la poca gente que merodeaba a nuestro alrededor.

— Escúchame, imbécil — rompo la distancia que nos separan quedando de perfil a Rachel. Puedo sentir su aliento en mi mejilla — Si no quieres que vuelva apretar tus bolas y patear tu culo, le pedirás perdón de Rachel ¿me has oído?

— Vamos, Quinn… ya deja las bromas.

— Te partiré la cara frente a toda esta gente si no lo haces ¿Eso quieres? — paso mi mano sobre las piernas de Rachel y llego hasta el brazo de Charlie apretándolo duramente. — Responde, mierda.

— Déjalo. — Rachel coloca su mano en mi antebrazo pidiendo que ceda en el agarre y deje las cosas allí.

— Perdóname, Rachel. — veo como la mujer que está a mi lado abre sus ojos y yo aflojo el agarre satisfecha.

— Esta bien. — responde aceptando su perdón pero sin mirarlo en ningún momento. — Me apetece tomar algo.

— Claro. — ignoramos a mi hermano y de inmediato mando a llamar a un mozo para que le traiga una copa de champagne. — Lo siento. — rozo su espalda dándole peso a mis disculpas

— No lo hagas. Es un asunto con tu hermano. No tienes que hacerte cargo de eso.

— Es sangre de mi sangre. Debo hacerlo.

— Solo espero que no seas igual que el. — susurra antes de beber un trago de su copa. Sus palabras se cuelan por mi cuerpo debajo de mi piel transmitiéndome un escalofrío. En momentos así me siento muy poca cosa para semejante mujer. Mientras terminaba mi champagne me dedique hacer sociales, el motivo por estar allí, y le presente a Rachel varias personas importantes para sociedad, para mí no lo eran en absoluto. Era perfecta, ella hablaba en los momentos oportunos y su sonrisa jamás abandono su rostro siendo completamente educada, pero sé que realmente no la estaba pasando para nada bien. Yo me he portado como una imbécil todo este tiempo, y era consciente del muro de hielo que solía levantar entre nosotras. Eso debía cambiar si quería que mi relación con Rachel se alimentase de la forma correcta.

El almuerzo se anuncio y dio comienzo a una incesante conversación con las personas que compartían nuestra mesa. Para incomodidad de Rachel, Charlie aun seguía sentado a su lado, pero por temas de negocios no podía apartarlo de nuestra mesa. Sé que ella no está prestando atención a lo que hablamos, y lo agradezco mas allá de que mis socios sean reservados con lo que dicen. No intento participar en lo absoluto, lo cual me alegre. No pensaba que pudiera surgir algo agradable de aquello.

El momento donde un hombre subió al pequeño escenario que descansaba frente a nuestra mesa llego, incitándome a que lo acompañase en un discurso. Ella jamás se imagino que hablaría ese día, sus ojos sorprendidos me lo dieron a entender, y la observe removiéndose en su asiento para sentarse en una mejor posición sin perderme de vista. Yo estaba reclamando su atención, y ella sin lugar a dudas satisfacía mi petición silenciosa.

Saque un papel doblado a la perfección tras la presentación de Harry y desvié mi mirada de la de Rachel, volviendo a mi aspecto inicial, a la Quinn Fabray que todos conocían, la que llevaba las riendas de la situación. Poderosa.

— Como todos los años… — comienzo con mi discurso — el encuentro entre nosotros vuelve a repetirse con el claro fin de recaudar los suficientes fondos para lograr sacar niños de las calles o ayudar a las familias más desfavorecidas. — relato mi discurso tomándome casi diez minutos explicando los objetivos que pretendíamos para ese año. Rachel no me quitaba la vista de encima, y yo me sentía aun más poderosa, como si aquello fuese posible.

Tras terminar mi discurso, todos se pararon para aplaudir mis palabras tomándome por sorpresa el ímpetu que depositaba Rachel en cada aplauso. Los halagos no demoraron en llegar a mis oídos mientras bajaba del escenario y regresaba a mi mesa.

— Eso ha sido genial. Es muy valorable lo que hacen aquí. — ni siquiera había tomado asiento cuando mi acompañante me sorprende con sus palabras.

— Al menos lo intentamos. — le sonrió

— Es muy afortunada, señorita. — la esposa de uno de mis socios le comenta sonriente a Rachel.

— Solo somos amigas. — aclaro. No deseo que vuelva a sentirse incomoda.

— Lo soy, y lo sé… créame.

Abro mis ojos, pero sonrió alegre tras sentir el calor de su mano sobre la mía. Aun no puedo creer lo que ha dicho, pero no detendré mi atención en ello. La mujer nos sonríe orgullosa y abandona la mesa junto a su esposo y las demás parejas. El juego de polo comenzara en cualquier momento y muchos de ellos quieren ocuparse de conseguir el mejor lugar para verlo.

— Buenas tardes, señorita Berry. — Samuel se acerca a nosotros portando su mejor sonrisa. Sé que trae buenas noticias.

— El es Samuel Evans, mi primo. — aclaro haciendo las presentaciones correctas.

— Mucho gusto. — ella extiende su mano y Sam no duda en dejarle un beso en el dorso. Si mi hermano fuese un poco así, su puesto a mi lado no correría riesgos.

— Quinn, alguien quiere verte.

— No puedo ahora. No dejare a Rachel sola. — me paro de mi asiento y le tiendo la mano a Rachel para que nos marchemos a ver el partido.

— Es Simmons. — Aquel apellido me hace retroceder en mis palabras y dudar al respecto. Me urge hablar con él.

— Ve, Quinn. Yo estaré bien. — escucho su suave voz y busco su mirada asegurándome que no lo dice por compromiso. — Quizás, Samuel quiera acompañarme en tu ausencia. — hace una mueca con su boca, como si no le quedara mas remedio.

— Por mí no hay problemas. — asegura mi primo.

— De acuerdo, pero volveré enseguida y si quieres nos marcharemos de aquí. — Ella asiente y yo me acerco a Samuel — Busca las sillas con mi apellido, no dejes que nadie se le acerque ¿me oyes? — susurro en su oído. El solo asiente y asegura a Rachel en su brazo encaminándose hacia el infinito campo verde que descansa a un lado de nosotros.

Camino nerviosa hacia el salón donde será la fiesta por la noche. No me es difícil hallarme aquí dentro teniendo en cuenta que parte de esto me pertenece. Sin mas me abro camino entre los empleados y me dirijo hacia el estudio oculto que hay en la segunda planta. Como era de esperarse Simmons ya me espera con varios papeles en su poder, dentro de una carpeta negra.

— Señorita Fabray.

— Simmons. — ambos nos damos un apretón de manos. — Dime que tienes buenas noticias.

— Las mejores — sonríe volviendo a tomar asiento. Yo bordeo el escritorio y enciendo la luz del pequeño velador que decora el mobiliario. Los ventanales que descansan a mis espaldas son lo suficientemente grandes como para que entren los rayos del sol, pero a esta hora de la tarde solo la sombra baña esta parte de la fachada.

— Comienza hablar. — tomo la carpeta que me extiende. La abro sin vacilaciones y mis ojos recorren toda la información que ha recopilado para mí. Brillan de satisfacción, regocijo e ilusión. Casi puedo olerlo, puedo sentir su olor bajo mis narices. Te tengo.

— Nos ha estado despistando por diferentes estados de aquí, pero finalmente anoche hemos dado en el clavo. Recibí una llamada desde el aeropuerto de México.

— Sí, estoy leyendo esa parte. — respondo inmensa en mi lectura.

— Bien. Se ha ido a Tijuana, señorita Fabray. — cierro la carpeta que hay entre mis manos y le doy un golpe a la mesa, echando hacia atrás mi asiento provocando que golpee contra el ventanal.

— ¡Mierda, mierda, mierda! ¡No!

— Cálmese, tal vez…

— Es la segunda vez que me piden que me calme en el día, no se atreva hacerlo usted también. — lo apunto furiosa por la información. El solo asiente y espera a que me calme un poco. Demonios, lo tengo en la palma de mi mano y el desgraciado vuelve a escurrirse. — ¿Sabes si se han encontrado ya?

— No. Se ha hospedado con un nombre falso en el motel que le he indicado en los papeles. No ha dado señal alguna en el exterior, eso es lo que me han informado mis hombres apenas dos horas atrás.

— ¿Dos horas? — Veo como asiente — Vuelve a llamar. ¿Con que nombre se hospeda?

— Marcos Hernández — responde tras hacerse de su móvil y proceder con mi petición.

¿Cómo un imbécil puede escaparse así de mi? ¿Cómo puede salirse con la suya? No ha de ser tan imbécil si logra salir de Estados Unidos bajo mis narices. Por dios santo.

— No ha salido, señorita Fabray.

— Bien. Eso nos da tiempo a traerlo de nuevo hasta aquí. Diles a tus hombres que no lo dejen alejarse de allí mucho menos que se encuentre con personas en ese motel. Es una orden de mi parte. — Asiente — Tienen que evitar que se encuentre con los hermanos Arellano. Delo contrario, yo misma me hare cargo de todos ustedes ¿Has entendido?

— Por supuesto, señorita Fabray. — escucho como vuelve a llamar a su gente y yo me encamino hacia el ventanal fijando mi mirada en el partido de polo que ya ha comenzado. Allí mismo, frente a manada de caballos que corre tras una bocha, se encuentra ella, debajo de un árbol junto a Samuel. Ella, mi próxima conquista.

— ¿Sabes que tengo la carnada perfecta para ese hijo de puta? — le comento a mi detective con una sonrisa socarrona.

— ¿De qué hablas? — frunce su ceño y yo solo me limito hacerle un gesto para que se coloque a mi lado, frente al ventanal.

— ¿Lo ves a Samuel? — veo como busca con su mirada. Asiente rápidamente — ¿Has visto la preciosa mujer a su lado? — vuelve asentir pero esta vez confundido.

— ¿Qué tiene que ver esa señorita en todo esto?

— Saluda a su esposa.

— ¿Cómo dices?

— Rachel Berry, su esposa… — dejo caer — La esposa del hijo de puta que morirá en mis manos.

— La señora Weston. — afirma y yo me limito a dejarle una palmada en su espalda con la clara intensión de volver al campo de polo.


Pidieron un capitulo desde el punto de vista de Quinn, aqui esta. No se vuelvan locxs!

Saludos.

Glee y sus personajes no me pertenecen.