Antes de dar inicio a la historia desearía agradecerles a todos los que siguen la historia, bien sea desde las sombras bien sea

haciéndolo notar a través de los comentarios, el simple hecho de que continuen aquí pese a la espera y mis magnánimos retrasos.

Leer sin reflexionar es igual que comer sin digerir.

Edmund Burke


El día trascurrió tranquilo junto a su hermana, quizás un poco tenso por el hecho de no saber si Elsa iba a recaer en la necesidad de anfetaminas pero, en definitiva, con calma.

Anna bostezó con fuerza mientras se desperezaba cual felino haciendo crujir sus huesos en el camino, Elsa simplemente la observó desde la cocina; la luz de la luna atravesaba el cristal de las ventanas para bañar la pequeña figura de su hermana, la silueta de una joven que prometía ser una bella mujer en pocos años, y que resaltaba aquel cabello rojo tan intenso para ser natural. ¿En qué momento se había vuelto en aquella preciosa mujer?. El sonido del agua hervir distrajo a la rubia de sus pensamientos haciéndola centrarse en cena y olvidar el hilo de estos, uno extrañamente anómalo para ella ya que nunca antes se había fijado tanto en Anna.

—¿Necesitas ayuda?— preguntó la pequeña desde algún punto ciego del que Elsa no se había percatado antes.

—¡No gracias!— respondió Elsa al tiempo que bajaba el fuego y apagaba la olla.

Ahora, con la conciencia tranquila de saber que nada se iba a quemar, Elsa salió hacia el comedor para descubrir a la pequeña distraerse con las motas de polvo que sobrevolaban la estancia.

—¿No deberías de estar estudiando? —preguntó la rubia mientras se limpiaba las manos.

—Sí, es sólo que estaba pensando y me distraje...

—¿En qué pensabas?— dijo Elsa mientras se sentaba a su lado.

—En lo minúsculos que somos y lo efímera que es nuestra existencia. En el absurdo de la vida.

—¿Anna, estás bien?

—¿Eh? Claro, es sólo que últimamente he tenido la sensación de vivir una vida que no me pertenece, en ser objeto de burla de algún dios que juega a los dados con mi historia.

Elsa cogió los papeles que Anna había dejado esparcidos por la mesa y los recogió mientras les echaba una indiscreta mirada.

—¿Quién os ha mandado a leer esto?— dijo señalando el título de uno de los libros mencionados.

—Gasset, ¿por qué lo preguntas? Eso no tiene nada que ver con lo que te he dicho.

—Anna, está muy bien que leas estas cosas y que te las hagan leer, pero, si la vida es un absurdo, tomala tal y como te la han dado. Hazte responsable de tus actos y de aquello que puedas controlar, el resto, no merece la pena que sea objeto de sufrimiento— respondió Elsa haciendo mención a uno de sus autores favoritos.

Anna observó a su hermana dejar los apuntes sobre la mesa perfectamente alineados, contempló las delicadas manos de porcelana de Elsa, y, sin pensarlo, las atrapó y acarició su tersa piel.

—¿Estarás siempre conmigo? No sé si sería capaz de soportar las contingencias sin tu ayuda...— dijo en Anna en tono burlesco.

—Por supuesto su majestad.— respondió la otra siguiéndole el juego.

Anna apretó su mano con suavidad y observó la serenidad de aquellos orbes azulados que tan poco conocía, mas al hacerlo descubrió que el rostro de Elsa ya no era el mismo que el de sus recuerdos ni tampoco el que imaginaba al cerrar los ojos. Ahora su hermana lucía facciones más duras y delgadas marcas bajo los ojos. Era el rostro del inicio de la madurez llevado a cabo con elegancia y refinamiento.

—¿Anna?

La pelirroja salió de su ensimismamiento al escuchar la voz de la rubia y sonrió.

—Yo también estaré contigo, bueno, eso si no me envenenas con el arroz quemado.

Elsa abrió los ojos asustada y salió corriendo hacia la cocina mientras Anna reía sin parar. Lo que ambas desconocían era que aquella nueva forma de mirarse iba a ser el preludio de algo mucho más grande.

Desde aquella escena un par de días habían pasado. Días en los que Elsa no había salido de casa y se había dedicado a leer para relajar su mente, quien, fatigada por el esfuerzo, hacía que empezara a ver borroso. Así pues, en un intento por prevenir una futura jaqueca, la muchacha se quitó las gafas y cerró la novela que sostenía entre sus manos: Un mundo feliz. Después, sin mucho más que hacer, contempló desde la cama su teléfono sin vida que yacía sobre la mesa del escritorio con una lista de llamadas jamás contestadas que asustaría a cualquiera.

Si bien era cierto que ella había terminado los exámenes -y de eso podían dar fe todos sus amigos-, para el resto del mundo todavía duraba el período de evaluación. De ahí que nadie la hubiera ido a molestar durante su reclusión pero que todos deseasen contactar con ella para saber cómo estaba.

Suspiró.

Resignada a tener que dar la cara, Elsa buscó el cargador del móvil y enchufó el terminal, se fue a la ducha y al volver lo encendió. Tras hacerlo, el teléfono comenzó a vibrar como loco indicándole que todo el mundo, incluso sus padres, le habían llamado. Pero Elsa no estaba de humor para hablar con ellos, y menos cuando sabía que su objetivo no era contactar con ella sino con su hermana pequeña, así que eliminó el historial pero, por desventura, cuando iba a darle a eliminar una llamada entrante se coló y por inercia descolgó.

—¿Mamá?

—¿Elsa? ¡Hija! Te hemos estado llamando, ¿cómo estás?

—Bien, mamá.

—¿Y Anna?

—Bien, como siempre...

—¿Qué significa ese "como siempre"? Seguro que no has ido a verla tal y como prometiste; de no ser por Kristoff a saber qué le habría pasado...

—Mamá, Anna está bien. Sinó, llámala.

—No, no, no. Ya sabes que tu padre es muy estricto con los estudios y no quiere que hable con ella mientras está de exámenes.

—Lo sé mamá.

—¡No me hables así!

—Sí, mamá.

—¡Ugh! Bueno, te llamaba para preguntar sobre las vacaciones, ¿vendréis?

—Yo no, mamá.

—¿Por qué? ¡Kristoff también vendrá! No puedes der la única que se quede fuera.

—Ay, mamá, no seas pesada. Ya veré qué hacer pero, de momento, no conteis conmigo.

—Está bien, está bien, bueno, te dejo que tu padre quiere hablar contigo.

La conversación con Agdar fue parecida, quizás algo distinta por el tono de dureza que empleaba su padre pero, en esencia, igual. O al menos eso parecía hasta que el rey dijo lo siguiente: "—Hija, antes de rechazar nuestra invitación hay algo que debes saber. Nikoláyevich estuvo aquí hace unos días para pactar vuestro enlace y hemos aceptado debido a las excepcionales circunstancias que envuelven a su país."

Pero Elsa, que se había quedado en estado de shock, no pudo ni siquiera rebatir aquello.

—Así que te agradecería que volvieras a casa para ultimar detalles.

Tras aquellas palabras la hija mayor de Agdar aguardó silencio y asintió sin pensar a las preguntas de su padre con un escueto "aja", colgó y se sentó en el borde de la cama mientras sentía como cientos de lágrimas se aglutinaban en sus ojos amenazando salir.

Todo estaba yendo como la seda con su plan, pues ahora habían avanzado lo suficiente como para saber cómo presentarse ante su pueblo, incluso tenían en mente cómo empezar a mover los hilos de aquel complejo entramado, y aquello iba a echarlo todo al traste. Sobre todo si su padre hacía pública la unión.

Simultáneamente, dentro de un destartalado pero colorido edificio de Moscú, un muchacho llamaba a sus simpatizantes ideológicos en Somalilandia.

Pasha, el eslabón más bajo de la organización comunista, se encargaba de supervisar todas y cada una de las llamadas que se registraban en el Palacio de Invierno, o lo que es lo mismo, la casa del zar y, a veces, también de comunicarse con los R.S -RedStaloos- del reino de Arandelle y Suecia. De esta forma el joven Pasha se había enterado de la futura unión entre reinos, ya que, tras la llamada del Zar al rey Agdar, el futuro bolchevique había tenido la paciencia suficiente como para esperar la llamada del infiltrado en palacio y confirmar la información.

Así pues, con la información ya confirmada, Pasha marcó el último dígito del número telefónico y estableció conexión con RedHood.

Habían pasado más de cinco horas desde la nefasta llamada, cinco largas horas de recluida soledad en las que Elsa no hacía más que llorar o refunfuñar. Por suerte un mensaje de Mérida le mostró el lado más dulce de la vida, ya que la noticia que portaba era extremdamente buena para ella.

A las siete de la tarde Eugene encendió el portatil mientras Mérida terminaba de arreglar el aspecto del local para que Elsa pudiera asistir a la entrevista por Skipe que habían acordado con el periódico sensacionalista "After utopia", un periodicucho online apenas conocido por la gente pero del cual se encargarían ellos que se hiciera viral.

—E voilá, todo despejado y listo— comentó la pelirroja despeinada.

—Red lista— informó Eugene. —El canal está limpio y la conexión es segura, nada de lo que ocurra en esta entrevista quedará registrado así que no van a poder manipular tus palabras. Además, me he encargado de "promocionar" su web par una máxima difusión.

—Gracias Eugene— dijo la platinada poco antes de plantarle un beso en la mejilla a su amigo.— Y a ti también, Mérida. Sois los mejores.

Ambos aludidos sonrieron y se abrieron como las agua ante Moises para que Elsa pudiera sentarse en la mejor silla del local, después, el móvil de Eugene vibro indicándole que ya era la hora de establecer conexión y el Skipe se conectó frente a la muchacha aceptando la llamada pendiente en el proceso.

—Buenos días, princesa de Arandelle— dijo la figura tras la otra pantalla.

—Buenos días, señor...

—Alekzsander, Alek para los amigos y para usted.

—Buenos días Alek— repitió la platinada con una sonrisa trazada en el rostro.

Alekzsander era un joven de rasgos marcados y duros, de mandíbula cuadrada y pelo oscuro como la noche, ojos negros y penetrantes, decorados con dos aureolas amoratadas bajo ellos, y una dentadura blanca y perfecta.

—Es curioso que nos contactase, pensábamos que aún estaba recluida en su hogar— dijo él con sorna.

Elsa rió con suavidad para dar una imagen afable, después negó con la cabeza y se limpió una solitaria lagrimilla. Todo de forma natural pero extremadamente fingido.

—Mis padres pensaron que mi regreso debía ser por todo lo alto y sólo tras licenciarme en Arkham, de ahí que haya guardado silencio hasta ahora.

Alek observó fijamente a la muchacha en un intento por ver más allá de sus palabras, se notaba en sus ojos y aquello hizo sospechar a la muchacha de la realeza.

—¿Y qué es lo que le ha hecho salir del armario?— preguntó con cierta malicia.

—Alek, me temo que no podrías haber escogido mejor frase para preguntar. Como buen periodista que eres, supongo que estarás al tanto de la situación en mi país, algo inaceptable y que me ha forzado a presentarme de nuevo ante el mundo y mostrar que no toda la monarquía está cortada bajo el mismo patrón.

—Entiendo señorita Arandelle— dijo él anotando algo mentalmente.

—Elsa— le cortó la muchacha.— Llámame Elsa.

—De acuerdo, Elsa; supongo que hablamos de los atentados contra el colectivo homosexual, digame, ¿cuál es su opinión? ¿qué desea expresar?

Alek colocó una mano sobre la otra y le dio el beneficio de la duda mientras le cedía la palabra.

—Antes de que piensen que tengo algún motivo oculto para mi pronunciación en este conflicto, quiero asegurarles que esto es sólo una muestra de indignación por mi parte, una llamada al despertar de la razón, y una muestra de buena fe y próximos cambios en el poder.

Alek dibujó una extraña expresión en su rostro, una desencajada y sorprendida.

—Elsa, ¿está usted segura de querer pronunciarse? Sus palabras podrían costarle su ascenso al trono— preguntó Alek temiendo que fueran palabras vacías.

—Lo sé. Lo sé igual que sé que la política interior de mi padre no está en sus mejores momentos— ante aquellas palabras el periodista empezó a reír pero Elsa le hizo un gesto para que le permitiera seguir. —Como bien he dicho, esto no es una artimaña política, dejame hablar; mi abuelo, Olav de Suecia, fue pionero en la zona escandinava al implantar la ética del trabajo en una sociedad Estatal-local, pero mi padre no se ha dado cuenta de que el marco de actuación ha cambiado, de que ahora las conciencias estatales están desapareciendo para dar paso a las transnacionales. Vivimos en una época de globalización, una época donde las injusticias traspasan límites, donde lo que implantamos hoy como ética del trabajo pierde valor ante la idea del cambio.

Alek se cruzó de brazos y negó con la cabeza mientras murmuraba algo en otro idioma, uno que Elsa reconoció como ruso.

—Un obrero de nuestro país no puede permitirse lo que un obrero en Francia, no posee el mismo poder adquisitivo, y, eso, es gracias a creer que la única reivindicación posible es la reivindicación distributiva y económica.

—Entiendo señorita Elsa, pero, ¿qué tiene que ver eso con el colectivo del que hablábamos?, su discurso parece más bien político.

—Tiene mucho a ver. Si el marco de actuación de un Estado es variable, y la globalización muestra los valores de justicia de otros lugares, algo que antes era impensable, si podemos ver cómo avanza el mundo y su ética ¿por qué no considerar que lo vivido en nuestro territorio es completamente injusto? Lo que vengo a decir es que hay que atender a las demás reivindicaciones, a las reivindicaciones culturales y legales que nos ha mostrado la posmodernidad, y es necesario buscar un fundamento ontológico que permita desplegar las tres a la vez y disminuir la injusticia sufrida hacia ellos y otros colectivos.

Alek alzó una ceja de incredulidad y tecleó algo en la pantalla para otra persona mientras Elsa continuaba hablando.

—Hay que crear cierta concordancia entre las leyes y el bienestar social, fomentar la nueva forma de ver el mundo que nos beneficia a todos.

—Nuestros espectadores, porque tal y como acordamos esto se está transmitiendo en directo en nuestra web, y futuros leyentes se estarán preguntando por su posición. Usted no ha dejado claro porqué está a favor de ayudar a estas gentes y creo que a todos nos interesaría saberlo.

—Mi interés es el mismo que el de un juez que busca justicia. Mi padre se ha quedado estancado en la época de las fábricas, en el momento del cambio, pero ahora ya lo hemos sufrido y es uno muy sustancial al debemos atender. No debemos defraudar a quién nos ha cedido el poder.

—¿Y cómo piensa hacerlo? Muchos creen que su reputación es nefasta y que jamás podrá llevar a cabo una buena política.

Alek compartió pantalla y mostró antiguos recortes de periódicos sobre la juventud de Elsa.

—Lo sé, y no les culpo de ello. He cometido muchos errores y quiero repararlos.

—¿Repararlos? Curiosas palabras para alguien que se va a casar con el hizo del zar.

La sonrisa de Elsa se quedó congelada durante un instante, el suficiente como para que el entrevistador creyera que era causa de la conexión y no sospechase nada.

—Perdona, creo que hubo un fallo en la conexión. ¿Dijiste algo, Elsa?

—Sí, sí. Quería desmentir eso, no me he prometido con él. Él simplemente me ha ofrecido matrimonio.

—¿Y cuál es la diferencia?

—La diferencia radica en el compromiso. Yo no he aceptado nada puesto que ,como ustedes sabrán, una princesa siempre obtiene más atención de la demandada. Por supuesto que yo no contemplo una unión próxima pero la política es demasiado complicada como para decidirme ahora mismo...

—En otras palabras, si es necesario traicionará a sus ideas.

—Para nada, mis palabras no han sido esas y cualquiera que nos esté viendo podrá analizar el significado de ellas y darme la razón.

—Aún así, su matrimonio con el hijo del zar lo único que haría es fomentar esa ética de la que acaba de hablar. Por no mencionar la represión que existe hacia el colectivo homosexual.

—Entiendo por donde vas pero no tiene por qué. Con un poco de suerte podría llevar a cabo un cambio interno, de arriba hacia abajo.

—Entonces, ¿estaría dispuesta a casarse por el bien de la demos?

—Si es necesario, sí.

Alek se quedó pensativo durante un rato, volvió a centrarse en la pantalla y de nuevo volvió a hablar.

—¿Y su hermana? ¿Qué opina de todo esto? Del matrimonio.

—No puedo hablar por ella, aunque seguramente me diga que haga caso a mi corazón. Tal y como ha hecho ella.

—Así que tiene una relación...— musitó el periodista.

—Sí, con un muchacho. Pero bueno, ese no es el tema.

El sol empezaba a esconderse tras el mar cuando Anna y Ariel se despidieron en el puerto de Arkham; aquel había sido el último día de exámenes para los menores, el último día de dolores de cabeza y llantos por no haber estudiado lo necesario. Y ahora, la mayoría de ellos se amontonaban en el puerto para coger el primer barco que los llevarían a casa.

—Te echaré de menos— dijo Ariel.

Anna la abrazó y, tras despedirse entre lágrimas, cogió el teléfono y llamó a Kristoff para que pasara a buscarla.

Mientras el tiempo continuaba fluctuando y sus pies moviéndose a fin de abandonar el puerto, Anna abrió sus redes sociales en un intento por disminuir el tiempo de espera -o al menos la percepción de ello. Mas no fue hasta entrar a Twitter que descubrió un hastag que le llamó la atención: #AfterANewBraveWorld.

Sintiendo que la curiosidad le carcomía por dentro, la pelirroja deslizó su dedo hasta él y en menos de un abrir y cerrar de ojos decenas de comentarios aparecieron en la ventana. Comentarios tanto positivos como negativos, fundamentados o irracionales, largos y cortos, y todos con una misma referencia: la cuenta AfterUtopia.

Siguiendo sus impulsos, Anna accedió a la cuenta y descubrió comentarios tales como "Todo ser humano debería de poder hacer efectivas sus decisión sin miedo a que su vida privada se vea afectada en el ámbito de la libertad— Elsa de Arandelle; sobre las libertades.", "Para que el Estado funcione como funciona es necesario que haya del hombre a la mujer o del adulto al niño relaciones de dominación bien específicas que tienen su configuración propia y su relativa autonomía— Elsa de Arandelle." o "Todo espectador es un cobarde o un traidor— Elsa Arandelle; sobre la reivindicación.", frases de las cuales nunca tuvo constancia la pequeña y que la extrañaban de sobremanera.

Extrañada, Anna continuó explorando hasta ir a dar con un link oficial, lo abrió y el móvil le llevó hasta un video donde salía su hermana hablando en directo desde hacía más de dos horas.

—Así es Alek— dijo su hermana. —Lucharé junto a las clases populares codo con codo aunque me cueste mi puesto.

—Perfecto, Elsa.

Te deseo lo mejor en tu futuro pero creo que ya es hora de ir dando por terminada la entrevista.

—Ha sido todo un placer.

—El placer ha sido mío, espero que nos volvamos a ver.

Anna se quedó estupefacta al escuchar aquello, ¿es que a caso su hermana se había vuelto una populista? ¿desde cuándo se codeaba con la clase baja?. Ella, Elsa de Arandelle, la mujer más fiel seguidora de la aristocrácia y competitiva parecía haberse vuelto loca.

—¡Anna, hey!

La pelirroja se sobresaltó la escuchar un claxon seguido de aquellas palabras.

—Kris, qué rápido. ¿Podrías hacerme un favor?

—Claro, enana, ¿qué necesitas?

—Llévame con Elsa, no quiero quedarme en el apartamento sola— mintió.

—Dalo por hecho pero, ¿y Ariel?

—Se acaba de ir, te lo dije antes.

—Anda... Pensé que era Hans, bueno, sube que te llevo.

La entrevista había salido a pedir de boca, había sido perfecta en el sentido de que había dado mucho de qué hablar y había detonado lo que ellos consideraban la shitstorm. Y aquello era lo mejor de todo, porque después, cuando todas aquellas voces hablaran a la vez durante un período corto de tiempo, en rango de difusión sería tan grande que ellos sólo tendrían que esperar. ¿A qué? Sería la pregunta que cualquiera se haría a continuación, pero ellos ya tenían la respuesta, a saber, a que aquel que creía que el poder e influencia de Elsa era necesario para sus fines y contactase con ella.

—Perfecto, ¿nos vamos a celebrarlo?— preguntó Elsa.

—No puedo— respondió Eugene. —Mañana he de entregar un proyecto a las ocho y aún he de escribir el manual de uso del programa.

—¿Y tú?— le preguntó a Mérida.

—Podría ir pero sin beber...

—Bueno, si preferís podemos dejarlo para otro día— comentó Elsa desilusionada.

Tras aquello los muchachos continuaron charlando mientras recogían las cosas, cerraron el local y cada uno volvió a su casa.

Elsa abrió la puerta de su apartamento vestida con un pijama de franela y un cubata cuando Anna le pidió entrar. Y Anna recibió a su hermana quitándole el alcohol de la mano y tirándolo a la pica.

—¿Tan temprano y ya estás bebiendo?— dijo la pelirroja mientras vertía el líquido por el desague.

—¡Ey! Esa era mi copa de la celebración.— se quejó la mayor.

—Lo siento pero tienes prohibidas las drogas hasta nuevo aviso. Café incluido.

—Pues vaya— se quejó Elsa mientras cerraba la puerta. —¿Para eso has venido?

—No, en verdad venía a que me hicieras compañía.

Elsa se acercó a la pequeña y la abrazó con suavidad para darle algo de calor y cariño.

—Mi casa es tu casa, ¿lo sabes, no?

Anna se abrazó a su hermana y aspiró la dulce fragancia que desprendía su cuerpo, un dulce aroma a viento fresco y nieve que la tranquilizaba.

—Ojalá siempre hubiese sido así...

Elsa sintió una tormenta desatase en su interior, un dolor intenso en su corazón, que impidió que rompiera el abrazo.

—Te prometo que a partir de ahora estaré siempre para ti.

Con aquella sentencia Elsa selló el destino de ambas muchachas, escogió el axioma que sería la llave de un amor social donde el cariño y el compromiso formarían la delgada línea entre el tabo y lo correcto.

—Y yo para ti, hermana.


Ahora que ya hemos llegado al final del capítulo quería hacer especial mención tanto a Miguel como a Mandarina agridulce; de nuevo quisiera agradeceros el hecho de comentar la historia, pues de no ser por ello quizás me había tardado mucho más en subir los capítulos -ya que como todos sabemos, cualquier excusa es buena para procrastinar.

A Agridulce quiero agradecer una review tan enriquecedora, no sólo por los halagos sino también por mostrarme que esta historia pierde valor si no la paso por el corrector o la reviso más veces. Además, me alegra saber que esta especie de realidad fantástica ha calado y no se ve extraña ni fuera de contexto.

Mis recomendaciones: En las montañas de la locura y La maldición de Hill House. El primero es un relato corto de Lovecraft, ya sé que es más horror cósmico que psicológico pero me fascina la desintegración de sus héroes bajo el peso de la verdad, y el segundo es un libro de Shirley Jackson. De E.T.A Hoffman no te puedo recomendar nada porqué aún estoy a medias con Los elixires del diablo pero si lo deseas podemos ir hablando por privado sobre estos libros u otros.

A Miguel le agradezco el hecho de comentar de forma tan seguida y mostrarme sus ganas, pues eso me infunda valor a continuar escribiendo.

Creo que no tengo nada más que añadir, aunque puede que alguna cosa me la deje por el camino -tengo una memoria nefasta. Nos leemos en el siguiente capítulo, ¡muchísimas gracias por darle una oportunidad a la historia!