Pescado.

Era un precioso día. Los pájaros cantaban, las mariposas volaban, su tetera hervía, los gatos maullaban… Espera ¿gatos?

Guatemala, la hija del antiguo Imperio Maya, gruñó consternada.

-A la… ¿cómo demonios entraste aquí Aristóteles? Grecia debe estar partiéndose la cabeza para encontrarte… ¿me estás escuchando?

Él simplemente pasó de largo, sin siquiera mirarla, con dirección a su cocina.

Se quedó en la sala unos momentos, ofendida de que un gato la hubiera ignorado, hasta que se acordó que estaba descongelando pescado.

-¡Máld*** gato! ¡Malna***! ¡Ven acá tú, plaga!

Después de una ridícula persecución parecida a las de esa tonta caricatura americana, Tom y Jerry, cayó rendida en el suelo, completamente exhausta.

Aristóteles, victorioso, la observaba desde la parte superior del refrigerador mientras devoraba lo que se suponía que sería su comida.

-¿Por qué yo?- gimió la pobre joven.

Finalmente le ganó el sueño, y así se durmió en el suelo. La despertó el sonido de una voz y la molesta sensación de tirones de cabello.

-María… o me dejas o te juró que utilizaré a Arjona en tu contra

-… ¿Qué clase de… amenaza es esa?

Sus ojos se abrieron casi al mismo tiempo que se sentaba rápidamente. Lo que no fue una buena idea, ya que por las leyes de la física o lo que sea golpeó con la cabeza a la persona inclinada sobre ella.

-¡AUCH! ¡Heracles! ¿Qué rayos…?

-¡Duele…!- gimió el hombre, agarrándose la cabeza –Y eso… debería preguntarlo yo…

Ixchel masajeó sus sienes, intentando contar hasta cien como solía recomendarle Belice. Respiró y le sonrió forzadamente al griego, intentando reprimir un tic nervioso.

-Pero esta… es mi casa… tarado…

-¡Oye…!… ¿Te estás burlando de mí…?

-No…- contestó sarcástica –sólo… me gusta… hacer muchas pausas…

Heracles optó por no contestar, y se incorporó del suelo para limpiarse los pantalones. Ella por su parte siguió recostada, observándolo en silencio, pensando que lo había podido traer hasta aquí.

"Ah, claro, el gato…" Estaba a punto de decirle que su desgraciado gato probablemente estaba en la cocina, cuando recordó algo importante.

Traía falda.

-¡GAH!

-¡¿Qué…?! ¿Qué te pas-? ¡Ay…! ¿Y ahora por qué me golpeas?

-¡No mires!

-¿Mirar… qué?

-¡Pervertido!

Una vez que se hubo aclarado el asunto, o más bien, una vez que Grecia logró calmar a la otra nación, pudieron sentarse tranquilamente en el sofá.

-¿Aún te duele?- murmuraba una apenada Ixchel, colocándole una bolsa con hielo al chico en la frente.

-Algo…- masculló una maldición en cuanto sintió el frío en su frente. Alfred tenía razón, la mujer sí que tenía puños…

-De todas maneras ¿qué venías a hacer a aquí?- preguntó ella, sonrojada.

Tenía la secreta esperanza de que dijera que era para verla a ella, pero todo le tiraba a cualquier cosa menos eso.

-Yo… Aristóteles…- viendo la mirada de desconfianza en su rostro, alzó las manos defensivamente –tal parece… que se arrepintió de quitarte tu comida…así que te preparé esto

Sacó de su bolsa de viaje un pequeño pomo que la joven miró con curiosidad. Al abrirlo, el olor a pescado fresco inundó sus fosas nasales.

-¿No quieres quedarte a comer?- preguntó tímidamente.

Como era realmente ridículo que el griego regresara a su país en la noche, terminó instalándose en uno de los cuartos de visita. Mientras preparaba su cama, Aristóteles lo miraba burlón, si es que es posible que un gato haga eso.

-Oh, déjame- gruñó -no es como si le fuera a decir que quería verla a ella… ni que mi gato es un celestino empedernido… eso sería… muy raro, hasta para mí


Guatemala: Ixchel Dulce Fernández Carriedo.

(De Himaruya Hidekaz) Grecia: Heracles Karpusi. Y Aristóteles, el gato.