Lemore I
Diecisiete años habían pasado, diecisiete años arriba de esa barcaza La Doncella Tímida, la misma cantidad de tiempo que estaba muerta para el mundo. Todavía permanecía vivida en su memoria aquella última vez que piso suelo Westerosi y en que corriendo por las pútridas calles de Desembarco del Rey buscaba salvar su vida, evitando a las capas Doradas del león de Lannister y esquivando a la muchedumbre embravecida; aquella que antaño la recibiera con gritos de júbilo, en ese momento componía una imagen grotesca presa de un frenesí incontrolable, matándose los ciudadanos unos otros y tiñendo de rojo las calles de la ciudad.
En esa oportunidad ella supo que no podía parar no importaba cuanto dolieran sus piernas, si lo hacía estaba perdida, muerta. Debía seguir viva, al menos si no era por ella debía hacerlo por él, aquel niño que temblando en sus brazos lloraba a todo pulmón.
Jamás podría olvidarlo, al fin y al cabo, la cara de aquel muchacho se lo recordaría sin duda todos los días de su vida y como lo perdió todo; a su esposo, su hija y su casa, sin embargo, mientras él siguiera con vida habría esperanza.
Fue en ese momento que el deseo de buenas noches del muchacho a su diestra la sorprendió sacándola de su ensimismamiento a lo que respondió a la vez que inconscientemente acomodaba un cabello de su cabeza de forma cariñosa dedicándole una sonrisa:
-Buenas Noches, Griff.
Cuando la figura del joven desapareció tras la puerta de su camarote ella regreso su mirada a su tazón de comida, las gachas estaban frías y si tenía que probar el Sábalo una vez más estaba segura de que la haría vomitar. Donde habían quedado las empanadas de paloma, el pollo asado con salsa de miel y los melocotones dulces que tanto le gustaban.
Pero de algo estaba segura no podría comer aquello, no como antes. Al fin y al cabo, aquella mujer que se deleitaba con aquellos platillos estaba muerta, muerta como sus hijos y su esposo hace años, ¡diecisiete malditos años!
El resto de la tripulación ya había abandonado aquel lugar, retirándose a sus respectivas cámaras en busca del abrazo de Morfeo cuando el único hombre rezagado dijo:
-Casi lo hacéis otra vez.
A lo que ella respondió tratando de evitar el tema:
-No sé a que os referís mi señor.
Entonces el hombre respondió sosteniéndole la mirada:
-Decir su nombre, pensé que después de todos estos años os abríais acostumbrado a nombrarlo igual que todos aquí- tras escuchar aquello ella procedió a levantarse de su sitio diciendo:
-Una madre jamás olvida el nombre de su hijo. -a lo que él respondió cansado:
-Él no es hijo suyo, ni vos su madre ellos murieron deberías saberlo Septa. - ante esto ella pregunto:
- ¿Porque me odiáis tanto? -provocando que el hombre dijera sorprendido:
-No os odio, simplemente me quedo muy claro desde un principio que no erais suficiente mujer para el Príncipe de Plata.
Entonces ella lo increpo diciendo:
- ¿Acaso la joven loba lo era? - a lo que él respondió:
- No intentéis compararos con una mujer muerta pues, un mundo os separa como lo ha hecho siempre y sabed que, así como el Príncipe de Plata os unió alguna vez al casarse con ella el mismo os separo al entregar sus afectos, pues nadie puede dividir su corazón por más esfuerzo que ponga ya que no se puede mandar en los sentimientos. Además, mientras vos fuisteis un débil rayo de sol dorniense ella fue La chica lobo, hija de lady Lyarra Stark La novia de Fuego.
Ante lo que la mujer respondió:
-Por supuesto, quien no conocería hace tiempo a la difunta Lady Stark de la unión con su esposo se cantaron canciones durante años a lo largo de Westeros, hasta aquel fatídico día donde sin importar el profundo afecto que su hermano, El rey Loco, le tuviera ordeno su muerte por fuego. - tras lo que mirando al camarote del joven llamado Griff dijo:
-Mas sin embargo ella ha muerto mientas yo permanezco con vida y en ese muchacho recae toda una dinastía.
A lo que su compañero de viaje recito cual plegaria:
-Un Targaryen solo en el mundo, es una cosa terrible, por suerte no lo está. Cuando llegue el momento hablaremos de dioses y monedas.
Al escuchar aquellas palabras la mujer dijo horrorizada pues solo la idea de imagínalo con tal suerte bastaba para colmar su alma con un terror visceral:
- ¡Él no está loco, retractaos ahora mismo de esas palabas mi lord!
Entonces él respondió para luego darle la espalda y emprender su camino a sus propias cámaras:
- ¡Yo jamás, he dicho tal cosa!, de su estrella y de su suerte solo los dioses han de saber. Buenas noches Septa Lemore.
