"No podemos ayudar a todos, pero todos podemos ayudar a alguien".

Ronald Reagan.


Gracias.

1943, enero.

-Calla por favor, nos oirán…

-Lud… tengo miedo…

El joven abrazó a la menuda chica con todas sus fuerzas, intentando acallar sus sollozos. Podía oír las pisadas de los miembros de la Gestapo ir y venir por todo el bosque. Creía oír todo el tiempo sus pisadas y sus respiraciones, como si las tuviera detrás de la nuca.

En un gesto claro de protección, la joven tocaba su vientre, aún plano.

¿Cómo podría traer un hijo a un mundo como este? Uno en el que no habría lugar para él si el Reich lograba su propósito. Ya no estarían a salvo en ningún lado, ni siquiera en América.

El hijo de una semita y un ario: una impura y un traidor.

Escoria, eso era todo lo que eran a los ojos del gran partido. Que va, a los ojos de Alemania, esa Alemania cegada y drogada por aquellos que habían jurado protegerle, que le mentían y mancillaban su nombre, atribuyéndole crímenes cuya naturaleza solo unos cuantos conocían.

Entre ellos su hermano.

Cada vez estaban más cerca, podía sentirlo. Sus cazadores no cejaban en su búsqueda, porque eran la prueba de aquello que más odiaban: debilidad y traición.

Débil por tener compasión, por oponerse a los que predicaban cosas tan ridículas e inhumanas; y un tremendo traidor porque amaba al enemigo, a la basura no germánica.

Él, que era hijo de un gran capitán de la primera Guerra. Él, en quién su hermano tenía puestas tantas expectativas para su futuro, se había enamorado de una fugitiva de los Laeger (1).

-Por aquí

Se congeló en su lugar, conteniendo la respiración. Miryam se pegó más a su cuerpo, intentando por todos los medios permanecer lo más callada que podía. Ludwig puso sus labios en la coronilla de la chica, pidiéndole a Dios que, por lo menos, los dejara vivir a ellos.

Sentía la mano invisible del Reich sobre su nuca, ahorcándolo con fuerza. Cada vez más cerca, más, y más cerca…

Las pisadas se detuvieron justo enfrente del arbusto en el que estaban escondidos. Procuró moverse con todo el sigilo posible, en un intento de observar a sus perseguidores. Las lágrimas se le atoraron en la garganta cuando reconoció las botas de su hermano.

Pasaron largos minutos antes de que alguno de los dos se moviera.

-Aquí no hay nada, revisen el área oeste

-Pero señor, eso es del otro lado del bosque…

-No sea marica y haga lo que le ordeno

Sus labios estaban secos, al igual que sus ojos. Sabía que Gilbert seguía allí, de pie frente al arbusto en el que el desertor y la fugitiva se encontraban; y era muy probable que el capitán también supiera que estaban allí.

-Hay un contacto que te espera junto a una carreta, justo antes de la frontera, él puede pasarlos al otro lado sin demasiados problemas… tienes media hora

Como no se movieran, las botas comenzaron a alejarse hasta que su sonido se perdió en la noche, confundiéndose con los distantes gritos del terror nazi.

1950, diciembre.

Un pequeño niño estaba arrodillado frente a una lápida, contemplándola entre confundido y fascinado.

En reconocimiento a Gilbert Beilschmid, valiente alemán muerto por ayudar a dos fugitivos del Reich. 1913-1943. Placa colocada por su agradecido hermano y familia.

Una sola palabra había quedado grabada en la mente del pequeño, una que sobresalía de todas las demás por su letra grande y delicada:

Danke.

-¡Gilbert!

-¡Voy papá!


(1) Denominación alemana de los Campos de Concentración, comunmente usada en la jerga de las SS.

Danke: Gracias en alemán.

Israel: Miryam Hassan

(Himaruya Hidekaz) Alemania: Ludwig Beilschmit; Prusia: Gilbert Beilschmit