"Cualquiera puede enfadarse, eso es algo muy sencillo. Pero enfadarse con la persona adecuada, en el grado exacto, en el momento oportuno, con el propósito justo y del modo correcto, eso, ciertamente, no resulta tan sencillo".
Aristóteles
Enojo.
Lukas no era el tipo de gente que se enojaba fácilmente.
Bueno, tal vez Mathías era molesto, y en general todo lo que hacía le parecía estúpido, pero ¡vamos! Tenía mucha más paciencia que Érik, eso seguro.
-Tsk ¿qué estoy haciendo aquí?
Buena pregunta ¿y la respuesta? La mujer bailando enfrente suyo.
Apretó los dientes, sintiendo la presión en su vaso aumentar considerablemente. Se recordó que tenía que controlarse, porque realmente no podía seguir pagando por romper los vasos; le bastaba con los que había roto hace tres días en casa de Berwald. Reitero: el danés desesperaba hasta el más fuerte.
-¿Bailamos, preciosa?
Cabrón.
Estaba decidido, se iba de ahí porque esto era simplemente ridículo ¿A él que rayos le importaba si la tal Carmen Fernández bailaba con esos imbéciles? Nada, eso era. Además, ¿cómo era que una chica a la que nadie pelaba ni invitaba a ningún lado de repente aparecía en una fiesta arreglada por primera vez en su vida, y terminaba con una pila de pretendientes que de ninguna otra manera le hubieran hablado o recordado su nombre?
Hipócritas, eso es lo que eran.
Pero ¿quién era él para juzgarla o impedírselo? Sólo era su compañero de laboratorio, no es que fueran amigos ni mucho menos novios. Claro, le agradaba, y la encontraba muy linda aún con sus lentes de pasta e increíblemente tupido cabello. Y la manera en la que arrugaba la nariz y le brillaban los ojos cuando se reía… Bueno, tal vez le gustaba un poco. Pero eso no le daba ningún derecho sobre ella.
Venga, ni siquiera sabía si ella lo veía como algo más que un compañero de clases.
Lo más probable era que no.
Después de todo, no era muy sociable, ni amable, ni abierto, o carismático; en resumen, no tenía ninguno de los atributos de los príncipes encantados de esos tontos cuentos que leía su hermano. Aunque Mathías solía decir que tenía una cola de pretendientes, él no le creía.
Maldición, realmente estaba enojado.
Suspirando, cerró los ojos y se frotó el puente de la nariz. Decidido a acabar con toda esta estupidez, se dirigió a la salida, sin mirar hacia atrás porque sabía que ella aún seguía bailando con todos esos tarados, y volver a mirar sólo contribuiría a aumentar su mal humor.
Lo bueno era que ella ni siquiera había notado que estaba allí, no sabía que hubiera hecho si ella lo hubiera visto… Una estupidez, probablemente.
Juntarse con Mathías le hacía daño.
Una vez afuera pudo respirar el aire fresco, sintiéndose mucho mejor. La noche estaba despejada, y podía vislumbrar una que otra estrella, además de que la Luna hoy sí era visible. Sonrió un poco, centrando su atención en el cielo nocturno.
-¿Lukas?
Con un sobresalto se dio vuelta, demasiado sorprendido como para ponerlo en palabras.
Carmen parecía nerviosa, nada que ver con la chica de hace un rato que bailaba tan animadamente en la pista de baile. Y… ¿estaba sonrojada? ¿Por qué? ¿Tendría frío?
-¿Te encuentras bien? No deberías salir afuera después de estar en un lugar tan cerrado- sabía que su voz era monótona, pero esto era ridículo ¿Qué no podía imprimir un poco más de preocupación? Cielos.
Carmen esquivó su mirada, aparentemente decidiendo que sus pies eran más interesantes que él.
-¿Ya te vas?
Esa pregunta lo tomó por sorpresa. Y seguramente se veía aturdido, como dedujo por la reacción de la chica.
-¡N-no quería molestar!, es sólo que yo, em…- sus piernas comenzaron a moverse con inquietud, lo que lo puso a él más nervioso porque el vestido que traía puesto era bastante corto.
-Te ves bien…- suave, realmente sutil. Es más, por qué no decía de una vez: "Te ves sexy", eso sería la cereza del pastel.
-¿T-tú crees…?- murmuró ella, sonrojándose –mis hermanas… ellas m-me arreglaron… personalmente, no me gusta mucho vestirme así pero no me pude negar… pueden ser muy convincentes…
Pero él no la escuchaba, concentrado como estaba en el obvio temblor de su pequeño cuerpo, y en sus pies ligeramente morados.
Meditando sobre lo que iba a hacer a continuación, buscó interceptar su mirada, sin éxito alguno. Finalmente se decidió a inclinarse sobre ella, (cosa que no era muy fácil, porque aunque no era tan alto, a ella le sacaba casi media cabeza) observando con consternación como ella retrocedía violentamente.
"Tsk, ¿tanto le molesta mi cercanía? Pues genial"
Casi con enojo se arrancó su bufanda, colocándola alrededor del delgado cuello de Carmen con una velocidad increíble. Se la hubiera acomodado, pero estaba demasiado molesto para eso.
-Vas a enfermarte- fue su único comentario. Aunque sentía que debería de haber agregado algo sobre la miseria de vestido que traía puesto, y su imprudencia al salir así.
Ella no dijo nada, aunque en la expresión de su rostro se leía con claridad su sorpresa.
–Puedes quedártela si quieres –aclaró él con calma- nos vemos en la escuela
Con esa escueta despedida se alejó de ella, yendo directo a su auto. Sin embargo, la observó una última vez por el rabillo del ojo, y fue entonces su turno de sorprenderse cuando una cálida sonrisa iluminó el rostro de Carmen.
Y entonces no pudo evitar sonreír también.
Era realmente imposible permanecer enojado con ella ¿verdad?
...
-¿Ha? Qué extraño…- murmuró Érik, picando a su hermano en la nariz para que se levantara del sofá –hermano casi nunca sonríe cuando duerme…
Una mueca cruzó su rostro, creyendo entender el por qué de su sonrisa
-…hermano… eres un pervertido…
Panamá: Carmen Basilia Fernández Altamiranda
(Himaruya Hidekaz) Noruega: Lukas Bodevik
