"Un ángel, que también llevaba una hoz afilada, salió entonces del santuario celeste, al mismo tiempo que del altar salió otro, el encargado del fuego. Este gritó al que llevaba la hoz afilada: Lanza tu afilada hoz y cosecha los racimos en la viña de la Tierra, porque ya están maduros."

Apocalipsis 14(17-20)

2015 D.C.

Apenas era mediodía en lo que quedaba de la tierra donde nace el sol en el Extremo Oriente, sobre las ruinas de lo que fuera el archipiélago japonés, en concreto en la antigua población de Yokohama. Una de las grandes ciudades del Japón, capital de la prefectura de Kanagawa, que en el año 2000 contaba con una población aproximada a los tres millones de habitantes. Se hallaba situada en la costa sudoriental de la isla Honshu, en la bahía de Tokio, a pocos kilómetros de la capital del país, de cuya área urbana formaba parte. Su proximidad con Tokio, unido a su situación que la convertía en receptora de los productos procedentes de las comarcas agrícolas interiores, la habían convertido en el puerto de Tokio y el mayor en el país. Tres lustros después de la catástrofe global se encuentra sepultada bajo el azul del mar, engullida completamente por las aguas del Océano Pacífico como si se tratara de una nueva Atlántida. En estas profundas y oscuras aguas una enorme silueta, tan grande como los desvencijados rascacielos reposando sobre el lecho marino, surca sigilosamente los vestigios del antiguo puerto, abriéndose paso entre las corrientes con rumbo directo a tierra firme. La tranquilidad de aquella enorme tumba submarina, sin embargo, no se alteró un ápice con el despreocupado avance de ese peculiar objeto de dimensiones colosales. Cosa muy distinta a lo que se vivía por encima del nivel del mar, en tierras japonesas.

A lo largo de toda la carretera que cubre el perímetro de la costa se encuentran dispuestos varios tanques en fila y listos para el combate, cubriendo todo el terreno con vista hacia el mar. De igual modo y en misma cantidad, sobre la superficie marina se encuentran numerosos acorazados y portaaviones. El cielo se hallaba abarrotado de aviones caza y de helicópteros, semejando un enjambre de abejas zumbando furiosas y listas para repeler cualquier amenaza a su colmena. En conclusión, toda una colección completa de máquinas y recursos militares apretujándose unos con otros. ¿Pero con qué propósito?

Entre los hombres que tripulan estos formidables artefactos de guerra hay mucha tensión; tensión que podía incluso verse transformada en cierto temor que pretendían esconder como se pudiera. Ninguno de ellos sabe a ciencia cierta a qué se enfrentarán, siguiendo únicamente las órdenes que les fueron dadas al pie de la letra: defender la costa japonesa de cualquier agresión. Por tanto era bastante comprensible la atmósfera de terrible nerviosismo que imperaba en todas las tropas, un presentimiento de fatalidad que nadie de los presentes podía sacudirse.

Al igual que cada uno de sus compañeros, Kenichi Otomo, artillero de uno de los 35 aviones caza del gobierno japonés, junto con otros 20 aportados por las Naciones Unidas que sobrevolaban el área, sentía un helado escalofrío reptando por toda su espina dorsal como en escalera. Empujándolo una vez más al sótano de sus pensamientos, prefirió concentrarse más en la canción que hacía el intento de interpretar con su tosca y poco entrenada voz, aunado a su pésimo dominio del idioma inglés.

Highway to the danger zone!— repetía incesantemente una débil parodia de una vieja canción norteamericana — I'll take youRidin' into the danger zone!

— ¡Cállate ya el hocico, baboso!— reclamó su acompañante, mientras fijaba la vista en el radar y en su ruta aérea — No me dejas concentrar...

— ¡Bah!— rehuyó —¿Y qué? No estamos haciendo nada importante...

— ¿Ah, no? Entonces explícame el porqué estamos tanto cabrón aquí.

—¡Simulacro! ¿Qué más?... eso es lo único que hacemos por aquí: simulacros. Si estuviéramos en América, estaríamos donde está la acción: bombardeando territorios ajenos para desalojarlos y habitarlos... pero aquí, desde que me enlisté siempre ha sido pan con lo mismo: simulacros y desfiles...— y haciendo una pequeña pausa, en tono de ensueño continuó su discurso —A veces… sólo a veces, quisiera que algo en verdad emocionante sucediera… algo increíble, sorprendente… cualquier cosa que me sacara de esta espantosa rutina…

—Ya vas con eso otra vez— sonrió su compañero.

—¡Piénsalo! Es un día como cualquier otro, nada extraño ocurre y de repente: ¡bam! ¡Te enfrentas con algo loco y descabellado, como en las películas! ¡Corre por tu vida, es la supervivencia del más apto! ¿No sería sencillamente genial? — suspirando, volteó hacia uno de los aviones que avanzaba en cerrada formación junto con ellos — Pero no… aquí nunca pasa... nada.

Una aparición había interrumpido sus elucubraciones, dejándolo boquiabierto y sin saber que hacer, ni como reaccionar ante esa... esa cosa. Su compañero, extrañado por su repentino silencio, volteó de reojo hacia la misma dirección, para quedarse con la misma expresión que la de su amigo.

— Dios... — murmuró, atónito, al igual todo aquél que pudo ver a eso.

La estación del tren más cercana a las ruinas de Yokohama se encontraba desierta, sin ningún alma a la vista, casi abandonada a su suerte. En todos los paneles de arribos y salidas podía leerse la misma cosa: "Todas las líneas están fuera de servicio". Sin lugar a dudas, el masivo despliegue militar unos cuantos kilómetros delante incidía directamente en tal determinación. Pero aún cuando no hubiera estado de emergencia probablemente la estación ferroviaria permanecería del mismo modo. Por todo el territorio nipón la estampa era igual: servicios e infraestructura de primer nivel sin personas que hicieran uso de ellos. Habría que culpar a la sucesión de desastres naturales que se habían encargado de azotar a la nación asiática, haciéndole ceder más del 60% de su territorio a las voraces aguas y decimando el grueso de su población, reduciendo drásticamente su densidad demográfica, conservando tan sólo el 15% de su población original.

Casi todo ellos ahora se ocultan bajo tierra, desconcertados, en una serie de refugios subterráneos dispuestos en todos los centros poblacionales del país. Justo cuando creían que lo peor había pasado y que podían continuar donde se quedaron, estas pacíficas personas se habían visto en la necesidad de evacuar repentinamente sus hogares y dejarlos a la deriva, con todos sus recuerdos y tesoros personales abandonados. El panorama en todos estos albergues, sobra decir, era por demás deprimente: varia gente apiñada y acostada sobre el frío piso con sólo unas cuantas mantas para cubrirse. La comida apenas si era distribuida, y la cólera y la impotencia seguían creciendo, amenazando con desbordarse de un momento a otro. En su miseria, ignoraban la amenaza que se cernía sobre sus vidas, y quizás incluso sobre la de todo el género humano. Mientras tanto, en la superficie una voz de alarma se escuchaba a lo largo de toda la costa:

— Un estado especial de emergencia ha sido declarado; todos los residentes deben cancelar sus operaciones y dirigirse a los refugios. Repito: todos los residentes deben cancelar sus operaciones y dirigirse a los refugios— sonaba incesante aquella grabación, sin casi nadie que pudiera escucharla ya.

En una desierta carretera aledaña se escuchaba nítidamente un rugido de motor que está trabajando a toda su capacidad, el rechinar de unas llantas que resbalan en el asfalto y las constantes maldiciones de una mujer. El nombre de la persona al volante de aquél bólido: Misato Katsuragi. Una muy atractiva fémina de 29 años y largo cabello negro azabache, con sus ojos ocultos por sus modernas gafas oscuras. Los rasgos bastante delicados y finos de Katsuragi contrastaban ampliamente con la rudeza de todos sus gestos y expresiones.

"Hoy a las 12:30 se ha declarado un estado especial de emergencia sobre los distritos de Kanto, Chubu y Tokai. Por favor, diríjanse a los refugios designados cuanto antes. Repito: Hoy a las…" todas las estaciones de radio contenían el mismo mensaje, alertando a los habitantes sobre el riesgo inminente, por lo que la mujer no se molestaba siquiera en intentar sintonizar cualquier otra estación.

—¡Carajo! ¿Por qué tenía que ser precisamente esta condenada vez? ¿Porqué justo AHORA?— reclamaba airadamente, dando un fuerte manotazo al volante, sin nadie que pudiera escucharla al ser la única ocupante del vehículo —¡Me lleva!—- suspiró, tragándose todo su enojo mientras volvía a examinar una foto para estar segura que reconocería a la persona que se supone debería haber recogido ya. Dicha foto correspondía a un jovencito en uniforme de colegial y venía con un nombre anotado: Shinji Ikari. Anexo a la imagen se encontraba un historial en una carpeta color ocre y un símbolo rojo cómo de trébol sellando toda la documentación.

—Lo sentimos, debido al estado de emergencia todas las líneas normales están fuera de servicio— la voz fría y mecanizada al otro lado de la línea iba directo al punto y no daba lugar a dudas.

—Este tampoco sirve, todo por aquí está muerto— pronunció alicaído el jovencito que sostenía el auricular en una caseta de teléfono publico, para luego colgar con evidente desánimo —¡Sabía que no tenía que haber venido! ¿Porqué siempre me tienen que pasar estas cosas a mi? Hace media hora que ella ya debería estar aquí…

Una vez más volvió a observar detenidamente la fotografía de Misato Katsuragi sosteniéndola frente a sus ojos con sus manos sudadas. Era una mujer de muy buen talante, por lo que en condiciones normales quizás pudiera disculpársele su impuntualidad. Sus largas y sinuosas formas, ese largo y sedoso cabello negro, sus labios grandes y rojos, bien podían enamorar a cualquiera. El retrato, tomado al parecer en una playa, ilustraba a la susodicha con muy poca ropa, en una posición bastante sugestiva digna de un calendario de taller mecánico, y dejaba apreciar a la perfección todos sus estupendos atributos físicos. La imagen, que había llegado por el correo junto con todas sus instrucciones, venía con un pequeño aviso, escrito con un plumón indeleble. "Estimado Shinji, espérame en la estación, yo te recogeré. ¡Mira esto!"— una flecha apuntaba directamente a la pronunciada línea curva que dibujaban sus pechos atrapados en la parte superior de su traje de baño de dos piezas. Cada vez que miraba dicha estampa el chiquillo enrojecía de pena, pero aún así se le estaba haciendo un hábito el volverla a revisar de cuando en cuando.

El nombre de aquél niño, como cabe suponer, era Shinji Ikari, y ese día había sido llamado para reunirse con su padre, el cual lo había abandonado sin más al cuidado de familiares diez años atrás. Desde entonces, vivió un tiempo con sus abuelos paternos, y al fallecer éstos, había quedado a cargo de un tío suyo, también por el lado del padre. Así había transcurrido casi toda su vida, sin saber exactamente a dónde pertenecía, cual era su lugar. Sin amorosos padres, cómo casi todos los demás niños, que crecían con una enorme sonrisa en el rostro y marcadas mejillas rosadas. Hacía apenas unos tres días que, rompiendo con la monotonía de su cotidianidad, un sobre con un extraño símbolo le había llegado, y en él, todas las instrucciones para que se reuniera con su padre, además de la fotografía ya tantas veces vista, que iría a formar parte de su colección privada de remedios contra la soledad. Con extrañeza y bastante suspicacia, había acudido al llamado, sin saber qué esperar de aquél encuentro luego de tanto tiempo sin tener noticias del autor de sus días. Muchas incógnitas aún cruzaban la mente del muchacho. Incógnitas que pronto recibirían una respuesta.

El joven tendría apenas escasos 13 años. No era muy alto y tenía una faz insegura y una complexión bastante delgada. De cabello castaño oscuro y ojos del mismo color. Vestía, cómo era la costumbre de los muchachos de su edad, uniforme escolar aún cuando no asistiera a clases. Sus prendas consistían en una camisa blanca, de manga corta, y unos pantalones negros. A primera vista, Shinji era pues, en esencia, lo bastante normal como para pasar siempre desapercibido en el día a día, sin ningún rasgo característico, seña particular ó habilidad extraordinaria que lo hiciera destacarse. Si algo lo definía era, quizás, la actitud indolente con la que trataba a todo en su vida. Sin ningún sueño o aspiración en particular, cualquier clase de pasión ó de deseo ausente en su proceder. Intrascendente, eso es lo que era él en una sola palabra. Uno más entre el montón de rostros que se perdían en la muchedumbre, engullido por la medianía colectiva. Por tanto, nadie, ni siquiera él mismo, hubiera podido suponer el rol protagónico que el destino le tenía reservado en este drama al que llamamos vida.

Con dificultad, cargaba su abultada maleta de un lado a otro de la estación, sin saber que hacer. Aquella situación tan fuera de lo común, por demás imprevista, había estropeado todos los pasos que tenía qué seguir, y ahora se tornaba indeciso sobre su accionar.

—¡Al diablo con esto!— refunfuñó al cabo de un rato de cavilación, mostrándose resuelto al dirigir sus pasos al albergue más cercano —¡No pienso morir aquí, me voy al refugio!

De golpe, una especie de presentimiento, como cuando uno está seguro que lo observan a la distancia, lo hizo voltear repentinamente. No, era más bien algo que le indicó, le ordenó que tenía que dirigir su mirada hacia un determinado lugar, sólo para encontrarse con una maravillosa, pero desconcertante visión: una chiquilla bastante peculiar, tal vez de su misma edad. De piel muy clara y cabello corto que apenas y le rebasaba la nuca, la misteriosa muchachita vestía también un atuendo de escolar conformado con una blusa y falda gris. El joven Ikari jamás había visto a alguien así en toda su vida, pues la chiquilla frente a él, además de su tono tan claro de piel que hacía pensar que nunca había visto la luz del día, tenía el cabello de color azul celeste y el color de sus pupilas eran de una alocada tonalidad rojiza. Aquella dulce, inusual criatura estaba totalmente callada e inerte, todo su ser transpiraba paz y tranquilidad. Sus ojos carmesíes parecían brillar, como si quisiera decir algo y no pudiera, o como si no estuviera segura de hacerlo. Su pequeña y delicada boca dibujó entonces una cálida sonrisa, como si se encontrara con un viejo amigo. Sus delgados labios se abrieron poco a poco. Si acaso dijo algo, su espectador no la escuchó, debido a la distancia que los separaba, que eran más de quinientos metros, más ó menos. El niño se quedó pasmado, desconcertado por aquella extraña y a la vez encantadora imagen. Queriendo convencerse que no se trataba de una ilusión se tuvo que frotar los ojos y al hacerlo el espejismo se desvaneció en el aire. ¿Qué habrá sido todo eso?

Entonces, profanando la tranquilidad hipnótica del ambiente, el aire rugió, la tierra retumbó y los cristales explotaron en forma estrepitosa, lo mismo que sucedía por toda la manzana. Las naves de guerra volaban apuradas muy cerca del suelo, con su ensordecedor ruido de motores y turbinas a su máxima potencia.

Shinji, quien había sido tomado por sorpresa, acostumbrado ya a la tranquilidad y paz de cementerio que reinaba en aquel lugar, tuvo que cubrirse los oídos para protegerlos de todo el alboroto, adolorido.

Un par de brillantes y poderosos misiles crucero surcaban el aire, cómo saetas, cortándolo con sus puntas y dirigiéndose raudos hasta su objetivo, gracias a sus computadoras de navegación, Fueron directo a estallar en un almacén de ropa, destruyendo con la explosión resultante casi todo el establecimiento, que anteriormente había sido la parada obligada de todo aquél que buscara vestirse de acuerdo a la moda.

El estallido había tirado a Ikari boca abajo, y al incorporarse se encontró desorientado por entero. El infante levantó la mirada entonces, intentando ubicarse en medio de todo ese circo militar, sólo para contemplar de primera mano aquella horrible visión: un gigantesco pie, tan grande como un camión de pasajeros, que se plantó a unos cuantos metros de donde se encontraba, ocasionando otra fuerte sacudida que lo tumbó de nalgas. Aún así, su atención estaba completamente absorbida por aquella espantosa aparición. Una colosal, enorme figura negra, que se paseaba tranquilamente por entre los edificios de la localidad, haciéndolos parecer minúsculos en comparación. Fácilmente rebasaba los 100 metros de altura. Despreocupada, caminaba hacia las montañas detrás de ellos, sin prestar atención especial en algo, ni siquiera a los constantes ataques de los helicópteros y aviones de la milicia, quienes le disparaban municiones capaces de vaporizar tanques. Cómo si trataran de meros mosquitos, revoloteaban de aquí a allá descargando el grueso del contenido de todo su armamento. Viendo el asunto desde otro lado, parecía que sólo querían molestar. Y no les estaba dando mucho resultado, ya que el coloso seguía su imparable marcha.

El solo hecho de contemplar a aquella imposibilidad andante desfilando a la perpleja mirada de todos a su alrededor constituía un ataque directo a los sentidos, la lógica, la razón e inclusive la propia sanidad. Su sola existencia representaba una contradicción a todas las leyes naturales y del orden prestablecido, las cuales hacían inválida incluso la noción de que algo como ese ente pudiera llegar a ser. Pese todo, bien podían aplicarse a aquél insólito ser las últimas palabras adjudicadas al astrónomo Galileo Galilei en sus minutos finales en la hoguera, acusado de herejía: "Y sin embargo, se mueve." De esa misma manera aquél espantajo ambulante proseguía su andar sin preocuparse por todas las leyes de la física y otras tantas ciencias que quebrantaba con tan solo existir.

Y es que al observarlo más de algún estudioso y alguno que otro sabihondo tendría que preguntarse: ¿Cómo esas delgadas piernas, por ejemplo, podrían sostener una estructura de semejante peso y tamaño? ¿Cómo algo tan alto no colapsaba sobre sí mismo teniendo tan endeble soporte? ¿Se trataba entonces de una entidad orgánica ó mecánica? ¿De qué se alimentaba ó cual era la fuente de energía que le permitía moverse? ¿Cómo era posible que resistiera tanto poder de fuego sin recibir un solo rasguño? ¿Porqué el asfalto no se quebraba ni se hundía a su paso? ¿Cuál era su origen y cuál su propósito? En resumen, aquella criatura era un enigma puede que mucho más grande que él mismo, causando una frustración de igual tamaño a todo aquel que buscara descifrar el misterio de su existir.

A varios cientos de kilómetros lejos de ahi, en las entrañas de un búnker subterráneo, se prepara la ofensiva contra el monstruo. Un enorme símbolo rojo está pintado en la pared, el mismo que podía apreciarse en la documentación en manos de Misato y Shinji. Cuatro letras que en su conjunto formaban la palabra "NERV" se desprendían de un imagotipo que hacía la semblanza de medio trébol.

La sala era muy amplia, espaciosa. Fácilmente podrían caber, sentados, unas mil personas. No obstante, el lugar sólo albergaba a unos cuantos empleados, que no repasaban la centena. Lo sobrante, era ocupado por monitores, radares, sonares y demás tecnología de punta, la más avanzada en la industria bélica. Una plataforma de acero, cómo una torre, era lo que más sobresalía del cuarto. En él, toda la gente deambulaba deprisa y nerviosa, tratando de recordar lo ensayado hasta el cansancio para este tipo de eventualidad.

—El objetivo permanece en movimiento— anunciaba por los altavoces una voz femenina a todos los presentes —Las aeronaves lo atacan sin lograr hacerle daño alguno…

—Su curso lo coloca en posición directa a Tokio 3— pronunció otro operador complementado la información anterior, sin dejar de monitorear el avance de la criatura.

Continuaban con su ir y venir, teniendo cada uno de los presentes un propósito específico en aquella turbulenta operación; largas letanías de datos eran recitadas a diestra y siniestra, perdiéndose la mayoría entre tanta confusión que reinaba en el lugar.

Encima de todos ellos, peones en este enorme juego de ajedrez, los jugadores observaban con la cabeza bien fría todos los acontecimientos, al momento que éstos ocurrían. Envueltos y encubiertos por las sombras, se deleitaban en saborear el momento por el que tanto tiempo se habían estado preparando. Y también disfrutaban del pequeño caos desatado en su sala de control: ello les permitía destacar los elementos que les serían útiles en sus planes, y para despedir a los ineptos, y así se podrían ahorrar unos cuantos salarios.

De entre las oscuras siluetas, se discernían dos figuras, figuras de hombres. Uno, el que parecía de menor rango, se encontraba de pie, junto al que debía ser el mandamás de todo aquello, que permanecía sentado, recargando los brazos en un escritorio que tenía frente a él, y aprovechando la posición, descansaba la barbilla en sus manos.

—Hemos establecido contacto visual con el blanco— anunció un joven técnico al frente de una consola de mando —Lo transferiré a la pantalla principal…

Al hacerlo todos los ahí reunidos pudieron conocer al extraño enemigo que se enfrentaban.

Aquél hórrido gigante lucía como si una pintura hecha por Dalí o Picasso hubiera cobrado vida. Era todo negro, salvo la cabeza, y algunos aditamentos en la cintura, hombros y pecho. La cabeza era redonda y blanca, con ojos color negro y sin pupilas y rematando con una especie de pico que hacía pensar en el rostro de una ave. De una complexión muy, pero muy esbelta, que de no ser por su imponente tamaño lo hubiese hecho parecer bastante frágil. De sus antebrazos nacían una especie de dagas, rojas y largas, que le traspasaban hasta los codos. Daba el aspecto geométrico de un enorme triángulo negro con extremidades, de unos 120 metros de altura.

—Tuvieron que pasar 15 años para que regresaran— pronunció uno de los hombres que se encontraban situados en el nivel más alto del búnker, el que se encontraba de pie. Su tono era solemne, aunque sin dejársele de notar cierto dejo de temor en su voz.

— Sí... los ángeles vuelven a atacar— corroboró su superior con la vista fija en el enorme espanto mostrado en pantalla. Una mueca de nerviosismo que quiso hacer pasar como sonrisa se dibujó entonces en su rostro.

Las naves seguían disparando su carga sin hacerle el menor efecto al coloso, quien continuaba su despreocupado andar como si todo el poder de fuego dirigido en su contra fuera una mera llovizna veraniega.

Shinji observaba absorto todo el peligroso espectáculo en primera fila, demasiado asustado como para atinar a correr por su vida pero a la vez morbosamente maravillado con lo que atestiguaba. Aquél evento era sin duda alguna uno que quedaría grabado en la Historia. Un avión caza pasó entonces muy cerca de donde se encontraba, convertido en escombros envueltos en una veloz bola de fuego que estalló en miles de pedazos a menos de cincuenta metros de donde estaba parado. Una vez más la onda expansiva de un estallido lo volvía a tirar al piso como a un muñeco de trapo.

Justo en ese momento, en medio del intenso fragor de la batalla, el joven Ikari alcanzó a escuchar nítidamente un rechinar de llantas y el frenado brusco de un automóvil, cuya puerta se abrió delante suyo:

—¡Ya estoy aquí, ahora tenemos que largarnos!— espetó Misato Katsuragi desde el interior del vehículo —¡Rápido, mueve tu trasero!

Shinji no necesitó de más instrucciones para abordar el automóvil maltrecho, ni tampoco le costó gran trabajo el reconocer de inmediato a la escultural mujer que lo conducía. Una vez el niño estuvo a salvo, a bordo, rápidamente la hembra al volante realizó una maniobra que los hizo girar 180 grados, justo en la dirección contraria a donde se posó la planta del gigante que estuvo a nada de aplastarlos.

Como un demonio escapando del Infierno el carro rápidamente se alejó de la zona de batalla, conducido ágilmente por su intrépida conductora hasta haber alcanzado una distancia prudente del inédito conflicto que dejaban atrás. Sólo entonces el silencio fue roto por la aliviada Katsuragi, quien no se había podido despegar la acuciosa mirada del chiquillo durante todo el trayecto.

—Disculpa que te haya hecho esperar, el camino hasta aquí fue monstruoso— se excusó la atractiva mujer, fingiendo darse un coscorrón en la frente.

Si su intención era distender el ambiente, había fracasado miserablemente. El escolar a su lado ni siquiera se inmutó con su gastado chascarrillo.

—El objetivo mantiene su curso previo sin ninguna interrupción— anunció uno de los técnicos dispuestos en la instalación militar que supervisaba los ataques contra la criatura, evidenciando lo obvio pues todo mundo podía ver el transcurrir de la refriega gracias a los múltiples monitores que la transmitían.

—La fuerza aérea es incapaz de detener su avance y ya reportan bajas estimadas en un 60% de su despliegue inicial— informó una joven oficial, poniéndole número y estadísticas al show de luces que se reproducía en torno al titán, ejecutado por los múltiples estallidos ocasionados cada vez que una aeronave era derribada.

Baterías completas de misiles antiaéreos eran vaciadas sin descanso sobre la descomunal entidad sin que tampoco obtuvieran el resultado deseado. El monstruo continuaba sus pasos sin que nada lo preocupara, indiferente a toda la operación que se había puesto en marcha para detenerlo.

—¡Guerra, guerra total y sin tregua hasta que caiga esa cosa!— demandó entonces uno de los comandantes de la misión, ataviado con el uniforme de las fuerzas armadas de las Naciones Unidas, alzando los puños con la misma beligerancia con la que iban cargadas sus palabras —¡Movilicen a la batalla a todas las divisiones de las bases de Iruma y Atsugi!

—¡No se contengan! ¡Aniquilen al bastardo a cualquier costo!— ordenó otro oficial a su lado mientras sendas gotas de sudor comenzaban a resbalar por su rostro.

Como insectos furiosos, los helicópteros, aviones y tanques descargaban todo su arsenal en contra del titán, sin hacerle el menor daño. Toda la munición se estrellaba contra algo delante de él, sin siquiera tocarlo. Una y otra vez le escupían su letal armamento, que fácilmente pudo haber servido para una invasión a gran escala, y no obstante, no conseguían darle alcance. Furiosos, veloces, pero resignados a final de cuentas, los proyectiles proseguían su camino para estrellarse en vano contra una barrera invisible.

Un enorme misil balístico fue disparado directo hacia el gigante, el cual lo detuvo atravesándolo con una sola mano como si estuviera hecho de papel, escurriéndosele largas tiras de metal retorcido entre los dedos. El codo de la criatura brilló intensamente entonces y una gran descarga de energía salió disparada de su mano, haciendo polvo al misil y a todo a unos cien metros a su alrededor. Una explosión en forma de cruz se levantó en todo lo alto, imponente, triunfante, ante la desconsolada vista de todos los demás combatientes.

—¡¿Qué demonios?! ¡Eso debió haber sido un impacto directo!

—Todo el batallón de infantería móvil ha sido desintegrado… los misiles guiados y las bombas teledirigidas no tienen efecto en esa cosa…

—¡Necesitamos mayor poder de fuego a como dé lugar ó nos vamos a joder!

A pesar de que parecían estar del mismo lado, los dos hombres del piso superior no parecían estar tan desesperados como sus compañeros de armas. Observaban todos los pormenores de la operación con cierto aire distante y ajeno, inclusive podría decirse que algo arrogante, como si a ellos no les afectara en su devenir el resultado de la ofensiva.

—¿Has visto eso? Se protege de las agresiones usando su Campo A.T.— pronunció la figura de pie. Su voz grave era la de un hombre maduro algo entrado en años —Tal como lo habíamos predicho en nuestros estudios… verlo funcionar de primera instancia es algo con lo que sólo habíamos soñado…

—Debieron hacernos caso desde un principio y entender que las armas convencionales no dañan a los ángeles— respondió su acompañante, cómodamente sentado —Toda esta operación es un derroche insensato de recursos…

A pesar de todo el barullo, uno de los altos oficiales al mando pudo escuchar claramente el timbre del teléfono a su lado, que recibía una llamada entrante. Durante todo el transcurso de la ofensiva había estado al pendiente de él, a sabiendas que si acaso sonaba se trataría de un personaje demasiado importante buscando comunicarse con él.

—Sí, señor— respondió el militar al cabo de unos momentos de haber contestado el llamado —Utilizaremos nuestro último recurso, tal como estaba estipulado en nuestros planes de contingencia. Así será, entonces, le agradezco…— luego de haber colgado el aparato hubo de informar a sus colegas de la determinación que se había tomado en las más altas esferas del poder —Tenemos autorización para desplegar nuestra tecnología N2 en territorio japonés.

Todos los demás miembros de la milicia presente, la mayoría hombres en edad avanzada, apoyaron la acción acordada, asintiendo con un movimiento de cabeza. No obstante, al hacerlo no pudieron evitar que su expresión se tornara sombría por algunos momentos.

Los preparativos comienzan de inmediato. Se tuvo que dar previo aviso por radio a todas las tropas para que abandonen el lugar. Magistralmente, toda la carne de cañón se moviliza casi al instante, evacuando toda la ciudad y sus puestos, dejando el área desierta en tan solo unos cuantos minutos; los pocos aviones que seguían funcionando hicieron lo propio, despejando el cielo y dejándolo libre para las nubes. Y para un bombardero enorme y oscuro, negro cómo la noche, que sobrevolaba las inmediaciones como ave de rapiña. A los pocos minutos de vuelo, la nave de destrucción alcanzó puntualmente su cita en la pequeña metrópoli, sobre la cual dibujó su cruenta sombra al acecho, nunca antes divisada en aquellas latitudes. El aire bajo ella comienza a desgarrarse ocasionando un aterrador chillido en tanto toda su carga comienza a precipitarse a tierra. Sólo entonces el leviatán detuvo su camino, aparentemente confundido por aquel desconcertante silbido, que era lo único que podía escucharse en todos los alrededores.

Movida por la insaciable necesidad de estar enterada de los pormenores de la situación en la que se habían envuelto, y sobre todo por esa insana curiosidad inherente al género femenino, Misato hubo de hacer una corta parada en su carrera una vez que consideró estar a una distancia prudente para hacerlo. Al parecer bien equipada para labores de vigilancia, sustrajo de su guantera unos pequeños pero potentes binoculares, equipados con lo mejor que podía ofrecer la tecnología de aquellos tiempos, con los cuales podía estar al tanto de las incidencias del campo de batalla como si estuviera en el mismo lugar de los hechos. Para lograrlo tuvo que sacar medio cuerpo a través de la ventanilla del copiloto, queriendo ahorrarse segundos valiosos en caso de tener que volver apresuradamente a su vehículo; sin embargo, no pudo evitar apretujarse con Shinji, quien no sabía si estar molesto ó feliz con aquella invasión a su espacio personal.

El monstruo era todavía visible, sobresaliendo por encima de una hilera de colinas que bordeaban la localidad que acababan de evacuar. No obstante, la ausencia del furioso enjambre de aeronaves que hasta hace unos momentos lo rodeaban y el persistente silbido que alcanzó a reconocer la pusieron sobre aviso de las intenciones de los militares.

—¡No puede ser!— exclamó aterrorizada —¡Estos malditos orates piensan soltar una Bomba N2, así nada más!

Al ver con sus propios ojos la trayectoria descendente del susodicho artefacto sobre el coloso, comprendió que ya no quedaba tiempo de nada, más que guarecerse como pudieran y esperar a que lo peor pasara sin ningún contratiempo mayor.

—¡Agáchate!— ordenó entonces a la vez que se abalanzaba sobre el muchacho, cubriéndolo con su cuerpo.

Un gran resplandor cubre todas las inmediaciones, un resplandor intensamente blanco, que pulverizó por completo la columna de colinas y deja a todo posible espectador ciego por unos momentos, para ser seguido entonces por el arrollador estrépito de una explosión aún mayor a 5 megatones: el poder desatado de la innovadora tecnología N2.

Algún geniecillo había encontrado, casi sin querer, la manera de recrear el efecto de fusión en el átomo sin la peligrosa radiactividad que ello conllevaba. Así pues, el inmenso arsenal de las naciones del así llamado "Primer Mundo" se vio notablemente incrementado por esta tecnología, la cual superaba la potencia de una bomba atómica y con los beneficios de la ausencia de radiactividad y sus nefastas secuelas. Muchos pueblos habían sido literalmente borrados del mapa utilizando esta escalofriante tecnología.

El firmamento se torna de color infierno, la temperatura sube y en medio de todo este horror una gran nube en forma de hongo aparece elevándose hasta arañar los cielos. Las ondas de choque resultantes barrieron con todo, sacudiendo como un cometa a la deriva al pequeño carro indefenso, al punto de llegar a voltearlo. De pronto, tan rápido como empezó el estallido llega a su fin y por un rato todo es calmo; aún así, las colinas, el pequeño poblado y todo en un radio de 60 kilómetros ha desaparecido, dejando sólo una gruesa estela de polvo cubriéndolo todo.

En el cuartel de NERV, por el contrario, hay cierta conmoción. Los líderes militares no ocultaban su entusiasmo ni la inquebrantable confianza en su armamento más poderoso, bastante seguros que aquella explosión, aparentemente sustraída del más ardiente rincón de los infiernos, fue capaz de acabar con aquél engendro de pesadilla.

—¡Eso es! ¡Lo logramos!— dijo uno de ellos dejando de lado todo protocolo para ponerse de pie y celebrar como un estudiante.

—¡Así es como lo hacemos en las Naciones Unidas, novatos!— pronunció otro más, limitándose a aplaudir.

—Es una lástima que ya hayamos hecho todo el trabajo por usted, señor— expuso el último, dirigiéndose al personaje que lo observaba desde el balcón del nivel superior —Parece que ya no lo queda nada por hacer….

Aquel individuo no se dejó amilanar por la mofa dirigida a su persona. Se limitó a clavar la mirada fijamente en la estática que de momento transmitían todas las pantallas, que se reflejaba fielmente sobre el cristal de los anteojos que usaba.

El estallido causado por la Bomba N2 y su onda de choque había arrasado con toda el área, incluso con gran parte del camino por el que minutos antes Misato y Shinji transitaban, habiendo arrancado de tajo la cinta asfáltica hasta donde se pudiera ver. El que aquella destartalada chatarra que anteriormente había sido un automóvil sobreviviera a aquél devastador impacto era auténticamente un milagro y nada menos que eso.

Aún así sus tripulantes tuvieron que ejecutar maniobras para volver a ponerlo en marcha, pues la explosión lo había dejado volteado en una posición perpendicular, con las cuatro llantas al aire por un lado. Ambos estaban con las espaldas apoyadas sobre el quemacocos del vehículo, haciendo palanca con las piernas para regresarlo a su posición original.

—¿Te encuentras bien?— inquirió Katsuragi antes de empezar, asegurándose de no provocarle una hernia ó hemorragia interna al chiquillo.

—Sí, pero siento como que algo me cruje en la boca— contestó Shinji, clavando firmemente los pies sobre el polvoriento terreno.

—¡Eso es normal! ¿Estás listo? ¡Empuja!

A su orden los dos hicieron fuerzas con las piernas, haciendo impulso hacia atrás, lo que fue suficiente para afectar el precario equilibrio del destartalado vehículo y hacer que de nuevo sus llantas tocaran el piso.

—¡Uff, con eso bastó!— resopló Misato, aliviada, secándose con el dorso de la mano el sudor que escurría por su frente. Después se despojó de sus lentes oscuros, inservibles gracias a la nube de ceniza y polvo que se había levantado y que oscurecía todo a su alrededor. Al hacerlo pudo examinar mejor al escuálido muchachito delante suyo, al que agradeció sinceramente —Muchísimas gracias, hiciste muy buen trabajo…

—No fue nada, Katsuragi-san— musitó el chiquillo, quien a su vez podía apreciar mejor el atractivo rostro de su chofer.

—¡Oye, oye, estamos en confianza! ¡Sólo llámame Misato! ¿Quieres?

La cándida sonrisa que le dirigió aquella hermosura y el ojo que le guiñó en gesto cómplice enmudecieron al atolondrado muchacho, quien con la vista gacha apenas pudo asentir con un movimiento de cabeza.

De vuelta en el centro de mando subterráneo donde se coordinaba toda la operación, lo que quedaba por hacer era confirmar la destrucción del objetivo y empezar a hacer el control de daños y demás labores de limpieza restante.

—¿Cuál es el estado del blanco?— preguntó entonces el General Ross de las Naciones Unidas, el oficial militar de mayor rango que se encontraba presente, curioso por saber si quedaba algún despojo de su enemigo que les pudiera servir para examinarlo más de cerca y saber de su funcionamiento.

—Aún no recuperamos los visuales debido a la obstrucción de ondas en el ambiente… una vez que se disipe la cortina de polvo volveremos a tener imagen— contestó una de las operadoras a su mando.

—Es comprensible, después de todo fue una explosión masiva… nada pudo haber quedado en pie— murmuró otro de los oficiales que acompañaban a Ross, aunque sus ademanes ya no demostraran como antes la misma seguridad que sus palabras.

Y es que, entre más tiempo pasara sin tener noticias del punto de impacto, más espacio se le daba a la incertidumbre y especulación, lo que a su vez le abría las puertas a la duda.

—Los sensores están funcionando de nuevo— anunció enseguida otro de los técnicos, desplegando en pantalla una gráfica del terreno donde había ocurrido el estallido. Los instrumentos sólo detectaban un enorme agujero de varias decenas de kilómetros de extensión, vacío y estéril. No obstante, repentinamente un pico en las lecturas daba cuenta de la existencia de una anomalía dentro del cráter.

—¡Tenemos una reacción de energía justo en medio del punto de impacto!— interpretó una de las jóvenes oficiales encargadas de monitorear el instrumental a su servicio.

—¡¿Qué?!— vociferó el trío de altos oficiales militares a la vez, incrédulos.

—¡Volvemos a tener imagen de la zona cero!— informó otro operador, transmitiendo el enlace a la pantalla principal, que se desplegó frente a todos en el aire, tan grande como una pantalla de cine.

Las imágenes reproducidas no mentían. En ellas, una enorme torre oscura se erguía indemne en medio de toda la devastación, imponente, triunfante. El gigante que los amenazaba continuaba con vida. Un poco maltrecho, es cierto, pero aún en pie y sin mayores daños a considerar, lo que daba al trasto con el efecto que originalmente se tenía previsto al lanzarle la novedosa arma.

—¡Eso era nuestro último recurso! ¡Nuestro arsenal más poderoso! ¡No puede ser!— rabió uno de los acompañantes de Ross, sin dar crédito a lo que veía con sus propios ojos.

—¡Maldito monstruo hijo de puta!— gritó el general a la vez que golpeaba con el puño la superficie de su escritorio, colérico.

Para poder volver a emprender camino Katsuragi tuvo que echar mano de su ingenio para mantener la integridad estructural de su desvencijado vehículo automotor. Al no contar con habilidades de técnico mecánico ni en laminado automotriz, tuvo que recurrir en su mayor parte al uso de potente cinta adhesiva canela para mantener unidas las partes de su carro que se habían desprendido, como la facia delantera y la defensa, además de los espejos laterales. Aquél burdo remiendo, aunque fuera sólo con carácter temporal, daba una apariencia bastante jocosa al vehículo que a duras penas se mantenía en movimiento. La expresión de hastío de su conductora al estar atendiendo una llamada en su celular completaba la divertida escena.

—Seguro que sí, no hay de qué preocuparse— el gesto de Misato, semejante al de una colegiala severamente reprendida hacía entrever el tono bajo el cual se llevaba a cabo aquella conversación —Por supuesto, él está bajo mi cuidado personal, su seguridad es mi máxima prioridad en estos momentos. ¿Recuerdas aquella película de ese robot homicida del futuro que era guardaespaldas de ese muchacho con cara de niña? Pues justamente tengo instalado ese chip en estos momentos: "Soy un organismo cibernético diseñado para matar y destruir, me enviaron a protegerte, nada puede impedirme cumplir con mi misión"— pronunció con un fingido acento austríaco, parodiando a un célebre y fornido actor del siglo pasado —Así de cabrona soy yo, lo sabes bien… sólo necesito que prepares un carro de tren para nosotros, uno lineal, por favor… claro que asumo la responsabilidad total por su integridad, después de todo fue mi idea ir a recogerlo en primer lugar… claro, ya sabes lo buena que soy con los chicos, si hasta parece que no me conocieras… mira, haré de cuenta que no escuché ese último comentario de mal gusto, ya nos arreglaremos cuando estemos cara a cara a ver si aún así te atreves a expresarte de esa forma de mí… muy bien, te veo allá, ¡hasta la vista, baby!

Entretanto, el joven Ikari se daba a la tarea de examinar ese magnífico espécimen de mujer que tenía a su lado, pasando de sus comentarios infantiloides, que constituían la mayor parte de su charla. Shinji sólo había visto mujeres así de guapas en la televisión, jamás en la vida real y mucho menos tan cerca como tenía a Katsuragi. Aún cuando sus modales y expresiones echaran abajo la imagen tan glamorosa que proyectaba, su volátil carácter era de alguna manera también envolvente. Tenía que disimular muy bien para que ella no notara la inspección acuciosa de la que era objeto. El ajustado y corto vestido negro de una sola pieza que llevaba puesto era responsable en gran parte de que no pudiera ser capaz de quitarle la mirada de encima, pues le dejaban apreciar fácilmente sus largas y bien torneadas piernas. Además también hallaba culpables a ese rostro tan lindo y sus coquetos labios pintados con aquél tono tan intenso. Lo único que le impedía ir más allá en sus fantasías prepúberes era esa pequeña cruz de madera que llevaba colgada al cuello, como si fuera un letrero de advertencia. "Se puede ver, pero no tocar" parecía decir aquél crucifijo que oscilaba justo encima de su bien dotado busto, que podía distinguirse a pesar de la ausencia de escote en esa prenda que le llegaba a la beldad hasta el cuello.

Sin reparar en las violentas reacciones hormonales que desataba en su joven acompañante, Misato estaba inmersa en sus propios pensamientos mientras los dirigía a su destino. Casi todos ellos estaban ocupados por la patética excusa de auto que conducía, el que apenas unos meses antes acababa de sacar de la agencia y que ahora estaba reducido a un mero bote de basura. No tenía la certeza de que el seguro cubriera daños ocasionados por tecnología N2 y en caso de no ser así seguramente que las reparaciones le costarían un ojo de la cara. Y además tenía rondando por su mente aquellos 33 pagos mensuales que aún tenía pendientes por aquella cafetera rodante. Lo peor de todo, su única ropa buena había quedado deshilachada en todo el sainete. Era tan bonita, y costosa, y ahora estaba arruinada. ¡Arruinada! Ni siquiera un indigente podría usar esos harapos para protegerse de la brisa nocturna. Y pensar que tenía las expectativas tan altas para aquél día en especial. Quizás si se hubiera levantado un poco más temprano no se le hubiera hecho tan tarde y…

—¡Misato!— Shinji tuvo que hablar en un tono mucho más alto, casi gritándole, después de que sus otros cuatro intentos por llamar la atención de la conductora habían fracasado.

—Oh, disculpa, ¿dijiste algo?

—Todas estas baterías que les quitaste a esos carros abandonados…— pronunció el muchacho, refiriéndose a la pila de acumuladores automotrices que abarrotaban los asientos traseros, impidiendo casi totalmente la vista por la ventanilla trasera —¿No se puede considerar esto como… un robo?

En efecto, la mujer se había empeñado en parar durante todo el trayecto siempre que veía algún vehículo dejado a su suerte durante la apresurada evacuación nacional, sustrayendo con pericia aquella autoparte tan esencial y costosa en el funcionamiento de los automóviles.

—¡Ah, claro que no! ¡Niño bobo, por supuesto que está bien! No hay ningún problema porque se trata de un estado especial de emergencia, todo se te está permitido con tal de asegurar tu supervivencia— una sonrisa nerviosa e incriminatoria se dibujó entonces en el precioso rostro de Katsuragi, quien no pudo sostenerle la mirada al jovencito —Además soy una oficial gubernamental, aunque no lo parezca, así que estoy capacitada para actuar conforme a mi criterio en este tipo de situaciones… y es que no vamos a llegar a ningún lado si es que se llegara a acabar nuestra batería…

—No creo que alguien te vaya a creer esa tonta excusa, Misato— refutó Ikari, soltando un bufido de enfado por saberse involucrado en un delito.

—¡Qué grosero!— repuso la mujer, haciendo una especie de puchero —Shinji, déjame decirte que no eres tan amable como haces creer con tu cara de niñito bueno…

—No me digas— contestó el chiquillo, frunciendo el entrecejo —Me sentiría ofendido, si ese comentario no viniera de una vil ladrona de refacciones…

—¡Oh, ya te enojaste!— se mofó la conductora, arrastrando el tono de sus palabras —¡Lo siento tanto! Pero eso es porque eres un niño y aún no alcanzas a comprender como funciona el mundo real…

—Pues tú eres bastante infantil para tu edad, ¿sabías?

Katsuragi ya no le pudo responder, con su cara contraída en un gesto malhumorado, casi encaprichado. Únicamente se limitó a desquitar su frustración manejando alocadamente de lado a lado del camino, amagando con estrellarse sobre las barreras del túnel al que estaban ingresando.

—¡¿Qué estás haciendo?! ¡Estás completamente loca, espera! ¡Cuidado, nos vas a mataaar!

Haciendo de lado toda prudencia y la más mínima precaución que el mero sentido común podría dictaminar, un helicóptero de vigilancia monitoreaba muy de cerca el estado de la monumental criatura a la que se enfrentaba la raza humana. Al hacerlo, en el centro de mando pudieron percatarse de algunas heridas que había sufrido producto de la explosión. Pero del mismo modo era visible para todos que las estructuras que habían sido quemadas estaban siendo descartadas y reemplazadas por nuevas con gran rapidez.

—Cómo lo sospechábamos, poseen capacidad de regeneración— observó casualmente el hombre misterioso que estaba parado, sin dar señas de cansancio pese a que llevaba algún rato sin tomar asiento.

—De no ser así, no podrían funcionar como un arma autónoma, sin alguna clase de respaldo— dilucidó el hombre de las gafas delante suyo.

En ese momento un destello emergió proveniente del monstruo y en un solo parpadeo la pantalla volvía a transmitir estática, lo que indicaba que la aeronave espía había sido derribada sin mayores contemplaciones.

—¡Mira eso! ¡Estoy impresionado! Está ampliando su rango operativo…

—Y, al parecer, aprenden muy rápido…

—Reanudará su ataque en cualquier momento— anunció el individuo de mayor edad, en tanto la imagen en pantalla volvía a reanudarse desde otro ángulo, en esta ocasión desde una vista de hormiga al estar transmitiendo desde la cámara instalada en uno de los tanques que volvían a cercar al coloso.

Siguiendo el paso a desnivel al que habían entrado, Misato dirigió su vehículo hasta un acceso donde hubo de hacer uso de un pase especial para poder ingresar a su interior. Se trataba de una plataforma que al parecer descendía indefinidamente, pues no podía divisarse a simple vista donde terminaba su trayecto.

"Las puertas se están cerrando Atención, por favor: las puertas se están cerrando. Manténgase en el interior de su vehículo hasta que la plataforma haya llegado a la estación." Mientras la voz mecanizada de la alarma anunciaba el proceso la iluminación del acceso se tornó roja, demandando atención inmediata, y tal como había sido indicado, unas placas de metal de una sola pieza empezaban a deslizarse detrás de su auto, tapando la salida al exterior y comenzando su descenso abismal de una vez.

Al hacerlo, Shinji puede notar aquel peculiar símbolo de medio trébol pintado en varias partes del trayecto, volviendo a leer claramente la palabra:

—NERV— pronunció distraídamente como en una invocación.

—Se trata de una organización secreta controlada directamente por el Consejo de Seguridad de la O.N.U. — dijo Misato, pensando que aquél era tan buen momento como cualquiera para comenzar con el recorrido guiado del infante por aquellas instalaciones ultrasecretas —Aunque, aquí entre nos, a veces me tengo que preguntar quién es el que realmente controla a quién…

—¿Y aquí es donde trabaja mi padre?

—Así es… dime, Shinji: ¿sabes acaso a lo que él se dedica?

El joven Ikari caviló por unos instantes, buscando en los recovecos de su memoria los escasos datos que tenía acerca de quién era su progenitor y qué es lo que supuestamente hacía para ganarse la vida.

—Algunas vez oí decirle a mi abuelo que lo que mi padre hacía era muy importante para el bienestar de toda la Humanidad— respondió el muchacho, sin disimular el marcado dejo de amargura en sus gestos. Y es que aquello siempre le había parecido una excusa inverosímil, que sólo servía para justificar el abandono en el que lo tenía ese hombre irresponsable del que no tuvo noticia alguna durante el transcurso de la mayor parte de su vida. Aún en ese momento le seguía pareciendo un pretexto barato solamente. ¿Qué podría hacer en beneficio de la raza humana un desgraciado que ni siquiera se preocupaba por saber de su propio hijo?

El General Ross era un veterano de la Fuerza Aérea de los Estados Unidos de América que durante toda su trayectoria había ido escalando posiciones hasta llegar a su puesto actual, dentro de las más altas posiciones en el aparato militar del nuevo orden mundial. Muy pocas habían sido las ocasiones en su carrera en las que había tenido que admitir la derrota y retirarse antes de pagar un costo mayor para las fuerzas a su mando. En todas ellas siempre le había quedado un sabor amargo y un sentimiento de impotencia difícil de sacudirse. Sin embargo, no era, para nada, estúpido, por lo que también siempre contó con la claridad suficiente para admitir que se le habían agotado las opciones y lo mejor era retirarse antes que terminar machacado contra el muro de su terquedad.

Aquella era una de esas ocasiones, quizás la vez que fue superado con mayor amplitud, y el tener que reconocerlo de frente al arrogante sujeto que se encontraba frente a él lo hacía todavía aún más difícil. Dentro de su cabeza coronada con grandes entradas y una cabellera canosa comenzaba a surgir la idea de un próximo retiro.

—Señor Gendo Ikari, al haber agotado nuestros recursos militares contra este enemigo es mi deber informarle que a nombre de las Fuerzas Armadas de las Naciones Unidas le cedo formalmente el mando de esta operación de ahora en adelante y del mismo modo otorgamos pleno consentimiento para que ponga en marcha el Proyecto Eva— la sonrisa complaciente que iluminó el rostro de su interlocutor fue como una filosa daga introduciéndose en su estómago, ó donde fuera que estuviera alojado su lastimado orgullo de viejo guerrero, por lo que movido por el despecho tuvo que soltar una última advertencia que se escuchó vaga y sin sustento —Estaremos muy al pendiente del manejo que le de a la situación…

—Me parece bien, General— asintió Ikari.

Gendo Ikari, comandante encargado de NERV y del mencionado Proyecto Eva, era una persona de complexión mediana, robusta y de hombros anchos que lo hacían ver como una especie de minibar. Su expresión tosca, severa, semejaba a la de una roca. Muy pocas veces se le veía contento y cuando así sucedía generalmente era un mal signo, pues en esas ocasiones a todas las demás personas les iba mal. Su mandíbula inferior se veía adornada con una muy bien cuidada barba que cerraba justo en sus patillas, dándole a su rostro una apariencia cuadrada. Usaba anteojos rectangulares, que la mayor parte del tiempo ocultaban la expresión de sus ojos. Un hombre de edad madura, cargándose más de 40 años en las espaldas. Y un poquito de sobrepeso en el área abdominal.

—Ya hemos visto que nuestro armamento no afecta a esa cosa, es por eso que le estamos dando una oportunidad— sentenció uno de los oficiales que acompañaba a Ross en su retirada, como defendiendo a su superior —Será mejor que no traicione nuestra confianza…

—No lo haré, señor, ya verán que están haciendo lo correcto— respondió su relevo en el acto, con tono firme y decidido.

—Se le ve bastante confiado, Ikari— dijo el general en última instancia, tomando nota de su talante —Dígame, ¿en verdad cree poder vencer a ese fenómeno?

—NERV existe sólo para eso, señor.

La respuesta no daba resquicio a debate alguno. Y por mucho que el veterano militar odiara dejar el mando de tan importante misión en manos de civiles, no tenía más opción que dejarlos justificar de una vez por todas el enorme presupuesto que se le destinaba a aquella agencia secreta. Derrotado en más de un aspecto Ross abandonó la sala de operaciones seguido por su séquito, no sin antes soltar una última vaga advertencia al hombre que lo relevaba al mando, más por frustración que por cualquier otra cosa:

—Por su bien, y el de todos nosotros, espero que tenga razón…

Los oficiales de las Naciones Unidas se retiraron sin más, todo protocolo ó pompa ceremonial ausente del repliegue. Ahora en la sala quedaban únicamente empleados y oficiales de la nueva organización a cargo. Gendo estaba bastante conforme al respecto, pues así su margen de maniobra se incrementaba considerablemente.

—El blanco continúa estático— informó una oficial desde su consola, sin darle mayor importancia a la retirada de la cúspide militar.

—El rango actual de intercepción efectiva es de 7.5%— soltó al aire a su vez uno de los técnicos, leyendo las gráficas que llegaban a su estación.

El hombre que antes acompañaba a Ikari en el nivel superior veía las mismas gráficas que aquél joven oficial y una vez que corroboró aquellos datos se volteó para volver a dirigirse a su allegado. Su nombre era Kozoh Fuyutski, un individuo de edad bastante avanzada, quizás el que más años tenía de todos los presentes. Se trataba de un sujeto de apariencia rancia y delgada, algo frágil en comparación de su acompañante. Ya algunas canas y arrugas le adornaban la faz, demostrando así el paso del tiempo por su vida. Sin embargo, su aspecto férreo y su columna bien derecha le daban un porte autoritario que exigía respeto a donde quiera que plantara su presencia.

— Las fuerzas de la O.N.U. se agotaron— pronunció el ajado individuo, como si estuviera planteando un problema matemático a resolver en alguna clase de universidad —¿Qué es lo que piensa hacer ahora, Comandante Ikari?

Gendo pudo notar el tono burlón casi imperceptible que empleó Fuyutski al hacer ahínco en la palabra "comandante", pero pasó de él al tratarse de una de las pocas personas al que le permitía hablarle de ese modo.

—Activaremos la Unidad 01— contestó lacónico, casi desafiante.

—¿Activarla?— Kozoh daba poco crédito a lo que acababa de escuchar. En otras circunstancias, aquello hubiera sido el paso lógico a seguir, pero en esos momentos tenían un pequeño inconveniente que les impedía ponerlo en marcha —¿Y el piloto? ¡No tenemos un piloto!

—Claro que tenemos— respondió Ikari vagamente, dándole la espalda —Incluso tenemos pilotos de sobra…

A varios miles de kilómetros de ahí, surcando tranquilamente en medio de aguas internacionales del Pacífico del Norte, el USS Rampage se dirigía tranquilamente a costas japonesas acompañado de su grupo de batalla consistente en dos cruceros y tres destructores que lo escoltaban, sin ninguna clase de contratiempo en su itinerario. El Rampage era un gigantesco portaaviones de propulsión nuclear de generación avanzada, el primero de su tipo en todo el mundo. Con sus más de 350 metros de eslora era una auténtica fortaleza flotante desplazándose a más de 60 kilómetros por hora que lo tenían en ese momento mucho más cerca de su destino que del puerto desde donde había zarpado en territorio americano. A pesar de lo intimidante que podía resultar la contemplación de su moderno armamento, del cual estaba repleto, sus intenciones no eran hostiles, aparentemente, como podía apreciarse al ver su cubierta de vuelo desprovista de aeronaves en sí, para ser utilizada más bien como una bodega de carga que estaba guarecida bajo una serie de grandes lonas bien sujetadas.

La jornada a bordo había transcurrido sin novedades, al igual que había sucedido durante todo el trayecto. Era un día hermoso, con clima templado y perfecto y sin un solo nubarrón a la vista. El ajetreo diario propio de una embarcación de ese tipo era llevado a cabo satisfactoriamente en tiempo y forma, sin nada de consideración a reportar. A no ser por un desconcertante sonido, bastante persistente, que se escuchaba fuera de lugar en una base naval militar, proveniente de la isla donde se encontraba el puente y la torre de control, y que a más de alguno hizo levantar la ceja.

Lo que se escuchaba a bordo del Rampage eran acordes de guitarra, que iban en serie sucesiva formando una progresión armónica que se repetía rítmicamente de manera constante. Una especie de ululación acompañó entonces a las notas del instrumento musical para luego empezar a entonar una conocida canción en inglés:

"Somewhere over the rainbow

Way up high

And the dreams that you've dreamed of

Once in a lullaby…"

A todo aquel que pudiera escuchar la melodía le quedaba claro que la entonación no era de un profesional, pero aún así era ejecutada de manera bastante respetable y de no ser porque aquél despliegue musical no tenía cabida en una nave de ese tipo aquél detalle hubiera hecho mucho más llevadero el rato. Extrañados, varios miembros de la tripulación volteaban a todas partes en rededor, intentando dilucidar el origen de la cantinela, si bien la mayoría ya tenía la certeza de quién podría ser el improvisado intérprete.

"Somewhere over the rainbow

Bluebirds fly

And the dreams that you've dreamed of

Dreams really do come true…"

Una hamaca había sido irreverente e improvisadamente instalada aprovechando las barandillas colocadas al lado de uno de los corredores que conducían a la torre de control, y en ella un joven con ropas de civil y un enorme sombrero de paja sobre la cabeza, que le ocultaba la mayor parte del rostro, se encontraba plácidamente acomodado con guitarra en mano, entonando las letras y notas de aquella confortante, inclusive arrulladora pieza musical.

"Someday I'll wish upon a star

And wake up where the clouds are far

Behind me

Where troubles melts like lemon drops

Away above the chimney tops

That's where you'll find me…"

Todo lo que concernía a aquél muchacho, que no podría tener más de quince años y que iba vestido solamente con una camiseta blanca de algodón, shorts pescadores de color olivo y sandalias, estaba fuera de lugar en aquél sitio consagrado al servicio, al orden y a la disciplina. Su piel bronceada, casi rojiza por la excesiva exposición a los rayos del sol, además de su cuerpo alto y macizo lo hacían ver como a uno de los surfistas que plagaron las costas del sur de California durante la segunda mitad del siglo XX. La desfachatez de sus gestos y actitudes contrastaba ampliamente con la pulcritud y precisión de todo el personal militar que le rodeada, cuyas labores seguramente no era la primera vez que se veían perturbadas por su impertinente desapego.

"Somewhere over the rainbow

Bluebirds fly

And the dreams that you dare to

Oh why, oh why can't I?"

Aprovechando la pausa que el joven había hecho en su interpretación al concluir aquella última estrofa, aparentemente en actitud reflexiva ó bien porque estuviera cayendo dormido, un miembro del personal de la cocina de aquella embarcación se le acercó precavidamente, sosteniendo una charola en sus manos con una bebida de coctel en ella.

—Discúlpeme por interrumpirlo, señor— se anunció el recién llegado, incómodo por no saber si aquél chiquillo estaba despierto debido al sombrero con el que deliberadamente tapaba su cara —Traigo la… bebida… que encargó…

Su vacilación estaba más que justificada, al ser la primera vez que preparaban una bebida de ese tipo en aquél buque, pues no era otra cosa más que una vulgar margarita, más propia de cualquier bar ó crucero de recreación, pero que no tenía razón de ser en una base militar.

—Muchas gracias— asintió enseguida el despreocupado muchacho, quitándose el sombrero para dejar al aire libre su cabellera larga en la parte superior y corta por debajo, y así poder sujetar el vaso cuyo contenido inspeccionaba ávidamente con sus ojos verdes —Sólo espero que esta vez hayan acertado con las cantidades exactas de alcohol, la última que me trajeron era tan solo hielo escarchado… no les di esa botella de tequila sólo para que la pasearan por todo el Pacífico, Enricky…

—Mi nombre es Álvaro, señor, la guardia de Enrique terminó hace una hora… pero descuide— dijo el tripulante sin voltearlo a ver mientras se retiraba —Estoy muy seguro que esta vez encontrará el contenido de su trago lo bastante fuerte para colmar su gusto, lo preparé especialmente para usted…

—¡Excelente! ¡Gracias, marinero! Disculpa la confusión…

Antes que el jovencito pudiera deleitarse probando su bebida coctelera, y que incluso pudiera posar los labios sobre el borde del largo vaso donde estaba servida, fue abruptamente detenido por un alto oficial militar que salía a su encuentro por el pasillo, observando con disgusto toda aquella desparpajada escena que de ninguna manera podía ser tolerada en una embarcación a su cargo.

—Doctor Rivera, le recuerdo nuevamente que no nos encontramos en un crucero de placer— aclaró el recién llegado, contrastando con su impecable uniforme y postura bien derecha con el talante relajado del chiquillo, al que de cualquier modo se cuidaba de dirigirse respetuosamente —Por lo que le pido de la manera más atenta que desmonte su artilugio de mi corredor y confine cualquier demostración artística al interior de su camarote, si es que no es mucha molestia para usted… verlo actuar de esta forma es malo para la moral de la tripulación…

—Relájese capitán, oh, mi Capitán Crunch— contestó el muchacho sin siquiera hacer el intento por levantarse de su improvisado lecho, colocándose de nuevo el ancho sombrero encima de la cabeza —Hace un día muy hermoso como para dejar que se desperdicie dentro de esa deprimente caja de zapatos a la que usted llama camarote…

—Sabe muy bien que mi nombre es Silver, Doctor Rivera, y que no está permitido consumir bebidas alcohólicas durante el viaje— dijo el Capitán John Silver, al tiempo que le arrebataba el recipiente sin que hubiera probado una sola gota de su contenido —Y también sabe que mientras esté a bordo de esta nave yo soy la autoridad máxima y todos están a mis órdenes, usted incluido, así que sírvase de seguir las indicaciones de su oficial superior…

—De acuerdo, Johnny boy, sólo estaba jugando— consintió el chiquillo sin dejarse ver afectado por el hurto del que había sido objeto, aún recostado sobre el pedazo de tela colgante, mientras se comenzaba a mecer en él —Trataré de mantener al mínimo mis extravagancias con tal de no importunarlos con tonterías…

—Lamento que no será así… por más que me rehúse a hacerlo, aún es mi deber el mantenerlo al tanto de todas las incidencias de nuestro trayecto— el oficial naval comenzó a leer los documentos que llevaba en la tabla que sostenía su mano izquierda —De tal forma, me veo forzado a informarle que hemos recibido indicación del alto mando de conservar nuestra posición actual y no avanzar más hacia costas japonesas. Se ha decretado un estado especial de emergencia en todo el territorio japonés y sus aguas son inaccesibles de momento para toda navegación…

—¡Vaya, un estado especial de emergencia!— exclamó Rivera, fingiendo asombro y sin siquiera levantarse —¡Eso no es algo que pase todos los días! ¿Se puede saber la razón que originó dicho estado?

—Según nuestros informes, un Código Azul fue detectado hoy por la tarde en las inmediaciones de la antigua bahía de Yokohama…

—¡Un Código Azul, dijo! ¡Válgame, un Código Azul dijo usted, así nada más!— finalmente el jovencito abandonó la hamaca de un salto, avispándose para mirar alerta en rededor con ojos saltones —¡Es un ángel, cretino, eso es lo que es, nada menos que eso!

—Creo que no es necesario recordarle una vez más que no está permitido divulgar información clasificada a…

—¡Un ángel! ¡Es un ángel, idiotas, sálvese quien pueda!— antes que Silver terminara su advertencia el joven ya estaba con medio cuerpo colgado de la barandilla, gritando como poseído a los cuatro vientos —¡Que cunda el pánico! ¡Abandonen sus puestos! ¡Corran por sus miserables vidas, corran mientras puedan! ¡Un monstruo gigante nos va a aplastar a todos! ¡Mujeres y niños primero! ¡Yo soy un niño, así que voy primero! ¡Alguien que me ayude! ¡Ayúdennos a todooos!

—¡Deja de hacerte el imbécil, maldito demente ó haré que te arrojen al calabozo!— pronunció el marino bastante molesto en tanto lo jalaba de nuevo al pasillo.

—Conque un ángel— pronunció Rivera, acariciándose la barbilla pensativo, recobrando la compostura tan pronto como la había perdido —Esperaron quince años para volver, supongo que era mucho abuso pedirles que esperaran un poco más para qué pudiéramos completar nuestro trabajo… ¿no es así… papá?

Su mirada tranquila se remontó entonces a la cubierta de vuelo devenida en de carga, donde el conjunto de lonas envolvían varias piezas gigantes con formas bastante diversas, apiladas unas sobre otras y hábilmente acomodadas para que ocuparan el menor espacio posible.

—El cargamento seguirá bajo nuestra custodia en esta nave, pero es con bastante gusto que le notifico que su presencia en esta base ya no será más requerida— continuó el capitán de la embarcación, ignorando el extraño diálogo del jovencito con personas inexistentes, revisando de nuevo las instrucciones que contenían el legajo de documentos que llevaba consigo —Acabamos de recibir hace unos momentos una orden proveniente de la base de NERV en Japón, en donde solicitan su inmediata presencia en aquellas instalaciones. En breve, una de sus aeronaves arribará para poder transportarlo lo antes posible hasta donde se le necesita.

—Es muy comprensible, mis legiones de admiradoras por allá son bastante impacientes y seguro que hicieron bastante presión por mi pronto regreso— se expresó el chiquillo en evidente tono de chanza, desmontando de una vez el largo pedazo de tela que tanto molestaba a su acompañante —Tendré que apresurarme a recoger todas mis cosas para tener mi equipaje listo antes que lleguen…

—Me temo que eso ya no será posible… no se preocupe, me aseguraré de que todas sus pertenencias sean entregadas junto con la carga cuando lleguemos a nuestro destino.

Las miradas del marino y del muchacho se dirigieron entonces hacia arriba, al punto desde el cual se originaba el rumor de turbinas aéreas que iba aumentando, indicando así su cercanía cada vez mayor con la embarcación. Un robusto y bien pertrechado helicóptero negro con el escudo de NERV a sus costados descendió desde las alturas, aterrizando magistralmente en el poco espacio que había quedado en la cubierta del portaaviones. El viento que sus poderosas hélices generaban provocó que el sombrero de paja del muchacho saliera volando y que por poco el capitán perdiera su gorra, la que hubo de sujetar con firmeza para mantenerla sobre su cráneo.

—¡Eso sí que fue rapidez!— pronunció Silver sin poder ocultar el gusto que le ocasionaba librarse con tanta anticipación de aquél indeseado pasajero, mientras bajaban por las escaleras que conducían hasta cubierta —La verdad es que no puedo imaginar que alguien tenga tanta prisa por verlo, Doctor Rivera, pero es evidente que lo necesitan con desesperación. Ese helicóptero debió despegar incluso mucho antes de que nos mandaran la orden de su traslado…

—¿Sabe qué es lo más gracioso, mi capi?— preguntó el joven cuando alcanzaron la pista y veían descender ágilmente de la aeronave a varios elementos armados, listos para custodiarlo hasta Japón —Que sobreviví a todos esos atentados contra mi vida sólo para terminar muerto piloteando el juguete caro del tarado de Gendo Ikari… sólo un estúpido redomado se subiría voluntariamente a esa trampa mortal … en fin, fue un placer conocerlo, Capitán Silver, siempre atesoraré todos esos momentos que pasamos juntos…

—Y no sabe el gusto que me da decirle por fin: ¡Vete a la mierda, imbécil!— espetó el marino a modo de despedida, haciendo el tradicional saludo militar.

Rivera soltó una risa cómplice ante la ocurrencia y de la misma manera devolvió el saludo, para luego darle la espalda al dirigirse hacia los uniformados que ya lo estaban aguardando.

—Brindo por el hijo de puta más molesto con el que he tenido que lidiar— pronunció para sí mismo el oficial naval, aprovechando el vaso que aún sostenía con su mano derecha y dando un buen sorbo de él. Estaba fuera de la norma, pero hubiera sido un desperdicio desechar todo su contenido sin probarlo siquiera —Y el más arrogante, por si fuera poco… cretino engreído, no te des tantos aires de grandeza… eres muy poca cosa como para que alguien se tome la molestia de asesinarte…

De manera tardía Silver reparó en el intenso olor y sabor a almendras amargas que le había dejado el trago en la boca, justo cuando sentía como empezaba a faltarle la respiración. Su cuerpo entonces lo traicionó, dejándole los músculos paralizados en tanto caía derribado al mismo tiempo que el vaso que sostenía hasta momentos antes se estrellaba en el piso junto a él. Todos los presentes fueron testigos de aquél hecho, y del cuadro que de inmediato comenzó a manifestar el alto mando naval: convulsiones, pupilas dilatadas y un paro cardiorespiratorio. Síntomas inequívocos del envenenamiento por ingesta de ácido cianhídrico.

—¡Santo Dios! ¡Un médico, pronto!— gritó a viva voz el primero de los tripulantes que pudo llegar en su auxilio, sosteniéndolo como podía para evitar que se golpeara con las violentas convulsiones que lo sacudían mientras intentaba provocarle el vómito —¡Vamos, el capitán necesita a un médico!

—¡Alguien envenenó al Capitán Silver!

—¡Puta madre, que venga rápido el médico!

Con todo el alboroto que se produjo, mientras una muchedumbre comenzaba a rodear la escena del hecho, nadie se percató cuando Álvaro, el cocinero que en primer lugar le había llevado aquella bebida mortífera al joven Rivera, abriéndose paso entre el bullicio avanzaba rápida y decididamente hasta donde el chiquillo se encontraba, quien había detenido su andar para atestiguar estupefacto el macabro suceso. Estuvo a nada de ingerir el contenido de aquél vaso y de haberlo hecho en esos momentos sería él quien se estuviera revolcando en el suelo, en lugar del desafortunado oficial que sin saberlo lo había salvado. Queriendo solucionar aquello, y antes que los guardias de NERV salieran de su estupor y comprendieran cabalmente lo que sucedía, a unos siete metros de distancia entre los dos, el aspirante a homicida sustrajo de entre sus ropas un revólver con el que apuntó y disparó hacia donde se encontraba el muchacho.

La munición pasó apenas rozando la cabeza del jovencito, yéndose a impactar contra el blindaje del helicóptero que en ningún momento había apagado sus motores, listo para despegar ante cualquier posible eventualidad. Tal como lo demostraban las presentes circunstancias, aquella había sido una decisión acertada. De inmediato todos identificaron al agresor y se abalanzaron sobre él para desarmarlo, mientras la tripulación de la aeronave hacía lo propio para resguardar a su pasajero y ponerlo a buen resguardo en el interior del vehículo.

—¡Mierda, Rivera está otra vez bajo ataque!

—¡Rápido, larguémonos de aquí!

—¡No esperes más, piloto, tenemos permiso para despegar! ¡Vamos, vamos!

En tanto, el agresor forcejeaba con los robustos marineros que buscaban someterlo, hallando un resquicio para liberar su brazo y volver a disparar hacia el transporte aéreo que comenzaba con su ascenso.

—¡Muérete, maldita escoria asesina!— gritaba el atacante armado hasta casi quedar afónico, su rostro hecho una máscara de furia, en tanto descargaba la totalidad de sus municiones sobre el blindaje del helicóptero que cada vez iba más alto —¡El 23 de Marzo no se olvida! ¿Me oyes? ¡Nunca se olvidará! ¡La sangre de millones de mártires latinoamericanos clama por justicia! ¡Justiciaaa!

El desaforado pistolero finalmente fue restringido por la masa humana que lo rodeaba en tanto que la escotilla de la aeronave se cerraba, lista para reanudar el vuelo hacia tierras niponas, no sin que antes uno de los guardias pronunciara una amarga queja como si el muchacho no estuviera presente:

—¡Un solo día! ¡Quisiera que pasara un solo jodido día sin que alguien tratara de matar a este mocoso insufrible!

—A mí nadie me respeta— pronunció lastimosamente Rivera para sí mismo, fingiendo una voz chillante, al tiempo que se dejaba caer sobre su asiento, agotado por el frenesí de emociones que acababa de experimentar.

Misato reclinó su asiento hasta casi hacerlo una pequeña cama, donde se recostó plácidamente, aprovechando que la plataforma donde había detenido su automóvil fuera la que los condujera por su camino durante todo el tiempo que durara el descenso.

Su joven acompañante, en cambio, no lograba relajarse de la misma manera, Conforme se acercaban a su destino y al momento de la reunión con su padre la ansiedad se iba apoderando del ánimo de Ikari. El incesante movimiento de sus piernas y el tamborileo de sus dedos de iba haciendo más notorio conforme al paso del tiempo.

—Dime, Misato— pronunció, alentado por la familiaridad con la que la mujer lo trataba desde un principio —¿Exactamente qué es lo que hace mi padre en este lugar?

—¡Oh, es cierto! ¡Casi lo olvidaba!— exclamó de improviso Katsuragi, haciendo caso omiso a la interrogante que se le dirigía —Tu padre te mandó una identificación, ¿cierto?

—Me parece que sí— respondió el chiquillo, desganado al saberse deliberadamente ignorado, comenzando a hurgar en el interior de su valija en busca del sobre que le había llegado a su domicilio —Sí, aquí está…

Shinji mostró entonces todo el contenido del paquete, que incluía una especie de carnet con el escudo de la agencia y un papel membretado con la rúbrica del Comadante Ikari, cuyo mensaje era claro, conciso: "Shinji Ikari: ¡Ven!"

—Será mejor que la tengas a la mano, la necesitarás cuando bajemos de la plataforma y en varios puntos de revisión— advirtió Katsuragi, extendiéndole a su vez una nueva documentación sellada como "confidencial" —Mientras tanto, puedes ir leyendo esto…

—"Bienvenido a NERV"— leyó enseguida en voz alta —¿Significa que quieren que trabaje aquí? ¿Qué podría hacer yo en un lugar como este?

El muchacho ya no quiso seguir leyendo más, apartando el documento de su vista para mirar fijamente a un punto perdido en la nada, despechado.

—La verdad es que no debería sorprenderme— dijo luego de un rato —Mi padre jamás se acordaría de que existo… a no ser que quiera que haga algo por él…

—Te comprendo— asintió su guapa compañía —No tienes una buena relación con él. Me recuerdas un poco a mí, a tu edad…

En el acto la mujer volvió a desparramarse sobre su asiento reclinable, cruzando los brazos sobre la nuca a modo de almohada. Antes que Shinji, extrañado, pudiera indagar más sobre el significado de sus palabras, una luz al final del túnel demandó su atención inmediata. Una vez que atravesaron aquél efecto luminoso los sorprendidos ojos del perplejo jovencito de deleitaban en la contemplación de todo un mundo nuevo que literalmente apareció frente a ellos. Lo primero que capturó su mirada fue la visión de un numeroso conjunto de edificios que parecían estar colgados del techo de una monumental caverna esférica que se extendía tan lejos que no era posible apreciar su final. Después fue el reflejo cristalino de una gran lago que se ubicaba a varios cientos de metros debajo del riel por donde circulaba su convoy. Al parecer, un pequeño bosque circundaba el cuerpo de agua, como lo hacía suponer todas las copas de los árboles que se alcanzaban a distinguir desde aquél punto. Y aún cuando se tratara de una instalación subterránea la caverna era iluminada por la misma luz solar que pegaba en la superficie. ¿Cómo era eso posible?

—Esto es… esto es…— sin habla, Shinji sólo podía balbucear dominado por su asombro, sin encontrar palabras para expresar su sentir en aquellos instantes.

Por su parte, mucho más acostumbrada a dicho paisaje debido a la rutinaria costumbre que se le había hecho con el transcurrir de las jornadas diarias, Misato reparó más en la actitud del muchachito, a quien era la primera vez que le veía sonreír desde que lo había recogido.

—Esto es el Geofrente, nuestra base secreta. El cuartel general de NERV— explicó Katsuragi pacientemente, conmovida por la expresión de asombro infantil de su acompañante —Es también la base para la reconstrucción de nuestro mundo y el fuerte para la raza humana.

La plataforma que los transportaba avanzaba a través de un riel suspendido del techo de aquella enorme gruta, a modo de teleférico, por lo que Shinji pudo obtener la mejor vista de todo ese sorprendente lugar por mucho rato más. Los rayos oblicuos del atardecer pintaban de un precioso tono anaranjado las inmediaciones, obsequiándole un espectáculo nunca antes visto en su corta vida. Algo bueno tenía que sacar de esa apresurada visita a su padre y solo con semejante paisaje ya podía darse por bien servido.

Una vez que la plataforma se detuvo y bajaron del auto las imponentes vistas que quitaban el aliento no se detuvieron por ello. Ahora eran las entrañas de aquellas instalaciones las que mantenían absorto al escolar en su andar. Todo ahí parecía estar construido en escala y proporciones monumentales, pasillos tan largos y anchos como carreteras, vestíbulos del tamaño de una cancha de béisbol, laboratorios tan grandes como un complejo industrial; todos ellos albergando en su interior la tecnología más moderna que estuviera disponible en aquel entonces, que bien pudieron haberse tratado de artilugios mágicos sin que eso significara una gran diferencia para el joven y asombrado espectador que miraba embelesado hacia todos lados en su andar por aquellas maravillosas nuevas tierras que recién descubría. Su mirada se trasladaba apuradamente de cada nuevo sorprendente espacio que se le revelaba conforme avanzaban hasta las páginas del cuadernillo de introducción que le había facilitado Katsuragi, buscando en ellas cualquier resquicio de información que pudiera ilustrarle lo concerniente a los sitios por los que pasaban.

En cambio, Misato no despegaba la vista del intrincado mapa que sostenía delante suyo, tratando de ubicarse dentro de ese complicadísimo laberinto en forma hexagonal. Una lupa le hubiera servido bastante para apreciar cabalmente cada minúsculo detalle impreso en aquél pedazo de papel que parecía mostrar un sistema alienígena. En el plano solamente había dos direcciones indicadas, señaladas con círculo rojo. Una de ellas indicaba: "aquí", seguramente el lugar a donde tenía que llevar al chico. La restante apuntaba el lugar donde se encontraba el baño de damas.

—Qué raro… hubiera jurado que era justo en esta dirección…— musitaba la mujer con sumo desgano, bordeando los límites de su paciencia, mientras dejaba que una banda transportadora a sus pies los llevara por todos los rincones del lugar —Y de veras creo que no es adecuado que vista una falda cuando venga a este lugar— añadió cuando la cinta que los trasladaba los condujo hasta un espacio abierto que se elevaba y descendía aparentemente sin un final, donde únicamente podían divisarse más bandas iguales a la suya arriba y debajo de ellos a modo de puentes que unían las paredes de aquél gigantesco espacio vacío en forma de cilindro. Una sucesión numérica estampada en las paredes indicaban el nivel al cual pertenecían.

—Estoy bastante seguro que hace un rato pasamos por este mismo lugar— observó Shinji con suma suspicacia, quién ya comenzaba a hacerse a la idea de que Katsuragi había perdido el rumbo.

—Creo que sí, lo lamento— se excusó la fémina —No estoy muy familiarizada con esta área… pero tienes que admitir que ha sido un paseo bastante entretenido, ¿ó no?

Tal como se ha establecido, aquellos cuarteles eran un complejo científico militar de proporciones descomunales. Eran en sí una formación cavernosa de forma esferoidal con varios kilómetros de diámetro, tan grande como para albergar una ciudad entera en su interior. La mayor parte de la infraestructura estaba enterrada, con excepción de una cúpula en su parte superior que era donde se ubicaba el lago y el bosque que Shinji había divisado desde las alturas, los cuales representaban, junto con el trecho que ya habían estado recorriendo en círculos desde hace rato, tan sólo una minúscula porción de la extensión total de aquella base.

En uno de esos tantos rincones ubicados dentro de aquella absurdamente enorme maraña de cuartos y pasillos interconectados, un espacio tan grande como un edificio estaba siendo llenado metódicamente con un inusual líquido rosáceo, el cual era conducido hasta ahí desde una locación desconocida por una potente bomba en forma de cefalópodo, de unos seis metros de diámetro y varios tubos gruesos conectados a ella.

Un buzo en traje de neopreno y ataviado con mascarilla y tanque de oxígeno emergió a la superficie desde las profundidades de aquella fosa, ayudándose a salir de aquella extraña sustancia mediante una escalerilla dispuesta para tal efecto. Había concluido con su inmersión justo a tiempo para alcanzar a escuchar un aviso voceado por medio del sistema de altavoces del cuartel:

"Jefa del Proyecto E en la Sección I del Departamento Técnico, Doctora Ritsuko Akagi, repito: Doctora Ritsuko Akagi, favor de contactar de inmediato a la Capitán Misato Katsuragi de la Sección I del Departamento de Operaciones…"

Al quitarse de encima el tanque, la mascarilla y el traje, una mujer de corto cabello rubio quedó al descubierto, vestida tan solo con un traje de baño de una sola pieza color turquesa. Un gesto malhumorado decoraba su semblante cuando frotaba rápidamente su cuerpo mojado contra una toalla, secándose descuidadamente, para enseguida alcanzar la mochila que contenía sus ropas de trabajo, maldiciendo en voz baja cuando salía a toda prisa de aquél lugar:

—¡Me lleva el diablo! ¡Esa maldita seso hueco debió perderse otra vez!— sin detener su apurado andar se colocó encima una larga bata blanca de laboratorio para cubrir como pudiera su expuesta humanidad en el camino a los vestidores.

En ese mismo instante Misato se vio afectada por un repentino estornudo que sacudió todo su ser, dentro del elevador mediante el cual ella y Shinji efectuaban un largo descenso, que estaba próximo a concluir. Miró entonces fijamente su reflejo en la superficie metálica de las puertas del aparato, cerciorándose que no hubiera ocurrido algún derrame nasal. Al comprobar la ausencia de tal escurrimiento sólo se limitó a pasar su dedo por debajo de la nariz para aliviar esa súbita picazón que sentía en ella. Una vez concluida tal operación prosiguió examinándose a sí misma, revisando el estado de su maquillaje y de su peinado luego de un largo día tan ajetreado.

Cierto estupor la hizo retroceder cautelosamente cuando las puertas se abrieron y se encontró cara a cara con la Doctora Akagi, quien al momento de haberla encontrado de inmediato la acuchillaba con una mirada furibunda y recriminatoria.

—¡Oh! ¡Ho-hola, Ritsuko!— trastabilló Katsuragi dando un paso hacia atrás en tanto la recién llegada avanzaba hacia ella como si fuera una serpiente a punto de atacar a una intimidada rana —¡Por fin te encontré!

—¡Deja de estar desperdiciando mi tiempo! ¿Qué rayos pasa por tu cabezota? ¡Por si no lo notaste, estamos bajo ataque y bastante cortos de personal, no tengo ni el tiempo ni el humor como para soportar tus sandeces!— estalló entonces la mujer en bata y traje de baño, arrinconando a su presa —Pensé que un robot homicida del futuro tendría que ser mucho más listo…

—Lo siento, lo siento— se excusaba la beldad de larga cabellera negra, poniendo su mano extendida delante del rostro e inclinando la cabeza en repetidas ocasiones —I'll be back!

—Por lo menos pudiste traer al muchacho en una sola pieza, ya es algo— dijo Akagi cuando puso más atención en la escuálida figura de su joven acompañante, quien también se mostraba bastante nervioso con su arribo.

—¡Así es, así es!— pronunció Misato tan emocionada como una escolar que aprobaba curso —¡Aquí lo tienes, tal y como lo prometí, el hijo del Comandante Ikari y el Cuarto Niño Elegido!

—Tú debes ser Shinji… mi nombre es Ritsuko Akagi, mucho gusto— el tono con el que se dirigía al chico era mucho más cordial que el que empleaba para hablar con su avergonzada compañera —Mira nada más, luces igualito a tu padre…

—A mí también me da gusto conocerla— masculló el joven Ikari, encogiéndose sobre sí mismo, bastante intimidado con la fuerte presencia de aquella espigada mujer y el minucioso análisis visual al que lo estaba sometiendo en aquel momento.

Por su parte el chiquillo aprovechó para también darle un rápido vistazo al nuevo espécimen que tenía frente a sí. Akagi era una mujer más alta que Misato y de aspecto y expresiones mucho más severas. Y aunque no contaba con los mismos atributos físicos de su compañera, el traje de baño que usaba en esos momentos le permitía apreciar que se mantenía en muy buena forma. Si su carácter enérgico, despreocupado y a veces hasta infantil era el sello que caracterizaba a la Capitán Katsuragi, en ese caso la rigidez y un cierto aire altivo, discriminante, eran lo que distinguían a la Doctora Akagi. De cualquier modo, al verlas juntas Shinji comenzó a entrever que su padre gustaba de trabajar rodeado de mujeres de muy buen ver.

—Andando, se hace tarde— sentenció Ritsuko sin mayores miramientos, encaminándolos por los pasillos —Tendremos que tomar un atajo…

En otro de los incontables rincones de aquella instalación subterránea, dentro de la sala de controles para ser más precisos, el Comandante Gendo Ikari por fin recibía la llamada por la que había estado esperando durante todo el día. Revisando en su reloj de pulsera el tiempo transcurrido pudo entrever que su momento de actuar había llegado.

—Ya es hora— pronunció lacónico con su tono severo, encaminándose a las escalerillas que lo conducían fuera de su mirador —Profesor Fuyutski, usted está al mando hasta que yo regrese… encárguese de la situación hasta entonces como pueda…

El avejentado individuo volvió el rostro con displicencia, vigilando con el rabillo del ojo la partida de su socio con ínfulas de superioridad.

—Será la primera vez que vea a ese muchacho después de diez años— musitó secamente, sin ocultar el dejo de molestia en su voz.

Súbitamente toda la iluminación del cuarto se tornó de un rojo alarmista, y bajo ese tenor uno de los oficiales técnicos dio cuenta de la situación en el exterior:

—¡Subcomandante, el blanco está en movimiento de nuevo! ¡Se dirige directamente a nuestra posición!

—Por supuesto que sí— murmuró para si mismo, para luego hacer uso de las funciones que se le habían delegado y alzar la voz para que todos lo escucharan —¡Alerta roja! ¡Todo el personal diríjase a sus estaciones de batalla!

Después de una cortísima escala en el vestidor de mujeres para que Ritsuko pudiera ponerse algo que la cubriera un poco más, el reducido grupo abordó una pequeña plataforma para carga que hizo las veces de elevador en aquella ocasión. El aparato ascendía por medio de un riel a través de un altísimo andamio que parecía elevarse indefinidamente, iluminado por la misma luz magenta que los había acompañado desde su ingreso en aquella sección del complejo. Aún en ese remoto lugar la alarma general se hizo presente por medio del sistema de altavoces distribuido a lo largo del cuartel:

—¡Alerta roja, repito: alerta roja!— anunciaba una voz femenina con un evidente nerviosismo —¡Todo el personal a sus puestos de combate! ¡Prepárense para la intercepción terrestre del enemigo!

—¡Diablos! ¿Escuchaste eso?— preguntó Katsuragi a su compañera, su voz timbrando en una amalgama de ansiedad y pavor.

—Es el momento de la verdad— contestó Ristuko con aire teatral —Llevamos quince años preparándonos para esto…

—¿Cuál es el estado de la Unidad Uno, a todo esto?

—Ya le ha sido instalado el Equipamiento Tipo B estándar y está por concluir su ensamblado final y proceso de descongelación…

—Al parecer, el jefe es una persona bastante precavida, ¿no es así? Se aseguró de que todo estuviera listo desde antes… de todos modos creo que pasó por alto lo más importante de todo: ¿esa cosa de veras va a activarse? ¡Me dijeron que la última vez que funcionó fue hace diez años!

—Puedes decirle al pequeño cretino engreído que te dijo eso que en esta ocasión la posibilidad de éxito en su activación ha aumentado un 15%, y que será mejor que se ocupe de sus propios asuntos antes de que me colme la paciencia y lo ponga en su lugar…

—¿No querrás decir que a fin de cuentas solamente hay un 15% de probabilidad de que funcione?

—¡Gracias por los ánimos! Por lo menos es un porcentaje mayor a cero…

—Son sólo números… tan sólo una forma rebuscada que ustedes los cerebritos usan para no tener que decir: "¡Ups, lo siento! ¡No va a funcionaaar!"

—Como si una seso hueco como tú pudiera saber algo acerca de cómo hacemos las cosas nosotros, "los cerebritos"…

Shinji poca atención prestaba al aguerrido diálogo que sostenían ambas féminas a lo largo del camino. Con la nariz completamente metida en su manual de introducción, debía hacer un gran esfuerzo por poder leer en aquellas precarias condiciones luminosas. Por tanto, de cuando en cuando debía descansar la vista para ser capaz de continuar con el hilo de su absorbente lectura. Fue así que pudo contemplar una especie de puño gigantesco que sobresalía del muro que estaba frente a ellos. Debía ser bastante grande, pues era visible desde los cien ó doscientos metros que los separaban. Aquella debía ser la escultura más extravagante y sin sentido que jamás hubiera visto. Los decoradores del lugar debían tener un gusto bastante peculiar, si es que le podían llamar arte a eso.

El atajo de la Doctora Akagi incluía un breve paseo en lancha a través de la superficie del desconcertante líquido color rosa que había estado iluminando la mayoría de su recorrido a través de esa parte de las instalaciones. El joven Ikari se cuidaba de entrar en contacto con aquella sustancia desconocida, por temor a cualquier riesgo químico, sin embargo sus dos acompañantes no parecían prestarle demasiada importancia, ya que de tanto en tanto eran salpicadas con dicho líquido. ¿Qué cuernos sería aquella cosa y porqué razón brillaba tanto?

La excursión terminó a su arribo a una especie de muelle que consistía tan solo en una escalinata metálica que conducía a una pequeña escotilla que se ubicaba a unos tres metros por encima del nivel de la superficie luminiscente de aquél extraño líquido.

—Hemos llegado— pronunció Ritsuko cuando subía con algo de premura, seguida por sus acompañantes —Es por aquí, no perdamos más tiempo…

El muchacho fue el último en escurrirse al interior del estrecho acceso. Ahí dentro estaba más oscuro que una fosa y no podía ver ni siquiera a un palmo de sus narices. Desubicado, tanteaba el terreno con la punta de sus pies, sin atreverse a dar un solo paso por temor a romperse un hueso ó quebrarse el cuello con algo.

—¿Doctora Akagi? ¿Misato?— alzó su voz trémula, cuando su paranoia le hacía pensar que todo aquello había sido un muy elaborado artilugio para conducirlo a una trampa. Ahora estaba encerrado en quién sabe donde y jamás volvería a ver la luz del día —¿Están ahí? ¡No veo un carajo!

Las luces se encendieron repentinamente, cegándolo de momento, sin que sus pupilas pudieran ajustarse a los cambios súbitos de luz con la velocidad con la que se sucedían. Sin embargo, en lo que bailoteaba dando giros y tumbos tallándose los ojos, desorientado como un cervatillo encandilado, el inmenso cuarto a su alrededor quedaba al descubierto. Al parecer se encontraban en alguna clase de puente, justo en medio de una gran alberca. Acostumbrándose de nuevo a las condiciones luminosas, Shinji inspeccionó boquiabierto las enormes dimensiones de aquél espacio, girando sobre su propio eje para contemplar cada rincón del lugar hasta toparse de frente con una enorme figura que cubría todo el muro a sus espaldas. Sorprendido por la súbita aparición, un grito de espanto escapó por su garganta, en tanto retrocedía aturdido hasta casi caerse de espaldas a la piscina que tenía detrás suyo.

—Esto es… esto es…— balbuceaba, al borde de un colapso nervioso, producto sin duda de todas las emociones acumuladas de aquél insólito día, que estaban demostrando ser demasiado para que su endeble cordura pudiera soportarlas. Un nuevo grito salió despedido de sus cansadas cuerdas vocales —¡Un robot! ¡Un robot gigante! ¡No puede ser! ¡Ustedes están locos, todos están locos!

Lo que el despavorido joven tenía ante sus ojos era quizás la más impresionante maquinaria que el ser humano hubiera construido jamás. Un artefacto de aspecto humanoide que, aunque estuviera cubierto por la sustancia rosácea de los hombros hacia abajo, seguramente debía rebasar los cien metros de altura, debido a las proporciones que guardaba con sus visitantes, quienes parecían simples insectos en comparación suya. Unos siniestros ojos que se asomaban por debajo de su casco, adornado con delgadas franjas rojas que salían de esos orificios simulando cicatrices, coronado con una suerte de largo cuerno y una prominente mandíbula dentada le daban a aquella máquina sin alma un aspecto intimidante y brutal, casi demoniaco. Casi todas las placas de metal con las que estaba construido estaban pintadas con una tonalidad púrpura, a excepción de las que constituían su cuello, que eran anaranjadas, y algunas franjas verdes a modo de ornamento a lo largo de todo su vasta corpulencia. Un par de alerones verticales que emergían de sus hombros y que le llegaban a la cima del cráneo lo mantenían acoplado a los dos muros laterales que bordeaban el gigantesco hangar.

—¡Maldita sea! ¡Ya no lo soporto más, estoy harto de tantas estupideces!— explotó finalmente el joven Ikari, azotando su cuadernillo contra el piso, histérico —¡Díganme de una vez qué putas estoy haciendo aquí y qué es lo que quieren de mí!

—Shinji, sé que todo debe estar pasando muy rápido para ti y que no te esperabas nada de esto— acotó Ritsuko, alzando su mano frente a él como si quisiera apaciguar a una bestia herida —Sólo intenta conservar la calma y permite que te explique la situación. Lo que tienes delante de ti es el Arma Humanoide Multipropósito con nombre clave: Evangelion, la cúspide de toda nuestra tecnología. Todas las esperanzas de salvación de la humanidad residen en esta máquina…

—¿Y esto es lo que hace mi padre aquí? ¡¿Esto?!— el muchacho, pese a todo, estaba lejos de encontrarse más calmado con aquella explicación —¡¿Armas, robots gigantes?!

—Correcto— le contestó el Comandante Ikari desde un balcón de observación que se encontraba en lo alto del hangar. A pesar de la distancia, su voz grave, ronca, se distinguía fuerte y claramente, como si estuviera hablando por un micrófono —Nuestro trabajo aquí es salvar al mundo…

Aunque Shinji no lo había visto ni había tenido contacto con él en todos esos años, reconoció casi de inmediato a la persona que le estaba hablando: era su padre. El mismo que lo había abandonado sin más toda una década, como a un bulto viejo e indeseado, y el mismo que lo había hecho venir hasta ese lugar, en medio de toda esa locura infernal que se había desatado allá afuera. Finalmente el jovencito podía decir aquellas palabras que desde hace mucho tiempo le tenía reservadas, que durante todo el largo transcurso de aquél día esperó por pronunciar, desahogando así años enteros de mudo y resignado rencor:

—¡Por fin tienes las agallas para mostrarte, viejo miserable!

Las mujeres palidecieron con la súbita transmutación del muchachito nervioso al que habían escoltado hasta hace unos momentos al energúmeno salvaje que ahora tenían enfrente. Su padre solamente arqueó una ceja, para luego soltar casi suspirando:

—Vaya que ha pasado el tiempo…

El único recuerdo que tenía de su vástago era el de un parvulito llorón que aún seguía mojando los pantalones y no podía limpiarse la nariz solo. Muy poco que ver con el joven que en ese entonces le reprochaba airadamente su abandono y lo fulminaba con su colérica mirada. Había sido buena idea poner esa barrera física de por medio para su reencuentro.

—¡Diez años, bastardo infeliz! ¡¿Cuál es tu excusa para haberme botado como a un perro?!— rugió el chiquillo, dando salida a la rabia acumulada en su interior por tanto tiempo.

—Aún no es el momento para hablar de eso, ahora no tenemos tiempo que perder con tus berrinches— respondió el hombre del balcón, pasando del desplante adolescente —Debemos activar la Unidad Uno antes que el enemigo ubique nuestra posición…

—No puede ser— musitó Misato, incrédula —¡Tienen que estar bromeando! ¿En verdad piensan activarla?

—No nos queda otra opción— respondió Akagi a su lado, tajante.

—¡¿Y cómo piensan hacerlo?! ¡Por si no se han dado cuenta, ni Rei ni Kai están disponibles! ¡No tenemos pilotos!— continuó Katsuragi haciendo alarde de su escepticismo, pensando que todos los que la rodeaban habían perdido la razón.

—Tenemos uno aquí, justo entre nosotras— pronunció Ritsuko clavando su avispada mirada sobre las desprevenidas espaldas del muchacho.

—¡¿Shinji?! ¡Están locos de remate!

Al escuchar su nombre el jovencito se volvió enseguida, mirando a las mujeres con expectación y desconocimiento, su cara aún encendida por la rabieta que acababa de hacer.

—¿De qué están hablando?— preguntó, pensando que había escuchado mal.

—Shinji Ikari, te necesitamos— dijo entonces la Doctora Akagi, señalando la maquinaria frente a ellos —Eres el único en este lugar que podría pilotear el Eva 01, nadie más que tú puede hacerlo.

—¡Es imposible!— intervino de nuevo Misato —¡A Rei, nuestra única piloto con experiencia, le tomó más de tres meses alcanzar una sincronización aceptable con su Eva! ¿Qué les hace pensar que este pobre chico, sin ninguna clase de entrenamiento, podrá lograr lo que ella no?

—Lo único que te pedimos es que lo intentes, Shinji, nada más que eso— la mujer de corto cabello rubio ignoraba deliberadamente a su descreída compañera —Puede que no lo consigas, pero aún así debemos hacer el intento… es la última esperanza que nos queda…

—Pero…

Antes que la Capitán Katsuragi pudiera protestar nuevamente Akagi hubo de encararla de una vez, esgrimiendo sus mejores argumentos:

—Dígame entonces, ¿qué otra opción tenemos, capitán? Con nuestros recursos actuales jamás podremos detener el ataque del ángel. Sólo nos queda subir al Eva 01 a la persona que más probabilidades tenga de activarlo y esperar que así suceda, por muy remoto que esto pueda ser…

La mujer de largo cabello azabache no tuvo más remedio que callar, derrotada. Las razones expuestas por su acompañante fueron contundentes, pero aún así todo le resultaba un disparate improvisado. Si todo su ingenioso plan consistía en subir a un infante inexperto para que tripulara el arma más poderosa hasta entonces desarrollada, para enfrentar a la criatura que amenazaba su existencia, entonces todos podían darse ya por muertos.

Por su parte, habiéndose mantenido ajeno al intenso debate hasta entonces, Shinji era quien tenía la última palabra en aquél asunto, tal y como se lo hizo saber a su padre cuando le reclamó a viva voz:

—¿Por esto? ¡¿Por esto es a lo que querías que viniera?! ¡¿POR ESTO?!

—Te llamé porque te necesito… ¿pues qué estabas esperando?— respondió su padre, empezando a cansarse de los dramas y pataletas de su muchacho —Si hubiera podido evitar todo esto, jamás hubieras vuelto a saber de mi… pero tú puedes hacer algo que sólo muy pocos son capaces…

—¡¿Pero qué mierda tienes en la cabeza, pedazo de imbécil?! ¡¿Luego de diez años de no saber de ti, esperas que en cuanto te vea me suba a tu armatoste para jugarme el pellejo, sólo porque me lo pides?! ¡Estás mal!

—¡Ya es suficiente, mocoso idiota!— bramó el Comandante Ikari, acallando al muchachito y petrificando a todos los demás en su lugar —¡Me tienes harto con tus lloriqueos! ¡¿Quién te crees que eres, para hablarme de esa manera?! Dices que te abandoné, y si así fue, ¡¿entonces quién ha estado pagando por tus alimentos, por las ropas que vistes, por el techo bajo el que duermes y la escuela a la que asistes?! ¡No eres más que un chiquillo estúpido que no sabe nada de la vida, no te creas la gran cosa! ¡Aún te falta mucho para que puedas reclamarme por algo! ¡Ahora, si te vas a subir, hazlo de una buena vez, ó de otra forma lárgate de mi vista y deja de desperdiciar mi tiempo, inútil bueno para nada!

Un silencio sepulcral se apoderó entonces de aquél enorme espacio. Los ecos de las últimas palabras de Ikari aún resonaban a través de las imponentes paredes que les rodeaban. Incómodas, pero de igual modo compadeciéndose de aquél pobre muchacho, las mujeres apartaron la mirada. Un nutrido grupo de técnicos enfundados en trajes naranja que aguardaba instrucciones con toda clase de equipo y herramientas hicieron lo propio. Todos ellos habían presenciado el áspero diálogo que se suscitó entre padre e hijo durante su reencuentro, sin tener que haberlo hecho, pero ahora podían dar cuenta de la difícil relación que sostenían aquellos dos. No obstante, la gran mayoría de los ahí presentes habían perdido a algún ser amado durante y después de la hecatombe global. Sabían bien el dolor que producía la ausencia de un ser querido ó lo que significaba crecer sin el cuidado de sus padres. Había, de momento, cosas más urgentes que hacer que conmiserarse de aquél jovencito, y él mismo era quien debía darse cuenta de ello.

Un violento temblor sacudió todo el Geofrente, anunciando la llegada del monstruo a las inmediaciones. En la superficie una poderosa explosión que se elevó por el firmamento formando una cruz arrasó con una manzana entera de la ciudad que tenían encima de ellos, dejando una larga y profunda cicatriz que comenzaba a exponer las placas de blindaje que cubrían sus cuarteles. En la cima de las colinas que bordeaban la metrópoli un destello alumbraba el deforme rostro de la criatura y sólo eso bastaba para que un nuevo estallido ocurriera justo en el mismo lugar, aumentando el daño al camuflaje y protección de las instalaciones subterráneas. De seguir con su ataque, en muy poco tiempo quedarían completamente expuestos.

—Ya está aquí— observó el comandante, alzando la mirada mientras mantenía el equilibrio en medio de la violenta sacudida que amenazaba con tirarlo al piso.

—Shinji, ya no queda más tiempo— dijo Ritsuko, en un tono casi suplicante —Debes decidirte, ahora mismo…

El joven buscó entonces con la mirada a aquella mujer que en primera instancia lo había arrastrado hasta ese manicomio, como queriendo encontrar alguna clase de apoyo en ella. La respuesta de Katsuragi fue clara y concisa:

—Tendrás que hacerlo— admitió, cuando se cruzaba de brazos —Debes hacerlo, eres el único que puede…

—¡Es ridículo! ¡Completamente absurdo!— pronunció el muchacho, desesperado al encontrarse completamente acorralado —¡Sólo soy un simple estudiante de secundaria, nunca he hecho algo como esto! ¿Porqué diablos tengo que ser yo, yo precisamente?

—Créeme, si en este lugar hubiera alguien más que pudiera subirse a esa cosa, ni siquiera hubiéramos pensado en pedírtelo— le dijo entonces Misato, inclinándose un poco para quedar a la altura del chiquillo —¿Cuál fue la razón por la que viniste aquí, en primer lugar? Seguro que querías arreglar de una vez por todas tus asuntos pendientes con tu padre, ¿no es así? Pero para lograrlo, debes dejar de escapar. Deja de huir de la sombra de tu padre, pero sobre todo deja de huir de ti mismo, Shinji…

—¡¿Y eso qué cuernos significa, Misato?!— reclamó airadamente el jovencito, haciendo aspavientos en el colmo de su frustración —¡¿De qué libro de autoayuda sacaste esa estúpida patraña? ¡No hay algo que ustedes ó mi padre puedan decir que me vaya a convencer de subirme a ese montón de chatarra para que me mate esa cosa de allá afuera! ¿Me oyeron bien, todos? ¡Nada!

—Shinji, tal vez no lo parezca así en estos momentos, pero el futuro de la humanidad está en juego en este lugar— intervino Ritsuko, tratando de usar la razón para coaccionar al muchachito —Si estas instalaciones son destruidas significaría entonces el fin inevitable de todo el mundo…

—¡Al carajo la humanidad y todo el maldito mundo! ¡Al carajo con todos, que se jodan! ¿Dónde han estado el mundo ó la humanidad cuando los he necesitado? ¿Qué han hecho por mí los seres humanos ó esta mierda de planeta? ¡Por mí todos pueden irse al diablo, y si en eso yo voy incluido mucho mejor! ¡Merecemos que un bastardo gigante nos aplaste a todos! ¡A ustedes por haberme traído hasta aquí y a mí por ser tan imbécil en dejarme convencer! ¡Así ya no tendré que seguir soportando tanta estupidez de esta vida tan mierda!

Gendo volvió entonces el rostro, asqueado con aquella escena. Si bien antes el chico le resultaba indiferente producto de su nula convivencia, ahora que ya había tenido trato con él tenía razones de sobra como para admitir que su propio hijo le desagradaba bastante. Era sumamente inestable, débil y emocional a más no poder, toda una reina del drama. Le costaba creer que compartiera la misma sangre con aquél esperpento. Haciendo uso de un dispositivo cercano abrió un canal de comunicación directa con la sala de mando.

—Fuyutski— se dirigió entonces a aquel enjuto hombre que parecía ser su mano derecha en tantos aspectos —¿Cuál es la posición actual de Rivera?

—Su aeronave aún está por ingresar a aguas territoriales. Aún a máxima velocidad, su tiempo estimado de arribo es de más de treinta minutos— informó su alterno —Para entonces este lugar sólo será un triste recuerdo…

—En ese caso hay que despertar a Rei.

—¿Está seguro de que podemos usarla, en sus condiciones?— pronunció el avejentado sujeto, incrédulo.

—Por lo menos aún no está muerta— sentenció el hombre barbado.

El enlace solicitado se abrió de inmediato para que Ikari pudiera dirigirse entonces a la persona del otro lado de la línea:

—¿Rei? ¿Estás ahí?

—Sí, señor— contestó una voz suave y calmada, con un timbre algo juvenil pero dulce como miel, toda una caricia auditiva.

—Tendrás que disculparme, Rei. Al parecer, no hay ni un solo hombre que pueda sustituirte. El nuevo piloto resultó ser una absoluta decepción. Deberás pilotear el Eva 01.

—Sí, señor— asintió sin más aquella jovencita que permanecía aún en el anonimato.

—¡Reconfiguren el sistema de la Unidad 01 para que Rei pueda utilizarlo!— le ordenó Ritsuko a la cuadrilla de técnicos a su alrededor, una vez que tuvo la confirmación tácita del jefe de la operación —¡Vuelvan a reiniciar todo!

—Todos los procedimientos actuales han sido suspendidos— pareció contestarle una voz femenina por medio del sistema de bocinas —La reconfiguración del sistema ha dado comienzo…

Los ojos del Eva se apagaron en esos momentos, quedando los orificios por los que se asomaban en su casco en oscuridad total. Todos los presentes se abocaron en el acto a desempeñar sus funciones requeridas para el nuevo proceso solicitado. El personal técnico se volcó sobre sus estaciones, herramientas y demás enseres de trabajo, mientras que Misato y Ritsuko se enfilaron a supervisar las áreas que cada cual tenía a su encargo. Solamente el joven Ikari y su padre se encontraban sin tareas que desempeñar en aquel tumulto, dedicándose de momento a mirarse hostilmente el uno al otro.

"Lo sabía… en el momento que supieron que no podrían sacar nada de mí, todos vuelven a ignorarme y a hacerme a un lado. Lo único que quieren las personas es sacar algún provecho de mí. Siempre es lo mismo…" tales eran los oscuros pensamientos que bullían en la cabeza de Shinji en aquellos instantes. "Si es así, no tengo problema, todos nos podemos ir al demonio…"

Las puertas de ingreso se abrieron de súbito para dar paso a vario personal médico que iba empujando una camilla como si se tratara de un carrito de carreras. Aún con todo el bullicio que producían al avanzar, el muchacho pudo entrever al paciente que trasladaban cuando pasaban a su lado, casi atropellándolo. Su sorpresa fue mayúscula al ver convaleciente a la misma jovencita que apenas unas horas antes había visto de lejos en aquella estación de tren. Sus rasgos tan únicos y peculiares eran inconfundibles, se trataba de la misma persona que había avistado con anterioridad, aunque su estado presente estuviera bastante deteriorado. Postrada sobre la camilla la malherida muchachita parecía una vieja muñeca de trapo, remendada a más no poder con una gran cantidad de vendajes que cubrían varias partes de su cuerpo, siendo los más notorios los que tenía colocados sobre la cabeza y su ojo derecho, así como en ambos brazos. Iba ataviada con un extraño y ajustado traje sin mangas de color blanco, similar al de un buzo, pero con equipamiento y dispositivos que Shinji jamás había visto. Sus miradas se cruzaron por una fracción de segundo, y si acaso la chiquilla lo reconoció su rostro no reflejó emoción alguna como para indicarlo.

Atónito, observaba a la distancia como las enfermeras ayudaban a su paciente a incorporarse, no sin hacer un gran esfuerzo de su parte, como delataban sus constantes resoplidos y su marcada dificultad al respirar. El dolor que le provocaba realizar cualquier clase de movimiento era evidente, tal como lo mostraban todas las muecas de sufrimiento en su rostro; todas ellas de forma silenciosa, pues en ni una sola ocasión aquella enigmática joven soltó queja alguna.

Por encima de donde se encontraban, el monstruo recrudecía sus embates. La oscuridad del firmamento nocturno se vio disipada por la luz producida por los varios incendios que el coloso provocaba con cada agresión, en su afán de desenterrar a su presa. Un nuevo estallido tuvo lugar, con mucha más potencia que todos sus antecesores, logrando atravesar de una vez por todas las placas de blindaje que protegían a los cuarteles como una concha. Pedazos de escombro del tamaño de edificios de cuatro pisos caían desde el techo de la bóveda, impactándose contra las desprevenidas instalaciones como lo hubieran hecho misiles de largo alcance. Las ondas de choque resultantes produjeron a su vez movimientos mucho más intensos que cimbraron inclusive el hangar subterráneo donde se encontraban en aquellos instantes. La sacudida tomó por sorpresa a propios y extraños, cayendo varios de ellos de rodillas ó de cabeza directamente a la piscina de la sustancia rosa. La peor parte sin duda la llevó la joven paciente, al volcarse la camilla que la trasladaba justo sobre de ella, por si no hubiera bastado la fuerte caída que se llevó antes al haberse estrellado contra el piso. Tal incidente hubiera sido bastante doloroso de haber estado en su mejor forma, pero en sus precarias condiciones simplemente era una auténtica agonía, como constataba el lastimero quejido que finalmente se le salió.

Antes que cualquiera pudiera hacer el intento por auxiliarla unas enormes lámparas que colgaban del techo cedieron al violento tremor y acabaron por desprenderse, cayendo en trayectoria directa a donde se encontraban el joven Ikari y aquella desvalida muchacha. El destino inevitable había llegado para ambos, quienes morirían juntos sin siquiera haberse llegado a dirigirse la palabra. Ó es lo que hubiera tenido que suceder, de no ser por la inesperada intervención del Evangelion, quien alzando su antebrazo había creado una barrera que protegió a los chiquillos de la mortal lluvia de escombros. El que lo hubiera hecho estando completamente desactivado, y sin un piloto a bordo era sencillamente inaudito, tal como lo hicieron ver la estupefacta Doctora Akagi y todos los demás testigos:

—¡Se movió! ¡¿Vieron eso?! ¡El Eva se movió!

—¡Desprendió completamente los seguros que tenía instalados en el brazo!

—¡Es imposible!— vociferó Ritsuko, fuera de sí —¡La Cápsula de Inserción nunca fue colocada, no debería poder moverse por sí mismo!

Lo que para otros era motivo de alarma y asombro, para Misato era una señal inequívoca del rol que debía desenvolver aquél perturbado jovencito en la trama de la que todos ellos formaban parte. "La máquina reaccionó aún sin su interface instalada, sólo con el propósito de protegerlo" pensaba complacida mientras observaba al chiquillo mientras corría al encuentro de la joven postrada. "No hay duda, Shinji tiene que ser el piloto…"

Ikari sostuvo a la muchachita en sus brazos, sin saber qué hacer para ayudarla y también ignorando que al sujetarla de ese modo la lastimaba mucho más de lo que la podía confortar. La joven se retorcía adolorida, resoplando lastimeramente. Shinji se percató entonces que alguna de sus heridas se había abierto de nuevo, al tener la mano manchada con su sangre. Quizás por obra directa de su cercanía física ó por la angustia del momento, sus pensamientos se vieron completamente abocados a ella. Había algo en su persona que le resultaba inusitadamente familiar, que le hacía sentir una extraña conexión con la muchacha. Ó tal vez era que su singular apariencia le resultaba sumamente atractiva. De cualquier modo, un repentino cambio operó en su determinación, previamente inquebrantable, inconmovible. Si bien había declarado que todo mundo podía irse al diablo, nunca había considerado que tal acontecimiento incluiría también a esa jovencita que le parecía tan pura, valiente y libre de toda culpa, que nunca le había hecho daño. Ahora su preocupación inmediata era protegerla, cuidar que ninguna clase de mal cayera sobre ella. Y si para hacerlo tendría que salir a trenzarse a golpes con un monstruo del tamaño de un rascacielos, tripulando un cachivache mecánico de las mismas dimensiones y cuyo funcionamiento desconocía por completo, pues así lo iba a hacer. Puede que incluso le serviría para que el idiota de su padre se tragara sus palabras. Ó si es que llegaba a morir, seguramente que todos se sentirían muy mal por haberlo puesto en esa situación, y él por fin se vería librado de tener que lidiar con ese atajo de cretinos dementes. Enseguida le hizo saber su resolución a todo mundo, gritando a viva voz:

—¡Está bien, está bien! ¡Voy a hacerlo, maldita sea! ¡Voy a subirme a su estúpido robot!

Los arduos y laboriosos preparativos para el lanzamiento comenzaron de inmediato, con la celeridad que la situación requería cuando su aterrador enemigo asomaba ya las narices sobre su escondrijo. Mediante todo un sistema de canales la monumental piscina del tamaño de una presa eléctrica que albergaba al Eva 01 fue vaciada por completo en un periodo de tiempo relativamente corto.

—El proceso de descongelación ha finalizado.

—La posición para el acoplamiento con la catapulta de lanzamiento es correcta.

Donde quiera que uno plantara pie en aquella instalación podría escucharse el mismo tipo de barullo y parloteo. En la sala de controles de la operación incluso era ensordecedor, pero aún así la voz y el tono cordial de Maya Ibuki se podía distinguir con claridad:

—La señal para introducir la Cápsula de Inserción ha sido enviada— Ibuki era una joven y menuda oficial técnica que hacía las veces de asistente de la Doctora Akagi, quien en esos momentos la vigilaba detenidamente a sus espaldas —Tenemos permiso para continuar.

—Enterado. La cápsula está en posición para el acoplamiento.

Una enorme grúa hidráulica dispuesta sobre el techo del hangar sostenía con su brazo un largo cilindro metálico con puntas redondeadas, la así llamada y tantas veces referida "Cápsula de Inserción". En su interior se encontraba la cabina del piloto del Evangelion, a la cual el joven había ingresado mediante una escotilla especial dispuesta en el centro de aquel dispositivo. El gigante de acero contaba con una entrada en una estructura similar a la columna cervical del ser humano, justo en el punto donde se encontraba la nuca; cubierta la mayor parte del tiempo por una compuerta retráctil, en dicha entrada ó enchufe la cabina era introducida a rosca mediante el brazo de una grúa. Una vez que la cápsula fuera completamente introducida, la compuerta se cerraba, quedando establecido el control del piloto sobre su robot.

—La cápsula ha sido colocada. La primera conexión puede dar inicio.

Dentro de aquél novedoso aparejo cilíndrico el joven Ikari hacía un esfuerzo por mantenerse tranquilo y acostumbrarse como pudiera a la absurda situación en la que se hallaba metido. La cabina en la que había tomado asiento, afortunadamente, era mucho más sencilla de lo que hubiera pensado en un principio. Había muy pocos instrumentos dentro de ella, al punto de estar completamente vacía a no ser por unos cuantos elementos que se hallaban a simple vista: un cómodo asiento adaptable con diversos controles, entre los que destacaban dos gatillos manuales dispuestos a ambos lados. En el curso de introducción más que rápida que le había impartido Ritsuko antes de subir a bordo, se le había especificado que los pilotos debían tener la capacidad de "sincronizarse" con el Eva para poder controlarlo. Dicho control se realizaba directamente por el pensamiento, a través de una compleja interface de la que eran parte unos dispositivos que debía colocarse en la cabeza, llamados "Clips A10" y que a él le habían parecido parte de un ridículo disfraz con orejas de gato. Acciones complementarias se realizaban a través de comandos accionados por la voz, en conjunción con el propio pensamiento, aunque en la mayoría de los casos tales procedimientos eran ejecutados por el personal de NERV de forma remota, por lo que tampoco debería preocuparse gran cosa por esos menesteres.

Justo cuando el muchacho comenzaba a pensar que las cosas no pintaban tan mal después de todo, la voz de la Doctora Akagi interrumpió sus cavilaciones:

—Comiencen con la inyección de LCL dentro de la Cápsula de Inserción.

—¿Inyección?— preguntó el jovencito, nervioso, temiendo ver salir un sinnúmero de agujas que se clavarían en su cuerpo —¿Qué quiere decir con…?

La sensación de sus pies mojándose lo interrumpió de tajo, alertándolo sobre la inminente inundación que se llevaba a cabo dentro de la cabina. Sin darle tiempo de reaccionar una sustancia ambarina empezó a llenar el interior del cilindro donde estaba hecho prisionero, sin ninguna oportunidad para escapar. En su desesperación, literalmente con el agua hasta el cuello, llegó a pensar que todo aquello no había sido más que una elaborada farsa para conducirlo a esa trampa mortal, todo para el insano entretenimiento de algún maniático demente. ¡Pero qué estúpido había sido! ¡Monstruos y robots gigantes! ¿Quién, en su sano juicio, podría creer eso? "¡Sabía que estos hijos de puta me querían matar!"

Shinji estaba seguro que aquél sería su último pensamiento, sin embargo la voz de Ritsuko a través de la radio interna lo sacó de su error.

—No tienes que preocuparte— tuvo que instruir la mujer de cabello rubio, al ver la ridícula expresión del chiquillo mientras contenía la respiración lo más que podía —Una vez que tus pulmones se llenen con el LCL la sustancia les suministrará oxígeno directamente. Puede que sea algo raro al principio, pero no tardarás en acostumbrarte.

El puro instinto, y no las explicaciones de la científica que a él sólo le habían parecido más mentiras descabelladas, hizo que el joven abriera la boca en busca del preciado oxígeno. Grande fue su sorpresa al corroborar en carne propia los dichos de la doctora.

—¡Qué asquerosidad!— exclamó el muchacho, una vez que pudo respirar a sus anchas dentro de aquella cosa rara, sintiéndose pez en un sucio estanque.

—¡Ya estás grandecito, así que aguántate!— le contestó Misato en el acto, dispuesta a no permitirle encontrar excusas para luego arrepentirse.

Afuera, otra grúa había acoplado en la espalda del descomunal aparato el dispositivo que le suministraría energía eléctrica para su funcionamiento, la cual era conducida a través de un extenso cable de varios metros de ancho.

—El suministro de energía ha sido conectado.

—Transmitan la corriente a todos los circuitos.

—Enterado.

En cuanto el fluido eléctrico ingresó a los sistemas del robot varios mecanismos hasta entonces inertes se activaron, listos para el despegue, entre ellos el sistema audiovisual de la cabina. Ante los impávidos ojos del joven Ikari el interior de su alojamiento se deslumbró con luces multicolores que amenazaban con provocarle una convulsión, para luego detenerse abruptamente y mostrarle una imagen detallada de todo cuanto ocurría en el mundo exterior.

—Mucho mejor que una pantalla IMAX— susurró el chiquillo, impresionado.

En tanto, Ritsuko y su subordinada revisaban las columnas de cifras y lecturas que llegaban hasta sus estaciones.

—El segundo contacto ha dado comienzo, Doctora…

—Ajusta el japonés como el lenguaje predeterminado para el sistema principal, todos los demás contactos iniciales están correctos.

—Conectando todas las líneas mutuas. El radio de sincronía es de 43.3%

—¡Excelente! ¡Mucho mejor de lo esperado!

—Todos los valores armónicos entran en el rango promedio, los sistemas están bajo control.

Akagi sonrió discretamente, complacida con los resultados que acababan de obtener, y así se lo hizo saber a la Capitán Katsuragi, alzando su pulgar derecho en señal de victoria:

—¡Podemos hacerlo!

Misato asintió con la cabeza, tomando una nota mental para disculparse con la científica por haber dudado de ella, una vez que las cosas estuvieran bajo control. En esos momentos tenía cosas más urgentes por las que preocuparse, como el inminente conflicto que se avecinaba, para el cual debían estar listos cuanto antes.

—¡Alístense para el lanzamiento!— ordenó con voz de trueno, para que a su demanda los procedimientos necesarios para efectuar dicha acción fueran iniciados.

Enseguida, los muros que conformaban el hangar del Eva 01 comenzaron a apartarse el uno del otro, al igual que el puente sobre el que unos minutos antes tuvo lugar la escena protagonizada por el acongojado Shinji Ikari. Libre de su confinamiento, el robot se alzaba imponente a la vista de todos los empleados, quienes eran pocos los que la habían visto en todas sus dimensiones y toda su majestuosidad. La sola contemplación de aquél portento tecnológico hacía sentir a cualquiera frágil e insignificante en comparación.

Una plataforma móvil bajo los pies del titán lo condujo hasta el sitio de lanzamiento, donde era acoplado de espaldas a un par de rieles electromagnéticos que conducían a toda una serie de túneles superiores que conectaban hasta la ciudad encima de ellos.

—La ruta está trazada y despejada— informó Maya inspeccionando los planos de los túneles y el camino predispuesto para el Evangelion fuera catapultado a la superficie.

—Estamos listos para el lanzamiento— completó la Doctora Akagi.

—Solicito permiso para el despegue, Comandante Ikari— Misato hubo de voltearse para poder buscar con la mirada al susodicho, quien durante todo ese tiempo había tomado asiento en su puesto sin decir gran cosa, limitándose a observar detenidamente todos los preparativos inclinándose sobre su escritorio y apoyando la barbilla en sus manos entrelazadas.

—Permiso concedido— respondió el hombre barbado, para luego acotar —Después de todo no tendremos futuro si no vencemos a los ángeles.

—Disfrutas de todo esto, ¿no es así, Ikari?— aún cuando no pudiera ver su gesto satisfecho, oculto por sus manos, el viejo Profesor Fuyutski conocía a su compañero lo bastante como para saber su estado de ánimo sólo con la entonación de sus palabras, a lo que espetó amargamente —Seguro que estás pasando el tiempo de tu vida, infeliz…

—¡Lanzamiento!— a la señal de Katsuragi la plataforma del Eva fue rápidamente despedida a través del complejo sistema de túneles que le aguardaba.

Víctima de la velocidad por la que se desplazaba y la fuerza de gravedad que buscaba impedirle su ascenso, el cuerpo de Shinji se vio estrujado contra su asiento, envuelto en la pugna entre dos fuerzas opuestas. Su aliento se le escapó y la respiración comenzó a hacerle falta, por lo que un grito de pánico quedó ahogado en su garganta.

En el exterior, lenta pero decididamente, deambulaba por las calles de la solitaria urbe la criatura a la que todos en NERV llamaban "ángel", sin temor aparente a todas las implicaciones religiosas que tal denominación conllevaba. Sus largos y deformes brazos oscilantes colgaban de un costado a otro conforme a sus pasos, que lo dirigían al enorme boquete que había producido con su intenso bombardeo, justo en medio de la indefensa metrópoli y que seguramente utilizaría para su infiltración al misterioso complejo subterráneo.

Al doblar en una esquina se topó con unas inmensas compuertas a nivel del piso que se abrieron en el acto, escupiendo de entre sus fauces la lanzadera del Eva 01, que detuvo su frenética carrera de tajo con un seco rumor. El robot y el monstruo quedaban así cara a cara por vez primera, en un curso de colisión directa, inevitable.

El joven Ikari apenas volvía a poner sus intestinos en su lugar, habiendo concluido su vertiginoso paseo, cuando de nueva cuenta sus entrañas se revolvían nerviosamente con la sola visión de aquella aberración horripilante frente a él que se acercaba a su encuentro sin vistos de amilanarse. Quizás, concluyó luego de una rápida reflexión después de la cual tuvo que tragar saliva, quizás aquello no había sido tan buena idea, después de todo.